—Hola, cariño. Estaba hablando con el Signore Conte. No creo que ustedes dos se conozcan formalmente.
Los hombres se midieron, el uno al otro como lo harían justo antes de una pelea de gallos. Pedro fue el primero en rendirse. Probablemente por buenas razones de negocios y nada que ver con la testosterona.
Ofreció su mano.
—Michael, ¿cómo estás? Veo que ha conocido a mi esposa.
Michael sacudió su mano y Paula estudió la expresión de su esposo con absoluta perplejidad. ¿Estaba loca o él no quería que enganchara a Michael Conte con su brillante conversación? Ahora sólo lucía evidentemente irritado, como si lo hubiese traicionado.
El olor a limpio de jabón y limón se levantó de su piel. Sus dedos
extendidos alrededor de su cintura y apoyados en la curva de su vientre.
Ella luchó contra un estremecimiento cuando imaginó su mano
deslizándose sólo a unos cuantos centímetros hacia abajo. ¿Cómo se sentirían sus dedos profundamente dentro de ella, llevándola a lugares que moría por ir, pero que estaba muy asustada de visitar?
Se volvió a concentrar en su conversación.
—Felicidades, Pedro. Paula me dice que son recién casados. ¡Qué difícil debe ser arrastrarse a una función de negocio! ¿No?
—Absolutamente —su cabeza baja. Su respiración se enganchó mientras sus labios rozaban su lóbulo, y su nariz acariciaba su oreja. Sus pezones se pusieron duros y hormigueantes. Rogó porque su sujetador acolchado escondiera la evidencia de la traición de su cuerpo.
Michael vio el gesto con asombro a penas escondido.
—Parece que Richard cree que eres el hombre indicado para el trabajo. Tal vez debamos organizar una junta para abordar tus ideas.
—Gracias. Llamaré a tu secretaria y arreglaré una cita. —Captó la simplicidad clara en su tono de voz, y supo que Michael lo notó. Pedro no jugaba a ciertos juegos de negocios, es decir, ser demasiado arrogante como para levantar el teléfono para llamar sí mismo para una cita.
—Muy bien. —Michael tomó la mano de ella y puso un beso en su palma— Fue encantador conocerte, Paula. —Su acento italiano acaricio su nombre—. Voy a tener una cena para unos cuantos amigos cercanos en dos semanas a partir de esta noche. ¿Me acompañarías?
Notó que él dirigió la invitación sólo hacia ella, entonces se volvió hacia su esposo.
—¿Cariño, estamos libres?
Esta vez su movimiento no fue sutil. Tomó un paso detrás de ella y colocó ambas manos en su cintura, atrayéndola hacia sí. Su trasero presionado contra su ingle. Muslos de hierro atraparon los de ella. Apoyó ambas manos directamente debajo de sus pechos y habló.
—Nos encantaría ir.
—Maravilloso. Espero verlos. A las ocho en punto. —Asintió hacia Pedro y le dirigió una sonrisa a ella—. Tengan una linda noche.
A los pocos segundos de salir Michael, Pedro la liberó. La pérdida repentina de su calor corporal causó un escalofrío que le recorría la columna vertebral. Su rostro perdió la mirada de un amante y se volvió impersonal.
—Vámonos.
Sin otra palabra, se dirigió hacia la puerta, recibiendo los abrigos de la anfitriona y diciendo sus adioses. Habló con los pocos amigos que había hecho y siguió a su marido al coche.
La falta de conversación continúo durante el camino a casa. Enferma del juego silencioso, Paula hizo el primer movimiento.
—¿Te la pasaste bien?
Gruñó. Paula lo tomó como un sí.
—La comida estaba muy buena, ¿eh? Y estuve sorprendida de cuan agradables algunas de las mujeres eran. Fui invitada a una exposición de arte por Millie Dryer. ¿No es genial? —Él resopló—. ¿Cómo fueron los negocios? ¿Fuiste exitoso esta noche?
Hizo un extraño ruido.
—No tan exitoso como tú, supongo.
La ira se apoderó de su sangre. Su voz tirada por la tensión.
—¿Disculpa?
—Olvídalo.
Sus puños cerrados. El frío dejó su cuerpo y se retorció en un intenso calor.
—Eres un hipócrita y un cabrón. Me pediste que buscara a Michael y te trajera información. ¿Crees que soy estúpida, Pedro? Me usaste, pero ahora estás molesto. Hice todo lo que querías. Considera tu favor completo.
—Sólo sugerí que podrías ser capaz de obtener algo que me ayudara con mi negocio. Te pedí que lo suavizaras, no que le dieras una erección que durara por días.
Movió el coche en la entrada con un chirrido de neumáticos y apagó el motor.
Ella contuvo la respiración.
—¡Que te jodan, Pedro Alfonso! Me trató con cortesía y nunca cruzó la línea una vez que se enteró que estaba casada. Pero estás perdiendo el panorama, Niño Bonito. Michael no deja que los negocios interfieran con el placer. Pude haberme quitado todas mis ropas y rogado que te diera el contrato y no se habría movido. No puedo ayudarte en esto, estas por tu cuenta.
Salió del auto y caminó hacia la casa.
Maldijo y trotó, pisándole los talones.
—Bien. Entonces no tenemos que ir a su fiesta. Sólo organizaré una junta de trabajo.
Ella abrió la puerta y sacudió la cabeza.
—Entonces, no vayas. Pero yo iré.
—¿Qué?
—Voy a ir. Me agrada y creo que su fiesta será divertida.
Azotó la puerta, marchó hacia la sala, y se quitó la corbata.
—Eres mi esposa. No iras a fiestas sin mí.
Ella se deslizó fuera de su abrigo y lo colgó en el armario.
—Soy una compañera de negocios que sigue las reglas. Somos libres de tener nuestras propias vidas mientras no durmamos con nadie. ¿Correcto?
Cerró la distancia entre ellos y miró hacia ella.
—Estoy preocupado sobre mi reputación. No quiero que él tenga la impresión errónea.
Levantó la barbilla y deliberadamente se burlo de él.
—Seguiré las reglas de nuestro acuerdo pero iré a la fiesta de Michael. Ha sido un largo tiempo desde que disfruté de la compañía de un hombre. Un hombre que realmente sea encantador, divertido y… cálido.
Su última palabra explotó en el aire entre ellos. Miró con fascinación mientras el calmado hombre que conocía se convertía en alguien diferente.
Sus ojos claros se volvieron turbios, su mandíbula apretada, con el cuerpo cerrado. Sus manos levantadas hasta que se agarraron de la parte superior de sus brazos. Parecía que estaba listo para sacudirla, o hacer algo más, algo completamente... irracional.
Su cuerpo se encendió como una corriente eléctrica. Sus labios se
separaron para tomar aliento. Y esperó.
—¿Necesitas tanto a alguien, Paula? —Su tono burlón rastrilló sobre ella.
Él bajo su cabeza entonces. Su boca se detuvo a centímetros de la suya.
Con efecto lento, sus manos se movieron de sus brazos hacia arriba a dar vueltas alrededor de su cuello. Deslizando sus dedos alrededor de la piel sensible, sus pulgares poniéndola de cabeza, él podía ver con claridad el pulso golpeando salvajemente que su vestido no escondía. Vio su cara mientras que él continuaba la tortura mediante el trazado de la línea de su clavícula, la pendiente de sus hombros. Luego se movió más bajo. Ambas
palmas de las manos se deslizaron por su parte delantera y cubrieran los pechos con sus manos. La excitación bailó sobre sus terminaciones nerviosas. Sus músculos se suavizaron y se debilitaron. Sus pechos se hincharon y le dolían, elevándose para reunirse con él. Sus pulgares rozaron las puntas, y un gemido se elevó desde lo más profundo de su garganta. Él hizo un murmullo de satisfacción mientras seguía con las caricias y movimientos provocadores. Sintió que él se endurecía, levantándose y presionando contra el vértice sensible entre sus muslos. El
calor líquido se precipitó a través de ella.
—Tal vez, deba darte lo que necesitas tanto. —Empujó sus caderas contra la de ella para darle una probada, y ella se sacudió en respuesta. Sus manos se deslizaron bajo su vestido, bajo su sostén, y se reunieron con carne caliente y dispuesta—. Tal vez, si te tomo ahora, no necesitaras ir corriendo con Conte.
Su abdomen se hundió mientras sus dedos talentosos tiraban de sus
pezones y le acariciaban, sus movimientos suaves y tiernos a pesar de sus palabras hirientes.
Se estremeció ante él, una masa agrupada de emociones y sensaciones, pero su mente se quedó claramente fría. La verdad de sus acciones la obligaron a jugar su mano ganadora. Dejar que ganara esta batalla la debilitaría. Iba a besarla. Aquí mismo, en este instante. Le daría tanto placer que había rogar por más, y dejaría su orgullo y cordura destrozados. Quería besarla, por una razón: su poder y hombría habían sido amenazados, y los quería de vuelta. No la quería. La llamada salvaje de apareamiento y la dominación masculina le hizo señas, y ella estaba en
su camino.
Por lo tanto, Paula recogió los dispersos hilos de su control y jugó su carta ganadora.
Ella se acercó aún más y dejó descansar sus labios a un mero centímetro de los suyos. Su aliento se precipitó sobre su boca.
—No, gracias —susurró. Quitó sus manos de ella—. Prefiero mantenernos en lo profesional. Buenas noches.
Le dio la espalda y desapareció escaleras arriba.
* * *
Las manos de Pedro colgaban a sus lados, vacías. Por un momento, habían estado llenas de ella: sus curvas, su esencia, su calor. Ahora estaba de pie en el medio de la habitación, solo, justo como lo había estado su noche de bodas. Un hombre casado con una erección y sin alivio a la vista.
Asombrado por su situación ridícula, trató de repasar los acontecimientos de la noche y ver dónde se había equivocado.
En el momento en que la atrapó con el Conde un enojo lento y humeante se había levantado en su interior. El calor comenzó a sus pies, viajó a su estómago, su pecho, y finalmente se estableció como una banda caliente alrededor de su cabeza. Si fuera un caballo, habría resoplado humo y golpeado sus cascos. Si fuera un lobo, habría aullado a la luna.
Su mano se había posado en el brazo del Conde. Debió haber sido muy divertido, porque ella echó la cabeza hacia atrás y se rió, sus mejillas se sonrojaron. Sus labios carnosos brillaban bajo la luz del candelabro.
Habían actuado como si fueran amigos de mucho tiempo, en lugar de las personas que acababa de conocerse.
Pero lo peor fue cuando le sonrió.
Fue una deslumbrante, fascinante, y seductora sonrisa que le dijo al hombre del lado receptor que era todo lo que estaba buscando, todo lo que quería. Una sonrisa que le daba sueños sucios a un hombre durante la noche y que lo perseguía en sus horas despierto. Pedro jamás había visto esa sonrisa dirigida a él y algo loco explotó.
Su plan había fallado. Él había esperado que fuera medianamente
entretenida para el Conde y ganara unos cuantos bocados de conocimiento que le ayudaran a cerrar el trato. No que realmente disfrutara del hombre de forma tan abierta.
Pedro maldijo y cogió la corbata, listo para ir a la cama. Mientras subía las escaleras, pensó en lo que Paula había dicho. Si Conte hacía por separado los negocios y el placer, había juzgado la escena toda mal. Tal vez al momento de solicitar una reunión de negocios debía concentrarse en la
logística racional de la construcción en lugar de pintar un paisaje
emocional para la venta. Tal vez, Conte sólo era apasionado cuando se trataba de mujeres. Tal vez, quería un ejecutivo de cabeza fría para dirigir el equipo de arquitectos.
Pedro se detuvo en su puerta. La luz estaba apagada. Hizo una pausa por un momento y escuchó su respiración. Se preguntó qué llevaba a la cama.
Imágenes de escaso encaje negro causaron estragos a su mente, pero incluso el pensamiento de ella en los pantalones de franela y una camiseta le hacían cosas que ninguna otra mujer había logrado jamás. ¿Estaba despierta en la cama, soñando con Conte? ¿O estaba pensando en su último beso y deseando más?
Se dirigió a su habitación. Lo había rechazado. A su propio maldito marido. Y él se quedó con la única cosa de la que había estado aterrado.
La esposa que le atraía.
Cerró la puerta de su habitación y sacó el pensamiento de su mente.
wow buenísimos,me encanta!!!
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