Ella jaló su cabeza y lo besó. Él devastó la carne de sus labios como si
estuviese encarcelado y ella fuese su último sorbo de libertad, sintió que se
hundía en las profundidades de su cuerpo hasta que…
—¡Policía!
El sonido de sirenas se abrió camino dentro del sensual mundo que ellos
crearon. La puerta fue golpeada con la orden… las intermitentes alarmas
rojas giraban en un torbellino de color a través de las ventanas y en el
pasillo. El ladrido de los perros aumentó con la conmoción.
Él se tambaleó alejándose de ella como si saliera de un largo estupor. Ella
parpadeó, luego con movimientos casi mecánicos alcanzó la bata. Pedro
volteó y se dirigió hacia la puerta, desactivó la alarma y dejó que su mano
se detuviera en el pomo.
—¿Estás bien?
Ella se estremeció pero se las arregló para hablar.
—Sí.
Le abrió la puerta a un policía uniformado cuya expectación por problemas
cambió a sospecha. Los ojos de drogado de Pedro y su evidente excitación
deben haber parecido sospechosos, porque el policía les echó un vistazo
por el pasillo a la mujer en bata y a la multitud de perros alrededor de sus
pies. Se enfundó el arma.
—Señor, usted reportó un robo con allanamiento de morada.
Pedro se preguntaba si este momento estaba a punto de desafiar a su
momento más embarazoso. Pasó una mano a través de su cabello
alborotado y se aferró a su habitual secuencia lógica de pensamiento.
—Correcto. Lo lamento, oficial, ha habido una equivocación. Por favor,
entre.
Sabía que si no lo dejaba entrar parecería sospechoso. El policía asimiló la
escena con una mirada y pareció notar que la mujer se mostraba
dispuesta y los perros no estaban tratando de protegerla de un maniático.
Inclinó la cabeza.
—Ma’am.
Ella tragó con fuerza.
—Oficial. Lamento esto. —Como si ella supiera que Pedro también estaba
un poco confuso, trató de explicar—. Mi esposo pensó que había alguien
en la casa pero todo es mi culpa. Escondí estos perros en la habitación de
huéspedes, con la esperanza de que él no los descubriera, y ellos deben
haber hecho algún ruido en medio de la noche y él pensó que era un
intruso.
Pedro cerró los ojos.
Definitivamente un momento embarazoso.
Él trató de interrumpirla.
—Paula, ¿por qué nosotros no sólo…
—No, Pedro, déjame terminar. Verá, oficial, a mi esposo no le gustan los
animales y yo me ofrezco de voluntaria en el refugio de modo que a veces
recojo extraviados y esta vez no quería que él se enterara de esto así que
traté de meter los perros a hurtadillas a un lugar donde él no los
descubriera.
El policía volteó la cabeza educadamente.
—Señor, ¿usted no notó una habitación llena de perros?
Pedro rechinó los dientes con irritación.
—Ella me hizo permanecer en el piso de arriba.
—Ya veo.
—Así que, de todos modos, mi esposo escuchó a los perros y llamó al 911
pero cuando trató de comprobar la escena por sí mismo encontró a los
perros y se puso furioso y comenzó a gritar y yo bajé y tuvimos una
pequeña discusión y luego ustedes se presentaron.
El policía le dio un vistazo al bate en el piso.
—Señor, ¿usted estaba tratando de sorprender a un ladrón nada más que
con un bate de béisbol?
Pedro se preguntaba por qué repentinamente se sentía como el acusado. Se
encogió de hombros.
—Llamé a los policías pero supuse que podía tratar de conseguir al matón
por mí mismo.
—¿No posee un arma?
—No.
—Le recomiendo que la próxima vez que crea que hay un intruso, llame al
911, se encierre con su esposa en una habitación, y espere por la policía.
El vapor se elevó pero se obligó a asentir.
—Por supuesto.
El policía hizo algunas anotaciones en su libreta.
—Ma’am, ¿estará bien esta noche con los perros?
—Sí, estaremos bien.
—Entonces seguiré mi camino. Déjeme tomar cierta información para el
reporte. —Escribió lo básico, luego se detuvo a acariciar al labrador negro
en la cabeza. Una sonrisa tocó sus labios—. Lindos perros. Usted está
haciendo algo maravilloso, Sra. Alfonso. Odiaría ver que pongan a dormir a
alguno de estos animales.
Ella prácticamente se teletransportó hacia él en su bata verde lima y su
devastado cabello enredado.
—Gracias.
—Buenas noches. —Con un educado asentimiento, él mismo salió.
Pedro cerró la puerta detrás de él, luego volteó a enfrentar a su esposa
.
* * *
Paula no estaba dispuesta a esperar por sus metódicas explicaciones.
Apostaba que una larga lista de excusas revoloteaba en la punta de su
lengua. Él había estado furioso y perdió el control. La privación del sueño
lo llevó a acercarse a ella y al diablo con las consecuencias. Ahora que la
policía lo había mojado con un balde de agua fría, habría dejado ir la idea
y decidió que no iría en pro de los intereses de ambos el dormir el uno con
el otro. Después de todo, estaba en el contrato. Después de todo, este era
un matrimonio de negocios.
Después de todo, esto no era real.
La neblina sexual se disipó y la dejó con un persistente dolor sordo.
Consideraba al policía como el Destino… su Madre Tierra finalmente
interviniendo para echarle una mano.
—Paula…
—No. —Levantó una mano y Pedro se quedó en silencio, esperando. Paula
supo, en ese mismo momento, que tenía emociones muy peligrosas por
Pedro Alfonso. Desordenados sentimientos de la vida real. Tomó la verdad
como una dosis de amarga medicina y enfrentó el hecho con la cabeza en
alto. Si ella dormía con él, las cosas cambiarían para ella, y permanecerían
iguales para él. Ella se enamoraría, y él pasaría un buen rato. Ella tendría
el corazón roto al finalizar el año, y él se alejaría sin mirar atrás. Otra
pieza de información la golpeó como un knock-out en la cabeza.
Si él lo pedía, iría a la cama con él.
Prácticamente se estremeció de la vergüenza. No tenía control sobre sus
hormonas cuando él la tocaba. Ni siquiera podía prometer que nunca
consideraría la oportunidad en el futuro. Pero sabía una cosa… la única
forma en la que iría a la cama con su esposo es si él se lo rogaba. Lo
quería loco por ella, ardiente y explosivo y tan cachondo que sólo un toque
lo empujaría por el borde. Como esta noche. Pero ya no quería más
excusas por el mal humor, la falta de sueño o el alcohol. Quería sexo
apasionado, fabuloso y sin rodeos con la cabeza de él clara y sus ojos en
ella. Sin pensar en Gabriella. Y sin pensar en ponerle fin al celibato.
Necesitaba que la deseara sólo a ella.
Ese era el proverbial último clavo en el ataúd. Porque esta noche, ella
todavía no estaba convencida de que él quisiera a su esposa en su cama.
Sin entusiasmo, se felicitó a sí misma por ser tan lógica como Nick. Si no
podía dormir con él, iba a tener que seguir alejándolo y caminar la línea
entre la amistad y el deseo. Estaba cansada de luchar. Así que en un giro,
eligió la honestidad. Justo como un ponche caliente… la medicina bajaba
mejor con un poco de licor.
—Pedro, lo lamento. —Se empujó en toda su estatura y se envolvió a sí
misma en una nube invisible de dignidad—. Me equivoqué al esconder
esos perros de ti. Tendrás todo limpio y los llevaré de regreso al refugio en
la mañana. Si ellos me necesitan de nuevo, te lo diré y estoy segura de que
podremos resolverlo.
—Paula…
Ella continuó en una arremetida.
—Y sobre lo que sucedió aquí. Está bien. Quedé atrapada en el momento
al igual que tú, y he escuchado que la ira a veces se convierte en pasión, y
enfrentémoslo, ambos estamos sexualmente frustrados. Estos episodios
están obligados a suceder. Y no quiero hablar de eso… estoy harta de
hablar hasta la muerte de esta relación de negocios. Sólo se trata de dinero
así que necesitamos apegarnos al contrato. ¿De acuerdo?
* * *
Pedro luchó por mantener la compostura ante el discurso de su esposa. La
comezón entre sus omóplatos le advertía que ella ocultaba mucho más de
lo que revelaba. Supo que este momento podría convertirse en un cuarto
de dólar y no en una moneda de diez centavos si él daba un paso lejos de
su curso lógico trazado.
Alejó el persistente pensamiento y la observó. Mientras los días pasaban,
se daba cuenta de que ella se había vuelto más hermosa para él. La luz
brillaba en sus ojos, en su sonrisa y en su mismo corazón. Sus diálogos
abrían puertas que él creía que habían estado cerradas, pero el resultado
era un extraño flujo de emociones con las que no se sentía cómodo… y
nunca lo haría. Ella era una mujer que necesitaba una relación segura.
Demonios, era una mujer que merecía una. Él sólo podía darle sexo y
amistad. No amor.
Él había tomado la decisión hacía años atrás. El precio era demasiado alto.
De modo que Pedro observó el frágil hilo entre ellos romperse de nuevo con
una mezcla de emociones y demasiado maldito arrepentimiento.
Forzó un asentimiento y una ligera sonrisa.
—Disculpa y explicación aceptadas. No más análisis.
Ella le devolvió la sonrisa pero sus ojos permanecieron distantes.
—Bien. ¿Por qué no vas arriba mientras yo limpio?
—Te ayudaré.
—Prefiero hacerlo sola.
Él se trasladó hacia las escaleras y estudió al perro sabueso agazapado en
la esquina. Un cuerpo largo y amarillo. Rostro feo. Los ojos caninos hacían
eco de su propio pasado… montones de dolor y nadie con quien contar. Su
pelaje enmarañado hacía juego con la larga cola, que colgaba inerte a un
lado. Definitivamente un solitario, como un niño mayor en un orfanato
arrojado en medio de lindos bebés pequeños. Probablemente atrapado
tratando de robar comida. Probablemente sin familia o niños o vínculos. El
perro permanecía en silencio al pie de las escaleras y lo observaba subir.
Pedro recordó el verano en que había encontrado a un viejo perro callejero
en los bosques. El perro estaba muerto de hambre, con el pelaje grumoso y
los ojos sin esperanzas. Pedro lo había arrastrado a casa y no paró de
ofrecerle comida y agua. Eventualmente lo cuidó hasta que se volvió
saludable e hizo un amigo.
Se las había arreglado para esconderlo de su madre por un tiempo puesto
que la casa era tan grande, y el ama de llaves aceptó mantener el secreto.
Entonces un día cuando llegó a casa de la escuela y fue a buscarlo, notó
que su padre había regresado de un viaje de las Islas Caimán. Supo
inmediatamente que su perro no estaba ahí. Cuando confrontó a su padre,
Horacio Alfonso se echó a reír y le dio un empujón rudo. “No hay perdedores en
esta casa, camarada. Tal vez si consiguieras un perro real como un Pastor
Alemán. Ese perro callejero no era bueno para nada y de hecho se cagó en
la casa. Me deshice de él.”
Horacio Alfonso se había alejado, y Pedro recordó la lección de nuevo. Nunca
encariñarse. Él había pensado en ese perro cada día durante años, y
entonces finalmente lo bloqueó donde el pensamiento no pudiera
molestarlo nunca más.
Hasta ahora.
Por segunda vez en la noche, Pedro vaciló, deseando darle una oportunidad
a algo pero demasiado temeroso de las consecuencias. Su corazón se
movió de un tirón con nostalgia, inquietud y confusión. Luego les dio la
espalda a su esposa y al perro feo y cerró la puerta tras él.
Pedro se quedó en el muelle, mirando la línea de barcos moviéndose
en el agua. Extrañas olas se elevaron y golpearon la orilla como un
presagio del invierno. La puesta de sol naranja cortando a través
de la amenazante oscuridad, iluminando el arco de luces del Puente
Newburgh Beacon. Metió sus manos en la chaqueta de su traje Armani y
aspiró el aire fresco, limpio. La calma se rezumó por su cuerpo mientras
miraba hacia sus queridas montañas y una vez más, él sabía que aquí era
a donde él pertenecía.
Hace diez años, la propiedad de los muelles había estado infestada de
traficantes de droga y adictos al crack. Las bellas líneas del río estaban
llenas de basura, los elegantes edificios de ladrillo estaban vacíos, sus
ventanas rotas gritando por ayuda. Finalmente, los inversionistas vieron el
potencial del área y comenzaron a lanzar el dinero en un sueño de
restauración.
Pedro y su tío vieron el proyecto cuidadosamente y esperaron su tiempo. De
algún modo, ellos habían sospechado que la oportunidad finalmente
vendría a Dreamscape para sacar provecho en la zona. La primera persona
que se atrevió a abrir un bar en el área comenzó a atraer a un nuevo grupo
de personas que quería ingerir una cerveza y algunas Búfalo Wings
mientras miraban las gaviotas.
Cuando los policías se lanzaron sobre el corazón de la ciudad, los
proyectos de limpieza de las organizaciones sin fines de lucro comenzaron
a establecerse. Los últimos cinco años demostraron que el proyecto era
digno de la atención de los inversionistas. Los restaurantes y el spa que
Pedro quería construir cambiarían el Valle Hudson para siempre. Y sabía
que él era el que estaba destinado a construirlo.
Su mente revivió su encuentro con Hyoshi Komo. Pedro finalmente había
cerrado el trato. Sólo había un hombre sobrando, quien estaba
entorpeciendo de cierto modo su sueño.
Michael Conte.
Pedro maldijo en voz baja mientras miraba el sol comenzando a hundirse.
Hyoshi había estado de acuerdo con darle a Pedro el contrato sólo si
Michael Conte lo apoyaba. Si Pedro no podía convencer a Conte acerca de
que él era el hombre para el trabajo, Hyoshi volvería a escoger a otro
arquitecto y Dreamscape no tendría una oportunidad.
Pedro no podía dejar que eso sucediera.
Él era un hombre que había viajado extensamente en busca de una
educación en arquitectura. Había mirado las cúpulas de oro brillantes en
Florencia, las altas y elegantes torres en París. Había visto antiguas islas
exóticas, los majestuosos Alpes suizos, y el tosco, tallado en rocas del
Gran Cañón.
Nada en su vista o mente o corazón estaba cerca de sus montañas.
Una sonrisa burlona tocó sus labios mientras el pensamiento sentimental
lo mantenía atrapado.
Estudió la vista durante mucho tiempo, mientras su mente ordenaba sus
problemas con su esposa, el contrato y Pedro y aun así siguió con las
manos vacías. Su teléfono móvil sonó e interrumpió sus pensamientos.
Presionó el botón sin comprobar el identificador de llamadas.
—Hola.
—¿Pedri?
Sofocó una maldición.
—Gabriella. ¿Qué quieres?
Ella hizo una pausa.
—Necesito verte. Hay algo importante que discutir y no puedo hacerlo por
teléfono.
—Estoy al lado del río. ¿Por qué no vienes a la oficina mañana?
—¿Por el puerto deportivo?
—Sí, pero…
—Está en mi camino. Estaré allí en diez minutos.
El teléfono hizo clic.
—Hija de puta —masculló. Rápidamente analizó sus opciones y se acordó
que tenía todo el derecho de irse. Entonces la culpa pinchó. Gabriella
todavía podía estar molesta, de que él hubiera terminado la relación tan
abruptamente. Tal vez ella necesitaba gritarle algo más. Él sabía lo que las
mujeres creían en concluir las cosas y tenían algo con respecto a la
competencia. Ella probablemente se estaba volviendo loca ya que Paula lo
había "ganado".
Por lo que decidió esperar y escuchar su perorata, luego disculparse y
continuar con su vida. Quince minutos más tarde, Gabriella apareció.
Él la vio salir de su Mercedes convertible plateado. Caminaba con una
confianza perezosa que invitaba a los hombres a mirarla con satisfacción.
Desapasionadamente admiró la camiseta negra recortada que exponía su
estómago plano luciendo su anillo en el vientre. Vaqueros a la cadera de
tiro corto, ceñidos con un cinturón negro delgado. Botas negras de tacón
bajo aplastando la grava hasta que ella se detuvo delante de él. Los labios
de color rojo vinieron fruncidos en un puchero profesional.
—Pedro. —Sus ojos quemando pero su tono era frío—. Es bueno verte.
Él asintió.
—¿Qué pasa?
—Necesito un consejo. Conseguí una oferta de contrato de Lace Cosmetics.
—Esa es una cuenta enorme, Gabby. Felicitaciones. ¿Cuál es el problema?
Ella se inclinó. El costoso perfume de Chanel flotando en el aire.
—Es un contrato de dos años pero necesitaría trasladarme a California. —
Los ojos color esmeralda se ensancharon con la cantidad perfecta de
inocencia y deseo—. Esta es mi casa. Y odio la mentalidad Baywatch.
Siempre he sido una neoyorquina conservadora. Como tú.
Una campana de advertencia repicó en algún sitio en su cerebro.
—Tienes que decidir por ti misma. Todo ha terminado entre nosotros.
Estoy casado.
—Nosotros teníamos algo verdadero. Creo que te asustaste y saltaste hacia
la primera mujer que podías controlar.
Él sacudió su cabeza con una punzada de tristeza.
—Lo siento, eso no es verdad. Tengo que irme.
—¡Espera! —En un momento ella se paró a unos cuantos centímetros de
distancia, al siguiente ella estaba aplastada contra su pecho con sus
brazos serpenteando alrededor de su cuello y sus caderas seriamente
aplastadas contra las suyas.
Jesús…
—Echo de menos esto —murmuró ella—. Tú sabes lo bien que estábamos
juntos. Casado o no casado, todavía te quiero. Y tú me quieres.
—Gabriella…
—Te lo demostraré. —Ella arrastró su cabeza hacia abajo para encontrarse
con la suya, tenía un segundo para decidir lo que él haría. ¿Apartarla y
mantener el contrato a la letra? ¿O tomar la oportunidad para probar el
control que su esposa tenía sobre él?
El pensamiento de Paula pasó lentamente. Él tensó sus hombros y empezó
a retroceder, pero el demonio interior burlándose se elevó y susurró su
advertencia. Su esposa no era real, sólo una imagen breve que se rompería
en angustia y dolor al recordarle que no duró nada. Gabriella lo haría
olvidar. Gabriella lo haría recordar. Gabriella lo forzaría a afrontar la
verdad de su matrimonio.
La verdad de que ellos no tenían ningún matrimonio real.
Entonces, agarró la oportunidad y tomó sus labios, saqueando su boca
como lo había hecho en el pasado. Su gusto invadió su boca, frotó sus
manos desesperadamente hacia arriba y debajo de su espalda en una
invitación de arrastrarla al auto y tomarla allí mismo, poco tiempo después
estaría clara su frustración y añoranza por otra persona. Él casi se inclinó
a su voluntad, pero entonces otra comprensión tomó control.
Él estaba en automático. Una vez, había experimentado la excitación con
esta mujer. Ahora, había sólo un zumbido menor, que palidecía ante la
reacción trascendental que Paula causaba con solo un toque. El sabor de
Gabby no le gustó, sus pechos no se desbordaron en sus manos y sus
caderas eran demasiado afiladas y golpeaban contra su cintura.
Y él se dio cuenta de que ella no era Paula, nunca sería Paula, y él no
quería un acuerdo.
Pedro se apartó.
Ella se tomó un rato para aceptar su rechazo. Pura rabia invadió su rostro
antes de que ella lograra tranquilizarse. Trató de balbucear una disculpa
pero ella lo cortó.
—Algo está pasando,Pedro. Todas las piezas no tienen lógica. —Su
columna vertebral se enderezó con una dignidad rígida. Pedro sabía que
cada acción estaba calculada para causar un efecto más dramático. Este
era otro elemento tan diferente entre ella y Paula—. Déjame decirte mi
teoría. Tú tenías que casarte rápido por algún trato de negocios y ella
cubría las necesidades.
Gabriella se rió cuando vio la mirada de sorpresa en su rostro.
—Ella juega contigo, pedro. Tú nunca saldrás de este matrimonio sin un
bebé o dando muchísimo dinero, no importa lo que ella te haya dicho. Tu
peor pesadilla se realizará. —Sus labios torcidos en disgusto—. Sólo presta
atención a mis palabras cuando tu pequeña, “ooops, creo que nos
equivocamos” aparezca. —Gabriella se alejó y se detuvo con su mano sobre
la manija de la puerta—. Buena suerte. Voy a tomar el trabajo en
California, pero si me necesitas, llámame.
Ella se deslizó dentro del coche y se fue. Su columna vertebral se
estremeció con un helado presagio. Él apostaría su vida que podría confiar
en Paula y nunca trataría de atraparlo por más dinero, ¿quién se casa con
un millonario y sólo pide ciento cincuenta grandes? Gabriella sólo estaba
molesta porque ella no había sido capaz de conservarlo.
Pedro se estremeció cuando pensó en el beso. Su primer instinto fue ignorar
todo el episodio. Pero le debía honestidad a su esposa. Le explicaría que él
y Gabriella se encontraron junto al río en público, ella había iniciado el
beso y se trasladaría a California. Fin de la historia. Estaría tranquilo y
racional. paula no tenía ninguna razón para estar celosa. Ella podía estar
un poco molesta, pero un beso era fácil de olvidar.
Al menos, aquel beso lo era.
Algunos otros eran más difíciles de olvidar.
Con aquel pensamiento, caminó hacia el auto y condujo a casa.
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