viernes, 6 de junio de 2014

Capitulo 15

Pedro cerró la puerta tras él y cayó en la silla de cuero. Miró fijamente
hacia su tablero de dibujo y curvó las manos en apretados puños
para detener la comezón. Quería crear. Se imaginó materiales tales
como piedra caliza y ladrillo, con un flujo de imágenes de vidrio y curvas
elegantes. Los dibujos danzaban tras sus párpados cerrados en la noche, y
aquí estaba él, propietario de Dreamscape Enterprises, y atascado la
mayor parte del día en reuniones de junta.
Maldijo por lo bajo. Está bien, así que los miembros de la junta lo
exasperaban, con las tácticas burocráticas y las ideas avaras. La mayoría
de ellos se oponían al contrato del astillero, creyendo que la compañía iría
a la bancarrota si él tomaba el trabajo y no podía cumplir lo pactado. La
junta estaba en lo cierto. Él tenía una solución sencilla.
No fallar.
La fiesta de Conte era el sábado en la noche y él todavía no había
asegurado una reunión de negocios. Hyoshi Komo tampoco había llamado.
Atascado en el punto de partida, la única cosa por hacer era esperar que el
hombre hiciera su movimiento, y contar hacia atrás las horas para la
fiesta. Quizá Conte estaba esperando para ver cómo resultaba el evento
social antes de solicitar una reunión, a diferencia de lo que le dijo a Paula.
Paula.
Su sólo nombre era un puñetazo en sus tripas. Recordaba la forma en que
la noche anterior ella había chillado, sacudido la cabeza y rebotado
alrededor de la sala de estar en un baile de victoria después de haber
ganado al ajedrez. Una mujer hecha y derecha actuando como una niña. Y
una vez más, él se había partido el culo de la risa. De alguna forma, tan
hermosa como era su compañera, sus astutos ingenios sólo estremecían la
superficie. Paula lo hizo conectar con una carcajada profunda, como
si él fuera un chico.
Su línea directa sonó. Respondió.
—¿Sí?
—¿Alimentaste al pez?

Pedro cerró los ojos.

—Paula, estoy trabajando.
Ella dio un resoplido grosero.
—Igual que yo. Pero al menos me preocupo por el pobre Otto. ¿Lo
alimentaste?
—¿Otto?
—Tú sigues llamándolo Pez. Eso hiere sus sentimientos.
—Pez no tiene sentimientos. Y sí, lo alimenté.
—Pez ciertamente tiene sentimientos. Y mientras estamos discutiendo
sobre Otto, quiero decirte que estoy preocupada por él. Está colocado en el
estudio y nadie nunca va allí. ¿Por qué no lo trasladamos a la sala de estar
donde él puede vernos más a menudo?
Pedro arrastró una mano hacia abajo por su rostro y rogó por paciencia.
—Porque no quiero un acuario arruinando la apariencia de las
habitaciones principales. Carolina me dio la maldita cosa como una broma y
la odié apenas la vi.
Una helada lo mordisqueó a través del receptor.
—Sucias, también, ¿no? Supongo que no se te da con humanos ni con
animales. Lamento informártelo, pero incluso un pez se siente solo. ¿Por
qué no le conseguimos algo de compañía?
Él se enderezó y decidió ponerle final a esta ridícula conversación.
—No. No quiero otro pez, y él no será trasladado. ¿Lo dejé claro?
La línea zumbó.
—Como el cristal.
Luego ella colgó.
Pedro maldijo, agarrando la pila de papeles más cercana de la última
reunión de junta, y se puso a trabajar. La mujer en realidad lo molestaba
en su trabajo por un pez.
Sacó la imagen de ella de su mente y reanudó su trabajo.
* * *

—Él va a estar furioso.
Paula se mordió el labio inferior y se preguntó por qué las palabras de
Carolina causaron que un escalofrío le recorriera la columna. Después de
todo, Pedro Alfonso no era un macho alfa. Seguro, él podía estar un poco
molesto por la situación, pero siempre permanecía racional.
Inspeccionó la sala de estar llena de perros. Montones de perros.
Cachorros, perros callejeros, puras razas y perros de caza. Algunos se
apiñaban en la cocina, dándose golpes contra las mesas mientras se
comían su comida y sorbían agua. Otros mantenían un furioso ir y venir
mientras exploraban su nuevo hogar, olfateando las esquinas y
trasladándose de habitación en habitación. El terrier de pelo duro
masticaba un cojín. El poodle negro saltó en el sofá y se echó para una
siesta. El perro callejero parecía a punto de levantar su pata en el
intercomunicador, pero Caro lo agarró y lo lanzó al patio trasero antes
de que hiciera daños graves.
La preocupación floreció en un ataque de pánico en toda la regla.
Caro estaba en lo cierto.
Pedro podría matarla.
Se volteó hacia su amiga.
—¿Qué debería hacer?
Caro se encogió de hombros.
—Dile la verdad. Que sólo los tendrás por una noche o dos hasta que el
refugio pueda hacer otros arreglos. Que si los devuelves, los pondrán a
dormir a todos.
Ella se contrajo de dolor.
—¿Y si todavía me hace deshacerme de ellos?
—Llévalos a tu apartamento.
—Demasiado pequeño.
Carolina lanzó las manos hacia arriba cuando divisó la mirada.
—¡Demonios, no, no los voy a llevar a mi casa! Tengo a alguien
visitándome y él será mucho más caliente que un cachorro. Estás por tu
cuenta.
—Pero, Caro…

Carolina ondeó la mano.
—Tengo que irme. Caramba, me encantaría ver el espectáculo cuando mi
hermano entre. Llámame al celular.
La puerta se cerró.
Paula inspeccionó la sala, ahora en un caos de cachorros, y decidió que
había sido un poco demasiado impulsiva. Habría podido decirle a los del
refugio que tomaría unos pocos, y entonces llevarlos a su apartamento.
Pero no, había estado furiosa con Pedro por ser un monstruo de corazón frío
respecto al pez, y decidió enseñarle una lección. Excepto que ahora estaba
simplemente aterrada.
El perro de caza mordisqueaba la pata de la mesa. Se recompuso y preparó
su plan de batalla. Los pondría a todos en la habitación de huéspedes y tal
vez pedro no los notaría. Él nunca iba a esa habitación. Ella llevaría todos
sus juguetes y comida y los metería a hurtadillas al regreso de sus paseos.
Se convenció a sí misma de que la estrategia funcionaría, y arreó al grupo
al final del pasillo. Dejó caer una bolsa llena de juguetes y se aseguró que
la mayoría de ellos corría detrás de ella. Luego cerró la puerta, reunió a los
cachorros durmiendo en el sofá, la comida y los tazones de agua, y
algunos periódicos de repuesto. Corrió hacia afuera, agarró al último
extraviado en el patio trasero y lo colocó en la habitación para que los
perros se sintieran cómodos.
Paula miraba preocupadamente al hermoso sofá de dos plazas y la silla
con arremolinados patrones plateados y grises. Maldición, ¿por qué Pedro
tenía que ser rico? Ninguna habitación de huéspedes lucía así de bien, con
alfombrado color pizarra, mesas de estaño con un vistoso diseño
ornamental parecido a un pergamino, y eso hacía que costara más que
todo el juego de edredones en su casa. Deslizó los dedos por las puntadas
suaves y precisas de una colcha de punto. Necesitaba algunas mantas
viejas, y apostaba que su esposo no tenía ninguna. Decidió ir a cazar al
piso de arriba pero escuchó la llave en la cerradura.
Presa del pánico, arrojó la colcha de punto sobre la silla y cerró la puerta
tras ella. Luego se lanzó por el pasillo y patinó hasta detenerse frente a él.
—Hola.
Él ya parecía receloso. Mechones rubios se deslizaban por su frente y sus
ojos se estrecharon, como si no confiara en ella siendo amable. La culpa se
retorció en su interior, pero hizo caso omiso a la emoción.
—Hola. —Él miró alrededor de la casa y ella contuvo el aliento—. ¿Qué
está pasando?
—Nada. Sólo estaba a punto de preparar la cena. A menos que estés
cansado y quieras ir a acostarte ahora mismo.
Una ceja marrón se disparó hacia arriba ante su tono esperanzador.
—Son las seis en punto.
—Claro. Bueno, apuesto que tienes un montón de trabajo que hacer, ¿eh?
Te llevaré la comida arriba a tu oficina si quieres.
Ahora él parecía francamente irritado.
—Trabajé suficiente por hoy. Quiero relajarme con un vaso de vino y ver el
partido de béisbol.
—¿Van a pasar a los Mets?
—No sé. De todas formas ellos no están en los playoffs y no consiguieron el
Comodín. Los Yankees todavía tienen una oportunidad.
Ella se retorció con irritación reprimida.
—Están demasiado atrás… nunca sucederá. Nueva York no conseguirá la
serie este año.
Él dejó escapar un suspiro de impaciencia.
—¿Por qué no ves a los Mets arriba?
—Quiero el televisor grande.
—Igual que yo.
La irritabilidad la golpeó duro. Paula se aferró a la emoción, agradecida de
que su temor se hubiese desvanecido. Se dio la vuelta e irrumpió en la
cocina.
—Bien, pido que me devuelvas mi favor.
Él colgó su abrigo de lana negro en el armario, luego se paró en la entrada.
Ella sacó los ingredientes para la ensalada que no se comería y cortó las
verduras para un sofrito. Él agarró una botella de vino del refrigerador y se
sirvió una copa.
—¿Qué dijiste?
—Estoy pidiendo que me devuelvas mi favor. Quiero ver el partido de los
Mets aquí abajo en el televisor grande. Quiero que te quedes arriba y veas
el juego de los Yankees, y no quiero escuchar ni un sonido. Ni una
ovación, ni un grito, ni un “Vamos Yankees” en ánimos. ¿Entendido?

Cuando ella miró hacia atrás, él la miraba boquiabierto de puro asombro,
como si le hubiesen brotado cuernos. Trató de ignorar cuán adorable se
veía, con su boca ligeramente abierta, y esos increíbles hombros
extendidos contra su camisa gris pálido. ¿Por qué tenía que ser tan
malditamente atractivo? Las mangas de la camisa y el cuello todavía
estaban almidonados después de horas de uso. Sus pantalones color
carbón todavía tenían el pliegue en el centro. Él había desabrochado los
botones en las muñecas y había enrollado el material de su forma
habitual. Vellos de color claro se esparcían por sus antebrazos y fuertes
dedos aferraban la delicada copa de vino con un poder que la hizo moverse
nerviosamente cuando pensó en las otras cosas que él podría tocar. Trató
de no comérselo con los ojos como una adolescente y se concentró en
cortar.
—Estás demente. —Él en realidad se tomó unos momentos para reunir
sus poderes de palabra antes de continuar—. Se supone que esos favores
son usados para cosas importantes.
—Mi elección. Mi favor.
Él se acercó un paso. El calor de su cuerpo tiró, atormentó y torturó su
cordura mental. Se moría por recostarse contra su pecho y dejar que sus
brazos se cerraran alrededor de su cintura. Ansiaba sentir toda esa fuerza
musculosa soportándola y fingir que eran una pareja casada en la vida
real. Se acariciarían en la cocina y harían el amor en la pesada mesa de
roble entre el vino y la pasta. Luego compartirían la comida y hablarían
tranquilamente y verían juntos el partido de los Mets. Paula tragó a la
fuerza el nudo en su garganta y apartó la fantasía.
—¿Estás usando un favor para ver un pésimo juego de béisbol?
—Sip.
Ella lanzó el ajo y los pimientos en el sartén y él se movió otro par de
centímetros. Su cinturón raspaba contra sus nalgas. Incluso cubierta con
la gruesa tela vaquera la amenaza de un toque más íntimo hizo que sus
manos temblaran alrededor del cuchillo. Su aliento caliente se precipitaba
sobre su nuca. Él colocó ambas palmas de las manos sobre la encimera y
la enjauló.
—Los favores son poco comunes. ¿Quieres desperdiciar uno en un
estúpido juego de béisbol que no significa nada?
—Me preocupo por cada partido que juegan los Mets. Tú, por otra parte,
no te lo tomas tan en serio porque eres complaciente. Ganar te viene con
demasiada facilidad. Lo das por sentado.
Él gruño en su oreja.
—No gano todo el tiempo.
Se apegó al tema del béisbol.
—Incluso después de perder la Serie Mundial contra los Sox nunca
perdiste tu arrogancia. Sigues sin respetar a otro equipo.
—Nunca supe que los pobres Yankees causaran tanto alboroto.
—Son los fanáticos más que el equipo. Nosotros sabemos lo que es perder.
Y cada juego que ganamos es una pequeña victoria que apreciamos y
nunca lo damos por sentado. Además somos más leales.
—Hmmm. ¿Hablas de los Mets o de sus fanáticos?
—Ves, crees que es gracioso. Si experimentaras más pérdidas, serías
humillado. La victoria se sentiría incluso más dulce.
Él apoyó las manos en la curva de sus caderas. La longitud de su erección
se presionaba contra su trasero.
—Tal vez tengas razón—murmuró él.
El cuchillo traqueteó en la tabla de picar. Ella se dio la vuelta y chocó
contra su pecho. La atrapó por los hombros y le levantó la barbilla. La
tensión sensual se arremolinó y alcanzó su punto más alto. Los labios de
ella se separaron en una invitación inconsciente ante su admisión.
—¿Qué?
Un destello salvaje apareció en las profundidades de sus ojos castaños.
—Tal vez estoy comenzando a apreciar las cosas que no puedo tener. —Él
deslizó un dedo toscamente hacia abajo por su mejilla. Trazó su labio
inferior. Presionó su pulgar sobre el sensible centro de la carne—. Tal vez
estoy comenzando a aprender sobre el deseo.
A ella se le secó la boca. Deslizó la lengua sobre sus labios para
humedecerlos, y la tensión sensual se enroscó otro grado. Se balanceaba
al borde de algún descubrimiento que cambiaría su relación, y luchó con
su instinto por saltar al precipicio y al diablo con las consecuencias.
En su lugar, se obligó a continuar con su extraña conversación.
—¿Entonces estás de acuerdo? ¿Entiendes por qué los Mets son un mejor
equipo?
Un destello de dientes blancos y rectos se burló de su declaración.

—No. Los Yankees son un mejor equipo. Ganan por una razón —susurró
su comentario contra sus labios—. Ellos quieren más. Si deseas algo
inmensamente, Paula, eventualmente lo consigues.
Ella empujó su pecho y se dio la vuelta, deseando blandir el cuchillo en
algo más que los vegetales. Típico fanático yankee arrogante.
—Te llamaré cuando la cena esté lista. Hasta entonces, espero que te
quedes arriba.
Su risa hizo eco a través de la cocina. El frío se estableció alrededor de ella
mientras él se alejaba. Paula contuvo el aliento cuando él subió las
escaleras, pero los perros todavía estaban tranquilos.
Corrió hacia la sala de estar, puso el partido de béisbol, subió el volumen,
y regresó a la habitación trasera para chequear a los caninos.
La colcha de punto estaba hecha añicos.
Se la sacó con esfuerzo de los dientes al labrador negro y la metió en el
cajón del fondo del escritorio. El periódico ya estaba sucio, así que lo
limpió, extendió una hoja fresca, y colocó otras sobre el sofá y la silla para
seguridad adicional. Volvió a llenar los tazones de agua y supuso que
todos tendrían que salir de nuevo en otra hora antes de irse a dormir.
Cerró la puerta, se apresuró hacia la cocina y terminó la cena mientras
gritaba en voz alta comentarios a sus jugadores.
Pedro bajó por su cena y rápidamente regresó escaleras arriba. Exhausta de
su engaño, juró desde ahora ser honesta con el refugio. Se las arregló para
sacar a hurtadillas a los perros en pequeños grupos por el resto de la
noche.
Cuando el partido hubo terminado y los Mets habían ganado 4 a 3 a los
Marlins, ella hizo un rápido baile de victoria, limpió la cocina, chequeó a
los animales y subió las escaleras hacia su cama. Sus músculos dolían y
su cabeza giraba, pero había salido victoriosa.
Necesitaba despertarse antes de las cinco de la mañana para sacar a
pasear a todos los animales, alimentarlos y limpiar antes de que Pedro se
fuera a trabajar.
Se contrajo de dolor pero se las arregló para ducharse rápidamente, y cayó
en la cama. Ni siquiera se molestó en ponerse un camisón, sino que se
arrastró inmediatamente bajo el edredón y cayó dormida.
* * *

Alguien estaba en la casa.
Pedro se sentó en la cama y escuchó. Un chirrido casi imperceptible hizo
eco a través del aire. Como si alguien escarbara una llave contra una
cerradura y tratara de forzar la puerta para abrirla.
Con movimientos rápidos y económicos anduvo descalzo hacia la puerta y
la abrió un par de centímetros. El silencio lo saludó. Luego escuchó el
sonido.
Un murmullo bajo. Casi como un gruñido.
Un escalofrío recorrió su columna y pensó en sus opciones. ¿Quién
demonios estaba en la casa? La alarma no se había activado, lo que
significaba que el ladrón la había desarmado. Él no tenía una pistola o una
botella de macis. ¿Qué más se usaba en el juego de Clue? Un revólver, un
candelabro, un cuchillo, una soga o un tubo de plomo.
Mejor llamar al 911.
Salió por la puerta moviéndose con cuidado y pasó en puntas por la puerta
cerrada de Paula. Se detuvo, entonces decidió que despertarla sería lo peor
que podía hacer… ella podría entrar en pánico y darle al intruso un
objetivo con el que Pedro no quería lidiar. Su principal objetivo en este
momento era mantenerla a salvo. Agarró un bate de béisbol del armario
del pasillo, tomó el teléfono inalámbrico, golpeó los tres números y reportó
un robo con allanamiento de morada.
Luego comenzó a bajar las escaleras para herir al hijo-de-puta.
Pedro se detuvo en la parte de abajo y se escondió en las sombras. El aire
permanecía tranquilo excepto por el constante zumbido del refrigerador. Se
quedó solo por un rato y estudió las oscurecidas habitaciones. La puerta
principal estaba firmemente cerrada, con la cadena enganchada, y la
alarma encendida. Extraño, si hubiese sido desactivada la luz roja habría
estado apagada. Tal vez la puerta trasera, pero él no había escuchado los
paneles de vidrio romperse, a menos que…
La puerta de la habitación de huéspedes traqueteó. Se movió con cuidado
hacia adelante, manteniéndose apretado contra la pared, blandiendo el
bate de béisbol mientras contaba los segundos que faltaban para que
llegaran los policías. Él no era Clint Eastwood, pero si conseguía un buen
golpe con el bate se podría llamar a sí mismo hombre.
Respiración pesada. Casi como un jadeo. Un chirrido.
¿Qué demonios?

Se detuvo y agarró el pomo. Su pulso corría acelerado con una descarga de
adrenalina. Luchó para superar el miedo y se apegó al control. Pedro
levantó el bate, giró el pomo y lanzó la puerta para abrirla con todas sus
fuerzas.
—¡Aaaaghhh!
Un grupo de perros lo pasaron precipitadamente. Dos, cuatro, seis, ocho,
una multitud de pelajes le rodearon las piernas, perros manchados, perros
pequeños, perros grandes… todos ladrando y ondeando sus colas con sus
lenguas colgando. El bate flotaba en el aire pero ellos nunca sintieron el
peligro. Emocionados por ver a un humano a altas horas de la noche,
todos llamaban su atención y querían jugar.
Por unos cuantos segundos, se convenció de que estaba teniendo un
sueño, y que despertaría en su propia cama.
Entonces se dio cuenta de que la escena era real.
Cometería un asesinato.
Que involucraba a su esposa.
La habitación estaba en ruinas. Papeles hechos trizas volaban en todas
direcciones. La lujosa alfombra estaba moteada con círculos líquidos que
no lucían como agua. El relleno asomaba de un cojín del sofá. Su planta
en maceta yacía ebriamente a un lado y un cachorro le daba con las patas
a un montón de mugre. El Architectural Digest había sido mordisqueado y
escupido.
Pedro cerró los ojos. Contó hasta tres. Los abrió de nuevo.
Luego gritó el nombre de su esposa tan ruidosamente como pudo.
Justo en ese momento, la escuchó lanzarse escaleras abajo presa del
pánico. Cuando vio el problema frente a ella, trató de retroceder pero
estaba corriendo muy rápido. Sus pies descalzos patinaron en el piso y ella
golpeó su cuerpo con toda su fuerza. Con una ráfaga de aire liberado de
sus pulmones, ella se agarró a sus hombros para equilibrarse y lo miró al
rostro.
Ella debió haberse dado cuenta del peligro en segundos. Esos bebés azules
se ensancharon con puro miedo y ella se tambaleó hacia atrás con los
brazos extendidos como si quisiera protegerse de un intruso. Pedro apenas
registró el movimiento. Estaba demasiado concentrado en entrecerrar los
ojos a través de la bruma de color rojo que empañaba sus ojos.
Una pata peluda aterrizó justo en su entrepierna. Él la alejó y se las
arregló para soltar un furioso susurro.

—¿Qué demonios está pasando?
Ella se contrajo de dolor.
—Pedro, lo siento. No sabía qué hacer porque los del refugio llamaron y
dijeron que estaban llenos y preguntaron si podía tener a algunos por una
noche, y no pude decir que no, Pedro, no podía o los habrían puesto a
dormir porque la financiación es tan difícil para los refugios en la
actualidad, pero sé que odias a los animales así que pensé que podrían
pasar la noche tranquilos aquí y los llevaría a casa en la mañana.
—¿Pensaste que podías esconderme una habitación llena de perros? —Él
trató desesperadamente de controlar su ira esta vez, en realidad lo hizo,
pero sintió que su voz aumentaba. Entonces entendió por qué los hombres
de las cavernas arrastraban a las mujeres por ahí por el cabello.
Él vio su rostro calibrar su reacción. Sus dientes alcanzaron su labio
inferior, y ella hizo ese pequeño salto de una pierna a otra como si pensara
realmente duro cómo explicar las cosas de una forma que no lo pusiera
más furioso.
Un hueso extraviado cayó sobre su pie descalzo. Miró hacia abajo a una
lengua colgando y una cola ondeando.
—Él quiere que lo lances.
La fulminó con la mirada.
—Sé lo que el maldito perro quiere, no soy idiota. Contrario a lo que
podrías pensar de mí, es así. Usaste tu favor para mantenerme encerrado
en el piso de arriba así no podría enterarme de esto. —Él captó su
expresión de culpabilidad—. Eres una buena mentirosa, Paula. Supongo
que nunca supe cuán buena.
Ella dejó de encogerse, y se empujó en toda su estatura sobre sus pies
descalzos.
—¡Tuve que mentir! ¡Estoy viviendo con una persona que odia a los
animales, que preferiría ver a cachorros inocentes en la cámara de gas que
ensuciar su casa!
Pedro rechinó los dientes y maldijo.
—No trates de voltear esto sobre mí, mujer. Ni siquiera preguntaste,
simplemente metiste a hurtadillas a un montón de perros en mi habitación
de huéspedes. ¿Viste lo que le hicieron a mi casa? ¿Y dónde está mi colcha
de punto anaranjada?
Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido de frustración.

—¡Debí haber sabido que te importaban más tus estúpidas posesiones que
una vida! Eres igual que el sujeto de Chitty Chitty Bang Bang… ¿recuerdas
que él solía mantener encerrados a todos los niños para que la ciudad
fuese limpia, ordenada y organizada? Que el Cielo no quisiera que todo no
marchara exactamente del modo en que él quería. Mantengamos la vida
ordenada. Asegurémonos de que la colcha de punto anaranjada no se
arruine.
Su temperamento se balanceaba en el borde.
Luego se rompió.
Apretó los puños y dejó escapar un rugido, que les debió haber gustado a
los perros porque todos comenzaron a aullar al mismo tiempo y saltaban
alrededor de sus pies en un torbellino de pelusa, colas y patas.
—¿Chitty Chitty Bang Bang? Estás demente… necesitas ser encerrada en
un manicomio. Me mientes, destruyes mi casa y luego me comparas con el
villano de los niños, ¿todo porque no puedes ser una persona normal,
aceptar tu responsabilidad y disculparte?
Se paró de puntillas y llegó directo a su rostro.
—Lo intenté pero estás siendo irrazonable.
Él se estiró y la agarró por la parte superior de sus brazos. Sus dedos se
cerraron alrededor de algo sedoso y la sacudió ligeramente. —
¿Irrazonable? ¿Irrazonable? ¡Es medianoche y estoy parado en una
habitación llena de perros, hablando de una estúpida película!
—No es estúpida. ¿Por qué no podrías ser más como Ralph Kramden de
Honeymooners? Seguro, él era gritón y desagradable, pero salvó todo el
refugio de perros cuando descubrió que serían destruidos. ¿Por qué no
puedes ser más humano?
—¿Ahora son los malditos Honeymooners? Eso es todo, he tenido
suficiente. Vas a empacar a cada uno de esos perros y los llevarás de
regreso al refugio en este momento, o que Dios me ayude, Paula, ¡me
desharé de ellos yo mismo!
—No lo haré.
—Lo harás.
—Oblígame.
—¿Qué te obligue? ¿Qué te obligue? —Sus dedos se enroscaron alrededor
de una sedosa bola de tela satinada mientras luchaba por una pizca de
control. Cuando la niebla en su visión finalmente se aclaró, Pedro parpadeó
y miró hacia abajo.
Entonces se dio cuenta de que su esposa estaba desnuda. Su bata verde
lima se había deslizado sobre sus hombros y ahora se abría por completo.
El fajín se deslizó inadvertidamente hacia el suelo. Él esperaba captar un
vistazo de algún negligé de encaje hecho para incitar la lujuria de un
hombre. Consiguió mucho más.
Jesús, era perfecta.
Ninguna tela estropeaba las interminables curvas de cálida carne dorada.
Sus pechos eran exuberantes y hechos para las manos de un hombre, sus
pezones del color de una fresa madura que rogaban por la lengua de un
hombre. Sus caderas formaban la antigua figura del reloj de arena en la
que los artistas basaban sus fantasías en vez de los huesos afilados que
dictaba la moda actual. Piernas larguísimas. Un trocito de bragas rojo
brillante era lo único que obstaculizaba su vista.
Las palabras murieron en su garganta. Su respiración se detuvo, luego
salió disparada hacia afuera como si lo hubiesen golpeado en las tripas.
Ella arrugó el rostro para seguir gritando, pero se detuvo cuando notó el
cambio en su expresión. Pedro supo el momento en que se dio cuenta de
que su bata se había caído. Supo cuando el conocimiento de que estaba
desnuda la golpeó de lleno. Observó sus labios fruncirse en un pequeño
círculo de horror justo antes de que la cordura la golpeara para hacerla
estirarse por la bata.
Pedro usó su lapso de tiempo de dos segundos para tomar una decisión.
Los dedos de ella comenzaron a tirar del material cuando él le bloqueó el
movimiento, bajó la cabeza y le estampó la boca sobre la suya. La
conmoción la mantuvo inmóvil y él usó ese tiempo a su favor. Un rápido
movimiento le separó los gruesos labios y le permitió a él entrar… entrar a
todos los femeninos rincones calientes y resbaladizos de su boca. Drogado
por el sabor de ella, le rodeó la lengua con rápidas caricias urgentes,
rogándole que se lo devolviera todo.
Y ella lo hizo.
A toda intensidad.
Como si una puerta firmemente cerrada se abriera por un fuerte puntapié,
Pedro casi escuchó la ruptura cuando el control de ambos se rompió. Ella
abrió la boca y bebió, luego hizo sus propias demandas mientras un bajo
gruñido de hambre escapaba de sus labios. La empujó con fuerza contra la
pared y desafió cada embestida de su lengua, mientras los brazos de ella
se envolvían alrededor de su cuello y su espalda se arqueaba. Sus pechos
se inclinaron hacia arriba en una oferta completa. Su cabeza giraba a
medida que su sabor inundaba sus sentidos. Sus manos cambiaron de
posición para rodear sus pesados pechos, sus pulgares frotaron sus
apretados pezones. Se volvió loco por la sensación, el sabor y la vista de
ella. Una masa de perros se arremolinaba alrededor de sus tobillos, sus
enloquecidos ladridos sólo un ruido secundario ante el rugido de su
sangre.
Arrancó la boca de la de ella para hundir los dientes en la delicada línea de
su cuello. Un estremecimiento sacudió el cuerpo de ella, y él pronunció un
bajo murmullo de satisfacción a medida que se movía más abajo para
darse un festín en sus pechos, con su lengua delicadamente lamiendo la
punta, mordisqueando, mientras ella se retorcía contra la pared y lo
instaba a seguir. Su boca se abrió sobre ella y se alimentó, succionando
con fuerza su pezón color fresa mientras sus manos se deslizaban
alrededor de su espalda para asir la curva de sus nalgas, forzando sus
caderas hacia arriba para acunar la longitud de palpitante carne dura que
rogaba por entrar.
—Pedro, yo…
—No me digas que me detenga.
Él miró hacia arriba. Sus pechos estaban resbaladizos por su boca, sus
pezones apretados y excitados por sus atenciones. Su vientre se
estremecía. Labios hinchados se separaban, permitiendo que jadeantes
respiraciones irregulares escaparan. Sus ojos se oscurecieron a un
profundo azul ahogado cuando su mirada se trabó con la suya. Pasó un
segundo mientras él esperaba. Un momento. Un siglo.
—No te detengas.

GRACIAS! ♥

2 comentarios:

  1. Muy buenos capítulos!! Me encantaron!! Me reí mucho con la situación de los perros jajaja. Y el final, mucha intriga ,,,, @AmorPyPybb

    ResponderEliminar
  2. Buenisimos,me encantaron!!!

    ResponderEliminar