sábado, 30 de agosto de 2014

Capitulo X

Bien, Decklan. Déjalos caer.
Los pantalones chocaron contra el suelo. La dura luz acentuaba los tallados músculos bajo la piel oliva. Los calzoncillos abrazaban las partes críticas y dejaban el resto de la piel orgullosamente desnuda. La mente de Paula pensaba sin descanso, eligiendo la mejor manera de obtener la toma que necesitaba, escogiendo y descartando mientras entraba en calor. Trabajaba con este círculo nuevo de modelos masculinos por sugerencia del diseñador italiano y se notaban un poco verdes cuando los ponía al límite.
Cómoda en su papel, dejó que el impulso de la cámara se hiciera cargo. Por un rato se desvanecieron todos los pensamientos, cautivada por el momento. Siempre había sido más feliz detrás del lente, como si la voyerista dentro de ella fuera puesta en libertad y tuviera permiso para invadir la privacidad de otra persona mientras permanecía a una distancia segura. Le gustaba empujar barreras y zonas de confort para obtener la toma perfecta, nunca se rendía hasta que encontraba la mina de oro.
Sudando bajo las calientes luces, declaró un descanso y tomó una botella de agua. Su artista de maquillaje se había llevado a Carina para transformarla. Paula todavía reía por la expresión en el rostro de la joven chica cuando echó un vistazo al hombre medio desnudo en escena ―como si fuera una mujer perdida en una venta de liquidación de diseñador―. Con suerte, entraría en confianza y tendría algo de diversión. Paula se la devolvería a Pedro a salvo y de mejor humor.
La imagen de Pedro empujándola contra la pared, abriendo su camiseta y succionando sus pechos la atravesó con un temblor. El calor subió rápido y se quedó entre sus piernas. ¿Qué estaba pasando con ella? Nunca había tenido una
reacción tan fuerte hacia un hombre. Atracción sí. ¿Cruda, desnuda? ¿lujuria loca como para saltar sobre sus huesos? No.
Sin embargo había sido una estúpida. No lo había visto venir. El hombre la distrajo con su reconfortante abrazo. Los hombres creían que ella odiaba acurrucarse, lo que normalmente sucedía, pero, ¿cuándo habían intentado siquiera sostenerla sin tener una imagen de sexo en la cabeza?
El beso de la noche anterior fue peor. Dulce, cariñoso y lleno de promesas.
Tal vez si dormía con él, este deseo se iría. Siempre lo hacía. Tal vez una caliente y sudorosa noche lo sacaría de su sistema y ella podría seguir el resto de la semana sin hormonas adolescentes.
Terminó el agua y estudió a los tres modelos alineados. Todos físicamente perfectos. Aceitados. Listos. ¿De qué se estaba perdiendo?
La ropa interior era provocadora y gritaba diseñador. Pero si ella no hacía bien su trabajo, parecería que Calvin Klein y ellos tres no eran gran cosa. Maldición si ella permitiría que su trabajo fuera calificado de segunda clase. Frustrada, mordisqueó su labio inferior.
La expresión en los rostros de los tres hombres de pronto cambió. Paula se detuvo y echó un vistazo sobre su hombro.

Carina estaba de pie delante de ella. La encargada de maquillaje la arregló y Paula asimiló la visión de la chica transformada en una joven mujer. Su piel lucía como si estuviera iluminada por dentro, un maquillaje suave y un poco de color melocotón en las mejillas resaltaban el toque ahumado en los ojos. Sus amohinados labios tenían una apariencia brillante. Virginal y tentadora. Su cabello, antes con frizz, ahora caía en marcados y sedosos rizos rodeando la cara, dándole una apariencia que obligaba a la gente a prestarle atención. Todavía tenía los jeans, pero había cambiado su simple camiseta por una camisola roja sobre una transparente camiseta que enfatizaba el tamaño de sus pechos pero mantenía la modestia.

Oh DIOS!!!

Puro placer la atravesó mientras Carina caminaba con confianza. Y por la reacción de los tres hombres en el escenario, bueno, había logrado su propósito a la perfección.
―Te ves preciosa ―dijo Paula. Tocó los elásticos rizos negros de la chica―. ¿Te gusta?
―No puedo creer que me vea así ―asintió Carina con entusiasmo.
Paula le sonrió.
―Yo sí. Y creo que mis hombres están de acuerdo.
Carina se sonrojó y movió los pies, luego le echó un vistazo a los modelos. Los hombres se veían de pronto encantados con la chica que, prácticamente, había sido ignorada antes de su transformación. Paula sospechó que esa apariencia con su sana inocencia era una rara combinación y su recuperada confianza era como un llamado de sirena para los hombres. Nada más atractivo que una mujer que se quiere. Pero algo más en sus expresiones la atrajo, una emoción que rara vez veía en el rostro de un hombre y…

Paula ignoró el martilleo de su corazón mientras se disparaba el torrente de adrenalina. La toma correcta. Justo frente a ella.
―Ven conmigo ―tomó la mano de Carina y la arrastró al set. Con rápidos movimientos arregló el set, movió su cámara y ajustó la iluminación―. Decklan, Roberto, Paolo, esta es Carina. Ella está ahora en la foto con ustedes.
―¿Qué? ―chilló Carina.
―Cruza tus brazos de esta forma ―colocó a Carina en el borde del escenario y la puso en la sombra. Ajustó la pose para inclinarla contra la pared en una postura casual―. Ahora mira afuera, hacia la ventana, como si estuvieras soñando con algo. Algo que te hace feliz. No te preocupes, tus rasgos van a estar borrosos y tu figura en sombras. ¿Bien?
―Pero no puedo…
―¿Por favor?
Carina tembló un poco, luego lentamente asintió. Con la postura tensa, intentó darle a Paula lo que quería. Paula se giró a los modelos y los formó en una línea irregular. Los leves bultos en su ropa interior no la avergonzaban, de hecho era exactamente lo que faltaba en la foto.
―Escuchen. Su blanco es ella ―apuntó a una Carina tiesa e incómoda―. Imaginen lo que sería acercase a ella, darle su primer beso, hacerla sentir como una mujer. Eso es lo que quiero. Ahora.
Tomó la cámara y liberó el obturador. Dando instrucciones se movió como loca para atrapar el elemento escurridizo… inocencia… deseo… tentación. Era algo más que una foto de ropa interior linda. Esto era sobre comprar una emoción.
Mientras el tiempo pasaba, sus alrededores se desvanecían. Finalmente algo brilló en el rostro de Carina. Una pequeña sonrisa en el rostro. Los hombres se movieron, la estudiaron y entonces…
Click.
La tengo.
La satisfacción surgió y su cuerpo se relajó con alivio.
―Terminamos. Hemos terminado.
Un grito combinado de aprobación se elevó desde los modelos y el equipo. Paula sonrió con placer, giró sobre sus talones y se encontró cara a cara con su marido.
Oh-oh.
Se paró frente a ella en traje, una camisa fresca azul real y una brillante corbata roja. La postura perfectamente controlada contradecía la furiosa emoción en aquellos ojos oscuros. Su mirada deliberadamente la recorrió y volvió al escenario. La risa entre dientes de Carina viajó por el aire y Paula no tenía que girarse para saber que ella probablemente estaba hablando y coqueteando con Decklan. Su supermodelo en calzoncillos. Muy pequeños.
Estaba tan fastidiada.
El miedo la atravesó y enderezó la espalda en pura rebeldía ante la conflictiva emoción.
―Puedo explicar.
―Estoy seguro que puedes ―su voz salió suave como un susurro y agitó sus terminaciones nerviosas.
¿Por qué parecía tan rudo, tan al borde? ¿Como si retara a una mujer a profundizar bajo el barniz y descubrir toda esa primitiva masculinidad? Creció con dinero, una buena familia y relativamente pocos problemas. Ella no lo resentía, pero la mayoría de los hombres que había conocido con grandes fondos la dejaban fría y un poco tensa.Pedro no. Tomaría años descubrir todas sus capas y apostaba a que él seguiría sorprendiéndola. Afortunadamente, no tenía intensión de saber nada sobre su temperamento italiano.
Hizo un esfuerzo para soltar las palabras.
―Bueno, decidí enviar a Carina a la maquillista mientras trabajaba para que no tuviera que ver a los modelos en ropa interior, porque sabía que no estarías demasiado feliz con eso.
―Y por eso la veo en el escenario con los mismos modelos desnudos. Esa fue tu protección ―sonó como látigo.
Ella se estremeció. Esto no estaba saliendo de la manera en que lo había planeado.
―No me dejaste terminar. Y no están desnudos. No estaba saliendo la foto que necesitaba, entonces Carina salió y estaba tan feliz por su apariencia y tan segura de sí misma… y los hombres cambiaron la mirada, sus rostros… fue algo casi increíble realmente. Nunca había visto algo tan puro en este negocio, tenía que capturar esa expresión para obtener algo nuevo.
―¿Puro? ―Su frente se arrugó y la furia brilló en los ojos―. ¿Pones a mi hermana pequeña en tu foto para que la miren boquiabiertos unos hombres desnudos, extraños a ella, para capturar la pureza? ¿Es esta tu defensa Paula? ¿Sacrificarías lo que fuera sólo para vender unos pocos anuncios?
Whoo. El miedo se desvaneció. ¿Cómo se atrevía? Levantó la cabeza decidida y lo miró con desdén.
―Ellos. No. Están. Desnudos. Estás torciendo mis palabras Alfonso. Y en cuanto al sacrificio, parece que estoy dispuesta a hacer un montón en nombre del verdadero amor. Hasta finjo un matrimonio falso contigo.

Él bajó la cara hacia ella y siseó en voz baja.
―No lo hiciste por amor verdadero cara. No olvides nunca que obtuviste tu pedazo de carne por este negocio.
―Oh, síp, siento mucho no dejarte jadear encima de mi cuñada y mirarla con ojos soñadores desde el otro lado de la habitación.
La quijada se le cayó.
―Estás loca. Te he dicho una y otra vez que no estoy enamorado de Alexa. Son tus ilusiones, la necesidad de controlar todo lo que hay a tu alrededor. ¿Y qué tiene que ver esto con Carina y tu prueba de exhibicionismo?
―La puse en la sombra. Nadie va a ver su rostro realmente. Nunca la expondría a algo inapropiado.
―¡Ya lo hiciste! ―Su cuerpo se sacudió con una frustración caliente y muy masculina.
―¿Pedro? ―Carina voló hacia ellos y le dio un gran abrazo a su hermano. El afecto y la preocupación en su mirada le mostró a Paula, claramente, que él no sabía cómo lidiar con su hermana más joven.
―¿Me viste allá arriba Pedro? ―chilló ella―, fui una modelo real.
―Estuviste grandiosa cara. ―Su mano tocó suavemente los elásticos rizos―. ¿Quién hizo esto?
―Me mandaron con la maquillista. Deberías haber visto a Paula trabajar, nunca he estado en una sesión antes y fue genial. Ahora puede que esté en un anuncio de verdad y los modelos son súper agradables. Decklan me invitó a cenar con algunos de los otros modelos y…
―Absolutamente no ―sus cejas se unieron en un fiero ceño fruncido―. Estoy feliz de que te hayas divertido, pero la sesión ha terminado. No vas a salir con hombres extraños que no conoces. Además vas a hacer de niñera para el tío Brian esta noche.

Paula abrió la boca para decir algo pero rápidamente la cerró de nuevo. Infiernos no, no se involucraría. Esta no era su verdadera cuñada. Ella no pertenecía a la familia de Pedro. No era realmente su esposa.
―Hago de niñera para tío Brian casi todos los sábados en la noche mientras otras personas salen a sus citas. ―Carina lo fulminó con la mirada.
Pedro le acarició la mejilla con una mano.
―No discutiré contigo el punto. Ahora sé una buena chica y lávate la cara, vuelve a la normalidad y vámonos. Tenemos una cita en el consulado.
Silencio.
Observando el rostro cabizbajo por el comentario, Paula se estremeció. Ay, esto era malo. Muy malo. Como un inminente choque de trenes. Carina presionó una mano temblorosa en la boca para detener el llanto pero su voz salió quebrada y susurrante.
―¿Por qué no puedes ver que no soy una niña y respetarme? ¡Ojalá no volvieras a Italia! ―Caminó para salir del estudio. Una puerta azotó en la distancia.
Paula cerró los ojos. Ah, mierda.
Pedro sacudió la cabeza y soltó una letanía de frases muy creativas en italiano. Caminó, murmuró. Paula le dio amplio espacio, en ese momento no sabía si abrazarlo, porque lo veía malditamente perdido, o darle una cachetada con la esperanza de que ganara algo de juicio.
Decidió hacer concesiones.
Saltó frente a sus pies, que se movían rápidamente. Él casi la arrolla.
―Paula…
―¿Qué hice ahora? ¿Eh? ¿Es tan malo negarme a dejarla ir a una fiesta de borrachos con un montón de modelos masculinos desnudos que la harán perderse para siempre? Somos una de las familias más ricas en Italia. ¡Es demasiado joven! Podría ser secuestrada y que nos exijan su rescate. ¿Y por qué se veía tan diferente? Siempre hacía de niñera para Brian y decía que adoraba hacerlo. De pronto, ¿quiere cambiar su rutina y merodear en el pueblo para que alguien pueda secuestrarla? Absolutamente no.

Paula se mordió los labios. Lo absurdo de su comentario le pegó con fuerza y tuvo que controlar el impulso de romper a reír. Su poderoso Alfonso era realmente un malhumorado Papá Oso que no quería lidiar con la realidad: su hermana quería volar fuera del gallinero. A los veintiuno ella manejaba su propia vida y a nadie le importaba con quién salía y si volvía a casa en la noche. Tosió en la mano y se concentró en parecer seria.
―Bueno, estoy de acuerdo, tampoco la dejaría salir a una fiesta de borrachos.
Él entrecerró los ojos, desafiándola a burlarse de él y Paula levantó las manos en actitud de defensa.
―Oye, hablas como si hacer de niñera de cuatro sobrinos inquietos fuera una diversión. La chica fue invitada a cenar con un agradable y atractivo hombre y quiere ir. No puedes culparla por preguntar.
―¿La dejarías ir? ―prácticamente jadeó.
―La dejaría ir con restricciones ―corrigió―, tampoco conozco lo suficiente al grupo para dejarla ir sola. Pero sí tengo una amiga cercana que podría unírseles. Tiene una hija de la edad de Carina y creo que Carina se llevaría bien con ella. Siempre visito a Sierra cuando estoy en Milan y es alguien en quien sí confío. No sé si está libre hoy, pero puedo llamarla. Ella hará de chaperona y la llevará a casa después de la cena. Si no puede, entonces estoy completamente de acuerdo contigo en no dejarla ir sola. Pero al menos que se vea que estás intentando complacerla.
―¿Cómo maneja mama su carácter? Carina suele ser tranquila y reservada. ¿Qué le está pasando? ¿Por qué no escucha? ―Él prácticamente gimió.
Paula suavizó su voz.
―¿Por qué estás intentando todo para que no crezca?
Él levantó la cabeza. Por un momento, ella vio un brillo de dolor y miedo en las profundidades azul-negras de sus ojos. Ella tocó la dura mejilla necesitando el contacto piel con piel.
―Hice una promesa de no fallar ―las palabras llegaron a sus oídos en apenas un susurro. Se le encogió el corazón pero presionó más, necesitando escarbar profundo.
―¿A quién le hiciste una promesa Pedro?
―A mi padre. Antes de morir. ―Su confianza normal titubeó―. Soy responsable de todas ellas.
La conciencia del peso en esos anchos hombros la golpeó con toda la fuerza. Nunca imaginó que alguien pudiera tomar unas palabras tan literalmente, pero tal parecía que Pedro creía que cada éxito y fracaso de su familia recaían sobre él. El puro estrés de tomar las decisiones por todos ellos explotó en su mente.
Dios, ella dependió de sí misma por tanto tiempo que no sabría tomar decisiones fuertes por los demás. Cualquier hombre se habría alejado, lavándose las manos ante el desastre. Pero él no. Una vez que la persona entraba en el mundo de Pedro, la cuidaría para siempre.
La necesidad abrasadora de ser la mujer por la que se preocupaba tan fieramente ardió en su mente y en su cuerpo. Sacudió su alma.
¿Cómo se sentiría ser reclamada completamente por él?
La garganta de Paula se tensó de la emoción. La rodeó el delicioso aroma picante y el calor de su cuerpo a través de la ropa. Deseaba desabotonar su camisa y acariciar con las palmas toda esa piel desnuda, abrirse de piernas y permitirle enterrarse para detener el anhelo sin fin dentro de ella. Pero en lugar de eso, dejó caer las manos y dio un paso hacia atrás. Estaba cansada de correr, pero parecía ser la única cosa que sabía hacer bien.
―Si no los dejamos cometer errores, ¿cómo lo sabrán algún día? ―preguntó suavemente―. Carina está loca por ti. Solo necesita un poco de espacio para respirar.
Se detuvo un momento y luego continuó decidida.
―Tu familia tiene suerte de tenerte para cuidarlos. Ahora, déjame hacer una llamada telefónica para ver qué podemos arreglar.
Tomó su teléfono y marcó.

Pedro observó la puerta cerrada y esperó a que su hermana regresara. Dios, estaba atrapado en un infierno femenino y no veía la salida. Sí, Venezia había sido difícil, pero una vez que se enamoró de Dominick se calmó y él fue capaz de relajarse. Por supuesto, su decisión de hacer una carrera fuera del negocio familiar causó fuegos artificiales y todavía estaba decepcionado, pero eso era suave comparado con la dulce inocencia de una Carina al borde de la decadencia.
Julietta había sido una brisa, no le interesaban los chicos y había llegado a tener éxito en su carrera probando su valor. Le recordaba tanto a mama con su habilidad de concentrarse; con un agudo sentido para los negocios creó La Dolce Famiglia. Su papa podría haberlo convertido en una cadena exitosa, pero sin la visión y el manejo de su madre, no lo lograría.
Carina era diferente. Ella siempre había sido la pequeña de papa y tenía una ligereza de espíritu que nadie más ostentaba en la familia. Experimentaba emociones más profundas, veía cosas que nadie más veía y su habilidad para dar sin reservas había preocupado a papa.
La escena en el lecho de muerte de su padre pasó por su mente. La promesa para mantener a su familia a salvo y protegida. De siempre cuidar a las chicas. Y de sacar adelante la panadería como una cadena exitosa. Fallar no era una opción.
El sudor le picó en la frente mientras miraba a los tres hombres caminando y esperando a Carina. Ellos eran definitivamente mayores. ¿Estaba loco por haber aceptado dejarla ir?
Caminó hacia el pequeño refrigerador y tomó una botella de agua, dándole a la tapa un duro giro. Su falsa esposa lo había hecho de nuevo. Su inocente hermana había estado en una sesión de fotos para ropa interior masculina, había sido maquillada por una experta y quería andar correteando por ahí con modelos. ¿Por qué había traído a Paula aquí de nuevo?
Ah sí. Porque era su esposa.
Se encorvó mientras bebía su agua y la observaba.
Odiaba los pequeños saltos que daba su corazón cuando ella se giraba y encontraba su mirada. Se estaba acostumbrado a la fiera conexión que vibraba
entre ellos, el brillo de reconocimiento que encendía esos ojos verde-gatunos y lo tentaban a empujar las barreras. La tentación física podía manejarla.
Eran las otras cosas las que estaban empezando a molestarlo.
Su habilidad para sorprenderlo era la peor. Había esperado cierta privacidad en el set con Paula y los modelos. Nunca había estado en una sesión en vivo y el ojo agudo y la fácil actitud de ella animó el trabajo en equipo.
Oh, ella coqueteaba. Era parte su núcleo de mujer. Pero mientras él continuaba estudiándola, detectaba muchas cosas debajo de la ondulante y fría superficie, era como descubrir un coral vivo escondido bajo las lodosas e insignificantes plantas marinas.
Ella siempre mantenía su distancia.
No físicamente. Ella tocaba a menudo, se retorció pensando cómo tuvo que ajustar el bulto entre las piernas de los modelos. Ella reía y molestaba y daba traviesos guiños con buena intención. Pero había una fría desconexión en el aura que la rodeaba como un horrible matorral con espinas. Mira, pero no toques. Toca, pero no sientas. Sus emociones estaban encerradas y controladas hasta el punto de asfixiar. Aún así, cuando lo miraba parecía tentada a dar más. Y él quería más.
¿Le diría que no? Su orgullo rebozaba desde el primer encuentro ―su falsa creencia de que estaba enamorado de su mejor amiga― y todos los demás factores conspiraban para formar un gran y gordo De Ninguna Manera.
A menos de que él tomara lo que quería.
Su ágil figura vestida con unos sencillos pantalones negros, una blusa negra tipo túnica sin mangas haciendo juego y las sandalias negras, ridículamente altas, enfatizaban cada elegante movimiento y curva deliciosa. El precioso cabello canela jugaba a las escondidas, mostrando en momentos la tierna nuca, las suaves mejillas y su larga, refinada nariz que siempre lo miraba hacia arriba. Ser el príncipe que rompiera esas despiadadas defensas era un reto a su núcleo italiano. ¿Cuándo conoció a una mujer que lo tentara de esa manera?
Él la quería.
El sonido de su nombre lo distrajo de sus pensamientos. Paula apuntó al teléfono y le pidió que se acercara con un gesto.

―Bien, Sierra está libre. Puede estar aquí en un momento y llevarla a casa esta noche. Puedes confiar en ella. Pero depende de ti.
El latido de su corazón se aceleró pensando enviar a su hermana con esos hombres y una extraña que no conocía. Pero algo en las palabras de Paula sonaba a verdad. ¿Y si no dejaba a Carina experimentar un poco y luego ella explotaba? No podía arruinarlo. Carina y la promesa a su Papa eran demasiado importantes.
―Paula, ¿puedo confiarle mi hermana a esta mujer?
Algo flameó en los ojos de su esposa falsa. Un recuerdo de dolor, luego remordimiento.
―Sí. Nunca pondría a Carina en una posición vulnerable donde podría salir herida. Conozco bien a Sierra, ella no dejará que le pase algo a tu hermana.
Él asintió.
―Arréglalo. Yo hablaré con Carina.
―¿Me hablarás sobre qué?
Se giró y ella se paró a su lado. La barbilla arriba con desafío. Los ojos brillantes. Se había dejado el maquillaje, pero tuvo que admitir que era mucho mejor que esa cosa brillante que se había puesto antes. Ahora se veía fresca. Ella misma, solo que mejor.
―Paula hizo arreglos para que su amiga te acompañara de chaperona ―dijo él.
―¡Dios! ¿Estás bromeando? ¿En serio puedo ir? ―preguntó Carina jadeando. Pedro levantó una mano.
―Estas son las reglas. Me envías un mensaje y me dejas saber dónde estás en todo momento. Sierra estará a cargo y te llevará a casa. Antes de que te vayas conversaré con ellos ―él señaló con su dedo hacia los modelos que ahora se ponían las camisetas y los jeans y cepillaban sus cortes de diseñador―. ¿Capisce?
Carina asintió con entusiasmo.
―Sí, grazie Pedro.

Su corazón se alegró con la entusiasta y abierta expresión de Carina.
―Ya están listas las fotos ―dijo Paula.
Se unieron a ella delante de la pequeña computadora y vieron un montón de fotos en rápida sucesión. Escuchó mientras Paula las repasaba apuntando problemas y deficiencias, lo que le gustaba y lo que no. Sus opiniones eran atrevidas, mandonas y lo excitaban enormemente. Nada como una mujer fuerte en negocios ―él siempre ansiaba eso en su pareja― desafortunadamente, muchas mujeres con las que había salido amaban la idea de que las cuidara y punto. A pesar de educarse en un hogar tradicional, él ansiaba algo más en una mujer. Alguien con un poco de acero.
La pantalla abrió una imagen y todos se detuvieron. Pedro se quedó sin aliento.
―Eso es ―susurró Paula―, la tengo.
Pedro miró fijamente la foto. Carina se inclinaba contra una falsa pared, mirando al espacio. La mitad en la sombra, su figura estaba borrosa y a la vez luminosa. Sus rasgos estaban ocultos por las ondas de cabello rizado y sus labios estaban un poco fruncidos con anhelo por algo… allá afuera.
Los tres hombres estaban colocados detrás de ella para mostrar el producto, pero no parecían estar posando. Como si hubieran visto a un ángel, petrificados, embelesados por ella; la necesidad expresándose en las fuertes facciones. El aspecto físico de la foto era débil comparado con la emoción no expresada en cada cuerpo, persuadiendo al espectador para detenerse y ver más adentro.
Un grito de ánimo vino del chico de producción y él le dio los cinco a Paula. Ella levantó la cabeza para mirarlo.
―¿Puedo usarla Pedro?
Carina sacudió la cabeza, todavía mirando en trance.
―¿Cómo hiciste eso Paula? ―suspiró asombrada―, es muy hermosa.
Paula se rió entre dientes.
―Parte de mi trabajo. Sin embargo, tú eres la estrella. Tú eres la que es hermosa.
Pedro miró a su hermana sonrojarse y retorcerse con deleite. Su cuerpo se sacudió levemente como preparándose para ser noqueado. ¿Cómo era capaz de ver exactamente lo que su hermana necesitaba? Sí, ella era mujer, pero siempre se
había mostrado desconectada de las cosas típicas de mujeres. Cocinar, charla de chismes, niños, cosas domésticas. Aún así, le ofrecía a su hermana un cumplido que simplemente salía de su alma, sin necesidad de un baño de azúcar o de ser falsa.
Pedro se inclinó y presionó un beso en la cabeza de Carina. Luego miró a los ojos de una chica que ya no era una niña.
―Tiene razón, sabes. Eres hermosa. Y sí, Paula, puedes usarla.
Una repentina emoción le apretó la garganta y se giró bruscamente desapareciendo por el pasillo. Demonios, necesitaba un momento para volver al control.