martes, 27 de mayo de 2014

Capitulo 7

Paula se retorció en su asiento, mientras el silencio en el negro BMW
se extendía entre ellos. Su futuro marido parecía incómodo y eligió concentrar su energía en el reproductor de MP3. Trató de no contraerse cuando finalmente puso una de Mozart. Él de verdad disfrutaba de la música sin palabras. Casi se estremeció de nuevo cuando pensó en
compartir la misma residencia que él.
Por. Un. Año. Entero.
—¿Tienes algo de los Black Eyed Peas?
Parecía desconcertado por la pregunta.
—¿Para comer?
Ella contuvo un gemido.
—Incluso me conformo con algunos de los viejos clásicos. Sinatra, Bennett, Martin…
Él siguió en silencio.
—¿Eagles? ¿Beatles? Sólo grita si alguno de estos nombres te es familiar.
Sus hombros se pusieron rígidos.
—Sé quiénes son. ¿Preferirías a Beethoven?
—Olvídalo.
Volvieron de nuevo al silencio con un piano de fondo. Paula sabía que ambos estaban más nerviosos a medida que la distancia a la casa de sus padres se acortaba. Jugar a la pareja de enamorados no sería fácil, cuando
ni siquiera podían mantener una conversación de dos minutos. Ella decidió intentarlo de nuevo.
—Caro dice que tienes un pez.
Esa observación la premió con una mirada escalofriante.
—Sí.
—¿Cuál es su nombre?
—Pez.
Ella parpadeó.
—¿Ni siquiera le diste un nombre?
—¿Cometí un crimen?
—¿No sabes que los animales tienen sentimientos, al igual que las personas?
—No me gustan los animales —dijo.
—¿Por qué? ¿Te dan miedo?
—Por supuesto que no.
—Tenías miedo de que pudiéramos encontrar una serpiente en los bosques. ¿Recuerdas cómo no te acercaste, y te inventaste alguna excusa para irte?
El aire en el auto pareció bajar unos grados.
—No tenía miedo, simplemente no me importaba. Te dije que no me gustan los animales.
Ella dio un bufido, y luego se acomodó en silencio. Puso una cruz a otra cualidad de su lista. La Madre Tierra asqueaba. Paula decidió no hablarle a
su futuro marido sobre el refugio humanitario de animales. Cuando tenían exceso de reservas, siempre acogía animales extra en su casa hasta que había espacio de nuevo.
Algo le dijo que a Pedro le daría un ataque. Si alguna vez le superaba la suficiente emoción como para que perdiese el control.
La posibilidad le intrigaba.
—¿Por qué estas sonriendo? —le preguntó.
—Nada. ¿Recuerdas todo lo que hablamos?
Dio un suspiro de sufrimiento.
—Sí. Repasamos a todos los miembros de tu familia detalladamente. Sé sus nombres y antecedentes generales. Por el amor de Dios, Paula, solía jugar en tu casa cuando éramos más jóvenes.
Ella resopló.
—Tú sólo querías las galletas con chispas de chocolate de mi madre. Y te encantaba torturarnos a tu hermana y a mí. Además, eso fue hace años. No has tenido nada que ver con ellos en la última década. —Se esforzó de
nuevo para morder la amargura, pero la facilidad con la que Pedro había derramado su pasado sin mirar atrás la dejó un poco molesta—. Hablando
de eso, nunca mencionas a tus padres. ¿Has visto a tu padre
últimamente?
Se preguntó si sería posible quemarse por el frío que él emanaba.
—No.
Se quedó esperando por más, pero no obtuvo respuesta.
—¿Qué tal tu madre? ¿Se volvió a casar?
—No. No quiero hablar de mis padres. No tiene sentido.
—Maravilloso. ¿Qué se supone que le diremos a mi familia sobre eso?
Preguntarán.
Sus palabras estaban fragmentadas.
—Diles que mi padre está descansando en México y que mi madre está fuera, en algún lugar con su nuevo novio. Diles lo que quieras. No estarán en la boda, de todos modos.

Ella abrió su boca pero su mirada de advertencia le dijo que la conversación había terminado. Genial. Simplemente adoraba su charlatanería.
Paula apuntó hacia la señal de la siguiente calle.

—Aquí está el desvío hacia la casa de mis padres.
Pedro se detuvo en el camino de entrada y apagó el motor. Ambos estudiaron la Victoriana casa blanca. Incluso desde el exterior, la estructura irradiaba una amable calidez desde cada pilar blanco clásico hasta el envolvente porche agraciado. Sauces llorones rodeaban los bordes del césped, inclinados, casi como una protección. Grandes ventanales con postigos verdes salpicaban el frente. La oscuridad ahora cubría con un velo los síntomas de abandono debido a las dificultades financieras. Esto ocultó la pintura blanca descascarada en las columnas, el paso de grietas
en la parte superior del patio y el techo desgastado. Ella dio un profundo suspiro mientras el hogar de su infancia se hundía a su alrededor como una manta reconfortante.
—¿Estamos listos? —preguntó él.
Ella le echó una mirada. Su rostro estaba cerrado, sus ojos distantes. Él lucía moderno y casual en sus Dockers khaki6, camiseta blanca Calvin Klein, y náuticos de cuero. Su cabello decolorado por el sol estaba domesticado perfectamente, a excepción de un rizo obstinado sobre su frente. Su pecho llenaba la camisa muy bien. Un poco demasiado bien para su gusto. Obviamente, levantaba pesas. Se preguntó si él tendría el estómago como una tableta de chocolate, pero el pensamiento hizo cosas malas en su propia barriga, por lo que rechazó la idea y se concentró en su
problema inmediato.
—Parece que hubieras pisado una mierda de perro.
Su expresión neutral resbaló. La comisura de su boca respingó una pulgada.
—Hmmm, Carolina dijo que escribías poesía.
—Se supone que debemos estar locamente enamorados. Si sospechan que es de otra manera, no puedo casarme contigo, y mi madre haría de mi vida un infierno. Así que haz una buena actuación. Oh, y no tengas miedo de
tocarme. Te prometo que no tengo piojos.
—No tengo miedo a…

Su aliento silbó mientras ella se acercó y apartó el rizo errante fuera de sus ojos. La sensación sedosa de su cabello mientras se deslizaba entre sus dedos le agradó. La expresión de asombro en su rostro la tentó a continuar la caricia, deslizando el dorso de su mano por su mejilla con un movimiento lento. Su piel se sentía, a la vez, suave y áspera al tacto.
—¿Ves? No es gran cosa.
Sus labios se apretaron con lo que ella pensaba que era enfado. Obviamente, Pedro Alfonso no la miraba como una mujer adulta, más bien como a un ser humano asexual. Como una ameba.
Ella abrió la puerta y cortó su respuesta.
—Hora del espectáculo.
Él murmuró algo entre dientes y la siguió.
No tenían que preocuparse de tocar el timbre. Su familia salió por la puerta uno por uno, hasta el porche delantero desbordado con sus chillonas hermanas y dos varones evaluadores. Paula había llamado con
anticipación para avisar de su compromiso. Había venido con la historia de haber estado viendo a Pedro a escondidas, haber tenido un romance relámpago y un compromiso impulsivo. Exageró su pasado para que sus
padres creyeran que habían estado en contacto a través de los años como amigos.
Pedro trató de acurrucarse, pero sus hermanas se negaron a consentirlo.
Isabella y Genevieve se lanzaron en sus brazos por un gran abrazo,
charlando a la vez.
—¡Felicidades!
—¡Bienvenido a la familia!
—Izzy, te dije que él resultaría ser maravilloso. Que alucinante es esto, ¿no? ¡Amigos de la infancia y ahora marido y mujer!
—¿Ya tienen fecha para la boda?
—¿Puedo estar en la fiesta nupcial?
Parecía como si Pedro estuviera a punto de saltar por encima de la entrada y escaparse.

Paula se derrumbó en una carcajada. Aisló a sus hermanas gemelas más jóvenes, empujándolas hacia ella para un abrazo.
—Dejen de asustarlo, chicas. Finalmente conseguí un novio. No arruinen esto por mí.
Se rieron. Una doble visión de dos chicas de dieciséis años, con cabello chocolate, ojos marinos, y largas piernas delgadas estaba ante ella. Una tenía aparato, la otra no. Paula apostaba a que sus maestros estaban
agradecidos por la distinción. Sus hermanas estaban llenas de picardía y les encantaba jugar el juego de intercambiarse.
Un grito demandante atrajo su atención. Ella levantó el ángel rubio a sus pies y cubrió a su sobrina de tres años con besos.
—Taylor, la Alborotadora —dijo—, ven a conocer a Pedro Alfonso. Tío Pedro para ti, pequeñaja.
Taylor lo miró por encima con la atención cuidadosa que sólo un niño exuda. Pedro esperó su juicio con paciencia. Entonces su rostro se rompió en una sonrisa radiante.
—¡Hola, Pedro!
Él sonrió de vuelta.
—Hola, Taylor.
—Aprobación otorgada —dijo Paula. Instó a Pedro otra vez—. Permitirme hacer el resto de las presentaciones. Mis hermanas gemelas, Isabella y Genevieve, ahora son adultas y están fuera de los pañales. —Ignoró el
doble gemido y sonrió—. Mi cuñada, Gina, y conoces a mi hermano Gonzalo y a mis padres. Todos, este es Pedro Alfonso, mi prometido.
Ni siquiera tropezó con la palabra.
Su madre tomó las mejillas de Pedro y le dio un sonoro beso.
—Pedro, como has crecido. —Abrió sus brazos en señal de bienvenida—. Y eres tan apuesto.
Paula se preguntó si eso era un toque rojo en las mejillas de pedro, luego rechazó la idea.
Se aclaró la garganta.
—Umm, gracias, Sra. Chaves. Ha pasado mucho tiempo.
Gonzalo le dio un puñetazo amistoso en el hombro.
—Hey, Pedro, no te he visto en siglos. Escuché que ahora serás parte de la familia. Felicidades.
—Gracias.
Su padre se acercó y le tendió la mano.
—Llámame Miguel —dijo—. Recuerdo que solías torturar a mi niña en muchas ocasiones. Creo que su primera palabrota oficial salió teniéndote en mente.
—Creo que todavía tengo ese efecto —dijo Pedro con ironía.
Su padre se echó a reír. Gina escapó del brazo de Gonzalo para darle un gran abrazo.
—Ahora, tal vez, tendré a alguien para igualar las posibilidades por aquí —
dijo ella. Sus ojos verdes brillaban—. Puedes conseguir ser superado en número en las reuniones familiares.
Paula se echó a reír.
—Sigue siendo un hombre, Gina. Créeme, va a ponerse del lado de Gonza en todo momento.
Gonzalo agarró a su esposa y envolvió sus brazos alrededor de su cintura.
—Las probabilidades están cambiando, nena. Finalmente llegó otro hombre a la casa para batallar contra todos los síndromes premenstruales.
Paula le dio un puñetazo en el brazo. Gina golpeó el otro.
Alejandra chasqueó la lengua.
—Gonzalo, los hombres no hablan así con damas alrededor.
—¿Qué damas?
Alejandra le dio un manotazo en la parte trasera.
—Todo el mundo dentro. Vamos a brindar con champán, comer y luego tomarnos un buen expresso.
—¿Puedo tomar champán?
—¿Yo también?
Alejandra sacudió su cabeza a las dos chicas suplicando a sus pies.
—Van tomar una espumosa sidra de manzana. Compré una botella para esta ocasión.
—¡Yo también! ¡Yo también!
Paula sonrió a la niña de ojos brillantes en sus brazos.
—Está bien, chiquitina. Jugo de manzana para ti también.
Puso a su sobrina en el suelo y observó su carrera a la cocina para entrar emocionada. El calor abrazador de su clan se asentó alrededor de ella como una capa difusa, y luchó contra los nervios que saltaban en su vientre.
¿Podría sacar esto adelante? Lanzar un hechizo de amor para conocer a un hombre sin nombre, sin rostro, con el dinero suficiente para rescatar a su familia era una cosa. Pedro Alfonso en carne y hueso era otra. Si sus padres
se enteraran que había hecho un matrimonio negociado para salvar la casa, nunca la perdonarían. Ni a ellos mismos. Con el flujo constante de gastos médicos por la condición de su corazón, el orgullo de la familia los había llevado a rechazar cualquier ayuda de otros.
Saber que su hija sacrificó su integridad para rescatarlos les rompería el corazón.
Pedro la miró con una extraña expresión en el rostro, como si tratara de descifrar algo. Sus dedos estaban apretados como si intentara evitar tocarlo.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Estoy bien, entremos.
Ella caminó dentro y trató de no sentirse herida por sus cortantes palabras. Él ya le había advertido que no le gustaban las familias numerosas. No debería tomar sus acciones como algo personal.
Ella tensó su barbilla a propósito y lo siguió. Las horas pasaron con abundante lasaña italiana, pan de ajo fresco con queso e hierbas, y una botella de Chianti. En el momento en que se retiró de la sala por un expresso y un Sambuca, un agradable zumbido tarareaba en su sangre,
impulsado por la buena comida y la buena conversación. Miró a Pedro cuando él mismo se instaló a su lado en el sofá desgastado de color beige a una distancia prudencial.
La miseria grabada fuera de sus rasgos.
Él escuchó cortésmente, rió en los momentos adecuados, e hizo un perfecto trabajo pareciendo un caballero. Excepto que no la miró a los ojos, se apartó de ella cuando trató de tocarlo y no actuó en absoluto como el enamorado prometido que se suponía iba a ser.
Miguel Chaves tomó un sorbo de su expresso con un comportamiento distraído.
—Así que, Pedro, háblame de tu trabajo.
—Papá…
—No, está bien. —Pedro giró el rostro a su padre—. Dreamscape es una empresa de arquitectura que diseña edificios en el Hudson Valley, hemos
diseñado el restaurante japonés en la parte superior de la montaña en Suffern.
El rostro de su padre se iluminó.
—Maravilloso lugar para comer. A Alejandra siempre le encantaron los jardines de allí. —Hizo una pausa—. Así que, ¿qué piensas de las pinturas de Paula?
Ella ocultó una mueca de dolor. Oh, Dios, esto estaba mal. Muy mal. Su pintura era un intento fútil de la expresión artística, y la mayoría estuvo de acuerdo en que apestaba. Pintaba más por su propia terapia que por el
“¡guau!” de otros. Se maldijo por no dejarlo recogerla en su apartamento en lugar de su librería. Como un consejero alcohólico,Miguel se enfocaba en las
debilidades, como un buitre entrenado y ahora perfumado de sangre.
Pedro mantuvo la sonrisa.
—Son fantásticos. Siempre le he dicho que podría colgarlos en una galería.
Miguel cruzó sus brazos.
— Te gustan, ¿eh? ¿Cuál de ellos te gusta más?
—Papá…
—Uno de un paisaje. Definitivamente le hace justicia al panorama.
El pánico coqueteó con su zumbido ligero mientras su padre captaba la tensión entre ellos y se alejó como un depredador. Ella le dio crédito a Pedro por intentarlo, pero estaba acabado antes de empezar. El resto de su
familia como siempre, observaban como comenzaba el proceso.
—No pinta paisajes.
Las palabras quedaron volando en el aire como un cañonazo.
La sonrisa de Pedro nunca vaciló.
—Está intentando hacer paisajes. Cariño, ¿no se lo dijiste?
Ella luchó contra el pánico.
—No, lo siento, papá, no te he puesto al corriente. Ahora estoy pintando
paisajes de montañas.
—Odias los paisajes.
—Ya no. —Alcanzó a decir alegremente—. Tengo una nueva apreciación por los paisajes desde que conozco a un arquitecto.
Su comentario sólo provocó un bufido antes de que él continuara.
—Así que, Pedro. ¿Fan del béisbol o fútbol?
—Las dos cosas.
—Gran temporada para los Giants, ¿eh? Estoy esperando por otra Super Bowl en Nueva York. Oye, ¿has leído el nuevo poema de Paula?
—¿Cuál?
—El de la tormenta.
—Oh, sí. Pensé que era maravilloso.
—Nunca escribió un poema sobre una tormenta. Escribe sobre experiencias en la vida relacionadas con el amor o la pérdida. Nunca ha escrito un poema de la naturaleza, al igual que nunca ha pintado un paisaje.
Paula resopló el resto de su sambuca, ignoró el café expreso, y esperó que el licor la alcanzara hasta el fin de la noche.
—Umm, papá, acabo de escribir uno sobre una tormenta.
—¿En serio? ¿Podrías recitarlo para nosotros? Tu madre y yo no hemos escuchado algunos de tus nuevos trabajos.
Ella tragó.
—Bueno, todavía está en el modo de creación. Lo compartiré
absolutamente tan pronto como esté perfeccionado.
—Pero le permitiste a Pedro verlo.
El malestar rasgó en sus entrañas, y rezó por escapar. Sus palmas se humedecieron aún más.
—Sí. Bueno, Pedro, será mejor que nos vayamos. Ya es tarde y tenemos un montón de planes para la boda que hacer.
Miguel puso los codos sobre sus rodillas. El corrillo se detuvo y se lanzó a matar. El resto de la familia miraba esperando la muerte inminente. La mirada comprensiva en el rostro de su hermano le dijo que no pensaba
que hubiera una boda por mucho tiempo. Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de su esposa como si reviviera su propio horror cuando había
anunciado que estaba embarazada y se iban a casar. Taylor estaba ocupado con sus Legos e hizo caso omiso de la crisis.
—Quería preguntarte acerca de la boda —dijo Miguel—. La tiene planeada para de aquí a una semana. ¿Por qué no darnos a todos un tiempo para conocer a Pedro y darle la bienvenida a la familia? ¿Por qué tanta prisa?
Pedro trató de salvarlos a ambos.
—Entiendo,Miguel pero Paula y yo hablamos sobre esto y ninguno de los dos queremos una fiesta por todo lo alto. Hemos decidido que queremos estar
juntos y empezar nuestra vida de inmediato.
—Es romántico, papá —se aventuró Izzy.
Paula articuló un agradecimiento, pero estuvo de repente cubierta por ambos flancos.
—Estoy de acuerdo. —Alejandra sostenía un limpión entre sus manos mientras permanecía de pie en la puerta de la cocina—. Vamos a disfrutar
de la boda. Nos encantaría hacerte una fiesta de compromiso en la que Pedro pueda conocer al resto de la familia. Sólo que no hay tiempo para que
todo el mundo aparezca el sábado. Todos tus primos se la perderán.
Miguel se levantó.
—Entonces, está arreglado. Pospondrán la fecha.
Alejandra  asintió.
—Excelente idea.

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