Su fuerte atracción le irritaba. Paula no era
su tipo. Ella tenía demasiadas curvas, era demasiado directa, era demasiado... real. Le gustaba saber que estaba a salvo de cualquier arrebato emocional, si algo no iba a su manera. Incluso cuando Gabby se molestó, siempre se manejaba con moderación. Paula le daba un miedo
terrorífico. Algo en sus entrañas le susurró que no sería fácil de manejar.
Ella habló y expuso sus emociones sin pensar. Tales reacciones causaban peligro, caos y desorden. Las últimas cosas que necesitaba en un
matrimonio.
Aunque…
Él confiaba en ella. Esos ojos zafiro transmitían determinación y justicia.
Su promesa significaba algo. Después de un año, sabía que ella se alejaría sin mirar atrás o con deseo de más dinero. La balanza se inclinaba a su favor.
Una uña rojo cereza golpeteaba el borde de la página en un ritmo tranquilo. Ella levantó la mirada. Pedro se preguntó por qué su piel tomó un tono tan pálido cuando se veía tan ruborizada y saludable hace un momento.
—¿Tienes una lista de requisitos? —lo dijo como si lo estuviera acusando de un crimen capital en lugar de hacer una lista de bienes y compromisos.
Se aclaró la garganta.
—Sólo un par de cualidades que me gustaría que mi esposa tuviera. —Ella abrió su boca para hablar pero las palabras no salieron. Parecía luchar para dejarlas salir.
—¿Quieres una ama de casa, una huérfana y un robot todo en uno? ¿Eso es justo?
Tomó una respiración profunda.
—Estás exagerando. Sólo porque me gustaría casarme con alguien con gracia y sentido del negocio, no quiere decir que sea un monstruo.
Ella soltó un bufido muy poco femenino.
—Quieres una esposa sumisa sin sexo. ¿No has aprendido nada sobre las mujeres desde que tenías catorce?
—Aprendí bastante. Por eso es que el tío Earl tuvo que forzarme en una institución que favorece a las mujeres en primer lugar.
Ella contuvo el aliento.
—¡Los hombres consiguen mucho con el matrimonio!
—¿Cómo qué?
—Sexo estable y compañerismo.
—Después de seis meses los dolores de cabeza empiezan y se enfadan unos a otros hasta las lágrimas.
—Alguien con quien envejecer.
—Los hombres nunca quieren envejecer. Por eso es que se mantienen persiguiendo a mujeres más jóvenes.
Su boca cayó abierta. La cerró con un rápido chasquido.
—Niños… una familia… alguien que te amará en la salud y en enfermedad.
—Alguien que gasta todo tu dinero y te regaña cada noche y es una perra sobre limpiar tu desorden.
—Estás enfermo.
—Estás engañada.
Sacudió su cabeza, haciendo que sus sedosos rizos negros cayeran
alrededor de su cara, luego se asentaron lentamente. El sonrojo estaba de vuelta en su piel.
—Dios, tus padres realmente te arruinaron —murmuró.
—Gracias, Freud3.
—¿Y qué si no encajo en todos estas categorías?
—Trabajaremos en eso.
Sus ojos se estrecharon y se mordió el labio inferior. Pedro recordó la primera vez que la había besado, cuando tenía dieciséis años. Como su boca se había presionado contra la de ella, sentirla estremecerse. Sus dedos acariciando suavemente la piel desnuda de sus hombros. El aroma
fresco y limpio de las flores y el jabón. Después, sus facciones brillaban con inocencia, belleza y pureza. Esperando la parte del felices por siempre.
Entonces ella le sonrió y le dijo que lo amaba. Que quería casarse con él.
Debió haberle dado algunas palmaditas en la cabeza, decir algo lindo y seguir con su camino. En cambio, su comentario sobre el matrimonio había sido dulce y tentador de una manera que había asustado a la mierda de él. Incluso a los dieciséis, Pedro sabía que las relaciones que podían ser
siempre hermosas, todas tarde o temprano se volvían horribles. Se había reído, la había llamado un bebé, y la había dejado sola en el bosque. La vulnerabilidad y el dolor en su rostro habían roto su corazón, pero él tuvo
que retener la emoción.
Mientras más pronto aprendiera, mejor.
Pedro se había asegurado que ese día ambos aprendieran duras lecciones.
Alejó ese recuerdo y se concentró en el presente.
—¿Por qué no me dices que buscas en este matrimonio?
—Ciento cincuenta mil dólares. Efectivo. Al frente y no al final del año.
Se inclinó más cerca de ella, intrigado.
—Demonios, es mucho dinero. ¿Deudas de juego?
Una pared invisible se estrelló entre ellos.
—No.
—¿Compras?
La ira se encendió en sus ojos.
—No es de tu incumbencia. Parte del trato es que no me hagas preguntas de dinero o cómo pretendo usarlo.
—Hmmm, ¿algo más?
—¿Dónde viviremos?
—En mi casa.
—No voy a renunciar a mi departamento. Pagaré la renta normalmente.
La sorpresa se disparó a través de él.
—Como mi esposa, necesitaras un guardarropa apropiado. Recibirás un subsidio y tendrás acceso a mi comprador personal.
—Usaré lo que quiera, cuando quiera y lo pagaré a mi maldita manera.
Luchó contra una sonrisa. Casi disfrutaba la pelea de mentes, al igual que como lo hacía en los viejos tiempos.
—Vas a ser la anfitriona de mis socios de negocios. Tengo un gran asunto en línea, así que tendrás que llevarte bien con las otras esposas.
—Puedo manejar mantener mis codos fuera de la mesa y reírme de sus estúpidas bromas. Pero necesito ser libre para llevar mi propio negocio y disfrutar de mi propia vida social.
—Por supuesto. Espero que puedas llevar tu estilo de vida individual.
—¿Mientras no te avergüence?
—Exactamente.
Golpeteó su pie al ritmo de sus uñas.
—Tengo algunos problemas con esta lista.
—Soy una persona flexible.
—Soy muy cercana a mi familia y ellos necesitan una buena razón para creer que me estoy casando de repente.
—Sólo diles que nos encontramos después de todos estos años y decidimos casarnos.
Paula puso los ojos en blanco.
—No tienen permitido saber sobre este acuerdo, así que tienen que creer que estamos locamente enamorados. Tienes que venir a la cena para que así podamos hacer el anuncio. Y necesita ser convincente.
Él recordó que su padre los había dejado por la botella y los había abandonado a ella y a su familia.
—¿Todavía hablas con tu padre?
—Sí.
—Solías odiarlo.
—Solía odiarlo. Hizo las paces. Decidí perdonarlo. Como sea, mi hermano, mi cuñada, mi sobrina y los gemelos todos viven con mis padres. Harán un millón de preguntas y tendrás que ser convincente.
Frunció el ceño.
—No me gustan las complicaciones.
—Mala suerte. Es parte del trato.
Pedro pensó que le daría esa pequeña victoria.
—Bien. ¿Algo más?—Sí. Tendré una boda real.
Sus ojos se estrecharon.
—Estaba pensando en un juez de paz.
—Yo estaba pensando en un vestido blanco en el exterior acompañada de mi familia y con Caro como mi dama de honor.
—No me gustan las bodas.
—Ya los has dicho. Mi familia jamás creerá que me fugué. Tenemos que hacer esto por ellos.
—Me estoy casando contigo por razones de negocios, Paula. No por tu familia.
Su mentón se elevó. Hizo una nota mental del gesto. Parecía una advertencia antes de que ella cargara en batalla.
—Créeme, tampoco estoy feliz sobre esto, pero tenemos que interpretar el papel si la gente va a pensar que esto es real.
Sus facciones se tensaron, pero se las arregló para asentir.
—Bien. —Su voz goteaba sarcasmo—. ¿Algo más?
Se veía un poco nerviosa y le dio un vistazo, entonces se levantó de la silla y empezó a caminar por la habitación. Su enfoque cambio a su parte posterior, balanceándose adelante y atrás, y su cremallera se tensó con incomodidad.
Su último fugaz pensamiento racional deshizo su visión. Corta tus pérdidas aquí y ahora y camina hacia la puerta. Esta mujer va a voltear tu vida patas arriba, en diagonal y hacia los lados, y siempre has odiado la casa de la risa.
Pedro luchó contra el aumento repentino de miedo y esperó su respuesta.
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