Paula se sentó y enfrentó a sus padres. Sus manos temblaban de
alegría y alivio mientras empujaba el cheque sobre la maltratada
mesa de la cocina, que estaba cubierta de alegres soles amarillos de plástico.
—Pedro y yo queremos que tengan esto para pagar la hipoteca —
anunció—. No habrá ningún argumento o protestas. Hemos hablado de esto por mucho tiempo, y tenemos suerte de tener mucho dinero. Queremos compartirlo. Significa mucho para nosotros; así que, por favor, acepten esto como nuestro regalo.
Sus expresiones aturdidas, hizo que lágrimas pincharan un poco sus ojos. ¿Cuántas noches dando vueltas, se sintiendo culpable de ser incapaz de conseguir que sus padres salieran de su desastre financiero? Cómo si fuera la hermana mayor, odiaba la impotencia que la asfixiaba.
Decidió que hacer frente a Pedro y a sus propias emociones, valía la pena.
La seguridad de su familia le daba un dolor profundo, con el que había luchado desde que su padre tuvo el ataque al corazón.
—Pero, ¿Cómo puedes hacer esto? —Alejandra apretó sus temblorosas manos en sus labios mientras Miguel ponía su brazo alrededor de ella—. Pedro no debería sentirnos como si fuéramos una carga. Son un matrimonio joven con sueños. Para tu librería. Para una familia con muchos hijos. No deberías estar preocupándote por nosotros,Paula. Somos los padres.
Miguel asintió con la cabeza.
—Ya he decidido tomar un trabajo extra. No necesitamos el dinero.
Ella suspiró ante la innata obstinación de sus padres.
—Escúchenme. Pedro y yo tenemos dinero en abundancia, y esto es importante para nosotros. Papá, un segundo empleo no es una opción en tu condición, a menos que quieras morir. Ya oíste al doctor. —Paula se inclinó hacia el frente—. Esto dejará la casa libre, para que puedan concentrarse en el pago de otras facturas. Ahorren para la educación de Izzy y Gen. Ayuden a Gonza a terminar su último año en la facultad de medicina. Nosotros no les vamos a dar suficiente como para jubilarse, sólo
lo suficiente para hacer las cosas un poco más fácil.
Ellos intercambiaron una mirada. Descontrolada esperanza brillaba en los ojos de su madre cuando tomó el cheque.
—Pedro no pudo venir conmigo hoy. Pero hay una condición con este dinero... Él no quiere oír sobre él de nuevo.
Alejandra se quedó boquiabierta.
—Tengo que darle las gracias. Él tiene que saber lo mucho que apreciamos esto, y como ha cambiado nuestras vidas.
Tragó saliva, alrededor de la opresión en su garganta.
—A Pedro no le gusta mucho mostrar emociones. Cuando hablamos de esto, insistió en que no quería que volviéramos a mencionar el dinero de nuevo.
Miguel frunció el ceño.
—¿No aceptará un simple gracias? Después de todo, si no fuera por mí no estaríamos en este lío.
—Cualquier persona puede enfermarse, papá —susurró.
El dolor del pasado devastó su cara.
—Pero me fui.
—Y volviste. —Alejandra apretó su mano y sonrío—. Volviste con nosotras y lo hiciste bien. No debemos hablar más así.
Su madre se enderezó en la silla, sus ojos brillando por la emoción.
—Aceptaremos el cheque, Paula. Y nunca se lo mencionaremos a
Pedro. Mientras prometas ir a casa y decirle que él es nuestro ángel. —Su voz se quebró—. Estoy tan orgullosa de que seas mi hija.
Paula la abrazó. Después de un poco más de conversación, besó a sus padres y salió de la casa.
Noche de Poesía se estaba llevando a cabo en BookCrazy y no podía llegar tarde. Subió a su Volkswagen y se dirigió a su tienda, mientras sus pensamientos le daban vueltas en la cabeza.
El truco del dinero fue desafortunado, pero necesario. Nunca le admitiría a Pedro lo mala que estaba la situación financiera de sus padres. La imagen de él lanzándole un fajo de dinero suficiente para poder resolver cualquier
problema que tuviera, la hizo estremecerse.
Su orgullo era importante, y también el de sus padres. Ellos resolvían sus
propios problemas.
Tenía la intuición de que Pedro Alfonso creía que el dinero ocupaba el lugar de
las emociones, lección que sus padres le inculcaron diariamente, durante
mucho tiempo. Se estremeció ante la idea.
No, ella lograría hacer esto por su cuenta.
Se acomodó y manejó al trabajo.
***
Paula miró alrededor de BookCrazy con satisfacción. Noche de Poesía
atrajo una gran multitud y todos eran compradores de libros. Cada viernes
por la noche, transformaba la parte trasera de su tienda en un centro de
entretenimiento. Música de fondo flotando por los pasillos poco
iluminados. Sillones color verde manzana y mesas maltratadas de color
café, fueron sacados de la bodega y puestos en un círculo informal.
La multitud era una agradable mezcla de intelectuales, algunos bastante
serios y otros que sólo buscaban una noche de entretenimiento.
Arrastró el micrófono a la pequeña plataforma levantada y miró su reloj de
nuevo. Cinco minutos para empezar. ¿Dónde estaba Carolina?
Observó a las personas acomodarse en las sillas y murmurar sobre café
mientras discutían estrofas, imaginería, y sinfín de emociones. En ese
momento, la puerta se abrió para dejar pasar una ráfaga de aire fresco, y
Carolina entró.
—¿Alguien quiere café?
Paula corrió y agarró dos humeantes cafés de moca.
—Gracias a Dios. Si no les sirven cafeína, se hubieran marchado al
Starbucks que está bajando la calle.
Carolina dejó la bandeja de cartón sobre el suelo y alineó las cajas.
Su cabello color canela pasó por su mandíbula cuando ella sacudió la
cabeza.
—Pau, estás loca. ¿Sabes cuánto gastas en café, sólo para que estos artistas
puedan leer poesía frente a frente? Deja que hagan y traigan su propio
café.
—Necesito el negocio. Hasta que encuentre una manera de conseguir un
préstamo para ampliar la tienda; tengo que mantenerlos llenos de cafeína.
—Puedes preguntarle a Pedro. Él es, técnicamente, tu esposo.
Ella le lanzó a su amiga una mirada de advertencia.
—No, no quiero involucrarlo. Prometiste que no dirías nada.
Caro alzó las manos.
—¿Cuál es el gran problema?Pedro sabe que le pagarías el préstamo.
—Quiero hacer esto por mi cuenta. Tomé el pago inicial y ese era el trato.
Nada más. No es que esto sea un verdadero matrimonio.
—¿Le diste el dinero a tus padres?
Paula sonrió.
—Casi hizo que la compañía de tu hermano valiera la pena.
—Aún no lo entiendo. ¿Por qué no le dices a Pedro la verdad sobre el
dinero? Es un dolor en el culo, pero tiene un buen corazón. ¿Por qué estás
jugando a novia?
Se dio la vuelta, asustada de enfrentar a su amiga. Siempre había sido una
terrible mentirosa. ¿Cómo podría decirle a Caro que deseaba a su
hermano y que necesitaba todas las barreras imaginables para mantener
su distancia?
Sí él creía que ella era una fría cazadora de dinero, podría dejarla sola.
Carolina estudió su rostro durante mucho tiempo. Sus ojos verdes estaban
llenos de sorpresa, cuando la bombilla de luz brilló de repente.
—¿Hay algo más entre ustedes? ¿Él te atrae, cierto?
Paula forzó una risa.
—Odio a tu hermano.
—Estás mintiendo. Siempre sé cuándo mientes. Quieres dormir con él,
¿No? ¡Qué asco!
Paula le arrebató la última taza de café.
—Esta conversación ha terminado. No me atrae tu hermano, y no le
atraigo a él.
Paula la siguió.
—Está bien, ahora que pasé la vulgaridad inicial de la idea, vamos a
hablar de eso. Es tu esposo, ¿Cierto? Puedes estar recibiendo sexo por un
año con alguien. —Paula caminó a la plataforma. Todos los ojos estaban
sobre ella ahora. La palabra ‘Sexo’ definitivamente llama la atención de la
gente, pensó.
Ignoró a su amiga e hizo las presentaciones iniciales para la Noche de
Poesía.
Mientras el primer poeta caminaba al escenario, ella se apartó y se
acomodó en su silla. Tomó el cuaderno en caso de que necesitara escribir
cualquier destello de inspiración, y aclaró su mente para la lectura.
Caro se arrodilló y susurró:
—Creo que deberías dormir con él.
Paula dejó escapar un suspiro largo de sufrimiento.
—Déjame sola.
—Lo digo en serio. He tenido unos minutos para pensar. Es perfecto.
Ambos tienen que ser fieles de todos modos, así que sabes que no va a
estar durmiendo con alguien más. De esa manera obtienes el sexo que
necesitas; y en un año, sólo dices adiós. Sin resentimientos. Sin
complicaciones.
Ella se retorció. No porque estaba avergonzada por la sugerencia de
Carolina. No, era todo lo contrario. La posibilidad la intrigaba. Se quedaba
despierta en la noche, imaginando en la habitación. Su cuerpo desnudo,
musculoso, tendido en la cama, esperando por ella.
Sus hormonas la sacudieron con avidez ante la imagen.
Demonios, a este ritmo iba a terminar en el hospital psiquiátrico a finales
de año.
Causa: Celibato.
Carolina chasqueó los dedos delante de su rostro y sacó a Paula de su
ensoñación.
—Te fuiste de nuevo. ¿Pedro vendrá esta noche?
—Oh, sí, tu hermano amaría este tipo de noches. Él probablemente
preferiría una endodoncia y un examen de la próstata.
—¿Cómo se están llevando ustedes dos? Aparte de la atracción física.
—Bien.
Carolina puso los ojos en blanco.
—Mientes, de nuevo. No vas a decirme, ¿Cierto?
Paula se dio cuenta de que siempre le había confesado todo a Carolina,
excepto en una ocasión. La primera vez que Pedro la besó. Ella creía que la
amaría también, entonces. La amistad se convirtió en rivalidad y luego, en
un enamoramiento juvenil. Que las emociones tan puras del primer beso,
le hicieron creer que era amor. Su corazón latía por él, lleno de alegría ante
la posibilidad de estar juntos; así que ella pronunció las palabras, su voz
resonando entre los árboles.
“Te amo”.
Luego esperó que la volviera a besar. En cambio, él dio un paso hacia atrás
y se echó a reír. La llamó niña tonta y se alejó.
En aquel momento ella aprendió su primera lección en desengaños
amorosos.
A los catorce años. En el bosque, con Pedro Alfonso.
No estaba dispuesta a repetir la lección.
Apartó su recuerdo y decidió mantener su segundo secreto de Carolina.
—No está pasando nada —repitió Paula—. ¿Puedo escuchar el siguiente
poema en paz, por favor?
—No creo que la paz esté en las cartas de esta noche, nena.
—¿Qué quieres decir?
—Pedroestá aquí. Tu esposo. El hombre que te atrae.
Ella giró la cabeza y miró conmocionada a la figura en la puerta. Era obvio
que él estaba fuera de lugar, pero su presencia era tan confidencial, tan
abrumadoramente masculina, que ella contuvo el aliento y se dio cuenta
de que el hombre tenía el poder de encajar en cualquier parte.
Y él ni siquiera estaba vestido de negro.
La mayoría de los hombres que vestían ropa de diseño permitían a la tela,
dictar sobre ellos. Pedro usaba sus jeans Calvin Klein, como si no llevara
nada en absoluto. La tela abrazaba sus muslos y caderas, como si se
ajustara a su voluntad. Él reflejaba a un hombre que se conocía a él
mismo, y que le importaba un comino lo que los demás pensaran.
El cuello alto de tortuga, hacía hincapié en su pecho y se extendía sobre
sus anchos hombros. Definitivamente Ralph Lauren. Las botas eran
Timberland.
Tenía el pelo recogido, el color del suéter mezclado con rubio claro y tonos
de moca, cuidadosamente despeinado. Apretaba la mandíbula con
inconsciente exigencia, mientras buscaba en la oscura librería. Pero, sus
ojos...
Un remolino del color de jarabe Hershey. Rastros de oro y ámbar que le
recordaban el whisky envejecido. Una combinación que goteaba de sexo
pecaminoso y ansias indulgentes.
Ella esperó mientras él revisaba la habitación; sus ojos la pasaron, se
detuvieron, y luego regresaron lentamente.
Sus ojos se encontraron.
Paula odiaba los clichés y odiaba más que se estuviera convirtiendo en
uno. Pero en ese momento, los latidos de su corazón estallaron, sus
palmas sudaban y su estómago cayó y se desplomó como si estuviera en
una montaña rusa.
Su cuerpo se puso en alerta total, rogándole a él que llegara a ella,
prometiendo rendición. Si él le decía que fuera a casa, se metiera en la
cama y lo esperara, Paula estaba segura de que seguiría sus instrucciones.
La debilidad de su voluntad, la enfurecía. Su honestidad le hacía admitir
que lo haría de todos modos.
—Oh, sí. Definitivamente no hay atracción ahí. —Las palabras de Caro
rompieron el raro hechizo y le permitieron a Paula recobrar la compostura.
Ella le había dado una invitación a Pedro para la Noche de Poesía, porque él
no había visto la librería. Él declinó cortésmente, citando el trabajo como
excusa, y eso no le había sorprendido a ella.
Una vez más, había recordado que provenían de mundos diferentes y Pedro
no tenía ningún deseo en visitarla. Mientras él caminaba hacia ella, se
preguntó por qué había cambiado de opinión.
***
Pedro se abrió paso entre los estantes. Un tipo vestido de negro gritaba en el
micrófono sobre la correlación entre las flores y la muerte; y el aroma del
café moca inundó su nariz. Los sonidos de una flauta y un débil llamado
de un lobo entraron por sus oídos. Todas esas impresiones eran
secundarias ante la vista de su esposa.
Cabellos color ébano caían sueltos y salvajes sobre sus hombros. Sus
anteojos negros incrementaban el azul de sus ojos, ligeramente
ensanchados con sorpresa al ver como se acercaba. Su jersey abrazaba
cada centímetro de esos deliciosos pechos, luego se ampliaba alrededor de
sus caderas.
Una apretada minifalda le quedaba a mitad del muslo.
En una segunda mirada,Pedro cambió su opinión a una opción mucha más
corta, ya que la tela se había recorrido, por la posición en la que estaba, y
la tela apenas la cubría. Botas altas de cuero negro, completaban su
atuendo.
Esas largas piernas de Amazona, estaban encerradas en sus medias
negras y Pedro sabía que ella no estaba usando nada debajo de eso. Las
tiendas no cometían deslices como esos, él estaba completamente seguro.
Su verdadera sensualidad reside en su ignorancia del efecto que causaba
en los hombres. El enfado cosquilleaba sus nervios. Vivía en un constante
estado de agitación emocional, y odiaba cada momento. Él era el hombre
más tranquilo de todos y enfocó su camino en evitar los sentimientos
confusos. Ahora, su día normal oscilaba entre la molestia de la frustración
a la ira. Ella lo volvió loco con sus argumentos y discursos apasionados y
locos. También lo hizo reír. Su casa parecía tener más vida desde que se
mudó.
Él la alcanzó.
—Hola.
—Hola
Él dirigió su atención a su hermana.
—Carolina, ¿Cómo te va?
—Bien, queridísimo hermano. ¿Qué te trae por aquí? No vas a leer el
poema que escribiste cuando tenías ocho, ¿Verdad?
Paula ladeó la cabeza con interés.
—¿Qué poema?
Él sintió su sonrojo y se dio cuenta que las dos mujeres frente a él eran las
únicas que lo hacían perder la compostura.
—No la escuches.
—Pensé que tenías que trabajar —dijo Paula
Él si tenía. Y no sabía por qué estaba ahí. Había dejado la oficina y entrado
a una casa vacía y el silencio le molestaba. Había pensado en ella rodeada
de personas en la tienda de libros que ella creó y quería unirse a su
mundo solo por un rato. Él no dijo nada, sin embargo, y se encogió de
hombros.
—Terminé antes. Se me ocurrió echarle un vistazo a la Noche de Poesía.
¿Todos los artistas fuman? Hay una larga fila afuera y todos están
fumando.
Caro se rio por lo bajo y estiró ambas piernas sobre el piso. Su espalda
estaba apoyada contra el lado de la silla. Sus ojos verdes tenían el burlón
brillo de una hermana menor que todavía disfrutaba torturar a su
hermano mayor.
—¿Todavía sientes ansias, Pedro? Apuesto que podría conseguirte uno.
—Gracias. Siempre es lindo tener un familiar como tu proveedor de
drogas.
Paula jadeó.
—¿Fumas?
Pedro sacudió su cabeza.
—Solía. Varios años atrás.
—Sí, pero cuando se estresa o enoja, experimenta un retroceso. ¿Puedes
creer que él no piensa que cuente, siempre y cuando no compre?
Paula se rió.
—Esto es muy informativo, chicos. Tenemos que salir juntos más seguido.
Dime, Caro, ¿Tu hermano hace trampa en los juegos de cartas?
—Todo el tiempo.
Pedro se agachó y cogió los dedos de Paula, levantándola de la silla.
—Muéstrame el resto de la tienda mientras este tipo termina.
Carolina se rió y se sentó en la silla vacía.
—Tiene miedo de lo que te diga a continuación.
—Tienes toda la razón.
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