jueves, 19 de junio de 2014

Capitulo 23

—Aléjate.
El perro simplemente lo miró sin expresión alguna. Pedro miró por la
ventana a la nieve cayendo y miró su reloj. BookCrazy había cerrado hace
algunas horas y Paula aún no estaba en casa. Los caminos estaban
congelados, el pronóstico declaró que estaban en medio de una tormenta
de nieve antes de vacaciones. Todo el mundo parecía muy contento porque
podría ser una blanca navidad. Personalmente a Pedro no le importaba
siempre y cuando despejaran los caminos y la energía se mantuviese.
Hizo una cara cuando pensó en Paula llamándolo avaro. Ella lo volvía loco
con su amor por las festividades, con la decoración de la casa, su
insistencia por un árbol real, incluso haciendo galletas de navidad. Que
lucían mejor de cómo en realidad sabían. Cuando le dijo la verdad, le
había lanzado una galleta. Al menos el sabueso había limpiado las migas.
Pedro miró de nuevo a la puerta. El flacucho canino se escondía detrás de la
esquina y lo miraba con esos ojos amarillos. La semana casi se terminaba,
y el perro finalmente se iría. No le gustaba la manera en la que el perro lo
seguía y lo observaba a cada momento. No actuaba como un perro normal
que ladraba, movía la cola y sorbía su agua. Éste le recordaba a un
fantasma. Paula lo forzaba a comer, a beber y le enseñó a caminar. El
perro hacia todos los movimientos pero sus ojos permanecían distantes,
como si esperase que la verdad fuese revelada. Como si esperara ser tirado
de nuevo en esa autopista. Solo. De regreso a la autopista. Solo.
Pedro sacudió su cabeza, enojado por el escalofrió que bajó por su espina.
Últimamente había estado teniendo sueños con el perro, sueños que lo perseguían hasta que llegaba con su esposa a la mitad de la noche para exorcizar las persistentes imágenes.
Se encontró a si mismo haciendo eso con mucha frecuencia últimamente.
Perdiéndose en su cuerpo, en la calidez y el calor, hasta que el frio
profundo que llevaba dentro de sí mismo se suavizaba y los afilados bordes
se difuminaban.
El Volkswagen amarillo aparcó en la entrada y alivió se deslizó por él. Ella
abrió la puerta delantera y piso sus botas para quitar la nieve, riendo con
puro placer mientras quitaba los blancos copos de su cabello.
—¿No es genial? Vamos a tener otra nevada la próxima semana así
podremos tener una blanca navidad.
—¿Por qué te tardaste?
—¿Estabas preocupado? —Le lanzó una mirada burlona y se quitó el
abrigo.
—No. Pero te dije la semana pasada que tu coche necesitaba llantas
nuevas. ¿Ya lo hiciste?
—Aún no.
—No puedes andar por la nieve con llantas malas. Te dije que tomaras el
BMW y dejaras tu coche.
Ella arrugó su nariz.
—Odio el BMW, me pone nerviosa. Además, he conducido en climas peores
que éste con coches aún peores. Oh, el fuego se siente bien. —Calentó sus
manos y estornudó. Maldito resfriado, simplemente no se pasa. ¿Tienes
algún vino de festividades para esta noche? creo que darán ¡Qué bello es
vivir! Esta noche a las nueve.

Él frunció el ceño ya que claramente ella trababa de ignorar su consejo.
—Esa película es cursi. Has estado enferma durante los últimos días.
Necesitas ir al doctor.
—No tengo tiempo. Las festividades son las épocas más ocupadas en la
tienda.
—Te recogeré mañana. Te dejaré en la librería tomaré tu auto y compraré
llantas nuevas. De cualquier forma, deberías deshacerte de esa cosa.
Simplemente comprar uno nuevo.
Ella hizo un sonido tosco.
—De acuerdo señor ricachón. No puedo permitirme un auto nuevo ahora y
sucede que me gusta mi escarabajo.
—Yo te lo compraré.
—No gracias.
Frustración pellizcó en sus terminaciones nerviosas. Ella proclamó en voz
alta que su motivo para casarse era el dinero. ¿Entonces por qué no
tomaba su dinero? Le había ofrecido libertad con el café. Un auto nuevo.
Un nuevo maldito guardarropa, para él parecía perfecto. Todo el mundo
tomaba su dinero, que era lo más sencillo para dar. Pero no, no ella, se
rehusó a tomar un centavo más de lo que el contrato estipulaba y aún
lograba hacerlo sentirse culpable. Ella lo volvía loco.
—Eres mi esposa y tengo permitido comprarte un coche.
—Un coche no está en el contrato.
—Tampoco el sexo.
Él esperó a que ella perdiera su temperamento pero ella simplemente rió.
Luego estornudó de nuevo.
—Sí, supongo que estás en lo correcto. Pero me quedo con el sexo y digo
no al coche.
Él pisó con fuerza y el perro se encogió.
el mundo durante las fechas navideñas. Fue dirigida por Frank Capra y está
protagonizada por James Stewart y Donna Reed.

—Tómalo como un regalo entonces.
—Puedes comprarme flores si lo deseas, pero no me deshago del coche.
Hombre, ¡estás de un genio hoy!
—No estoy de humor. —Al pronunciar la oración, se puso aun más
enojado. Su negativa hacia su acusación más verídica—. ¿Por qué no me
dejas darte algo agradable?
Se dejó caer en el suelo frente al fuego, se deshizo de sus zapatos y alzó la
mirada hacia él.
—Déjalo quedarse.
Se hizo el tonto.
—¿A quién?
—Al perro.
—Te di tiempo Paula. Me prometiste que se habría ido el viernes. No quiero
un perro. No lo quiero. —Él esperó el ataque y se armó para ganar la
discusión con lógica pura.
En vez de eso, ella asintió, sus ojos quietos y un poco tristes.
—De acuerdo, se habrá ido mañana.
La culpa roía sus entrañas. Quería tomar el perro y llevar a la perrera esta
misma noche. En vez de eso, observó a su esposa extender sus brazos y
empezar a canturrearle al perro. El feo y amarillo perro avanzó hacia
adelante y se detuvo en frente de ella. Con lentos movimientos, ella se
acercó y puso una mano bajo la mandíbula del perro, acariciándolo bajo
su cuello mientras ella murmuraba disparates. Luego de un momento, los
músculos se relajaron y las orejas se lanzaron hacia atrás. En pocos
minutos, instó al perro para que se acostara en su regazo y siguió
acariciando su pelaje, más suave ahora que ella lo había bañado, un poco
más abundante ahora que lo había alimentado.
Pedro vio toda la escena del perro ante sus ojos, una mezcla de pasado y
presente, una batalla entre la soledad y el riesgo del dolor. Y por primera
vez en semanas, el sabueso pareció rendirse por sólo un breve instante, se
permitió disfrutar de los movimientos tiernos de alguien que proclamaba
amarlo.

Y Pedro vio su cola empezar a moverse con fuerza.
El pequeño movimiento estaba perdido en su esposa, quien se calentaba
en frente del fuego con dos heridas y perdidas almas a su lado. Lo dio sin
ganancia propia, sin un objetivo que necesitase alcanzar. El amor no era
un precio sino algo que le pertenecía y que compartía libremente. Todas
las noches ella lo tomaba profundamente en su cuerpo y no reservaba
nada. La mujer quien era su esposa era fiera, una criatura orgullosa que lo
destrozaba y humillaba y se dio cuenta ante el brillo del fuego, que la
amaba.
Estaba enamorado de su esposa.
El reconocimiento llegó como una ola que lo arrastraba, lo derribaba y lo
levantaba de nuevo, tosiendo y con moretones, agitando su cabeza
mientras se preguntaba qué diablos había ocurrido. Se quedó ahí de pie en
medio del cuarto mientras ella lo ignoraba y observaba su vida desviarse
de la vía principal hacia una camino lleno de piedras, maleza y baches.
Tambaleándose por la emoción, dio un paso atrás como si se arrepintiera
de todo el desastre.
Hija de puta.
Estaba enamorado de su esposa.
—¿Pedro?
Abrió su boca para responder, tragó y trató de nuevo.
—¿Sí?
—Si no quieres ver la película dame otra sugerencia. Pensé que nos
embriagaríamos en frente del fuego y veríamos la nieve, pero si estás
irritado, estoy abierta a sugerencias.
Ella estaba hablando sobre películas y él acaba de experimentar la crisis
más grande de su vida. Pedro cerró sus ojos y luchó con las emociones que
quemaban hasta el último desmoronamiento de la pared y la dejaban en
ruinas. Como si el perro reconociera a un antiguo compañero de guerra,
alzó la cabeza y lo observó.
Luego Pedro supo lo que tenía que hacer.

Demasiado nuevo para expresar sus emociones verbalmente, demasiado
confuso para ver como jugaría esta nueva mano, esa giratorias y
desordenadas emociones explotaron a través de él hasta que sólo pudo
revelarlas de una manera.
Cruzó el cuarto y se arrodilló en frente de ella. El perro hizo un pequeño
farfullo y se movió de su regazo para desaparecer en la cocina. Paula miró
a Pedro con cuestionamiento en sus ojos mientras él plantaba una mano en
su mejilla y estudiaba su rostro. Como si la viese por primera vez, observó
cada facción y se dejó caer en el abismo.
—Quiero hacerte el amor.
* * *
Paula escuchó a su marido decir las palabras y su corazón se detuvo y
luego golpeó a un ritmo desigual. Ella no sabía lo que era diferente esta
vez, pero sintió que habían llegado a un cruce en el camino y él estaba
eligiendo el camino menos transitado.
Habían hecho el amor todas las noches desde la fiesta de Michael, a veces
lento, a veces caliente y frenético. Le susurró palabras eróticas y
felicitaciones, diciéndole que ella era hermosa y él la quería. Pero nunca la
había mirado fijamente a los ojos como si supiera quién era. Como si
quitara las capas exteriores para revelar la pulpa de la fruta madura por
debajo,Paula se sentía expuesta a él. Contuvo el aliento y esperó a que él
retrocediera. En su lugar, cubrió sus mejillas con sus palmas y se habló
directamente contra sus labios.
—Eres mi esposa y quiero hacerte el amor.
Entonces él la besó cálida y tan lentamente que le calentaba la sangre,
como el jarabe cuando se vierte sobre los panqueques calientes, hasta que
su cuerpo se puso flexible y sus labios se abrieron a él, sus lenguas se
apareaban a un antiguo ritmo que el hombre y la mujer habían bailado
desde hace siglos.
Poco a poco, apoyó la espalda en la alfombra y se quitó la ropa, haciendo
una pausa para saborear y tocar cada centímetro de piel que se mostró a
él con una reverencia que la excitó, la humilló y la hizo querer aún más.

Ordenándole tranquilamente, le separó las piernas y se arrodilló,
separando los pliegues que ocultaban su sexo con dedos gentiles. Y
entonces él la besó, con su lengua y los labios empujándola hacia el borde,
haciendo caso omiso de sus movimientos frenéticos para tirar de él hacia
arriba hasta que ella llegó a su clímax dura y arqueada debajo de él. Él
cogió sus caderas y continuó besándola, hasta que un sollozo quedó
atrapado en la garganta y le rogó, le suplicó...
Él subió hacia arriba y se detuvo en su entrada.
—Mírame, Paula.
Medio drogada, ella abrió los ojos y miró al hombre que amaba con todas
las partes de su ser, esperando que él la reclamara, a la espera de tomar
cualquier cosa que él le podía dar.
—Siempre ha sido tú. — Él hizo una pausa, como para estar seguro de que
ella escuchaba y entendía las palabras. La intensidad brillaba dentro de
las profundidades de color ámbar. Él la agarró por los dedos, como si
tratara de hablar más allá de las palabras.
—Y siempre lo vas a ser. —Él empujó y ella gritó. Sin quitar en ningún
momento los ojos de ella, manteniendo unidos sus dedos, él se enterró
hasta la empuñadura y comenzó a moverse. Cada vez que él volvía a
entrar, reclamaba algo más de su cuerpo. Las apuestas habían cambiado y
ahora iba por su corazón. Él continuó dando todo de sí mismo,
empujándola con movimientos lentos y firmes hasta que ella estaba al
borde del acantilado. Esta vez, cuando ella llegó al clímax, él la siguió,
agarrando sus manos todo el tiempo que compartió el viaje. Y cuando
empezaban a caer hacia atrás, él la tomó en sus brazos en frente del fuego,
le dio un beso en su sien y se acostó con ella en el delicioso silencio que se
estableció sobre ellos como la perezosa nieve a la deriva en el suelo. Se dio
cuenta de que algo había cambiado entre ellos, algo que él no estaba
dispuesto a decir todavía, ella se aferraba a la esperanza, incluso cuando
se maldijo por haber tenido el pensamiento que pudo pertenecerle a ella.
Un rato después, somnoliento y con el delicioso calor que radiaba su
cuerpo, le susurró a ella. —El perro puede quedarse.
Ella se levantó por un momento y se preguntó si había oído bien.
—¿Qué?
—Es mi regalo para ti. El perro puede quedarse.
Abrumada, buscó las palabras para expresar lo que le había dado y al
igual que él, no encontró ninguna. Así que le alcanzó de nuevo y atrajo su
cabeza hacia ella y le vio de otra manera.
* * *
Al día siguiente, Pedro miró a su esposa muy enferma y meneó la cabeza.
—Te lo dije.
Ella gimió y se volvió a enterrar su cara en la almohada, luego le dio una
tos seca.
—Se supone que no debes decir esas palabras. Necesito más Nyquil.
Él colocó la bandeja de líquidos incluyendo la sopa de pollo, el agua y el
zumo a su lado.
—Diablos, no, no, con los antibióticos y el jarabe de la tos con codeína. El
médico me advirtió. No más spray nasal, tampoco. Leí un artículo sobre el
tema.
—Quiero a mi madre.
Él se rió y le dio un beso en el pelo enredado.
—Tienes la televisión y el mando a distancia. Una caja de pañuelos. Una
novela romántica y el teléfono. Descansa un poco y volveré pronto.
—Tengo que llegar a la librería. Caro apesta en el servicio al cliente.
—Ella puede manejarlo durante el día. Piensa en todos los hombres que
ella encantará para comprar más libros. Toma tu sopa.
Ella refunfuñó algo y él suavemente cerró la puerta detrás suyo.
Pedro saltó al Volkswagen con un aire de satisfacción. Con ella
enclaustrada en la cama, finalmente tenía la oportunidad de conseguir
nuevas llantas y un cambio de aceite en su oxidado cubo. Él,
personalmente, le había acompañado al doctor, obtenido la prescripción,
se detuvo en la farmacia para el suministro, y luego la colocó debajo de las
cubiertas.
Una parte de él observaba la escena desde arriba, y notó que actuaba
como un marido. El marido real, no uno falso. La peor parte fue la
profunda satisfacción que le dio.
Dejó el coche fuera, tomó todos los papeles de la guantera, y se sentó a
esperar. Él esperaba que mantuviera los papeles del mecánico en el
revoltijo y comenzó a analizar a través de las facturas. La carta formal del
banco lo detuvo en seco.
Leyó la carta y tomó nota de la fecha. Más de un mes atrás. Después de la
boda. Después de haber conseguido el dinero. ¿Qué demonios estaba
pasando?
Su BlackBerry sonó. Distraído, lo cogió.
—¿Hola?
—Te ha tomado un tiempo tomar mi llamada.
Los recuerdos de su pasado lo arrastraron de vuelta. Con una larga
práctica y con el corazón frío, junto con su tono de voz dijo:
—Horacio. ¿Qué quieres?
Su padre se echó a reír.
—¿Es el tipo de saludo que recibo de mi propio hijo? ¿Cómo estás?
Pedro dejó la carta en su regazo y se fue a través de los movimientos.
—Estoy bien. ¿De regreso de México tan pronto?
—Sí, me casé.
Esposa número cuatro. Su madre podía salir de su escondite para crear
problemas, ese parecía ser el patrón. Carolina y él eran sólo peones para
hacer el juego más interesante. Náuseas arañaba sus entrañas.
—Felicitaciones. Escucha, me tengo que ir, no tengo tiempo para charlar.
—Tengo algo que discutir contigo, hijo. Nos vemos en el almuerzo.
—Lo siento, estoy ocupado.
—Sólo necesito una hora, como mucho. Haz tiempo.
La advertencia pasó a través del teléfono.Pedro cerró los ojos mientras
luchaba con su instinto. Será mejor reunirse con él, por si acaso Horacio tenía
alguna retorcida idea de ir detrás del paraíso e impugnar el testamento.
¡Qué lío!
—Está bien. Nos encontraremos a las tres. Planet Diner.
Apagó el teléfono y miró a la carta. ¿Por qué Paula mintió sobre el uso de
los ciento cincuenta mil dólares? ¿Estaba involucrada en algo que nunca
había sospechado? Si ella solicitó un préstamo del banco para el café y fue
rechazado, ¿dónde tenía su dinero?
Las preguntas giraban en su mente y no tenían sentido. Por alguna razón,
ella no quería que se descubriera la verdad. Si ella realmente hubiera
querido más dinero, le habría pedido que re-firmara los papeles del
préstamo y sería una aval garantizado. ¿Qué demonios estaba pasando?
Esperó por el coche y tomó un viaje a la oficina para ganar tiempo. Hizo
una llamada rápida para ver cómo estaba, confirmado que iba a estar bien
hasta que él terminara su almuerzo con Horacio. La tentación le instó a hacer
algunas preguntas serias, pero otra parte de él se preguntaba si quería
saber la verdad. Podría estar enamorado de ella, pero en el fondo todavía
no había cambiado. Él no podía ofrecerle estabilidad e hijos. Finalmente, si
se quedaba, ella acabaría odiándolo. El terror le carcomía el pensamiento.
Horacio estaba esperando en una cabina de la esquina. Él estudió al hombre
que compartía su sangre. El dinero y la pereza parecían estar de acuerdo
con él. Su cabello había sido aclarado por el sol mexicano y el oscuro
bronceado que se alineaba sobre su rostro le dio un aspecto que en
realidad no tenía. Él era un hombre alto que llevaba ropa de diseño. Hoy
estaba vestido con un jersey de Ralph Lauren de color rojo, pantalón negro
y mocasines de cuero. Sus ojos oscuros sostenían un ligero brillo de
humor provocado por el alcohol. Probablemente un cóctel antes de
enfrentarse a su hijo perdido hace mucho tiempo. Mientras Pedro se sentó
en la cabina, señaló las similitudes en sus rostros y la estructura ósea. Él
se estremeció. Lo que más temía en la vida estaba sentado frente a él. La
posibilidad de convertirse en su padre.
—Pedro, me alegro de verte —dijo Horacio y le estrechó la mano, luego pasó
unos minutos coqueteando con la camarera.

Pedro pidió un café.
—Así que, ¿qué te trae a Nueva York, Horacio?
—Esta es la ciudad natal de Amber. Vuelve a visitarnos. Estoy pensando
en quedarme en la ciudad por un tiempo. Conseguir una casa. ¿Tal vez
podamos pasar un poco más de tiempo juntos?
Pedro buscó en el fondo de su ser por alguna emoción, pero se mantuvo
estoico. Gracias a Dios, no sentía nada.
—¿Por qué?
Horacio se encogió de hombros.
—Se me ocurrió pasar el rato con mi único hijo. Ha pasado un tiempo, ya
sabes. ¿Cómo va el negocio?
—Bien. —Pedro tomó un sorbo a su café—. ¿De qué querías hablar?
—Escuché que te casaste. Felicidades. ¿Amor, dinero o sexo?
Pedro parpadeó.
—¿Cómo dices?
Su padre le dio una sonora carcajada.
—¿Por qué te casaste con ella? Me casé con tu madre por amor y terminó
en un maldito desastre. Mi segunda y tercera esposa fueron por sexo y se
arruinó. Pero Amber es todo por dinero. El dinero y el respeto de algunos.
Yo ya siento que este será permanente.
—Interesante teoría.
—Entonces, ¿cuál es?
Apretó la mandíbula.
—Amor.
Horacio soltó una carcajada y cortó sus panqueques.
—Lo tienes muy mal. Por lo menos tienes un buen pedazo del pastel del tío
Earl. He oído todo.
—No pienses ni siquiera en impugnar el testamento. Ya está hecho.

—Que arrogante, ¿verdad? Sabes, creo que somos más parecidos de lo que
quieres creer. Tenemos tanto dinero como él y a los dos nos gustan las
mujeres. No hay nada malo con eso. —Le señaló con el tenedor.
—Yo no estoy aquí para causar problemas. Tengo mi propia fortuna y no
necesito la tuya. Pero Amber ha sido un grano en el culo sobre estar más
cerca de mis hijos. Pensé que todos podemos almorzar juntos. Ya sabes,
Carolina, tú y los niños de Amber.
El ridículo de la situación le provocó un momento de estupefacción. Pedro
pensó en todas las veces que había suplicado a Horacio de tener una
insoportable conversación con él y mucho menos una comida. Y ahora,
debido a su nueva esposa que le insistió, Horacio supuso que experimentaría
una relación padre e hijo. Una punzada de amargura se filtró a través del
hielo. Demasiado poco. Demasiado tarde. Peor aún, a Horacio en realidad no le
importaba.
Pedro apuró su café.
—Agradezco la oferta, Horacio, pero paso. No te necesité antes. No te necesito
ahora.
Los ojos de su padre se tornaron malos.
—Siempre pensando que eres mejor que yo, ¿eh? El chico de oro. Escucha,
hijo, la sangre es la sangre, y pronto te darás cuenta que estas destinado a
cometer los mismos errores que yo. —Prácticamente gruñó sus siguientes
palabras.
—¿Quieres saber la verdad? Me casé con tu madre por amor, pero ella sólo
me quería por mi dinero. Sólo cuando vi la verdad, iba a romper todo, pero
ya era demasiado tarde. Ella quedó embarazada. Y me quedé atrapado.
Con ustedes.
Pedro tragó como la pesadilla envuelta delante de él.
—¿Qué?
Horacio soltó una risa desagradable.
—Así es, tú fuiste un intento desesperado por retenerme y funcionó. Un
niño significa manutención y pensión alimenticia de por vida. Yo decidí
quedarme y hacer que funcionara, pero nunca se lo perdoné.

El conocimiento tenía perfecto sentido haciendo que las piezas encajaran
en su lugar. Horacio no lo quería en primer lugar, ni a Carolina.
—¿Por qué me dices esto ahora?
Su padre sonrió con frialdad.
—Como una advertencia. Observa a tu nueva esposa. Si se casó por dinero
y sientes que se escapa, los ups vendrán. Recuerda mis palabras. Y
entonces estarás atrapado al igual que yo. —Hizo una pausa—. Debido
a que eres como yo, Pedro.
Pedro miró a su padre durante mucho tiempo. Un goteo pequeño de miedo
se escapó de su interior al tiempo que reconoció que el hombre que lo
había engendrado no tenía ningún respeto de su propia familia. ¿Qué pasa
si Horacio Alfonso tenía razón? ¿Qué pasaría si todos estos años que había
estado luchando contra sus genes y su tiempo se había terminado? ¿Y si
estaba destinado a convertirse, como su padre, daba igual si tomaba el
corto o el largo camino?
Las últimas semanas lo habían engañado para creer en cosas que no
existían. Amor. Verdad. Familia. Paula ya había mentido sobre el dinero.
¿En qué otra cosa mintió? Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Y si ella
había estado trabajando un plan más grande todo el tiempo en el que él
había estado enamorado de ella?
Las dudas le atacaron con un golpe feroz, pero él no les hizo caso y
mantuvo su cabeza hacia arriba.
—No somos nada iguales. Buena suerte, Horacio.
Lanzó algunos billetes sobre la mesa y se fue, pero sus palabras se
burlaban de él a cada paso. Porque secretamente su corazón, se preguntó
si era verdad. Se preguntó si él era más como Horacio Alfonso  de lo que pensaba.

QUEDA UN PAR DE CAPÍTULOS Y TERMINA!
GRACIAS POR LEER!  ♥




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