miércoles, 31 de diciembre de 2014

Capitulo 16

Pedro miró al letrero sobre la moderna galería en el SoHo.
El nombre de Paula había sido garabateado en caligrafía de lujo y las alegres luces blancas colgadas por la fachada del sitio llamaban la atención de los espectadores. Inspiró una bocanada de aire y mantuvo la esperanza de tener la fuerza suficiente para atravesar la noche.
La invitación a su primer espectáculo era tanto sorprendente como irónica. El orgullo lo ahogaba. Su preciosa y talentosa esposa finalmente demostraba su valía y él no estaba allí para celebrarlo con ella. Pero no podía negarse la necesidad de verla una vez más en toda su gloria. La necesidad de mirar su trabajo, mientras recordaba haber hecho el amor con ella en su estudio y cubrirla con pintura de chocolate.
Sus entrañas se encogieron en una sólida bola de arrepentimiento.
Pedro abrió la puerta y caminó adentro.
El espacio era amplio y abierto, con anchas columnas separando naturalmente la sala en cuadrantes. Había un bar y camareros de cóctel paseaban ofreciendo champagne, vino y una variedad de aperitivos. Las multitudes se arremolinaban en varios grupos, charlando y riendo mientras se abrían camino por la sala. Su mirada se dirigió directamente a la esquina derecha, casi como si pudiese percibir su presencia perfumada.

Ella echó la cabeza atrás y se rio de algo que un hombre dijo. Su largo y negro vestido brillaba bajo la luz. Sus rizos oscuros estaban fijos y domesticados en lo alto de su cabeza, pero Pedro sabía que deslizar la horquilla haría que cayesen en un lío sedoso y desenfrenado sobre sus hombros. Sus ojos brillaban con una alegría interior y confianza que nunca había visto en ella antes.
Sí. Era feliz sin él.
Conteniendo su emoción, se dio la vuelta y se dirigió a la primera pantalla.
La sorpresa lo mantuvo inmóvil.
Esperaba retratos con alma y corazón, con un calor fácil que siempre traducía en las pocas piezas de su trabajo que había tenido la suerte de ver. Estos parecían ser de una artista diferente.
Crudos y arenosos, sombreados en negro, gris y un asome ocasional de rojo, mostraban parejas sobre el lienzo en diferentes poses eróticas. Una mujer se arqueaba contra la pared mientras su amante apretaba los labios contra sus pechos desnudos. Los cuerpos pulsaban con una sensualidad terrenal, pero se tambaleaban en la frontera, mientras la ventana esbozada sobre la derecha parecía ser un espejo entre la privacidad y el mundo exterior. El espectador parecía casi un voyeur de la escena, extendiéndose por la mente lo suficiente como para necesitar seguir mirando la pintura.
Mientras Pedro pasaba de una a otra, la pareja parecía estar atrapada en una telaraña de relación. Un lienzo esbozaba la vulnerabilidad y el deseo en el rostro de la mujer mientras miraba a su amante. Su perfil severo mostraba nada más que líneas duras y una firme determinación. En otro, las frentes de la pareja tocándose, con sus labios a un susurro de distancia, los ojos entrecerrados hacia el espectador por lo que éste se veía obligado a imaginar lo que estaban pensando.
Pedro miró cada pintura con un hambre que rara vez había sentido. El trabajo era extraordinario y se daba cuenta de que el talento de su esposa crepitaba con una pasión y profundidad que podrían hacer oscilar todo el
mundo del arte. Parecía el comienzo de una larga y exitosa carrera. No era de extrañar que Sawyer estuviese tan emocionado. Había descubierto a la nueva artista popular en el bloque.
Las personas pululaban a su alrededor y trataban de entablar conversación con él. Los camareros se detenían y le preguntaban si necesitaba algo. Él nunca respondió. Sólo absorbió el trabajo sintiendo como si conociera esa última parte de ella que había mantenido escondida. Ahora, había revelado toda su gloria completamente al desnudo.
Dio, la amaba.
Había llegado temprano para asegurarse de evitar a Alexa, Nick, Michael y Maggie. Su plan era ridículo y tan masculino. Entrar furtivamente, ver su trabajo, torturarse y colarse fuera. Ir a casa y emborracharse con su bullicioso perro a sus pies.
—¿Pedro?
Su voz resonó en sus oídos. Ronca como Eva. Dulce como un ángel. Apretó los dientes y se volvió.
Ella le sonrió con tanta calidez que pensó que conseguiría quemarse. Necesidad primitiva lo atormentó, convulsionando a través de él, pero luchó por apagarla y devolverle la sonrisa.
—Hola, Paula.
—Viniste.
Él se encogió de hombros.
—Tenía que verlo.
¿Por qué ella lo miraba con tanta avidez? ¿Para torturarlo?
—Me alegro. ¿Qué te parecen?
Su voz desgarró su garganta.
—Son... todo.
Ella parpadeó como para alejar las lágrimas y otro pedazo de su corazón se arrancó. No le quedaría nada para cuando la conversación acabase.
—No has visto el último. Está aquí atrás, bajo una pantalla independiente.
—No puedo, Paula. Tengo que irme.
—¡No! Por favor, Pedro. Tengo que enseñártelo.
¿Era así como se sentía el amor? ¿Un dolor desgarrador que le empujaba bajo las aguas revueltas y se negaba a dejarle subir a la superficie? Se tragó su segunda protesta y asintió.
—Está bien.
Él la siguió hacia el fondo de la sala, a unos pocos pasos. La galería se abría a una vitrina bajo un foco. La pintura colgaba del techo en un solitario esplendor. Pedro dio un paso hacia delante y miró hacia arriba.
Era él.
El título se reducía audazmente en la parte superior: Pedro. Con el torso desnudo. Descalzo. Jeans colgando bajos en las caderas. Con características medio borrosas y en la sombra, se quedaba mirando fijamente a los ojos del espectador y le sostenía la mirada. Un remolino de emociones devastaba su rostro, sus ojos como una tormenta con tanto poder que sacudían a Pedro hasta la médula. Lo veía todo en esa mirada. Vulnerabilidad. Determinación. Un toque de arrogancia. Necesidad. Y capacidad de amar.
Su corazón se apretó. Se dio la vuelta.
Paula estaba delante de él, sus ojos negros como la tinta llenos de adoración y amor, y una fuerza que jamás había visto.
—Te amo, Pedro. Siempre te he amado, pero tenía que amarme a mí misma antes de poder darte lo que necesitabas. No sé si es demasiado tarde, pero te prometo que si me das otra oportunidad, voy a estar a tu lado y seré la mujer que mereces. Porque soy esa mujer. La otra mitad de
tu alma. La pregunta nunca será si yo iré a ti. La pregunta es, ¿quieres tú volver a mí?
El júbilo explotó y bombeó a través de sus venas. Él le dio una media sonrisa y la tomó en sus brazos.
—Nunca te he dejado, cara.
Él reclamó su boca y la besó profundamente, tiernamente, como si estuviesen sellando los votos de hace meses en Las Vegas.
De repente, su familia de corazón lo rodeó. Pedro quedó recogido en un apretado círculo, mientras que Michael y Nick golpeaban su espalda y Alexa y Maggie se enjugaban las lágrimas.
Finalmente estaba, de verdad, en su hogar.
—Ya era hora de que volvieran a estar juntos. —Sollozó Alexa—. No podía soportar el drama por más tiempo. Los viernes por la noche comenzaban a apestar.
Pedro sostuvo a Paula apretadamente a su lado y se echó a reír.
—Solucionemos eso esta semana. Fiesta en nuestra casa.
El consultor se apresuró y atravesó la línea. Su expresión normalmente sobria resbaló.
—Umm, Paula, ¿puedo hablar contigo un momento?
—Por supuesto. —Besó a Pedro con fuerza en los labios y se alejó. Después de una conversación en voz baja, volvió con una mirada aturdida.
—Lo he vendido todo.
Pedro sonrió.
—No estoy sorprendido. Tu obra me ha impactado. Pero mejor empezamos ya, vas a tener mucho que pintar y yo tengo que darte inspiración.
Ella se rio y enterró los dedos en su cabello.
—Tienes razón —susurró.
Pedro miró a la mujer que amaba. Su esposa. Su alma gemela. Su para siempre.
—Vámonos a casa.
Estaba entre una maraña de sabanas, exhausta, saciada y más feliz de lo que jamás había estado.
—¿Estás finalmente lista para llamar al tío?
Paula levantó la cabeza unos centímetros de la almohada y se dejó caer hacia atrás.
—Nunca. Sólo necesito un minuto.
Se rio por lo bajo y se deslizó de la cama. Oyó pasos yendo hacia el vestidor y luego volviendo. Su olor almizclado le subió a la nariz y la hizo agitarse de nuevo. Maldita fuera si su marido no la había hecho una ninfómana y a ella le encantaba cada momento.
—Tengo un regalo para ti.
Eso la hizo sentarse. La parte femenina en ella se fundió con la idea de que su marido le hubiese comprado un regalo.
—¿En serio?
—Sí. Estaba guardándolo. Con la esperanza de que volvieras y yo fuera capaz de dártelo.
La caja rectangular estaba envuelta en papel rojo profundo. Se mordió el labio por el placer y se quedó mirando la caja.
—¿Qué es?
—Ábrelo, nena.
Arrancó el papel como un niño en Navidad y levantó la tapa.
Contuvo el aliento.
Un par de zapatos estaban en el papel de seda blanco. No sólo unos zapatos. Eran unos tacones de aguja de diez centímetros forrados en diamantes. Hechos de cristal puro.
Levantó uno arriba en el aire y observó el brillo de las gemas. La forma cucú para los dedos de los pies le daba a los zapatos una sensualidad coqueta, y el cristal delicado se sentía suave al tacto.
—Dios mío, Pedro, te has superado a ti mismo. Son preciosos.
—Una vez me dijiste que nunca habías tenido el felices-para-siempre que siempre quisiste. Pensé que podría tratar de compensarte dándote los verdaderos zapatos de la cenicienta.
Las lágrimas le picaban en los párpados y ella sorbió.
—Maldito seas, Pedro Alfonso. ¿Quién hubiera pensado que todo este romántico sentimental estaba oculto bajo ese exterior?
—Te amo, Paula.
—También te amo.
Presionó su frente contra la de su esposa y se comprometió a no hacerla dudar de sus sentimientos nunca jamás.

3/3

 FIN!! ♥♥

se Termina el año y se termino esta novela!
gracias por leer y bancarme cuando no subo! 

Les deseo que terminen muy bien el año y que tengan un genial 2015 ♥

Capitulo 15

Alexa apoyaba al bebé Ethan en un brazo mientras se acomodaba en el futón amarillo canario. Su mirada recorrió el alto apartamento de un solo ambiente recordando con cariño.
—No puedo creer lo rápido que pasa el tiempo —comentó. Su vientre enorme tiró de su camiseta de maternidad que declaraba MAMÁ DE BEBÉ BOOKCRAZY—. No tienes ni idea de cuánto vino se tomó en este apartamento.
Maggie mecía a Luke mientras lo amamantaba. Su cuñada dejó escapar un resoplido.
—O cuántas de las citas de Alexa terminaron mal. El vino era definitivamente necesario.
Las chicas se rieron y Paula ajustó el lienzo sobre el que trabajaba.
—Bien, tengo ventaja. Mis noches de viernes consisten en películas para chicas y una botella de vino rojo.
—No tienes que estar fuera de nuestras cenas de los viernes por la noche Paula —dijo Alexa—. Pedro es apenas educado de todos modosa. Después de que lo dejaste, Michael dice que se pasa dando zancadas por toda la oficina causando estragos y, se está volviendo como la Sta. Havisham en su grande y vieja mansión.
Paula negó.

—No, está bien. He conseguido terminar mucho trabajo —contempló la pintura que tenía delante—. La última de la serie.
—Lo echo de menos —agregó reprimiendo las lágrimas.
Maggie suspiró.
—Lo sé, cariño. Pero pienso que hiciste lo correcto. Tú has sido dependiente de Pedro toda tu vida y siempre veías lo que podías hacer por él. El matrimonio es una calle de doble sentido. Tienes que ser fuerte por tu cuenta antes de que puedas ser fuerte para alguien más.
Alexa miró a su amiga con asombro.
—Maldita sea, eso fue profundo.
—Gracias —dijo Maggie sonriendo—. He estado practicando la sensibilidad para la maternidad.
—Bueno, te dije que busco a un socio de tiempo completo para BookCrazy —dijo Alexa—. Tú serías perfecta y no tendría que preocuparme de Maggie atiborrando y ahuyentando a mis clientes. Ya he estado en contacto con un abogado. Podemos preparar los contratos en cuanto tú decidas. —El entusiasmo se enroscó en su vientre. Por primera vez había descubierto un talento que le producía dinero y la hacía feliz. Ahora, con la última pintura de la colección estaba lista para tomar otro gran salto. Había llamado a Sawyer y un consultor venía para mirar su trabajo.
Había sido advertida de que el consejero era riguroso y, si no hubiera posibilidad de venta, él se lo diría inmediatamente. Paula estaba emocionada. Quería honestidad y sabía que si su arte no estaba a la altura, ella trabajaría más duro la próxima vez. Finalmente, su vida comenzaba a cambiar y a centrarse.
Excepto que extrañaba a su marido.
Un pedazo dentro de ella parecía estar permanentemente roto sin él. Desde el día que se marchó, él no se había puesto en contacto con ella.
Diez larguísimos días, hasta que creyó que se volvería loca si no podía ver su rostro. Él la atormentaba en sus sueños y durante el día. Logró volcar
la mayor parte de su angustia en su trabajo y esperaba que la sensación resuelta de sus retratos se trasmitiera al espectador común. Era gracioso ver cómo la angustia se cotizaba como un gran arte.
Paula volvió al presente.
—Me gustaría ser copropietaria del BookCrazy —dijo ella—. Gracias por confiar en mí, Alexa.
—¿Estás bromeando? Tú trabajaste como un asno y te probaste a ti misma. No doy nada gratis.
Maggie asintió.
—Ella es fácil de convencer cuando se trata de niños y perros, pero es un tiburón cuando se trata de negocios.
Paula se rió.
—Es bueno saberlo.
—¿Entonces, cómo está Gabby? Parece completamente curada —dijo Maggie.
Paula observó a la paloma que arrullaba en su jaula.
A Gabby le gustaba escuchar a otros pájaros en los árboles de afuera y parecía contenta de estar cerca de ella. Pero Paula sabía que era casi el momento para dejarla ir. El ala se había curado totalmente y su propietario la quería de vuelta. Una llamarada diminuta de incertidumbre ondeó a través de ella. Tal vez Gabby necesitaba algo más de tiempo. Tal vez no estaba lista aún.
—Ella estará lista para volar pronto.
Alexa suspiró.
—Me gustaría tener una paloma como mascota, pero los perros probablemente se pondrían celosos.
Maggie emitió un ronquido.
—Sí, mi hermano con un pájaro. Casi mató a los peces. Esto es un desastre en ciernes.
Alexa le sacó la lengua.
—Bueno, tenemos que irnos. Solamente quería visitarte y asegurarme de que estás bien.
Paula las besó a ellas y a sus sobrinos despidiéndose. Maggie apretó su mano.
—Solo recuerda, estamos aquí si nos necesitas. En cualquier momento.
—Gracias chicas.
Paula les vio alejarse con el corazón encogido. Entonces regresó a trabajar.
Apagó su teléfono móvil con dedos temblorosos.
Había conseguido una exposición.
Soltó un chillido y dio vueltas alrededor de la habitación saltando, lanzando movimientos de hip-hop y sacudiendo el trasero con brío. El consultor había destrozado su trabajo y había señalado cada artículo que no cerraría una venta. Ella tomó la crítica con la barbilla en alto y un corazón de acero. Le dijo que lo haría mejor la próxima vez.
Él asintió, le dio su tarjeta y se marchó.
Una semana más tarde, Sawyer llamó con la noticia de que su amigo no podía concentrarse en su trabajo. Quería que ella modificara algunas cosas, creara una pieza más original y le daría una oportunidad. El vértigo estallaba como burbujas de soda hasta que se imaginó que podía volar. Paula miró su BlackBerry e hizo una pausa sobre el número.
Quería llamar a Pedro.
No a su madre o a Michael o a Maggie. Ella quería llamar a su marido que probablemente ya no sería su marido. El que le dijo que pintara para ser feliz y que era mucho más de lo que ella pensaba que era.
Un golpe sonó en la puerta.
Con el corazón desbocado, decidió que el destino le había enviado una respuesta. Si fuera Pedro, saltaría a sus brazos y le pediría perdón. Paula se acercó y abrió la puerta. Su madre estaba de pie en el umbral. Los hombros cayeron, pero logró esbozar una sonrisa alegre.
—Hola, mama. Me alegro de que estés aquí. Tengo maravillosas noticias.
Con un beso sobre la mejilla, el bastón de su madre golpeó el piso de madera lleno de rasguños.
—Dime. Pareces feliz. —Paula le contó las noticias. El orgullo en su rostro satisfizo profundamente algo en su interior—. Sabía que tendrías éxito con tu pintura. Has estado muy centrada en estas últimas semanas. ¿Puedo verlos?
El pánico mordisqueaba sus nervios.
—Umm, te los mostraré cuando haya terminado. Puedes verlos en la exhibición.
Mama Chaves sacudió la cabeza.
—Lo siento, Paula, es por eso que he venido para hablar contigo. Estoy lista para irme a casa. Me iré el fin de semana.
—Oh. —El pequeño sonido pareció patético incluso a sus oídos.
Se había acostumbrado a tener a su madre cerca. Los viernes por la noche las cenas eran bulliciosas y como pareja divorciada, ella y Pedro alternaban cada viernes por la noche para dar al otro una posibilidad de estar con la familia. Con un profundo suspiro, su madre apoyó el bastón contra el sofá y se sentó sobre los cojines estropeados.
—¿Te sientes bien, mama?
—Desde luego. Solamente cansada y lista para ver mi casa.
Paula sonrió y se sentó al lado de su madre. Ella tomó su envejecida mano y la sujetó entre las suyas. Las manos que cocinaron al horno, mecieron bebés y calmaron lágrimas. Manos que construyeron un negocio fuerte por amasar y hacer malabares con una docena de pelotas en el aire al mismo tiempo.
—Entiendo. Voy a echarte mucho de menos.
—¿Y vas a estar bien sin mí? ¿Quieres volver a casa?
Ella presionó un beso en la mano de su madre.
—No. Construyo mi hogar aquí en mis propios términos. Me siento más fuerte. Más como una mujer que sabe lo que quiere y menos como una niña.
Mama Chaves suspiró.
—Debido a que tu corazón está roto —mama Chaves suspiró—, envejecemos más rápido de esa manera. Ni bueno ni malo. Solamente es lo que es.
—Sí.
—Pero debo decirte algo sobre Pedro.
—Mama…
—Shsh, solamente escucha. Cuando eras pequeña, solías mirar a aquel muchacho con el corazón en los ojos. Yo sabía que contigo era un amor para siempre, no un flechazo. Pero eras demasiado joven y Pedro es un buen muchacho. Su trabajo era protegerte hasta que fueras una mujer. Y lo hizo.
Su madre sonrió ante el recuerdo.
—Yo siempre veía el modo en que te miraba. Cuando pensaba que nadie miraba y se sentía seguro. Con una mirada nostálgica y cariñosa, que llenaba mi corazón. Yo sabía que el tiempo tenía que pasar para hacer su trabajo con ustedes dos. Sé que hubo angustias, pero eran necesarias
para llegar aquí. La mañana en la que entré por ti, mencioné el matrimonio por una razón específica. Yo sabía que él necesitaba un empujón. Tenía demasiado miedo de Michael y de su relación pasada. Alguien tenía que romper esa barrera para darle a los dos una oportunidad. Puedo haberlo sugerido, pero ese hombre hace lo que quiere y ningún sentido del honor lo habría hecho pedir tu mano en matrimonio si no quería hacerlo. Pedro te ama. Pero ahora es tu turno de tomar una decisión. Tienes que ser bastante fuerte para estar de pie al lado de él y pedir su amor. Vas a tener que darte una oportunidad a ti misma. Todos creemos en ti. ¿No es hora de que creas en ti?
—No sé, mama. No lo sé.
Su madre suspiró profundamente y miró por la ventana.
—Esperaba que esto funcionara de manera diferente, pero no pensé que fueras tan obstinada. Desde luego, tenía el mismo problema con Michael y Maggie, pero gracias a Dios que funcionó.
Paula inclinó su cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Mama Chaves se rió.
—Oh, mí Dios, sabía que cuando se presentaron mintieron acerca de estar casados. También sabía que eran perfectos juntos, entonces arreglé que el sacerdote viniera a la casa.
La boca de Paula cayó abierta. Su madre había caído enferma y les solicitó a Maggie y a Michael que se casaran delante de ella. Asombroso. Todo el tiempo su madre lo había sabido y planificó su propio golpe.
—Eres despiadada. ¿Por qué yo no sabía esto?
—Soy una madre. Hacemos lo que sea necesario por nuestros hijos cuando necesitan un empujón. Ahora, ojalá pudiera conseguir que Julietta mirara a un hombre en lugar de su hoja de cálculo.
Paula se rió.
—Buena suerte.
Paula se acercó y tomó a su madre en brazos. El olor familiar de las horneadas y el polvo para hornear y el alivio se acumularon sobre ella y calmaron su alma.
—Te amo, mama.
—Y yo te amo, mi dulce muchacha.
Se quedaron abrazadas un momento hasta que Paula se sintió lo suficientemente fuerte para dejarla ir.
Había llegado el momento.
Paula se quedó afuera con Gabby en su brazo.
El sol se derramaba caliente sobre su piel y las plumas blancas de la paloma brillaban.
—Te quiero, mi dulce chica. —Ella acarició su pecho suave. El pájaro ladeó su cabeza y gorjeó como si sintiera su adiós. Paula vaciló. Sabía que nunca vería a Gabby otra vez, sabía que volaría a su casa y la olvidaría, completamente curada. El reconocimiento hizo clic y se astilló en mil pedazos. Pedro la amaba.
¿No había dudado de ella misma por mucho tiempo? ¿Cuándo era el momento de apropiarse de su felicidad, con una clara comprensión de que merecía a Pedro Alfonso y todo lo que él tenía que ofrecer? Estas últimas semanas sin él le demostraron que podía valerse por sí misma. Perseguir sus sueños. Fracasar y no derrumbarse. Pedir lo que quería sin miedo. Podía vivir sin él, pero no quería. Su marido la amaba, pero necesitaba una mujer que fuera digna. Ella nunca se creyó suficiente para darle todo, siempre con miedo de que se diera cuenta que no era lo
suficientemente buena. Las palabras de su madre se arremolinaron en su cabeza y la hicieron marear. ¿No es hora de que creas en ti?
Sí.
—Es hora de volar, Gabby.
Paula lanzó su brazo. Las alas de la paloma se agitaron y se dio a la fuga. Elevándose con gracia hacia el cielo, sus alas blancas contrastando sobre la madera de los árboles, la miró desaparecer. Gordas y esponjosas nubes flotaban, las vio pasar hasta que no quedó nada más.
Su vientre se estabilizó. Un profundo conocimiento pulsaba dentro de ella. Confió en su instinto y se dio cuenta de que era hora de avanzar. Tiempo para ser la mujer que siempre quiso ser.
Tiempo para reclamar a su marido.

2/3


Capitulo 14

Quiero drogas!
Maggie nunca se lamentaba, gritaba o lloriqueaba. Ella exigió en su forma de humor cabreado, hasta que cada enfermera en el lugar tenía miedo de entrar en su habitación. Pedro sostenía su cubo de Rubik como su punto focal y Paula le dio crédito al hombre. Mientras cada contracción ondulaba en toda la pantalla, él la instó a respirar a través del dolor y concentrarse en su punto focal. Tomó sus maldiciones e insultos con calma y nunca flaqueó.
Cuando él salió a conseguirle un vaso de hielo, ella encontró el cubo de Rubik al lado de la cama y lo lanzó a través del cuarto.
La única persona que su cuñada parecía escuchar era a mama Chaves. Su madre nunca mimó a Maggie y no la dejó salirse con mal comportamiento. Pero nunca abandono su lado y habló con ella en voz baja-suave, diciéndole sobre el nacimiento de cada uno de sus hijos y su historia especial. En los espacios entre las contracciones, Maggie se calmaba y escuchaba. Hasta que golpeaba la próxima onda.
Paula había arrastrado a Pedro fuera de la habitación por un momento.
—¿Michael va a llegar? —preguntó—. Han pasado horas y la última vez que comprobaron casi había dilatado lo suficiente para pujar.
Pedro se pasó los dedos por su cabello y cambió el puesto de un pie al otro.
—Él me envió un texto según el cual debería estar aquí dentro de una hora. Esto es una pesadilla. Michael y Alexa se fueron ese mismo condenado día. Soy muy malo en esto, Paula. Ella quiere matarme de veras.
—No, ella tiene dolor y miedo y su marido no está aquí. Pero eres lo siguiente mejor, Pedro. Han sido amigos desde la infancia.
Él gimió.
—¿Qué pasó con los días cuando los hombres aguardaban en la sala de espera? Mierda, no tengo que mirar allí cuando ella empujé, ¿verdad?
—Escucha, amigo, tú no estás expulsando dos seres humanos de tu vagina. Aguántate. Ella te necesita.
Sus palabras penetraron en su cerebro. Él se enderezó y asintió.
—Lo siento. Yo me encargo.
Maggie gruñó entre las crecientes contracciones oscilando en el monitor.
—Pedí un puto epidural y lo quiero ahora.
—El lenguaje, Margherita —dijo mama—. Estás pasando ese punto y es casi la hora para pujar.
—No sin Michael. —Ella apretó los dientes y jadeó—. No voy a pujar hasta que Michael llegue.
Su mama limpió el sudor de su frente.
—Él va estar aquí.
—Nunca voy a tener sexo otra vez. ¡Odio el sexo!
Paula se mordió el labio y se alejó. Mama asintió.
—No te culpo.
La voz de Pedro cortó través de la sala en una fuerte demanda.
—Maggie, mírame. Concéntrate en mi cara cuando venga las contracciones. Voy a contarte una historia.
—Odio los cuentos de hadas.
—Esto es más como una aventura de acción. Voy a contarte de la primera vez que Michael y yo en nos juntamos. —Maggie pareció un poco interesada. Él se acomodó en la silla cerca de la cama y se inclinó. El monitor sonó y Pedro habló—: Nuestras madres siempre fueron amigas cercanas, por lo que básicamente crecimos juntos. Un día nos llevaron al patio de juegos y había esta enorme cosa para escalar. ¿Creo que teníamos seis en ese entonces? Como sea, ambos empezamos a presumir de quién podría llegar a la cima primero. Michael era un poco más pequeño que yo, pero era más rápido, por lo que estaba bastante parejo. Ambos nos apresuramos a la sima, tratando de sacarnos el uno al otro del alocado juego del Señor de las Moscas, y luego llegamos exactamente al mismo tiempo. —Pedro negó con la cabeza ante el recuerdo—. Recuerdo ese momento cuando nos miramos el uno al otro. Como si ambos nos diéramos cuenta de que seríamos los mejor a amigos y haríamos todo juntos. Entonces intentamos empujarnos el uno al otro.
Maggie luchó por respirar.
—¿Estás bromeando? ¿Ambos son unos sicóticos? ¿Qué pasó?
—Michael y yo tuvimos una caída y nos rompimos los brazos. El mismo condenado brazo.
Mama Chaves resopló disgustada.
—Estuve hablando con la madre de Pedro sólo por un minuto, luego escuchamos los gritos. Ambos muchachos en un enredo en la tierra, sangre por todas partes. Creo que casi me desmayé. Corrimos hacia ellos y estaban llorando pero riendo al mismo tiempo, como si hubieran ganado algo importante.
Pedro sonrió.
—Tuvimos los yesos emparejados y no llamamos a nosotros mismos “hermanos de hueso”.
Paula rodó los ojos.
—Oh, lo tengo. En lugar de hermanos de sangre, fueron hermanos de hueso. Personalmente, creo que ambos siempre fueron un par de cabezas huesudas.
Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Maggie. El corazón de Paula se rompió por su cuñada, y se moría por hacer las cosas bien.
—Él no va a llegar, ¿verdad?
Máximo se inclinó sobre la cama y miró a Maggie. Feroces ojos azules ordenándole hacer un esfuerzo extra.
—En estos momentos eso no importa, Maggie. Estoy aquí para ti. Apóyate en mí, y piensa que Michael es mi hermano gemelo. Úsame y permite que esos bebés nazcan. No dejaré tu lado.
La enfermera entró y la examinaron.
—Vamos a ver, cariño, ¿estamos listos para pujar?
Maggie gimoteó. Poco a poco, ella se estiró y tomó de la mano de Pedro.
—No te vayas, ¿de acuerdo?
—Nunca.
—Sí, creo que ahora estoy lista.Paula y su madre se pararon a un lado y Pedro en el otro. El tiempo se desvaneció de borrosos segundos en minutos y de vuelta otra vez. Ella pujó y gruñó y maldijo. En cada uno movía a los gemelos un poco más lejos, hasta que Maggie se recostó en las almohadas, agotada. Con la cara roja del esfuerzo, el sudor rodando por su frente, ella jadeó en busca de aire.
—Yo no puedo. No más.
—Sí, mi amore. Más.
Paula se puso los dedos contra sus labios cuando su hermano entró en la habitación. Imponente y confiado, tomó el lugar de Pedro y sostuvo las manos de su esposa. Presionando besos en sus mejillas y la frente, murmuró algo en su oído y ella asintió. Rechinando otra vez.
Y pujó.
—Viniendo de cabeza. Bebé número uno. Una vez más, Maggie, uno grande. ¡Presiona hacia abajo y puja! —Un aullido lleno el aire y Paula observó al arrugado recién nacido deslizarse al mundo. Resbaladizo y rojo, el bebé se retorció irritado y soltó otro rugido—. Es un niño. —Ella recostó al bebé en el estómago de Maggie y las voces se arremolinaron a su alrededor.
Maggie sollozó y tocó a su hijo.
—Él es tan hermoso. Oh, mi Dios.
—No has terminado, amor —dijo la enfermera chirrió—. Aquí viene el número dos. Un empujón más, Maggie.
Con un rugido, Maggie apretó los dientes. Bebé numero dos expulsado.
—¡Otro muchacho! ¡Felicidades, mama y papa! Tienen dos hermosos hijos.
Paula observó con asombro cómo su hermano tocaba a los bebés maravillado con los ojos húmedos de lágrimas. Su madre se rió con deleite. La sala explotó con actividad mientras los bebés eran pesados, medidos y envueltos en mantas con gorros de punto a juego. Mientras trabajaban en suturar a Maggie, Michael arrulló a sus hijos y los levantó.
—Conozcan a Luke y Ethan.
Su madre se acercó y sostuvo a Luke, meciéndolo y murmurando en italiano. Paula presionó un beso a la mejilla de su cuñada.
—Lo hiciste muy bien, Maggie —susurró ella—. Siento que Alexa no pudiera estar aquí contigo. Yo sé que la extrañabas.
Maggie le sonrió.
—No, Paula, me alegro que fueras tú. Estabas destinada a estar aquí conmigo esta noche. Te quise en el momento que nos conocimos y te observé florecer en una mujer hermosa. Verdaderamente eres mi hermana, y me gustaría que fueras la madrina de Lucas.
La alegría estalló dentro de ella hasta que no hubo nada sino pura emoción. Ella asintió, quedándose sin habla también. Su madre se acercó y deslizando el bulto cubierto por el manto de sus brazos extendidos.
—Conoce a tu ahijado Luke.
Ella se quedó mirando hacia abajo la piel arrugada. La boca fruncida en una perfecta O. cabello oscuro se asomaba por debajo del gorro elástico color rosa y azul. Sus dedos temblaron mientras susurraba y acariciaba su piel sedosa. Era un ser vivo, respiro milagroso, la prueba de lo que puede florecer de dos personas que se aman.
Ella parpadeó por las lágrimas y alzó la mirada.
Pedro le devolvió la mirada. Sus ojos azules se oscurecieron con una necesidad cruda que se estiró a través del espacio y arrancó su corazón. Ella contuvo el aliento.
Y esperó.
Él estaba enamorado de ella.
Pedro miró a su esposa. Ella arrullaba al bebé y se mecía una y otra vez en el antiguo ritmo que las mujeres parecían poseer. Una extraña emoción clavó sus garras en sus entrañas y se las arrancó, dejando un caos sangriento detrás. La cabeza le dolía y tenía la boca seca como después de una noche de copas. Y la verdad finalmente llegó en forma trascendental capaz de rivalizar con cualquier escenario de fin del mundo del Apocalipsis.
Él la amaba.
Siempre la había amado. Esa era la razón por la cual ninguna mujer parecía encajar en toda su vida. Oh, había sido tan fácil culpar a otros factores. Su carrera. Su impulso de libertad y aventura. Su edad. Excusas cargadas de implicaciones y también lo hizo el interminable desfile de mujeres, todo lo mismo. Excepto Paula, su único constante. Su amiga. Su amante. Su alma gemela.
Viendo a Maggie dar a luz, redujo todas las piezas irregulares de su centro. Desafiándolo en su basura y su falso sentido del honor, el orgullo y la supuesta respetabilidad.
De repente, no tuvo nada que ver con ser como su padre. Tenía que ver con tener las agallas para luchar por la mujer que amaba en sus términos. Por darle todo lo que ella finalmente podría elegir.
Nunca le había dado a Paula una oportunidad. Todos los años hizo las reglas para mantenerse distante y seguro. Incluso su matrimonio se basaba en una propuesta falsa que se burlaba de todos los verdaderos sentimientos que tenía por la única mujer que lo completaba.
Con la cabeza dándole vueltas, caminó lentamente y se detuvo a su lado. Con la mirada abajo, hacia el bebé, él alzó su barbilla para que se encontrara con su mirada de frente.
—Ven a casa conmigo ahora.
Ella parpadeó.
—¿Por qué?
—Estoy pidiéndote que hagas esto para mí. Por favor.
Paula soltó un tembloroso suspiro y asintió.
—De acuerdo.
Ella le entregó a Luke a mama Chaves. Michael se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—Gracias, amigo mío. Tenías razón. No interferiré otra vez. Tu no sólo eres mi socio de negocios, sino mi hermano y siempre has estado allí para mí. Perdóname.
Abrazó a su amigo y lo palmeó en la espalda.
—El perdón no es necesario con la familia. ¡Felicidades, papá! Regresaremos luego.
—Sí.
Sacó a Paula del hospital y guardaron silencio en el trayecto a casa. Él se mantuvo echando un vistazo a su perfil, pero ella se mantuvo distante, mirando por la ventana, sumergida en el pensamiento.
Cuando la descubrió junto a la piscina antes de ese día, dormida con sus animales a su lado, él casi había caído de rodillas. Su rostro hermoso relajado en el sol, labios húmedos entreabiertos, su exuberante belleza lo golpeó como un puñetazo.
Ella respondió a su voz y tacto inmediatamente, su subconsciente ya sabiendo que pertenecía a él. Si Maggie no hubiera interrumpido, ya se habría hundido en su caliente y apretado canal, convenciéndola de que ahí es donde ella pertenecía. Debajo de él. Dentro de él. Con él. Todo el tiempo.
De alguna manera, debía convencerla de la verdad. Que necesitaba unir su cuerpo una vez más al suyo, luego, pedirle que no se fuera. Rogar que lo perdonara.
Era su última jugada para hacer realidad este matrimonio.
Ella quería poner fin a su matrimonio.
Paula miró por la ventana. La realidad de la situación se estrelló alrededor del momento que Luke y Ethan se deslizaron en el mundo. Ella estaba viviendo una mentira. Lo quería todo con Pedro, pero nunca lo tendría. Debido a que el resultado final era sencillo: Pedro nunca podría amarla como ella necesitaba, y ya era hora de dejarlo ir realmente.
Tenía la sensación de que él quería confesarle su propia decisión.
Tal vez por fin estarían de acuerdo, en ser parte amigos, y hacer frente a las consecuencias de la mejor manera posible.
Él subió el camino a su casa demasiado rápido y la acompañó por el sendero y al interior. Una orden fuerte y Rocky dejó de ladrar. Él gimió y se sentó en el suelo, dándole a ella esa mirada de cachorro triste que decía que sabía que estaba en problemas, pero que no sabía cómo ayudar.
Con el corazón desbocado, ella tomó una respiración profunda.
—Pedro, creo que…
—Arriba.
Su vientre se agarrotó y se hundió. Dios, él era sexy. Parecía casi primitivo con las aletas de su nariz encendidas y esos ojos azules calientes emitiendo calor. Sus pezones se apretaron contra su camisa y aumentó su sensación adolorida por la necesidad. Maldijo la ronquera en sus palabras y trató de aclararse la garganta.
—No. Tenemos que hablar, Pedro. Ya no puedo hacer esto más contigo o a mí misma. Esto no está funcionando.
—Lo sé. Estoy a punto de arreglarlo ahora. Arriba.
Piel de gallina se arrastró por sus brazos. Él la agarró del brazo y la condujo hacia la escalera. Sus pies obedecieron, hasta que terminaron en el dormitorio. La cama dominaba la habitación con un aire casi desagradable. Haciendo caso omiso de su corazón golpeando, ella se enfrentó a él con las manos cruzadas delante de su pecho.
—¿Feliz ahora? ¿Listo para decirme tu plan maestro? ¿Cómo vas a arreglar este lío de matrimonio y nuestra jodida relación en el dormitorio?
Se arrancó la camisa. Paula tragó ante todos esos músculos desnudos, prominentes. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Sí, un verdadero paquete de seis. Su estómago hacia al de Channing Tatum parecer regordete. ¿Qué estaba ella haciendo? ¿Qué estaba él haciendo?
Oh, no, ella no iba a tener sexo con este hombre de nuevo.
Él estaba malditamente loco al pensar que era así de estúpida.
—No voy a tener sexo contigo, Pedro. Estás delirando si piensas que vamos a regresar al inicio.
Se quitó los zapatos.
—Oh, vamos a tener sexo. Ahora mismo. Fui un idiota al esperar tanto tiempo y no mostrarte lo que siento. Podríamos tener una conversación agradable y ordenada en la cocina, pero no creerías una palabra de lo que digo. —Sus pantalones cayeron hasta los tobillos y los echó a un lado. Su erección sobresalía de sus calzoncillos—. Así que lo haremos de una mejor manera. —Su mirada la clavó a la pared—. Desnúdate.
Paula se quedó sin aliento. Su cuerpo se animó, listo para jugar con toda esa desnuda perfección masculina ante ella, pero trajo su mente de regreso a su lugar. Lo estudió con un aire clínico que gritó mentirosa.
—No, gracias. Cuando estés listo para hablar, déjamelo saber.
Él se rió, bajo y perverso.
—Mi dulce Paula. ¿Quién habría pensado que te gusta jugar duro? Pero lo haces. Otra razón por la que eres perfecta para mí, y mi otra mitad. Necesitaba una mujer que no se rompería, que me desafiaría a todos los niveles, especialmente en el dormitorio. —La apretó contra la pared y mordisqueó el lóbulo de su oreja. Su aliento caliente se precipitó en su oído—. Una mujer cuya alma es pura y que sabe cómo reír. Una mujer que me entiende. —Descansó las manos contra su corpiño y jugó con la parte de las tiras de su camisola. Un tirón aquí. Un tirón allá. Paula se tragó el gemido de deseo y endureció su resolución. Si ella ganaba esta ronda sin ceder, podría salir por la puerta con su orgullo.
—Yo voy a mostrarte, de la única manera que sé, que eres la única mujer que yo quiero. Has construido demasiadas barreras, bebé. Es como atravesar un campo de minas, y sé que todo es mi culpa. Pero tu cuerpo no puede mentirme. Y sabrás que el mío no puede, tampoco.
Le arrancó la camiseta y la rasgó por la mitad.
Sus pechos se derramaron libres y él los cogió con las manos, frotando las crestas estrechas mientras sus labios devoraban su boca. Un rápido movimiento y sus pantalones cortos y bragas estaban fuera, dejándola desnuda delante de él. El juego brusco levantó su excitación tanto que un hilo de humedad se deslizó por su muslo, pero se recuperó y mordió su labio inferior.
Él se apartó. Sus ojos azules se oscurecieron hasta un gris tormentoso y deliberadamente retorció sus pezones por lo que un diminuto rayo de dolor corrió a través de ella. Paula no pudo evitar el gemido que salió de sus labios.
—No vas a hacerlo fácil, ¿verdad? —murmuró él—. Está bien. Me gusta un reto.
Le dio la vuelta y la enjauló con sus muslos. Su pecho presionó contra su espalda, y empujó suavemente su erección contra su hendidura.
—Bastardo.
—Piernas más abiertas, por favor.
— Jódete.
Separó sus piernas con el pie hasta que ella estuvo bien abierta y vulnerable. Sus mejillas se sonrojaron mientras perfumaba su propia excitación. Sus dedos se deslizaron hacia abajo por la curva de su trasero, apretando la carne tierna. Ella se movió lejos, pero él se limitó a reír.
—¿Esto te calienta?
—Diablos, no.
—Mentirosa. —Sus dedos se sumergieron profundo y ella se arqueó. Ella empuñó sus manos y jadeó por el control. Su mejilla yacía plana contra la pared fría y la indefensión absoluta de su posición sólo aumentaba su necesidad de más. El hombre reclamó su corazón y su alma, pero ¿cómo había llegado tan profundo en sus fantasías? Jugó y atormentó hasta que ella se retorcía como un animal salvaje, dispuesta a hacer cualquier cosa
por su liberación. Sus labios pellizcaban y lamían la zona sensible de su nuca y abajo por su espalda, y él se balanceó contra ella en un ritmo que la volvía loca.
—Yo quiero, necesito…
—Lo sé, cariño. Tiempo para la verdad. Dime que me perteneces. Siempre me has pertenecido a mí.
—No.
Él hizo girar el capullo apretado entre sus piernas y sus rodillas cedieron. Pedro la sujetó con un brazo, pero nunca dejó los círculos despiadados que la mantenían justo en el borde.
—Dime.
Un sollozo quedó atrapado en su garganta. Tan cerca… el orgasmo brillaba ante ella en todo su esplendor hasta que sus nervios se destrozaron y su cerebro se frió. Sus caderas presionaron hacia atrás atormentadas.
—Te odio, Pedro Alfonso. Te odio.
Sus labios se deslizaron sobre su mejilla húmeda.
—Te amo, Paula. ¿Me oyes? Te quiero. —Hizo una pausa y la levantó sobre la punta de sus pies—. Ahora vente para mí.
Él hundió sus dedos profundamente en su canal y frotó duro.
Ella gritó cuando oleadas de placer se sacudieron a través de ella y la rasgaron en pedazos. Él la levantó, la colocó sobre la cama, y se envolvió a sí mismo con un condón. Luego se sumergió.
Mía.
Paula clavó los talones en su espalda y le dio todo. Se enterró a sí mismo tan profundamente que no había nada más que él. Ninguna dulzura estropeó la ferocidad de sus golpes. La llevó de vuelta justo al borde y la empujó de nuevo.
Su calidez y fuerza la rodeaban. Ella flotaba y débilmente notó su propia liberación. Paula nunca lo soltó mientras la oscuridad finalmente se estrellaba y ella ya no tenía que pensar más.
Pedro acariciaba la parte de atrás de su cabello humedecido de sudor y puso su mejilla contra la de ella. Su mano ahuecó su pecho, y un muslo se enredado entre sus piernas. El olor de ella se aferraba a su piel. Se preguntó por qué había tardado tanto tiempo en darse cuenta de que la amaba. Entendió por qué había evitado el amor en el pasado. Sí, había tenido miedo de hacer un compromiso debido a su padre, miedo de que tuviera algunos de sus genes, miedo de herir a otra mujer como su madre había sido herida todos esos años atrás. Pero la principal razón era simple.
Miedo.
Su corazón ya no le pertenecía. ¿Era así como Paula se había sentido todos estos años? ¿La tortura, el miedo y la alegría de querer estar en la presencia del otro? Él daría su vida por ella, pero ésta no era su decisión. Ella yacía a su lado, su cuerpo junto al suyo, pero su mente aún lejos, muy lejos.
—¿Qué estás pensando? —susurró él.
Ella levantó la mano y apretó sus labios contra su palma.
—Cuánto significas para mí. Todas esas veces que entrabas por la puerta con Michael, me preguntaba lo que sería ser amada por ti. Hacer el amor contigo. Vi mujer tras mujer desfilar delante de mí y oraba por mi turno. Ahora que está aquí, estoy demasiado temerosa de tomarlo.
Él le dio la vuelta para encararlo. Los ojos marrón chocolate llenos con una tristeza y vulnerabilidad que desgarraba su corazón.
—Te amo. No se trata de hacer lo correcto, o no llegar a ser como mi padre. Quiero una vida contigo y no me conformaré con cualquier otra mujer.
Ella no se movió. No reaccionó a sus palabras. Su pelo oscuro y rizado caía sobre sus hombros y ponía de manifiesto la pendiente de una barbilla obstinada, mejillas llenas y nariz larga. Era fuerte, hermosa y perfecta. Pánico rugió a través de su sangre y atenuó sus oídos.
—Paula, por favor, escúchame. Nunca pensé que podría ser lo suficientemente bueno para ti. Mi edad, nuestra familia, todo lo que yo creía ser. Ahora veo que podría pasar todos los días de mi vida haciéndote feliz, de que te casaras conmigo. Hacerme digno de ti.
—Quiero eso, también, Pedro. Pero yo…
—¿Qué? —Su silencio sacudió sus nervios y la esperanza de un felices para siempre. ¿Qué más podía darle? ¿Qué más podía querer? Él estudió su cara y la miró profundamente a los ojos.
Entonces lo supo.
—Tú no me crees.
Ella se estremeció.
—Quiero creerte. Creo hasta que tú quieres decirlo de verdad esta vez. Pero yo siempre voy a esperar el abandono. Me temo que voy a preguntarme todo el tiempo por qué me elegiste. Te miro y mi corazón se hincha y no sé qué hacer con todas mis emociones. Todavía se siente como si tuviera dieciséis años y la esperanza de complacerte, o conseguir una sonrisa.
La frialdad se filtraba a través de su piel. En cierto modo, esto ni siquiera era acerca de él. Esta era acerca de su propia obsesión personal y cómo ella nunca se sintió lo suficientemente buena. ¿Podría él vivir así? ¿Siempre tranquilizándola o preocupado de que ella hubiera desaparecido debido a sus inseguridades? Dio, que completo desastre.
¿Cómo no veía lo especial que era ella? ¿Cómo él no la merecía?
—Nosotros ya no somos más niños,Paula. ¿No es hora de que realmente te des cuenta de eso, y cómo te ven los demás? —La verdad lo golpeó, y él se sentó—. Tienes razón, sin embargo. Necesito que me encuentres a mitad de camino. Necesito a una mujer que crea en mi amor por ella, que estará a mi lado y no estará temerosa de que algo me aleje. Necesito a alguien fuerte y valiente. —Apretó su mandíbula y tomó una decisión—. Tú eres todo eso, mi amor. Y más. Pero hasta que no lo creas, no tenemos una oportunidad.
—Lo sé. —Su voz se quebró. Con un grácil movimiento, se levantó de la cama y se quedó parada desnuda ante él. La resolución brilló en los ojos oscuros, junto con una pizca de tristeza que le atravesó el corazón—. Es por eso que no puedo estar contigo en estos momentos. Necesito saber que soy suficiente por mí misma antes de que pueda tomar esta oportunidad de nuevo. Lo siento, Pedro. Pero voy a dejarte.
Lo dejó solo en su habitación, mirando a la puerta cerrada detrás de ella. Lo dejó preguntándose si alguna vez él estaría completo de nuevo. Lo dejó preguntándose qué pasaría después.

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lunes, 29 de diciembre de 2014

Capitulo 13

Había dormido con Pedro.
Otra vez.
Paula condujo a casa desde su turno en BookCrazy, golpeteando sus dedos ausentemente sobre el volante mientras trataba de encontrarle sentido a la situación. Le molestaba su falsa propuesta a medias bajo presión de su madre. Pero la excitación en sus ojos causó que su cerebro rezumara en su cabeza hasta que no hubo más que rendición. Su cuerpo nunca mentía. ¿Por qué no debería disfrutar de ese aspecto de su relación? Estaban casados, por Dios santo.
El susurro interno gritó la verdad.
Porque aún estaba enamorada de él.
Siempre lo había estado. Siempre lo estaría. Como una pesada cruz sobre su espalda, nunca se sobrepondría a sus sentimientos por Pedro.
Saltar al sexo complicaba las cosas. Sería menos capaz de mantener sus barreras y comportarse la mujer fuerte y controlada que tan desesperadamente necesitaba ser.
Curiosamente, en todos los otros aspectos de su vida se sentía… diferente. Más fuerte. Dejar La Dolce Maggie había sido difícil y Julieta llamó urgentemente tratando de hacerla cambiar de opinión. Las conversaciones solo confirmaron que había tomado la decisión correcta.

Su pintura crecía a pasos agigantados, y su clase finalmente confirmaba que tenía que romper las barreras y pintar lo que su alma pedía a gritos. Las fotos eróticas de la pared de Sawyer la habían llamado y las imágenes fueron atrapadas por su pincel, haciéndola remecerse con vergüenza y orgullo. ¿Quién hubiera pensado que había sido una mujer que se quemara por un amante dominante y una artista que amaba el erotismo?
Incluso su trabajo en la librería aliviaba en algo su interior. Finalmente había encontrado una combinación perfecta de negocios y creatividad al trabajar rodeada de libros y disfrutar usando sus conocimientos de contabilidad para ayudar a Alexa.
Si solo su matrimonio no hubiera empezado bajo falsas pretensiones, todo podría ser perfecto.
¿Estaba loca por quedarse? ¿Por qué no simplemente hacía sus maletas y se mudaba? La lenta tortura de estar alrededor de él y no tomar lo que necesitaba, era brutal.
El infierno con ello.
Se iba. Se mudaba. Había escuchado montones de canciones de mujeres enojadas y estaba un poco más decidida y limpiar su pasado con un gran salto adelante.
Mentirosa.
La voz interior cacareó con regocijo. Aún no estaba lista. Un diminuto brillo de esperanza la mantenía enraizada a la casa y a su vida. ¿No era eso lo que había oído que mantenía a víctimas de tortura vivas por años? La esperanza de escape y rescate.
Sí, su propia alma golpeada no estaba lista para renunciar al sueño del hombre que amaba. El pensamiento de nunca volver a ver su amado rostro, hacía la acción imposible.
Al menos, por ahora.
Paula suspiró y fue hacia la casa. Aparcó el auto en el paseo circular y bajó por la calzada pavimentada. Rosales frondosos y pinos puntiagudos creaban un paisaje místico alrededor de la mansión de Pedro. Pequeñas fuentes de agua se alineaban en el camino hacia los jardines, y el sonido de agua repiqueteando calmó sus nervios. Amaba arrastrar su lienzo hacia la piscina y pintar.
Mentalmente haciendo malabarismos con su horario, calculó que tendría tiempo por una hora para dibujar antes de ir a la tienda para su segundo cambio.
Tiró las llaves de su bolso.
La paloma cayó delante de ella.
Paula se echó hacia atrás con horror mientras el ave blanca como la nieve caía del cielo y chocaba contra la acera. Su pata retorcida y levantó su diminuta cabeza, entonces se deslizó de vuelta al pavimento y se quedó quieta.
—Oh, mi Dios. —Tirando sus cosas, se arrodilló en el suelo. Definitivamente respiraba. Aún estaba viva. La etiqueta en su pata tenía un número y con dedos temblorosos, empezó a examinarla cuidadosamente. El ala caía en un ángulo torcido, rota. Las piernas y patas parecían sólidas. No parecía haber nada de sangre sobre el suelo, pero sus ojos aún estaban cerrados.
Gentilmente recogió el ave, acunándola en sus brazos y llevándola adentro. Inmediatamente encontró una vieja y suave toalla y la colocó en medio. Parpadeando para alejar las lágrimas, llamó al veterinario, entonces hizo una búsqueda rápida en internet para confirmar sus instrucciones.
Paula tomó el teléfono y marcó el dial.
—Pedro, necesito que regreses a casa. Necesito ayuda.
—Estoy en camino.
Presionó el botón y esperó.
—¿Qué piensas?
Paula miró el ave ahora colocada en una gran pecera, su ala asegurada envuelta en cinta. Sus ojos estaban abiertos pero un poco vidriosos, como si aún no estuviera segura de qué había pasado. Max examinó el número en la etiqueta y lo escribió en un papel.
—Creo que hemos hecho todo lo posible. El veterinario dijo que parecía no haber daños internos, así que el ala debería sanar y podríamos enviarla de vuelta. Voy a hacer algo de investigación con el número y ver si puedo contactar al propietario.
Retorció sus manos y miró al ave respirar.
Pedro la atrajo a sus brazos y ella se apoyó contra su pecho, respirando en su familiar esencia.
—Va a estar bien. No eres llamada la “susurradora de animales” por nada. Si tiene una oportunidad, es gracias a ti.
Ella le sonrió ante el apodo familiar con la que su familia la había coronado por su talento y conexión con los animales. Por un momento, se relajó en su calor y protección.
—Lamento haberte hecho dejar el trabajo.
El presionó un beso en lo alto de su cabeza.
—Me alegra que me llamaras —murmuró.
El confort se convirtió en calor. Su erección presionada contra su muslo. Paula se tensó y el aire se volvió espeso con tensión sexual. Dios, lo quería. Quería quitarle su sexy corbata roja y traje de raya diplomática, trepar a su regazo y montarlo hasta que ella olvidara. Olvidara que nunca quiso casarse con ella y que no la amaba, la forma en que lo necesitaba.
El recuerdo de él, chupando el chocolate de sus pezones y entre sus piernas, quemaba bajo sus párpados. La forma en que la sostuvo con ternura durante toda la noche, como si sintiera que ella necesitara algo más. Tomó aliento y lo empujó lejos.
—No.
Él apretó los puños y alejó la mirada. Sus músculos se tensaron y esperó que saliera.
—Lo siento. Puedo esperar hasta que estés lista. Solo… te extraño.
Su corazón trastabilló. Maldito. Negó con humor.
—Tonterías. Extrañas estar a cargo de toda esta relación. Extrañas que jadeé detrás de ti como un perro acalorado contigo llamándome a cada oportunidad. No me subestimes y pretendas que es más que eso.
Sus cejas chocaron juntas.
—Me niego a dejarte hablar de ti misma de esa forma —estableció fríamente—. Tienes todo el derecho de estar enojada, pero no nos degrades a ambos. Las cosas han cambiado.
Paula sacudió la cabeza con incredulidad.
—Nada ha cambiado. La única cosa diferente entre nosotros es el sexo. El resto es solo una gran y enorme mentira.
Él se puso rígido. Una sombra cayó sobre su rostro.
—Estamos casados ahora. ¿Podemos seguir adelante? No es como si fuéramos extraños y no hubiera nada entre nosotros.
El último y frágil hilo de su temperamento, se rompió.
—¿Y dónde está mi “felices para siempre”, Pedro? Soñaba con una proposición, con un hombre que se arrodillara y dijera en sus votos algo que realmente quería decir. ¿Sabes qué obtuve? Buenas intenciones, responsabilidad y unos cuantos orgasmos.
Prácticamente escupió las siguientes palabras.
—¿Quieres sexo tan malamente? ¿Con qué te está chantajeando mi madre ahora? ¿O solo quieres tener sexo conmigo para mantenerme noqueada y asegurarte un heredero?
Furiosos ojos azules la encontraron y la destrozaron con una crueldad que la hizo estremecerse.
—Te perdonaré por ese comentario. Una vez. Además te dejaré sola, pero te lo advierto. Cuando crea que has tenido tiempo suficiente, vendré por ti.
Sonrió cruelmente.
—Y te prometo que rogarás por más.
La puerta se cerró de golpe detrás de él.
Era tan imbécil.
Pedro miró hacia la escalera y escuchó los acordes de Rihanna vibrando en el aire. Dos días habían pasado desde su pelea. Ella seguía manteniendo su distancia y tratándole con una helada educación que lo enojaba. Trabajaba largos turnos en BookCrazy, se escondía en el salón de arte y evitaba la cena.
Una soledad que nunca había notado antes permanecía en el aire de su hogar. Su energía pulsaba a través de las habitaciones pero ansiaba el contacto directo, una conversación real. Extrañaba su risa, su entusiasmo y su ingenio. Extrañaba todo de ella. Rocky pasaba más tiempo con ella que él.
Nunca debía haberla presionado. Cuando ella vino tan naturalmente a sus brazos, su esencia se envolvió a su alrededor y lo había drogado. La suavidad de sus curvas presionadas contra su pecho. El roce sedoso de
sus rizos. Ardía por arrastrarla a la habitación y reclamarla toda de nuevo. Ahora se daba cuenta de que era el epítome de lo inoportuno.
Pedro gruñó. Tan estúpido. En vez de ser racional y darle el tiempo que necesitaba, la había amenazado.
Sí, la sangre había ido definitivamente a su otra cabeza, y no tenía excusa. Su declaración sincera sobre su propio “felices para siempre” se había grabado a fuego en su cerebro y roto su corazón.
¿Era eso lo que le había hecho? ¿Arrancar sus ilusiones y sueños?
Siempre se había preocupado por romper su corazón algún día. Seguro, había sido forzado a casarse con ella, pero ¿Pero por qué no lo sentía como una obligación? ¿Por qué esperaba llegar casa y vislumbrarla? Se merecía mucho más.
Sin embargo, lo tenía a él.
La depresión se instaló sobre él. Al infierno con eso. Prepararía la cena y la forzaría a interactuar. Pedro se dirigió a la habitación, se quitó el traje y se puso unos jeans y una camiseta negra. Sirvió dos copas de Merlot y las puso junto a un plato de salsa de pollo que a ella le gustaba. Los movimientos meditados de preparar una comida lo suavizaron. La cocina culinaria había sido hecha por encargo, con encimeras de granito color crema, una nevera bajo cero, un horno de ladrillo para pizza, una estufa Viking. La isla de la cocina cortaba a través del área principal con un área de trabajo hundida y separada, una barra de desayuno y bancas de cuero acolchado.
Cogió unas ollas de cobre, las roció con aceite de oliva y empezó a cortar los tomates y las cebollas. Diez minutos más tarde, ella bajó ruidosamente las escaleras y se paró en la entrada de la cocina.
—Me voy. No me esperes despierto.
Tiró el cuchillo y apoyó una cadera contra el mostrador.
—Estoy cocinando la cena. ¿Dónde vas?
—A la librería.
—Quédate para un bocado. Necesitas alimentos antes de tu largo turno.
Ella se movió sobre los pies, obviamente tentada.
—No puedo. Tomaré algo en el café.
—Sólo tienen bocadillos, necesitas proteínas. Por el amor de Dios, te prometo que no tendrás que quedarte mucho tiempo en mi compañía. Siéntate.
—Yo no…
—Siéntate.
Ella jaló una silla y se sentó. Su respuesta inmediata le recordó su obediencia en el dormitorio y en un instante lo puso duro. Él deslizó el pollo en un plato, lo cubrió con salsa y lo dejó caer sobre el mostrador con un tenedor. Ella se zambulló con su entusiasmo habitual, haciendo esos deliciosos sonidos de placer. Él se movió con incomodidad y trató de acomodarse.
— ¿Encontraste algo sobre nuestra paloma?
—Sí. Seguí la etiqueta del propietario a unos cincuenta kilómetros de aquí. Es una paloma mensajera, conocida como paloma bravía. Su nombre es Gabby. No es una corredora regular, pero él la envía a misiones ocasionales para mantenerla afilada. Algunos de sus amigos pertenecen a un club y supongo que todas sus palomas regresaron excepto Gabby. Él ha estado frenético.
Pedro llenó su plato y se sentó en el taburete frente a ella.
—No sabía que las palomas mensajeras aún existían. ¿Vendrá a recogerla?
Ella tomó un sorbo de su vino.
—No, le expliqué lo que hicimos y el daño en el ala de Gabby y accedió a dejar que me ocupara de ella aquí hasta que estuviera curada. Entonces podré dejarla volar a casa. Si hay algún problema con su recuperación, él
vendrá a recogerla, pero creo que ella está mejor ya. Está alerta y parece saber lo que está pasando.
—¿Cuánto tiempo pasará antes de que pueda ser puesta en libertad?
—De dos a tres semanas, dependiendo. —Una sonrisa se dibujó en su rostro—. El dueño dijo que estaba acostumbrada a llevar cartas de ida y vuelta entre las parejas separadas. ¿No es genial?
Él le devolvió la sonrisa.
—Extremadamente. Sólo ten cuidado, cariño. Siempre te encariñas.
Su nariz se arrugó.
—Lo sé. Es sólo un pájaro, por lo que debe estar bien.
—Oh, sí. ¿Qué pasa con la ardilla?
Una risa escapó de sus labios.
—¡Me había olvidado de eso! Pero era joven.
Él resopló y enganchó otra pieza de pollo.
—Lo nombraste Dale por los dibujos animados de Disney. Creo que fingió haberse lastimado la pierna. Tú configuraste el cobertizo como su propia cueva. No es de extrañar que el roedor no se quisiera ir.
—No lo llames roedor. Era dulce. No se quedó mucho tiempo.
—Era malditamente malvado. Mordió a Michael y a mí todo el tiempo cuando tratamos de jugar con él. Entonces reunió a todos sus amigos roedores en una fiesta y nos dio miedo incluso entrar y sacar nuestras bicicletas.
Sus ojos oscuros brillaron y las líneas en su hermoso rostro se suavizaron.
—Papá se puso tan loco. Ellos hacían agujeros en la pared y torres almacenando frutos secos. Me obligó a deshacerme de Dale.
—Lloraste durante días.
—No tengo problemas para dejar ir a los que amo.
La sorprendente confesión entró por la sala. Ella se echó hacia atrás, obviamente, lamentando sus palabras y se concentró en su plato. Pedro habló en voz baja.
—Lo sé. Siempre parecen venir de nuevo a ti, sin embargo.
Paulase negó a mirar hacia arriba. Él luchó contra el impulso de acariciarle la mejilla y besar su tristeza para alejarla. En su lugar, se sirvió más vino y cambió de tema.
—¿Cómo va el trabajo? ¿Sigues haciendo retratos?
Una expresión extraña brilló en su rostro.
—Más o menos. Estoy tratando de hacer algo nuevo.
—Tengo un montón de contactos en el mundo del arte, Paula. Me encantaría que te entrevistara un consultor. Si les gustas, ¿tal vez se pueda arreglar una muestra?
Ella negó entre bocado y bocado.
—No, gracias. Me encargaré de esto por mi cuenta.
Se tragó su frustración y se recordó a sí mismo que ella tenía que probar su propio éxito. Él ya creía en ella. Ella sólo tenía que creer en sí misma.
—Está bien, respeto eso. No tienes que trabajar tantas horas en BookCrazy, sabes. Alexa le dijo a Michael que eras increíble, pero haces doble turno todo el tiempo. Nunca te veo.
—Necesito el dinero.
Él inclinó la cabeza.
—Eres de una de las familias más ricas de Italia. Yo no estoy demasiado mal tampoco y eres mi esposa. ¿Para qué diablos necesitas el dinero de tu trabajo?
Ella levantó la barbilla en esa obstinada inclinación que lo volvía loco. —Michael es rico. Tú eres rico. Yo no soy rica. Puede que tenga un fondo fiduciario grueso, pero haré mi propio camino, como todos los demás. Si eso significa trabajar horas extras, no me quejo.
Él se tragó una maldición.
—La familia cuida de los suyos. Lo suyo es tuyo. ¿Por qué no puedes entender eso?
Ella dio un bufido muy poco femenino.
—De la misma manera que no puedes entender lo qué se siente haber fracasado en todo lo que has hecho.
Su boca se abrió.
—¿Fracaso? Tienes éxito en todo lo que tocas.
Su voz se convirtió en hielo.
—No soy tonta, Pedro. Es posible que desees que regrese a la cama, pero mentir no es suficiente. Apesté como chef como mama. No fui buena en los negocios como Julietta y Michael. Y no soy buena con lo que tenga que ver con la moda personal, belleza, o en verme como Venezia. No me insultes.
Su corazón se rompió. Esta hermosa, fogosa mujer creía que no era digna. El impulso de estrangularla o besarla peleó en su interior. En su lugar, se tragó su opresión en la garganta y dijo la verdad.
—Tuviste éxito en todo lo valioso de este mundo, Paula. Con la gente. Con los animales. En el amor. Nada más importa, sabes. Pero simplemente no lo ves.
Ella se quedó inmóvil. Esos ojos negros expresivos se abrieron con asombro. Una conexión ardió entre ellos, caliente y brillante y el aire se obstruyó con emoción. Él dejó el tenedor para llegar a ella.
Paula saltó de su asiento y dio unos pasos hacia atrás.
—Me tengo que ir. Gracias por la cena.
Salió volando de la cocina y lo dejó solo y vacío.
Unos días más tarde, Paula estudiaba las pinturas delante de ella con ojo crítico. La clase le había ayudado con las formas y le había enseñado algunas técnicas que la llevarían al siguiente nivel.
Su maestra incluso comentó en ponerse en contacto con alguien de la representación, sobre todo si completaba una serie coherente. Un hilillo de alarma se deslizó por su columna.
Una exhibición pública significaría más que salir del closet como artista esperanzada. Significaría desnudarse y gritar “¡Mírenme!” En medio de Times Square.
El verdadero problema, por supuesto, era su familia. Su núcleo de apoyo, bien intencionado que creía que tenía talento, pero pintaba como hobby. Ni una sola vez había expresado su alma gritar por la oportunidad de ser artista profesional. El arte era muy respetado en Bergamo, pero el negocio era venerado, especialmente con las famosas panaderías La Dolce Famiglia en el nombre de Chaves.
Paula se mordió el labio inferior y garabateó su nombre en la parte inferior. Su primera pieza oficial completa. Y si alguien la veía, creerían que era una puta.
Las líneas se difuminaban en un negro gris nebuloso que echaba a la pareja a la sombra. El duro pezón de la mujer revelaba su excitación, y su rostro llamaba la atención del espectador con un éxtasis desnudo como si estuviera luchando con su orgasmo. La espalda del hombre estaba girada y bloqueaba el resto de su cuerpo desnudo.
Músculos magros se juntaban y un tatuaje reclamaba su hombro izquierdo superior con una serpiente. La ventana trazada hacia el lado derecho de la pintura daba la impresión de un sentido de voyeurismo
mirando a escondidas en su mundo sensual, mientras la luz del día y la cordura se mantenían a través del cristal.
Ella apretó los puños, luego, lentamente, soltó sus dedos. El calambre en su muñeca le dijo que había estado trabajando durante horas.
La emoción mordisqueaba sus terminaciones nerviosas. Era bueno. Lo sentía muy dentro de las entrañas, una sensación de satisfacción que rara vez experimentaba más. No desde que había comenzado la universidad. Ella había luchado contra la fuerza de su instinto desde hacía un tiempo, pero sólo había creado retratos, planos de dos dimensiones que la dejaban fría.
La naturaleza erótica primitiva la sorprendió. ¿Quién hubiera sabido que Pedro rasgaría las puertas de su alma y arrancaría las cerraduras? No regresaría a lo sensible, a las creaciones limpias. Era el momento de poner los ojos en los retratos en la oficina de Sawyer, sabía que tenía que cavar profundo en su desnudez y en la pintura. No importaba lo que pasara con su trabajo, por lo menos estaría diciendo la verdad. Acerca de su naturaleza. De lo que deseaba. De sus necesidades.
De sus fantasías.
Ya era hora.
Limpió sus pinceles, quitó sus acrílicos y se quitó la bata. Era hora de darle un regalo a Rocky y comprobar a Gabby. Había invitado a su familia a cenar y esperaba que tuviera un momento para una siesta en el sol por primera vez.
Gabby la saludó con el coo normal que ella había empezado a amar. Ya temía el momento en que tuviera que dejar que Gabby volara. Los ojos brillantes y sabihondos del ave le hablaban de un pasado más profundo a Paula uno exótico del que le encantaría conocer más. Tal vez tendría una charla con su dueño antes de liberarla.
Comprobaría el apósito y un vendaje, le daría de comer y llevaría su pecera convertida al exterior del patio trasero.
La piscina de tamaño olímpico, estaba rodeada de exuberante vegetación, palmeras importadas y era un iris de color rojo y púrpura vivo para los nadadores con su sonido envolvente en una laguna tropical. El exterior rocoso era acolchado, Gabby no le dio un segundo pensamiento, y se dejó caer a su lado en un sillón. Paula se sentó en la silla con sus mascotas flanqueánla, con una copa de Merlot en la mesa y el sonido que brotaba del agua y el viento en el fondo.
Una sensación de paz se apoderó de ella. Les murmuró comentarios ocasionales a Gabby y a Rocky y poco a poco, sus párpados se cerraron.
—¿Paula?
Su nombre se deslizó de su boca como miel y caramelo, toda suave y empalagosa y deliciosa. Ella sonrió y levantó la cara hacia arriba, demasiado relajada para levantar los brazos. El delicioso olor a hombre, jabón, y un toque de perfume especiado flotó en la brisa.
—¿Hmmm?
Suaves dedos acariciaron su mejilla. Ella se apretó contra esa cálida mano y le besó la palma. Un murmullo bajo.
—Ah, cariño, hay una tormenta que se avecina. Debes entrar.
—Kay. —Ella se estiró, deseando quitarse la ropa, que formara parte de sus muslos, y se deslizara en su centro. Sus músculos se apretaron en deliciosa anticipación. Ella mordisqueó fuerte su muñeca y suspiró—. Buen gusto. Hueles bien.
—Dio, me estás matando. La bruma difusa de su sueño borró sus buenas intenciones y sus ondas cerebrales. Ella parpadeó y levantó la mano. Apartó los mechones suaves de pelo de su frente. Trazó el gancho arrogante de su nariz, sus labios suaves y llenos.
—Eres tan hermoso —murmuró ella—. Demasiado hermoso para mí, sin embargo. ¿No es así, Pedro?
—A la mierda esto. No soy un santo.
Sus labios se recostaron sobre los de ella. Tibios, capaces, bebiendo de su boca como saboreando un vaso de vino caro. Su sabor explotó en su lengua y ella gimió, abriéndose a él plenamente. La besó por largos momentos, con lentos movimientos una y otra vez, hasta que ella se fundió en la silla y la carne entre sus piernas se hinchó y humedeció. Cuando por fin levantó la cabeza, ella supo que había ganado. Esperó a que la levantara y la llevara a su dormitorio. Y en ese momento, no le importó.
El timbre sonó.
El ding causó que Rocky se lanzara de su lugar de descanso a la corteza. Ella tropezó de nuevo con la realidad con un aterrizaje brusco y se empujó hacia arriba. Pedro negó.
—Puedo matar a quien esté en la puerta —dijo. Con una última mirada, desapareciendo a través de las puertas francesas.
Paula se levantó de la silla. Se preguntó si el destino habría intervenido para salvarla. ¿Cuánto tiempo podría aguantar antes de caer de nuevo en su cama? La voz de su cuñada flotó a través de la pantalla y ella tomó una respiración profunda para calmar sus nervios. Estaba a salvo de la tentación ahora.
Por un tiempo.
Maggie se contoneó viéndose como pato, generalmente enorme, incómoda y mayormente enojada. El vestido de punto negro le llegaba a las rodillas y hacía fli-flop golpeando sobre el suelo de mármol.
—Si no salen de mí ahora, Paula, los sacaré yo misma. —Entró en el salón, se situó en el borde de la cómoda silla y cayó hacia atrás. Paula tuvo la sensación de que no se levantaría a menos que tuvieran una grúa.
Ella chasqueó la lengua con simpatía y un poco de humor.
—Probablemente la próxima semana, Maggie. Están cerca.
Maggie miró y tomó el vaso de agua mineral con limón de Pedro.
—No, no lo harán. Acabo de ir al médico ayer, me dijo que no había ni una contracción a la vista. Nada. Niente. Que estaban cómodos y acogedores allí. Reciben comida, duermen y se divierten practicando karate cuando están aburridos. ¿Por qué saldrían? —gimió—. No quiero tener una cesárea, a menos que sea necesaria, pero creo que es la única manera. Necesitan sentirse amenazados o nunca saldrán.
Paula palmeó la mano de su cuñada.
—Apuesto a que dentro de cinco días estarás celebrando la llegada de dos bebés felices y perfectamente sanos. ¿Recuerdas que lo mismo sucedió con Alexa? Tuvo dos semanas de retraso con su primera hija.
—Sí, eso fue un motín. Nick casi se fue al hospital sin ella.
Pedro le trajo a mama Chaves un poco de té y se sentó frente a la chimenea.
—Sí, oí esa historia, un clásico puro. ¿Cómo está Alexa? —preguntó él.
—Está bien. Se llevaron a Lily a Sesame Place el fin de semana. Ya sabes cómo se obsesiona con Elmo. —Un relámpago iluminó el cielo y un trueno sonó bajo y amenazante.
—Se supone que habrá una tormenta traviesa hoy. Espero que Michael no se quede atrapado en ella. Ya se le hizo tarde.
—Sí, iba a tomar el coche en Manhattan para su reunión, pero se decidió por el tren. Hay una gran protesta pasando en Wall Street hoy y no quiere quedarse atrapado en el tráfico. Debe estar bien.
Maggie se frotó el enorme vientre.
—No estoy segura si incluso podré comer esta noche. La indigestión ha estado horrible todo el día. —El tono de timbre de Sexy regreso resonó a través de la habitación, y Maggie se acercó a su bolso—. Ese es Michael. No puedo alcanzarlo.
Paula tomó el celular de color rosa caliente y se lo dio. El lado de Maggie de la conversación incluyó malas palabras y murmullos compasivos. Finalmente se apagó.
—No creerán esto. Hay un gran apagón en la ciudad y todos los trenes están retrasados. Estará atascado allí durante un par de horas.
Paula se mordió el labio.
—¿Estará bien? ¿Hay policía? ¿Dónde está ahora?
Maggie suspiró.
—Está comiendo en La Mia Casa. Es un pequeño restaurante italiano que yo solía frecuentar y ahora lo hice adicto. Conozco a Gavin, el propietario. Él cuidará bien de Michael.
—Gracias a Dios. Bien, puedes dormir aquí si quieres. Te haremos un desayuno casero en la mañana.
Mama Chaves resopló.
—Prepararé el desayuno, Paula. Omito no cocinar para mi familia, y mis habilidades están cada vez más oxidadas. Esta noche tendremos una fiesta de pijamas.
—¿Podemos ver a Magic Mike? —preguntó Maggie.
Pedro levantó una ceja.
—De alguna manera no creo que a mama Chaves le guste esa decisión.
—¿Por qué? —Exigió a la mujer mayor—. ¿De qué es?
—De strippers masculinos —dijo Maggie—. Es bueno.
Su madre se quedó pensativa.
—Lo veré.
Pedro gruñó.
—Mataré a Michael.
Las horas pasaron volando con una buena conversación, risas y comida. Michael llamó una vez más para reportarse y confirmar que estaba bien, pero probablemente no podría salir de la ciudad hasta la madrugada.
Maggie apoyó los pies sobre una almohada y se acurrucó bajo el edredón. Pedro finalmente cedió y permitió que vieran la película, pero rápidamente se arrepintió cuando las tres mujeres jadearon en la primera escena. Él le lanzó palomitas a la pantalla del televisor para distraerlas.
Maggie suspiró con satisfacción mientras los créditos finales pasaban.
—Me encanta esa película —declaró—. Es muy profunda.
Pedro soltó un bufido.
—Es porno femenino. Me siento sucio simplemente de haber mirado.
—Estás enojado porque la chica caliente nunca se quitó la ropa.
—Tengo más respeto por las mujeres que ustedes por los hombres.
—Sí, claro, creo… Oh, Dios mío. —Paula miró a Maggie. Puro terror contorsionó sus facciones. Respiró hondo y se vio en estado de shock—. Creo que rompí aguas. —La humedad del sofá lo confirmó. Ella se frotó el estómago—. Pensé que era indigestión, pero ahora estoy pensando que estaba en trabajo de parto hoy. —Miró al otro lado de la habitación, presa del pánico.
Paula se congeló. Pedro contuvo el aliento. Mama Chaves se levantó del sofá con una sonrisa serena. Sus ojos oscuros brillaron.
—Tendrás a tus bebés, Margherita —dijo ella—. Y todo estará bien.
Lágrimas inundaron los ojos verdes de Maggie y sacudió la cabeza con fuerza.
—Michael no está aquí —susurró—. Lo necesito.
Mama Chaves le tomó ambas manos y se las apretó.
—Lo sé. Tu trabajo de parto tardará muchas horas con los gemelos. Él estará aquí. Si conozco a mi hijo, hará lo que necesite para estar a tu lado cuando los bebés lleguen.
—Tengo miedo.
Su madre se echó a reír.
— ¡Pero, por supuesto, que tienes miedo! Esa es una de las cosas más difíciles que tendrás que hacer en tu vida. Todos estamos aquí contigo, Margherita. Tienes una familia y no se irá.
Maggie respiró hondo. Asintió. Entonces tomó su teléfono.
—Está bien. Llamaré a Michael y al médico. Pedro ¿puedes tener el coche listo? Paula, ¿puedes subir y encontrar algunas cosas para que me las lleve? ¿Cepillo de dientes, bata, camisetas, ese tipo de cosas?
—Estoy en ello. —Paula se levantó del sofá y tiró de Pedro hacia ella. Su marido tenía la expresión cómica de un hombre aterrado para moverse, como si una sola palabra provocara que Maggie tuviera contracciones y gritara—. ¿Pedro?
—¿Eh?
—Trata de hacer algo mejor que Nick, ¿de acuerdo? Ve por el coche y llama a Alex y a Nick por nosotros. Diles lo que está pasando. ¿Puedes hacer eso?
—Por supuesto.
—No te vayas sin nosotros. —Sus ojos asustados hicieron que algo dentro se ablandara. Ella agarró sus manos y unió sus dedos dentro de los suyos. Pedro parpadeó sorprendido y ella sonrió—. Tenemos la oportunidad de ver a nuestros sobrinos nacer hoy. No nos olvidemos de eso ni un momento, ¿de acuerdo?
Él bajó la cabeza y la besó. Sólo el toque más suave, un susurro de sus labios deslizándose sobre los de ella y le recordó que no estaba sola.
—Tienes razón. Gracias por recordármelo.
La soltó y desapareció por el pasillo.

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