dos semanas.
Pedro miraba por la ventana en la cocina. Old Yeller estaba sentado
a sus pies. Con una taza de café humeante, a su lado.
Deambuló sus días como un fantasma. El trabajo lo mantuvo ocupado, por
lo que vertió toda su energía en sus diseños, después se arrojaba y giraba
en cama toda la noche. Pensando en Paula y su bebé.
El timbre sonó.
Sacudió la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Miguel y Alejandra Chaves
estaban afuera.
La pena le sobrevino en sus figuras familiares, pero empujó la emoción
atrás y abrió la puerta.
—Miguel, Alejandra, ¿qué están haciendo aquí?
Asumió que venían por una razón, a destruirlo por completo. Se preparó
para las lágrimas y súplicas de Alejandra por su feto. Esperó que pedro lo
golpeara y maldijera por lastimar a su niña.
Pedro enderezó la columna vertebral y se dispuso a tomarlo todo.
Se sorprendió de que esperaran tanto. Diablos, tal vez la ira de sus padres
podría ayudar. Él necesitaba sentir algo, incluso le daría la bienvenida al
dolor. Finalmente, necesitaría contactar con ella en relación con el resto
del contrato y ver lo que podría extraer por el bien de la imagen. Se
preguntó qué cuento se habría inventado acerca de él para sus padres.
—¿Podemos entrar? —preguntó Alejandra.
—Por supuesto.
Los llevó a la cocina. Old Yeller se escabulló detrás de la cortina, todavía
no está acostumbrado a la gente desconocida. pedro le dio una palmada
ausente en la cabeza antes de recuperar dos tazas.
—Tengo café o té.
—Café, por favor —dijo Miguel. Alejandra declinó la invitación y ambos se
sentaron. Pedro se ocupó en recuperar la crema y el azúcar, y trató de
ignorar el nudo en el estómago.
—Estoy suponiendo que están aquí para hablar de Paula —comenzó.
Miguel y María intercambiaron una extraña mirada.
—Sí, ha estado evitándonos, Pedro. Pensamos que algo está mal. Ella
no responde nuestras llamadas telefónicas. Visitamos la tienda para
asegurarnos de que todo estaba bien, pero se excusó y se deshizo de
nosotros.
Miguel asintió.
—No ha hablado con su hermano o Izzy y Glen. Decidimos venir por
nosotros mismos y hablar con ella. Dinos, Pedro. ¿Tienen problemas?
¿Dónde está?
La extraña sensación de la Dimensión Desconocida de la escena hizo a su
cabeza girar. Pedro miró a la pareja mayor en su mesa de la cocina y se
preguntó qué diablos iba a decirle. Paula no les había hablado del bebé. O
de su ruptura. Obviamente, ella no sabía cómo manejar la situación.
Pedro reprimió un gemido de agonía. No podía confesarles lo que había
sucedido. Ellos no eran su familia. No eran su responsabilidad.
—Um, creo que puede haber algo que hacer en BookCrazy. Noche de
poesía.
Alejandra apretó los dedos alrededor de él. La mezcla de fuerza y dulzura le dio
ganas de llorar. Sus ojos se llenaron de preocupación.
—No más mentiras. Eres parte de la familia ahora. Dinos la verdad.
Sus palabras sacudieron el cerrojo de la caja profunda en su interior.
Familia. Ella seguía creyendo que era parte de la familia. Si sólo fuera la
verdad y su esposa no lo hubiera traicionado. Pedro inclinó su cabeza. Las
palabras se escaparon de su boca antes de controlarse.
—Terminamos.
Alejandra contuvo el aliento. Él imaginó a Miguel mirándolo con odio. Pedro se
rindió a lo inevitable. Era hora de confesar sus pecados. Cada uno de ellos.
El truco cuidadosamente planeado se derrumbó delante de él, y se dio
cuenta de que necesitaba dar un salto a sí mismo. Era hora de que su
familia supiera la verdad.
—¿Qué pasó? —preguntó Alejandra tiernamente.
Pedro se soltó y levantó, yendo y viniendo mientras luchaba por las
palabras.
—Paula me dijo que ella va a tener a nuestro bebé. —Cerró sus ojos ante la
alegría inmediata que surgió en sus rostros—. Pero le dije que yo no lo
quería.
Levantó el mentón y se negó a alejarse. El familiar hielo envuelto a su
alrededor protectoramente.
—Le advertí desde un principio que no puedo ser padre.
alejandra lo miró con todo el entendimiento en el mundo.
—Pedro, ¿por qué dices tal cosa? Serás un maravilloso padre. Cariñoso,
serio y tienes mucho que dar.
Él sacudió su cabeza.
—No, no lo soy. Te equivocas. —Las palabras de la traición de Paula se
cernían en sus labios pero las mordió de regreso. Se negó a romper los
corazones de sus padres por hablarles de su matrimonio sin amor—. Hay
otras razones personales, Alejandra. Cosas que no puedo discutir. Cosas que
no podría ser capaz de perdonar.
—Estás equivocado, Pedro —dijo Miguel suavemente—. Siempre hay
espacio para el perdón. Si se aman. Yo traicioné la confianza de mis hijos.
Mi esposa. Hui y le di la espalda a todos los que prometí que querría. Pero
ellos me perdonaron, y estamos juntos de nuevo.
Alejandra asintió.
—El matrimonio es complicado. Las personas cometen errores. A veces
hacemos cosas terribles. Sin embargo, los votos que dijeron abarcaban
buenas y malas épocas.
Pedro se atragantó con el nudo en su garganta.
—No tengo el poder para resistir las dificultades. Soy como mi padre. Va
por la esposa número cuatro, y sólo se preocupa por sí mismo. No puedo
soportar lastimar a un niño inocente. No hay nada peor que no ser
querido.
Se preparó para el desprecio y el impacto. En cambio, Alejandra se rió y cruzó
la habitación para tomarlo en sus brazos con un apretado abrazo.
—Oh, Pedro, ¿cómo es posible que digas eso? ¿No recuerdas con qué
frecuencia te colabas en mi casa a robar galletas y vigilar a tu hermana?
Eres cariñoso, todo hombre y no como tu padre. Veo eso cada vez que
miras a mi hija, y tu amor por ella brilla en tus ojos. —Pedro se aclaró la
garganta—. Eres un hombre independiente, Pedro. Cometes tus propios
errores y elecciones. No vayas a culpar a algo en los genes o esconderte
detrás de excusas. Eres mejor que eso. —Alejandra ahuecó su cara con sus
manos. Sus ojos reflejaron amor, humor y entendimiento—. Un hombre
como tu padre nunca podría habernos dado un regalo tan generoso. El
dinero que Paula y tú nos disteis nos permitió seguir cuidando de nuestros
hijos y mantener nuestra casa.
Pedro frunció el ceño.
—¿Dinero?
Ella sacudió su cabeza.
—Sé que Paula dijo que era una condición que nunca lo mencionáramos,
pero en realidad, querido, debes saber lo agradecidos que estamos.
Jugó a lo largo, mientras su estomago gritaba la respuesta que era la pieza
final al rompecabezas de su esposa.
—Sí, por supuesto, fue un placer. Si lo usaron para…
Alejandra ladeó su cabeza.
—Para salvar nuestra casa, por supuesto. Ahora, Pedro y yo podemos
encargarnos de las facturas y el mantenimiento. Finalmente tenemos una
oportunidad. Y esto es todo por ti.
El rompecabezas yacía frente a él vibrante y claro como el cristal.
Completamente. El dinero con el que se había burlado de ella no había ido
a su negocio. Ella había mentido y salvado la casa de su familia. Esa era la
razón por la que se casó con él.
Ella había tratado de obtener el préstamo por su cafetería, pero fue
rechazado. Ahora entendía por qué Paula nunca le había dicho la verdad.
¿Cómo podría? Él nunca le ofreció un lugar seguro para confesarle su
verdad. Ella se negó a dejarlo compadecerse de ella o su familia, o incluso
mantener algo sobre su cabeza. Ella se hizo cargo por su cuenta, porque
Paula lucharía hasta la muerte por cualquier persona a la que amara. Ella
era la más leal, compresiva, testaruda, y apasionada mujer que había
conocido en su vida, y estaba locamente enamorado de ella.
La verdad pulsó en cada musculo de su cuerpo. Ella no le había mentido
acerca del bebé. No había tratado de quedar embarazada.
De alguna manera, había sucedido, pero ella había sido estúpida al creer
en él lo suficiente y decirle la verdad, o tratar de explicar. En realidad ella
creyó lo suficiente en él para pensar que estaría feliz por el bebé.
Y él la traicionó. Eligiendo creer en los comentarios venenosos de Gabriella
y su padre sobre la mujer que lo amaba.
Por primera vez desde su epifanía, se preguntó si alguna vez lo perdonaría.
Miró a Alejandra. Esta mujer que había dado a su hija no sólo la fuerza para
luchar por lo que creía, sino un corazón que daba amor
incondicionalmente. Un corazón que él rezó para que diera segundas
oportunidades.
Él pensó en su padre y sus muchas mujeres. Pensó en lo duro que había
trabajado para evitar cualquier sentimiento fuerte para no ser herido de la
forma en que sus padres le habían herido. La manera en que su relación
había herido a todos a su alrededor.
El rayo atravesó la habitación y lo traspasó hasta la medula.
Se dio cuenta que si seguía en el mismo camino, sería exactamente igual
que su padre. Pedro aplastó sus dedos en un apretado puño. Por cultivar el
distanciamiento en sus relaciones para evitar el dolor, creando un hombre
hermético. Pero esas acciones habían causado más dolor a la mujer que
amaba del que nadie merecía. Era un maldito cobarde que lastimaba a las
personas porque se preocupaba por sí mismo.
Interiormente, el miedo todavía se aferraba a él con una rigidez que se
había criado en los últimos años. Pero por primera vez, quería
intentarlo. Quería darle lo que ella necesitaba. Quería ser un padre, un
esposo, un amigo. Quería protegerla, cuidarla y vivir el resto de sus días
con ella. Quizás si le hubiera dado todo lo que tenía, todo lo que era, sería
suficiente para ella.
El último muro alrededor de su corazón se estremeció. Se derrumbó. Y se
rompió.
De alguna manera Paula creía que era suficiente porque lo amaba.
Sus manos temblaron mientras apretaba los dedos de Alejandra.
—Tengo que hablar con ella.
Alejandra asintió.
—Ve a hacer lo correcto.
Enderezó su columna y enfrentó a su suegro a través de la habitación.
—La jodí, también. Sólo puedo esperar que me perdone. Pero voy a
intentarlo.
Miguel sonrió.
—Lo harás, hijo.
Pedro miró abajo hacia el feo sabueso que había comenzado a amar.
—Creo que tengo una idea.
* * *
Carolina bajó una humeante taza de té herbal y retiró rápidamente el
cappuccino que había tentado a Paula los últimos minutos.
—Sin cafeína. El té tiene antioxidantes.
Ella sonrió débilmente.
—Sí, mamá. Pero no creo en un café moka cuando pienso que esté agotada
no me va a causar ningún daño.
—La cafeína impide el crecimiento del bebé.
—Lo mismo hace el estrés y no conseguir suficiente dinero para mantener
un bebé.
—Hmm, deben ser las hormonas. Estás definitivamente malhumorada.
—¡Carolina!
Su amiga lanzó una sonrisa y arrancó la tapa del té.
—Me gusta molestarte. Asegúrate de no convertirte en una de esas
lunáticas heroínas trágicas como a las que a ti te gusta tanto leer.
—Jódete.
—Mejor.
Paula levantó la vista hacia ella con verdadero afecto. Ella iba a estar bien.
Después de dos semanas lejos de Pedro, cada día se convertía en una
prueba de fuerza y fortaleza que era demasiado testaruda para no
reconocer. Ella había mantenido en secreto la noticia a su familia, pero
planeaba revelar la verdad ese fin de semana. Carolina la ayudaría. Y a
pesar de que no había conseguido el préstamo para la librería, BookCrazy
estaba en un crecimiento constante. Ella sobreviviría.
Paula repitió el mantra cada hora de cada día que pasó lejos del hombre
que amaba mientras su bebé crecía en su vientre. Él había tomado su
decisión y ella necesitaba enfrentar la realidad.
—El conde me llevó a cenar la otra noche.
Distraída por un buen chisme, Paula sonrió y estudió a su amiga.
—¿Y no me lo dijiste?
Carolina se encogió de hombros.
—Nos enfrentamos. Todo lo que hizo fue hablar de ti. Él está enamorado
de ti, Pau.
Paula se rió.
—Confía en mí. No hay chispa y nunca la habrá. —Ella chasqueó su
lengua con interés—.Ustedes se pelearon. ¿Eh? Es posible que por fin
hayas encontrado la horma de tu zapato.
Carolina resopló.
—Eso es ridículo.
Ella frunció los labios con interés.
—Él puede ser el único hombre que consiga manejarte, Caro.
—El embarazo está deformando tu cerebro.
Por un momento, Paula alcanzó a ver pesar brillando en los ojos de Carolina.
Ella abrió la boca para decir algo, pero los poetas se alinearon y tomaron
sus asientos.
La melancólica música deprimente tocaba a través de los altavoces para
ajustar el tono. Las luces eran tenues, la oscuridad cayó fuera. Un
zumbido de energía creativa llenaba la habitación mientras los poetas
comenzaron a recitar sus pensamientos y sueños en el micrófono. Ella
agarró un cuaderno cerca de su pecho mientras miraba a un lado, y se
dejó caer de nuevo en el redil de las imágenes reconfortantes. Cerró sus
ojos y dejó que sus sentidos se hicieran cargo, agudizando, juzgando,
cuando las imágenes fluyeron a través de su mente mientras se filtraban y
se mezclaban como óleos en un lienzo.
Hubo una breve pausa mientras los poetas cambiaban.
Entonces ella escuchó la voz.
Al principio, su mente estaba abierta al profundo, y ronco tono del hombre
que leía en el micrófono. Cuando su corazón la relacionó, se quedó sin
aliento, un miedo indefinible la llenó. Su respiración se enganchó.
Lentamente, se obligó a mirar al poeta que estaba en el escenario.
Su esposo.
Al principio, pensó que su visión le estaba engañando. El Pedro Alfonso que
ella conocía no existía en el escenario. En cambio, un extraño estaba
frente a ella.
Estaba vestido completamente del equipo de los Mets. Una gorra azul y
naranja estaba hacia atrás sobre su cabeza donde unos extraviados rizos
rubios se escaparon. Llevaba una camiseta de los Mets, pantalones
vaqueros, y zapatillas deportivas. Sostenía una cadena de color naranja en
su mano, y ella vio a Old Yeller sentado a su lado con una tranquila
dignidad especialmente de los de pura raza y no de perros callejeros. El
perro llevaba un pañuelo de los Mets alrededor del cuello. Una oreja
torcida en un ángulo roto. Su cola no se meneaba. Sin embargo sus ojos
no mantenían la mirada encantada que ella por lo general asociaba con
sus perros entrenados. Apuntalado delante de sus patas delanteras, un
cartel mostraba las palabras: VUELVE A CASA.
Ella parpadeó una vez, dos veces, entonces se dio cuenta que la escena
frente a ella era real.
Pedro mantenía una hoja de papel de cuaderno entre sus dedos. Aclaró su
garganta. Ella mantuvo su respiración mientras su voz se dispersaba a
través del micrófono y llegaba a sus oídos.
—No soy un poeta. Pero mi esposa sí. Ella me enseñó a buscar lo
extraordinario en la simplicidad. Me enseñó acerca de los sentimientos, la
verdad, y las segundas oportunidades. Verás, nunca me di cuenta de que
una persona podía seguir dando todo sin pensar en tomar. Paula,
cambiaste mi vida, pero tenía demasiado miedo para tender la mano a ello.
Creí que no era lo suficientemente bueno. Ahora me doy cuenta de la
verdad.
Paula cerró los ojos con desesperación mientras lágrimas se filtraban de
sus ojos. La mano de Carolina agarró la suya. Su esposo quería que
volviera. Pero, elegir ese camino era como el famoso poema, un factor
desconocido. Ella entendió mejor su oscuridad, sabía que si volvía con él
estaría a salvo. Ella lo haría por su cuenta. La oscuridad le hizo señas
como una vieja amiga. En ese momento, ella tenía su propia elección. Y
que Dios la ayudara, no tenía fuerza para intentarlo de nuevo.
Abrió sus ojos.
Bajos murmullos y comentarios llegaron hasta sus oídos. Se quedó
mirando al hombre que amaba y esperó que hablara.
—Te amo, Paula. Te quiero y quiero a nuestro bebé. Quiero a este ridículo
perro de caza porque he llegado a amarlo también. También me di cuenta
de lo que no quiero. No quiero vivir mi vida sin ti. No quiero estar solo
nunca más. Y no quiero creer que no merezco tenerte. Y juro a Dios, que
pasaré el resto de mi vida haciendo esto por ti.
Su labio inferior tembló.
La mano de Carolina apretó las suyas.
—¿Lo sigues amando?
Se ahogó con su respuesta.
—Me temo que no puedo hacerlo más.
Los ojos de Carolina ardían con una ferocidad que arrojaba chispas.
—Sí, puedes. Puedes hacerlo de nuevo, y otra y otra vez. Si lo amas lo
suficiente.
Su esposo dio un paso hacia abajo del micro y se dirigió hacia ella. El
muro cuidadosamente construido se sacudió en sus cimientos.
—Siempre fuiste tú. Me has hecho sentirme completo de nuevo.
Y entonces, se arrodilló ante ella y puso sus manos contra su vientre.
—Mi bebé —susurró—. Tenía miedo de no tener nada que dar. Pero tengo.
Y quiero dártelo todo a ti.
El muro tembló con una fuerza demoledora y se estrelló alrededor de ella.
Paula hizo su elección.
Lo levantó y entró en sus brazos. Él la mantuvo cerca, su boca en su oído,
sus manos alrededor de su espalda, mientras susurraba su promesa de
nunca herirla de nuevo. Una ronda de aplausos rompió el silencio, con
gritos fuertes y choques de manos.
Carolina sonrió.
—Ya era hora de que entrarás en razón, hermano mayor.
Pedro tomó a su hermana y la atrajo dentro del abrazo. Su cara
reflejaba una ligereza y paz que Paula había vislumbrado antes, pero
nunca había visto brillar.
—Espero que sepas que tengo la intención de ser madrina de este bebé.
Paula se rió.
—Dios nos ayude si es una niña. Irá vestida con ropa de cuero para bebé y
llevará ropa interior explosiva.
—Y si es un niño, le enseñaré la manera apropiada de hacer feliz a una
mujer.
Pedro puso un beso en los labios de su esposa.
—Oh, tendrás ambos, Caro. Creo que voy a llevar a mi esposa a casa y
comenzar a practicar en un segundo.
Los ojos de Paula se agrandaron.
—¿Un segundo? Primero tengo que superar las náuseas matutinas, el
aumento de peso y el parto.
—Pan comido. Voy a estar allí durante todo el asunto.
—Sólo si vistes esa camiseta de los Mets.
Pedro sonrió.
—En realidad, he pensado en tus argumentos sobre el tema. Puede que
tengas razón. Quizás los Mets merecen otro aficionado en su campo.
Ella levantó sus ojos hacia el cielo.
—Gracias, Madre Tierra —susurró.
Paula tomó nota mentalmente para darle el libro de hechizos a Carolina.
Algo le dijo que la vida de Carolina estaba a punto de cambiar. Y necesitaría
toda la ayuda que pudiera conseguir.
Como si supiera lo que estaba pensando, Pedro la besó.
—Vamos a casa.
Ella envolvió sus brazos alrededor de él y le permitió conducirla de nuevo a
la luz.
FIN!! ♥♥
SOLO GRACIAS! ♥♥♥♥
me encanto,que lindo final!!!
ResponderEliminarBellísimo final! Qué manera de sufrir!! Me encantó la novela!!
ResponderEliminarMe encantó como sufrí pero bellísimo
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