sábado, 31 de mayo de 2014

Capitulo 11

Paula miró sobre la multitud y deseo estar en BookCrazy,
sosteniendo su lectura de poesía de los viernes por la noche. La
cena de negocios de esta noche era un momento crucial para la
carrera de Pedro. Sabía que los pesos pesados pululaban por los pasillos, con la oportunidad de alcanzar la gloria, y Pedro necesitaba deslumbrar a la multitud, con el fin de obtener una audición.
Ella le entregó su abrigo a la anfitriona y dejó que Pedro la guiara dentro del lleno salón de baile.
—Estoy asumiendo que tienes un plan general de ataque —preguntó ella—. ¿Cuáles son los dos jugadores en los que necesitas concentrarte?
Él se movió a través de una gruesa capa de humo de cigarro. Un estrecho círculo de conservadores hombres de negocios rodeaba a un hombre, impecablemente vestido en un traje gris y una corbata de seda.
—Hyoshi Komo, está construyendo el restaurante japonés. Su voto es clave para lograr ser el tercer socio en el negocio marítimo.
—Entonces, ¿por qué no vas para allá y le das tu lanzamiento? —ella tomó una tarta de salmón de la bandeja de un mesero en esmoquin, y una copa de champán de otra.
—Porque no quiero ser alguien de la multitud. Tengo un plan diferente en mente. —Sorbió las burbujas y suspiro con placer—. No te emborraches.
Ella dejó salir un resoplido.
—Nunca supe que los esposos eran tan controladores. Está bien, ¿quién es el último tipo al que necesitas impresionar?
Un destello de tanteo cruzó su cara.
—a Conde Michael Conte. Es dueño de un exitoso negocio de pasteles en Italia, y decidió probar suerte en Estados Unidos. Se está enfocando en inaugurar la primera pastelería en la costa.
Ella deseaba la bandeja de los pasteles de cangrejo a su izquierda y trataba de poner atención. Pedro dejó escapar un resoplido, tomó dos del mesero, y los deslizó en el plato.
—Come.
—De acuerdo, —por una vez, estaba de acuerdo con sus órdenes. Metió el pastel en su boca y gimió con deleite. Sus cejas se alzaron juntas y se dio cuenta que de que lo estaba irritando. Otra vez.
Él miraba su boca como si quisiera un pastel de cangrejo para sí mismo.
—Paula, ¿me estás escuchando?
—Sí. Conte. Pastelería. ¿Supongo que esperas que me mezcle mientras haces tu negocios?
Él le dio una apretada sonrisa.
—Trabajaré en Hyoshi por ahora. ¿Por qué no mantienes tus ojos abiertos por el Conde? Es alto, acento italiano, cabello y ojos oscuros. Involúcralo en alguna conversación, te mantendrá ocupada.
Una pequeña picazón de alerta provocó las orillas de su conciencia pero ella aun estaba muy ocupada en el atavió de sus deliciosos aperitivos.
—¿Quieres que hable con él?
Se encogió de hombros, en una controlada indiferencia.
—Seguro. Sé agradable. Si descubres cualquier cosa interesante, házmelo saber.
Un escalofrío recorrió su espalda y de repente la escena se cristalizó.
—¿Quieres que espié para ti?
La impaciencia encendió su voz.
—Estás siendo ridícula. Sólo relájate y disfruta la fiesta.
—Es fácil para ti decirlo. Tu busto no está saliendo de tu vestido.
Pedro aclaró su garganta y cambió.
—Si no estabas cómoda, no debiste usar ese vestido.
Se puso rígida.
—Lo tomé prestado de Caro. No tenía un vestido costoso.
—Te hubiese dado el dinero.
—No necesito tu dinero.
—De algún modo, lo dudo. No firmaste el contrato por ninguna noble razón. Bien podrías tomar tanto como puedas conseguir.
Un corto silencio se estableció entre ellos. Frialdad se filtró a través de ella.
—Tienes razón. Fui una idiota. La próxima vez compraré en Macy y te enviaré la factura. —Se volvió en sus tacones y sacudió su cabeza—. Después de todo, el único beneficio de este matrimonio es tu dinero.
Se alejó, y lo dejó viendo su espalda.
Idiota.
Paula sorbió una segunda copa de champán y se instaló cómodamente junto a la ventana panorámica con vista al balcón. Pedro Alfonso pertenecía a este mundo, uno de dinero, supermodelos y diálogos refinados. Nubes de
Shalimar y Obsession mezcladas con una pesada esencia de humo de cigarro. Su vista fue cegada por una gran variedad de sedas y satenes, la mayoría en negro o neutrales; colores no vistosos, para combinar con los diamantes y las perlas y los zafiros, que sabía eran todos reales. Todo mundo estaba bronceado y ella apostaba a que no había una línea de bronceado en el estacionamiento.
Paula lanzó un profundo suspiro. Se había vestido con cuidado para la fiesta y había contenido el aliento mientras caminaba por las escaleras a la espera de la opinión de Pedro. Incluso aunque sabía que lucía malditamente bien en el vestido de Carolina. El pensamiento de que en realidad quería complacerlo la molestó.

Le había dado una mirada a fondo, una vez más. En lugar de un cumplido, había mascullado sobre su elección de vestuario y se había alejado. Ni siquiera la había ayudado con su abrigo, o dedicarle una segunda mirada hasta que llegaron a la fiesta. Dolor se deslizó profundo, pero se castigó así misma por la emoción. Conservó un aura amable y fingió que se vestía así

todos los sábados por la noche.
Sin embargo, tan pronto como habló de su plan para la costa, su rostro brillaba con tanta emoción cruda que apretó su cuerpo en respuesta. Pasión. Fiera necesidad quemando en sus dorados ojos marrones. Ella fantaseaba acerca de ser la mujer que incitara tal deseo. Una vez más, se recordó que Pedro sólo experimentaba emociones fuertes por sus edificios.
Nunca mujeres. Y nunca ella.
Tomó una respiración profunda y terminó su bebida. Y se lanzó a través de las puertas dobles del balcón, se acercó a un grupo de mujeres, quienes parecían estar comentando sobre una escultura. En unos momentos, cuidadosamente entrelazó su camino en la discusión, presentaciones aseguradas, y se adentró en el mundo de la charla social.
* * *
Pedro la miró andar majestuosamente a través de la habitación y maldijo entre dientes. Demonios, lo había hecho otra vez. Debió haberla elogiado en ese maldito vestido. Pero nada lo había preparado para su entrada mientras ella bajaba las escaleras, lista para la fiesta.
El vestido azul eléctrico caía bajo en la parte delantera, se aferraba al borde de sus hombros, y caía al suelo con magnificencia, fluidos pliegues de material brillante tirado con hilo plateado. Sandalias de tiras plateadas recubrían sus pies, sus uñas de color rosa ardiente asomándose y jugando al escondite mientras caminaba. Su pelo recogido, en lo alto de la cabeza, con tirabuzones cayendo alrededor de sus oídos y acariciando la parte
posterior de su cuello. Tenía los labios pintados de rojo. Cuando ella parpadeó, arrojó destellos de su sombra plateada en sus pestañas, y captó la luz. Apostaba que también podía captar la atención de todos los hombres en el lugar.
Casi le había ordenado que se cambiara. Esto no era sofisticación fresca que pudiera controlar. Esto era una Eva apasionada, quien llamaba a un hombre al Infierno y hacia a una manzana envenenada lucir dulce como caramelo. En su lugar, había murmurado algún comentario en voz baja y dejó caer el tema en cuestión. Se preguntó si ese era un destello de dolor
en sus ojos, pero cuando miró de nuevo, era la misma molesta y sarcástica mujer con la que se había casado.
Furia lo atravesó por su constante habilidad de hacerlo sentir como mierda. No había dicho nada malo. Ella se casó por dinero y lo admitía abiertamente.
Forzó los pensamientos de su esposa fuera de su mente y se concentró en el grupo de empresarios rodeando a Hyoshi Komo. Pedro percibió un factor importante para asegurar el voto del hombre japonés.
Emoción.
Emocionaba a Hyoshi Komo, y Pedro tenía el trabajo.
La última y definitiva pieza en el rompecabezas era Michael Conte. El famoso Conde era bien conocido en el mundo empresarial por su carisma, dinero, y afilada inteligencia. Creía en la pasión, no precisión, y se comportaba completamente diferente de sus otros dos compañeros. Pedro
esperaba que una animada conversación con su esposa pudiera ayudarlo a ganar un poco de terreno, especialmente desde que los chismes marcaban a Conte como un mujeriego. Ahogó el rápido brote de culpa y se metió en el grupo de hombres para conversar.
* * *
Paula decidió que era tiempo de encontrar a su marido.
Además del breve tiempo sentada a su lado en la cena, habían estado sin la compañía del otro toda la noche. Tarareando en voz baja las estrofas de “I Get a Kick out at You”, revisó la habitación, pero no pudo encontrarlo entre la multitud. Tal vez había ido al baño.
Sus tacones chasquearon contra el mármol. Los sonidos de la música disminuyeron, y estudió las pinturas de la pared con placer, murmurando a sí misma cuando encontraba una que reconocía. Sus pasos la llevaron alrededor de la esquina, a un cuarto que parecía más como una galería llena con estantes de viejos libros encuadernados y acomodados cuidadosamente. Contuvo la respiración mientras sus dedos picaban por
acariciar el encuadernado de viejo cuero y saborear el sonido del crepitar, mientras volteaba las páginas detenidas en la historia.
—Ah, entonces para lograr que me notes esta noche, debo convertirme en un libro, ¿no?
Se dio la vuelta. Un hombre estaba en la puerta, sus ojos llenos con un misterioso humor que, ella sabía, era parte de su esencia. Su cabello era largo y estaba agarrado en una cola de caballo, dándole la imagen de un pirata quien había encantado a mujeres por siglos. Sus labios eran carnosos y su nariz dominaba sus fuertes rasgos en una típica forma italiana. Vestido en pantalones negros, una camisa de seda negra, y caros zapatos de cuero, exhibía un elegante, seductivo aire sólo estando de pie.
Paula supo inmediatamente que el hombre era encantador, bondadoso, y mortal para las mujeres. El pensamiento hizo que una sonrisa curvara sus labios. Tenía una debilidad por los italianos mujeriegos. Le recordaban a los pavos reales hinchados que, íntimamente, deseaban ser mantenidos a raya por la mujer adecuada.
—Oh, te he notado —le dio la espalda y volvió a su estudio de los libros—, sabía que me abordarías para el final de la noche.
—¿Y estaba esperando el momento, Signorina?
—Con cierto recelo. Entonces, ¿debemos usar una de las habitaciones aquí o vamos a tu casa?
Un silencio impactado descendió.
Paula miró sobre su hombro. Una mezcla de decepción y tentación tallaban sus rasgos. Paula apostaba que extrañaba la idea de una caza, pero no quería declinar tal oferta. Una encantada risa burbujeó en sus labios a la vista de su evidente conflicto y pérdida de confianza.
Una luz de conocimiento brillo en sus ojos oscuros.
—Estas bromeando, ¿no?
Se dio vuelta para encararlo, aun riendo.
—Supongo que lo hago.
Él sacudió su cabeza con asombro.
—Eres una mujer perversa por tentar a un hombre así.
—Tú eres un hombre malicioso por pensar que una mujer haría tal cosa.
—Quizás, tengas razón. Una mujer como tú debe tener un esposo viendo siempre. Tal tesoro podría ser robado en cualquier momento.
—Ah, pero si fuera un verdadero tesoro, no sería robada fácilmente.
Ciertamente no por la primera línea lanzada hacia mí.
Pretendió estar ofendido.
—Signorina, nunca la insultaría pensando que no sería una larga
búsqueda del Tesoro. Hubiese requerido un montón de trabajo.
—Signora—corrigió ella—. Estoy casada.
Su rostro se detuvo en una mirada baja y triste.
—Lástima.
—De alguna forma, creo que lo sabía.
—Tal vez. Pero déjeme presentarme formalmente. Soy el Conde Michael Conte.
—Paula Chaves… er, Paula Alfonso.
Él notó su desliz y pareció hacer una nota mental.
—Recién casada, ¿cierto?
—Sí.
—Sin embargo, pasea por los pasillos sola, y no fue vista en compañía de su esposo en toda la noche, —negó con la cabeza—. Estas costumbres americanas son una tragedia.
—Mi esposo esta aquí por negocios.
—Pedro Alfonso, ¿correcto?

Asintió.

—Debe conocerlo bien. Esta haciendo una propuesta para el negocio de la costa.
Michael mantuvo una cara neutral. Obviamente, detrás de su fachada encantadora se escondía un hombre de negocios fuerte y apuesto que sabía su identidad cuando se acercó. Pedro  subestimaba a Conte si creía
que una conversación lo suavizaría. Este hombre obviamente mantenía los negocios y el placer en dos mundos separados.
—No he tenido el placer de conocerlo aun. —Se inclinó ligeramente. Su colonia almizclada se levantó en el aire entre ellos. Sus ojos se encontraron y sostuvo su mirada. Esperó una ráfaga de energía sexual, un zumbido de química, una nota de hambre que sacudiera su cuerpo y confirmara que Pedro Alfonso no era la causa de sus problemas. Nada. Ni
siquiera una chispa.
Con un pequeño suspiro interior, se resignó a luchar contra su atracción por Pedro y admitió que tal vez ella todavía albergaba un flechazo de los días de su niñez. Si Michael Conte no podía darle ni una pizca de emoción sexual, estaba en serios problemas.
Puala suspiró.
—Creo que amará a mi esposo tanto como lo hago yo —dijo.
Él recibió el mensaje y aceptó la implicación con gracia.
—Lo veremos. En cuanto a nosotros, seremos amigos, ¿no?
Ella sonrió.
—Sí. Amigos.
—La acompañaré de regreso al comedor por cortesía y me dirá todo sobre usted.
Aceptó su brazo y se permitió ser dirigida fuera de la biblioteca.
—Sabe, Michael, creo que tengo a la mujer perfecta para usted. Es una amiga cercana. Y ella podría ser tu pareja.
—Se subestima, signora. —Le dio un travieso guiño—. Aun estoy
lamentándome su pérdida.
Rió mientras entraban en el comedor, luego miró con sorpresa que su esposo estaba parado frente a ellos. Se alzaba sobre ella con un aire intimidante. Abrió su boca para hablar, pero él se acercó y la jaló dentro de su abrazo. Un momento pasó antes de que fuera capaz de formular palabras.

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