domingo, 28 de septiembre de 2014

Capitulo 1

He contratado a un nuevo socio. Ella estará bajo tu dirección y serás responsable de su formación.
Pedro cortó su mirada hacia el hombre que estaba sentado al otro lado de la mesa. Sus terminaciones nerviosas se erizaron ante el anuncio, pero permaneció en silencio. Estiró las piernas debajo de la mesa de conferencia, cruzó los brazos frente a su pecho y arqueó una ceja. Había trabajado muchas horas y sudado sangre para sacar el imperio familiar de La Dolce Maggie, rama americana EE.UU. de La Dolce Famiglia con base en Italia, de la tierra, y maldita fuera si se salía limpiamente.
—¿Buscándome un remplazo, jefe?
Más como un hermano que como un jefe, Michael Chaves le disparó una sonrisa.
—¿Y lidiar con tu mamá viniendo detrás de mí a patearme el culo? Ni pensarlo. Necesitas ayuda con la expansión.
Pedro sonrió.
—Parece que tu mamá es más dura que la mía. ¿No te instigó a tener una boda por la fuerza con tu esposa? Qué bueno que la amabas, o estarías en problemas.
—H
—Es curioso, Alfonso. La boda no era problema. Fueron tus dudas acerca de mi esposa las que verdaderamente nos metieron en problemas.
Pedro hizo una mueca.
—Lo siento. Trataba de proteger a un amigo de una mujer hambrienta de dinero. De todos modos, ahora me encanta Maggie. Es suficientemente fuerte como para llevar tu basura.
—Sí, ahora hay como un club de admiración mutua entre el ustedes dos.
—Es mejor que la guerra. Entonces, ¿quién es el pez gordo entrando?
—Paula.
Pedro cerró la boca con fuerza.
—¿Perdón? ¿Paula, tu hermanita? Tienes que estar bromeando. ¿No está todavía la escuela?
Michael se sirvió un poco de agua del refrigerador y tomó un sorbo.
—Ella se graduó en mayo pasado de su MBA de la SDA Bocconi, y ha estado entrenando en el Dolcedi Notte.
—¿Nuestro competidor?
Michael sonrió.
—No lo creo. No están tratando de conquistar el mundo como nosotros, mi amigo. Pero puedo confiar en que le enseñaron competencias básicas en el negocio de la panadería. Quería que se entrenara con Julietta, pero se niega a quedarse a la sombra de su hermana mayor. Ha estado rogándome por venir a Estados Unidos y ya le corresponde su pasantía. Es hora de unirse a la empresa familiar. ¿Capisce?
Ah, demonios. Sí, entendía. Pedro estaba siendo reasignado a la labor de niñera para la hermana menor del clan. Claro, él la quería como a una hermana, pero su tendencia de echarse a llorar en escenas emocionales no iba bien con el negocio. Pedro se estremeció. ¿Y si hería sus sentimientos y se derrumbaba? Esta era una mala idea por todos lados.
—Um, Michael, tal vez deberías ponerla en contabilidad. Siempre has dicho que es capaz con las figuras, y no creo que gestión sea un buen ajuste. Tengo un horario loco y estoy en negociaciones delicadas. Por favor, dásela a alguien más.
Su amigo negó con la cabeza.
—Con el tiempo, la voy a pasar a CFO. Pero por ahora la quiero contigo. Ella tiene que aprender el manejo adecuado y cómo funciona La Dolce Maggie. Tú eres el único en quien confío para asegurarse de que no se menta en problemas. Eres de la familia.
Las palabras simples cerraron el último clavo de su casa de vampiros. Familia. Michael siempre había cuidado de él, y él le había probado que valía la pena. También había soñado con un lugar tallado para él. El pico de la cadena alimentaria, por así decir.
Nadie había cuestionado nunca su trabajo como CEO, pero últimamente se preguntaba si la falta de la preciada sangre Chaves en sus venas le hacía daño a su posición.
Los contratos eran temporales y se renegociaban cada tres años. Anhelaba un lugar más permanente en el imperio que ayudó a construir, y la ampliación de otras tres panaderías podría ser la joya de la corona.
Si hacía bien su trabajo, podría asegurarse estar en la cima, justo al lado de Michael, como socio permanente en vez de un director ejecutivo designado. Preocuparse por una joven recién salida de la escuela de negocios le distraería. A no ser…
Dio unos golpecitos con el dedo contra su labio inferior. Tal vez Michael necesitaba que le recordaran lo importante que eran sus esfuerzos para la compañía. Al arrojarle a Paula ciertos desafíos, estaría seguro de resaltar sus deficiencias y su corta edad, manteniéndola todo el tiempo bajo su supuesta protección.
Después de la expansión, Pedro intentaría abordar a Michael respecto a la sociedad. Paula podría ser capaz de abogar por su causa, sobre todo si era su mentor y ella dependía de su retroalimentación.
Sí, tal vez esto era lo mejor.
—Está bien, Michael, si eso es lo que quieres.
—Bien. Ella llegará dentro de una hora. ¿Por qué no vienes a cenar a casa esta noche? Tendremos una pequeña celebración de bienvenida por su llegada.
—¿Maggie va a cocinar?
Michael sonrió.
—Diablos, no.
—Entonces estoy dentro
—Hombre inteligente. —Michael aplastó el vaso de papel, lo tiró en la basura y cerró la puerta detrás de él.
Pedro miró su reloj. Tenía un montón de trabajo que hacer antes de que ella llegara.
Paula se quedó mirando la elegante puerta de madera con la brillante señal dorada. Tragó el nudo en su garganta y secó las palmas húmedas en su falda negra. Esto era ridículo. Ella había crecido y hacía mucho que había pasado los días bebiendo los vientos por Pedro Alfonso.
Después de todo, tres años era mucho tiempo.
Se alisó un mechón de pelo de su elegante moño, enderezó los hombros y llamó a la puerta.
—Adelante
El sonido de su voz ronca atravesó su memoria y la presionó casi estrangulándola. Era rico y cremosamente suave, insinuando sexo
travieso de una manera tan fuerte que sólo una monja podría ignorarlo. Quizás.
Abrió la puerta y se dirigió con falsa confianza.
Paula sabía que no tenía importancia. El mundo de los negocios sólo observaba lo que estaba sobre la superficie. Saberlo la tranquilizó, había aprendido muy bien a ocultar sus emociones durante su formación. Se trataba simplemente de una cuestión de supervivencia.
—Hola, Pedro.
El hombre detrás del extenso escritorio de teca la miró con una extraña mezcla de calidez y sorpresa, casi como si no estuviera esperando a la mujer que estaba delante de él.
Los penetrantes ojos azules se afilaron y vagaron sobre su figura antes de que su rostro se suavizara en uno amable de bienvenida.
Su corazón se tambaleó, cayó y se mantuvo estable. Por un momento, se permitió beber en su apariencia.
Su cuerpo era delgado y asentado, y a su impresionante altura siempre se añadía un comportamiento intimidatorio que era una ventaja en la mayoría de sus tratos. Su rostro reflejaba la imagen de un demonio y un ángel atrapado en una historia de amor. Pómulos agudos, una nariz elegante y una ceja curvada que aparentaba aristocracia. Una sexy perilla abrazaba su mandíbula acentuando la curva rolliza de sus los labios, hechos a la medida para el sexo.
Su cabello grueso, negro como el carbón caía en ondas a través de su indomable frente y salía disparado hasta el azul de sus ojos. Él se acercó a ella, caminando con una gracia natural que un hombre alto por lo general no mostraba y el aroma tentador de su colonia bromeó con sus sentidos. La extraña combinación de madera, especias y limón le provocaba ganas de enterrar la cara en la curva de su cuello y respirar.
Por supuesto, no lo hizo. Ni siquiera cuando la estrechó brevemente en un abrazo de bienvenida. Sus dedos descansaron sobre los anchos hombros apenas contenidos en un traje azul marino hecho a la medida.
Ella hacía tiempo que había enfrentado su criptonita personal y había aprendido grandes lecciones. Reconoce tu debilidad. Acéptala. Sigue adelante. Ahora, las reglas simples de los negocios se aplicaban a todas las áreas de su vida.
Ella le sonrió.
—Ha pasado un largo tiempo.
—Demasiado largo, cara. —La inquietud brilló en sus ojos y luego desapareció—. He oído que te graduaste entre los primeros de tu clase. Bien hecho.
Ella dio una breve inclinación de cabeza.
—Gracias. ¿Y tú? Michael dice que estás trabajando duro en la ampliación de La Dolce Maggie.
Su mandíbula se apretó.
—Sí. Parece que me ayudarás en este aspecto. ¿Has hablado con tu hermano ya?
Paula frunció el ceño.
—No, vine directamente a la sede, para poder adelantarme un par de horas. Pensé que me daría el recorrido. ¿En qué división voy a empezar? ¿Cuentas por pagar, presupuesto u operaciones?
Él estudió su cara durante un rato, su mirada era una caricia real mientras sondeaba cada rasgo. Ella resistió con fuerza y se sometió a la inspección. Tenía que acostumbrarse a su presencia ya que estaría tropezando con él en el trabajo. Gracias a Dios que había sido enterrada en contabilidad. Su núcleo de concentración y sus habilidades con cifras eran sólidas y Pedro rara vez tendría que supervisar su progreso.
Una sonrisa curvó sus labios sensuales y la distrajo brevemente.
—Conmigo.
—¿Perdón?
—Mi división. Vas a trabajar conmigo como mi asistente. Te estaré entrenando.
Horror la inundó. Dio un paso atrás como si él fuera el demonio pidiéndole que renunciara a su alma.
—No creo que eso sea una buena idea. —Una risa loca escapó de sus labios—. Quiero decir, no quiero entrometerme en el camino. Voy a hablar con Michael y convencerlo de empezar en otro lugar.
—¿No quieres trabajar conmigo? —Él levantó las manos—. No tienes nada de qué preocuparte, Paula. Voy a cuidar muy bien de ti.
Una imagen de él deslizando sus dedos en su húmedo calor y acariciándola hasta el orgasmo ardió frente a su visión. Dios sabía que él sabía cómo cuidar bien a una mujer. En todos los sentidos. El color inundó sus mejillas por lo que se volteó rápidamente como si estudiara la oficina. Ridículo. Estaba perdiendo el control en apenas cinco minutos de su primera reunión.
Sus tacones sonaron en el azulejo de madera mientras paseaba y fingía interés en la gran foto de la bahía. Esta era su última prueba y se negaba a fallar. Pedro era un tonto enamoramiento que sentía desde su juventud, y ya ella no vivía su vida en una prisión emocional. Había venido aquí por dos principales razones: demostrar su valía y exorcizar el fantasma de  Pedro Alfonso.
Hasta el momento, había fallado en ambos propósitos.
Se aclaró la garganta y se enfrentó a él una vez más:
—Agradezco tu buena voluntad de entrenarme —dijo agradablemente—, pero me sentiría más cómoda en otro lugar.
Sus labios se curvaron.
—Haz lo que quieras. Pero creo que tu hermano tiene una idea clara de lo que quiere. ¿Por qué no te doy una breve gira mientras lo llamo? No creo que te esté esperando hasta más tarde.
—Bien. —Ella levantó la barbilla con desafío—. Quizás es el momento de recordarle a mi hermano que ya no está a cargo de mí.
Paula se aseguró de liderar la salida.
¿Qué demonios estaba pasando?
Pedro trotó obedientemente detrás de la fresca y preparada mujer delante de él y trató de reunir su ingenio. Esta no era la joven que había visto por última vez en Italia, que era emocional, dramática-auto-consciente.
No, esta Paula Chaves había crecido. Estaba acostumbrado a ser pateado por su mirada de admiración y por verla bajar la cabeza con timidez cuando algo la avergonzaba. Paula estaba acostumbrada a escuchar las demandas de otros. Ella era una chica complaciente con la gente, extra sensitiva y amorosa por la que siempre se sintió sobre protector.
Pero la mujer que había encontrado esta vez parecía completamente en control y capaz. La idea de ella enfrentándose a su hermano mayor le sorprendió. Se imaginó la rápida puñalada de decepción ante los cambios, luego se encogió de hombros. Tal vez ella terminaría siendo más que un activo para la empresa, como originalmente había pensado.
Por supuesto, su cuerpo también había florecido. ¿O sería que nunca lo había notado? Pedro arrancó su mirada de la curva de su trasero mientras balanceaba sus caderas al antiguo ritmo creado para volver locos a los hombres.
Más bajita que sus hermanas mayores, se tambaleaba sobre tacones de diez centímetros que mostraban la musculosa longitud de sus piernas. Mientras la presentaba con varios empleados y hacían su camino hacia la planta baja, se dio cuenta que también había crecido en otras formas. Especialmente en el escote.
El calor se precipitó a través de él y apretó. La delicada blusa blanca estaba abierta en el cuello y revelaba un toque de encaje. Sus pechos llenos se tensaban contra el material como si estuviesen muriendo por escaparse, volviendo su traje de negocios respetable en un vehículo para un stripper. Horrorizado ante el repentino giro de sus pensamientos, rápidamente imaginó monjas en ropa interior y recuperó el control.
Paula estaba fuera de los límites. Él era su tutor y segundo protector. Pedro negó con la cabeza y estudió su cara en una luz casi académica. Siempre había sido una chica bonita, pero por lo general se aplicaba demasiado maquillaje por lo que no podía ver sus rasgos. Hoy, sus labios rojos escarlata eran su único accesorio. El tinte oliva en su piel brillaba bajo la luz y tentaba al hombre a tocarla.
Aquellos indómitos rizos habían desaparecido en un moño severo que desataba espesas cejas y altos pómulos. Su nariz era italiana y dominaba su rostro, pero el poder de aquellos tormentosos ojos oscuros mantenía a una persona cautiva y negada a escapar. Nunca había sido demasiado delgada, y se preguntaba por qué la mayoría de las mujeres querían serlo. Las exuberantes curvas que tensaban su traje de corte recto eran tentadoras.
¿Tendría un amante?
Mierda, ¿de dónde provino de ese pensamiento? Se frotó la los ojos y medio gimió con alivio al ver a Michael por el pasillo.
Su hermano alzó los brazos en antigua tradición familiar, pero Paula no se apresuró a su encuentro. En su lugar, sonrió y caminó lentamente por el pasillo, y le devolvió el abrazo. La fortaleza de su vínculo brilló alrededor de ellos, y una vez más, Pedro experimentó una punzada de soledad. Siempre había anhelado un hermano con quien compartir su vida. Por lo menos, Michael y sus hermanas eran su familia adoptiva. Pero después de que el padre de Pedro muriera, la única meta que lo mantenía en el camino de la venganza era: el éxito.
Así que no lo arruines.
Él asintió con la cabeza ante su voz interior y se reorientó. Michael echó el brazo por el hombro de Paula y se acercó.
—Estoy tan feliz de que por fin estés aquí, mia bella. Le dije a mi chofer que te llevara directo a casa. Maggie te ha estado esperando.
Paula inclinó la cabeza y sonrió.
—¿Y cómo lo está llevando mi cuñada?
—Irritable.
—¿La culpas? —Ella se echó a reír—. Le dije a tu chofer que había un cambio de planes. Me imaginé que tomaría un tour, arreglaría mi escritorio y luego llegaría a casa. Pedro me dio una breve visión general del diseño.
Michael le dio una palmada en la espalda y se dirigió a Paula.
—Estás en buenas manos. ¿Por qué no tomas la oficina al lado de la suya? Ha estado vacía durante un tiempo y puedo conseguir que limpien las cajas hoy mismo. Mañana tendremos una reunión de estrategia sobre algunos nuevos desarrollos.
Un silencio incómodo se estableció en torno a ellos. Michael pareció confundido al ver la mirada pedregosa de su hermana.
—Sí, parece que primero tenemos que establecer algunas reglas. ¿Podemos vernos en tu oficina?
Pedro asintió.
—Los dejaré solos y te veo esta noche.
—No, Pedro. Me gustaría que te unieras a nosotros —dijo Paula.
Su mirada directa causó una extraña sensación de picor en su piel, pero la ignoró. Asintió y se reunieron en la oficina de Michael. Las sillas eran profundas y cómodas, hechas para largas horas de conferencias. Él luchó contra una risita cuando su pequeña figura fue tragada por el acolchado terciopelo y rodó su trasero hasta el borde del asiento.
Ella le arrojó una mirada de disgusto que le dijo que se había dado cuenta de su diversión y de inmediato cerró sus piernas, colocando sus tacones firmemente en el suelo. Esas pantorrillas bien definidas estaban hechas para engancharse a las caderas de un hombre mientras empujaba dentro de ella.
Jesús, contrólate. Era un viejo a los treinta y cuatro. Claro, el aspecto de bibliotecario caliente era un shock, pero Paula todavía era como de la familia y años más joven. Protegida. Inocente. Probablemente moriría de vergüenza si ella sospechaba que su aparición había sacudido su mundo... y partes de su anatomía.
Rápidamente dispersó la imagen.
—Michael, tengo algunas preocupaciones acerca de mi lugar aquí. Tal vez puedas hacerme saber cómo percibes mi rol y podamos hacer los ajustes necesarios.
Su hermano se echó hacia atrás. Parecía que no era el único sorprendido por la racional Paula Chaves.
—No debes preocuparte por eso, cara. Eventualmente, ocuparás la posición de CFO, pero por ahora ayudarás a Pedro en todos los aspectos de funcionamiento de La Dolce Maggie. Necesito que primero aprendas todos los niveles de operación. Por supuesto, vivirás con Maggie y conmigo. He organizado una suite privada y la puedes decorar como quieras. Cuando tengas alguna preocupación, vienes a mí y la resolvemos. —Michael prácticamente resplandeció de orgullo por su generosa oferta.
De alguna manera, Pedro sospechaba que se estaban gestando problemas. Un gran lío. Esperó la explosión de mal genio femenino.
Paula asintió.
—Ya veo. Bueno, eso es muy generoso de tu parte y agradezco la oferta. Por desgracia, no he venido a Nueva York para vivir en la casa de mi hermano y estar a la sombra de su CEO. Tengo mis propios planes. Me estoy mudando al antiguo apartamento tipo loft de Alexa este fin de
semana. En cuanto a La Dolce Maggie, creo que serviría mejor a la empresa en contabilidad y operaciones dado que esa será mi posición permanente. Pedro no necesita que alguien lo distraiga de su papel aquí.
Pedro rápidamente cerró la boca de golpe y oró porque nadie lo hubiese notado. ¿Dónde estaban los fuegos artificiales y el drama familiar? Paula era una joven mujer apasionada, emocional, que nunca se mordía la lengua y seguía cada sentimiento que tenía. Por eso se metía en tantos problemas. Él recordó aquella ocasión en que ella saltó del auto para seguir a un perro perdido en el bosque y se perdió.
Dios, que fiasco. Pensaron que la habían secuestrado y la encontraron horas después con una bola sucia de la piel en sus brazos en un improvisado refugio que había construido con ramas y hojas. Sin siquiera una lágrima en los ojos, había anunciado que confiaba que la encontrarías y salió con ese pero mientras su hermano gritaba y Pedro casi se desmayaba de alivio.
Michael la miró fijamente.
—De ninguna manera. Eres mi hermana y te quedarás con nosotros. Nueva York es un lugar aterrador. En cuanto a la empresa, no necesito otra persona en el departamento de contabilidad por el momento. Aprenderás más de Pedro.
—No. —Sonrió amablemente, pero su palabra explotó en la habitación como un globo pop.
—¿Qué?
—No me estás escuchando, Michael. Si no podemos comunicarnos de manera adulta, esto no va a funcionar. Ya he recibido dos ofertas de empleo de empresas en Manhattan y no les he dado mi decisión final. Quiero demostrar mi valor aquí, pero si continúas tratándome como a una hermana pequeña, no voy a ser capaz de hacer mi trabajo correctamente. Eso no sería justo para nadie. Ahora, si tienes alguna razón válida que no sea que quieres que Pedro tenga un ojo sobre mí para que no me meta en problemas, me gustaría oírla. Si no, con mucho gusto seguiré adelante sin sentimientos heridos. ¿Capisce?
Pedro se preparó para el genio italiano de su amigo y jefe. Había una cosa que Michael perseguía con el vigor de una guerra medieval, la protección de su hermana pequeña. Su palabra era ley en el hogar Chaves, pasada por generaciones de tradiciones de vieja escuela. La idea de que Paula de repente desafiara sus decisiones en el momento que aterrizara en su propio terreno le fascinaba como el infierno.
Y entonces el mundo se inclinó sobre su eje.
Michael hizo una breve inclinación de cabeza. Un indicio de sonrisa tocó sus labios.
—Muy bien, cara. Quiero que te quedes en mi casa porque Maggie podrá disfrutar de tu compañía. Podemos mostrarte todo alrededor hasta que te sientas más cómoda en tu entorno. En cuanto a la empresa, conozco tus habilidades en Excel con cifras, pero necesito que recibas capacitación en todos los aspectos del negocio, sobre todo en gestión. Pedro es el único en quien confío para pulir correctamente tus habilidades.
¿Eh?
Pedro miró a su alrededor buscando cámaras, pero no encontró ninguna. Paula pareció complacida.
—Muy bien, estoy de acuerdo en que Pedro será la persona idónea. También he echado de menos a Maggie, así que voy a pasar la semana entera. Pero realmente tengo que mudarme. Vivir con mi hermano mayor no es lo que esperé cuando llegué aquí. Es hora de conseguir mi propio lugar y el apartamento de Alexa suena perfecto. ¿De acuerdo?
Él no lucía feliz por perder la última mitad del acuerdo, por lo que Pedro esperó más negociaciones.
—De acuerdo.
Los hermanos se sonrieron entre sí. ¿Quiénes eran estas personas?
—Ahora, déjame ir al baño, después, ¿me puedes llevar a casa? Estoy agotada y necesito cambiarme.
—Por supuesto. Vamos a tener una pequeña cena para celebrar tu llegada, pero tendrás la oportunidad de dormir una siesta.
—Maravilloso. —Ella graciosamente se levantó de la silla y se detuvo frente a él—. Gracias por la visita, Pedro. Te veré esta noche.
Él asintió con la cabeza, todavía estupefacto por la civilizada reunión que acababa de presenciar. Salió de la habitación y se quedó mirando a su jefe.
—¿Qué demonios fue eso? ¿Por qué no estableciste la ley como siempre haces? ¿Y qué pasó con ella? No ha llorado o enfadado ni una vez desde que llegó.
Michael hizo un gesto con la mano en el aire y se encogió de hombros en su traje de chaqueta.
—Maggie me convenció de que tengo que respetarla como un individuo con el fin de que tome sus propias decisiones. ¿Lo odio? Si. Pero ella ya creció y necesita encontrar su propio camino. —Sus ojos se ensombrecieron—. Soy su hermano, no su padre. Pero te agradezco mantengas un ojo sobre ella, mio amico. Confío en que la mantengas a salvo y la ayudes a aprender lo que necesite para llevar adelante esta empresa.
La inquietud se deslizó por su espina dorsal.
—¿llevar adelante la empresa?
Michael se echó a reír.
—Por supuesto. Ella es una Chaves y un día tomará las riendas a pleno derecho de La Dolce Maggie. Es para eso que la estamos entrenando.
Pedro miró a su amigo, y la frialdad se filtró en su pecho. ¿Alguna vez realmente se sintió verdaderamente como de la familia y lo suficientemente bueno como para tener una porción de la empresa? ¿Estaba siendo egoísta o ingrato? Habían construido La Dolce Maggie juntos, pero en sus entrañas, Pedro sabía que era reemplazable.
Paula podía ser nombrada directora financiera, pero también era dueña de una parte de la empresa. Él nunca le exigió permanencia a Michael, preocupado porque su amistad pudiera nublar una decisión que debía ser estrictamente de negocios. ¿Por qué siempre sentía la necesidad de luchar más duro para realmente pertenecer? Claro, su cretino padre lo había tomado, pero la constante lucha por dignidad lo estaba cansando.
—Te veré a las siete de esta noche. Gracias, Pedro.
La puerta se cerró detrás de él.
Pedro se quedó en la habitación con el silencio. Con el recuerdo.
Y con una sensación de malestar en el estómago que nunca parecía irse.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Prologo ♥

Paula Chaves se quedó mirando la vacilante llama de la hoguera casera y se recordó a sí misma que no estaba loca.
Era sólo una mujer enamorada.
La mano le temblaba alrededor del pedazo de papel. El libro violeta de Hechizos de Amor situado en la hierba junto a sus pies. Miró a su alrededor y pidió a dios que su familia no se despertase. Le había prometido a su cuñada que no intentaría lanzar un hechizo, pero Maggie no tenía que saberlo.
Ubicada en la parte trasera de la propiedad, el aroma de la madera quemada y el dulce crepitar del azafrán llenó sus fosas nasales, y rezó porque la luz del fuego no revelase su ubicación. Paula echó un vistazo a la página. Bueno, era hora de llamar a la Madre Tierra. Esperaba que el Padre Richard no se enfadara. Rápidamente recitó las palabras para convocar que los poderes de la Madre Tierra para convocar a un hombre con todas las cualidades escritas en su lista.
Entonces tiró el papel al fuego.
Ligereza fluyó a través de ella y dejó escapar un suspiro de alivio. Hecho. Ahora, todo lo que tenía que hacer era esperar. Se preguntó cuánto tardaba generalmente la Madre Tierra en entregar su regalo. Por supuesto, le había puesto el trabajo muy fácil a la entidad. En vez de una larga lista de cualidades, la lista contenía el poder de un solo nombre. El nombre del hombre que había estado enamorada toda la vida, el hombre
que la veía como a una hermana pequeña, el hombre mundano y sexy que había salido con algunas de las mujeres más hermosas del mundo, el hombre que hacía a su lengua trabarse durante el día y sacudía su cuerpo con lujuria durante la noche.
Pedro Alfonso.
Paula esperó hasta que el papel se convirtió en cenizas, y luego arrojó el cubo de agua sobre el fuego. Limpió con movimientos rápidos y eficientes, recogió el libro de tela y se dirigió de nuevo a la casa. La hierba suave cosquilleó contra sus pies descalzos, y su camisón blanco se elevó a su alrededor como un fantasma. Una sensación de emoción le pasó por la espalda mientras ella se colaba de nuevo a su habitación. Deslizó el libro en el cajón y se metió en la cama.
Finalmente, estaba hecho.

Matrimonio Por Un Error =)

Paula Chaves ha tenido un flechazo con el mejor amigo de su hermano Michael, Pedro Alfonso, desde que ella era una adolescente de vuelta a casa en Italia. Ahora ella ganó su MBA y viene a trabajar en la nueva empresa de Michael, el crecimiento más rápido de América del imperio de la panadería. Pero algunas cosas nunca cambian: su sobreprotectora familia todavía la trata como a una niña. Con tres preciosos hermanos que te mueres, ella sigue siendo el patito feo de todos. Y Pedro el nuevo delegado de la compañía, apenas la ve.
Pedro sabe que Paula Chaves está estrictamente fuera de sus límites, por el bien de su trabajo y de su amistad con Michael. Pero la sangre caliente que corre por sus venas se impone en una conferencia cuando los dos comparten una ardiente noche... ¡y es estropeada por su madre! Ahora, es forzado por su antiguo amigo en un matrimonio tradicional italiano para el que no está listo, Pedro es miserable y Paula está furiosa.
Su nuevo marido está a punto de darse cuenta de que el infierno no tiene tanta furia como una mujer transformada...


Epilogo

Paula, date prisa! ¡Los de la mudanza están aquí!
Ella se quejó en voz baja y miró una vez más a las habitaciones vacías de su condominio, asegurándose de que no se había dejado nada. Mudarse a una mansión no era fácil. Infiernos, ya habían peleado por la colocación de las cosas y los arreglos de las habitaciones. Se lamió los labios cuando pensó en todas las maneras encantadoras en que ellos habían hecho el amor, también. Muchas de las habitaciones habían sido bautizadas.
Afortunadamente, había muchas más por seguir.
―¡Ya voy! ―gritó ella.
Con una última mirada al colchón desnudo aún tendido sobre su cama, ella se detuvo mientras un recuerdo tomó posesión. Paula se acercó a la cama y metió la mano debajo del colchón.
La lista.
El hechizo de amor.
Ella miró el diario de papel blanco y lo desplegó para mirar su lista. Gracias a Dios, Pedro no lo había visto; habría muerto de humillación. Sacudiendo la cabeza ante lo ridículo de sus acciones, echó un vistazo a la lista de detalles que le había solicitado a la Madre Tierra que le proporcionara en su marido. Las cualidades desdibujadas juntas mientras su mirada se deslizaba sobre el papel.

Un hombre con un sentido de la lealtad.
Un hombre con un sentido de familia.
Un hombre que es un buen amante.
Un hombre que puede ser mi amigo.
Un hombre que me puede desafiar.
Un hombre al que puedo confesar mis secretos.
Un hombre en quien pueda confiar.
Un hombre con confianza.
Un hombre con un corazón abierto.
Un hombre que luche por mí.
Un hombre que puede amarme tal y como soy.

Paula contuvo el aliento. Releyó la lista, una extraña sensación de presentimiento pasando sobre ella. Borracha, con las defensas abajo y solitaria; las cualidades en esta lista nunca se habrían formado en su mente racional. No, cada elemento gritaba por alguien que pudiera completarla.
Pedro. Madre Tierra le había enviado a Pedro Alfonso.
El anillo de diamante disparó destellos helados de luz mientras ella doblaba cuidadosamente el diario y lo arrugaba en su mano. Ridículo. Se estaba volviendo asustadiza. No había tal cosa como Madre Tierra. El hombre perfecto y los hechizos de amor no existían.
¿Cierto?
Con cautela, decidió tirar el libro de hechizos. ¿Dónde había puesto ese libro morado?

Carina.


Cuando habían regresado a casa desde la línea de la costa la noche de su reconciliación, Paula se sorprendió al descubrir a Carina en la puerta de Pedro. La mejor parte era la enorme bola de pelo negro que ella sostenía contra su pecho.
Tan pronto como Dante encontró a Paula, saltó de los brazos de Carina y fue hacia los de ella como si perteneciera allí. Carina confesó que una vez que le había dicho a Dante que quería llevarlo a ver a Pedro, se dirigió directo hacia el porta gatos como si entendiera. Y tal vez lo hacía.
Con su familia completa, Paula se dio cuenta de lo que significaba pertenecer completamente a otros y juró que nunca lo olvidaría. Sin embargo, a ella no le gustaba la idea de su nueva hermana aferrándose a un libro de hechizos que realmente podía funcionar.
Se mordió el labio inferior y se preguntó si debía decir algo.
No, ¿cuáles eran las probabilidades? Era una cosita tonta y Carina probablemente lo leería, conseguiría reír y lo tiraría a la basura.
Paula negó con la cabeza y salió de la habitación y de su antigua vida detrás de ella.

ESTE ES EL FINAL DE LA SEGUNDA PARTE... =) SE VIENE LA TERCERA PARTE DONDE CAMBIAN LOS NOMBRES DE LOS PERSONAJES...

PAULA DE LA SEGUNDA PARTE: MAGGUIE 

PEDRO DE LA SEGUNDA PARTE: MICHAEL 

AHORA CARINA ES PAULA

AHORA MAX ES PEDRO

SE ENTENDIÓ? JAJA


Capitulo XV

Los días más tarde, Paula descansaba en la terraza de atrás, bebiendo un vaso de vino y acariciando a Dante. Él estaba sobre la mesa, tomando el calor del sol, ronroneando en voz baja. Se dio la vuelta y expuso su enorme vientre, su lugar favorito para ser rascado. Cada vez que la mano de ella se cansaba y se detenía, él le rugía en amenaza, aunque ella sabía que la amenaza era completamente falsa.
―Eres el rey del drama ―advirtió ella.
Esos enormes ojos verdes la miraron con implacable demanda y mal humor. Dejó escapar un suspiro de impaciencia y dejó el vaso. Le pasó las uñas suavemente sobre su vientre y volvió a ronronear tan fuerte que sonó como una motosierra.
―Bien, bien, aquí, ¿eres feliz ahora?
Dios, odiaba a los gatos.
Por supuesto, excepto Dante, que era un mentiroso grande y gordo. Este felino había trabajado su camino debajo de su piel. Una emoción barata patinó a través de ella de manera que el parásito no dejaba que nadie lo tocara, excepto ella. De una manera alocada, sentía como si se pertenecieran el uno al otro. Dos vagabundos, malos-culos solitarios que no sabían cómo manejar a la gente.
¿Qué iba a hacer?
Pedro la amaba. Desde su demoledora admisión y su demoledora confesión, habían acordado silenciosamente no discutir el tema más a fondo. Paula quería creerle, ansiaba tener la capacidad de devolverle las palabras, pero algo la mantenía prisionera.
Su pasado.

La luz del sol golpeó el diamante de dos quilates en su dedo anular y brilló en son de burla.
Tenía que tomar una decisión pronto. Ella accedió a quedarse unos días más, mientras se aseguraban de que mamá Alfonso estaba bien y podrían solidificar los planes para la boda de Venezia.
Nunca le había dicho a nadie, excepto a su madre, acerca de la violación. La traición de su madre mató una profunda confianza dentro de ella y Pedro la trajo de vuelta a la vida. Se le puso la piel de gallina en los brazos ante el recuerdo de sus manos y su boca y su lengua en cada parte de su cuerpo, sin la posibilidad de hacer otra cosa que rendirse. Maldita sea, ahora sabía por qué esas cosas de bondage eran tan ampliamente leídas.
Dante miró de reojo como si conociera sus pensamientos, le pateó la mano y se estiró en una posición diferente.
―Sí, apuesto a que eres un macho semental, golpeando a todas las mujeres indefensas en la ciudad ―le señaló―. Toma un poco de responsabilidad por tus acciones, amigo. Creo que tengo que llevarte al veterinario y hacer que te arreglen.
―¿Estás hablando con el gato?
Paula volteó la cabeza y luchó contra un rubor. Carina estaba de pie con los brazos cruzados, riéndose de ella.
―Por supuesto que no ―negó con vehemencia―. Estás oyendo cosas.
Ella soltó una risita.
―Sí, claro. Hola, Dante. ―Dio un paso más cerca, con la mano extendida, un tono bajo y suave alrededor del gato. Él vio su lenta aproximación y tanto Paula como Carina aguantaron la respiración.
Con un siseo de disgusto, se levantó, agitó su cola y desapareció entre los arbustos. La boca de Carina se abrió. Paula ocultó su expresión satisfecha y tomó un sorbo de vino.
―¿Por qué no le agrado? ―se quejó―. Me encantan los animales. Les doy de comer. Tú lo insultas y él te adora.
Paula se encogió de hombros.

―Los hombres son inconstantes. ¿Qué hay?
―Vamos a la ciudad a mirar flores. ¿Quieres venir?
Paula frunció la nariz.
―Aburrido. Paso.
Carina se rió.
―Lo sé, yo misma no soy el tipo de chica a la que le gustan las flores, pero dado que eres nueva en la familia, puedes escaparte de esta clase de cosas ―dejó escapar un suspiro―. Está bien, sé un palo de golf. Te veo un poco más tarde. Mama está descansando, pero está bien. ―Una expresión confusa revoloteó sobre su cara―. Es realmente extraño. Tan pronto como se fueron, tuvo toda esta energía, volvió a ser ella misma, y lucía bien. El doctor vino de nuevo y dijo que toda la cosa debió haber sido una falsa alarma.
―Ajá. Extraño, pero al menos es mejor.
―Sí, tienes razón. Nos vemos más tarde.
Carina se fue y Paula se sentó por un rato más, disfrutando del calor y el silencio. Necesitaba encontrar a Pedro. Con la casa vacía, era hora de que hablaran. Apuró el último sorbo de vino por valor líquido y entró en la casa.
Se asomó en algunas de las habitaciones y luego captó su profunda voz en el estudio. Se detuvo frente a la puerta e hizo una pausa antes de llamar. Tal vez debía esperar afuera hasta que…
―No, Max, ella no se casaría conmigo por dinero. Hace suficiente por sí misma. Eres como una madre sobreprotectora, mia amico.
Hizo una pausa y luego habló con una frialdad que le dio un escalofrío. ―¿Que hiciste qué? Contratar a un detective privado para revisar su historia es inaceptable. Sí, ya sé sobre su pasado. Ella no se parece a sus padres. Merda, no me cuestiones en esto, ella es mi esposa ahora.
Más silencio.
―No, no creo que vengan niños en un rato, ella necesita un poco de tiempo. No es la típica mujer que quería casarse, pero las cosas cambian. Puedo esperar. ―Paula

oyó sus pasos hacia adelante y atrás―. Esta es mi decisión y ya no quiero hablar de ello. Voy a hacer este trabajo.
La conversación se prolongó un poco más, mientras se escondía en el pasillo. La humillación le quemaba hasta que su piel realmente se erizó. Max no creía que fuera lo suficientemente buena para su mejor amigo. ¿Qué le habría dicho el detective? ¿Que sus padres eran una broma y que ella no tenía experiencia en relaciones sanas? A los pocos minutos de conocerla, Max se dio cuenta de la verdad que había estado tratando desesperadamente de ocultar.
Ella era sólo una sombra de una mujer. Pedro merecía más. Necesitaba a alguien con un corazón abierto y sin complicaciones. Una mujer de familia, que no tuviera que entrenarse, una que amara a los gatos, a los niños y cocinar.
No una mujer como ella. Una con un pasado de mierda, un corazón herido e incapacidad para amar.
Retrocedió lentamente mientras el ataque de pánico amenazaba. Se volvió. Entonces lo escuchó.
―Ah, la mia tigrotta, ¿quieres ir a dar un paseo conmigo? Es una noche hermosa.
Su rica voz musical acarició su piel y la tentó a olvidar.
La verdad se estrelló a través de ella.
No podía fingir más. No con él. No consigo misma.
Paula miró a su marido y tomó la única decisión que podía.
―Pedro, me voy a casa.
Él parpadeó y extendió la mano, pero ella se echó hacia atrás. Él frunció el ceño.
―¿Qué te pasa, Paula? ¿Ha pasado algo?
―Quiero ir a casa sola.
―¿Es por nosotros? ―Él la agarró del brazo y se inclinó hacia ella―. ¿Estás corriendo asustada porque te confesé mis sentimientos? Sé que no hablamos de ello de inmediato, pero pensé en darte un poco de tiempo.
Ella tiró de su brazo y se burló.

―No me hagas ningún favor, Alfonso. Digamos que estoy harta de mentiras y quiero mi vida de vuelta. No esta falsa vida. Ni este falso matrimonio. ―Ella elevó sus manos abarcando la habitación―. ¡Todo esto es una mierda! Hemos estado jugando un papel, fingiendo estar casados y luego forzándonos a un matrimonio de verdad cuando no había manera de que funcionará. Somos muy diferentes. ¡No quiero esto! ―gritó―. ¡No quiero hermanas prepotentes ni gatos callejeros, ni lecciones de cocina obligadas! No quiero sentirme ahogada todo el tiempo bajo el peso de la responsabilidad. Me gusta ser libre y tomar mis propias decisiones. Así que es hora de que ambos despertemos y dejemos de jugar a la maldita película de la semana.
Un músculo palpitó en su mandíbula. La ira se arremolinaba con dolor y sólo la enfureció aún más.
―¿Mis palabras no significan nada para ti? ―preguntó él furioso―. Te dije que te amaba. ¿Eso no significa nada?
Ella apretó la barbilla. Encontrando su mirada muerta.
―Tus palabras no significan nada.
Ella giró sobre sus talones para irse. Él hizo un movimiento para detenerla pero ella escupió como Dante y le enseñó los dientes.
―Déjame en paz, ¿no ves que no quiero seguir con esto? ¡No te quiero a ti, o a este horrible estilo de vida de tu verdadera esposa heredera! Ten un poco de orgullo, por el amor de Dios.
Esta vez, él la dejó ir.
Corrió por el pasillo, en busca de refugio a lamer sus heridas antes de su veloz partida. Caminaría a la ciudad, dejaría sus pertenencias y conseguiría una cita más tarde. Aparte de su cámara, todo lo demás era reemplazable. Mejor salir ahora a enfrentarse a sus hermanas. Pedro podía fabricar alguna excusa.
Con pies de plomo, agarró su cámara, su cartera y su teléfono celular. Hizo algunas llamadas rápidas y salió de la única casa en la que se sentía como si perteneciera. El único hogar que logró hacerla sentir amada.
Paula no miró hacia atrás.
―¿Qué está pasando?
Paula se sentó en la sala de estar y se quedó mirando a su mejor amiga. Alexa mecía al bebé en una de sus caderas, con el típico paño de baba por encima del hombro, mientras que Lily balbuceaba y gritaba mientras miraba al cachorro que jugaba con los pies de su madre. La pequeña bola dorada de pelo pateó sus zapatillas cubiertas y corría hacia atrás y adelante cada vez que Alexa se alejaba.
Fiel amigo, el feo perro por el que Alexa convenció a Nick para quedárselo hace más de un año, estaba en la pequeña mancha de sol que se filtraba por la ventana y veía al cachorro con un aire de desaprobación. El conocido pañuelo azul y naranja de los Mets alrededor de su cuello despedía un inaudito aspecto distinguido al que alguna vez fue un perro callejero sarnoso.
Paula trató de evitar el tema.
―No puedo creer que tengas un cachorro. Nick odia el desorden.
Alexa dejó escapar un suspiro impaciente y bailó fuera del alcance de la bola de pelo.
―Oh, no fui yo esta vez. Nick volvía a casa desde la vía de la costa y encontraron a Simba en el bosque, llorando. Tenía moretones en todo el cuerpo, el pobre. Debe de haber sido lanzado de un coche en movimiento.
Paula se estremeció.
―No puedo creer que no lo hubiera llevado a un refugio. ¿Qué has hecho con mi hermano?
Alexa se rió y se rebotó al ritmo de la música hip-hop que salía desde los altavoces de sonido envolvente. Simba gruñó de placer y trató de seguir el ritmo de sus movimientos. Lily soltó una risita.
―Primero llevó al perro al veterinario, luego lo trajo a casa mientras yo le pedía que no se encariñara. Dijo que iba a poner un anuncio en el periódico y encontrarle un hogar. ―Se encogió de hombros―. Así que lo dejé. Después de una semana, el anuncio desapareció y nunca volvimos a hablar al respecto. Él saluda al cachorro antes que a mí cuando vuelve a casa del trabajo.

El anhelo pasó a través de Paula. Echaba de menos a ese estúpido gato y la forma en que daba la vuelta y exigía que le rascaran el vientre. Echaba de menos el afán de Carina y la actitud empresarial de Julietta, y los estallidos dramáticos de Venezia. Echaba de menos la tranquila insistencia de la madre de Pedro en la cocina, el olor del horneado y beber café en la terraza.
Echaba de menos a su marido.
Paula se concentró en respirar y luchó contra el crudo dolor. Un día a la vez. Todo iba a estar bien, era una sobreviviente. Pero, ¿quién iba a saber que sobrevivir era mucho menos que vivir?
―Bueno, puedes darle las gracias adecuadamente porque te tengo un regalo. ―Paula le lanzó su amiga la bata roja de seda―. Sin detalles, por favor. Todavía es demasiado que te folles a mi hermano.
Alexa se echó a reír y examinó la hermosa pieza de encaje y seda en una mano.
―Gracias, nena, que es justo lo que necesitábamos esta noche. Además de una niñera.
―Me quedaré con ella una noche de esta semana para que puedan tener una cita. No iré a ningún otro viaje por un tiempo.
Paula flexionó sus manos. Su dedo anular desnudo destelló en son de burla y apresuradamente cruzó las manos sobre su regazo.
Alexa la estudió por un largo rato. Su voz fue suave y reconfortante cuando por fin habló.
―Paula, tienes que decirme la verdad. ¿Qué está pasando?
Ella se encogió de hombros.
―Fuimos a Italia. Vi a Pedro. De vuelta ahora. Nada más que decir.
―Pedro vino a verme.
Su cabeza se disparó y jadeó.
―¿Qué? ¿Qué te dijo?

Alexa marchó hacia el espacio de juegos, colocó a Lili dentro, pateó gentilmente a Simba de su pierna y se unió a ella en el sofá. Sus ojos azules mostraron una mezcla entre simpatía y apoyo.
―Pedro me contó todo, Paula. Sobre ir a Italia y pretender ser su esposa. Sobre el sacerdote haciéndolo real. Y cómo te confesó sus sentimientos, pero tú te escapaste y se los arrojaste a la cara.
Un fuerte rojo brilló ante sus ojos por la cantidad de mentiras que había pronunciado. Ella se estremeció y trató de hablar racionalmente.
―Él no te contó toda la historia, Alexa.
―Entonces, ¿por qué no lo haces tú? ―El dolor brillaba en su rostro. ―Eres mi mejor amiga.
Paula le tomó las manos y las apretó con fuerza. Las lágrimas amenazaron, pero se sostuvieron.
―Lo siento mucho. Tenía un plan, pero todo falló y ahora es un desastre. Hice un trato con Pedro. Fingiría ser su esposa si él prometía mantenerse lejos de ti. Yo sé que tiene sentimientos profundos, y estaba preocupada por ti y Nick. Estuvo de acuerdo, pero cuando llegamos a Italia, las cosas se complicaron.
―No puedo creer que todavía estés atrapada en esta idea. Nunca ha habido nada entre nosotros, salvo amistad.
―Ahora lo sé.
―¿Qué pasó? ¿Comenzaste a enamorarte de él?
Paula asintió.
―Al principio pensé que era sólo sexo. Pero entonces su familia me contuvo, y el estúpido gato, y luego tuvimos más sexo y empecé a tener ideas locas acerca de una relación entre nosotros. Me dijo que me amaba.
Alexa apretó los dedos de Paula.
―¿Y qué le dijiste?
―Nada. No pude decir nada, porque realmente no le creí. Iba a hablarle de ello, pero luego lo oí hablando por teléfono con su amigo Max. ―Tomó aliento―. No
creía que fuera lo suficientemente buena para Pedro. Piensa que somos una pareja terrible y tiene razón.
Alexa se quedó sin aliento.
―¿Cuándo le has hecho caso a la opinión de alguien más?
Paula sacudió la cabeza con terquedad.
―Escuché la conversación. No soy adecuada para él, no soy el tipo de mujer que necesita. Él quiere una familia grande con mascotas y constantes viajes a Italia. Él quiere una esposa bonita y sólida con una carrera respetable y maneras dulces. Peleamos. Y odio todas esas cosas.
―Oh, Paula. ―Alexa tomó las manos de Paula mientras las lágrimas llenaron sus ojos―. Mi querida amiga, ¿no sabes que eres todas esas cosas? ¿Cuándo vas a creértelo? Simplemente con tu lealtad hacia Nick y hacia mí, y tu voluntad de protegernos me dice que estás destinada a tener una familia propia. Pedro es un hombre complicado, algo que no muchas otras mujeres ven o incluso saben. Pero tú sí. Tú lo desafías y lo presionas y lo haces sentir cosas más intensamente. Cuando vino a contarme todo tenía el corazón roto. Cree que no lo amas, y que nunca podrás hacerlo, por lo que está destruido.
Paula peleó contra las lágrimas. Dios, la idea de Pedro herido la despedazó. Lo amaba con tanta fuerza, sin embargo sabía que Alexa no podía ver la verdad.
Necesitaba mucho más. Es curioso cómo nunca creyó que valía la pena la demanda. Pero Pedro la había cambiado. Al dejarse enamorarse de él, supo que siembre necesitaría estar con un hombre que se sintiera de la misma manera. Cualquier otra cosa la dañaría.
―Lo siento, Al. Quiero seguir adelante con mi vida y no volver a hablar de Pedro Alfonso nunca más. Si eres realmente mi amiga, haz esto por mí. ―Su voz se quebró―. Por favor.
Alexa dejó escapar un suspiro de fastidio.
―Pero…
―Por favor.
Ella apretó los labios. Luego asintió con la cabeza.
―Está bien. Sólo quiero que seas feliz, Paula.
La desolación de su futuro descendió sobre ella como una nube y forzó una sonrisa en sus labios.
―Voy a estar bien. Ahora, hablemos de otra cosa.
El resto de las horas pasaron y por un momento, Paula fingió que todo volvía a la normalidad.
Pedro se sentó detrás de su escritorio y se quedó mirando sus notas en la ceremonia de apertura. En dos días, su sueño por su familia y La Dolce Famiglia finalmente se haría realidad. La primera cadena de panaderías sería revelada la noche del viernes en una presentación de lujo y fiesta para competir con todos los demás.
El clima debería mantenerse, con la promesa de un hermoso y crujiente día de primavera con mucho sol. La panadería estaba preparada para abrir sus puertas con una variedad de postres, cafés especiales y pan recién hecho. El paseo marítimo del centro era un sueño para algunos inversores que vieron una oportunidad como ninguna otra.
Esta debería ser la semana más feliz de su vida.
En cambio, el dolor atormentaba su cuerpo y torturaba su corazón. Decidió contarle la verdad Alexa en un esfuerzo para ver si había una manera de llegar a Paula. Cuánto lo habían torturado sus palabras y su rápida partida sólo confirmaba su dura confesión. Ella no lo quería. No lo amaba. Y no quería la vida que él podía ofrecerle.
La noche había sido un desastre. Había tejido una historia loca de un tío enfermo y tuvo que jugar el papel que le corresponde para convencer a su madre y sus hermanas de que todo estaba bien. Se fue al día siguiente y le dijo a su taxista que le llevara el equipaje que ella había dejado atrás. Papretó los dedos en su sien dolorida. Dios, qué desastre. Por fin se había enamorado y la mujer ni siquiera lo deseaba. ¿Cómo iba a superarla?
Su imagen se burlaba de él sin parar. La forma en que se rendía en sus brazos y se volvía añicos con el clímax. La forma en que lo molestaba y se reía con él y lo desafiaba a cada paso. La ternura que mostraba con su familia y la forma en que se ocupaba de Dante, aunque juraba que no le gustaba. Contradictoria y cariñosa en extremo, estaba destinada a ser suya. Nunca confesó su pasado con otras mujeres. Ninguna mujer había cavado nunca lo suficientemente profundo como para molestarse siquiera a preguntarle sobre sus sueños. Pero  Paula lo comprendía, lo reconocía y lo apoyaba.
Un profundo dolor latía en su corazón y necesitando ahogarlo, rápidamente cogió la botella de coñac y se sirvió un trago. El líquido ardiente se deslizó por su garganta con facilidad y explotó en su vientre. Tal vez si consiguiera quedar completamente borracho, por fin podía dormir sin imágenes de ella desnuda y abierta debajo de él.
Su celular sonó. Murmuró una maldición y miró la identificación. Se detuvo un momento. A continuación, pulsó el botón.
―¿Alexa? ¿Está todo bien?
Escuchó durante un largo tiempo mientras ella hablaba. De repente, las piezas filosas se deslizaron y encajaron. Su corazón se aceleró y se levantó de la silla mientras su amiga le detallaba la conversación. Formó un plan y ya sabía lo que necesitaba hacer.
Sería su última batalla, pero valía la pena luchar.
Sólo esperaba que fuera suficiente.
Paula estaba de pie entre la multitud, cerca de Alexa y observando la ceremonia que tenía lugar. Su equipaje había llegado a su puerta ayer. Una simple nota venía unida a la manija, con elegante caligrafía.
Voy a cumplir con nuestro acuerdo y presentar la documentación necesaria para disolver el matrimonio.

Hizo caso omiso a la decepción y se concentró en la satisfacción de que su familia quedaría en paz. El vacío en el estómago la llevó a tomar el teléfono y ver algunas ofertas de trabajo en el extranjero. Tenía que salir de Nueva York y mantenerse ocupada. Debía llegar a Londres a finales de la semana. Tal vez necesitaba mucha distancia para sanar.
Distinguidos veleros y ferries se abrían paso con gracia a través del agua, con los edificios como perfecto telón de fondo. Los diseños parecían fluir con las majestuosas montañas y el agua, líneas fluidas y elegantes y bajas, aumentando en lugar de bloquear la vista de la naturaleza. La piedra caliza le daba un aire fresco al spa y los exuberantes jardines se colaban en torno a cada uno de los edificios rodeados de bancos, esculturas y fuentes goteando. El restaurante de sushi se jactaba de estar en un salón antiguo de té japonés y las paredes de bambú y hermosas sedas rojas se mezclaban en un espectáculo visual para los sentidos. Se habían pintado murales brillantes en las paredes de ladrillos antiguos que una vez albergaron a una estación de tren. Completamente restaurado, el paseo marítimo ahora le recordaba lo que la creatividad, TLC y un poco de dinero podría lograr.
La Dolce Famiglia fue la última tienda en ser revelada. Un paño extendido con el logo impreso cubría el edificio, las cuerdas listas para caer ante la señal de Pedro. La multitud se agitaba con entusiasmo y la banda comenzó a tocar con espectaculares florituras.
Alexa abucheaba y gritaba mientras Nick cortaba la cinta roja y Paula los acompañó con en el orgullo que se precipitó a través de ella. Nick había trabajado duro y creía en su visión para transformar la línea de costa en algo hermoso. Él creía en sus sueños. Tal vez era tiempo de que ella hiciera lo mismo. Podía ser que no consiguiera al hombre que amaba, pero tenía la capacidad de cambiar su carrera para conseguir mayor satisfacción. Después de pasar las fotos que había tomado en Bérgamo, un deseo interno por hacer algo más significativo floreció en su interior.
Por lo general, hacía caso omiso de tales instintos. En esta ocasión, se decidió a explorar su necesidad de capturar parte de la belleza del mundo con su única y
propia visión. Planeó excursiones de un día alrededor de sus tomas habituales, e hizo los arreglos para reunirse con algunos editores de revistas en Inglaterra que conocía para discutir algunas nuevas opciones para su obra.
Pedro se acercó al podio elevado. Su corazón se disparó. Cada célula de su cuerpo clamaba por el derecho a alisar de nuevo su pelo, tocarle la dura mejilla, y deleitarse en ese momento con él. Vestido con un elegante traje oscuro con una corbata morada, llenó todo el escenario con su presencia e inmediatamente la multitud se calmó. Su parecido oscuro y su postura sexi hacía murmurar a las mujeres a su alrededor con risitas y charlas. Paula luchó contra el instinto primitivo de decirles que retrocedieran. En cambio, permaneció en silencio.
―Damas y caballeros ―dijo por el micrófono―. Estoy contento de estar con ustedes para develar finalmente la culminación de un sueño familiar. Mi familia construyó su primera panadería en Bérgamo, Italia, con pastas cocinadas en la cocina de mi mamá. Con un montón de trabajo duro, los Alfonso abrieron tiendas en todo Milán y siempre soñaron con venir a Estados Unidos para compartir nuestras recetas. Ese sueño ya está aquí y agradezco a todos ustedes por compartirlo con nosotros.
La gente aplaudió y gritó. Luego pasó a agradecer a Nick y a Empresas Dreamscape, sus socios de negocios, y a una variedad de otros miembros que lo ayudaron a lo largo del camino. Luego hizo una pausa. Miró a la multitud. Y la apuñaló con la mirada.
Paula contuvo el aliento.
Sus ojos bullían de emoción. Hablaba como si estuvieran solos, cada palabra perforaba su mente y su corazón con una intimidad deliberada que hacía que un temblor corriera por su espalda.
―La familia es muy importante para mí. Esto es algo en lo que creo. El nombre “La Dolce Famiglia” es un símbolo de mis creencias y mi orgullo por lo que apreciamos. En lo que amo por encima de todas las cosas.
Las palmas de sus manos comenzaron a sudar mientras estaba clavada en el suelo, paralizada por su voz, sus ojos y su presencia.
―Ahora he descubierto un nuevo tipo de familia. Me he enamorado de una mujer increíble, que me hizo creer en un “felices para siempre”. Alguien que rompió mi mundo y me completó. Pero, por desgracia, ella no me cree. Las palabras no son suficientes para convencerla de que la necesito en mi vida. Que ella completa mi
vida. Por lo tanto, me siento orgulloso de revelar mi nueva panadería, y una nueva cadena para abrir en Estados Unidos, donde conocí a la mujer que quiero que sea mi esposa.
Con un movimiento de cabeza, tiró de las cuerdas y las soltó.
El elaborado logo señalaba con orgullosas letras en negrita el nombre.
La Dolce Paula.
La sangre bombeó a través de sus venas, y el mundo se le nubló, inclinándose y esperando. Parpadeó y giró su cabeza hacia Alexa, quien ferozmente extendió sus brazos y le dio un pequeño apretón.
―¿No lo entiendes, Paula? ―preguntó con lágrimas brillando en sus brillantes ojos azules―. Él te ama. Siempre fuiste tú, pero tienes que ser lo suficientemente valiente para ir tras eso. Tienes que creer que lo vales. Eso fue lo que me dijiste el día que Nick me confesó su amor por mí, ¿recuerdas? Si amas a alguien, debes pelear por él, una y otra vez. Mi mejor amiga no es una cobarde. Te mereces esto. Mereces amor.
Como un vampiro volviendo a la vida después de un sueño profundo, de repente vio cada color y forma deslizarse enfocándose nítidamente. Sus sentidos explotaron y comenzó a caminar entre la multitud, abriéndose paso hasta el escenario, donde Pedro la esperaba.
Se reunió con ella a mitad de camino. Ella estudió su hermoso rostro, la curva completa de su labio, la sombra de la barba sobre su barbilla, la nariz torcida, el calor hirviendo en sus ojos ónix. Él atrapó su rostro entre sus largas y duras manos y presionó su frente contra la de ella. Su aliento caliente se precipitó sobre su boca.
―Mi Paula, mia amore, te amo. Quiero vivir contigo, envejecer y tener bambinos contigo. Me destrozaste. Completamente. Nunca podré conformarme con otra mujer porque estaría aburrido a morir. ¿No lo entiendes? No quiero a la típica mujer que crees que me haría feliz, porque estas hecha para mí, toda tú. Tu sarcasmo e ingenio y tu sensualidad y honestidad. Tú me perteneces, y no voy a renunciar hasta que finalmente te convenza. ¿Capisce?
Ella ahogó un sollozo y se estiró hacia él.
Sus labios descendieron sobre los de ella y la besó profundamente, mientras el rugido de aprobación de la multitud se hizo eco en sus oídos. Su corazón se
expandió en su pecho y se acomodó. Una sensación de paz y de regreso a casa la inundaba y finalmente creyó.
―Te amo, Pedro Alfonso ―susurró con fiereza cuando sus labios liberaron los de ella―. Y lo quiero todo. Contigo, tu familia, tus panaderías, todo. Siempre te he amado, pero tenía demasiado miedo a tenerte.
La besó de nuevo. Pedro la cogió y la levantó alto, riendo de alegría. Se quedó envuelto en el estrecho círculo de sus brazos, finalmente completo.
Con su propia casa y su final feliz...

FIN ♥♥♥

viernes, 26 de septiembre de 2014

Capitulo XIV

Paula miró al sacerdote como si él hubiera llegado para realizar un exorcismo. La habitación quedó en silencio, y Carina parecía ansiosa por su completa falta de interés. De hecho, en otro momento y lugar en su vida, esto le hubiera parecido divertido. Como una de esas comedias que a ella le encantaba, donde estúpidas situaciones ocurrían en la comodidad de su propia sala.
De ninguna manera. Ella no iba a casarse con Pedro Alfonso.
Una risa nerviosa burbujeó de sus labios. Ya era suficiente. Esperó a que Pedro explicara la verdad. Él nunca llevaría a cabo esto. Diablos, ella era la peor pesadilla de su vida, a pesar de que tenían sexo grandioso y él le dijera algunas cosas dulces. En la fría luz de la mañana, él perdería el interés y seguiría buscando a la esposa apropiada. Alguien que se adaptara mejor a él y a su familia. Alguien como Alexa.
Carina finalmente habló:
―Umm, ¿Chicos? ¿No están emocionados? Tendremos una boda.
Dado a que su falso marido parecía estupefacto, ¿o mejor dicho mudo? Ella decidió ser racional.
Paula respiró hondo.
―Escuchen todos. Tenemos algo importante que decirles. Verán, Pedro y yo…
―¡Espera! ―El rugido de Pedro ahogó sus palabras. Sus ojos prácticamente salían de su cráneo mientras calmadamente caminaba hacia ella, tomó su mano, y encaró a su familia―. Lo que Paula quiere decir es que nunca esperamos tener una ceremonia aquí o tan pronto. Paula quiere invitar a nuestros primos y tíos a la celebración. ―Su risa sonó vacía y falsa―. ¿Cómo podríamos hacer algo así de
rápido? Quiero decir, Padre Richard, imagino que usted quiere que Paula y yo escuchemos algunas pláticas antes de bendecir nuestra unión.
El Padre Richard, en su presencia divina, no se percató de la mentira y sonrió cálidamente.
―Bueno, por supuesto, sé que eso es lo normal, Pedro. Sabes que la Iglesia se toma su tiempo para aprobar un matrimonio, pero has estado bajo mi cuidado desde que eran joven. Así que tan pronto como tu madre supo que volarías de regreso, se puso en contacto conmigo y apresuramos la documentación. Tú eres un Alfonso y la realeza tiene algunas prioridades.
Mama Alfonso luchó por levantarse. Tomó un sorbo de agua y le devolvió el vaso al Padre Richard.
Cuando habló, su voz estaba enhebrada con debilidad. Extraño, porque incluso cuando ella se sentía cansada, su madre hablaba con una fuerza totalmente contradictoria con la visión frágil ante él. Dios, tal vez ella estaba muy, muy enferma.
―Te entiendo, hijo. Y no quisiera arruinar tus deseos, pero me temo no poder estar presente en una gran celebración. Me siento muy cansada. El doctor volverá mañana y dijo que si yo sigo así tendrá que hospitalizarme para exámenes. ―Sus ojos marrones brillaron con un destello de determinación―. Les pido que hagan esto por mí. Reciten sus votos en la terraza de atrás, así yo podré estar segura de que su unión está completa.
Carina parecía aliviada de sus preocupaciones y volvió a parlotear sin parar.
―Mira, no hay nada de qué preocuparse. Sé que preferirían una gran fiesta, pero podemos organizarla para la siguiente semana, mama ha decidió que es más importante hacer la ceremonia religiosa de inmediato. ―Aplaudió―. ¡Paula, conseguí el vestido perfecto para ti! Espero que te guste; lo guardé en el armario y es de tu talla y lo tengo en mi habitación. ¡Vamos a arreglarte! Las chicas deberán llegar en cualquier momento. Pedro, tú puedes usar ese precioso esmoquin que dejaste aquí la última vez. La Dolce Famiglia trajo un pastel de chocolate, y tengo un par de botellas de champan enfriándose. ¡Esto será muy divertido!
La escena fue un borrón para paula. Su corazón latía acelerado, y el sudor picaba en su piel. La respiración se atorró en su garganta y se negaba a salir. Intentó calmarse con sus tácticas de costumbre, pero una parte de ella comprendía que era
demasiado tarde. Perdía el control rápidamente y este podría ser uno de los momentos más vergonzosos de toda su vida.
De repente, la mirada de Pedro se agudizó en su rostro. Como si intuyera su colapso inminente, dio una rápida excusa, luego la arrastró fuera de la habitación. Paula se estremeció cuando las olas de adrenalina se apoderaron de ella y le robaban la cordura. Llegaron hasta el dormitorio y Pedro la guió hasta la cama, empujándole la cabeza entre las piernas. El instinto de pelear contra el miedo a perder el control hizo su reacción peor. Cerró sus manos en puños y jadeó por aire. Estaba a punto de gritar de impotencia cuando las fuertes manos de Pedro y su voz se filtraron a través de la neblina y demandaron su atención.
―Escúchame, Paula. Respira. Lento y constante. Estarás bien; te tengo y no dejaré que nada que pase. Suelta el control y déjate llevar. ―Sus manos frotaron su espalda con movimientos suaves, y sus dedos se entrelazaron con los de ella en una demostración de apoyo. Ella se concentró en su voz y se aferró al sólido peso de sus palabras. Cedió a los sentimientos retorcidos en su interior y, por último, sus pulmones se llenaron de aire. El reloj sonó, y su corazón se tranquilizó, permitiéndole inhalar y exhalar. Al mismo tiempo, Pedro siguió hablando con ella, dijo algo irrelevante que la tranquilizó y la relajo. Finalmente, levantó la cabeza.
Él presionó su frente contra la de ella y acunó sus mejillas.
―¿Mejor, cara? ―Sus insondables ojos ónix la atravesaban con preocupación y una emoción más profunda que ella no conocía.
Paula asintió. La emoción aumentó, una extraña mezcla de ternura y necesidad que nunca antes había experimentado. Tenía demasiado miedo a hablar, se deleitaba con el toque de su mano en la mejilla y la ráfaga de aire caliente de sus labios.
―Déjame buscarte algo de agua. Quédate aquí y relájate. Vamos a solucionar esto.
Dejó la habitación y regresó y ella bebió pequeños sorbos de agua fría y fresca que bajó por su garganta adolorida. Una calma se apoderó de ella. Estaba a salvo. De alguna forma, de alguna manera, ella confiaba en él. Primero con su cuerpo.
Ahora con su corazón.
―Supongo que la idea de casarte conmigo no fue de tu agrado ―dijo secamente.

Ella farfulló una carcajada.
―No quise golpear tu ego, Alfonso. No me gusta la idea repentina de casarme legalmente con un marido falso en frente a su familia.
Él suspiró y pasó las manos por su rostro.
―Esto es muy malo.
―¿Tú crees? Siento que tu madre es la gánster de la película “Ella siempre dice sí”. ¿Recuerdas cuando gánster los obliga a casarse porque los pilló teniendo sexo? ―gimió―. Nunca debimos habernos ido a la cama. De alguna manera, estamos siendo castigados. Tenemos que contarle a tu madre la verdad.
Esperó a que estuviera de acuerdo, pero en cambió le lanzó una mirada extraña.
―No conozco esa película y mi familia no es una mafia.
Ella rodó los ojos.
―Bueno, ¿por qué siento como si no estuvieras en la misma página que yo?
―¿Qué página?
Buen Señor, a veces olvidaba que él no entendía muchas expresiones americanas.
―No importa. ¿Por qué no estás horrorizado?
―¡Lo estoy! Sólo estoy pensando desde todos los ángulos. Mira, cara, mi madre está enferma. El doctor dijo que debía evitar todo el estrés y darle todo lo que ella pide. Si le digo la verdad ahora, puedo provocarle un ataque al corazón.
El corazón de Paula dio un vuelco ante la idea de ser responsable de mamá Alfonso. Se mordió el labio inferior.
―Pedro, ¿qué me estás pidiendo?
Su mirada la atravesó. Cada palabra se enterró en ella como clavos en un ataúd proverbial.
―Quiero que te cases conmigo ―dijo―. En serio.
Se levantó de la cama.

―¿Qué? No podemos hacer eso. ¿Estás loco? Estaremos legalmente casados. Cuando regresemos a Estados Unidos tendremos que pasar a través de una anulación o divorcio o algo así. Oh, Dios mío, es una locura. ¿Cómo llegamos a esto? ¡Estoy atrapada en una tonta novela de romance!
―Tranquilízate. ―Cruzó la habitación y tomó sus manos―. Escúchame, Paula. Yo me encargaré de todo. Nadie más tiene que saberlo. Diremos nuestros votos, haremos una fiesta, y nos marcharemos a casa. Yo me encargaré de todo el papeleo y los gastos. Será discreto. Te estoy pidiendo que hagas esto por mi madre, por mi familia. Sé que pido demasiado, pero te lo pido de todos modos.
Él mundo se tambaleó. Pedro esperó por su respuesta, su rostro sereno, como si le hubiera pedido una cita para cenar en lugar de unos votos matrimoniales. Empujando lejos todos sus pensamientos borrosos que gritaban en su mente, ella buscó una respuesta.
Su madre estaba enferma. Sí, sería un matrimonio falso, pero decir la verdad en este punto podría ser un completo desastre. Sus hermanas se sentirían traicionadas y desconsoladas. Venezia no sería capaz de casarse, ¿y qué más dramas podrían suceder? ¿Qué tan malo sería decir unos votos y hacerlo legal? Era sólo un trozo de papel. Nada iba a cambiar y no era como si alguien tuviera que saberlo. Ella no tenía un hogar al cual regresar, ningún amor o familia que le importara además de Nick y Alexa. Quizá podría funcionar. Si ella se casaba con él ahora, podría subirse a un avión mañana, regresar a Nueva York y fingir que nada sucedió.
Sí. Ella estaba en la tierra de la negación.
Él estaba metido en un gran apuro y ella se aseguraría de que él permaneciera muy lejos de Alexa de ahora en adelante. Un pequeño sacrificio para cambiar al mundo. Esas eran palabras tontas de un libro. Un libro sagrado, claro, pero hecho por el hombre. ¿Cierto? No significa nada.
Mia amore.
El término la sacudió hasta la médula y se estremeció. ¿A quién quería engañar? Él le pedía que se quedara. Actuó como si se preocupara por ella más allá del sexo físico. Si ella aceptaba, de alguna manera, la locura que en la que vivían la dejaría destrozada. Él ya estaba cerca de descubrir la verdad de su pasado y ella juró que nadie sentiría lastima por ella. Prometió hace muchos años que nunca nadie lo sabría.

Había una manera, sin embargo, de asegurarse de nunca salir herida.
―Lo haré.
Él se acercó a ella, pero negó con la cabeza.
―Con una condición, Alfonso. Deja de presionarme. Terminamos esta farsa para la siguiente semana y tomamos caminos separados. Nada de dormir juntos ya. No más fingir que esto es más de lo que es.
Sus ojos se encontraron con los de ella y en ellos había una gran variedad de emociones.
―¿Eso es lo que pides de mí?
Lágrimas tontas amenazaron con derramarse, pero ella sin piedad las contuvo y alzó la barbilla. Entonces, mintió.
―Sí. Eso es lo quiero.
―Lamento que te sientas de esa manera, cara ―susurró. Pesar y algo más, algo peligroso brilló en su rostro―. Va bene.
Paula apartó las manos de las suyas, cruzó la habitación y abrió la puerta.
―Carina, ven aquí y ayúdame a vestirme. Y descorcha el champán.
Un fuerte grito y aplausos subieron las escaleras. Pedro asintió, entonces pasó a su lado sin decir una palabra.
Tenía nudo en la garganta mientras se preparaba para el más grande espectáculo de su vida e intento fingir que no se sentía tan vacía.
Los rayos del sol resplandecían anaranjadamente en el horizonte. Paula estaba de pie frente al sacerdote en la terraza trasera. En pocas horas las hermanas de Pedro habían transformado el patio a una simple elegancia que le robó la respiración. Rosas coloridas en pequeñas cestas colgando de lámparas de papel daban una iluminación íntima en al pasillo. Su madre estaba apoyada sobre los
cojines de una silla, un elegante edredón arropando su regazo. Sus hermanas resaltaban con sus coloridos vestidos con pequeños ramos de lirios blancos, mientras caminaban detrás de ella, pero no fue hasta que miró a su pronto-a-ser-verdadero-esposo que Paula comprendió que su vida estaba a punto de cambiar.
Estaba vestido con un traje oscuro que hacía hincapié a la amplitud de sus hombros y pecho, su cabello recogido hacia atrás y los rasgos esculpidos de su rostro se suavizaron mientras la miraba con admiración. El vestido blanco se ajustaba a su figura, con un escote en el frente y abrazando por completo sus brazos. Una pequeña cola caía por detrás. Pedro tomó su mano y besó la palma. Un hormigueo subió por su brazo y una pequeña sonrisa curvó sus labios mientras él sentía la conexión. Mantuvo su brazo entrelazado con el suyo como si tuviera miedo de que ella fuera a huir. El sacerdote los encaró y comenzó la ceremonia. Las palabras fueron confusas y borrosas al principio, hasta que ella comenzó a recitar sus votos.
En lo bueno o en lo malo…
En la salud y en la enfermedad…
Para honrar y respetar…
Hasta que la muerte nos separe…
Los pájaros cantaban en los árboles. Dante le lanzó una mirada de disgusto mientras se posaba a su lado, lamiendo su pata y esperando que la embarazosa escena llegara a su fin. Soplaba un viento suave y cálido, burlándose de sus palabras y llevándoselas lejos hacia las colinas. Un profundo silencio cayó sobre el patio mientras la familia Alfonso esperaba.
―Acepto.
El beso fue ligero como una pluma, pero cuando él levantó su cabeza, contuvo la respiración al ver la satisfacción brillando en esas profundidades de color ónix. No tuvo tiempo de pensar en eso porque fue apartada de sus brazos y brindaron con champaña mientras que la verdad vibraba en cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Ella lo amaba.
Estaba enamorada de Pedro Alfonso. De verdad.

Venezia chilló de emoción y tomó la mano de Dominick.
―¡Estoy tan feliz! Ahora, tenemos una sorpresa para ti. Los enviaremos a nuestra segunda casa en Lago Como para su noche de luna de miel. Necesitan algo de privacidad sin tener que preocuparse por la familia durmiendo escaleras abajo. ―Sus ojos brillaron y le extendió las llaves a Pedro―. Váyanse ahora y no regresen hasta mañana en la noche.
Pedro frunció el ceño y miró a su madre.
―Pensé que la rentarían por la temporada. Y no me siento cómodo marchándome sin saber si ella está bien.
De alguna manera, el sentido auditivo de la mujer lo escuchó. Le lanzó una mirada a su hijo que detuvo cualquier plan que estuviera organizando.
―Oh, se irán, Pedro y Paula. La casa está vacía hasta el siguiente mes, así que pueden aprovecharlo. Las chicas se harán cargo de mí y te llamaran de inmediato si algo ocurre. No me robes la satisfacción de darles una noche de luna de miel.
Increíblemente, el calor subió hasta las mejillas de Paula. Ella había nadado desnuda, manejaba hombres desnudos en su trabajo y observó a Alexa dar a luz a su sobrina sin ningún problema de timidez. Ahora, la idea de acostarse con su marido con la aprobación incondicional de su madre la hizo ruborizarse. ¿Qué demonios?
Venezia le susurró algo a Dominick y luego tiró de Paula a un lado. Sus ojos, tan parecidos a los de su hermano, resplandecían con tanto brillo que Paula tuvo que apartar la mirada. La mujer entrelazó sus dedos y suavemente besó su mano.
―Gracias, Paula.
―¿Por qué?
Su rostro se puso serio.
―Por lo que hiciste. Sé que probablemente soñaste con tu propia boda con Pedro, y también sospecho que Pedro apresuró el compromiso por mí. Lo has cambiado. Cuando vino a pedirme disculpas, admitió que nunca había notado como actuaba hasta que tú se lo dijiste. Espero que sepas cuánto significa esto para
mi familia. Tú me has dado un regalo: La oportunidad de casarme con Dominick este verano y nunca lo olvidaré. Me alegra mucho que te unieras a nosotros.
Mientras Venezia la abrazaba, una parte del alma de Paula se rompió. El dolor del engaño y nostalgia la cubrió por completo, pero se las arregló para fingir con lo que aprendió a los largo de tantos años de soledad.
En menos de una hora, ella se encontraba cuidadosamente sentada en el Alfa Romeo de Pedro, conduciendo por el estrecho y sinuoso camino que los llevaría hacia el lago. Él se cambió de ropa, usando unos vaqueros desteñidos y una camisa negra casual. Su cabello golpeaba su rostro, ocasionalmente enmascarando su expresión y agregaba una sensualidad de pirata que apelaba a su lado más viril. Su estómago dio un vuelco y sus bragas se humedecieron. Se removió en su asiento y apartó su mente de esos pensamientos.
―¿Qué vamos a hacer? ―preguntó sin rodeos―. ¿Has pensando siquiera en lo que estamos metidos? ¿Qué vamos decirle a Alexa y a mi hermano? ¿Qué pasará si tu familia visita los Estados Unidos? ¿Qué pasará con la boda de Venezia?
Él suspiró, como si ella se preocupaba por cosas sin sentido en lugar de un matrimonio.
―No nos preocuparemos por eso ahora, cara. Creo que necesitamos una noche a solas para trabajar en algunas cosas entre nosotros. ―Su miraba tenía una llamarada de lujuria. Ella se encontró temblando. Maldito sea por controlarla con sexo. Ella siempre había sido la encargada, y de esa manera le gustaba. Quizás había llegado el momento de cambiar los papeles.
―Lo siento, qué tonta soy. ¿Por qué preocuparme por cosas como votos matrimoniales y divorcios? Divirtámonos. Oh, sé de un buen tema que podríamos hablar. Tu madre me dijo que solías correr autos.
Sus manos apretaron el volante. Acertó. La culpa pinchó su conciencia mientras él parecía luchar con sus palabras.

―Ella te lo dijo, ¿eh? Nunca hablamos de eso ―murmuró―. Corrí cuando era joven. Mi padre enfermó y llegó la hora de dirigir los negocios familiares, así que lo dejé. Fin de la historia.
Él parecía calmado, pero la distancia repentina en su comportamiento le decía que sus emociones se movían bajo la superficie. Ella suavizó la voz.
―Eras bueno. Podrías haber sido profesional.
―Probablemente. Nunca lo sabremos.
El viento azotaba su cabello y el paisaje era un borrón.
―¿Te molestó tener que renunciar a eso? ―preguntó curiosamente―. ¿Nunca quisiste dejar La Dolce Famiglia, Pedro?
Su perfil le recordó al granito tallado. Un músculo temblando en su mandíbula.
―¿Importa? ―preguntó―. Hice lo que tenía que hacer. Por mi familia. No me arrepiento.
Su corazón se apretó y rompió. Sin pensarlo, ella deslizó su mano sobre el asiento y tomó la suya. Él le lanzó una mirada de asombro.
―Sí, importa. ¿Alguna vez has reconocido o lamentado perder algo que tú querías? No a tu padre. Tus sueños. Has estado a punto de conseguir algo que siempre has querido y repentinamente te fue arrebatando. Yo estaría seriamente enojada.
Ella le sonrió, pero él mantuvo la mirada fija en la carretera.
―Mi padre y yo tuvimos una relación difícil ―admitió―. Él miraba mis carreras como un pasatiempo peligroso y egoísta. Con el tiempo, me presionó a elegir, o mis carreras, o el negocio familia. Elegí el circuito, así que me dijo que me fuera. Recogí mis cosas, seguí en las carreras e intente hacerme un nombre. Pero cuando recibí la llamada de su ataque al corazón y lo vi tan frágil y enfermo en el hospital, descubrí que mis deseos no eran tan importantes como originalmente lo pensaba. ―Se encogió de hombros―. Me di cuenta que a veces otros tienen que ser lo primero. Como papá me dijo una vez: Un hombre de verdad toma las decisiones para todos, no sólo de sí mismo. Le debía a todos lograr que el negocio funcionara, y lo hice. En cierto modo, no me arrepiento.
Ella lo miró fijamente un largo tiempo.

―¿Lo extrañas?
Él ladeó la cabeza como si estuviera considerando su pregunta. Luego le lanzó una sonrisa.
―Diablos, sí. Extraño correr todos los días.
Dios mío, este hombre iba a acabar con ella. No sólo era honesto, nunca vio su auto-sacrificio como algo malo. ¿Cuántos hombres con lo que ella salió se quejaron de las cosas que no le gustaban o de los sacrificios que hacían? Pero no él, Pedro le hacía experimentar sentimiento que no sintió con otros amantes.
―Tu familia es afortunada por tenerte ―susurró.
No respondió. Sólo apretó su mano como si él no quisiera nunca dejarla ir.
Llegaron a la casa de vacaciones un par de horas más tarde. Paula rió por dentro de la versión de Alfonso de un alquiler. La elaborada mansión tenía su propio helipuerto, laguna, jardines, y jacuzzis. La hiedra subía por las macizas paredes de ladrillo y por la torre del reloj a juego rodeado de verdes selvas y jardines elaborados. El camino empedrado conducía a una robusta escalera, donde una terraza abierta tenía cómodas mecedoras y estaba conectada a un bar completo. Mármol pulido, azulejos de mosaico de colores brillantes y ricos colores de chocolate y oro formaban la combinación de colores. Una cálida brisa voló a través de las habitaciones desde las ventanas abiertas, y los aromas de lila y cítrico inundaron sus sentidos.
Sus tacones hacían clic en el brillante azulejo cuando Pedro cogió una botella de vino y dos copas del bar, luego la llevó escaleras arriba. Una puerta se abría hacia un gran dormitorio con una cama de matrimonio extra grande. Las puertas del balcón se abrieron como si los esperaran y la habitación ya estaba preparada. Un ramo de rosas color rojo sangre estaba en la mesa de honor, funcionando como la pieza central de la habitación. Caminó por la sofisticada alfombra oriental, admirando las antigüedades cuidadosamente colocadas y las finas cortinas de encaje blanco. Entonces se dio cuenta de que su marido se había quedado a un
lado, con la cadera apoyada contra la mesa, estudiándola desde el otro lado de la habitación.
Paula tragó saliva. De repente, una oleada de puro terror se apoderó de ella. Todo esto era demasiado: la cama, la boda y la comprensión de sus verdaderos sentimientos por su cuenta. El suelo se rompió debajo de ella y gateo para ponerse de pie. Sus uñas se cerraron en sus puños en la necesidad de agarrar para hacer palanca. Maldita sea si había dejado que su voz sonara como una novia virginal. Se regañó por ese tipo de comportamiento y enderezó su columna.
―¿Quieres ir a cenar? ―preguntó.
―No.
La sangré se espesó en sus venas. Los labios de él se curvaron hacia arriba en una media sonrisa, como si intuyera su incomodidad repentina.
Ella sacó la barbilla y se negó a apartar la mirada.
―¿Quieres ir a dar un paseo por los jardines?
―No.
―¿Tomar un baño?
―Nop.
Cruzó sus manos en frente de su pecho para esconder el obvio empuje de sus pezones.
―Bueno, ¿qué quieres hacer? ¿Solo estar ahí haciéndome ojitos?
―No. Quiero hacerle el amor a mi esposa.
El dolor la destrozó. Su esposa. Dios, cómo quería que fuera real.
―No digas eso ―siseó. Paula se aferró agradecidamente a la ira que ardía en su sangre―. No soy en realidad tu esposa y ambos lo sabemos. Prometiste dejarme en paz. Nada de sexo.
Él cerró la distancia y la cogió entre sus brazos. La preocupación y ternura en su rostro le partió en dos.

―La mia tigrotta, ¿qué pasa? Nunca haría nada que tú no quieras. ―Le apartó el pelo de la cara y le alzó la barbilla.
―Esto es una mentira. ―Parpadeó para contener las lágrimas cegadoras, enfurecida por su debilidad ante él―. Nosotros somos una mentira.
Su aliento se precipitó sobre sus labios y la besó suavemente, deslizando su lengua dentro para aparearse con ternura. Deseaba luchar contra él, pero su cuerpo se debilitaba en cada caricia caliente y su olor almizclado. Se abrió para él y le devolvió, clavando los dedos en sus hombros mientras cada músculo tallado presionaba contra sus curvas.
Lentamente, él levantó la cabeza. Ojos negros oscuros ardían con un calor abrasador que quemaba a través de ella y rompió hasta la última gota de resistencia.
―No, Paula. ―dijo ferozmente―. Esto ya no es una mentira. No somos una mentira. Quiero hacerte el amor, esposa mía. Ahora mismo. ¿Me vas a dejar?
Su honor era lo primero, y Paula sabía que solo una sacudida de su cabeza le obligaría a ir a su propia esquina separada. Querido Dios, ¿qué estaba mal con ella? ¿Por qué quería tanto a este hombre después de solo unas pocas horas de estar en sus brazos? Él la destruiría.
Esperó por su decisión.
Su cuerpo y mente luchaban, pero en el fondo, triunfó la pequeña voz. Coge lo que consigas ahora y tendrás los recuerdos. Había sobrevivido a cosas peores. Pero no creía que pudiera sobrevivir alejándolo esta noche.
Arrastró su boca a la suya. Él la besó completamente, su lengua enredándose con la suya mientras la llevaba a la cama. Cada movimiento se fundía en el siguiente mientras le quitaba la ropa y exploraba cada parte de su cuerpo con las manos y boca y lengua. Gimió cuando él la llevó al borde, se detuvo y luego se quitó su ropa y comenzó de nuevo. Se retorció y suplicó hasta que él le separó los muslos y se detuvo en la entrada.
Como si percibiera su miedo innato, inmediatamente le rodó hacia un lado sin dudar, la agarró por las caderas y tiró de ella hacia abajo sobre su eje.

Llenó cada grieta adolorida y ella gritó y comenzó a moverse, desesperada por la liberación. Sus manos frotaron sus pechos, moviendo los pezones y con un roce final contra su clítoris estalló en mil pedazos.
Él gritó su nombre mientras aguantaban el orgasmo, hasta que ella se derrumbó encima de su pecho. Sus brazos se envolvieron alrededor de ella y susurró en su oído:
―Esto es real.
Paula no respondió. Su corazón lloró, y sus labios temblaron para sacar las palabras de dentro de ella, gritando para ser libres. Te quiero. Pero el susurro burlón le recordó a la única verdad que había conocido. No para siempre. Nadie podría amarte para siempre.
Así que no dijo nada. Solo cerró los ojos y durmió.
Pedro estaba sentado junto a la cama con dos copas llenas de champán, observándola dormir. Es curioso que ayer mismo, le reclamara por primera vez. Normalmente, una vez que se acostaba con una mujer se preocupaba el borde de la necesidad desgastado un poco más en cada encuentro, cada día, hasta que no quedaba nada sino una amistad indiferente con la que ambos no podían hacer nada. Pero ahora, mirando hacia su nueva esposa, una sensación de entusiasmo y rectitud corría por su sangre. Exactamente el mismo sentimiento que le había acogido en el camino, la llamada de lo desconocido con un conocimiento profundo de que estaba destinado a conducir un coche de carreras.
Paula estaba destinada a ser suya.
Sabía esto ahora. Lo aceptaba. Se daba cuenta de que tenía que hacer unos movimientos cuidadosos si alguna vez iba a convencerla de que podían tener un matrimonio real. Es gracioso, cómo el amor parecía esa cosa lejana y mágica en el futuro hasta que lo quieres tanto, que en realidad finges que los sentimientos estaban ahí cuando nunca estuvieron.
Ahora lo sabía. Todo este tiempo, había estado esperando a Paula Chaves.

Había sentido su conexión esa noche en su cita a ciegas. Su genio y su sexualidad patea-culos le golpearon como un puñetazo. Ella le fascinó en todos los niveles, pero la tentación de algo más profundo y permanente cantó en su sangre, así que se congeló por el miedo. Sabía que una vez que le hiciera el amor nunca querría dejarla ir. Y ella era todo lo que él creía que no quería en una esposa. Sintió que ella pisotearía su corazón en pedazos pequeños, y nunca se recuperaría.
Había pensado en ella muchas veces durante el año, pero siempre empujaba sus imágenes al fondo de su mente, convenciéndose de que serían una pareja imposible. Ahora parecía que cada paso conducía directamente a Roma.
Ella era su alma gemela.
Él solo necesitaba convencerla a ella.
Pero para hacer eso, tenía que romper algunos muros. Pedro respiró profundamente por la tarea por delante. Había estado pensando en el curso correcto de acción que tenía que tomar, pero era un movimiento arriesgado. Quería llegar a un nivel más profundo, y su constante por él tomando el control en la cama le decía que ella poseía secretos que tenían que ser dichos. ¿Podría ella confiar lo suficiente en él como para compartir? ¿Podría alguna vez rendirse completamente?
Estaba a punto de averiguarlo.
Ella abrió los ojos.
Sonrió ante la mirada soñolienta y satisfecha mientras se estiraba en las almohadas. La sábana cayó y le ofreció la tentadora vista de sus perfectos pechos. Ella sonrió.
―¿Ves algo que te guste?
Ella le había llevado a una muerte prematura, pero iría al cielo con una sonrisa de su rostro. Negó con la cabeza y le entregó la copa de champán.
―La letra C representa todos los elementos necesarios en la vida ―dijo―. Café, chocolate y champán. ―Suspiró con satisfacción y tomó otro trago.
Pedro se reclinó en la antigua silla floral y sonrió.
―¿No te estás olvidando de la mejor letra de todas?
―¿Cuál es?

―S. De sexo.
Su sonrisa se hizo más amplia y más satisfecha. Su erección se elevó completamente y se movió en la silla.
―Oh, Alfonso, ¿cuándo vas a aprender todas las palabras americanas? ―arrastró las palabras―. C también es para clímax.
Él se echó a reír y sacudió la cabeza.
―Cara, eres increíble. Tanto dentro como fuera de la cama.
―Lo intento. ―Tomó un sorbo de champán, pero Pedro sintió su guardia solidificándose. Tenía que moverse a un ritmo constante y mantenerla sin equilibrio.
―Paula, ¿te gusta tener el control?
―¿Eso es algo malo?
Él mantuvo la mirada fija pero ella se negó a levantar la cabeza.
―No, en absoluto. Eres una mujer fuerte y no habrías llegado tan lejos en la vida sin esta cualidad. Simplemente me preguntaba cómo te sentías sobre ser dominada en la cama.
Ella jadeó y su cabeza se disparó hacia arriba.
―¿Por qué? ¿Te gusta la dominación? ―Se estremeció―. No me gustan esas cosas de sumisión, Alfonso. He leído esas novelas BDSM, pero azotar, simplemente no va conmigo.
Dios, estaba loco por ella.
―No, cara. Tampoco me gusta el dolor. Parece que prefieres controlar el hacer el amor, lo cual está bien, pero me pregunto si alguna vez te has rendido verdaderamente.
Ella entrecerró los ojos.
―Me rindo cada vez que llego al clímax. ¿Qué quieres decir?
Fue al baño, jaló dos cinturones de los albornoces blancos de lujo, volvió a la cama.
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó ella―. ¿Volviéndote pervertido?

Se sentó junto a ella.
―¿Confías en mí, Paula?
La cautela rayó sus rasgos.
―¿Por qué?
―¿Lo haces?
Ella dudó.
―Sí. Confío en ti.
El alivio le recorrió ante la cruda honestidad de su voz.
―Gracias. Te estoy pidiendo que me dejes hacerte algo.
―¿Qué?
―Atarte.
Una risa ahogada escapó de sus labios, pero le faltaba humor.
―Dime que estás bromeando. ¿No podemos simplemente tener sexo regular?
―Sí. Pero quiero más contigo. Quiero darte tanto placer que explotes. Quiero que seas capaz de soltarte, en tus términos. Estoy pidiéndote que confíes en mí lo suficiente para rendir tu control esta noche. Si estás incómoda, dime que me detenga y lo haré. ¿Harás esto por mí?
Ella se sentó y miró a las ataduras, mordiéndose el labio con fuerza.
―No sé si puedo ceder el control ―admitió.
―Yo creo que puedes. ―Una sonrisa tocó sus labios mientras colgaba las ataduras en un gesto de burla con la intención de calmar sus nervios―. Podemos tener un poco de diversión. Siempre soñé con atar a mi esposa. Tú puedes hacer realidad mi fantasía.
Esperó pacientemente mientras ella se imaginaba el escenario. Las emociones peleaban y luchaban por el dominio. Finalmente, ella asintió.
―Lo intentaré ―dejó escapar un suspiro de fastidio―. Pero solo porque tienes algún fetiche de bondage que creo que necesitas sacar fuera.

Él rió. Con movimientos deliberados, ató sus muñecas juntas sobre su cabeza con un cinturón, y con el otro, lo envolvió alrededor del poste de la cabecera. Ella tiró, y él se aseguró de que hubiera mucha holgura para que no se sintiera atrapada. Solo lo suficiente para permitirle la libertad de dejarle ir. Su excitación ardió por su cuerpo desnudo.
―¿Ahora qué? ―Sopló el pelo de su cara y frunció el ceño.
Pedro sonrió ante su expresión de mal humor, se puso a horcajadas sobre ella, y miró hacia abajo.
Todo humor le abandonó con prisas. Ella era hermosa: toda curvas elegantes y músculos. Lentamente, se inclinó y la besó profundamente, sumergiéndose en su boca, metiendo su lengua dentro y fuera como una versión previa de lo que pensaba hacer con ella. Cuando liberó sus labios, ella respiró fuerte, y sus ojos se empañaron con la excitación.
Él se tomó su tiempo. Mordisqueó y chupó sus pezones y dejó que su mano vagara sobre su vientre, sus caderas, luego la deslizó detrás de ella para ahuecar su trasero y abrió más sus piernas. Sus dedos se detuvieron en su protuberancia rogando por su toque, luego se sumergió en su canal.
Ella gritó y tiró de sus ataduras. Él empujó hacia arriba, usando dos dedos para hundirse en su calor húmedo mientras su pulgar golpeaba su clítoris. Todos los músculos debajo de él se estremecieron con anticipación, y se retorció en la cama.
―¡Maldito seas, desátame! Quiero tocarte.
―Todavía no, cara. Me estoy divirtiendo mucho con mi fantasía.
Ella le maldijo y él rió, inclinó la cabeza, y la probó.
Se vino fuerte. Su grito salió arrancado de su garganta, y le permitió sobrellevar la ola. Cuando ella surgió, su enrojecida piel temblaba impotente bajo él. Separó más sus muslos y condujo su pene con un empuje sólido.
Apretó los dientes y rezó por el control. Su canal le apretó como una prensa ceñida, y espasmos sacudían su cuerpo como mini tormentas. La llenó completamente y puro placer explotó dentro de él. Lentamente, la presionó contra el colchón.
-Pedro. ―Sus ojos vidriosos de repente resplandecieron con pánico, y se resistió bajo él, tirando de las ataduras con movimientos frenéticos―. No lo hagas.

La crudeza de su miedo le hizo dudar.
―Mírame, mia amore. Mírame a los ojos y ve lo que soy.
Su enfoque se agudizó cuando miró profundamente en sus ojos. Sus pupilas se dilataron en reconocimiento y centímetro a centímetro sus músculos se relajaron, permitiéndole más acceso. Las lágrimas nadaron en sus ojos. La besó tiernamente, su pulgar secando la lágrima que corría por su rostro.
―Te quiero, Paula. Nunca ha sido Alexa y nunca lo será. Estoy enamorado de ti.
Se movió. Cada movimiento la reclamaba para él mismo, le decía sus sentimientos y de la necesidad de que ella le perteneciera. La última lucha se fue de su cuerpo y le acompañó empuje por empuje, sus talones clavándose en su espalda mientras subían más y más alto. Explotó bajo él y él se dejó ir. El insoportable placer le destrozó, le superó y le lanzó al borde. Cuando la tormenta finalmente pasó, Pedro se dio cuenta de que su vida nunca sería la misma.
Y él no quería que lo fuera.
Él la quería.
Las palabras hicieron eco una y otra vez en su cabeza. A veces tan bonitas como la ópera. A veces con una carcajada de alegría y burla. De cualquier manera, tenía que tratar con ello, pero el Señor sabía que estaba demasiado asustada en ese momento.
Flexionó sus manos ahora libres. Él la sostuvo con más ternura de lo que un hombre jamás le había mostrado. Hacer el amor para él parecía menos sobre perversión y más sobre darle todo a ella y pedir lo mismo.
Tragó las palabras que burbujeaban en sus labios y guardó silencio. Solo tres simples palabras, pero eran las palabras más difíciles que podía pensar en decir. Su piel húmeda por el sudor presionó contra la suya, sólido y real. Él le había dado un regalo que no tenía precio. Confianza. De alguna manera, al ser atada y obligada a rendirse, aprendió a confiar en otro ser humano.

Él le dio un suave beso en el cabello enredado.
―Gracias por darme tu confianza. Quiero saber todo de ti, cara, pero puedo esperar.
Su paciencia sacudió sus cimientos. ¿Por qué buscaba más que su cuerpo? Su confesión de que nunca había querido a Alexa sonó limpia y verdadera. Tal vez ella siempre había percibido la verdad pero no quería perder su último obstáculo. Ahora no había ningún lugar al que correr, pero aun así no podía decir esas tres palabras que él necesitaba.
Paula cerró los ojos y le dio el único otro regalo que le quedaba. Su verdad.
―Tenía dieciséis. Tenía un enamoramiento con el cliché de los clichés, el quarterback del equipo de fútbol. Por supuesto, él apenas me notaba, pero yo hice todas las típicas cosas de chicas para llamar su atención. Un día, vino y me habló. Días después, me pidió salir. Estaba atolondrada y creí que finalmente seríamos novio y novia.
Su mano dejó de acariciar su pelo. Lentamente, se volvió para enfrentarla en la cama. Ella sintió que su mirada le acariciaba, pero se quedó mirando al techo como si los eventos se desarrollaran ante su vista.

»Me puse mucho maquillaje. Falda corta, mucho escote mostrando lo poco que tenía. No tenía a nadie que me hiciera de carabina en el momento, así que iba y venía a mi antojo sin reglas.
»Me llevó a ver una película, luego de vuelta a la escuela al campo de fútbol. Nos sentamos en la hierba y miramos a la luna. Estaba tan contenta. Hasta que me empujó hacia abajo al suelo y metió la mano en mi camiseta. Verás, yo era todo hablar sin acción. Nunca había salido con un chico antes, ni siquiera había tenido una loca sesión de liarnos. Le dejé hacer cosas porque pensé que era lo correcto. Hasta que me bajó la falda.

Tragó una bocanada y su mano apretó la de ella. Él esperó en silencio mientras ella luchaba, pero su calor se filtró lentamente por su piel.

»Me violó. Después, se apartó, se levantó y dijo que estaba decepcionado. Me dijo que yo me lo busqué con mi ropa y mi actitud. Que si se lo contaba a alguien, sería el hazmerreír de la escuela. Me puse la ropa y me llevó a casa. Cuando llegué a mi casa, me dio las gracias por el buen rato. Vamos a hacerlo otra vez.

»Salí del coche y mi madre estaba viendo la televisión en la sala de estar. Fui directa a ella y le conté toda la historia.
Los acontecimientos de aquella horrible noche se volcaron sobre ella, pero esta vez, había alguien a su lado. Esta vez, alguien se preocupaba lo suficiente como para escuchar.

»Mi madre se rió y me dijo que obtuve lo que había pedido. Me dijo que empezara con el control de natalidad, me volviera más inteligente, y tratara con ello. Luego se alejó de mí. ―Paula arrancó su mirada del techo y se volvió hacia él―. No sabía qué hacer. Me sentía como si fuera a volverme loca. Me tomé los siguientes días libres y luego volví a la escuela. Y cuando me crucé con él por el pasillo, solo asentí con la cabeza en un saludo. La prueba de embarazo dio negativa. Empecé con el control de natalidad. Y de repente, me di cuenta de que tenía dos caminos delante de mí y tenía que elegir.
»Podía ocultar mi sexualidad bajo ropas holgadas y nunca sentirme cómoda de forma física con un chico otra vez. O podía hacer mi camino adelante y poseer mis propias cosas. De alguna manera, me di cuenta de que podía obtener placer del sexo, pero sería cosa mía fijar los términos. Me aseguraría de que nunca volviera a suceder algo así.
Su corazón latía con fuerza al borde de un ataque.
»Decidí que no dejaría que ese cabrón se llevara quién era yo. Me vestía de la forma que quería, y controlaba con quién tenía sexo a partir de entonces. Cuándo quería, dónde quería, y cómo quería. Pero a veces, cuando un hombre está encima de mí, algo retrocede a entonces y entro en pánico. Lo odio, pero parece que no puedo controlar esa parte de mi memoria. Hasta ahora.
Pedro se acercó y le puso la cabeza contra su pecho. Fuerza, calor y seguridad se abrieron paso hacia ella con una gracia continua que le dejó sin aliento.
―Lo siento mucho, cara. No lo sabía. Si lo hubiera sabido, no habría presionado de tal manera.
Ella negó fuerte con la cabeza.
―No, me alegro de que lo hicieras. Ahora, no tengo miedo.
Él contuvo el aliento y ella se dio cuenta de que temblaba bajo sus pies. Lentamente, levantó la cabeza para mirarlo a la cara.

Orgullo feroz y furia cruda brillaban en sus ojos. Sus manos eran tan suaves como una mariposa mientras le apartaba el pelo de la cara.
―Que alguien te hiera así hace que me cuestione lo que es justo y correcto en este mundo. Pero tú, mia amore, aceptaste tal suceso y ganaste fuerza. Has hecho tu vida según tus propios términos, sin nadie para que te ayude. Me bajas los humos.
Ella se mordió el labio y bajó la cabeza sobre su pecho. Sus palabras resonaron en el silencio de la habitación y explotó el último ladrillo del muro que guardaba su corazón. Él no hizo ningún comentario sobre la lágrima que cayó sobre su pecho.
Eso hizo que Paula le quisiera aún más.