Pedro Alfonso tenía una fortuna en sus manos.
Pero para conseguir lo que él quería, necesitaba una esposa.
Pedro cree en muchas cosas. Trabajar duro para lograr un objetivo.
Controlar la ira y recurrir a la razón cuando un momento se convierte en una confrontación. Y crear edificios. Edificios que sean sólidos y bellos
estéticamente. Ángulos suaves y líneas afiladas mezclándose juntas. Los ladrillos y el hormigón y el vidrio que acredite la solidez que la gente anhela en su vida ordinaria. Ese breve momento maravilloso cuando una
persona mira a la creación final por primera vez. Todas estas cosas tenía sentido para él.
Pedro no cree en el amor eterno, el matrimonio y la familia. Estas cosas no tenían sentido, y él había decidido no incorporar este tipo de temas
sociales en su vida. Por desgracia, el tío Earl había cambiado las reglas.
Pedro tenía el intestino al revés, y su enfermo sentido del humor casi le causó que se le escapara de sus labios una risa. Se levantó de su silla de cuero y se quitó la chaqueta azul marino, corbata de seda a rayas y su
camisa blanca como la nieve. Giró su muñeca para desabrochar su cinturón, y rápidamente se cambió en un par de pantalones deportivos
grises y camiseta a juego. Metió los pies en sus deportivas Nike Air y entró al gimnasio particular en el interior de su oficina, que había llenado con
prototipos, bocetos, fotos inspiradoras, una cinta andadora, algunas
pesas, y un bar bien surtido. Pulsó el botón del mando a distancia para el
reproductor de MP3. El son de La Traviata llenó la sala y le aclaró la cabeza.
Se dio la vuelta en la cinta andadora y trató de no pensar en fumar.
Incluso después de cinco años, cuando la tensión aumentaba, anhelaba un cigarrillo. Molesto por su debilidad cuando el impulso le llegaba, lo eliminaba. Correr le calmaba, sobre todo en su entorno perfectamente
controlado. No había voces que interrumpieran su concentración, ni una
luz solar abrasadora, sin piedras o gravas que obstaculizaran su camino.
Se puso el panel y comenzó la paz constante que lo llevaría hacia una solución.
A pesar de que entendía las intenciones de su tío, el sentimiento de traición lentamente carcomía su paz. Al final, uno de los miembros de la familia que amaba sólo lo había usado como un peón.
Pedro sacudió su cabeza. Debería haber visto esto venir. El tío Earl había pasado sus últimos meses escupiendo la importancia de la familia, y había pensado que la respuesta de Pedro era desalentadora. Pedro se preguntaba por qué su tío estaba sorprendido. Después de todo, su familia debería
haber sido un anuncio por el control de natalidad.
Mientras Pedro paseaba dentro y fuera de relaciones, una cosa se hizo clara: todas las mujeres querían un matrimonio, y matrimonio significaba
enredo. Peleas sobre emociones. Niños separándolos a las peleas, queriendo más atención, necesitando más espacio, hasta que al final terminaban como cualquier otra pareja. Divorcio. Con niños como casualidades.
No, gracias.
Él aumentó la inclinación y ajustó la velocidad mientras sus pensamientos giraban. El tío Earl permaneció tercamente optimista hasta el amargo final
en que una mujer salvara la vida de su sobrino. El ataque cardíaco golpeó
fuerte y rápido. Cuando los abogados finalmente descendieron como un
paquete de buitres ante el aroma del dinero sangriento, Pedro pensó que el aspecto legal sería simple. Su hermana, Carolina, había dejado muy claro
que no quería tener nada que ver con el negocio. El tío Earl no tenía más parientes. Así que, por primera vez, Pedro creía en la buena fortuna.
Finalmente, tendría algo propio.
Hasta que los abogados leyeron el testamento.
Luego se dio cuenta de que la broma era sobre él.
Heredaría la mayor parte de Dreamscape tan pronto como se casara. El matrimonio debía durar un año, con cualquier mujer que eligiera, y un
acuerdo prenupcial era aceptable. Si Pedro decidía no cumplir los deseos de su tío, perdería el 51%; el balance sería repartido entre los miembros y
Pedro no sería más que un figurín. En lugar de crear edificios, estaría atrapado en reuniones y políticas corporativas, exactamente lo que no
quería hacer con su vida.
Y el tío Earl lo había sabido.
Así que ahora Pedro debía encontrar una esposa.
Tocó el interruptor y se inclinó más abajo. Bajó el ritmo y calmó su respiración. Con precisión metódica, su mente cortó a través del vacío
emocional y escaneó las posibilidades. Salió del camino, tomó una botella fría de Evian del mini bar y caminó a su silla. Tomó un trago del frío, limpio líquido y puso la botella sudorosa en su escritorio. Esperó unos
momentos a reunir sus pensamientos. Luego agarró la pluma dorada y la hizo girar entre sus dedos.
Escribió las palabras, cada letra hundida en su propio ataúd personal.
Encontrar una esposa.
No gastaría más tiempo quejándose de la injusticia. Pedro decidió hacer una lista clara de los atributos que necesitaría su mujer, y luego ver si podía pensar en alguna candidata apropiada.
Inmediatamente, una imagen de Gabriella apareció, pero aplastó el pensamiento. La impresionante supermodelo con la que había salido recientemente era perfecta para funciones sociales y sexo genial, pero no
para matrimonio. Gabriella era una aguda conversadora, y disfrutaba su compañía, pero temía que ya se estuviera enamorando de él. Ella le había insinuado su deseo de tener hijos, lo que era un rompe tratos. No importa
cómo edificara las reglas del matrimonio, la emoción lo arruinaría. Ella se había vuelto celosa y demandante, como cualquier esposa normal. Ningún prenupcial le haría frente a su avaricia cuando se sintiera traicionada.
Tomó otro sorbo de agua y pasó su pulgar en círculos por la superficie rugosa de la tapa de la botella. Había leído una vez que si una persona hacía una lista de las cualidades que admiraba en una mujer, ella aparecía. Pedro frunció el ceño ante pensamiento. Estaba casi seguro de
que la teoría tenía algo que ver con el universo. Recibir lo que das al cosmos. Alguna mierda metafísica en la que no creía.
Pero hoy estaba desesperado.
Puso la lapicera en el borde izquierdo de la página y escribió su lista.
Una mujer que no me ame.
Una mujer con la que no desee acostarme.
Una mujer que no tenga una familia grande.
Una mujer que no tenga animales.
Una mujer que no quiera tener hijos.
Una mujer que tenga una carrera independiente.
Una mujer que viera la relación como un asunto de negocios.
Una mujer que no sea demasiado emocional o impulsiva.
Una mujer en la que pueda confiar.
Pedro releyó el resumen. Sabía que alguna de las cualidades era demasiado optimistas, pero si la teoría del universo funcionaba, bien podría escribir
todo lo que deseaba. Necesitaba una mujer que viera la relación como una
oportunidad de negocios. Quizás alguien que deseara el gran pago.
Pretendía ofrecer grandes beneficios, pero quería el matrimonio sólo en nombre. Que no haya sexo implica que no haya celos. Que no haya
mujeres emocionales implica que no haya amor.
Que no haya líos implica un matrimonio perfecto.
Pensó en cada mujer con la que había salido en el pasado, cada amiga con la que había intercambiado palabras, cada asociada de negocios con la que
hubiera almorzado.
No se le ocurrió nadie.
La frustración se balanceaba al borde de sus nervios. Era un hombre de
treinta años, razonable, atractivo, inteligente, y financieramente seguro. Y
no podía pensar ni en una mujer decente con la que casarse.
Tenía una semana para encontrar a su esposa.
Su teléfono sonó. Pedro contestó.
—Alfonso.
—Pedro, soy yo, Carolina. —Se pausó—. ¿Ya encontraste una esposa?
Una risa estranguló sus labios. Su hermana era la única mujer en el
mundo que lograba hacerlo reír de vez en cuando. Incluso si era a
expensas suyas.
—Estoy trabajando en eso.
—Creo que la encontré.
Su corazón se aceleró.
—¿Quién es?
Otra pausa.
—Tendría que ver sus términos, pero no creo que sean un problema. Ten la mente abierta. Sé que no es tu fuerte. Pero puedes confiar en ella.
Chequeó el último ítem en su lista. Un sonido extraño llenó sus oídos como advertencia a oír las siguientes palabras de su hermana.
—¿Quién es, Caro?
El silencio cayó en la línea por un momento.
—Paula.
La habitación se llenó de una niebla mareante ante el nombre familiar de su pasado. Su único pensamiento flasheó como un mantra en neón vívido, una y otra vez.
De ningún maldito modo.
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