jueves, 26 de junio de 2014

Capitulo IV

Por poco tiempo él había querido ser el hombre que desafiara sus limitaciones y ofreciera más. Pero su relación estrecha con Alexa y el peligro de una ruptura
desastrosa le impedían prolongar la noche para otra cita. Buscaba una mujer que encajara en su familia muy unida y no se mantuviera distante. Paula era lo opuesto de lo que él creía que necesitaba en una compañera. Aburrida, no. Sino un cúmulo de contradicciones, emociones y trabajo. Si se distanciaban, Alexa y Nick se convertirían en víctimas y desde que los vio como una familia, nunca puso a nadie que le importara correr el riesgo. No por sus propias necesidades egoístas.
Había practicado ese movimiento la mayor parte de su vida.
Aun así, la había jodido. Su oferta casi tímida de la posibilidad de otra cita le incitó un miedo que nunca había experimentado con otra mujer. La vulnerabilidad clara en su rostro por su rechazó lo sorprendía. Pero nunca habrá una segunda oportunidad con paula chaves. Ella nunca se permitiría ponerse en la misma situación de nuevo, y le encantaba recordárselo constantemente.
Alexa levantó el dije de bebé.
―¿No es hermoso, paula?
―Encantador.
Pedro ahogó una risa por la mirada de advertencia de Alexa. Como una niña malhumorada, paula retrocedió.
―Tengo que irme, nena ―dijo―. Tengo irme a Milán pronto y aún tengo muchas cosas por hacer.
Alexa gimió.
―Dios, lo que haría para ir a Milán y conseguir un nuevo guardarropa. ―Bajó la vista a su vestido de moda y arrugó su cara.
―Lily vale la pena ―dijo paula con firmeza―. Te traeré un par de tacones sexys que volverán loco a Nick. ―Su mirada se desvió directamente a Pedro como para probar su punto―. No es como si les tomara mucho a ustedes dos ir a por ello.
―¿Ir a qué? ―Nick apareció y deslizó sus brazos alrededor de la cintura de su esposa.
―No importa ―dijo Alexa bruscamente.
―Sexo ―empezó paula―. Voy a ir a Milán y le traeré a Alexa algunos zapatos sexys.
Nick pareció intrigado.
―¿Qué tal uno de esos camisones de seda, también?
―¡Nick!
Él ignoró al su avergonzado siseo de su esposa y sonrió.
―¿Qué? Ella va a ir a la capital de moda del mundo, ¿y no quieres lencería? Demonios, yo sí. La manera en que te ves es… deliciosa.
Paula rió.
―Hecho. Se va a ver caliente en rojo.
―Los odio a los dos.
Nick presionó un beso en el cuello de su esposa. Pedro volvió su cabeza por un momento y captó la mirada en el rostro de paula.
Anhelo.
La emoción se atascó atrás de su garganta cuando notó la tristeza en su rostro mientras miraba a su hermano, luego la persiana se cerró y el momento desapareció.
Se enderezó y decidió hacer su movimiento.
―¿paula? Antes de irte, ¿puedo hablar contigo un minuto?
Ella se encogió de hombros.
―Claro. ¿Qué pasa?
―En privado, por favor.
Nick y Alexa compartieron una mirada. Paula rodó sus ojos.
―Denme un minuto, chicos. No es como si me va a pedir matrimonio o algo así.
Pedro hizo una mueca. Nick sacudió su cabeza por sus payasadas pero ella sólo le sacó la lengua y se abrió camino por el salón hacia una de las habitaciones de atrás. Saltó sobre la cama de plataforma alta y estiró las piernas. Con sus brazos apoyados detrás de su espalda, sus pechos se apretaban contra su camiseta plateada en una demanda para ser liberados. Dios ¿Tenía puesto un sujetador?
Pedro trató de estar relajado cuando se inclinó contra el poste de madera de la cama con dosel. Su curiosidad fue recompensada cuando dos idénticos puntos se asomaron contra la tela suave. Se movió en un intento de ponerse cómodo, molesto de que ella no pudo haber elegido un cuarto adecuado para tener esta conversación. Era muy fácil imaginarla extendida en el edredón color champagne mientras él arrastraba sus dientes contra sus pechos. Jugaba con sus pezones de color rubí y muy sensibles. Parecía como si la tela sola hizo que respondieran. Pedro luchó contra un estremecimiento y recobró en enfoque.
―Tengo una propuesta para ti.
Ella echó la cabeza hacia atrás y rió. El sonido humeante lo atrajo como una bruja lanzando un hechizo.
―Bien, entonces, has venido a la chica correcta. ―Lamió sus labios con una precisión deliberada. El brillo débil de la humedad brillaba a la luz―. Propuesta ahora mismo.
Él ahogó una maldición y decidió ir por la estrategia directa.
―Necesito una esposa de mentira.
Ella parpadeó.
―¿Huh?
―Sí. ―Él despreciaba el ligero rubor que causó su confesión y siguió adelante―. Tengo algunos problemas familiares y estoy obligado a casarme. Necesito a alguien que vaya a Italia conmigo por una semana, finja ser mi esposa, que pase un poco de tiempo con mi familia, y luego se marche.
―¿Por qué de repente siento como si caí en el papel de mi vida de la semana?
―¿Qué papel?
Alejó su pregunta.
―No importa, cosas de chicas. Um, déjame pensar obre esto por un momento. ¿Me necesitas para que finja estar casada contigo, juntarme con tu familia, estar en su casa, y luego regresar como si nada nunca pasó?
―Sí.
―No, gracias. ―paula saltó de la cama con gracia y se dirigió a la salida. pedro se puso frente a ella y cerró la puerta. Ella arqueó una ceja―. Lo siento, no estoy en la cosa dominante.
―paula, por favor escúchame.
―Demonios, no. Oí lo suficiente. Primero que todo, voy a ir a Milán a trabajar, no soy una novia por encargo. Segundo, no nos importamos el uno al otro, y tu familia se dará cuenta de eso al momento. Tercero, no somos siquiera amigos cercanos, por lo que me niego a hacerte algún favor. Seguramente, tienes a una encantadora cosa joven rogando por la oportunidad de brillar en este papel.
Pedro contuvo un quejido ¿Realmente pensó que sería fácil?
―De hecho, es por eso que eres perfecta para el trabajo. Necesito a alguien que no se haga ideas extrañas. De todas maneras, no estoy viendo a nadie por el momento.
―¿Qué si yo sí?
―¿Lo estás?
Ella se echó para atrás. La tentación de mentir brillaba en sus ojos. ―No. Pero igual no lo estoy haciendo.
―Te pagaré.
Sonrió con suficiencia.
―No necesito tu dinero, Alfonso. Hago suficiente por mi cuenta, gracias.
―Debe haber algo que podamos negociar. Algo que quieras.
―Lo siento, soy una chica muy feliz. Pero gracias por la oferta. ―Ella pasó más allá de él al picaporte.
Ella era su única candidata, y no creía que Estados Unidos tuviera una tienda para comprar novias de mentira. La opción final se le ocurrió. Nunca iba a funcionar, por supuesto, y Nick no lo aprobaría. Pero si paula creía que era una posibilidad, puede que callera directamente en sus manos. Hizo a un lado su conciencia y tiró su carta de triunfo.
―Bien, supongo que se le voy tener que pedir a Alexa.
Paula se detuvo. Su cabello voló, luego se deslizó del lugar mientras volteaba su cabeza para escudriñarlo como un boxeador.
―¿Qué dijiste?
Suspiró con un arrepentimiento fingido.
―No quería pedirle que dejara a Lily tan pronto, pero estoy seguro de que me va a ayudar.
Mal genio puro brotaba de sus poros. Apretó su mandíbula y habló entre dientes.
―Ni siquiera lo pienses. Sólo déjala a ella y a Nick solos. Resuelve tus malditos problemas.
―Lo que estoy tratando de hacer.
Se levantó en las puntitas de los pies y se le puso en la cara. Su aliento se precipitó sobre sus labios, una embriagante combinación de café y coñac y excitación.
―Lo juro por Dios, si le presentas una idea loca a ellos yo…
―¿Qué? Una vez que les explique la situación, Nick entenderá. Alexa siempre quiso viajar a Italia y solo serán por un par de días. Es una emergencia familiar.
―¡No eres de la familia! ―Las palabras pasaron más allá de sus oídos con un silbido y él captó el filo del resentimiento en su tono―. Deja de interferir en sus vidas y consíguete una propia.
ÉL chasqueó su lengua.
―Tan enojada, la mia tigrotta. ¿Estás celosa?
Las manos de ella lo alcanzaron y se apretaron alrededor de sus brazos. Sus uñas mordidas se clavaron en sus músculos y sólo aumentó la tensión sexual entre ellos.
―No, estoy enojada de que todavía estés alrededor de Alexa como un cachorrito perdido, y ahora mi propio hermano ni siquiera lo ve. Desearía que hubiera una manera de deshacernos de ti. Desearía que pudiera…
Su boca se cerró de golpe. Muy lentamente, quitó las uñas de sus brazos y dio un paso atrás. Él cuerpo de él lamentó la pérdida de su calor femenino. Pedro miró con inquietud cómo sus ojos brillaban. De alguna manera, ella parecía un poco peligrosa.
―Si acepto este plan loco. ¿Me darás cualquier cosa que quiera?
Su repentino cambio de dirección hizo a su estómago revolverse.
―Sí.
Sus labios se curvaron en una sonrisa, teñida de rojo y perfectamente formada. Él miró sin poder evitarlo esa boca sensual, hecha para deseos carnales más allá de sus fantasías. Dios, su cuerpo palpitaba con una presión dolorosa y lo distrajo de la conversación racional. Pensó en las monjas de la iglesia Católica con las que creció y un poco del pulso sanguíneo se calmó.
―Bien. Lo haré.
Él no festejó. Sólo la miró con desconfianza.
―¿Qué es lo que quieres?
El regocijo en su rostro superaba sus palabras.
―Quiero que te mantengas lejos de Alexa.
Pedrose estremeció. De alguna manera, sus argumentos inteligentes fallaron. Se maldijo mentalmente por dejarse abierto a su ataque sorpresa. Su continua insistencia de que estaba secretamente enamorado de Alexa normalmente le divertía, pero ahora se enfrentaba con algo más vital. Decidió fingir malinterpretarlo.
―Por supuesto ―accedió―. Mantendré mi distancia si quieres.
Entrecerró su mirada.
―No creo que entiendas el acuerdo. Cuando te invite a las cenas de los domingos, tú estarás ocupado. No más visitas a Lily. No más asistir a las reuniones familiares. Puedes lidiar con Nick en situaciones de negocios, pero desde ahora en adelante, no te consideraras más un amigo cercano de Alexa ¿Capisce?
Oh sí. Él entendió. Su irritación aumentó ante su incapacidad por decir su primer nombre. El título elegante se convirtió en una burla pronunciada dicha por sus labios y una necesidad dominante de obligarla a usar su nombre lo sacudió. Preferiblemente cuando ella estuviera de espaldas, con los muslos separados, loca de lujuria por él. Dio marcha atrás a su fachada fría y rezó porque ella no notara el bulto en sus pantalones.
―¿Por qué te sientes tan amenazada, cara? ¿Qué temes que ocurrirá entre Alexa y yo?
Su barbilla se alzó.
―He visto lo fácil que es arruinar algo bueno ―dijo con una nota de amargura―. Alexa y Nick son felices. Ella no necesita a un hombre husmeando alrededor. Ellos pueden confiar en tus intenciones, pero yo no. ―paula hizo una pausa. Sus últimas palabras salieron en un susurro severo―. Veo la manera en que la miras.
Pedro luchó por aire cuando sus palabras directas lo atacaron como picaduras de avispas. Ella realmente creía tan poco de él. Para imaginar que trataría de romper un matrimonio y traicionar una confianza seria. Aun así, con su propia ira y dolor por sus creencias, admiraba su acto de valentía. Una vez que ella se entregaba a otra persona, sería leal de por vida. Quizá por eso evitaba enredos a largo plazo.
Su cuerpo vibraba con una tensión y un sentimiento franco.
―Estoy harto de que todos digan que estoy loca. Sólo esta vez, admíteme que la amas. Dime la verdad, prométeme que te alejarás, y fingiré ser tu novia.
La estudió en un silencio amenazador. Discutir sería inútil. Alexa le recordaba a sus hermanas que había dejado en Italia y ella calmaba una necesidad de consuelo en un mundo a veces solitario. Tenía el carácter impulsivo de Venezia, la responsabilidad de Julietta y la dulzura de Carina. Claramente, la calidez que irradiaba de su cara al mirarla había sido malinterpretada por su mejor amiga.
Quizás esto era lo mejor.
El cuerpo delicioso de paula y su ingenio ya lo atraían. No necesitaba ningún escenario donde terminaban juntos en la cama y las cosas se ponían… complicadas. No mientras fingía estar casado alrededor de su familia. Si ella mantenía su creencia de que estaba enamorado de su mejor amiga, habría una barrera extra de defensa entre ellos. Claro, que su propio sacrificio era más grande de lo que había imaginado. Perdería a una amiga cercana que significaba el mundo para él e incluso podía herir a Alexia en el proceso.
Su elección estaba frente a él. Pensó en no ser capaz de sostener a Lily u oírla llamarlo tío. Y luego pensó en Venezia su histeria y su dolor, su deseo por empezar su propia vida. Su responsabilidad recaía en ocuparse del cuidado de su familia a
toda costa. Había aprendido eso lección de joven y nunca planeó olvidarla. No, de cierto modo, realmente no había otra elección.
Pedro se obligó a decirle la mentira que Maggie necesitaba oír.
―Amo a Alexa como una amiga. Pero aceptaré tus condiciones si haces esto por mí.
Ella se estremeció, pero su mirada permaneció fija mientras asentía con la cabeza en aceptación. Un extraño destello de angustia iluminó sus ojos, luego desapareció. Sus instintos le dijeron que su confianza había sido traicionada de manera irreversible que ningún hombre era capaz de arreglar ¿Un antiguo amor? ¿Un ex- prometido? Fascinado, deseaba profundizar más, pero ella estaba de vuelta en su control.
―Bien. Dame tu promesa que te alejarás de ella cuando regresemos. Sin excepciones.
―¿Cómo sugieres que desaparezca cuidadosamente sin herir sus sentimientos?
Se encogió de hombros.
―Estaremos en Italia por una semana, y luego estarás ocupado. Fingiendo que estás saliendo con alguien nuevo y estás inmerso en ella. Después de un tiempo, Alexa dejará de hacer preguntas.
Él estaba en desacuerdo, pero calculó que paula ayudaría a cuidar de esa parte. Una astilla de dolor lo atravesó antes de que dijera las palabras en voz alta.
―Acepto tus condiciones. ―Entonces dio un paso hacia delante―. Ahora, te diré las mías.
Él disfrutó del leve ensanchamiento de sus ojos mientras se cernía sobre ella. El conocimiento saltó entre ellos. Ella se negó a acobardarse, sin embargo, y se mantuvo firme.
―Espera ¿Cómo sé que no romperás tu promesa?
Extendió su mano y tomó su barbilla. Su pregunta atacó la esencia de lo que era y frío pasó a través de su tono.
―Por qué no rompo mis promesas. ¿Capisce?
Ella asintió con la cabeza.
―Sí.
Soltó su barbilla, pero no antes de darle un toque casual recorriendo sus dedos por su mejilla. La piel suave y sedosa lo incitó a seguir acariciándola. Aclaró su garganta y volvió al tema.
―Las reglas son simples. Llamaré a mi madre esta noche para darle las noticias, pero parecerá sospechoso a menos que esté preparado. Tendré que estar de acuerdo para casarme en Italia.
―¿Qué? Diablos, no ¡No me voy a casar realmente contigo!
No le hizo caso a su protesta.
―Por supuesto, no nos vamos a casar de verdad. Pero necesitamos fingir. Mamá es bastante ingeniosa y la hará sospechar si no parecemos dispuestos a recitar nuestros votos matrimoniales frente a ella y al sacerdote. Le diré que nos casaremos legalmente en Estados Unidos, pero que solicitaremos una licencia en Italia así ella puede tomar parte de la segunda boda.
―¿Qué pasa cuando el sacerdote se presente para casarnos?
Los labios de pedro se curvaron con un pánico repentino.
―Le toma mucho tiempo a un sacerdote aceptar casar a una pareja cuando él no conoce a la novia, especialmente si no es Católica. Nunca sucederá en nuestra visita corta. Le voy a decir a mamá que nos estamos quedando dos semanas, pero nos iremos después de una y citaré una emergencia.
Ella se relajó, volviendo a su propia confianza y sarcasmo.
―No me dijiste por qué de repente necesitas una esposa ¿No puedes encontrar a la verdadera Juliet, Romeo?
Pedro le hizo un breve resumen del historial de su familia, y el deseo de su hermana de casarse. Se preparó a sí mismo para ser ridiculizado por tal cultura antigua, pero asintió con la cabeza como si entendiera completamente y logró mantenerse en equilibrio.
―Admiro a tu madre ―dijo finalmente―. Es difícil mantener tus creencias cuando otros se burlan de ti. Por lo menos tu familia cree en algo. Tradición. Promesas cumplidas. Responsabilidad. ―Fascinado por sus palabras, pedro vio la emoción
titilar en su rostro antes de que se sacudiera sus recuerdos―. Sólo espero que tu plan funcione de la manera en que lo quieres.
―¿Qué quieres decir?
Sus hombros elegantes se levantaron.
―Puede que no le guste a tu familia. Fotografío modelos en ropa interior. Y no voy a pretender postergarlo por ti, tampoco, espero que te hagas ilusiones.
Él sonrió.
―¿No te dije que las esposas obedecen en todos los sentidos? Parte de la negociación da vueltas en que me trates como de la realeza. Cocinarás la cena, servirás a mis necesidades, y postergaras mis deseos. No te preocupes, es solo por una semana.
Su horror transparente arruinó su trampa. Rió entre dientes, y su puño cayó a su lado. Tenía la sensación de que acababa de perder un ojo negro ¿Llevaba toda esa emoción ardiente a la habitación? Y si era así ¿Quedaba algo de sus hombres en la mañana que una tonta sonrisa y un deseo por más?
Sus labios se curvaron.
―Gracioso. Es bueno ver que tienes sentido del humor, Alfonso. Hará que la semana pase rápido.
―Me alegro de que aceptaras. Haré los arreglos y nos iremos mañana en la noche. Te daré un resumen de mi familia durante el viaje, y me puedes decir las cosas importantes sobre ti.
Ella asintió con la cabeza y caminó hacia la puerta. Su claramente incomoda proximidad lo tranquilizó. Por lo menos, no era el único que experimentaba una atracción sexual. Parecía dedicada a no estar atraída por él, lo que hacía más fácil ignorar la conexión física y pasar la semana.paula chaves podía ser una mujer explosiva, pero él la podía manejar por una semana.
Sin problema.

GRACIAS!♥

Capitulo III

La siguió con Lily cuidadosamente en sus brazos y se dirigió directamente a la madre de Alexa.
―¡Paula, cariño, te he estado buscando! ―Maria McKenzie la besó en ambas mejillas y la miró con una calidez que siempre disparaba su corazón―. Aquí está mi nieta hermosa. Ven aquí, mi amor. ―Tomó a Lily y le dio más besos a Pedro―. He oído que necesitaba cambiarse pero parece que hacen un buen equipo.
¿Por qué toda la familia mantenía la errónea idea de que serían perfectos juntos? Paula contuvo un suspiro mientras Pedro se echó a reír.
―Ah, señora McKenzie, ya sabe lo maravillosa que es Paula cuando se trata de cuidar a su sobrina. Sólo me senté y observé.
La culpa la golpeó duro. Sonrió, pero le lanzó una mirada asesina. ¿Por qué siempre parecía salir de ser el chico bueno?
―tendré una pequeña cena para todo el mundo este viernes e insisto en que los dos me acompañen ―anunció María.
Las cenas familiares solían pertenecer sólo a Paula, Alexa y Nick. Casi se desplomó de alivio cuando se acordó de su horario.
―Lo siento, señora McKenzie, voy a estar volando a Milán esta semana. Me voy en dos días para una sesión de fotos.
―Entonces voy a cambiar la cita para cuando llegues a casa. Ahora, permítanme llevar a esta pequeña de vuelta a la fiesta y te veré más tarde.
La madre de Alexa desapareció por el pasillo, y Paula de repente notó la extraña expresión de Pedro.
―¿Estarás volando a Milán? ¿Por cuánto tiempo?
Se encogió de hombros.
―Probablemente una semana. Voy a tomar un poco de tiempo para hacer nuevos contactos, hacer algunas compras.
―Hmmm. ―De alguna manera, el extraño sonido parecía de mal agüero. La miró como si la estudiara bajo una nueva luz, por primera vez, explorando su cara, siguiendo luego con su cuerpo, como si buscara debajo de su traje a la moda algo más.
―Amigo, ¿por qué me miras de esa manera? ―Movió sus pies mientras el calor hormigueo calentaba entre sus muslos. De ninguna manera iría allí. Si había un hombre en el mundo con el que nunca dormiría incluso si los zombis se hicieran cargo de la tierra y ellos fueran los únicos que quedaran para procrear, era Pedro Alfonso.
―Puede que tenga una propuesta para ti ―murmuró.
Apartó el recuerdo de su primer encuentro y forzó una sonrisa.
―Lo siento, bebé. Ese barco salió del puerto y navegó.
Se negó a mirar hacia atrás mientras se alejaba.
Pedro tomó un sorbo de coñac y vio como la fiesta terminaba. Deliciosos cannoli de chips de chocolate y ollas de café fuerte se sirvieron, y un ambiente relajado recorrió las habitaciones, mientras familiares y amigos comenzaron a hacer sus adioses.
La tensión se arremolinaba en su estómago y luchaba con el delicioso calor del alcohol. Esta vez estaba en problemas. El gran lío. Después de la llamada telefónica con Venezia y Dominick, decidió enfrentarse a su madre con un plan de batalla bien colocado.
Pedro sabía que resistirse a la tradición de la familia era imposible. También se dio cuenta que su madre creía firmemente en las reglas y rara vez las rompía. Había decidido un plan alternativo que parecía brillante. Le arrojaría una historia acerca de una novia estable, con una boda en un futuro firme, e incluso prometería una visita. Luego con calma insistiría en que Venezia se casara primero por su historia con Dominick, y citaría la bendición celestial de papá. Tal vez le diría que lo vio en un sueño, algo para calmar sus dudas.
Hasta que su otra hermana Julietta redujo a escombros la historia con una simple declaración.
Su mente se dirigió a su breve conversación.
―pedro , no sé lo que has oído, pero para utilizar una de tus frases americanas, la mierda está a punto de golpear el ventilador. ―Nunca emocional o tirando al drama, Julietta actuaba siempre con un plan claro, lo que la convirtió en la persona perfecta para manejar La Dolce Famiglia―. Mama le prometió a papa en su lecho de muerte que continuaría las tradiciones de la familia. Por desgracia, eso incluía que tienes que casarte primero, no importa lo ridículo que suene.
―Estoy seguro de que puedo hablar con ella de esto ―dijo Pedro, haciendo caso omiso de las dudas reptando como serpientes en su cabeza.
―No va a suceder. Creo que Venezia está planeando fugarse. Si lo hace, desastre será un eufemismo. Vamos a estar en guerra con la familia de Dominick y mama amenazó con repudiarla. Carina está pasando por un momento difícil, y ha estado llorando sin parar al pensar que su familia se está desmoronando. Mama llamó al doctor y le dijo que estaba teniendo un ataque al corazón, pero le diagnosticó un mal caso de indigestión y la envió a la cama. Dios, por favor díme que estás viendo a alguien en serio y ¿puedes hacerte cargo de esta situación? Maldita sociedad patriarcal. No puedo creer que papa compró esta mierda.
La verdad se estrelló a través de él. Nunca le ganaría a una promesa en el lecho de muerte. Su padre lo atrajo a la trampa y su propia madre cerró la puerta de la jaula detrás. Necesitaba una esposa y la necesitaba rápido si iba a limpiar este desastre. Por lo menos, una esposa temporal.
¿Qué opciones tenía? Su mente funcionaba con eficiencia brutal hasta que la solución sólo se extendió ante él. Convencer a su madre de que estaba casado legalmente, lograr que Venezia apresurara la boda, y luego unos meses después salir con la triste noticia de que su matrimonio no funcionó. Tendría que lidiar con las consecuencias. En este momento, tenía que arreglar ésto. Después de todo, arreglar los dramas familiares era su trabajo.
―Voy a estar casado a finales de la semana ―dijo.
Su hermana suspiró bruscamente en el teléfono.
―Dile a Venezia que no haga nada precipitado. Voy a llamar a mama y le daré la noticia más tarde.
―¿Lo dices en serio? ¿De verdad te vas a casar, o es un fraude?
Pedro cerró los ojos. Para tratar de hacer que el plan funcionara, todos necesitaban saber que era real. Empezando por Jullieta.
―He estado viendo a alguien, y sólo estaba esperando hacerlo oficial. A ella no le gusta el alboroto y no quiere una boda real, aunque, entonces probablemente golpeemos al juez de paz y luego les daré las noticias a todos.
―¿Estás diciéndome la verdad, Pedro? Escucha, esto puede ser un desastre, pero no hay razón para apresurar la boda solo para tranquilizar a Venezia. No tienes que arreglar todo, todo el tiempo.
―Sí, lo hago ―dijo en voz baja. El peso de la responsabilidad cayó sobre él y contuvo el aliento. Aceptó la carga indudablemente y siguió adelante―. Te voy a dar los detalles después de hablar con mi prometida.
―Mama va a insistir en conocerla. No va a tomar tu palabra.
Las palabras de su hermana cerraron las puertas de la jaula con un último chasquido.
―Lo sé. Voy a organizar una visita a casa al final del verano.
―¿Qué? ¿Quién es ella? ¿Cómo se llama?
Cortó la llamada.
La situación giraba en torno a los posibilidades limitadas y al muy poco tiempo. Decidió buscar uno de esos servicios selectos de acompañantes que contrataban una compañera para grandes eventos. Quizá, con algo de suerte, encontraría a una que estuviera dispuesta a fingir ser su esposa. Por supuesto que, retrasar el encuentro con su madre tomaría una planificación cuidadosa, y con la apertura del paseo marítimo, pudiera ser que le diagnosticaran una úlcera al final de la semana.
A menos que…
Su mirada atravesó la multitud y se fijó en un par de ojos verdes-de-gato. Una llamarada de lujuria se encendió en su vientre en respuesta automática de su desafío. Ella arqueó una ceja perfecta y sacudió la cabeza en despedida, girándose de espaldas a él. Ahogó una risa. La mujer era una masa de espinas de sexo y sarcasmo. Si hubiera una rosa debajo, ella se rodearía de un matorral de espinas para advertirle a cualquier príncipe a caballo que se mantuviera alejado.
Paula chaves era perfecta para el trabajo.
¿Qué pasa si se tragaba el orgullo?, ¿era la expresión americana? ¿Y conseguía toda la farsa inmediatamente? ¿Cuáles eran las posibilidades de que otra mujer que conocía viajara a Milán por una semana? Él confiaba en ella. Al menos, un poquito. Si ella estuviera de acuerdo, él sería capaz de apresurar el encuentro, implorar trabajo como una excusa para irse temprano, y permitir que Venezia se casara este verano. El disgusto de paula por él era favorable; no se haría cualquier idea romántica, soñadora cuando conociera a su familia y fingiera ser parte de ella. Desde luego, su mamá enloquecería por su elección, esperando probablemente una esposa más tradicional no amenazante. De todos modos, lo haría funcionar.
Si estuviera de acuerdo.
Él había salido con muchas mujeres hermosas, pero paula tenía una naturaleza misteriosa que afectaba a un hombre al igual que un golpe bajo. Su cabello de color canela brillaba en la luz, en una masa lisa y sedosa que caía sobre su mejilla y llegaba a sus hombros en un corte a la moda. Su flequillo sólo acentuaba sus ojos exóticamente inclinados, recordándole a los interminables campos toscanos verde-brumoso, que absorbían a un hombre y le permitían perderse en la niebla.
Sus rasgos eran afilados y claros: una mandíbula fuerte inclinada, pómulos altos, y una nariz elegante. La tela elástica de su camiseta revelaba unos hombros bien definidos, y unos grandes y bonitos pechos. La seda plateada de sus pantalones relucían mientras caminaba y mostraban un perfectamente trasero curvado y piernas largas que obligaban a un hombre imaginárselas envueltas alrededor de su cintura. Su aroma era una mezcla de tonos terrosos de sándalo y ámbar, escabulléndose en las fosas nasales de un hombre y prometiéndole un viaje al paraíso.
Ella no era tímida. Su actitud era de patea-trasero y mujer, óyeme-rugir. Caminaba, respiraba y hablaba puro sexo, y cualquier hombre cercano a su área lo sentía. Pedro observó cómo ella echó su cabeza hacia atrás y rió. Su cara reflejaba una felicidad que él raramente tenía, solamente alrededor de Alexia o su hermano. Incluso en su primera cita, un muro pesado de armadura bloqueó cualquier sentimiento real, evidente en su rápido ingenio, su atractivo ardiente, y mirada distante.
Ella era exactamente lo que quería ser sin pedir disculpas. Pedro admiraba y apreciaba a esas mujeres, ya que estaban demasiado lejos y un poco intermedio. Pero algo en paula lo jalaba para mirar más cerca y arañar debajo de la superficie.
Un poco de dolor persistente y necesidad brillaban en lo profundo de esos ojos verdes, que hacían a un hombre atreverse a vencer a un dragón y reclamarla.
Su pensamiento precipitado lo sorprendió. Se mofó de la imagen ridícula, pero sus pantalones se apretaban alrededor de su erección. Dios, eso era todo lo que necesitaba, alguna imagen falsa de una damisela-en-apuros. Nunca había sido un príncipe y no quería el trabajo. Especialmente contra una mujer que probablemente robaría su caballo y se rescataría a sí misma.
Aún así, por un tiempo, él la necesitaba. Sólo tenía que convencerla de que aceptara el papel.
―Hmm, me pregunto qué es lo que puso esa expresión en tu cara. O más bien, quién.
Miró hacia arriba desde su silla y encontró un par de alegres ojos azules. Su corazón se entibió por la sonrisa de Alexa y se levantó para darle un rápido abrazo.
―Buongiorno, signora bella ¿Disfrutaste la fiesta?
Rizos de tirabuzones se deslizaban fuera de su coleta y caían sobre su mejilla. Felicidad irradiaba de su figura.
―Me encantó. Le dije a Nick que no quería una fiesta, pero sabes cómo se pone.
―Esa es la razón por la cual es bueno en su trabajo.
Rodó sus ojos.
―Sí, bueno para los negocios pero un dolor en el trasero en casa. ―Sonrió con picardía―. A veces.
Pedro rió.
―¿Qué es lo que a ustedes los americanos les gusta decir? TMI. ¿Demasiada información? ―Sus mejillas se enrojecieron y tironeó uno de sus rizos―. Lo siento, no me pude resistir. Te tengo un regalo.
Ella frunció el ceño.
―pedro, el pastel era suficiente. Casi me matas, era demasiado exquisito.
―Es pequeño. Has significado mucho para mí el año pasado, y me encanta verte feliz. ―Sacó una pequeña caja del bolsillo de su chaqueta―. Ábrelo.
Suspiró y pareció medio indecisa. La curiosidad ganó y desenvolvió el regalo. Un dije sencillo de bebé con una piedra esmeralda brillante yacía en la almohadilla acolchonada. Contuvo el aliento y su expresión lo llenó de placer.
―Es la piedra del nacimiento de Lily ―dijo―. Nick me contó que te compró una cadenita nueva de oro, así que esto podría irle perfectamente ¿Te gusta?
Alexa mordió su labio inferior y parpadeó.
―Me encanta ―dijo con voz ronca. Se inclinó hacia delante y le dio un beso en su mejilla, y él apretó su mano―. Es perfecto. Gracias.
―Prego, Cara.
Una fuerte ola de admiración y amor cayó sobre él. Al momento en que la había conocido en una cena de negocios, supo que era una mujer excepcional. Afortunadamente, desde que descubrió su matrimonio, nunca hubo una atracción sexual entre ellos. Nick era la otra mitad de su corazón. Pero Pedro creía que él y Alexa eran compañeros de almas viejas, destinados a ser buenos amigos pero nunca amantes. Nick al principio estaba resentido por su amistad, pero incluso él se había convertido en un amigo y un socio. Cuando Lily nació, Pedro disfrutó el honor de ser su tío, que calmaba el estallido ocasional de nostalgia por su propia familia.
Paula, sin embargo, lo desaprobaba.
De repente, se materializó a su lado, como si fuera capaz de oler cada vez que Alexa se le acercaba. Le lanzó una mirada penetrante.
―¿Regalos, Al? ―preguntó―. Qué atento.
Su tono derramó carámbanos y él alcanzó un enfriamiento inmediato. Su actitud protectora y leal hacia Alexa siempre le fascinó ¿Cómo podía alguien que tenía potencial para amar estaba sola? ¿A menos que tuviera un amante estable escondido en el fondo? Ella nunca trajo un compañero masculino a alguna de las reuniones. Pedro estudió su figura pero no encontró dulzura o satisfacción, sólo el habitual zumbido ligero de energía que siempre irradiaba.
Sus pensamientos fueron a su primera cita de hacía casi un año atrás. Alexa le suplicó que conociera a paula, citando algún extraño instinto femenino de que serían perfectos juntos. En el momento en que sus miradas se cruzaron, Pedro supo que la atracción sexual nunca sería su problema. Ella parecía tan sorprendida por su conexión inmediata pero se contrapuso con una facilidad experta hasta que él se dio cuenta de que era un manojo de emociones contradictorias, una tigresa atrapada sin su rugido. La nerviosa conversación estimulante sólo aumentaba su deseo por ella, pero sabía que nunca sería una cosa de una noche, tanto como ella podía fingir que eso era todo lo que podían tener.

martes, 24 de junio de 2014

Capitulo II

Aquí, toma la bebé.
Paula automáticamente agarró a la niña mientras su hermano la empujaba retorciéndose a sus brazos y salió corriendo. Típico. Había visto su inteligente juego de pasar al bebé antes y se negó a ser la tonta. Por lo general, se debía a que su sobrina tenía…
―¡Oh, asqueroso!
El fuerte olor a caca asaltó su nariz. Su sobrina sonrió con orgullo mientras charcos de saliva chorreaban por su barbilla y caían sobre los pantalones de seda de paula. Los pañales de Lily estaban llenos con Dios-vaya-a-saber-qué cosa, y sus tres mechones de pelo estaban pegados hacia arriba como Alfalfa terriblemente mal.
―Lo siento, Lily, la tía paula no cambia pañales. Cuando te hagas mayor te voy a enseñar a andar en motocicleta, a elegir un lindo chico para el baile, y a comprar tu primera identificación falsa. Hasta entonces, estoy fuera.
Lily metió su puño en su boca sin dientes y mordió con deleite.
Paula contuvo una carcajada. Miró rápidamente a su alrededor para ver si había algún familiar distraído con el que pudiera hacer un intercambio rápido, pero la mayoría de los invitados a la fiesta se hallaban en la cocina y el comedor, cerca del buffet. Con un suspiro, se levantó del sofá, apoyó a Lily en su cadera, y casi se estrelló contra el hombre que más la irritaba.
Pedro Alfonso.
La agarró firmemente con las manos antes de que se tambaleara. El calor del contacto chisporroteo como el aceite en un sartén caliente, pero mantuvo su rostro inexpresivo, determinada a que nunca supiera cómo la afectaba.
Prácticamente se había robado a su mejor amiga, introduciéndose en la familia de Alexa con un encanto natural que la molestaba. Desde que su hermano diseñó el proyecto de la línea costera, Pedro fue invitado a pasar a las reuniones donde los negocios y el placer se combinaban en los eventos familiares. Tropezaba con él en todas partes, trayendo de vuelta los recuerdos de esa desastrosa cita a ciegas, punzándola de humillación.
―¿Estás bien, cara?
El tono acariciante de su voz le llegó al vientre como un puño de terciopelo. Lily esbozó una sonrisa gingival y prácticamente suspiró. ¿Y quién no lo haría? Michael era simplemente magnífico.
Dejó de lado su apariencia con una crueldad que la hizo una de las más buscadas fotógrafas en la industria de la moda. Largo pelo negro hacia atrás de su rostro y atado en la nuca. Su rostro era una extraña combinación de gracia y fortaleza, con una ceja arqueada alta, pómulos marcados, y un mentón fuerte. Su nariz inclinada con una torcedura leve que aumentaba su encanto. Su piel era de un oliva caliente a la medida de su herencia italiana.
Pero lo que la mataba eran sus ojos.
Oscuros y conmovedores, almendrados, y con un conjunto de pestañas exuberantes. Siempre llenos de un perverso sentido del humor y una pasión cruda que brillaba justo bajo la pulida superficie.
Se agitó irritada. ¿Por qué la molestaba? Su trabajo la obligaba a manejar hombres semidesnudos que se veían mejor. Al igual que las estatuas de mármol cincelado, rara vez fue surcada por una corriente eléctrica al mover las extremidades desnudas en una pose. Había salido con unos cuantos modelos, y siempre mantuvo un aire de distancia, disfrutando de su compañía, para después seguir sin mirar atrás. Pero Pedro la afectaba por encender una necesidad básica femenina que nunca había sentido antes.
Se apartó el pensamiento perturbador y volvió a acomodar a Lily contra la cadera. Se aseguró de mantener su tono frío.
―Hola, Alfonso. ¿Qué te trae por aquí?
Su labio inferior tembló.
―No iba a perderme la fiesta de cumpleaños de Alexa.
―No, por supuesto que no. No pareces perderte muchos eventos que giren en torno a Alexa, ¿verdad?
Su ceja levantada.
―¿Estás cuestionando mis motivos, cara?
Paula odiaba su ronco acento que se rizaba como el humo y en cálidos remolinos alrededor de sus sentidos. Pero más odiaba su cuerpo. Músculos sólidos rellenando su suave chaqueta de cuero de Armani. Llevaba una camisa abotonada azul real, pantalones vaqueros y botas de cocodrilo negro Paciotti. Además del estilo asesino, emanaba una energía masculina que la presionaba hacia abajo, combinada con un encanto mortal. Pretendía no tener una sola preocupación en el mundo, pero paula vislumbró la aguda inteligencia oculta detrás de esa fachada, brillando en el fondo de los ojos negros como tinta.
Después de todo, ella escondía las mismas cosas.
Paula le lanzó la misma sonrisa encantadora que había perfeccionado a su manera.
―Por supuesto que no. Sólo hago un comentario sobre la estrecha relación personal que pareces tener con la mujer de mi hermano.
Pedro se echó a reír y le hizo cosquillas a Lily bajo la barbilla. La niña se echó a reír. Incluso su sobrina era una traidora cuando se trataba de él.
―Ah, pero Alexa y yo somos amigos, ¿no? Y sin su hermano, mi panadería nunca habría llegado a despegar. Ha hecho un trabajo increíble con el diseño arquitectónico.
Ella gruñó.
―Conveniente, ¿no es así?
Como si a sabiendas de que la irritaba, se inclinó hacia delante. Captó el rico olor a café, limpio jabón, y un toque de colonia Christian Dior. Sin poder hacer nada, su
mirada se centró en aquellos labios carnosos y esculpidos que prometían sexo y pecado.
―¿Tienes algo que decirme, paula? ―preguntó con suave voz―. Recuerdo que en nuestra cita para cenar eras generalmente más… frontal.
Maldito sea. Luchó contra el calor que subía a sus mejillas y entrecerró los ojos en señal de advertencia.
―Y recuerdo que eras generalmente más… honesto.
Él se echó hacia atrás y le dio espacio. ―Sí, tal vez los dos cometimos un error esa noche.
Se negó a responder. En cambio, levantó a Lily y la puso en sus brazos. Él la abrazó con tal ternura y facilidad que se arrepintió de su decisión inmediatamente.
―Tengo que ir a buscar a Alexa. Lily tiene el pañal sucio. ¿Nos harías el favor de cambiarla? ―Sonrió dulcemente―. Después de todo, eres prácticamente de la familia. Sabes dónde está el cuarto de los niños.
Y con un giro sobre su tacón de aguja, se alejó.
Paula se dirigió a la ricamente decorada cocina toscana, centrada en conseguir una copa de vino. ¿Por qué no podía alguien más ver que el hombre estaba detrás de su mejor amiga? Su hermano solía odiarlo, pero ahora Nick le invitaba a eventos familiares y le daba todas las oportunidades para estar con su esposa. Las pocas veces que se lo mencionó a Alexa, se rió, citando que no había ninguna química sexual.
Mierda.
Sabía que Alexa nunca imaginó la posibilidad porque estaba muy enamorada de Nick y creía lo mejor de las personas. Paula confiaba en Alexa.
No se fiaba del encantador italiano que se abría paso en su familia.
Lo había investigado durante el último año, buscando una debilidad condenatoria en caso de que fuera necesario chantajearlo para que se mantuviera alejado de Alexa y su hermano.
Había vuelto con las manos vacías cada vez, a excepción de un importante ítem.
Las mujeres.
Pedro era un mujeriego conocido. Había apostado a que en Italia las mujeres lo deseaban, y no había cambiado en Nueva York. Era uno de los solteros más codiciados en el Valle de Hudson. Nunca un comentario duro sobre su comportamiento podría ser encontrado, incluso en las columnas de chismes. Sin embargo, un hecho se mantenía.
Nunca se ponía serio.
Su relación más larga en el último año fue de dos semanas. Paula sofocó una risa sin humor. En cierto modo, se sentía como si se hubiera encontrado a sí misma, solo que en forma masculina. Sólo podía llegar a una sólida razón de por qué no lo hacía.
Alexa.
Estaba tan enamorado de Alexa que se negó a entregarse completamente a otra. Gracias a Dios que no había aceptado su proposición para otra cita. El recuerdo todavía la avergonzaba. Nunca había sido rechazada por un hombre, sobre todo uno que inicialmente quería.
Paula se sirvió una copa de cabernet, luego vagó por el elegante comedor. Se dio cuenta de la eliminación de ciertas antigüedades y de los bordes afilados, la prueba de la llegada de un bebé a la mansión de su hermano.
Alexa se abalanzó sobre ella con un plato lleno de comida.
―¿Por qué no estás comiendo? Necesito ayuda. Estoy intentando perder el peso del bebé, pero estos aperitivos son muy buenos.
Paula sonrió a su mejor amiga.
―Te ves fantástica. Dios, tus tetas son enormes. Estoy tan jodidamente celosa. ―El vestido negro realzaba su figura curvilínea con la línea del escote y el largo hasta la altura de la rodilla.
Alexa le sacó la lengua. ―Los beneficios de la lactancia materna. Esperemos que no tengan perdidas y arruinen mi efecto sexy. ¿Dónde está Lily?
Paula mostró una sonrisa satisfecha.
―Con Pedro. Está cambiándole el pañal.
Alexa gimió.
―¿Por qué lo hiciste hacer eso? Siempre estás dándole un mal rato. Tengo que ir a ayudarlo. ―Bajó su plato de comida, pero paula la tomó del brazo.
―Oh, está bien, voy a ver cómo está. Estoy segura de que le entregó a Lily a tu madre. No es estúpido, Al, y es un hombre. Los hombres no cambian pañales.
―Nick lo hace.
Paula rodó los ojos.
―Pocas veces. Me dio a Lily porque sabía que ella se hizo caca.
Alexa miró a su esposo al otro lado de la habitación.
―¿Por qué me sorprende? La otra noche me pidió que la abrazara por un minuto y cuando fui a buscarlo, había salido. Fuera de la casa. En su auto. Quiero decir, ¿me estás tomando el pelo?
Paula asintió.
―Voy a programar un viaje de compras contigo pronto y lo haremos pagar. Literalmente.
Alexa se rió. ―Ve salvar a Pedro. Y se amable con él, por el amor de Dios. No sé qué pasa con ustedes dos. Ha pasado casi un año desde que salieron en esa cita a ciegas. ¿Algo más sucedió que no me hayas dicho?
Paula se encogió de hombros.
―Nope. Te lo dije, creo que está secretamente enamorado de ti. Pero nadie me cree.
―¿Otra vez? ―Alexa negó con la cabeza―. Pau, sólo somos amigos. Es como de la familia. Confía en mí, aunque Nick se diera vuelta, no hay nada entre Pedro y yo. Jamás pasara.
―Así es. ―paula miró a su amiga, a quien quería como a su hermana. Alexa no sabía lo hermosa que era en realidad, por dentro y por fuera. Nick finalmente ganó su corazón, y paula no quería que se olvidaran de lo importante que eran el uno para el otro. Habían luchado duramente, pero que nunca había visto una pareja más feliz. Su hermano finalmente descubrió su ―felices para siempre―. No había dejado que su jodida vida familiar afectara su futuro y estaba orgullosa de él por dar el salto.
Al menos una persona en la familia encontró la paz.
Paula la abrazó.
―Disfruta de tu comida, cumpleañera, y no te preocupes. Voy a ir a rescatarlo. ―Se tomó su tiempo, esperando encontrar a Pedro bebiendo un whisky, libre de niños. Subió la escalera de caracol y caminó tranquilamente por el pasillo. Una risa baja, sobrevolaba a la deriva en el aire. Asomó la cabeza y vio la imagen que tenía delante.
Pedro tenía a Lily en sus brazos mientras la mecía. Le cantaba una canción de cuna en italiano, y paula se dio cuenta de que era Twinkle, Twinkle Little Star. Lily lo miró con adoración pura, gorgoteando al tiempo de la melodía. El cuarto ayudaba a la calidad casi mística de la escena, con grandes lunas y estrellas pintadas en el techo y pintura de color amarillo brillante que salpicaba las paredes como el sol.
Su corazón se detuvo. Un anhelo feroz sacudió a través de su núcleo, y paula entrecerró los ojos en una batalla para alejar la tormenta emocional. Se había quitado la chaqueta, que colgaba cuidadosamente en el respaldo de una silla. Lily llevaba un vestido diferente de rosas amarillas, sus delicadas medias a juego y zapatos amarillos inmaculados y estaba limpia de baba. El aroma a vainilla flotaba en el aire.
Tragó saliva y apretó los puños.
Él levantó la vista.
Sus miradas se encontraron y se trabaron. Por un momento, una cruda, lujuriosa química se disparó entre ellos. Luego desapareció y paula se preguntó si había imaginado la mirada de necesidad en su rostro.
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó bruscamente.
Él inclinó la cabeza ante su acusación.
―Cantando.
Suspirando con impaciencia hizo un gesto hacia la mesa para cambiar pañales.
―Quiero decir, el pañal. ¿La has cambiado? ¿Y por qué lleva puesto eso?
Parecía divertido.
―Por supuesto que la cambié, tal como lo pediste, cara. Su vestido estaba sucio, así que elegí uno nuevo. ¿Por qué estás tan sorprendida?
―Me imaginé que eras a la antigua usanza. Ya sabes, los hombres son los jefes y no cocinan, limpian o cambian pañales.
Pedro echó atrás la cabeza y soltó una carcajada. Lily parpadeó, luego balbuceó en respuesta.
―No has conocido a mi madre. Crecí con tres hermanos más jóvenes. Cuando un pañal necesitaba cambiarse era mi responsabilidad, y no había ningún juego de pase de bebé. Lo intenté una vez y lo pagué muy caro.
―Oh. ―Se inclinó contra la cómoda blanca―. ¿Tu familia está en Italia?
―Sí. El original de La Dolce Famiglia comenzó en Bergamo, donde vivimos. Luego se expandió a Milán y han tenido bastante éxito. Decidí continuar la tradición en América, y mi hermana maneja la base de operaciones.
―¿Y tu papá?
Cruda emoción cruzó sus facciones talladas.
―Mi padre falleció hace un par de años.
―Lo siento ―dijo en voz baja―. Suena como si tuvieras una familia unida.
―Sí. La echo de menos todos los días. ―La miró con curiosidad.―. ¿Y qué hay de ti? ¿Supongo que nunca tuviste que cambiar un pañal?
Sonrió ignorando el vacío.
―Así es. Nick era más grande, así que no tenía hermanos menores de los que preocuparme. Nunca he tenido que mover un dedo porque vivíamos en una mansión con una criada, un cocinero, y una niñera. Soy una vil consentida.
Un breve silencio descendió. Se movió incómodamente mientras él no hacía nada para disimular que escaneaba su rostro, en busca de algo que no podía entender. Finalmente, habló.
―No, cara. Creo que lo tuviste más difícil que la mayoría de nosotros.
Se negó a contestar, odiando la forma en que trató de meterse debajo de su piel y entender las cosas. Como si sospechara que había más bajo la superficie.
―Piensa lo que quieras ―dijo casualmente―, pero deja de llamarme cariño.
Respondiendo con un guiño malvado mientras tomaba la parte metálica de su top. Como si jugara con la idea de bajar su camisa y doblar la cabeza para chupar sus pezones. En ese momento, sus pechos se hincharon en fiera demanda, listos para jugar. ¿Por qué la afectaba tan intensamente?
―Muy bien, la mia tigrotta. ―Su rico y cadencioso tono la desnudó y la envolvió en terciopelo.
Paula interiormente maldijo.
―Muy gracioso.
Él levantó una ceja.
―No es mi intención ser gracioso. Me recordaste a un pequeño tigre cuando nos conocimos por primera vez.
Negándose a entrar en una discusión sobre algo tan ridículo. Paula hizo caso omiso de su ternura y se dirigió hacia la puerta.
―Será mejor que salgamos. Alexa estaba buscando a Lily.

GRACIAS!♥

Capitulo I

Paula chaves inclinó la copa de margarita hacia sus labios y tomó un gran trago. La dulzura chocaba con la sal, explotaba en su lengua y quemaba su sangre. Desafortunadamente, no lo suficiente rápido. Todavía le quedaba un poco de cordura para cuestionar sus acciones.
El libro envuelto con tejido violeta le hacía señas y se burlaba. Lo recogió de nuevo, hojeó las páginas y lo tiró de otra vez en la mesa contemporánea de vidrio. Ridículo. Hechizos de amor¸ por el amor de Dios. Se negaba a caer tan bajo. Por supuesto, cuando su mejor amiga, Alexa, conjuró su propio hechizo, ella la había apoyado y vitoreado sus acciones para encontrar a su alma gemela.
Pero esto, era completamente diferente. Paula maldijo en voz baja y miró por la ventana. La luz plateada de la luna pasaba por las rendijas de las persianas de bambú orgánico. Otra tarde se había ido. Otra cita desastrosa. Los demonios amenazaban, y aquí no había nadie que peleara contra ellos hasta el amanecer.
¿Por qué ella nunca sentía una conexión? Este último había sido encantador, inteligente y relajado. Esperaba un toque sexual cuando ellos finalmente se tocaron… o al menos un temblor de promesa. En cambio, no sintió nada de nada. Zippo. Insensible de cintura abajo. Sólo un dolor de vacío y un anhelo por… más.
Desesperanza se derrumbó sobre ella como una ola en cresta. El familiar borde del pánico se clavó en su estómago, pero luchó y se las arregló para salir a la superficie. Esto está jodido. Se negaba a tener un ataque de su propio campo. Maggie agarró la cruda irritación como un chaleco salvavidas y respiró profunda y regularmente.
Estúpidos ataques. Odiaba las pastillas y se negaba a tomarlas, quizá los episodios se fueran por su propia fuerza de voluntad. Probablemente eran una crisis temprana de la mediana edad. Después de todo, su vida era casi perfecta.
Tenía casi todo lo que la mayoría de la gente soñaba. Fotografiaba majestuosos modelos masculinos en ropa interior y viajaba por el mundo. Adoraba su moderno departamento sin mantenimiento. La cocina tenía aplicaciones de acero inoxidable y el resplandor de azulejos de cerámica. La moderna máquina de expreso y la máquina de margaritas confirmaban su divertido estatus de Sex and the City. Lujosas alfombras blancas y muebles de cuero a juego presumían que no había hijos y personalizaban su estilo de puro lujo.
Hacía lo que quería, cuando quería y no tenía que darle a nadie malditas disculpas. Era atractiva, financieramente cómoda, y saludable, sin contar sus ocasionales ataques de pánico. Y aún así, la pregunta mordisqueaba el borde de su cerebro con irritantes persistencia, creciendo un poco más cada día que pasaba.
¿Esto es todo paula se paró y bostezó en su bata roja de seda, luego se puso en los pies sus pantuflas a juego con cuernos de diablo saliendo de la cima del pie. Ella tomaba lo suficiente, y nunca nadie lo sabría. Quizás el ejercicio calmara sus nervios.
Agarró un pedazo de papel del libro de mayor e hizo una lista con todas las cualidades que quería en un hombre.
Construyó la fogata.
Recitó el mantra.
Alegres risas hacían eco en su cerebro por el acto de locura, pero ella las alejó con otro trago de tequila y vio que el papel se quemara.
Después de todo, no tenía nada que perder.
El sol se veía molesto.
Pedro Alfonso se paraba fuera de una propiedad que estaba enfrente de la orilla del río y miró el perfecto disco luchando para asomarse detrás de los picos de la montaña. Una mezcla ardiente de naranja fuego, escarlata, rojo, rosa, emanando brillos de furia, matando la oscuridad remanente. Observó al rey de la mañana celebrando orgullosamente su victoria y por un momento se preguntó si él alguna vez se sentiría de nuevo así.
Vivo.
Sacudió la cabeza y se burló de sus propios pensamientos. No tenía nada de qué quejarse. Su vida era perfecta. El proyecto de la costa del río estaba casi finalizado, y el lanzamiento de la primera panadería en los E.U.A. de su familia, aprovecharía el lugar. Eso esperaba. Pedro miró al agua y tomó nota de las renovaciones. La una vez rota, superada por la delincuencia, propiedad del Valle del Hudson revelaba una trasformación de Cenicienta, y él había sido parte de ella. Entre él y los otros dos inversores, ellos habían puesto mucho dinero en un sueño y pedro creía en el éxito del equipo. Aceras de piedra tallada ahora serpenteaban entre los rosales y los botes finalmente habían regresado; los yates majestuosos y el ferry que les daba a los niños paseos.
Junto a su panadería, un spa y un restaurante japonés tenían un variado tipo de clientes. El día de la apertura estaba a unos cuantos días de distancia después de un largo año de construcción, sudor y sangre.
Y La Dolce Famiglia finalmente tendría casa en Nueva York.
La satisfacción lo inundó, junto con un extraño vacío. ¿Qué estaba mal con él? Dormía menos, y la mujer ocasional que se permitía disfrutar lo dejaba sintiéndose más inquieto cuando llegaba la mañana. En la superficie, él tenía todo lo que todo hombre desearía. Riqueza. Una carrera que amaba. Familia, amigos y una salud decente. Y cualquier mujer que deseara. El italiano en su alma lloraba por algo más profundo que el sexo, pero no sabía si realmente existía.
Al menos, no para él. Como si algo en su interior estuviera roto.
Enojado con su gimoteo interior, se giró y caminó por la acera. Su celular vibró, y lo sacó de su saco de cachemira, mirando al número.
Mierda.
Hizo una pausa por un momento. Con un suspiro de resignación, apretó el botón.
―¿Sí, Venezia? ¿Qué pasó esta vez?
―pedro, estoy en problemas. ―Un italiano rápido como el infierno atacó sus orejas.
Pedro se concentró en su flujo de palabras, desesperado en encontrar sentido a las palabras entre sollozos.
―¿Dijiste algo de casarte?
―¿No estabas escuchando, Pedro? ―Ella rápidamente cambió a inglés―. ¡Debes ayudarme!
―Ve lento. Toma un respiro profundo, y cuéntame toda la historia.
―¡Mama no me deja casarme! ―escupió―. Y todo es tu culpa. Conoces que Dominick y yo hemos estado juntos por años, y he estado esperando y rezando que él me hiciera la pregunta y finalmente lo hizo. Oh, Pedro, él me llevó a Piazza Vecchia y se puso de rodillas y el anillo es hermoso, ¡simplemente hermoso! Por supuesto, dije que sí, y luego fuimos a decirle a mamá para contarle a toda la familia, y…
―Espera un minuto. Dominick nunca me llamó para pedirme permiso por tu mano en matrimonio. ―La irritación lo punzó―. ¿Por qué no sabía de esto?
Su hermana le dio un largo suspiro.
―¡Tienes que estar bromeando! Esa costumbre es antigua, y ni siquiera estás aquí, y todos saben que nos vamos a casar; que sólo es cuestión de tiempo. De cualquier forma, nada de esto importa porque voy a ser una doncella vieja y perderé a Dominick para siempre. ¡Él nunca me esperará y todo esto es tú culpa!
Su cabeza latía por los quejidos de Venezia.
―¿Cómo es ésto mi culpa?
―Mama me dijo que no puedo casarme hasta que tú te cases. ¿Recuerdas esa ridícula tradición en la que papá cree?
El pavor cruzó por su columna y se refugió en su estómago. Imposible. La vieja tradición de la familia no tiene lugar en la sociedad actual. Seguro, el legado del
matrimonio del hijo mayor era prominente en Bergamo, y como el señor conde, él era visto como un líder, pero habían pasado los días en los que se requería un matrimonio.
―Estoy seguro que es una falta de comunicación ―dijo suavemente―. Enderezaré esto.
―Ella le dijo a Dominick que puedo usar el anillo, pero que no habrá boda hasta que te cases. Luego Dominick se molestó y dijo que él no sabe cuánto pueda esperar antes de que empiece su vida conmigo y mama se molestó y lo llamó irrespetuoso, y tuvimos una gran pelea y ahora mi vida se ha acabado, ¡se ha acabado! ¿Cómo me puede hacer esto?
Sollozos se escuchan en el auricular.
Pedro cerró los ojos. El latido sordo en su sien creció a monstruosas proporciones.
Él cortó los gemidos de Venezia con una impaciencia que no trató de ocultar.
―Cálmate ―ordenó. Ella inmediatamente se calló, acostumbrada a su autoridad en su casa―. Todos saben que tú y Dominick están destinados a estar juntos. No quiero que te preocupes. Hablaré con mama hoy.
Su hermana tragó.
―¿Y si no puedes? ¿Y si me repudia si me caso con Dominick sin su aprobación? Perdería todo. ¿Pero cómo puedo olvidarme del hombre que amo?
Su corazón se detuvo, luego se aceleró. Por el amor de Dios, era un nido de serpiente que se negaba a brincar. Un intenso drama familiar lo forzaría a volar a casa, y con los problemas cardiacos de su madre, se preocupaba por su salud. Sus otras dos hermanas, Julietta y Carina, quizá no serían capaces de manejar el sufrimiento de Venezia por sí mismas. Primero, él necesitaba poner a su hermana bajo control. Apretó los dedos alrededor del teléfono.
―No harás nada hasta que hable con ella. ¿Entiendes, Venezia? Me haré cargo de ello. Sólo dile a Dominick que se aguante hasta que todo esté listo.
―De acuerdo. ―Su voz se conmocionó, y  Pedro supo a pesar de este don normal de su hermana para el drama, ella amaba a su prometido y quería empezar su vida
con él. A los veintiséis, ella era más grande que la mayoría de sus amigas que se habían casado, y finalmente iba a sentar cabeza con el hombre que él aprobaba.
Rápidamente terminó la llamada y fue a su carro. Regresaría a su oficina y lo pensaría. ¿Y si necesitaba casarse para resolver este desastre? Sus palmas quedaron húmedas con el pensamiento y luchó con el instinto de limpiarlas en su perfectamente planchado pantalón. Con el trabajo comiéndolo en cada momento, puso encontrar a su alma gemela en el final de su lista. Por supuesto sabía las cualidades que requería su futura esposa. Alguien sencilla de tratar, de temperamento dulce, y divertida. Inteligente. Leal. Alguien que quisiera tener niños, hacer una casa, pero lo suficientemente independiente para tener su propia carrera. Alguien quien encajara perfectamente en su familia.
Se deslizó en el interior del Alfa Romeo y presionó el botón de encendido. El panel principal brilló de un color neón vívido ante sus ojos. ¿Y si no tenía tiempo de encontrar a su esposa perfecta? ¿Podría encontrar una mujer que aceptara un plan práctico para satisfacer a su madre y permitirle a Venezia casarse con el amor de su vida? Y si la había, ¿Dónde en el Infierno de Dante la encontraría?
Su teléfono sonó e interrumpió sus pensamientos. Una mirada confirmó que Dominick se negaba a esperar ser calmado y que estaba a punto de pelear por la mano de su hermana en matrimonio.
La cabeza le dolía mientras alcanzaba el teléfono.
Iba a ser un día largo.

sábado, 21 de junio de 2014

La Trampa Del Matrimonio =)

Para satisfacer los deseos de su difunto padre, el caliente y soltero billonario Pedro Alfonso debe encontrar una esposa, alguien que encaje en su tradicional familia en casa en Italia y rápido, para que su hermana comprometida pueda casarse. Sin ninguna intención de ser atado, Pedro “propone” a la ardiente fotógrafa de espíritu libre Paula Chaves: si hace el papel de su prometida durante su viaje a Milán para una sesión de fotos, él se mantendrá lejos de su mejor amiga casada, Alexa, y dejará de volver loca a Paula con sus coqueteos demasiado cercanos para la comodidad.
Pero una vez en Italia, la tensión sexual enciende el acuerdo sin ataduras más caliente en cualquier continente.

segunda parte: Carolina pasa a ser Paula El conde pasa a ser Pedro el pedro de la 1era parte ahora es Nick y Paula es ahora Alexa =)

Espero que se copen! ♥

Capitulo 25

dos semanas.
Pedro miraba por la ventana en la cocina. Old Yeller estaba sentado
a sus pies. Con una taza de café humeante, a su lado.
Deambuló sus días como un fantasma. El trabajo lo mantuvo ocupado, por
lo que vertió toda su energía en sus diseños, después se arrojaba y giraba
en cama toda la noche. Pensando en Paula y su bebé.
El timbre sonó.
Sacudió la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Miguel y Alejandra Chaves
estaban afuera.
La pena le sobrevino en sus figuras familiares, pero empujó la emoción
atrás y abrió la puerta.
—Miguel, Alejandra, ¿qué están haciendo aquí?
Asumió que venían por una razón, a destruirlo por completo. Se preparó
para las lágrimas y súplicas de Alejandra por su feto. Esperó que pedro lo
golpeara y maldijera por lastimar a su niña.
Pedro enderezó la columna vertebral y se dispuso a tomarlo todo.
Se sorprendió de que esperaran tanto. Diablos, tal vez la ira de sus padres
podría ayudar. Él necesitaba sentir algo, incluso le daría la bienvenida al
dolor. Finalmente, necesitaría contactar con ella en relación con el resto
del contrato y ver lo que podría extraer por el bien de la imagen. Se
preguntó qué cuento se habría inventado acerca de él para sus padres.
—¿Podemos entrar? —preguntó Alejandra.
—Por supuesto.
Los llevó a la cocina. Old Yeller se escabulló detrás de la cortina, todavía
no está acostumbrado a la gente desconocida. pedro le dio una palmada
ausente en la cabeza antes de recuperar dos tazas.
—Tengo café o té.
—Café, por favor —dijo Miguel. Alejandra declinó la invitación y ambos se
sentaron. Pedro se ocupó en recuperar la crema y el azúcar, y trató de
ignorar el nudo en el estómago.
—Estoy suponiendo que están aquí para hablar de Paula —comenzó.
Miguel y María intercambiaron una extraña mirada.
—Sí, ha estado evitándonos, Pedro. Pensamos que algo está mal. Ella
no responde nuestras llamadas telefónicas. Visitamos la tienda para
asegurarnos de que todo estaba bien, pero se excusó y se deshizo de
nosotros.
Miguel asintió.
—No ha hablado con su hermano o Izzy y Glen. Decidimos venir por
nosotros mismos y hablar con ella. Dinos, Pedro. ¿Tienen problemas?
¿Dónde está?
La extraña sensación de la Dimensión Desconocida de la escena hizo a su
cabeza girar. Pedro miró a la pareja mayor en su mesa de la cocina y se
preguntó qué diablos iba a decirle. Paula no les había hablado del bebé. O
de su ruptura. Obviamente, ella no sabía cómo manejar la situación.
Pedro reprimió un gemido de agonía. No podía confesarles lo que había
sucedido. Ellos no eran su familia. No eran su responsabilidad.
—Um, creo que puede haber algo que hacer en BookCrazy. Noche de
poesía.
Alejandra apretó los dedos alrededor de él. La mezcla de fuerza y dulzura le dio
ganas de llorar. Sus ojos se llenaron de preocupación.
—No más mentiras. Eres parte de la familia ahora. Dinos la verdad.
Sus palabras sacudieron el cerrojo de la caja profunda en su interior.
Familia. Ella seguía creyendo que era parte de la familia. Si sólo fuera la
verdad y su esposa no lo hubiera traicionado. Pedro inclinó su cabeza. Las
palabras se escaparon de su boca antes de controlarse.

—Terminamos.
Alejandra contuvo el aliento. Él imaginó a Miguel mirándolo con odio. Pedro se
rindió a lo inevitable. Era hora de confesar sus pecados. Cada uno de ellos.
El truco cuidadosamente planeado se derrumbó delante de él, y se dio
cuenta de que necesitaba dar un salto a sí mismo. Era hora de que su
familia supiera la verdad.
—¿Qué pasó? —preguntó Alejandra tiernamente.
Pedro se soltó y levantó, yendo y viniendo mientras luchaba por las
palabras.
—Paula me dijo que ella va a tener a nuestro bebé. —Cerró sus ojos ante la
alegría inmediata que surgió en sus rostros—. Pero le dije que yo no lo
quería.
Levantó el mentón y se negó a alejarse. El familiar hielo envuelto a su
alrededor protectoramente.
—Le advertí desde un principio que no puedo ser padre.
alejandra lo miró con todo el entendimiento en el mundo.
—Pedro, ¿por qué dices tal cosa? Serás un maravilloso padre. Cariñoso,
serio y tienes mucho que dar.
Él sacudió su cabeza.
—No, no lo soy. Te equivocas. —Las palabras de la traición de Paula se
cernían en sus labios pero las mordió de regreso. Se negó a romper los
corazones de sus padres por hablarles de su matrimonio sin amor—. Hay
otras razones personales, Alejandra. Cosas que no puedo discutir. Cosas que
no podría ser capaz de perdonar.
—Estás equivocado, Pedro —dijo Miguel suavemente—. Siempre hay
espacio para el perdón. Si se aman. Yo traicioné la confianza de mis hijos.
Mi esposa. Hui y le di la espalda a todos los que prometí que querría. Pero
ellos me perdonaron, y estamos juntos de nuevo.
Alejandra asintió.
—El matrimonio es complicado. Las personas cometen errores. A veces
hacemos cosas terribles. Sin embargo, los votos que dijeron abarcaban
buenas y malas épocas.

Pedro se atragantó con el nudo en su garganta.
—No tengo el poder para resistir las dificultades. Soy como mi padre. Va
por la esposa número cuatro, y sólo se preocupa por sí mismo. No puedo
soportar lastimar a un niño inocente. No hay nada peor que no ser
querido.
Se preparó para el desprecio y el impacto. En cambio, Alejandra se rió y cruzó
la habitación para tomarlo en sus brazos con un apretado abrazo.
—Oh, Pedro, ¿cómo es posible que digas eso? ¿No recuerdas con qué
frecuencia te colabas en mi casa a robar galletas y vigilar a tu hermana?
Eres cariñoso, todo hombre y no como tu padre. Veo eso cada vez que
miras a mi hija, y tu amor por ella brilla en tus ojos. —Pedro se aclaró la
garganta—. Eres un hombre independiente, Pedro. Cometes tus propios
errores y elecciones. No vayas a culpar a algo en los genes o esconderte
detrás de excusas. Eres mejor que eso. —Alejandra ahuecó su cara con sus
manos. Sus ojos reflejaron amor, humor y entendimiento—. Un hombre
como tu padre nunca podría habernos dado un regalo tan generoso. El
dinero que Paula y tú nos disteis nos permitió seguir cuidando de nuestros
hijos y mantener nuestra casa.
Pedro frunció el ceño.
—¿Dinero?
Ella sacudió su cabeza.
—Sé que Paula dijo que era una condición que nunca lo mencionáramos,
pero en realidad, querido, debes saber lo agradecidos que estamos.
Jugó a lo largo, mientras su estomago gritaba la respuesta que era la pieza
final al rompecabezas de su esposa.
—Sí, por supuesto, fue un placer. Si lo usaron para…
Alejandra ladeó su cabeza.
—Para salvar nuestra casa, por supuesto. Ahora, Pedro y yo podemos
encargarnos de las facturas y el mantenimiento. Finalmente tenemos una
oportunidad. Y esto es todo por ti.
El rompecabezas yacía frente a él vibrante y claro como el cristal.
Completamente. El dinero con el que se había burlado de ella no había ido
a su negocio. Ella había mentido y salvado la casa de su familia. Esa era la
razón por la que se casó con él.
Ella había tratado de obtener el préstamo por su cafetería, pero fue
rechazado. Ahora entendía por qué Paula nunca le había dicho la verdad.
¿Cómo podría? Él nunca le ofreció un lugar seguro para confesarle su
verdad. Ella se negó a dejarlo compadecerse de ella o su familia, o incluso
mantener algo sobre su cabeza. Ella se hizo cargo por su cuenta, porque
Paula lucharía hasta la muerte por cualquier persona a la que amara. Ella
era la más leal, compresiva, testaruda, y apasionada mujer que había
conocido en su vida, y estaba locamente enamorado de ella.
La verdad pulsó en cada musculo de su cuerpo. Ella no le había mentido
acerca del bebé. No había tratado de quedar embarazada.
De alguna manera, había sucedido, pero ella había sido estúpida al creer
en él lo suficiente y decirle la verdad, o tratar de explicar. En realidad ella
creyó lo suficiente en él para pensar que estaría feliz por el bebé.
Y él la traicionó. Eligiendo creer en los comentarios venenosos de Gabriella
y su padre sobre la mujer que lo amaba.
Por primera vez desde su epifanía, se preguntó si alguna vez lo perdonaría.
Miró a Alejandra. Esta mujer que había dado a su hija no sólo la fuerza para
luchar por lo que creía, sino un corazón que daba amor
incondicionalmente. Un corazón que él rezó para que diera segundas
oportunidades.
Él pensó en su padre y sus muchas mujeres. Pensó en lo duro que había
trabajado para evitar cualquier sentimiento fuerte para no ser herido de la
forma en que sus padres le habían herido. La manera en que su relación
había herido a todos a su alrededor.
El rayo atravesó la habitación y lo traspasó hasta la medula.
Se dio cuenta que si seguía en el mismo camino, sería exactamente igual
que su padre. Pedro aplastó sus dedos en un apretado puño. Por cultivar el
distanciamiento en sus relaciones para evitar el dolor, creando un hombre
hermético. Pero esas acciones habían causado más dolor a la mujer que
amaba del que nadie merecía. Era un maldito cobarde que lastimaba a las
personas porque se preocupaba por sí mismo.

Interiormente, el miedo todavía se aferraba a él con una rigidez que se
había criado en los últimos años. Pero por  primera vez, quería
intentarlo. Quería darle lo que ella necesitaba. Quería ser un padre, un
esposo, un amigo. Quería protegerla, cuidarla y vivir el resto de sus días
con ella. Quizás si le hubiera dado todo lo que tenía, todo lo que era, sería
suficiente para ella.
El último muro alrededor de su corazón se estremeció. Se derrumbó. Y se
rompió.
De alguna manera Paula creía que era suficiente porque lo amaba.
Sus manos temblaron mientras apretaba los dedos de Alejandra.
—Tengo que hablar con ella.
Alejandra asintió.
—Ve a hacer lo correcto.
Enderezó su columna y enfrentó a su suegro a través de la habitación.
—La jodí, también. Sólo puedo esperar que me perdone. Pero voy a
intentarlo.
Miguel sonrió.
—Lo harás, hijo.
Pedro miró abajo hacia el feo sabueso que había comenzado a amar.
—Creo que tengo una idea.
* * *
Carolina bajó una humeante taza de té herbal y retiró rápidamente el
cappuccino que había tentado a Paula los últimos minutos.
—Sin cafeína. El té tiene antioxidantes.
Ella sonrió débilmente.

—Sí, mamá. Pero no creo en un café moka cuando pienso que esté agotada
no me va a causar ningún daño.
—La cafeína impide el crecimiento del bebé.
—Lo mismo hace el estrés y no conseguir suficiente dinero para mantener
un bebé.
—Hmm, deben ser las hormonas. Estás definitivamente malhumorada.
—¡Carolina!
Su amiga lanzó una sonrisa y arrancó la tapa del té.
—Me gusta molestarte. Asegúrate de no convertirte en una de esas
lunáticas heroínas trágicas como a las que a ti te gusta tanto leer.
—Jódete.
—Mejor.
Paula levantó la vista hacia ella con verdadero afecto. Ella iba a estar bien.
Después de dos semanas lejos de Pedro, cada día se convertía en una
prueba de fuerza y fortaleza que era demasiado testaruda para no
reconocer. Ella había mantenido en secreto la noticia a su familia, pero
planeaba revelar la verdad ese fin de semana. Carolina la ayudaría. Y a
pesar de que no había conseguido el préstamo para la librería, BookCrazy
estaba en un crecimiento constante. Ella sobreviviría.
Paula repitió el mantra cada hora de cada día que pasó lejos del hombre
que amaba mientras su bebé crecía en su vientre. Él había tomado su
decisión y ella necesitaba enfrentar la realidad.
—El conde me llevó a cenar la otra noche.
Distraída por un buen chisme, Paula sonrió y estudió a su amiga.
—¿Y no me lo dijiste?
Carolina se encogió de hombros.
—Nos enfrentamos. Todo lo que hizo fue hablar de ti. Él está enamorado
de ti, Pau.
Paula se rió.

—Confía en mí. No hay chispa y nunca la habrá. —Ella chasqueó su
lengua con interés—.Ustedes se pelearon. ¿Eh? Es posible que por fin
hayas encontrado la horma de tu zapato.
Carolina resopló.
—Eso es ridículo.
Ella frunció los labios con interés.
—Él puede ser el único hombre que consiga manejarte, Caro.
—El embarazo está deformando tu cerebro.
Por un momento, Paula alcanzó a ver pesar brillando en los ojos de Carolina.
Ella abrió la boca para decir algo, pero los poetas se alinearon y tomaron
sus asientos.
La melancólica música deprimente tocaba a través de los altavoces para
ajustar el tono. Las luces eran tenues, la oscuridad cayó fuera. Un
zumbido de energía creativa llenaba la habitación mientras los poetas
comenzaron a recitar sus pensamientos y sueños en el micrófono. Ella
agarró un cuaderno cerca de su pecho mientras miraba a un lado, y se
dejó caer de nuevo en el redil de las imágenes reconfortantes. Cerró sus
ojos y dejó que sus sentidos se hicieran cargo, agudizando, juzgando,
cuando las imágenes fluyeron a través de su mente mientras se filtraban y
se mezclaban como óleos en un lienzo.
Hubo una breve pausa mientras los poetas cambiaban.
Entonces ella escuchó la voz.
Al principio, su mente estaba abierta al profundo, y ronco tono del hombre
que leía en el micrófono. Cuando su corazón la relacionó, se quedó sin
aliento, un miedo indefinible la llenó. Su respiración se enganchó.
Lentamente, se obligó a mirar al poeta que estaba en el escenario.
Su esposo.
Al principio, pensó que su visión le estaba engañando. El Pedro Alfonso que
ella conocía no existía en el escenario. En cambio, un extraño estaba
frente a ella.
Estaba vestido completamente del equipo de los Mets. Una gorra azul y
naranja estaba hacia atrás sobre su cabeza donde unos extraviados rizos
rubios se escaparon. Llevaba una camiseta de los Mets, pantalones
vaqueros, y zapatillas deportivas. Sostenía una cadena de color naranja en
su mano, y ella vio a Old Yeller sentado a su lado con una tranquila
dignidad especialmente de los de pura raza y no de perros callejeros. El
perro llevaba un pañuelo de los Mets alrededor del cuello. Una oreja
torcida en un ángulo roto. Su cola no se meneaba. Sin embargo sus ojos
no mantenían la mirada encantada que ella por lo general asociaba con
sus perros entrenados. Apuntalado delante de sus patas delanteras, un
cartel mostraba las palabras: VUELVE A CASA.
Ella parpadeó una vez, dos veces, entonces se dio cuenta que la escena
frente a ella era real.
Pedro mantenía una hoja de papel de cuaderno entre sus dedos. Aclaró su
garganta. Ella mantuvo su respiración mientras su voz se dispersaba a
través del micrófono y llegaba a sus oídos.
—No soy un poeta. Pero mi esposa sí. Ella me enseñó a buscar lo
extraordinario en la simplicidad. Me enseñó acerca de los sentimientos, la
verdad, y las segundas oportunidades. Verás, nunca me di cuenta de que
una persona podía seguir dando todo sin pensar en tomar. Paula,
cambiaste mi vida, pero tenía demasiado miedo para tender la mano a ello.
Creí que no era lo suficientemente bueno. Ahora me doy cuenta de la
verdad.
Paula cerró los ojos con desesperación mientras lágrimas se filtraban de
sus ojos. La mano de Carolina agarró la suya. Su esposo quería que
volviera. Pero, elegir ese camino era como el famoso poema, un factor
desconocido. Ella entendió mejor su oscuridad, sabía que si volvía con él
estaría a salvo. Ella lo haría por su cuenta. La oscuridad le hizo señas
como una vieja amiga. En ese momento, ella tenía su propia elección. Y
que Dios la ayudara, no tenía fuerza para intentarlo de nuevo.
Abrió sus ojos.
Bajos murmullos y comentarios llegaron hasta sus oídos. Se quedó
mirando al hombre que amaba y esperó que hablara.
—Te amo, Paula. Te quiero y quiero a nuestro bebé. Quiero a este ridículo
perro de caza porque he llegado a amarlo también. También me di cuenta
de lo que no quiero. No quiero vivir mi vida sin ti. No quiero estar solo
nunca más. Y no quiero creer que no merezco tenerte. Y juro a Dios, que
pasaré el resto de mi vida haciendo esto por ti.
Su labio inferior tembló.
La mano de Carolina apretó las suyas.
—¿Lo sigues amando?
Se ahogó con su respuesta.
—Me temo que no puedo hacerlo más.
Los ojos de Carolina ardían con una ferocidad que arrojaba chispas.
—Sí, puedes. Puedes hacerlo de nuevo, y otra y otra vez. Si lo amas lo
suficiente.
Su esposo dio un paso hacia abajo del micro y se dirigió hacia ella. El
muro cuidadosamente construido se sacudió en sus cimientos.
—Siempre fuiste tú. Me has hecho sentirme completo de nuevo.
Y entonces, se arrodilló ante ella y puso sus manos contra su vientre.
—Mi bebé —susurró—. Tenía miedo de no tener nada que dar. Pero tengo.
Y quiero dártelo todo a ti.
El muro tembló con una fuerza demoledora y se estrelló alrededor de ella.
Paula hizo su elección.
Lo levantó y entró en sus brazos. Él la mantuvo cerca, su boca en su oído,
sus manos alrededor de su espalda, mientras susurraba su promesa de
nunca herirla de nuevo. Una ronda de aplausos rompió el silencio, con
gritos fuertes y choques de manos.
Carolina sonrió.
—Ya era hora de que entrarás en razón, hermano mayor.
Pedro tomó a su hermana y la atrajo dentro del abrazo. Su cara
reflejaba una ligereza y paz que Paula había vislumbrado antes, pero
nunca había visto brillar.
—Espero que sepas que tengo la intención de ser madrina de este bebé.
Paula se rió.
—Dios nos ayude si es una niña. Irá vestida con ropa de cuero para bebé y
llevará ropa interior explosiva.
—Y si es un niño, le enseñaré la manera apropiada de hacer feliz a una
mujer.
Pedro puso un beso en los labios de su esposa.
—Oh, tendrás ambos, Caro. Creo que voy a llevar a mi esposa a casa y
comenzar a practicar en un segundo.
Los ojos de Paula se agrandaron.
—¿Un segundo? Primero tengo que superar las náuseas matutinas, el
aumento de peso y el parto.
—Pan comido. Voy a estar allí durante todo el asunto.
—Sólo si vistes esa camiseta de los Mets.
Pedro sonrió.
—En realidad, he pensado en tus argumentos sobre el tema. Puede que
tengas razón. Quizás los Mets merecen otro aficionado en su campo.
Ella levantó sus ojos hacia el cielo.
—Gracias, Madre Tierra —susurró.
Paula tomó nota mentalmente para darle el libro de hechizos a Carolina.
Algo le dijo que la vida de Carolina estaba a punto de cambiar. Y necesitaría
toda la ayuda que pudiera conseguir.
Como si supiera lo que estaba pensando, Pedro la besó.
—Vamos a casa.
Ella envolvió sus brazos alrededor de él y le permitió conducirla de nuevo a
la luz.

                               FIN!! ♥♥ 
SOLO GRACIAS! ♥♥♥♥ 

viernes, 20 de junio de 2014

Capitulo 24

Ella estaba embarazada.
Paula observó la puerta cerrada por donde había desaparecido el
obstetra. Sí, había sentido un poco de nauseas. Sí, no había llegado
su período cuando debía, pero fácilmente le echó la culpa al estrés. La
locura de las vacaciones con su familia, el trabajo y Pedro. Y ¿por qué
habría de considerar la posibilidad cuando estaba tomando la píldora
anticonceptiva?
Las palabras del doctor resonaban en sus oídos.
—¿Tomaste alguna otra medicina el mes pasado? —preguntó él.
—No, sólo tomo Tylenol cuando tengo dolor de cabeza… pero, espere, lo
hice. Tuve neumonía atípica y tenía que seguir adelante… —Se detuvo
mientras el pensamiento arraigaba.
El doctor asintió.
—Antibióticos. Tu doctor debió haberte advertido que reduce los efectos de
la píldora. De hecho este desliz lo veo demasiado ¿Buenas noticias,
espero?
Un anhelo brotó desde lo más profundo y estalló como un destello de
emoción.
Sí, eran buenas noticias, al menos para ella.
Se subió detrás del volante de su Volkswagen. Luego descansó las palmas
en su estomago plano.
Un bebe.
Iba a tener un bebe de Pedro
Su mente volvió de nuevo a las últimas semanas. Se habían acercado,
hasta que el ritmo natural de esposos se había convertido en un
comportamiento habitual. La navidad con su familia parecía más relajada,
cuando Pedro hizo un verdadero intento por divertirse.
Le hacía el amor con tal pasión que tocó dentro de ella y atrapó su alma.
Creía que las paredes habían ido desmoronando lentamente entre ellos. A
veces lo atrapaba observándola con tan cruda emoción que ella perdía el
aliento. Aun así, cada vez que abría la boca para decirle que lo amaba, su
comportamiento se apagaba como un robot. Como si sintiera que una vez
ella dijera las palabras, no habría vuelta atrás.
Había esperado por el momento perfecto, pero ya no tenía más tiempo. Lo
amaba y anhelaba un verdadero matrimonio más allá de un contrato. Y
necesitaba decirle lo que había hecho con el dinero.
La tensión se arremolinó en su estomago. Él había rehusado a casarse con
Gabriella porque quería un hijo. Lógicamente, Pedro tenía miedo de repetir
los mismos errores que su padre. Pero paula esperaba que tan pronto se
diera cuenta de que el bebé era real, parte de él, finalmente se abriera y se
dejara amar.
Condujo a casa en un estado de excitación y expectativa. No decirle la
verdad ni siquiera se le había ocurrido. Esperaba una reacción de sorpresa
y un poco de miedo. Pero sus instintos le decían que finalmente Pedro
aceptaría la idea. Después de todo no había sido planeado, así que el
destino les había enviado este bebé por una buena razón.
Tercamente, paula pensaba que haría a su esposo feliz. Las noticias lo
obligarían a abrirse y finalmente arriesgarse.
Sabía que él la amaba. Estacionó el automóvil en el camino de entrada y se
dirigió a la casa. Old Yeller se acercó a la puerta para saludarla, y pasó un
buen rato acariciando sus orejas y besando su cara hasta que vio su
considerable batir de cola. Escondió una sonrisa. Si sólo su esposo fuera
así de fácil. Un poquito de amor y paciencia y su perro florecía.
Caminó hacia la cocina donde estaba trabajando duramente en la cena. Su
delantal anudado a la cintura lo declaraba CHEF DEL AÑO, un regalo de
navidad de su madre. Se acercó sigilosamente a él y caminó de puntillas,
abrazándolo fuerte y acariciando su cuello con su nariz.
—Hola.
—Hola.
Se sonrieron mutuamente.
—¿Qué estas cocinando? —preguntó ella.
—Salmon a la parrilla, espinaca, patatas asadas. Y ensalada por supuesto.
—Por supuesto.
—Tengo noticias —dijo él.
A
Paula estudió su rostro. Un destello de triunfo iluminó sus ojos y esos
labios esculpidos se levantaron en una sonrisa.
—Oh, Dios, mío. Conseguiste el contrato.
—Conseguí el contrato.
Ella dejó salir un grito y saltó a sus labios. El rio y le dio vueltas, luego
inclinó la cabeza y la besó.
El calor y la pasión familiar la atravesaron, enterró sus uñas en sus
hombros y se inclinó hacia él. Cuando la besó profundamente, él se apartó
y le sonrió. Su corazón saltó y se llenó con tanta alegría que Paula se
preocupó porque tal vez pudiera estallar.
—Vamos a celebrar, nena, tenemos una botella extra de champán de año
nuevo esperando en el refrigerador. Vamos a emborracharnos y a
enloquecer.
Ella se detuvo y se cuestionó cuándo contarle su noticia. Una mujer
normal esperaría hasta que la cena estuviera servida mientras disfrutaban
de una vista al mar. Una mujer normal esperaría un tiempo y convencería
a su esposo de la idea.
Pedro admitió que nunca había sido normal. La noticia de su éxito parecía
un buen augurio como para contar la suya.
—Ya no puedo beber.
Le sonrió y volvió a echarle el condimento al salmón.
—Tratando de dejar la salsa ¿eh? ¿No es por esta estúpida dieta, verdad?
El vino es bueno para la sangre.
—No, no es la dieta. Hoy estuve en el médico y me dijo que no podía beber.
La miro y frunció el seño.
—¿Estás bien? ¿Estás enferma de nuevo? Te dije que deberías ver a mi
doctor. El tuyo es este gurú holístico, al que le gusta dar hierbas y cosas
de esas. Casi tuve que golpearlo para que te diera medicina de verdad.
Cuando tuviste la neumonía.
Tiró las patatas en la sartén y las roció con aceite de oliva.
—No, no estoy enferma, sin embargo me dijo algo más.
—¡Oh! —Bajó la cuchara y se dio la vuelta con un toque de pánico—. Nena,
estás empezando a asustarme, ¿qué pasa?
Su preocupación la conmovió. Tomó sus manos y las apretó fuerte. Luego
dejo salir la noticia.
—pedro, estoy embarazada.
Un impacto genuino brillaba en sus ojos pero paula ya estaba preparada.
Tranquilamente esperó a que la noticia le llegara. Sabía que Pedro no se
entregaría a las emociones, sino que permanecería lógico y racional.
Lentamente aleló sus manos y dio un paso atrás hacia la encimera.
—¿Qué dijiste?
Ella tomó una respiración profunda.
—Estoy embarazada, vamos a tener un bebé.
Parecía como si estuviera buscando las palabras.
—Pero eso es imposible, estabas usando la píldora, —se detuvo un
momento—. ¿Verdad?
—Por supuesto, pero estas cosas a veces pasan. De hecho el doctor dijo…
—Que conveniente.
Parpadeó. Él la miró como si se hubiera convertido en un monstruo de dos
cabezas. La inquietud corrió a través de ella. Se alejó de él y tomó asiento
frente a la mesa de la cocina.
—Sé que es esto es un shock. Para mí también lo fue. Pero vamos a tener
un bebé y tenemos que hablar de ello.
El permaneció en silencio, y ella suavizó la voz.
—Nunca planeé nada de esto. Nunca planeé convertir esto en un verdadero
matrimonio. Pero te amo Pedro. Sólo he estado esperando el momento
adecuado para decírtelo. Y lamento habértelo dicho así. Pero no quería
esperar. Por favor, di algo, cualquier cosa.
Observó como su esposo se transformaba. El hombre que amaba y con el
que se reía comenzó a retroceder. La distancia entre ellos  le causó un escalofrío recorriendo por su espina dorsal. Su
rostro estaba gravado en piedra. Y esperó por sus siguientes palabras,
Paula repentinamente tuvo la horrible premonición, que iban a tomar otro
rumbo en el camino esperado.
* * *
Pedro observó a su esposa.
—No quiero este bebé.
La tambaleante pared de hielo de repente se regeneró con plena fuerza.
Las únicas emociones que se filtraban por sus grietas, eran resentimiento
y amargura. Oh, ella era buena. Había caído duramente en su acto y ahora
pagaría las consecuencias.
Ella parpadeó y sacudió la cabeza.
—De acuerdo. No quieres al bebé. Entiendo que estés asustado. Pero tal
vez con el tiempo tus sentimientos cambiarán.
Las palabras que Gabriella había dicho meses atrás lo tentaron. La misma
promesa de su padre hizo eco en su cabeza. Le había advertido que paula
usaría cualquier medio para atraparlo, pero no le había creído. Había
caído por su inocencia y término enamorándose de ella. Claramente le
había advertido desde el principio y estúpidamente pensó que lo respetaría
lo suficiente para no atraparlo.
Y ahora ella lo amaba.
Casi se ahogó con una risa de amargura. Desde el momento que había
encontrado esos papeles del préstamo y se había encontrado con su padre,
la duda batalló con su necesidad de creer en ella. Así, que olvidó el asunto
y decidió confiar en ella. Confiar en que le dijera la verdad sobre para qué
había utilizado el dinero.
Pero ahora revelaba su engaño, con su cara resplandeciente y sus ojos
llenos de triunfo.
Un bebé.
Iba a tener un hijo suyo.
La rabia se arremolinó y se condensó en una nube negra con zumbido.
—¿Qué pasa paula? ¿No fueron ciento cincuenta de los grandes suficientes
para ti, o te volviste más ambiciosa en el camino?
Vio como el dolor transformaba su rostro, pero ahora él conocía la
estrategia y la conocía bien. Su voz se entrecortó cuando habló.
—¿De qué estás hablando?
—Buen juego, eres una chica inteligente. El final del contrato se está
acercando. Diablos, ya casi estamos a cinco meses, no estabas segura de
lo que pasaría, así que tuviste un pequeño accidente para cerrar el trato.
El problema es que no quiero al bebé. Así que estas de nuevo donde
empezaste.
Se inclinó hacia adelante y envolvió sus brazos alrededor de su estomago.
—¿Eso es lo que crees? —Ella tomó una respiración irregular y su cuerpo
se estremeció—. ¿Crees que lo hice apropósito para atraparte?
—¿Por qué más me dirías que estabas tomando la píldora, para que así
dejara de usar preservativos? Admitiste que querías dinero desde el
principio, luego me embaucaste diciendo que eras independiente. —Rio sin
humor—. Rechazar el automóvil nuevo fue inteligente. Y te creí buena.
Pero simplemente estabas esperando para el gran momento.
—¡Oh, Dios mío! —Se inclinó hacia adelante, como si sintiera un dolor
físico, pero él se quedó donde estaba y no sintió nada. Lentamente se
levantó de la silla. El brillo había desaparecido. Su rostro mostraba una
devastación que lo hizo dudar por un segundo. Luego endureció su
corazón. Y se obligó a enfrentar la verdad sobre su esposa.
Era una mentirosa. Había utilizado a un inocente bebé para conseguir lo
que quería y la única víctima seria el bebé. Se sacudió con repulsión ante
el hecho que aun seguía el juego, queriendo lucir como la víctima.
Ella se sujetó en la pared y miró con horror a través de la habitación.
—Nunca lo supe —dijo roncamente—. Nunca supe que era esto lo que
realmente pensabas de mí. Creí que… —tomó una respiración profunda y
levantó la barbilla—. Supongo que no importa lo que piense ¿verdad?
Se dio la vuelta para salir y él le lanzó sus últimas palabras a su espalda.
—Cometiste un gran error paula.
—Tienes razón —susurró—. Lo hice.
Luego se fue.
La puerta se cerró. Él se quedó en la cocina durante mucho tiempo hasta
que escuchó el golpeteo tranquilo de pisadas. Old Yeller se sentó a sus
pies, sus ojos amarillos se llenaron con el conocimiento que paula se había
ido para siempre. Dejó salir un pequeño lloriqueo.
La casa se llenó con un silencio sobrecogedor. Ambos estaban solos otra
vez, pero Pedro no tenía ninguna emoción para llorar.
Estaba agradecido que el perro pudiera estar afligido por los dos.

GRACIAS! ♥