domingo, 20 de julio de 2014

Capitulo IX

Dios, iba a matarla.
Pedro observó a su novia falsa recoger calmadamente sus pertenencias para la sesión que se acercaba y moverse por la habitación como si estuviera sola. Desafortunadamente, no lo estaba. Él se estaba poniendo cada vez más irritado por su falsa ignorancia de la química que ardía atravesando la habitación.
Esto se estaba complicando. Se suponía que ella se quedaría fuera de sus asuntos, se mantendría al margen y saldría sin siquiera un murmullo. En cambio, provocó un tsunami el primer día aquí. A todos parecía gustarle su actitud respondona. Ahora su hermana pequeña iba a una sesión para ver hombres semi-desnudos, y Puala pensó que era una buena cosa.
―Ni siquiera pediste permiso antes de invitarla ―dijo con frialdad―. No me faltes al respeto con asuntos de mi propia familia, Paula.
No se molestó en mirarlo mientras empacaba su bolso para el día. Vestía un pijama de satén negro que ondulaba sobre ella como agua, enfatizando cada dulce curva de su cuerpo. Su cabello sedoso se movía de atrás hacia adelante sobre los hombros poniéndolo en un trance meditativo.
―Hm, no creo que la palabra “obedecer” estuviera en nuestros votos, Pedro. De todas formas, te dije que estaba bromeando sobre la cosa de la cita a ciegas. Al menos no tienes que preocuparte por eso.
―Esto no es gracioso.
Ella soltó un bufido.

―Mira, no tenía otra opción. Ella estaba histérica y necesitaba calmarla. Si no la hubieras tratado como una niña de cinco años, tal vez no habría tenido que hacerlo.
―Carina es una inocente y tengo la intención de mantenerla de esa manera.
Bufó de nuevo y su temperamento se alzó.
―Despierta y huele el café, Alfonso. Está al borde de explorar su sexualidad. Lo va a hacer de todas formas, y tal vez podríamos ser sus guías.
―No bajo mi techo. Tengo el deber de protegerla y lo haré. Necesita terminar la universidad y comenzar su carrera. Los chicos no están en la imagen.
―Está caliente por Max.
―¿Qué? ―Su rugido retumbó en las paredes―. ¿Hizo algo para llevarla adelante? Lo voy a matar.
—Caray, cálmate. No hizo nada. También la ve como una niña. Sólo estoy intentando decirte que la sueltes un poco. No es fácil enamorarte del mejor amigo de tu hermano.
Él saltó de su posición relajada en la cama y paseó por la habitación. En minutos, le había provocado excitación, ira y frustración. A este ritmo, estaría muerto al finalizar la semana.
―Max es familia y Carina nunca lo vería de ese modo. ―Un horrible pensamiento se le ocurrió―. ¿Por qué? ¿Te sientes atraída por él? ¿Pusiste esas ideas en su mente?
Eso la hizo voltearse. Él casi retrocedió por la explosión de hielo que vibraba de su cuerpo. Los ojos verdes se estrecharon peligrosamente.
―Contrario a la opinión que tienes de mí, Alfonso, no salto sobre cada hombre que veo. Y Carina es capaz de tener sus propias ideas. Sólo tienes que sacar la cabeza de tu culo y escucharla realmente.
Volvió su atención a su equipaje.
Él cerró la distancia, la agarró del brazo y la hizo girar hacia él.

―Estás en terreno peligroso, la mia tigrotta ―gruñó―. No vas a interferir esta semana con mi familia. No vas a llevar a Carina a esta sesión, y yo mismo me voy a encargar de ese problema directamente con ella. ¿Capisce?
Otra mujer se encogería. Ésta se puso de puntillas y llegó directo a su cara. El sensual aroma de ámbar y sándalo lo invadieron y destruyeron su concentración.
―No tengo ningún interés en meterme con tu familia. Sigue adelante y juega al dictador si te hace feliz. Estoy intentando decirte que tu hermana necesita un oído que la escuche, no un discurso.
―¿Y eres tú el oído de escucha conveniente?
Le dio una sonrisa descarada.
―Supongo. Qué suerte que esté aquí, ¿no?
Su rechazo a la autoridad ardía y su temperamento se inclinó a algo más. Algo más peligroso.
La resbaladiza tela de su pijama se deslizó entre sus dedos y se imaginó una interminable extensión de suave piel dorada debajo. Anhelaba sujetar su cabeza y saquear sus labios y ver cuán dulcemente podía convertir la ira en rendición. Se endureció ante la idea, el desafío a todos los niveles de reclamar, poseer y conquistar. ¿Cuándo una mujer había causado tales estragos? Vagamente, se preguntó: Si se permitía a sí mismo llevarla a la cama, ¿la necesidad desaparecería a la mañana? Siempre lo hacía. Tal vez necesitaba satisfacer su ansia con el fin de librarse de las ganas de empujar entre esos muslos y hacerle olvidar de todo menos a él.
―Colocaste malas ideas en la cabeza de una jovencita. Me ocuparé por mi cuenta ―advirtió―. Un horrible día y ya hiciste un desastre. No sabes lo que mi hermana necesita. No sabes lo que nadie necesita. Demonios, ni siquiera sabes lo que tú necesitas.
Lamentó las palabras en el momento en que salieron de sus labios. Se puso rígida en sus brazos, y un dolor crudo destelló en esos ojos. El recuerdo de algo en su pasado levantó su fea cabeza, y vio cómo luchaba contra el monstruo que se estrelló de nuevo en el armario.

Una dolorosa necesidad de abrazarla y hacerlo todo mejor se exprimió a través de él. ¿Qué era está loca combinación de lujuria y ternura? ¿Qué le estaba pasando?
La sonrisa de ella era distante y forzada.
―Tienes razón, por supuesto ―se burló―. De ahora en adelante voy a permanecer fuera de sus asuntos. Pero no le voy a decir que no puede ir.
Intentó alejarse, pero él deslizó los brazos por su espalda y la atrajo contra su pecho.
―Lo siento, cara ―dijo suavemente―. No quise decir una cosa tan desagradable. En algunos momentos sacas a la bestia en mí.
Sorpresa parpadeó en su rostro, pero se mantuvo inflexible contra él.
―Lo acepto. Ahora suéltame.
El instinto lo hizo acercarla más. Ella se arqueó hacia arriba como si fuera a salir, y luego se presionó contra su dura erección. Jadeó, entonces se calmó de inmediato.
―Parece que el lado de bestia está muy feliz de verme. ¿Insultarme te excita?
Se echó a reír. Su ingenio afilado nunca le aburría, pero últimamente había aprendido a empujar más allá de su rutina de comedia y vislumbrar una vulnerabilidad oculta que le intrigaba. Después de todo este tiempo, ¿finalmente había vislumbrado a la verdadera Paula? Recordó la expresión americana de “perro que ladra no muerde” y se preguntó si habría que poner a prueba su nueva teoría.
―No, cara, tú pareces excitarme. Como bien sabes. Lo que necesito ahora es sólo abrazarte.
Su cuerpo se quedó inmóvil y su voz arremetió contra él con necesidad de extraer sangre.
―Confía en mí, Alfonso, he oído cosas mucho peores y nunca me molestó. No necesito que me sostengas.
―No, yo necesito que me sostengas ―susurró―. Merecías algo mejor que un golpe bajo y necesito sentirme mejor.
Luchó como si la aterrorizara un poco de consuelo.

―Shhh, sólo por un momento, prometo que no va a doler mucho.
Pedro la levantó, la apretó rodeándola con los brazos, y colocó su cabeza en su pecho. Su respiración salía entrecortada e irregular, como si estuviera al borde del pánico, pero él mantuvo su paciencia y lentamente, ella se relajó en su contra. Su cuerpo se moldeó perfectamente al suyo. El empuje tenso de sus pezones le indicó su excitación, y apostaba que si deslizaba los dedos por su pulso en la base del cuello, sus latidos tronarían como el de un pura sangre. Sin embargo, no hizo ningún movimiento para profundizar el abrazo. Inhaló el exótico aroma a coco de su cabello y saboreó el momento. Por el momento, ansiaba abrazarla y remover el dolor que causó por su comentario inconsciente.
No supo cuándo se deslizó del calor al fuego. Juró que la alejaría antes de que ocurriera algo sexual. Su intestino le dijo que Paula rara vez había experimentado la ternura de un abrazo sin ataduras o culminando en sexo. La tristeza se filtró a través de él ante el pensamiento y maldijo a sus padres por criarla en una hielera con el objetivo de evitar emociones. Quería probarle que era digno de confianza. Pero una vez más, ella rompió su auto-control y en una loca carrera de calor, prácticamente brillaba con electricidad sexual.
Contuvo el aliento. Lentamente, la deslizó rozando su cuerpo para que sus pies tocaran el suelo. Las duras protuberancias de sus pezones se arrastraron por su pecho y su palma se situó perfectamente en la curva completa de su trasero.
Ah, merda.
Su pene ignoró sus plegarias y se puso rígido en una longitud casi dolorosa. Pedro apretó los dientes y resistió.
Entonces ella levantó la mirada.
Tormentosos ojos esmeralda estaban llenos de fuego. Pasión. Y demanda rígida. Se estremeció en sus brazos mientras luchaba contra su reacción, pero Pedro estaba más allá de los modales y condenado al infierno. Al menos el camino estaba pavimentado en oro.
Bajó la cabeza y capturó su boca.
Su pegadizo y pequeño gemido lo incitó. Tragó el sonido y hundió su lengua a través de la comisura de sus labios. Los abrió inmediatamente, encontrándose con el empuje a empuje a la vez que se aferraba a sus hombros y le clavaba fuertemente
las uñas. La pequeña punzada de dolor le hizo mordisquear el labio inferior de ella, la rellena carne perfecta le recordaba un melocotón dulce y jugoso, y entonces estuvo perdido.
De alguna manera, la apoyó contra la pared y la levantó. Envolvió las piernas alrededor de su cintura. Colocó su erección palpitante entre sus muslos. Luego se lanzó hacia adentro.
Deslizó una mano bajo la blusa de su pijama. Sus dedos se cerraron alrededor de su seno, la piel sedosa era un contraste delicioso contra su pezón tieso. Ella gimió de nuevo y se arqueó hacia arriba para más. Enloquecido por el sabor de ella, rasgó sus botones y bajó la cabeza.
Chupó y mordió hasta que una de sus puntas estuvo rojo rubí y brillante. Ella jadeaba, pero se las arregló para mover las manos para agarrar la longitud de cabello de él, tirando de su cabeza hacia arriba. A través del brumoso brillo de necesidad, la miró fijamente esperando que le dijera que se detuviese.
―Más ―demandó―. Dame más.
Inclinó de nuevo la cabeza y le dio el mismo trato a su otro seno, burlándose de ella en la delgada línea entre placer y dolor. Se retorcía y gemía en sus brazos, su respuesta abierta como una droga inyectada en sus venas. Su olor a almizclé rozó su nariz y se burlaba de él, y con un rápido movimiento, su mano se zambulló debajo de la cintura de sus pantalones. Los húmedos rizos cosquilleaban la punta de sus dedos. Ella contuvo el aliento y él movió la mano hacia abajo, dispuesto a sumergirse en las profundidades y…
―¡Pedro ―Los golpes en la puerta se estrellaron a través de su cerebro. Su mano se detuvo en el viaje, tratando de luchar contra la niebla. Una risita―. ¿Están haciendo algo malo ahí adentro? ―gritó Venezia―. Si es así, guárdenlo para más tarde. Necesito que bajes un minuto. ―Otra pausa―. ¿Pedro, Paula? ¿Están ahí?
Luchó por respirar. Luchó por la normalidad. Y se preguntó si alguna vez volvería a ser normal de nuevo.
―Estoy aquí. Estaré abajo en un minuto.
―Grazie.

Pasos resonaron. El calor se volvió tibio entre ellos y seguía bajando. Para el momento en que había retirado su mano y Paula había abotonado la blusa de su pijama, sintió como si estuviera en la Antártida en lugar de Italia.
Pedro se dio cuenta de que había perdido parte de la frágil confianza que había entre ellos. Si se hubiera alejado sin intimar, ella tal vez lo habría respetado.
―La próxima vez que quieras quitarte las ganas, sólo se honesto. No soy de esas mujeres que necesita envolver el sexo en un cálido capullo suave y esponjoso de emociones.
―Paula…
―¡No! ―Agachó la cabeza, pero no antes de que viera la enorme vulnerabilidad en su cara. La mano le temblaba ligeramente mientras se cubría―. Por favor. No esta noche. Ve a hablar con tu hermana.
Se puso de pie junto a la cama, dividido entre la necesidad de decirle la verdad y la necesidad de salvar a su familia. Por Dios, ¿qué había pasado? Tenía que convencerla de que no estaba enamorado de Alexa; esto se estaba volviendo bochornoso. ¿Pero qué si era muy tarde y no le creía? Y si lo hacía, ¿se alejaría, enojada porque la había engañado?
No, su sangre debe de haber subido a la otra cabeza. Tenía que mantener la calma, soportar seis días más, y volver a Nueva York. Mantendría su parte del trato, se mantendría alejado de la vida de Alexa y no volvería a ver a Paula. Todo volvería a la normalidad. En seis días.
Permaneció en silencio y salió por la puerta, dejándola en la cama, sola, en la oscuridad.
―Entonces, de nuevo ¿con quién nos vamos a reunir?
Pedro la condujo hacía Piazza Vecchia mientras el sol se hundía y bañaba la plaza en luz dorada. A ella se le atrapó el tacón de aguja en el pavimento roto y él la agarró por la cintura. Ignorando firmemente la explosión de electricidad entre ellos, persistió en la calidez de su piel bajo la seda rosa antes de soltarla. Pensó que
pondría alguna queja sobre la caminata y cena de negocios, pero su entusiasmo en acompañarlo lo tomó fuera de guardia.
Por supuesto, acababa de volver de compras del vestido de dama de honor con sus hermanas, así que tal vez estaba desesperada.
―Signore Ballini. Es dueño de muchos restaurantes y puede que abra para colaborar con La Dolce Famiglia. ―Hizo una pausa y trató de rodar la lengua por la palabra sin un tropiezo―. Ha oído de mi matrimonio e insiste en conocer a mi esposa.
Ella se rió y se detuvo en un puesto para preguntar sobre el taleggio, que era un suave queso fragante y una gran variedad de embutidos salados. Su rápida conversación con el vendedor en un rápido italiano lo sorprendió, pero entonces de nuevo, Puala Chaves últimamente estaba llena de sorpresas. Cada vez que parecía entenderla, le tiraba un deslizador. O como sea que fuese la expresión americana.
―¿Me necesitas cerca para cerrar el trato, Alfonso? ―Agitó las pestañas con fingida admiración―. ¿Quieres que cante tus alabanzas e interprete a la esposa cariñosa?
Mantuvo la paciencia. Había sentido la tentación de inventar una excusa al viejo hombre, pero la oportunidad era demasiado genial. Aun así, rezó para que Paula interpretara su parte.
―Voy a pasar. Signore Ballini es un poco conservador, y quiero causar una impresión. ¿Tal vez puedas interpretar el papel de esposa cariñosa, en silencio?
―Atrévete a soñar.
El dobladillo de su vestido coqueteaba con sus rodillas mientras caminaba tranquilamente por la plaza, aparentemente disfrutando del carácter de la antigua ciudad que él llamaba hogar. La elaborada fuente de agua aumentaba desde el centro y compensaba las majestuosas columnas y espacios abiertos, acentuando la arquitectura clásica.
Como si sintiera sus pensamientos, Paula habló:
―Nick se volvería loco aquí. El equilibrio de la naturaleza con objetos hechos por el hombre siempre le interesa. Bergamo tiene un carácter tan profundo. Puedo ver lo feliz que fuiste creciendo aquí.

Él sonrió.
―Sí. Adoro vivir en América pero debo admitir que nunca renunciaría a mi infancia. Alexa también lo amaría. Somos anfitriones de un famoso poeta cada año, lo llamamos Bergamo Poesía. ¿Tal vez podamos organizar un viaje para ellos algún día?
Paula se puso rígida y él maldijo su mención de Alexa. ¿En serio creía que él deseaba a una amiga casada?
―Hm, conveniente. Llevarla a tu propia casa con el señuelo de poesía. Sólo recuerda nuestro trato, Alfonso.
No tenía tiempo para responder. Llegaron a la Taverna del Colleoni & Dell’Angelo y luego de una breve plática con el mesero fueron llevados dentro. La decoración de aspecto medieval con los altos techos abovedados provocó un murmullo de aprobación de Paula y luego se sentaron en un rincón acogedor, mientras Pedro hacía las presentaciones.
Signore Ballini emitía el comportamiento pasado de moda de un caballero italiano. Disfrutaba de la cultura, viajes, buena comida y vino, y mujeres hermosas. Había envejecido bien, con un elegante corte de sal y pimienta, y no pudo evitar coquetear un poco con Paula, quien parecía no sólo aceptar sus cumplidos sino realmente disfrutar de ellos.
Pedro calmó un poco su respiración a la vez que enderezaba el nudo de su corbata azul rey. Tal vez la noche se desarrollaría sin problemas después de todo. Conversaron acerca de cosas sin sentido mientras el mesero servía discretamente los platos de comida con una serie explosiva de texturas y sabores. Radicchio asado a la parrilla con gorgonzola terrenal, fideos con sabor a arándanos y porcini y camarones sentados en una cama de polenta con azafrán. El Calcalepio Rosso era un vino local rico y contundente en la lengua, dos botellas fueron rápidamente consumidas en la conversación.
―Signora, dado que eres de América, estoy seguro de que tienes una carrera. Díme lo que haces, además de hacer a Pedro un hombre feliz.
El vestido rosa con corpiño de corte cuadrado se deslizó unos centímetros y mostró una pisca de firmes y altos senos. Su cabello brillaba rojo bajo el juego de luz mientras las hebras de seda rozaban los hombros.

―Soy fotógrafa ―contestó―. He amado estar tras la cámara desde que era joven.
El viejo hombre asintió con aprobación.
―¿Fotografías paisajes? ¿Bebés? ¿Bodas?
―Ropa interior de Calvin Klein, Cavalli y otros estilistas de renombre. Vuelo seguido a Milán por negocios, entonces es una maravillosa oportunidad combinar tanto trabajo como placer en este viaje.
Pedro contuvo la respiración, pero Signore Ballini rió con deleite.
―Cuán refrescante. Es bueno hacer que tu esposo se ponga un poco celoso, ¿no?
Ella se rió con él y redirigieron la conversación de nuevo a los negocios mientras él gemía sobre la comida. Cuidadosamente llevó a la carta de postres, ella mencionó a La Dolce Famiglia y su furioso éxito y como si lo planeara de esa forma, Pedro fue capaz de ir sin problemas en su terreno de juego.
Un poco después, luego de un café expreso humeando de lo caliente y rico en pequeñas tazas había fijado otra reunión, en Milán. Estaba a punto de terminar la noche con una fuerte nota cuando los bloques cuidadosamente construidos se sacudieron en su fundación.
―Estoy tratando de organizar un viaje de esquí a Aspen y he tenido un tiempo espantoso con una villa ―comentó el Signore Ballini―. Esa horrible actriz estadounidense que se adueñó de una casa no devuelve mis llamadas. Leí que va a alquilar su casa sólo a lo mejor. Supongo que un italiano no es suficientemente bueno para ella.
Paula volvió raspando a la conversación.
―¿Habla de Shelly Rikers? ―preguntó.
La sorpresa se dibujó en las facciones del viejo hombre.
―Sí. Me niego a ver una más de sus películas. Es bastante desagradable.
―De hecho, conozco a Shelly y es muy agradable.
Pedro apretó la taza mientras un incómodo silencio descendía. Signore Ballini se tensó y un nuevo escalofrío se estableció en su voz.

―No sabría esto, signora, dado que obviamente sólo se digna a hablar con estadounidenses.
Pedro abrió la boca para cortar con la cena, sacar a Paula por la puerta, y esperar que el hombre no cancelara su reunión.
―Tal vez deberíamos…
―No sea tonto, signore. Permítame arreglar esto para usted. ―Sacó su llamativo celular de leopardo, marcó un número y habló brevemente con alguien en la otra línea. Con una eficiencia impresionante, Pedro observó mientras hablaba con otras tres personas, disparando órdenes y hablando sin parar. Se detuvo y alejó el teléfono de su oído―. Signore, ¿le parece bien la primera semana de septiembre?
El viejo hombre sonrió.
―Perfecto.
―Sí, eso está bien. Dale a Shelly mi amor y dile que la llamaré cuando llegue a casa. Gracias. ―Deslizó el teléfono de regreso a su bolso y sonrió―. Todo está listo. Me aseguraré de darle la información a Pedro para que pueda establecer todo. Creo que todo fue un malentendido. Ella estaba buscándolo para verlo.
―Grazie. No sólo es hermosa, sino eficiente.
Medio conmocionado, Pedro los siguió fuera del restaurante y dijo sus despedidas. Con una gracia casual, su esposa falsa enganchó su brazo con el de él en un intento de no tropezar con los adoquines y tomó una profunda bocanada del suave aire de la noche. Caminaron en silencio por un momento mientras intentaba envolver su cerebro alrededor de la realidad en la situación.
―Pensé que ibas a joder eso por mí ―admitió.
Su risa tintineante acarició sus oídos y otros lugares. Lugares que se endurecieron al instante y dolían para ser enterrados en su interior.
―Lo sé. Primero pensé en hacerte sudar. Fue divertido ver tu cara mientras tratabas de mantener neutral la conversación. ¿Realmente pensaste que no podía manejarme en situaciones de negocios, Alfonso?
La cruda verdad lo golpeó con toda su fuerza. Sí. Debido a que la realidad alternativa asustaba la mierda de él. Si ella no era lo que aparentaba, era mucho
peor. Una mujer con alma y arena y pasión. Una mujer con tal encanto e intelecto que nunca aburría a un hombre. Una mujer que valía más de una noche.
Una mujer que lo valía todo.
Su corazón latía y su olor pululaba a su alrededor. Ella lo condujo hacia un puesto de helados y ordenó dos de chocolate, pagó rápidamente y le entregó la copa antes de que pudiera protestar. El centro de la plaza se agitaba por la actividad y parejas iban tomadas la mano y dejó que sus pensamientos preocupados se deslizaran mientras se hundía en el momento.
―¿Ves esa fuente de ahí? ―preguntó.
―Sí.
―Mi amigo Max y yo llegamos a la plaza una noche y nos retamos el uno al otro a sumergirnos desnudos.
Ella arqueó una ceja.
―De ninguna manera. ¿Lo hiciste?
―Max sí. Lo soborné para que fuera el primero. Con el culo desnudo entró en la fuente y uno de nuestros vecinos había salido con su perro y nos descubrieron. Él nos echó de la plaza, pero Max tuvo que dejar su ropa detrás.
―¿Cuál fue el punto de esta aventura de hombres?
―Ver quién tenía bolas más grandes, por supuesto.
Ella se echó a reír a carcajadas, el sonido se derramó en la noche, y él la miró. Una mancha de chocolate descansaba en la esquina de su boca. Su cara estaba abierta y suave de una manera que nunca había presenciado antes. Y sin pensarlo, bajó la cabeza y la besó.
Pedro no persistió. Sólo capturó sus labios con los suyos por un instante. Sabía a rico chocolate, vino tinto, y hembra caliente. Ella le devolvió el beso y se relajó, entregándose a él en tiempo prestado. Cuando se separaron, algo había cambiado entre ellos, pero ninguno estaba listo para explorar. Arrojó la taza de helado en la basura y se dirigieron a casa en silencio por el resto del camino.

Pero Pedro se preguntó si ya era demasiado tarde para negar lo que había entre ellos. Demasiado tarde para creer que esto todavía era un matrimonio falso sin ataduras ni emociones.

GRACIAS! ♥

miércoles, 16 de julio de 2014

Capitulo VIII

Estaban en problemas.
Pedro flanqueo la puerta y saludo a una larga fila de familiares que no había visto en meses.
Sospechaba que la íntima cena que no era gran cosa, terminaría siendo un desastre. Bueno, no tanto para él como para la pobre Paula. Su famiglia se reunió alrededor de ella con un ruidoso afecto que solo reservaban para su sangre. Primos trajeron esposas, novias, novios y todos los bambinos. Vecinos cercanos y algunas mujeres quienes lo habían perseguido por años se presentaron para revisar a la rival ganadora. Para él, era la típica noche en casa de su mamá.
Para Paula, debía ser el infierno.
Sacudió la cabeza y trato de no reírse. Estaba parada atrapada en una esquina con algunas de sus primas, su cabello de color canela un brillante faro en una habitación llena en su mayoría con piel olivácea y morenas. Su vestido era corto y coqueto, la falda moviéndose de manera ostentosa por encima de la rodilla y mostrando un par de piernas sin fin que rogaban ser envueltas alrededor de la cintura de un hombre. Brillante color rojo y amarillo salpicado sobre el delicado material y la hacía fácil de localizar en la multitud. Su estatura siempre había sido impresionante, pero casi emparejaba a la mayoría de sus primos en sus tacones de siete centímetros. Algo acerca de sus zapatos lo excitaba como no lo hacían los zapatos de otra mujer. Casi como si su deseo por sus sexy tacones ven-por-mí confirmaban su arpía interior.
Rellenó su copa de vino y platicó con sus viejos amigos mientras mantenía un ojo sobre ella. Esperaba una fría amabilidad que desalentaría a su cariñosa familia, pero cada vez que su mirada la captaba, ella estaba riendo o escuchando
atentamente las numerosas historias entreteniendo sus oídos. Fascinado, Pedro avanzó hacia ella.
Claro, sabía que ella era socialmente profesional y relajada en el entorno laboral. Sólo que no esperaba que fuera tan abierta en su treta. Su niñez creaba un sentido familiar frío e irradiaba a clara distancia que era parte de sus entrañas. Demonios, ella lo usaba como una capa, que vio al momento en que entró en el restaurante a encontrarlo para su cita a ciegas. Pero algo se sentía diferente esta noche.
La estudió mientras su tío Tony hablaba de la tienda con él, problemas con los proveedores y el aumento de la renta y la posibilidad de poseer propiedades. Él asintió, escuchaba a medias y espiaba a su esposa falsa.
―¿Cómo lo hiciste? ―susurró su prima Brianna a Paula. Le recordaba a cuando la gente dejaba caer su voz de forma automática al decir palabras como “cáncer”. La pregunta todavía sonaba tan dura como un disparo―. Pedro ha evitado el matrimonio siempre. Él tiene una reputación, sabes.
Paula frunció el labio.
―¿En serio? ¿Qué tipo de reputación?
Brianna miró a su alrededor y se inclinó. Pedro se escondió detrás de la amplia espalda del tío Tony.
―Ama la persecución. Parece que le gusta seducir a una mujer, mayor el desafío más experto se convierte en ganar su afecto. Entonces, tan pronto como ella cede, wham.
Paula retrocedió.
―¿Wham? ¿Qué wham?
Ese susurro de nuevo.
―Él la deja completamente. Con el corazón roto, seducida y abandonada.
La ira cortó a través de él ante la impresión de su prima. Dios, ¿alguna vez tenía un descanso? Nunca había dado falsas esperanzas a una mujer, sin embargo su reputación le precedía todo el camino a América. Nick le había informado muchas veces de los murmullos de sus proezas entre las mujeres y cómo una vez había estado preocupado de que Alexa cayera vulnerable ante sus encantos. Pedro dio un paso casualmente y escuchó su respuesta.
Paula chasqueó la lengua.
―¡Qué horror! Tal vez por eso se casó conmigo, entonces. Qué extraño.
Los ojos de Brianna se abrieron como platos.
―¿Qué es extraño? Díme. Ahora somos familia, tus secretos están a salvo conmigo.
Paula tomó un respiro profundo y miró a su alrededor como si estuviera preocupada de quién escuchara. Su susurro fue tan suave como el de su prima.
―Me negaba a acostarme con él hasta que se casara conmigo, por supuesto.
Pedro se atragantó con un trozo de bruschetta. Cuando se recuperó, levantó la vista para encontrar la sonrisa maliciosa de Paula, seguida de un guiño. Ella tocó el brazo de Brianna y se dio la vuelta en esos sexy tacones y su falda giró, mostrando un trasero perfectamente curvo. Apretó la mandíbula mientras la repentina añoranza se aferró a él. Se imaginó hundiendo sus dientes en su carne firme y tomando un suculento bocado. El eco de su grito mientras la sujetaba y la complacía empañó su visión. Cuando reapareció, el tío Tony todavía hablaba monótonamente y Paula se había movido al otro lado de la habitación.
¿Qué demonios iba a hacer con ella?
Más importante aún, ¿qué iba a hacer con su repentina necesidad de reclamar a la mujer que se hacía pasar por su esposa?
Algo estaba mal con ella.
Paula mordisqueó un prosciutto salado de antipasto, bebió su vino y se mezclaron. En sólo veinticuatro horas, había experimentado cada evento que siempre había evitado y despreciado.
Largas, afectuosas conversaciones centradas en bodas y platica de chicas. Listo.
Cocinar y cortar y arruinar su manicura perfecta. Listo.


Lidiar con su suegra y cuñadas y primos, todos entrometiéndose en su vida personal y haciendo juicios. Listo.

Así que, ¿por qué no estaba corriendo de la habitación aterrada, como uno de esos idiotas de Scream que veían una obscena máscara blanca?
¿Tal vez porque sabía que todo era falso?
Tenía que ser. No había otra explicación racional. Excepto con su hermano y Alexa, no hacía funciones familiares. Cocinaba en sus términos, cuando pensaba que sería una distracción divertida. Y nunca tuvo que lidiar con una multitud de mujeres que reían y hacían billones de preguntas. Estaba acostumbrada al silencio, había vivido con él la mayor parte de su vida y tenía poca experiencia con afecto tan abierto.
Sin embargo, todos le dieron la bienvenida de todo corazón. Todas las hermanas de él eran tan diferentes, pero a Paula realmente les gustaba. Ellas eran reales. Su madre nunca se reía o criticaba mientras le enseñaba a hacer su primera olla casera de salsa. Una pequeña parte de ella se encendía a la vida, una parte que le daba vergüenza admitir que tenía. ¿Qué se sentiría tener tantas personas que te amaban sin importa cuántos errores hubieras tenido?
Su mirada atrapó a Venezia envuelta en los brazos de su prometido, riéndose de algo que él dijo. Su conexión ardía a través de la habitación y la expresión de adoración en el rostro de Dominick se estrelló directamente en sus entrañas con pura emoción.
Anhelo.
Paula tragó pasando el nudo en su garganta. Tan horrible como era su treta, de alguna manera se sentía tan bien una vez que vio a la pareja juntos. Nada debería interponerse en su camino, especialmente una antigua costumbre. ¿Qué se sentiría eso? ¿Tener a un hombre mirándola con tal posesión y amor? ¿Pertenecer a una persona a quien realmente le importara?
Empujó la pregunta de su mente y se dirigió de nuevo a Pedro. Tiempo para regresar su cabeza al juego. Estaba de pie al lado de un hombre muy atractivo, con ardientes ojos azules y pelo facial desaliñado. Gruesas, ondas de cabello negro azabache se derramaban sobre su frente. Mierda, el hombre era sexo en un palo, y brevemente se preguntó si era un modelo. Carina estaba con ellos, con la cabeza
inclinada hacia arriba mientras miraba al extraño como si fuera el sol y el único elemento que se interponía entre ella y una muerte fría, congelada.
Curiosa, Puala caminó hacia el círculo íntimo para pararse junto a pedro.
―Paula, ahí estas ―dijo Pedro―. Conoce a mi amigo Max Gray. Ha sido como una parte de nuestra familia desde hace años, así que lo considero mi hermano. Trabaja para La Dolce Famiglia como mi mano derecha.
Max, el Dios del sexo volvió sus ojos penetrantes sobre ella y sonrió. Líneas de risa marcaban los bordes de su boca. Parpadeó ante el aura sensual viniendo a ella como de propulsores. Curiosamente, no sintió la ardiente conexión que experimentó con Pedro, sino más como un placer estético de una criatura tan visualmente impresionante. Le tendió la mano y él se la estrechó con un agarre firme.
Nop. Sin chispas en absoluto. Gracias a Dios. Paula se compadecía de la mujer que se enamorara de este hombre, condenada a andar en su sombra para siempre.
Entonces se dio cuenta que la hermana menor de Pedro tenía el bicho.
Mal.
Carina aún no había alcanzado la edad en la que escondía sus emociones. Todavía atrapada a medio camino de una mujer adulta, su cara reflejaba un anhelo que rompió el corazón de Paula y la llenó de miedo. Su pasado se disparó hacia ella con los vagos recuerdos de la chica que una vez había sido. Antes de que su inocencia y creencia en felices para siempre fuera arrancada.
Pobre Carina. Si tenía una cosa hacia Max, estaba condenada a experimentar un corazón roto.
―¿Dónde la has estado escondiendo, Pedro? ―Él miró entre ellos con un toque de curiosidad y algo más. ¿Sospecha?―. Aquí estoy pensando en ti como mi mejor amigo, pero no tenía ni idea de que ustedes dos estaban involucrados. Si Page Six no rompe las noticias cuando un soltero multimillonario caliente en Nueva York es enganchado, algo pasa.
Oh sí. Max definitivamente creía que ella era una caza fortunas.
Pedro soltó un bufido.

―Parece que las revistas están más interesadas en ti que en mí, mi amigo. Y pensé que la última vez que comparamos notas, me ganaste por casi un millón.

―Dos.
―Ah, pero no eres un número.
―Esa sangre suiza me saco de la carrera, supongo. Pero todavía poseo más tierra.
Paula rodo sus ojos.
―¿Por qué no lo sacan rápidamente y les diré quién es más grande?
Pedro le dirigió una mirada. Carina apretó la mano sobre su boca.
―Si mis fuentes son correctas, estás guardando tus propios secretos ―dijo Pedro―. ¿Qué es esto en las columnas de chismes acerca de que estás saliendo con la realeza? ¿La ascendencia italiana no es suficiente? ¿Necesitas sangre azul para satisfacerte?
Max negó con la cabeza.
―Serena acompañó a su padre en un viaje de negocios y me mantiene como compañía. Ella es heredera de una fortuna y no realmente de la realeza. Su papá me destrozaría, no soy digno de casarme en esa familia.
Carina ardía con furia.
―¡Eso es ridículo! ¡Cualquier persona que se case por dinero en vez de amor merece infelicidad! Tú vales más que eso.
Max se llevó las manos al pecho.
―Ah, cara, ¿quieres casarte conmigo? Tú eres la mujer que necesita mi corazón.
Carina se puso roja como remolacha. Sus labios temblaban mientras buscaba las palabras. Qué desastre. Enamorada del mejor amigo de su hermano que era años mayor, y atrapada en el cuerpo de una niña-mujer mientras deseaba a alguien que no podía tener. Al menos, no todavía.
Paula abrió la boca para desviar la atención, pero pedro se sumergió de un planchazo. Tiró a su hermana debajo de su barbilla, su sonrisa indulgente como la de un adulto a un niño pequeño.

―A Carina le faltan muchos años antes de que pueda tomar en serio a un hombre. Va a entrar en la posición que le corresponde en la panadería y terminará su licenciatura en negocios. Además, es una buena chica y tú, mi amigo, solo sales con malas.

Los hombres se rieron, sin darse cuenta del costo de su broma.
El color se drenó del rostro de Carina y bajó la cabeza. Cuando sacó su barbilla hacia arriba, parpadeó para contener las lágrimas de rabia.
―No soy una niña, pedro ―siseó―. ¿Por qué no pueden ver eso?
Ella se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.
―¿Qué dije? ―preguntó Pedro―. Sólo estaba molestándola.
Max lucía igual de perdido.
Paula dejó escapar un suspiro irritado y bebió el resto de su vino.
―Ustedes dos, tontos realmente lo hicieron esta vez.
―¿El qué? Su comportamiento es irracional y grosero a nuestros huéspedes. Yo no pretendía hacer daño.
Max se movió inquieto.
―¿Debería ir a hablar con ella?
―No, es mi responsabilidad. Voy a hablar con ella.
Paula empujó su vaso vacío en las manos de Pedro.
―Ah, infiernos, manténgase alejados de ella. Han hecho suficiente. Voy a hablar con ella.
La cara de Pedro reflejaba escepticismo.
―Cariño, no tienes mucha experiencia con mujeres jóvenes. A veces necesita una mano firme para entrar en razón. Tal vez sea mejor si voy por Julietta.
Paula de alguna manera dudaba que la mentalidad empresarial de su hermana entendiera tampoco a Carina por el momento. Una vez más, su tono de voz le molesto, básicamente le decía que era incapaz de manejar otra situación. En las
últimas veinticuatro horas, el hombre había insultado su carrera, su cocina, y ahora sus métodos sociales. Forzó una sonrisa dulce que casi le dio una caríes.
―No te preocupes, querido. ―Ella se burló del término cariñoso de manera privada que él entendió inmediatamente―. Voy a darle una buena noticia para hacerla sentir mejor.
―¿Qué noticia?
Ella levantó la mirada hacia los hermosos hombres ante ella y les dio una sonrisa malvada.
―Le voy a arreglar una cita a ciegas. Con alguien caliente.
La cara de Pedro se ensombreció.
―De ninguna manera. Mi hermanita no tiene experiencia en citas.
―Eso es exactamente por qué esto será perfecto para ella. Nos vemos. ―Añadió al insulto el elevarse de puntas y darle un beso en los labios. La pequeña chispa entre ellos la distrajo por un instante, pero la ignoró―. No discutamos en nuestra luna de miel, amor, cuando podemos concentrarnos en otras actividades divertidas. ―Le dio a Max un guiño, luego se alejó, asegurándose de menear sus caderas mientras sentía su mirada en su trasero.
Paula contuvo una carcajada. Maldición, parte de esto era muy divertido. Desafiar su ingenio y formas obstinadas le daba algún beneficio. Se dirigió escaleras arriba y buscó la habitación de Carina. Pedro podía preocuparse con esa idea perturbadora un poco. Confesaría después que ni siquiera conocía a un chico adecuado con quien emparejar a Carina. Desafortunadamente, su boca la metió en problemas otra vez y todavía tenía que tratar de hablar con Carina. Ciertamente no tenía experiencia en consejos femeninos. ¿Qué podía decir para hacerla sentir mejor?
Paula suspiró mientras se detenía detrás de una puerta cerrada y oyó los sollozos ahogados. Sus palmas estaban sudorosas por lo que las frotó sobre su falda. Ridículo. Si Carina no quería hablar con ella, se quedaría aquí arriba un rato, así Pedro iba a creer que habían compartido una conversación. Levantó su mano y llamó a la puerta.
―¿Carina? Es Paula. ¿Quieres hablar un poco, o quieres que me vaya? ―Síp, ella era una cobarde. Un buen consejero le exigiría abrir la puerta para una charla. Un
par de latidos de silencio. Alivio corrió a través de su cuerpo cuando se giró para irse―. Está bien, lo entiendo, solo…
La puerta se abrió.
Ah, mierda.
―¿Por qué nadie entiende que soy una adulta? ―dijo la chica.
Paula se detuvo en el umbral, tentada a correr, pero Carina dio un paso atrás e hizo espacio para que ella entrara.
―Porque tu hermano mayor nunca lo aceptara ―dijo Paula con facilidad. Se fijó en las paredes rosadas, suaves muñecos de peluche, y un montón de encajes. Yuck. Algo le dijo que Carina mantenía la habitación así para complacer a los demás y no a sí misma. La cama con dosel parecía suave y agradable, pero tenía una colcha de mariposas diferentes que la hacían parecer infantil.
Sin duda una joven de veintitrés. Paula dudaba que alguna vez hubiera salido, especialmente con Pedro al mando. Se detuvo en el fondo de la habitación donde unas escaleras conducían a un espacio separado que parecía que podría haber sido una sala de juegos una vez. Esta área tenía una sensación diferente, con lienzos en blanco, pintura y una gran variedad de herramientas de artistas. Varias acuarelas de vivos colores llamaron su atención, y modelos de arcilla de amantes abrazados se alineaban en las estanterías. Hm, interesante. Esto parecía más ajustado a Carina que el área principal.
―Odio mi vida. ―La miseria estaba grababa en cada rasgo de su cara. Se dejó caer en su cama mientras más lágrimas salían de sus ojos―. Nadie entiende o me permite tomar mis propias decisiones. No soy un bebé, pero mi vida ya está trazada para mí.
Paula mentalmente se reprendió por meterse en este lío con una chica que apenas conocía y una situación que no podía arreglar.
―Um, ¿cómo?
Carina tragó saliva.
―Sólo tengo permitido salir con chicos que mi familia aprueba. No es que ningún chico alguna vez me haya invitado a salir. Soy fea y gorda.
Paula dejó escapar un suspiro exasperado.
―Eso es estúpido. Tu cuerpo es naturalmente curvilíneo. Tienes pechos. ¿Has visto a tus hermanas? Pueden ser muy delgadas, pero sus pechos son planos como panqueques.
Los ojos de la chica se abrieron de golpe y luego una risa real escapó de sus labios.
―Tal vez. Pero a los chicos les gustan delgadas. Y mi cabello se ve como que si hubiera metido un dedo en un enchufe. Mis labios se ven hinchados e inflamados y estúpidos. ―Más lágrimas y otro trago―. Y Pedro dice que tengo que ayudar a Julietta en La Dolce Famiglia, ¡pero nunca me preguntó lo que quiero! Yo quería ir a la escuela pero me hizo estudiar la universidad. Ahora tengo que obtener mi MBA y luego hacer una pasantía larga. ¿Por qué no puedo ir a Estados Unidos y trabajar para él? ¡Nada es justo!
Paula negó con la cabeza. Caray, el dramatismo de esta familia estaba por las nubes. Se sentó con cuidado en la cama y dejó que Carina llorara. Buscó desesperadamente por todas las cosas correctas que una madre o Alexa o Pedro dirían. Ah, al diablo con eso. En este punto,Paula pensó que no podía hacerlo mucho peor.
―Está bien, cariño, siéntate.
La muchacha se limpió las mejillas y obedeció. Esos labios que odiaba se fruncieron y Paula aposto que un día Max iba a ver una persona totalmente nueva en la hermanita de Pedro. Pero no ahora. Todavía no. Carina necesitaba un tiempo para encontrarse a sí misma y sentirse cómoda en su propia piel.
―Estoy segura de que has oído esto antes, pero la vida apesta.
Otra leve sonrisa. Al menos hizo reír a la chica.
―Mira, sé que no nos conocemos bien, pero déjame decirte lo que veo. Max está guapísimo y estás loca por él.
La boca de Carina se abrió. Su piel se puso rojo brillante.
―N-n-no, yo no…
Paula agitó la mano en el aire.
―No te culpo. El problema es que recientemente pasaste la edad legal para beber. Eres prácticamente una Lolita para un hombre de treinta años de edad.

―¿Qué es eso?
―Hm, no importa. Quiero decir, eres demasiado joven para que te vea como una mujer todavía. Eso puede cambiar, pero en vez de pasar los próximos años no viviendo y esperando a que él te note, necesitas salir y vivir un poco. Para saber quién eres. Entonces todo el mundo te vera como tu propia persona.
Ella se veía tan triste y sin esperanza, el corazón de Paula se rompió. Dios, recordaba cómo se sentía, cuán confusa era la vida. Pero Carina tenía gente que la guiara, personas que la amaban, y Paula esperaba que hiciera la diferencia.
―¿Cómo hago eso? Mírame. Soy un desastre.
―¿Te gusta estudiar negocios en la universidad?
―No me importa. Soy muy buena con los números, una de las pocas cosas que puedo hacer bien. ―Su mentón inclinado hacia arriba tercamente―. Pero sería bueno si alguien me pidiera mi opinión.
Paula rió. La chica tenía espíritu. Ella lo necesitaba.
―Los negocios y la contabilidad no son malos para conseguir tu diploma. Puedes hacer muchas cosas con eso y conocer gente nueva e interesante. ―Señaló la sala de arte en la parte posterior―. ¿Esa es tu pintura?
Carina asintió.
―Sí, me gusta pintar, pero no creo que sea buena.
Paula absorbió las imágenes crudas de las caras en estados emocionales diferentes. Con un ojo crítico, se dio cuenta de las líneas de barrido del cepillo, las expresiones vívidas que atraían al espectador y el comienzo de un verdadero talento.
―No, eres buena ―dijo lentamente―. Nunca dejes el arte. Toma algunas clases aparte para nutrir tu talento y no dejes que nadie te diga que no puedes. ¿Entiendes?
Carina asintió, aparentemente fascinada por su nueva cuñada.
―Pedro tiene las mejores intenciones en el corazón, pero como hermano mayor, siempre va a apestar en esto. Vas a necesitar más que agallas para hacerle saber lo que es y no es aceptable.

Sus ojos se abrieron.
―Pero lo que Pedro dice es ley ―susurró―. Él es la cabeza de la familia.
―No estoy diciendo que le faltes al respeto. Solo sé clara en la comunicación. Intenta.
―Está bien.
―En cuanto a Max, tal vez un día las cosas cambiarán. Hasta entonces, es necesario concentrarse en los otros chicos.
―Te lo dije, no le gusto a los chicos.
Paula negó con la cabeza.
―No te estás presentando en tu máximo potencial. ―La invitación se cernía en el borde de sus labios, pero antes de que pudiera tragar las palabras Paula selló su destino―. ¿Por qué no vienes conmigo a mi toma de fotografías esta semana?
La chica la miró con sospecha.
―¿Por qué?
Paula rió.
―Te voy a dar un cambio de imagen. Mostrarte el mundo de la fotografía y te presentare a algunos de los modelos. No va a solucionar tus problemas, pero tal vez puedes ver cómo te ven otras personas. Eres hermosa, Carina. Por dentro y por fuera. Sólo tienes que creerlo.
Al decir las palabras, de repente Paula contuvo las lágrimas. Lo que hubiera dado por que alguien le dijera esas palabras a ella. ¿Habría hecho alguna diferencia? Al menos tuvo la oportunidad de decirle a otra joven chica, hubiera o no dejado huella. Disgustada con sus emociones crecientes en las últimas veinticuatro horas, apisonó su estupidez y tensó su columna.
―¿Harías eso?
―Por supuesto. Sera divertido.
Carina echó los brazos alrededor de ella en un abrazo que la consumió.
Un latido pasó antes de que Paula la abrazara, y luego se alejó con torpeza.

―Gracias, Paula. ¡Eres la mejor cuñada en el mundo!
―Soy tu única cuñada, nena. ―La culpa pinchó su conciencia. Una cosa era pretender ser la esposa de Pedro, pero otra realmente formar un apego a su familia. Lamentó la invitación de inmediato, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Paula se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
―¡Grazie!
―Prego.
Cerró la puerta detrás de ella. Oh, chico. Pedro iba a estar enojado.
GRACIAS!

miércoles, 9 de julio de 2014

Capitulo VII

―Paula, acércate. 
Ella casi se estremeció con el sonido de su nombre completo, pero la madre de 
Pedro lo hizo sonar tan mágico que lo dejó pasar. Regla número uno; nunca 
critiques a la matriarca de la familia con la cual te acabas de casar. 
―Grazie. 
Pedro le tendió un vaso de vino tinto, después entrelazo sus dedos con los de 
ella y sonrió. Su corazón dio un vuelco, pero sonrió con calidez. Las hermanas de 
Pedro se veían ansiosas de escuchar todos los sangrientos detalles. Paula tomó 
una decisión ejecutiva. Entre más rápido escupiera la historia, más rápido pasarían 
a la boda de Venezia. 
Ella sorbió su vino. 
―¿Les gustaría saber cómo nos conocimos? 
Las cejas de Pedro se elevaron con sorpresa. Un clamor de voces femeninas 
estuvo de acuerdo. Paula suprimió una sonrisa. Esta sería fácil. ―Mi amiga cercana Alexa nos organizó una cita a ciegas. Verán, mi mejor amiga 
está felizmente casada con mi hermano. Cuando ella conoció a Pedro en una 
cena de negocios, pensó que seriamos una pareja perfecta. ―Le dedicó una sonrisa 
empalagosa y captó una advertencia en sus ojos―. En el momento en que nos 
conocimos, él me dijo que yo era la correcta. Usualmente, nunca le creo a los 
hombres en la primera cita, pero me cortejó y ganó mi corazón. 
Carina suspiró y apoyó su barbilla regordeta en sus manos. 
―Eso es tan romántico. Casi como el destino. 
―Sí, como el destino ―apretó los dedos de Paula―. Íbamos a poner una fecha 
para la boda, pero cuando escuchamos que Venezia también estaba comprometida, 
decidimos fugarnos. Espero que no se hayan decepcionado porque nos saltamos 
una boda hecha y derecha, pero me niego a ser el centro de atención, entonces 
pensamos que esto podría ser mejor. 
Pedro llevó su mano hasta sus labios y la besó en el centro. Su piel cosquilleo. 
―Si, Paula es una persona muy discreta. 
La mirada afilada de la madre de Pedro contradecía su frágil cuerpo. La 
incomodidad cosquilleó en su vientre. 
Quien quiera que mantuviera a cuatro niños y condujera un negocio familiar tenía 
instintos brillantes y Paula tomó nota de ser cuidadosa cuando estuvieran a solas 
juntas. Sabiendo que no había muchas cosas que contar de su vida, se aseguró de 
que sus palabras fueran férreas y no se quebraran. 
Por lo tanto, había mucho en juego para ella, también. 
―¿Y qué haces tú, Paula? ―preguntó Julietta. Sus largos dedos sosteniendo su 
copa de vino con una delicadeza que también desmentía su mirada seria. Paula
recordó que era la cabeza del negocio y de La Dolce Famiglia. Educada y refinada, 
Julietta era definitivamente la hermana racional con los pies en la tierra. 
―Soy fotógrafa. Tengo una sesión mañana en Milán, así que estaré fuera la mayor 
parte del día. 
―Que maravilloso. ¿Qué fotografías? ―preguntó Julietta.―Hombres. En ropa interior. ―Un silencio cayó sobre la mesa y Paula se encogió 
de hombros―. Es ropa interior de diseñador, por supuesto. Tengo una sesión con 
Roberto Cavalli mañana. 
Venezia estalló en risas. 
―Lo amo. ¿Puedes darme un descuento? Dominick amaría un nuevo par de 
Cavallis. 
Carina rió. Mama Alfonso les dio un suspiro de sufrimiento. 
―Venezia, no necesitamos saber qué lleva Dominick bajo sus ropas. ―La fulminó 
con la mirada―. Y tú tampoco debes saber hasta que estén casados. ¿Capisce? 
―Paula es una fotógrafa muy dotada ―dijo Pedro―. Estoy seguro de que puede 
ampliar su experiencia, especialmente con tanto que ver en Italia. 
Paula frunció el ceño. Su declaración casi apenada a su familia la picó, pero se 
tragó su estallido con un trago de Chianti. Solo porque no fotografiaba lindos 
cachorritos y bebés no hacía que sus elecciones fueran menos valiosas. Era como si 
supiera eso en sus entrañas, le dolía más. Contrariada con sus pensamientos, se 
enfocó una vez más en la conversación. 
Venezia parloteaba mientras sus manos confirmaban cada afirmación con gestos 
dramáticos. 
Paula la encajó como la reina del drama emocional de la familia. Aun así, sus ojos 
chocolates quemaban brillando con fuego y entusiasmo, y su cuerpo esbelto 
vestido con jeans caros, top floral sin mangas, y Jimmy Choos le dijo que adoraba 
la moda. Pedro parecía desaprobar la elección de Venezia de no trabajar en la 
pastelería familiar, pero su carrera como asistente de un muy reconocido estilista 
parecía satisfacer su toque creativo. Paula no podría imaginarla con pastelitos 
glaseados, comprando publicidad o haciendo la contabilidad. 
―Nos gustaría celebrar la boda aquí en los terrenos ―continuó Venezia. Su rostro 
suavizado―. Por supuesto, y serviremos pastel de nuestra propia pastelería. 
Septiembre es un mes tan hermoso. 
Julietta jadeó. 
―Será en tres meses. 
Su hermana le lanzó una mirada. ―No quiero esperar otro minuto para empezar mi vida con Dominick. Ahora que 
Pedro está casado, podemos seguir adelante con nuestros planes. Ya nos hemos 
decidido por el quince. Está bien con tu programa, ¿cierto, Paula? Y por supuesto 
serás una de mis damas de honor. 
Ella tragó mientras la culpa de su mentira repentinamente la golpeaba. Tragó 
pasándola con otro trago de vino. 
―Por supuesto, limpiaré mi programa. 
Venezia chilló con deleite y palmeó sus manos juntas. 
―Maravilloso. Oh y ¿por qué no compramos todas nuestros vestidos esta semana? 
Julietta rodó sus ojos. 
―Detesto las compras de vestidos. 
―Bien, disfruta. Eres mi madrina y si arruinas esto por quejarte, nunca te hablaré 
otra vez. 
―Puedo soñar. 
Paula giró su anillo de diamantes en su dedo como si repentinamente quemara. 
Peleó contra el ligero pánico de la realidad de su situación. 
―Uhm, estaré ocupada con el trabajo y sé que Pedro quiere llevarme a conocer 
las vistas mientras estoy aquí ―sonrió, pero sintió que le salió más como una 
mueca―. Quizá tú y tus hermanas puedan ir esta semana. Si encuentran algo, les 
daré mi talla y pueden ordenarlo. Estoy segura de que veré los vestidos cuando 
Pedro y yo regresemos de visita. 
―Absolutamente no. ―Los ojos de Venezia brillaron con firme resolución―. 
Además ahora eres mi hermana y debes venir. Me niego a meterte en algo que no 
te vaya bien. Eso arruinaría mi reputación como estilista. 
Julietta rió por lo bajo. 
―Paula y yo estamos en nuestra luna de miel y necesitamos algo de tiempo a 
solas. Pensar acerca de compras de vestidos no es mi idea de romance ―él le sonrió 
gentilmente y Paula peleó con la sensación derretida en su estómago. 
Carina le disparó una mirada suplicante a Paula. ―Oh, por favor, acompáñanos ―dijo―. Ahora somos una familia y nos perdimos 
de toda la excitación de su boda. Es solo una tarde. 
Las paredes pulsantes se cerraron. ¿Cómo podría meterse en un vestido de dama 
de honor y pretender que había estado en uno de novia? Pedro abrió su boca y 
Paula capturó un vistazo del rostro de su madre. 
Sospecha. 
Un diminuto fruncido empañaba su ceja. Su disconformidad era obvia, y la mujer 
mayor sentía que algo estaba pasando. Lo cual era cierto. Pero paula hizo una 
promesa, así que necesitaba fingir. 
Colocó sus dedos sobre los labios de Pedro para callarlo. Las suaves curvas 
hicieron que le doliera por sentir su boca una vez más sobre la suya, 
sumergiéndose profundamente y demandando todo. 
―No, Pedro, tus hermanas tienen razón. ―Trató de lucir feliz―. Me gustaría 
pasar una tarde de compra de vestidos. Será divertido. 
Su madre se recostó hacia atrás, asintiendo y cruzando los brazos enfrente de su 
pecho con satisfacción. La mayoría de la charla zumbó en los oídos de Paula. 
Hizo un cálculo mental de las horas que quedaban antes de que pudiera colapsar 
en su sueño. Una cena tranquila en la tarde alegando agotamiento y un día podía 
caer. Mañana trabajaría todo el día de golpe, iría a archivar sus documentos en el 
consulado y… ¿Qué había dicho Julietta? 
―¿Fiesta? ―preguntó Paula. La palabra destelló en neón como una señal de 
advertencia en su cerebro. 
Pedro también lucía sorprendido. 
Mama Alfonso se levantó y apoyó su bastón sobre las piedras toscas. 
―Sí. La fiesta en la noche, Pedro. ¿No creerás que me perdería el celebrar una 
fiesta en honor de mi hijo y su nueva esposa? Tenemos que empezar a trabajar en 
la cena. 
―¿Vendrá Max? ―preguntó Carina en un tono sin aliento. 
―Sí, por supuesto que vendrá. Y tus primos.Pedrol hizo una mueca, entonces le disparó un asentimiento tranquilizador. Santa 
mierda, se estaba ahogando y su falso esposo le lanzaba un salvavidas con un 
agujero en él. Vestidos de damas de honor y ahora una fiesta de matrimonio. 
―Mama, realmente no estamos de humor para una fiesta de noche. Tuvimos un 
vuelo largo, y Paula tiene que trabajar por la mañana. 
Ella cortó sus protestas con un ondeo de mano. 
―Tonterías. Es solo un puñado de personas que vienen a extender sus 
felicitaciones. No es nada. ¿Por qué no sacas algo de vino de nuestra bodega y vas 
a la pastelería de la casa? Trae tiramisú y canolas, negras y blancas. Julietta irá 
contigo en el camino. 
Paula tragó. 
―Um, quizá debería… 
Mama Alfonso envolvió su mano alrededor del brazo de Paula. Su fragilidad 
pareciendo inexistente. Pura fortaleza pulsaba de sus delicados músculos y 
apretaba como una trampa mortal. 
―Niente. Tú te quedas conmigo, paula y me ayudarás con la cena. 
Pedro sacudió la cabeza. 
―Mama, paula no cocina. En los Estados Unidos, la mayoría de mujeres trabaja y 
muchas no saben cómo preparar comida. 
Eso captó la atención de Paula. Su cabeza giró y lo miró fijamente. 
Que te jodan, Alfonso. puedo cocinar. Dio una sonrisita tonta, falsa 
―Solo pretendí no saber cómo así me llevarías a cenar más seguido. 
Mama alfonso dio una risotada orgullosa y la llevó adentro, dejando a un alfonso  
atónito a su paso. 
Con cada paso hacia la gigantesca y brillante cocina, una nueva gota de sudor 
aparecía. Paula hervía mientras un pensamiento bailaba en su cerebro. 
Si salía viva de esto, lo mataría. 
Paula quería ceder ante la tentación de huir a casa gritando. Odiaba las cocinas. 
Cuando era más joven, la mayoría de los cocineros se volteaban a la vez lo que 
significaba que estaba entrando en su espacio sagrado, hasta sola la vista de ese 
brillante equipo le arrancaba un estremecimiento. Aún así, mantuvo la cabeza en 
alto y la actitud positiva. Era una mujer capaz y podía seguir la receta. Quizá la 
cena sería algo fácil y podía mostrarle a Pedro sus increíbles talentos culinarios y 
finalmente callarlo. 
La mamá de Pedro ya tenía una variedad de recipientes y tazas de medida 
apiladas cobre el largo y amplio mostrador. Varios contenedores de cosas en polvo 
se alineaban perfectamente. Definitivamente no como ese loco programa Iron Chef 
con todo el caos y corriendo por allí a preparar una comida. 
Paula siempre creyó que la cocina se había hecho para sobrevivir; no para placer. 
Desde que ganaba montones de dinero, gastaba la mayoría afuera. Frunció el ceño 
y trató de fingir entusiasmo en la tarea que le esperaba. Dios, quería más vino. Si 
estuviera lo suficientemente borracha, estaría más relajara para la tortura venidera. 
―¿Qué haremos? ―preguntó con falsos ánimos. 
―Pasta. Tomaremos una cena rápida antes que el resto de la familia llegue, 
entonces sacaremos los pasteles y el café. ¿Sabes cómo cocinar pasta, paula? 
El alivio relajó sus músculos tensos. Gracias a Dios. Mamá Alfonso había escogido la 
única comida en la que sobresalía. A menudo cocinaba pasta por la noche y sabía 
cómo lograr la consistencia perfecta de al dente. Paula asintió. 
―Por supuesto. 
La satisfacción parpadeó sobre el rostro de la mujer mayor. 
―Bien. Necesitamos unas cuantas tandas. Ya traje los ingredientes. 
La enorme encimera tenía harina, huevos gigantes, aceite, rodillos, y una variedad 
de otros equipos. Miró alrededor buscando la caja de ziti2 y una olla para hervir el 
agua mientras mamá Alfonso le entregaba un delantal. Paula arrugó la nariz ante 
la extraña elección de ropa solo para tirar algo al agua, pero, qué demonios. 
Estando en Italia… 
―Estoy segura de que ustedes cocinan la pasta de forma diferente en América, así 
que debes mirarme primero, entonces preparas tu tanda. 
La confusión empañó su cerebro por un momento y Paula se negó a entrar en 
pánico. 
¿Dónde estaba la caja azul? ¿De qué estaba hablando? Con creciente horror, miró 
cómo las manos arrugadas se movían como relámpagos rompiendo huevos, 
colando las yemas y mezclando todo en un recipiente. La harina fue vertida en 
medio de una gran tabla y lentamente, mama Alfonso, vertió la húmeda sustancia en 
medio y empezó alguna clase de ritual que mezcló todo junto. 
Mágicamente, la masa apareció de repente y amasó, estiró y bailó sobre el borrón 
en unos minutos interminables. Completamente fascinada por el hipnótico ritual, 
Paula, no podía creer que esta cosa terminaría luciendo como cualquier cosa que 
hubiera comido nunca. Nunca rompiendo el ritmo, mama alfonso miró hacia ella. 
―Puedes empezar cuando estés lista. 
Oh. Mierda. 
La realidad la golpeó mientras miraba la masa de cosas apiladas frente a ella. 
¡Pasta hecha en casa! ¿Tenía que hacer la masa real? No había cajas celestiales que 
abrir o un pote de salsa que calentar. La apuesta era mucho mayor de lo que 
pensaba y paula sintió los principios de un ataque de mordidas a su cordura. 
Tomó aliento profundamente. Podía hacer esto. No había forma que se rompiera 
por una masa de harina y una madre italiana solo esperando para saltar. 
Les mostraría a todos. 
Paula jaló el recipiente más cerca. La parte de la harina era fácil, pero los huevos 
la asustaban como el infierno. Hm, un buen golpe en el medio, separar el cascarón, 
y el interior se deslizaría fácilmente. Con falsa confianza, chocó el huevo contra el 
borde del recipiente. 
La materia viscosa cayó en sus manos y el cascarón blanco se esparció. Una rápida 
mirada a mama alfonso confirmó que no estaba mirando por encima y creía que 
Paula había hecho su tanda. Tarareando alguna canción italiana bajo su aliento, 
siguió amasando.  

Paula quitó tanto de la cáscara como le fue posible y dejó el resto caer. Unos 
cuantos más y tendría alguna clase de ingrediente húmedo que luciría aceptable. 
De alguna forma. Maldición, necesitaba moverse rápido antes de que la madre 
mirara en su dirección. Espolvoreó una masa de harina en el centro, entonces tiró 
la cosa en el recipiente por el medio. 
El líquido corrió sobre los bordes de la tabla en un río goteante. Tratando de no 
jadear, se secó la frente con el codo y recogió el lío con el delantal. El maldito 
tenedor no ayudaba a revolver en absoluto, así que paula tomó un profundo 
respiro y metió ambas manos en la cosa asquerosa. 
Oh, asqueroso. 
La harina se metió bajo sus uñas. Apretó una y otra vez y rogó porque por alguna 
clase de milagro que pareciera una masa. El polvo voló a su alrededor en una 
nube. Cuanto más se asustaba, más se envolvía. ¿Quizá más harina u otro huevo? 
El resto fue un borrón hasta que un par de manos firmes detuvieron sus 
movimientos. Paula cerró los ojos en pura derrota. Entonces lentamente los abrió. 
Mama Alfonso miraba el lío que supuestamente era pasta. Cascarones blancos sin 
basura pegajosa que se deslizaban sobre el mostrador y goteaba sobre el piso. 
Diminutas nubes esponjosas se elevaban y esparcían alrededor de ellas. Su delantal 
estaba lleno de grumos pegajosos y la ―por llamarlo de alguna forma― masa, 
cubría sus brazos desnudos hacia arriba hasta los codos. 
Paula sabía que se había acabado. Pedro nunca se casaría con una mujer que no 
pudiera cocinar pasta hecha en casa. Mama Alfonso nunca aprobaría tal clase de 
emparejamiento, o siquiera creería en la posibilidad. Con lo último de orgullo que 
le quedaba, paula levanto la barbilla y encontró la mirada de la mujer de frente. 
―Mentí. ―Mama alfonso levantó una ceja en cuestionamiento y paula se apresuró 
a explicar―. No tengo idea de cómo cocinar. Uso la pasta seca y la tiro en el agua. 
Caliento salsa en un microondas. Como afuera casi todas las noches. 
Ahí. Estaba hecho. Se preparó a sí misma para ser ridiculizada y acusada. Sin 
embargo, la madre de Pedro sonrió. 
―Lo sé. 
Paula se echó para atrás. 
―¿Qué? 

―Quería ver cuán lejos llegarías. Estoy impresionada, Paula. Nunca 
mostraste tu miedo. Una vez que confíes, lo verás, incluso si piensas que vas a 
fracasar. Eso es exactamente lo que mi hijo necesita. 
Con acciones rápidas, mama Alfonso tiró el lío rezumando en la basura, re espolvoreo la harina y se volvió hacia ella.
―Empezaremos de nuevo. Mírame. 
Paula miró mientras le mostraba cada paso con cuidadosa precisión. Mientras el 
miedo a ser descubierta se alejaba, se relajó en la lección, sus manos inmersas en la 
masa mientras trabajaba el montículo con una fuerza que rápidamente la cansó. 
Las pesas de mano en el gimnasio no tenían nada que envidiarle a la cocina y los 
músculos en los brazos y muñecas de mama alfonso parecían nunca cansarse 
mientras buscaba la mezcla perfecta. Paula captó la cantarina melodía que la 
madre de pedro tarareaba, y un sentimiento de paz se instaló sobre ella. Nunca 
había cocinado con una mujer antes, nunca se le había permitido tal calidez y 
espacio doméstico. Mientras el rodillo trabajaba la masa y la estiraba 
delicadamente, mama Alfonso le dio una porción. 
―La terrosidad de la masa de pasta es el verdadero elemento en una buena y 
simple comida. Debemos estirarlo hasta una delicada delgadez sin romperla. 
Trabaja el borde. 
Paula mordió su labio. 
―Mama Alfonso, ¿quizá debas hacerlo primero? 
―No. Servirás a tu esposo la cena esta noche, paula, de tu propia mano. Y no 
porque estés por debajo de él, o crea que eres menos, es porque eres más. Mucho 
más. ¿Capisce? 
La belleza de su afirmación resplandeció a su alrededor con repentina verdad. Se 
levantó, secó su frente, y untó pasta sobre su frente. Y sonrió. 
―De acuerdo. 
Trabajaron sin hablar, tarareando canciones Italianas, escuchando los movimientos 
suaves del rodillo y el canto de los pájaros en la distancia. Paula quebró fideo tras  
fideo, pero siguió, hasta que una larga cadena perfecta cubrió su mano. Desigual, 
pero transparentemente delgada sin una quebrada. 
Mama alfonso se levantó y lo colgó en el estante de secado, inspeccionándolo 
cuidadosamente. 
Su carcajada hizo eco a través de la cocina. 
―Perfecto. 
Paula sonrió y se preguntó por qué se sentía como si acabara de emerger del 
Monte Everest escalando en medio del invierno. 
Horas más tarde, se sentó en una larga mesa con recipientes de pasta humeante y 
salsa de tomate fresco. Las esencias de albahaca y sabroso ajo, flotaban en el aire. 
Tres botellas de vino ocupaban las esquinas y platos atrapados entre platos de 
comida como personajes secundarios de un libro. 
Le lanzó una mirada nerviosa a Pedro. ¿Se reiría? ¿Bromearía sobre su 
incapacidad de cocinar y sus patéticos esfuerzos en una mesa experta? 
Risas, gritos y discusiones en voz alta pululaban a su alrededor en confusión. 
Estaba tan acostumbrada a las cenas en su mostrador de desayuno mientras 
miraba televisión o en los restaurantes con bajas y murmuradas conversaciones. Al 
crecer, comía sola o con su hermano, en silencio. Pero Pedro era diferente. 
Bromeaba con sus hermanas y relajado bajo el calor de su familia, y paula se dio 
cuenta de que su facilidad entraba en cada situación, porque sabía exactamente 
quién era. Ella respetaba eso en un hombre que encontraba raro. Disfrutaba la vida 
y le gustaba el sentido del humor y se preguntaba cómo sería comer con él cada 
noche. Tomar vino, hablar sobre su vida, cocinar juntos, y comer juntos. Una pareja 
en la vida real. 
Pedro levantó su tenedor, enrolló los fideos, y los metió en su boca. 
Contuvo el aliento. 




Hizo un sonido de gemido. 
―Ah, mama, esto está delicioso. 
Mama alfonso se deslizó del asiento. 
―Debes agradecer a tu esposa. Cada fideo en tu plato fue hecho por su 
mano. 
Se echó hacia atrás, sorprendido. Un diminuto ceño estropeaba su entrecejo 
mientras miraba hacia abajo a la comida, entonces volvió su mirada para encontrar 
la suya. Una extraña combinación de emociones se enredó en esos ojos. Una pizca 
de calor. Una llamarada de orgullo. Y una chispa de gratitud. 
Inclinó la cabeza y una sonrisa floreció en su rostro. La luminosidad la llenó y le 
devolvió la sonrisa, el ajetreo de la mesa desapareciendo bajo su atención. 
―Grazie, cara. Estoy honrado de comer algo que has hecho para mí. Está delicioso. 
Asintió, aceptando su agradecimiento. Venezia habló sobre vestidos de dama de 
honor y de bodas. Carina habló sobre arte. Julietta habló sobre una nueva campaña 
de publicidad que estaban lanzando para la pastelería. Pedro siguió comiendo, 
obviamente orgulloso de la comida de su falsa esposa. 
Y por un corto tiempo, fue más feliz de lo que nunca había sido. 

gracias! ♥ 

Capitulo VI

Más de un metro ochenta de hombre irritado se alzaban ante ella. A pesar
de que él no la había tocado, su cuerpo se sentía restringido. Él había
perdido su aire relajado y un aura peligrosa se sentía en el aire. Ella
realmente lo había molestado. Desafortunadamente, en vez de miedo, la emoción
le recorría a lo largo de sus terminales nerviosas. Maldición, ¿Cómo sería el en la
cama? Desnudo, musculoso y... demandante.
Usualmente ella se mantendría alejada de hombres que tuvieran alguna ligera
tendencia a ser dominantes o controladores, pero Pedro no la asustaba. Al menos
no de mala manera. Los labios de ella se abrieron, invitándolo inconscientemente a
ir un paso más lejos. Sus ojos color ónix miraron los labios de ella y se
oscurecieron. Se moría por conocer su sabor. Rogaba por experimentar su lengua
recorriendo su boca, sus labios rozando los suyos, sin forzarla a elegir.
Un segundo pasó. Y otro.
Las palabras salieron de su boca sin que pudiera detenerlas.
―¿Qué pasa? ¿El gato te comió la lengua?
Él se dio la vuelta y una lluvia de maldiciones llenaron la atmósfera. El cuerpo de
ella se relajó, pero su amenaza provocó que un escalofrío recorriera su columna.
Ignoró la decepción que sintió por la oportunidad perdida.
―Ten cuidado, cara. Jugar conmigo puede ser divertido, pero eventualmente me
cansaré y te morderé la mano.
Paula soltó un bufido.
―Sonaste como esos romances eróticos que me gustan. Creo que no le agradaré a
tu familia desde el principio para que no tenga que jugar un papel con el cual no
estoy cómoda. Eventualmente se darán cuenta de que no soy buena complaciendo
a la gente o una tradicional esposa italiana ―ella sonrió―. Tu mamá es un dolor de
cabeza.
―Está enferma, así que ten cuidado.
―Oh, no, Pedro ¿Qué tiene?
El la miró profundamente y luego se frotó la cara con las manos.
―Además de una rodilla con artritis, su corazón es delicado. Necesita cuidarse del
estrés y las actividades físicas, por eso intentaré animarla con esta visita. ―Sus cejas
bajaron―. Y espero que tú también.
―Puedo ser agradable por una semana.
―Lo creeré cuando lo vea ―murmuró―. Asegúrate de tratar de no golpearme
cuando te bese. ―Él lució pensativo, y Paula casi traga con malestar―. De hecho,
creo que debería besarte aquí. Ahora. Para practicar por supuesto.
Ella siseó como una serpiente cabreada.
―No puedo evitar ponerme a la defensiva cuando un hombre me toca.
―No estoy convencido. ―Se acercó a ella e invadió su espacio personal. El calor de
su cuerpo la atrajo―. Un solo error y esta mentira se nos viene abajo. No puedo
permitirlo. Especialmente cuando un beso de antemano puede hacer la diferencia.
―Soy buena fingiendo. ―Le dedicó una sonrisa arrogante. El delicioso aroma de
almizcle y hombre la tentaron a probar. Su corazón se aceleró con el pensamiento
de él tocándola, lo que solo la hizo ponerse más odiosa―. Nadie sospechará que no
estoy interesada en besarte. No tenemos por qué practicar.
Él la estudió en silencio y ella empezó a relajarse.
―Pongamos a prueba la teoría ¿Qué te parece?
La tomó por los hombros y la atrajo hacia él. Ella colapsó contra una roca de
músculos y sus brazos se alzaron rápidamente empujando en protesta contra su
pecho. Cuando él puso resistencia ella lo tomo por el material suave de su camisa.
Los pies de él se enredaron con los de ella, sacándola de balance. Sus labios
deteniéndose a solo centímetros de los suyos.

―Quítame las manos de encima. ―El sudor empezaba a bañar su frente. Oh, Dios,
¿Qué pasaría si se dejaba llevar y lucía como una idiota? ¿Y si balbuceaba aún
cuando sus labios tocaran los de ella? No debía responder. Ella no debía responder.
Ella no...
―¿Porque estas tan nerviosa? ―La diversión bailaba en sus ojos―. Has hecho esto
millones de veces ¿Recuerdas?
―No me gusta ser maltratada ―le dijo.
Los labios de él se curvaron. Su voz bajó de tono hasta convertirse en un ronco
ronroneo que prometía placer corporal puro.
―Tal vez no has sido tratada por el hombre correcto.
―Un minuto, ¿Las mujeres de verdad caen con esa frase? Porque si lo hacen,
debieron de salir de la tierra de la estupidez. Quita tus manos.
Los labios de él cubrieron los suyos.
Su cálida y suave boca detuvo el flujo de palabras y la distrajo de cualquier otro
pensamiento que pudiera haber tenido a excepción de cómo ese hombre la besaba.
Sus sentidos hicieron corto circuito. A ella le gustaba besar y ya había
experimentado una parte justa, pero con Pedro todo parecía diferente. Su calor
corporal le recordaba a esos hombres lobo de las películas de Crepúsculo que amaba
secretamente. Su lengua probó la textura de los labios de ella, después se abrió
paso sin ningún reparo. Se hubiese alejado de él si no fuera tan ávido; en cambio, el
deslizamiento de su lengua la seducía y le pedía que se uniera a su juego.
Su barba frotó la parte delicada de su mandíbula. Sus caderas se inclinaron en
contra de las suyas mientras sus brazos bajaron y acunaron su trasero, alzándola
hasta alcanzar el bulto duro entre sus muslos.
Ella gimió. Él la escuchó y presionó más profundamente y Paula abrió la boca y
se rindió.
La controló con confianza, recordándole que el reclamaría su cuerpo si ella le daba
la oportunidad. Trató de frenarse y tomar el control del beso, pero su mente
sucumbió y su cuerpo cedió. Él murmuró su nombre y las piernas le temblaron
mientras se aferraba a él para salvar su vida y le devolvió el beso.


¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Minutos? ¿Una hora? El finalmente se separó,
lentamente, como si se arrepintiera de romper el contacto. Se odió a sí misma en
ese momento. En vez de darle una cachetada, o retarlo con un brillante y sarcástico
comentario, se quedó mirando sin hacer nada. Su lengua recorrió su labio inferior
inflamado.
El gimió. Respiraciones entrecortadas llenaban su pecho.
―Tienes razón ―dijo lentamente―. Sabes fingir muy bien.
Ella se apartó y rezó porque sus mejillas no estuvieran sonrojadas. Se forzó a dejar
salir las palabras.
―Te lo dije.
Él se dio la vuelta, apiló el equipaje en la esquina de la habitación y abrió las
puertas del armario.
―Hay suficiente espacio para ambos. Esta será nuestra habitación por una semana.
La realidad la golpeó en ese momento. Detalles costosos hacían la habitación tanto
cómoda como masculina, desde las gruesas mantas azul marino y muebles de
cerezo. Un edredón de color rojo oscuro le daba un aspecto pulido a la cama que
ocupaba el centro de la habitación. Paula miró fijamente la cama, un poco más
pequeña de lo que esperaba, y se dio cuenta de que no había algún sofá o alguna
alfombra cómoda. El conocimiento de que estarían acurrucados juntos alteraba sus
nervios. Por Dios, apenas había caído con apenas un fatal beso. ¿Qué pasaría si ella
se daba la vuelta mientras dormía? ¿O si accidentalmente sus dedos tocaban
alguno de sus lisos músculos pectorales y la hacía quedar como una tonta?
Esa ridícula situación la irritaba así que hizo lo que mejor sabía hacer. Atacar
primero.
―Linda cama.
Él se aclaró la garganta.
―¿Es aceptable? Si no, podría poner una sábana en el piso.
Ella rodó los ojos.
―Soy una mujer mayor, solo quédate de tu lado. Yo quiero el izquierdo.
―Como tú quieras.
―No roncas ¿O sí?
Un atisbo de asombro brilló en sus ojos.
―No he tenido quejas antes.
―Bueno, te diré si están mintiendo, para futuras referencias.
Él hizo un gesto hacia el baño y hacia las puertas de cristal que daban al balcón.
―¿Por qué no te tomas un tiempo para refrescarte? Baja cuando estés lista. Te
mostraré la propiedad y el resto de la casa. ¿Cuándo es tu sesión de fotos en Milán?
―Mañana. Estaré ahí casi todo el día.
―Muy bien. Me reuniré contigo en la tarde para que podamos presentar nuestro
Atto Notorio y Nulla Osta en el consulado. Ya he conseguido a los testigos. No se
te olvide traer todos tus papeles. Tuve que mover algunos hilos para que mama no
sospeche que queremos algún retraso.
Paula tragó.
―Pensé que habías dicho que era imposible conseguir un sacerdote para que nos
casara.
―Es un poco difícil conseguir a un sacerdote para que oficie una ceremonia de
último minuto y mama solo aceptará este tipo de ceremonia. No hay manera de que
pueda ser aprobada en una semana.
―De acuerdo.
Se miraron mutuamente en silencio unos minutos. Él cambió de peso, y la tela de
sus pantalones se tensó contra el bulto de la muerte en el centro. Su camiseta negra
no hacía nada para esconder el contorno de sus hombros y su pecho. O la longitud
de sus brazos cubiertos de vellos oscuros. Su cuerpo traidor respondió ante su
confianza mientras el calor ardía entre sus muslos y sus pezones se tensaban
dolorosamente.
¿Cuándo había sido la última vez que había estado tan excitada por un hombre?
Tal vez era por la persecución. Las mujeres se sienten atraídas por los hombres que están fuera de sus límites. Especialmente si ellos estaban perdidos por otra mujer.
¿Cierto?
―¿Paula? ¿Estás bien?
Ella se sacudió la reacción y se lo atribuyó al Jet lag
―Seguro. Tomaré un baño. Te veré abajo.
Él asintió con la cabeza y cerró la puerta detrás de sí.
Paula gruñó y se apresuró hacia su maleta en busca de una muda de ropa. Todo
lo que tenía que hacer era sobrevivir siete días sin hacerse quedar como una idiota
y sería finalmente libre de Pedro Alfonso para bien. No tendría que preocuparse
por tropezarse con él en casa de Alexa, y tendría a su familia solo para ella.
La amargura de la imagen se burló de su satisfacción y le gritaba que era una
mentirosa. Se había acostumbrado a él durante el año pasado. Demasiado. Y cada
vez que miraba hacia esos ojos oscuros, el recuerdo de su humillación regresaba a
su mente y la hacía retorcerse.
El baño era pequeño pero contaba con una bañera profunda de mármol y una
ducha. Decidió hacerlo rápido y tener un largo chapuzón después. Dio un paso
bajo las gotas de agua y dejó que el calor relajara sus músculos. Acostumbrada a
forzar a muchos de sus colegas a ir a citas a ciegas, Paula, no lo pensó dos veces
cuando Alexa juró que había encontrado al hombre perfecto para ella. Recordaba
haber entrado al lujoso, intimo restaurante italiano esperando alguna clase de
hombre. Un poco arrogante. Demasiado relajado. Demasiado atractivo.
Había estado equivocada.
Excepto por la parte de atractivo.
Paula se frotó la piel y trató de borrar ese recuerdo. Pero las imágenes
aparecieron delante de sus ojos. La conexión instantánea cuando sus manos se
tocaron, como un rayo que había estado encapsulado y había sido liberado. Ella
casi se había echado hacia atrás. Casi. El muro que había construido se mantuvo
firme. Pero su conversación la atrajo y la envolvió como un cálido abrazo. Sí, él era
relajado, encantador y gracioso, pero había una sensación de realidad en su esencia
que la llamaba.
Cuando el postre llegó, por primera vez en un largo tiempo, ella no quería que la 
noche terminara. Y sentía que él tampoco. 
Había aprendido una frase debido a sus pasadas experiencias. Controla la cita, 
controla el resultado. Por una extraña razón, ella se abrió y le dejó ver un destello de 
su alma. La atracción sensual se enredó en ambos y se propagó ligeramente por 
todo su cuerpo. Tal vez, estaba lista finalmente para algo más. Tal vez, Alexa había 
estado en lo correcto. Tal vez, ella encontraría un arcoíris o una cascada al final del 
camino, o algo que finalmente la sorprendería y llenaría el doloroso vacío en su 
interior. 
―Disfruté esto ―dijo ella suavemente―. Tal vez podríamos hacerlo de nuevo. 
Cuando la impulsiva invitación salió atreves de su delicioso tiramisú, casi se 
muerde la lengua del horror, pero era demasiado tarde. 
Él la estudió en silencio. 
―No creo que esa sea una buena idea, Paula
Su nombre llegó a sus oídos como una caricia, pero sus palabras la golpearon como 
cuando el perro de la familia se había perdido. Nunca había considerado el 
rechazo. 
―Lo siento, cara. Eres una mujer hermosa y yo estoy extremadamente atraído hacia 
ti. Pero creo que esto podría terminar mal. 
La ligereza se convirtió en algo oscuro. Sí, ella entendía que era una situación 
bochornosa, pero por primera vez había deseado tener una oportunidad. Tal vez 
había juzgado mal la situación. O su conexión. Ella casi se rio, pero un miedo 
extraño destello en aquellos ojos y la hizo parar. Él sonrió, pero ella notó su 
incomodidad por el modo en que se movía en su asiento y jugaba con su vaso de 
vino. Casi como si algo lo detuviera de llevarla de vuelta a casa. Casi como si… 
El entendimiento sacudió a través de ella. Las piezas del rompecabezas se 
desplazaron y cayeron en su sitio. El dolor atravesó su alma y ella apenas pudo 
decir las palabras. 
―Es Alexa ¿No? ―susurró―. Tú sientes algo por ella. 
―¡No! Alexa es mi amiga, nada más.  

Su negación gritaba que era cierto. Su piel se sonrojó y la humillación la hizo 
querer salir corriendo de la habitación. Sin duda alguna él no había querido salir 
con ella. Su mente repasó la conversación y encontró todas las señales que él había 
dejado sobre Alexa. Lo maravillosa que era. Lo dulce. Lo inteligente. Incluso 
preguntó cómo es que ellas se habían conocido, intrigado por su primer encuentro 
en el autobús escolar cuando se habían metido en una pelea, luego se convirtieron 
en mejores amigas. Él nunca estuvo interesado en ella. Esta cita había sido solo un 
truco para obtener información acerca de otra mujer. 
Él estaba enamorado de Alexa. 
Ella se tragó su vergüenza y juró que saldría con su orgullo intacto. 
―Entiendo ―dijo. Sus palabras salieron con frialdad. Sus dedos no temblaron 
cuando empujó su plato y se paró de la silla. 
―Paula, hablemos sobre esto. Por favor no te vayas con la impresión equivocada. 
Su risa sonó un poco frágil. 
―No seas ridículo. Soy una mujer mayor, puedo manejar un poco de rechazo. 
Siempre y cuando te des cuenta de que te estaré vigilando. Especialmente 
alrededor de Alexa. 
El jadeó, pero Paula pudo ver a través de él. 
―Te lo dije… 
―Tonterías ―Ella agarró su bolso Coach y se lo pasó sobre el hombro. Sus ojos se 
estrecharon―. Nos vemos. 
La llamó de nuevo pero ella lo ignoró y dejó el restaurante. 
Paula le cerró al agua y se envolvió en una toalla. Aún ahora su rechazo le dolía, 
tan ridículo como sonaba. La arrastró a su pesadilla recurrente de la juventud. 
Nunca era lo suficientemente buena. Enojada por sus pensamientos y malos recuerdos, se puso un par de jeans, una 
playera verde y unas sandalias de piel. No tenía caso pensar en el pasado. Ella 
controlaba sus relaciones, su sexualidad y sus propias decisiones. Y segura como el 
infierno que no sería las sobras de nadie. 
Especialmente no de Pedro Alfonso. 
Pasó un cepillo por el cabello húmedo y se aplicó un poco de brillo labial. Después 
empujando esos molestos pensamientos al fondo de su mente, bajó las escaleras 
para conocer a su nueva familia. 
Paula se encontró a todos reunidos alrededor de la mesa de hierro forjado y sillas 
a juego. La alcoba estaba rodeada por un jardín de flores vivas: amarillas, rojo 
intenso y moradas todas gritando por atención. La dulce fragancia circuló con la 
cálida brisa y cosquilleo en sus fosas nasales. De la elaborada fuente con un ángel 
tallado brotaba agua hacia un estanque cubierto de musgo. El sol se apoderó de los 
ásperos adoquines de terracota. Inmediatamente, Paula se relajó en aquel 
pacifico lugar. Sus dedos ansiaban por su cámara en un intento de capturar la 
calidad casi mística del silencio, incluso cuando era invadido por la ruidosa familia 
italiana que charlaba en la mesa.