sábado, 14 de junio de 2014

Capitulo 19

Pedro se acercó a ella con una lentitud constante que la hizo retroceder con
cada paso qué él daba hacia adelante. Su espalda se estrelló contra la
pared cuando la alcanzó. Poco a poco, extendió las palmas de las manos
contra la pared a ambos lados de su cabeza. Su cuerpo enjaulando al de
ella. Su amplia postura la atrapaba entre sus piernas.
Se agachó y dirigió sus palabras directo hacia sus labios.
—Si tanto quieres tener sexo, lo único que tienes que hacer es pedirlo.
Todo su cuerpo se puso rígido.
—No estoy interesada en ti. —Su pulso golpeteaba salvajemente en su
cuello contradiciendo sus palabras.
—Inténtelo de nuevo.
—Ve a jugar tus juegos mentales con Gabriella.
—Tú me deseas. ¿Por qué no lo admites, finalmente?

La furia salió de ella ondeando.
—Yo no te deseo. Sólo quiero tu dinero.
Él se percató de que su estratagema había funcionado antes, pero esta
noche no le importaba.
Cerró la distancia una pulgada más. Los pechos de ella presionaban
contra el suyo y sus pezones eran pequeños puntos rígidos apuñalando a
través del material escarlata, pidiendo a gritos ser liberados. Su
respiración era entrecortada y desigual, su perfume inundaba sus
sentidos. Se puso duro y sus ojos se abrieron mientras toda su longitud
palpitaba contra su pierna en demanda.
—Llama tu farol, nena.
Shock puro se registró en la cara de ella mientras él removía una de sus
manos de la pared para desabotonarse casualmente su camisa, deslizar su
corbata y luego tomar su barbilla con un agarre firme.
—Pruébalo.
Él estampó su boca contra la de ella, sin darle oportunidad para pensar o
para arrepentirse, o rechazarlo. Invadió su boca, hundiendo su lengua
dentro de la cueva negra y sedosa, cerrando los labios alrededor de su
húmeda carne, chupando con fuerza.
Ella se agarró de sus hombros y dio un pequeño pero profundo gemido
desde su garganta.
Luego, ella explotó.
Paula levantó la mano y enredó los dedos en su pelo, sosteniendo su
cabeza mientras le devolvía el beso y encontraba demanda con demanda.
Sus caderas se levantaron para empujar contra él y su sabor y olor a
invadían como una droga.
Su piel quemaba mientras todo ese deseo reprimido que había enterrado
profundamente estallaba fuera de su cuerpo inundándola. Ella estaba
hambrienta de su sabor, de sus manos quitándole la ropa y tomándola allí
contra la pared, lo que quedó revelado ante su salvaje respuesta tan
opuesta a su rígido control.
Control.

Una alarma sonó en la cabeza de ella y atravesó la bruma de la niebla
sexual. Él había estado bebiendo. Si los interrumpían, podía dar un paso
calmado retirándose con una explicación razonable de por qué el sexo no
sería una buena idea.
El conocimiento debió hacerlo dos veces antes de patinar por los bordes de
la mente de ella, hasta que arrastrara su boca lejos de la suya y halara los
cabellos de su nuca.
Su cabeza se disparó. Él parpadeó como si acabara de despertar de un
largo sueño y ella captó la pregunta colgando en sus ojos. Paula se obligó a
decir lo único que no quería decir.
—No creo que esto sea una buena idea.
Contuvo el aliento y esperó a que él diera un paso atrás, esperó a que la
niebla lo borrara de su mente, esperó a que estuviera de acuerdo. Ella cayó
en shock por segunda vez esta noche cuando él le sonrió… una peligrosa
sonrisa masculina que le prometía placeres no dichos y sexo bruto,
hambriento.
—No me importa.
Fácilmente la lanzó sobre su hombro como si fuera una muñeca de
porcelana en lugar de una amazona. Con una gracia fácil, subió las
escaleras y se dirigió hacia su habitación. Sus pechos rebotaban contra su
espalda y su vientre estaba aplastado contra el duro hueso de su hombro,
pero no pudo encontrar palabras para informarle que este era un
comportamiento cavernícola y que ya no era aceptado.
Dado que Paula amaba cada momento.
Él la tiró en la cama y terminó su striptease. Desabotonó su camisa y la
tiró al suelo. Deslizó el cinturón y se bajó la cremallera. Se quitó los
pantalones en un movimiento rápido. Todo esto lo hizo mientras ella se
extendía en el centro de la cama y lo miraba como si fuera su propio
bailarín Chippendale privado.
Nop, era aún mejor.
Todo fibra, músculo y cabello rubio dorado. Caderas recortadas, muslos
duros y una erección que se erguía orgullosamente entre sus piernas,
escondida tras un par de calzoncillos negros. Sus dedos se cerraron contra

las palmas de ella mientras su fantasía se sumaba en la cama y se
instalaba en su contra.
—Tu turno. —Su voz raspaba como papel de lija sobre sus orejas, una
cara rugosa y otra lisa. Metió la mano detrás de ella y deslizó la cremallera.
Sus músculos temblaban mientras sus manos se posaban sobre los
tirantes de su vestido y se detenían. La respiración de ella se detuvo por el
espacio de un latido del corazón y el peso de sus manos presionó contra la
parte superior de sus pechos. El corazón le latía tan fuerte que sabía que
él podía oírlo. La anticipación daba vueltas entre ellos hasta que ella luchó
con un grito y él enganchó su dedo índice en el tirante y lo bajó.
¡Oh, Dios!
El aire frío se precipitó sobre su piel, pero su mirada quemaba mientras
bebía la carne revelada. Sus pezones se endurecieron en puntos mientras
la seda los capturaba brevemente y luego continuaba su camino. Él
maniobró con cuidado sacando los brazos de los agujeros y luego movió la
tela aún más abajo, exponiendo su vientre y sus caderas. Se detuvo y
estudió cada centímetro de su desnudez con una silenciosa intensidad que
la puso nerviosa, hasta que quiso decir algo, pero las palabras murieron
en su garganta.
Sus manos se posaron en sus caderas. Él agarró el delicado tejido por
ambos lados y comenzó a bajarlo por sus muslos, pantorrillas, luego
arrancó sus sandalias y arrojó el vestido al suelo.
Sus alientos crecieron y cayeron juntos en un ritmo irregular,
entrecortado. Calor líquido pulsaba y golpeaba entre sus muslos,
enmascarado por el trozo de tela roja de la ropa interior que se había
puesto con nadie en mente, salvo ella misma. Pero ahora Pedro centraba su
atención en esa dirección, sin decir nada, estudiando la cúspide de sus
muslos, su pulgar ligeramente cepillando la línea de sus bragas mientras
ella contenía el aliento y esperaba. Como si tuviera todo el tiempo del
mundo, comenzó a tocar la banda elástica, como poniendo a prueba su
fuerza. Toda la atención de Paula se redujo a esos cinco dedos y la lenta
tortura que otorgaban. Él exploró la raya entre sus muslos y luego trazó
una línea invisible en el centro de su cuerpo. Miró cada reacción en
silencio, como si ella fuera su esclava de amor y él un rey acostumbrado a
la obediencia.
Ella explotó con pura frustración.

—¡Maldita sea!, ¿vas a sentarte allí a mirarme toda la noche o vas a hacer
algo?
Él dio una risa ahogada. Ese carnoso labio inferior tembló. Enganchó una
pierna alrededor de la suya y se movió sobre ella en un rápido movimiento.
Cadera a cadera, muslo a muslo.
Cada músculo presionaba contra el suyo. Cada centímetro de su deliciosa
excitación se acunaba entre sus piernas. Trabajó en los pasadores del pelo
y peinó cada mechón para que las ondas se desplomaran sobre sus
hombros. Luego ladeó su boca y la mordió en el lóbulo de la oreja, tocando
con la punta de su lengua la delicada concha de la oreja y luego dejó
escapar un chorro caliente de aliento.
Ella dio un salto.
Él se echó a reír y le susurró contra su sien.
—Tengo la intención de hacer algo. He tenido pensamientos acerca de
mirarte por tanto tiempo que me di cuenta de que lo disfrutaba. Pero
parece que también tienes temperamento en la cama, así que voy a seguir
adelante.
—pedro…
—Ahora no, Paula. Estoy ocupado.
Él le tapó la boca con la suya y hundió su lengua profundamente. Ella se
arqueó como si el rayo de energía eléctrica la desgarrara. Sus dedos se
aferraron a él mientras aguantaba y le devolvía el beso, ahogándose en el
sabor del whisky y el calor masculino. Él le separó las piernas y la torturó
con la promesa de sus manos y su pene, hasta que se volvió loca con
necesidad, hasta que no hubo más orgullo o lógica, sólo el dolor de tenerlo
dentro de ella. Su boca se movió hacia sus senos, chupando los pezones y
mordiéndola. Sus dedos le acariciaron el vientre y las caderas y se
engancharon bajo el cordón para jugar, un largo dedo índice moviéndose
por debajo para poner a prueba su calor, empapado con su humedad
mientras ella pedía a gritos más, siempre más.
Él le bajó las bragas y sumergió un dedo en lo más profundo, luego agregó
otro, frotando delicadamente sobre la dura protuberancia escondida entre
sus rizos, dándole solamente una probada hasta...

Ella gritó y sus caderas se resistieron mientas el clímax la tomaba con
fuerza. Su cuerpo se estremeció de placer mientras él se quitaba sus
calzoncillos y se cubría con un condón. Se deslizó de nuevo sobre su
sedosa longitud, los diez dedos entrelazados con los de ella y apretó sus
manos juntas profundamente en las almohadas.
Paula parpadeó, aturdida por el abismo de sus ojos, un profundo y oscuro
color marrón que contenía una serie de secretos y un brillo de ternura que
nunca había visto antes.
Él se apretó contra ella, buscando la entrada. Un cálido líquido se
apresuró a salir facilitando su bienvenida mientras ella levantaba sus
caderas para tomarlo. Apretó una pulgada y luego otra. Su cuerpo se tensó
alrededor de él y le entró el pánico, a sabiendas de que finalmente le
pertenecía, sabiendo que nunca la querría de la manera en que ella
necesitaba.
Hizo una pausa, casi como si intuyera sus emociones.
—¿Demasiado rápido? Háblame.
Ella se estremeció con la pura necesidad, mientras lo sintió retroceder una
pulgada.
—No, yo sólo, necesito…
—Dime.
Una fina capa de lágrimas rodó otra vez, sus emociones rodaron crudas y
fáciles de leer para él.
—Yo necesito que me quieras. Sólo a mí. No es…
—Oh, Jesús. —Cerró los ojos.Paula observó pura agonía en su rostro. Se
detuvo en su entrada y se inclinó para besarla.
Él acopló con ternura su lengua con la de ella, acariciándola, trazando la
hinchada carne de sus labios en un acto mesura y humildad. Y cuando él
abrió los ojos y la miró, ella contuvo el aliento mientras él finalmente la
dejó entrar, la dejó ver todo y le dio lo que necesitaba.
La verdad.
—Siempre has sido tú. No quiero a nadie más, no sueño con nadie más.
Sólo contigo.

Ella gritó mientras él se enterraba hasta la empuñadura en su interior. Su
cuerpo abierto y aceptando su hinchada longitud, abrazándolo y
exigiéndole más profundidad. Sus dedos se apoderaron de ella y apretaron
con más fuerza en la almohada mientras comenzaba a moverse,
lentamente al principio, uniéndose a ella en un ritmo. Ella despertó de
nuevo con él y el camino en espiral girando tensó sus músculos, detuvo su
respiración y se burló de ella con cada centímetro mientras se acercaba a
su liberación.
Fue una brusca combinación de necesidad, ruda y primitiva, que se reveló
en la honestidad de su contacto sexual como un dulce calor deslizándose
desde la frente de él, mientras las uñas de ella se clavaron profundamente
en su espalda hasta que explotó. El placer rompió otra vez en olas y pudo
escucharlo gritar mientras se unía a ella, convirtiéndose en uno en ese
momento.
Él se dejó caer y rodó para dejarla extender sobre él, con su mejilla
apoyada en su musculoso pecho, su cabello desparramándose sobre su
cara, sus brazos alrededor de su cintura. Ningún pensamiento le
reclamaba en ese momento, atesorando la profunda paz mientras se
dejaba ir, segura en su abrazo. Se deslizó hacia el sueño mientras él la
abrazaba con fuerza.
***

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