Paula chaves inclinó la copa de margarita hacia sus labios y tomó un gran trago. La dulzura chocaba con la sal, explotaba en su lengua y quemaba su sangre. Desafortunadamente, no lo suficiente rápido. Todavía le quedaba un poco de cordura para cuestionar sus acciones.
El libro envuelto con tejido violeta le hacía señas y se burlaba. Lo recogió de nuevo, hojeó las páginas y lo tiró de otra vez en la mesa contemporánea de vidrio. Ridículo. Hechizos de amor¸ por el amor de Dios. Se negaba a caer tan bajo. Por supuesto, cuando su mejor amiga, Alexa, conjuró su propio hechizo, ella la había apoyado y vitoreado sus acciones para encontrar a su alma gemela.
Pero esto, era completamente diferente. Paula maldijo en voz baja y miró por la ventana. La luz plateada de la luna pasaba por las rendijas de las persianas de bambú orgánico. Otra tarde se había ido. Otra cita desastrosa. Los demonios amenazaban, y aquí no había nadie que peleara contra ellos hasta el amanecer.
¿Por qué ella nunca sentía una conexión? Este último había sido encantador, inteligente y relajado. Esperaba un toque sexual cuando ellos finalmente se tocaron… o al menos un temblor de promesa. En cambio, no sintió nada de nada. Zippo. Insensible de cintura abajo. Sólo un dolor de vacío y un anhelo por… más.
Desesperanza se derrumbó sobre ella como una ola en cresta. El familiar borde del pánico se clavó en su estómago, pero luchó y se las arregló para salir a la superficie. Esto está jodido. Se negaba a tener un ataque de su propio campo. Maggie agarró la cruda irritación como un chaleco salvavidas y respiró profunda y regularmente.
El libro envuelto con tejido violeta le hacía señas y se burlaba. Lo recogió de nuevo, hojeó las páginas y lo tiró de otra vez en la mesa contemporánea de vidrio. Ridículo. Hechizos de amor¸ por el amor de Dios. Se negaba a caer tan bajo. Por supuesto, cuando su mejor amiga, Alexa, conjuró su propio hechizo, ella la había apoyado y vitoreado sus acciones para encontrar a su alma gemela.
Pero esto, era completamente diferente. Paula maldijo en voz baja y miró por la ventana. La luz plateada de la luna pasaba por las rendijas de las persianas de bambú orgánico. Otra tarde se había ido. Otra cita desastrosa. Los demonios amenazaban, y aquí no había nadie que peleara contra ellos hasta el amanecer.
¿Por qué ella nunca sentía una conexión? Este último había sido encantador, inteligente y relajado. Esperaba un toque sexual cuando ellos finalmente se tocaron… o al menos un temblor de promesa. En cambio, no sintió nada de nada. Zippo. Insensible de cintura abajo. Sólo un dolor de vacío y un anhelo por… más.
Desesperanza se derrumbó sobre ella como una ola en cresta. El familiar borde del pánico se clavó en su estómago, pero luchó y se las arregló para salir a la superficie. Esto está jodido. Se negaba a tener un ataque de su propio campo. Maggie agarró la cruda irritación como un chaleco salvavidas y respiró profunda y regularmente.
Estúpidos ataques. Odiaba las pastillas y se negaba a tomarlas, quizá los episodios se fueran por su propia fuerza de voluntad. Probablemente eran una crisis temprana de la mediana edad. Después de todo, su vida era casi perfecta.
Tenía casi todo lo que la mayoría de la gente soñaba. Fotografiaba majestuosos modelos masculinos en ropa interior y viajaba por el mundo. Adoraba su moderno departamento sin mantenimiento. La cocina tenía aplicaciones de acero inoxidable y el resplandor de azulejos de cerámica. La moderna máquina de expreso y la máquina de margaritas confirmaban su divertido estatus de Sex and the City. Lujosas alfombras blancas y muebles de cuero a juego presumían que no había hijos y personalizaban su estilo de puro lujo.
Hacía lo que quería, cuando quería y no tenía que darle a nadie malditas disculpas. Era atractiva, financieramente cómoda, y saludable, sin contar sus ocasionales ataques de pánico. Y aún así, la pregunta mordisqueaba el borde de su cerebro con irritantes persistencia, creciendo un poco más cada día que pasaba.
¿Esto es todo paula se paró y bostezó en su bata roja de seda, luego se puso en los pies sus pantuflas a juego con cuernos de diablo saliendo de la cima del pie. Ella tomaba lo suficiente, y nunca nadie lo sabría. Quizás el ejercicio calmara sus nervios.
Agarró un pedazo de papel del libro de mayor e hizo una lista con todas las cualidades que quería en un hombre.
Construyó la fogata.
Recitó el mantra.
Alegres risas hacían eco en su cerebro por el acto de locura, pero ella las alejó con otro trago de tequila y vio que el papel se quemara.
Después de todo, no tenía nada que perder.
El sol se veía molesto.
Pedro Alfonso se paraba fuera de una propiedad que estaba enfrente de la orilla del río y miró el perfecto disco luchando para asomarse detrás de los picos de la montaña. Una mezcla ardiente de naranja fuego, escarlata, rojo, rosa, emanando brillos de furia, matando la oscuridad remanente. Observó al rey de la mañana celebrando orgullosamente su victoria y por un momento se preguntó si él alguna vez se sentiría de nuevo así.
Vivo.
Sacudió la cabeza y se burló de sus propios pensamientos. No tenía nada de qué quejarse. Su vida era perfecta. El proyecto de la costa del río estaba casi finalizado, y el lanzamiento de la primera panadería en los E.U.A. de su familia, aprovecharía el lugar. Eso esperaba. Pedro miró al agua y tomó nota de las renovaciones. La una vez rota, superada por la delincuencia, propiedad del Valle del Hudson revelaba una trasformación de Cenicienta, y él había sido parte de ella. Entre él y los otros dos inversores, ellos habían puesto mucho dinero en un sueño y pedro creía en el éxito del equipo. Aceras de piedra tallada ahora serpenteaban entre los rosales y los botes finalmente habían regresado; los yates majestuosos y el ferry que les daba a los niños paseos.
Junto a su panadería, un spa y un restaurante japonés tenían un variado tipo de clientes. El día de la apertura estaba a unos cuantos días de distancia después de un largo año de construcción, sudor y sangre.
Y La Dolce Famiglia finalmente tendría casa en Nueva York.
La satisfacción lo inundó, junto con un extraño vacío. ¿Qué estaba mal con él? Dormía menos, y la mujer ocasional que se permitía disfrutar lo dejaba sintiéndose más inquieto cuando llegaba la mañana. En la superficie, él tenía todo lo que todo hombre desearía. Riqueza. Una carrera que amaba. Familia, amigos y una salud decente. Y cualquier mujer que deseara. El italiano en su alma lloraba por algo más profundo que el sexo, pero no sabía si realmente existía.
Al menos, no para él. Como si algo en su interior estuviera roto.
Enojado con su gimoteo interior, se giró y caminó por la acera. Su celular vibró, y lo sacó de su saco de cachemira, mirando al número.
Mierda.
Tenía casi todo lo que la mayoría de la gente soñaba. Fotografiaba majestuosos modelos masculinos en ropa interior y viajaba por el mundo. Adoraba su moderno departamento sin mantenimiento. La cocina tenía aplicaciones de acero inoxidable y el resplandor de azulejos de cerámica. La moderna máquina de expreso y la máquina de margaritas confirmaban su divertido estatus de Sex and the City. Lujosas alfombras blancas y muebles de cuero a juego presumían que no había hijos y personalizaban su estilo de puro lujo.
Hacía lo que quería, cuando quería y no tenía que darle a nadie malditas disculpas. Era atractiva, financieramente cómoda, y saludable, sin contar sus ocasionales ataques de pánico. Y aún así, la pregunta mordisqueaba el borde de su cerebro con irritantes persistencia, creciendo un poco más cada día que pasaba.
¿Esto es todo paula se paró y bostezó en su bata roja de seda, luego se puso en los pies sus pantuflas a juego con cuernos de diablo saliendo de la cima del pie. Ella tomaba lo suficiente, y nunca nadie lo sabría. Quizás el ejercicio calmara sus nervios.
Agarró un pedazo de papel del libro de mayor e hizo una lista con todas las cualidades que quería en un hombre.
Construyó la fogata.
Recitó el mantra.
Alegres risas hacían eco en su cerebro por el acto de locura, pero ella las alejó con otro trago de tequila y vio que el papel se quemara.
Después de todo, no tenía nada que perder.
El sol se veía molesto.
Pedro Alfonso se paraba fuera de una propiedad que estaba enfrente de la orilla del río y miró el perfecto disco luchando para asomarse detrás de los picos de la montaña. Una mezcla ardiente de naranja fuego, escarlata, rojo, rosa, emanando brillos de furia, matando la oscuridad remanente. Observó al rey de la mañana celebrando orgullosamente su victoria y por un momento se preguntó si él alguna vez se sentiría de nuevo así.
Vivo.
Sacudió la cabeza y se burló de sus propios pensamientos. No tenía nada de qué quejarse. Su vida era perfecta. El proyecto de la costa del río estaba casi finalizado, y el lanzamiento de la primera panadería en los E.U.A. de su familia, aprovecharía el lugar. Eso esperaba. Pedro miró al agua y tomó nota de las renovaciones. La una vez rota, superada por la delincuencia, propiedad del Valle del Hudson revelaba una trasformación de Cenicienta, y él había sido parte de ella. Entre él y los otros dos inversores, ellos habían puesto mucho dinero en un sueño y pedro creía en el éxito del equipo. Aceras de piedra tallada ahora serpenteaban entre los rosales y los botes finalmente habían regresado; los yates majestuosos y el ferry que les daba a los niños paseos.
Junto a su panadería, un spa y un restaurante japonés tenían un variado tipo de clientes. El día de la apertura estaba a unos cuantos días de distancia después de un largo año de construcción, sudor y sangre.
Y La Dolce Famiglia finalmente tendría casa en Nueva York.
La satisfacción lo inundó, junto con un extraño vacío. ¿Qué estaba mal con él? Dormía menos, y la mujer ocasional que se permitía disfrutar lo dejaba sintiéndose más inquieto cuando llegaba la mañana. En la superficie, él tenía todo lo que todo hombre desearía. Riqueza. Una carrera que amaba. Familia, amigos y una salud decente. Y cualquier mujer que deseara. El italiano en su alma lloraba por algo más profundo que el sexo, pero no sabía si realmente existía.
Al menos, no para él. Como si algo en su interior estuviera roto.
Enojado con su gimoteo interior, se giró y caminó por la acera. Su celular vibró, y lo sacó de su saco de cachemira, mirando al número.
Mierda.
Hizo una pausa por un momento. Con un suspiro de resignación, apretó el botón.
―¿Sí, Venezia? ¿Qué pasó esta vez?
―pedro, estoy en problemas. ―Un italiano rápido como el infierno atacó sus orejas.
Pedro se concentró en su flujo de palabras, desesperado en encontrar sentido a las palabras entre sollozos.
―¿Dijiste algo de casarte?
―¿No estabas escuchando, Pedro? ―Ella rápidamente cambió a inglés―. ¡Debes ayudarme!
―Ve lento. Toma un respiro profundo, y cuéntame toda la historia.
―¡Mama no me deja casarme! ―escupió―. Y todo es tu culpa. Conoces que Dominick y yo hemos estado juntos por años, y he estado esperando y rezando que él me hiciera la pregunta y finalmente lo hizo. Oh, Pedro, él me llevó a Piazza Vecchia y se puso de rodillas y el anillo es hermoso, ¡simplemente hermoso! Por supuesto, dije que sí, y luego fuimos a decirle a mamá para contarle a toda la familia, y…
―Espera un minuto. Dominick nunca me llamó para pedirme permiso por tu mano en matrimonio. ―La irritación lo punzó―. ¿Por qué no sabía de esto?
Su hermana le dio un largo suspiro.
―¡Tienes que estar bromeando! Esa costumbre es antigua, y ni siquiera estás aquí, y todos saben que nos vamos a casar; que sólo es cuestión de tiempo. De cualquier forma, nada de esto importa porque voy a ser una doncella vieja y perderé a Dominick para siempre. ¡Él nunca me esperará y todo esto es tú culpa!
Su cabeza latía por los quejidos de Venezia.
―¿Cómo es ésto mi culpa?
―Mama me dijo que no puedo casarme hasta que tú te cases. ¿Recuerdas esa ridícula tradición en la que papá cree?
El pavor cruzó por su columna y se refugió en su estómago. Imposible. La vieja tradición de la familia no tiene lugar en la sociedad actual. Seguro, el legado del
matrimonio del hijo mayor era prominente en Bergamo, y como el señor conde, él era visto como un líder, pero habían pasado los días en los que se requería un matrimonio.
―Estoy seguro que es una falta de comunicación ―dijo suavemente―. Enderezaré esto.
―Ella le dijo a Dominick que puedo usar el anillo, pero que no habrá boda hasta que te cases. Luego Dominick se molestó y dijo que él no sabe cuánto pueda esperar antes de que empiece su vida conmigo y mama se molestó y lo llamó irrespetuoso, y tuvimos una gran pelea y ahora mi vida se ha acabado, ¡se ha acabado! ¿Cómo me puede hacer esto?
Sollozos se escuchan en el auricular.
Pedro cerró los ojos. El latido sordo en su sien creció a monstruosas proporciones.
Él cortó los gemidos de Venezia con una impaciencia que no trató de ocultar.
―Cálmate ―ordenó. Ella inmediatamente se calló, acostumbrada a su autoridad en su casa―. Todos saben que tú y Dominick están destinados a estar juntos. No quiero que te preocupes. Hablaré con mama hoy.
Su hermana tragó.
―¿Y si no puedes? ¿Y si me repudia si me caso con Dominick sin su aprobación? Perdería todo. ¿Pero cómo puedo olvidarme del hombre que amo?
Su corazón se detuvo, luego se aceleró. Por el amor de Dios, era un nido de serpiente que se negaba a brincar. Un intenso drama familiar lo forzaría a volar a casa, y con los problemas cardiacos de su madre, se preocupaba por su salud. Sus otras dos hermanas, Julietta y Carina, quizá no serían capaces de manejar el sufrimiento de Venezia por sí mismas. Primero, él necesitaba poner a su hermana bajo control. Apretó los dedos alrededor del teléfono.
―No harás nada hasta que hable con ella. ¿Entiendes, Venezia? Me haré cargo de ello. Sólo dile a Dominick que se aguante hasta que todo esté listo.
―De acuerdo. ―Su voz se conmocionó, y Pedro supo a pesar de este don normal de su hermana para el drama, ella amaba a su prometido y quería empezar su vida
con él. A los veintiséis, ella era más grande que la mayoría de sus amigas que se habían casado, y finalmente iba a sentar cabeza con el hombre que él aprobaba.
Rápidamente terminó la llamada y fue a su carro. Regresaría a su oficina y lo pensaría. ¿Y si necesitaba casarse para resolver este desastre? Sus palmas quedaron húmedas con el pensamiento y luchó con el instinto de limpiarlas en su perfectamente planchado pantalón. Con el trabajo comiéndolo en cada momento, puso encontrar a su alma gemela en el final de su lista. Por supuesto sabía las cualidades que requería su futura esposa. Alguien sencilla de tratar, de temperamento dulce, y divertida. Inteligente. Leal. Alguien que quisiera tener niños, hacer una casa, pero lo suficientemente independiente para tener su propia carrera. Alguien quien encajara perfectamente en su familia.
Se deslizó en el interior del Alfa Romeo y presionó el botón de encendido. El panel principal brilló de un color neón vívido ante sus ojos. ¿Y si no tenía tiempo de encontrar a su esposa perfecta? ¿Podría encontrar una mujer que aceptara un plan práctico para satisfacer a su madre y permitirle a Venezia casarse con el amor de su vida? Y si la había, ¿Dónde en el Infierno de Dante la encontraría?
Su teléfono sonó e interrumpió sus pensamientos. Una mirada confirmó que Dominick se negaba a esperar ser calmado y que estaba a punto de pelear por la mano de su hermana en matrimonio.
La cabeza le dolía mientras alcanzaba el teléfono.
Iba a ser un día largo.
―¿Sí, Venezia? ¿Qué pasó esta vez?
―pedro, estoy en problemas. ―Un italiano rápido como el infierno atacó sus orejas.
Pedro se concentró en su flujo de palabras, desesperado en encontrar sentido a las palabras entre sollozos.
―¿Dijiste algo de casarte?
―¿No estabas escuchando, Pedro? ―Ella rápidamente cambió a inglés―. ¡Debes ayudarme!
―Ve lento. Toma un respiro profundo, y cuéntame toda la historia.
―¡Mama no me deja casarme! ―escupió―. Y todo es tu culpa. Conoces que Dominick y yo hemos estado juntos por años, y he estado esperando y rezando que él me hiciera la pregunta y finalmente lo hizo. Oh, Pedro, él me llevó a Piazza Vecchia y se puso de rodillas y el anillo es hermoso, ¡simplemente hermoso! Por supuesto, dije que sí, y luego fuimos a decirle a mamá para contarle a toda la familia, y…
―Espera un minuto. Dominick nunca me llamó para pedirme permiso por tu mano en matrimonio. ―La irritación lo punzó―. ¿Por qué no sabía de esto?
Su hermana le dio un largo suspiro.
―¡Tienes que estar bromeando! Esa costumbre es antigua, y ni siquiera estás aquí, y todos saben que nos vamos a casar; que sólo es cuestión de tiempo. De cualquier forma, nada de esto importa porque voy a ser una doncella vieja y perderé a Dominick para siempre. ¡Él nunca me esperará y todo esto es tú culpa!
Su cabeza latía por los quejidos de Venezia.
―¿Cómo es ésto mi culpa?
―Mama me dijo que no puedo casarme hasta que tú te cases. ¿Recuerdas esa ridícula tradición en la que papá cree?
El pavor cruzó por su columna y se refugió en su estómago. Imposible. La vieja tradición de la familia no tiene lugar en la sociedad actual. Seguro, el legado del
matrimonio del hijo mayor era prominente en Bergamo, y como el señor conde, él era visto como un líder, pero habían pasado los días en los que se requería un matrimonio.
―Estoy seguro que es una falta de comunicación ―dijo suavemente―. Enderezaré esto.
―Ella le dijo a Dominick que puedo usar el anillo, pero que no habrá boda hasta que te cases. Luego Dominick se molestó y dijo que él no sabe cuánto pueda esperar antes de que empiece su vida conmigo y mama se molestó y lo llamó irrespetuoso, y tuvimos una gran pelea y ahora mi vida se ha acabado, ¡se ha acabado! ¿Cómo me puede hacer esto?
Sollozos se escuchan en el auricular.
Pedro cerró los ojos. El latido sordo en su sien creció a monstruosas proporciones.
Él cortó los gemidos de Venezia con una impaciencia que no trató de ocultar.
―Cálmate ―ordenó. Ella inmediatamente se calló, acostumbrada a su autoridad en su casa―. Todos saben que tú y Dominick están destinados a estar juntos. No quiero que te preocupes. Hablaré con mama hoy.
Su hermana tragó.
―¿Y si no puedes? ¿Y si me repudia si me caso con Dominick sin su aprobación? Perdería todo. ¿Pero cómo puedo olvidarme del hombre que amo?
Su corazón se detuvo, luego se aceleró. Por el amor de Dios, era un nido de serpiente que se negaba a brincar. Un intenso drama familiar lo forzaría a volar a casa, y con los problemas cardiacos de su madre, se preocupaba por su salud. Sus otras dos hermanas, Julietta y Carina, quizá no serían capaces de manejar el sufrimiento de Venezia por sí mismas. Primero, él necesitaba poner a su hermana bajo control. Apretó los dedos alrededor del teléfono.
―No harás nada hasta que hable con ella. ¿Entiendes, Venezia? Me haré cargo de ello. Sólo dile a Dominick que se aguante hasta que todo esté listo.
―De acuerdo. ―Su voz se conmocionó, y Pedro supo a pesar de este don normal de su hermana para el drama, ella amaba a su prometido y quería empezar su vida
con él. A los veintiséis, ella era más grande que la mayoría de sus amigas que se habían casado, y finalmente iba a sentar cabeza con el hombre que él aprobaba.
Rápidamente terminó la llamada y fue a su carro. Regresaría a su oficina y lo pensaría. ¿Y si necesitaba casarse para resolver este desastre? Sus palmas quedaron húmedas con el pensamiento y luchó con el instinto de limpiarlas en su perfectamente planchado pantalón. Con el trabajo comiéndolo en cada momento, puso encontrar a su alma gemela en el final de su lista. Por supuesto sabía las cualidades que requería su futura esposa. Alguien sencilla de tratar, de temperamento dulce, y divertida. Inteligente. Leal. Alguien que quisiera tener niños, hacer una casa, pero lo suficientemente independiente para tener su propia carrera. Alguien quien encajara perfectamente en su familia.
Se deslizó en el interior del Alfa Romeo y presionó el botón de encendido. El panel principal brilló de un color neón vívido ante sus ojos. ¿Y si no tenía tiempo de encontrar a su esposa perfecta? ¿Podría encontrar una mujer que aceptara un plan práctico para satisfacer a su madre y permitirle a Venezia casarse con el amor de su vida? Y si la había, ¿Dónde en el Infierno de Dante la encontraría?
Su teléfono sonó e interrumpió sus pensamientos. Una mirada confirmó que Dominick se negaba a esperar ser calmado y que estaba a punto de pelear por la mano de su hermana en matrimonio.
La cabeza le dolía mientras alcanzaba el teléfono.
Iba a ser un día largo.
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