Pedro se quedó viendo a la mujer delante de él y trató de tragar. Su humeante voz dio pie a imágenes incluso más humeantes de ella desnuda y demandando y... retozando.
Dejó salir una maldición y se acercó para obtener más café, tratando de comprar algo de tiempo. Todo su porte gritaba sexo. La inocencia de la juventud se había evaporado y había dejado atrás a una mujer de pura sangre con necesidades de pura sangre. Él se preguntaba qué tipo de
hombre satisfacía esas necesidades. Se preguntaba también cuan maduros se sentirían sus pechos en sus manos, o cómo sabrían sus labios bajo los suyos. Qué usaba bajo el ajustado vestido rojo.
—Pedro.
—¿Hmmm?
—¿Me escuchaste?
—Sí. Sexo. Te prometo que jamás te encontraras en una situación incómoda.
—Entonces, ¿estás diciéndome que aun pretendes dormir con Gabriella?
—Gabriella y yo estamos envueltos en una relación.
—Pero no te casaras con ella.
Tensión rompió el aire alrededor de ellos. Él tomó unos cuantos pasos lejos, desesperado por algo de distancia.
—No es ese tipo de relación.
—Hmmm, interesante. Entonces, estás diciendo que yo no puedo follar por ahí porque no tengo a nadie estable para follar.
Si hubiese cubos de hielo disponibles él los hubiese chupado uno por uno. Su acusación hizo que un extraño calor subiera por su piel. Su tono era suave.
Su sonrisa parecía fácil y genuina. Pedro se sintió balanceándose en el borde de algún viaje de poder femenino, y reconoció que estaba perdiendo terreno.
Él jugó su mejor mano.
—Si tienes a alguien estable en tu vida, resolveremos la situación. Pero los extraños son demasiado peligrosos. Puedo garantizarte que Gabriella sabe cómo guardar un secreto.
Ella sonrió entonces. Una deliciosa, sonrisa femenina que prometía placeres más allá de la imaginación y se lo prometía todo a él. Su corazón se detuvo, se pausó, luego continuó latiendo. Fascinado, esperó sus siguientes palabras.
—De ninguna manera, bebé.
Él luchó por concentración mientras la negación se deslizó de esa suculenta boca.
—¿Disculpa?
—No sexo para mí. No sexo para ti. No me importa si es Gabriella o una desnudista o el maldito amor de tu vida. Si yo no tengo ninguna diversión, tú tampoco. Tú sólo tendrás lo que salga de este muy apropiado matrimonio de negocios y construir tus edificios. —Ella hizo una pausa—.
¿Entendido?
Él lo entendió. Decidió no aceptarlo. Y se dio cuenta que este era un juego,
set y partido, y necesitaba ganar. Su sonrisa prometía compasión y
comprensión y el dinero que ella necesitaba.
—Paula, entiendo que esto no parece justo. Pero un hombre es diferente. Gabriella tiene una reputación que mantener, también, entonces tú jamás estarás en una mala posición. ¿Lo entiendes?
—Sí.
—Entonces, ¿aceptarás los términos?
—No.
Fastidio surgió. Él estrechó sus ojos y la estudió. Luego decidió ir por el cierre.
—Hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en todo lo demás. Nos hemos comprometido. Es solamente un año, y luego puedes irte y tener una maldita orgía por todo lo que me importa.
Helados ojos azules lo vieron de regreso con terquedad pura y férrea determinación.
—Si tú llegas a tener tus orgías, obtengo las mías. Si tú quieres ser célibe, también lo seré. No me importa acerca de tu mierda de hombres y mujeres y sus diferencias. Si tengo que irme a la cama sola por trescientos sesenta y cuatro noches, también lo harás tú. Y si quieres acción, tendrás que
recurrir a tu propia esposa.
Ella sacudió la cabeza como un semental que acaba de salir de la puerta.
—Y desde que sabemos que no estamos atraídos por el otro, tendrás que encontrar otras formas de aliviar la presión. Usa un poco de creatividad. El celibato debe abrir otros puntos de venta. —Sonrió—. Porque eso es todo lo
que vas a obtener.
Obviamente, ella no tenía idea de que él era un maestro jugando al póker, y había pasado los últimos años desahogándose en juegos donde la noche
se convertía en día y salido cientos más rico. Como su viejo habito de fumar, el póker lo llamaba y el usaba el vicio por placer, no por ganancias.Se negó a dejarla vencerlo, y sintió la victoria cerca. Fue por la yugular.
—¿No quieres se razonable? Bien. El trato se acabó. Dale un beso de despedida a tu dinero. Sólo tendré que manejar la junta por un tiempo.
Ella se deslizó de la silla, colgó el bolso en su hombro, y se puso de pie antes que él.
—Fue lindo verte de nuevo, Niño Bonito.
Golpe directo.
Él se pregunto si ella sabía que su apodo burlón lo irritaba y lo hacía querer sacudirla hasta que lo retirara. Incluso cuando niño, lo odiaba, y los años no habían apagado la agudeza del insulto. Como hacía cuando era más joven, apretó los dientes y ocultó la molestia con una sonrisa fácil.
—Sí, fue lindo. Pasa por aquí alguna vez. No te convierta en una extraña.
—No lo haré. —Ella hizo una pausa—. Nos vemos.
Ese fue el momento en que Pedro supo que estaba equivocado. Muy equivocado.Paula Chaves podía ganar una partida de póker, no porque mintiera, sino porque estaba dispuesta a perder.
Ella también jugaba al vil juego de pollo.
Ella se dio la vuelta. Se dirigió a la puerta. Giró el pomo. Luego...
—Está bien. —Las palabras salieron de su boca antes de que tuviera tiempo de pensar.
Algo le dijo que ella se hubiese ido y no llamaría después para decir que había cambiado de parecer. Y demonios, Paula era su única candidata. Un año de su vida no era nada comparado con el regalo de un futuro de hacer
lo que siempre había soñado.
Le dio crédito. Ella ni siquiera se relamió.
Ella se dio vuelta y hablo en un fresco tono de negocios.
—Sé que el contrato no contiene nuestro nuevo acuerdo. ¿Me das tu palabra de que te apegarás a los nuevos términos?
—Puedo elaborar un documento revisado.
—No hay necesidad. ¿Me das tu palabra?
Su figura tembló con energía.Pedro se dio cuenta que confiaba en él de la misma manera en que él confiaba en ella. Un cosquilleo de satisfacción corrió a través de él.
—Te doy mi palabra.
—Entonces estoy dentro. Oh, ¿y la disolución del matrimonio después de un año? Mi familia no puede ser herida por esta ilusión. Citaremos diferencias irreconciliables y pretenderemos seguir siendo amigos.
—Puedo vivir con eso.
—Bien. Recógeme esta noche a las siete e iremos a ver a mi familia para darles la noticia. Me encargaré de todos los arreglos para la boda. Él asintió, su cerebro un poco confuso por su decisión y su cercanía. ¿Era
vainilla esa sutil fragancia de su piel? ¿O canela? Vio aturdido, mientras ella dejó caer una tarjeta de presentación en la mesa de madera de cerezo.
—Mi dirección en la librería — le dijo—. Te veré esta noche.
Aclaró su garganta para responder, pero ya era tarde. Ella se había ido.
GRACIAS!♥
Genialll ¡¡ jajajajaj me gusta Pau ... muy desidida ..
ResponderEliminarme encanto,buenísimo!!!
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