martes, 27 de mayo de 2014

Capitulo 8

Paula agarró la mano de Pedro.
—Cariño, ¿te puedo ver en el dormitorio por un segundo?
—Por supuesto, querida.
Lo arrastró por el pasillo y lo empujó hacia el dormitorio. La puerta osciló parcialmente cerrada.
—Has echado todo a perder —susurró ella con furia—. ¡Te dije que fingieras, pero eres malísimo y ahora mis padres saben que no estamos enamorados!
—¿Qué soy malísimo? Estás actuando como si esta fuera una estúpida obra que hubieras preparado para los vecinos. Esta es la vida real, y estoy haciéndolo lo mejor que puedo.
—Mis obras no son estúpidas. Hemos hecho un montón de dinero en boletos de entrada. Pensé que Annie era excelente.
Él soltó un bufido.
—Ni siquiera sabes cantar y te contrataste a ti misma como Annie.
—Todavía estás molesto porque no te dejaré interpretar a Daddy Warbucks
Se pasó los diez dedos por su cabello e hizo un ruido profundo en su garganta.
—¿Cómo demonios me metiste en estos ridículos asuntos?
—Es mejor que salgas con algo rápido. Dios, ¿no sabes cómo tratar a una novia? Actuaste como si yo fuera una amable desconocida. ¡No es de extrañar que mis padres sospechen!
—Eres una adulta ahora, Paula, y él todavía interroga a tus novios. No necesitamos su permiso. Nos casamos el sábado y si a tus padres no les gusta, mala suerte.
—¡Quiero que mi padre me lleve por el pasillo!
—¡No es ni siquiera una boda real!
—¡Es lo mejor que voy a conseguir ahora mismo!
El dolor se filtró por un momento a medida que la verdad de su difícil situación golpeaba con toda su fuerza. Este jamás sería un verdadero matrimonio, y algo se arruinaría para siempre una vez que el anillo de Pedro se deslizara en su dedo. Siempre había soñado con el amor eterno,
vallas pintadas de blanco, y toneladas de niños. En cambio, consiguió dinero contante y sonante, y un marido que educadamente la toleraba.
Que la condenen si su sacrificio fallaba por su incapacidad a fingir suficiente emoción ante sus padres.
Se puso de puntillas y agarró la parte superior de las mangas de su camiseta. Sus uñas se clavaron en la tela y en su carne.
—Es mejor que arregles esto —dijo entre dientes.
—¿Qué quieres que haga?
Ella parpadeó. Sus labios temblaban mientras soltaba las palabras entre dientes.
—¡Haz algo, maldita sea! Demuéstrale a mi padre que esto será un verdadero matrimonio o…
—¿Paula?
El eco de su nombre flotó desde el pasillo hasta la puerta abierta, era la voz suave y preocupada de su madre comprobando si estaban bien.
—Tu madre está viniendo —dijo él.
—Lo sé; probablemente nos oyó discutir. ¡Haz algo!
—¿Qué?
—¡Lo que sea!
—¡Muy bien!
La agarró por la cintura, arrastró su cuerpo contra el suyo, y agachó la cabeza. Sus labios aplastaron los de ella, así como sus manos se envolvieron a su alrededor con fuerza, de modo que estuvieron pegados el uno contra el otro, cadera con cadera, muslo con muslo, pecho con pecho.
La respiración salió de golpe de sus pulmones y se balanceó a medida que sus pies la aplacaban. Esperaba un beso preciso y controlado, para mostrar con tranquilidad a su madre que eran amantes. En su lugar obtuvo uno ardiente, lleno de testosterona y de pura energía sexual.
Obtuvo unos labios cálidos fundidos sobre los suyos. Sus dientes mordisquearon. Su lengua se enterró en su interior y se lanzó entrando y saliendo con absoluto dominio, doblándole la espalda sobre su brazo para tomar hasta la última gota de su voluntad.
Ella aguantó y se lo dio todo de vuelta. Voraz por su tacto, se emborrachó bajo su olor almizclado y su sabor, se deleitó bajo la dura longitud de su cuerpo a medida que un calor animal se elevaba entre ellos y los empujaba al límite.
Gimió profundamente en su garganta. Él deslizó sus dedos por su cabello para sostener quieta su cabeza mientras continuaba su sensual invasión.
Sus senos de pronto se sentían pesados y llenos, y un calor líquido se encendió entre sus muslos.
—Paula, yo... ¡oh!

Pedro separó su boca de la suya. Aturdida, Paula miró su rostro en busca de algún signo de emoción, pero él estaba mirando a su madre.
—Lo siento, Alejandra. —Su sonrisa era torcida y totalmente masculina.
Alejandra se rió y miró a su hija, aún acunada entre los fuertes brazos.
—Perdón por interrumpir. Ven con nosotros cuando estén listos.
Paula escuchó los pasos alejándose. Lentamente, la mirada de Pedro bajó hasta ella.
Se estremeció. Esperaba ver una niebla de pasión. En vez de eso, los ojos castaños estaban alertas. Su rostro parecía tranquilo. Si no fuera por la dura longitud presionándose contra su muslo, Paula pensaría que el beso
no le había afectado. Se sintió arrastrada hacia otro tiempo y otro lugar, algún lugar profundo en el bosque, donde sus pensamientos fueron hablados libremente y su confianza destrozada. Aquel primer roce de esos
labios sobre los suyos, el olor a colonia de muchacho en su nariz, el toque apacible de sus dedos en sus caderas mientras la sostenía.
Un gélido temor se deslizó por su espalda. Si se reía de ella otra vez, cancelaría todo el asunto. Si él se reía…
Sus brazos la soltaron, entonces retrocedió. El silencio se encrespó entre ellos como una pesada ola ganando velocidad y preparándose para
arremeter.
—Creo que resolvimos nuestro problema —dijo.
Ella no respondió.
—¿No era esto lo que querías?
Elevó su mentón y ocultó cada una de las complicadas emociones que se retorcían como serpientes en su estómago.
—Supongo que sí.
Él se detuvo, entonces se estiró hacia ella.
—Será mejor que presentemos un frente unido.
Cinco dedos se cerraron alrededor de los suyos con una elegante fuerza que hizo que sus ojos se humedecieran. Luchó contra esto y decidió que probablemente estuviera en modo síndrome premenstrual. No había ninguna otra razón por la cual un beso de Pedro Alfonso pudiera darle tanto
placer, y sin embargo lastimarla tan profundamente.
—¿Estás bien?
Ella apretó los dientes y sonrió tan brillantemente que podría haberse
escapado de un anuncio de pasta dental.
—Por supuesto. A propósito, brillante idea.
—Gracias.
—Sólo no te quedes frío como un cadáver otra vez ahí afuera. Imagina que soy Gabriella.
—Jamás podría confundirte con Gabriella.
La cortante observación le dolió, pero se negó a mostrar debilidad.
—Estoy segura de que tienes razón. Pero tú tampoco eres ninguna fantasía para mí, Chico Guapo.
—No me refería a…
—Olvídalo. —Lo dirigió nuevamente hacia la sala—. Perdón por la interrupción, chicos. Creo que deberíamos irnos, se hace tarde.
Todos se acercaron para despedirse.Alejandra besó su mejilla y le guiñó un
ojo en señal de aprobación.
—Puede que no me guste tanta prisa —le susurró—, pero ya eres una mujer adulta. Ignora a tu padre y haz lo que te diga tu corazón.
Su garganta se sintió apretada al oírlo.
—Gracias, mamá. Tenemos mucho que hacer esta semana.
—No te preocupes, cariño.
Estaban casi en la puerta cuando Miguel hizo un último intento.
—Paula, lo menos que podrías hacer es aplazar la boda unas semanas, por la familia. Pedro, estoy seguro de que estás de acuerdo…
Pedro apoyó una mano en el hombro de su padre. La otra sujetaba firmemente a su prometida.
—Entiendo por qué quiere que esperemos, Miguel. Pero, verá, estoy locamente enamorado de su hija, y me casaré con ella el sábado. Realmente deseamos su bendición.
Todos se quedaron en silencio. Incluso Taylor dejó su balbucear para observar la escena ante ella. Paula esperó la inevitable explosión.
Miguel asintió.
—De acuerdo. ¿Puedo hablar a solas contigo un momento?
—Papá…
—Sólo un minuto.
Pedro siguió a Miguel hasta la cocina.
Paula contuvo su preocupación mientras hablaba con Izzy y Gen acerca de los vestidos para las damas de honor. Vio la seria expresión de Pedro mientras escuchaba a su padre. Después de unos minutos, ambos se saludaron, y Miguel lucía derrotado cuando le dio un beso de despedida.
Se despidieron de todos y subieron al coche.
—¿Qué quería mi padre?
Pedro condujo a través de la entrada a la casa y se concentró en el camino por delante.
—Estaba preocupado acerca de quién pagaría la boda.
La culpa la asaltó en olas masivas. Había olvidado completamente los gastos de la boda. Por supuesto, su padre probablemente asumió que él pagaría, aunque los tiempos hayan cambiado. De pronto su frente se sintió
sudorosa.
—¿Qué le dijiste?
Pedro la miró.
—Me negué a permitir que pague, y le dije que si hubiera hecho lo que él quería y pospusiera la boda un año, aceptaría su dinero. Pero como apresurar la boda fue decisión nuestra, insistí en pagarla yo. Entonces
hicimos un trato. Él pagará su esmoquin y el de tu hermano. Yo pagaré los vestidos de todas las chicas, incluyendo el tuyo, y el resto de la boda.
Dejó salir el aliento rápidamente y estudió su perfil en el destello de los faros de la calle. Su rostro no mostraba expresión, pero su gesto le llegó al corazón.
—Gracias —susurró.
Él se estremeció, como si esa palabra lo hubiera golpeado.
—No es necesario. Jamás lastimaría a tus padres. Nadie tiene el dinero suficiente como para pagar por una boda en una semana. Y entiendo el orgullo familiar. Nunca los privaría de eso.
Paula contuvo las emociones mientras viajaban en silencio. Miró fijamente a través de su ventana a la oscuridad. Su oferta sugería una verdadera
relación entre ellos, y hacía que deseara más. Ella debería haber presentado a su familia un amor verdadero, no una falsificación. Las mentiras de esa noche se presionaron contra ella mientras se daba cuenta
de que había hecho un trato con el diablo por dinero. Dinero necesario
para salvar a su familia. Pero aun así, simple dinero.
La grave voz rompió el silencio y sus cavilaciones.
—Pareces trastornada por nuestra pequeña treta de esta noche.
—Odio mentirle a mi familia.
—¿Entonces por qué lo haces?
Un incómodo silencio se asentó entre ellos.
Pedro continuó:
—¿Qué tanto quieres este dinero? No pareces demasiado entusiasmada con la idea de casarte conmigo. Estás mintiéndole a tu familia y celebrando una boda falsa. ¿Todo esto para expandir tu negocio? Podrías
conseguir un préstamo bancario como hace la mayoría de los negocios.
Hay algo que no cuadra.
Las palabras comenzaron a elevarse, y ella casi le dijo la verdad. La enfermedad de su padre poco después de su regreso. La falta de seguro médico para pagar las estrambóticas cuentas. La lucha de su hermano
para ir a la facultad de medicina mientras mantenía a una nueva familia.
Las interminables llamadas de recaudadores hasta que su madre no tuvo
más opción que vender su casa, ya muy hipotecada.
Y el peso de la responsabilidad y la impotencia que Paula cargaba sobre
sus hombros.
—Necesito el dinero —dijo simplemente.
—¿Lo necesitas? ¿O lo quieres?
Cerró los ojos ante la provocación. Él quería creer que ella era egoísta y superficial. En ese momento se dio cuenta de que necesitaba todas las defensas contra este hombre. Su beso había quebrantado todas las
ilusiones de neutralidad entre ellos. Esos labios sobre los suyos la habían estremecido hasta el fondo de su alma, al igual que aquella primera vez en el bosque. Pedro Alfonso rompía sus muros y la dejaba vulnerable. Luego
de una semana de convivencia, ella estaría comiendo de su mano.
Paula no tenía otra opción. Tenía que cultivar su odio hacia ella. Si él creía que tenía mal carácter, la dejaría sola, y entonces podría regresar con su orgullo intacto y su familia unida. Se negaba a fomentar su compasión o
aceptar su caridad. Si le decía la verdad acerca de su familia, el resto de sus defensas se rompería. Incluso podría intentar darle el dinero
libremente, y entonces ella estaría para siempre en deuda con él.
La idea de que la viera en el papel de mártir para salvar a Tara la llenaba de humillación. No, sería mejor si pensara en ella como una insensible mujer de negocios. Por lo menos así la resentiría y mantendría su distancia. Sólo el estar cerca de él la encendía como un cohete, y se
condenaría a sí misma antes de tomar el segundo lugar detrás de su preciosa Gabriella.
Ella trataría con el diablo bajo sus propios términos.
Paula recurrió a su reserva interior y desplegó la segunda fase de mentiras de esa noche.
—¿Realmente quieres saber la verdad?
—Sí. Quiero saberlo.
—Tú creciste rodeado de dinero, Chico Guapo. El dinero apacigua mucho la desdicha y el estrés. Estoy harta de luchar como mi madre. No quiero esperar otros cinco años antes de poder expandir mi librería. No quiero
tener que lidiar con los intereses de los bancos y las deudas. Utilizaré el dinero para construir una cafetería en BookCrazy y convertirla en un éxito.
—¿Y si eso falla? Volverás justo donde empezaste.
—El valor de la propiedad está en alza, así que siempre puedo venderla. Y pondré el exceso en una sólida cartera financiera. Podré adquirir una pequeña casa y estar segura para el momento en que nuestro matrimonio
se disuelva.
—¿Por qué no pides 200.000 dólares? ¿O incluso más? ¿Por qué no me exprimes cada centavo?
Se encogió de hombros.
—Supuse que ciento cincuenta serían suficientes para darme todo lo que quiero. Si hubiera pensado que me darías más dinero, lo habría pedido. Después de todo, quitando el tener que lidiar con mi familia, es un trato
bastante fácil. Sólo tengo que aguantarte a ti.
—Supongo que eres más lógica de lo que yo pensaba.
La declaración debería haber sido un cumplido. La humillación la quemaba, pero supo que había obtenido la distancia que tan desesperadamente necesitaba. Por supuesto, el precio era su carácter.
Pero se recordó a sí misma el objetivo y se mantuvo en silencio.
Cuando el coche se detuvo en el edificio de su apartamento, abrió la puerta y tomó su bolso.
—Te invitaría a subir, pero creo que nos veremos lo suficiente durante el próximo año.
Él asintió.
—Buenas noches. Estaré en contacto. Tendré a los encargados de la mudanza preparados para cuando estés lista. Haz lo que quieras con la boda, sólo dime dónde y cuándo debo aparecer.
—De acuerdo. Adiós.
—Adiós.
Paula entró a su apartamento, cerró la puerta, y se deslizó con la espalda sobre la madera hasta que su trasero golpeó el piso.
Entonces lloró.

Pedro la observó entrar a su apartamento y esperó a que la luz se encendiera. El bajo ronroneo del BMW era el único sonido que rompía el silencio.
Su enfado por que lo admitiera todo descaradamente le molestaba. ¿Por qué le importaba que ella sólo quisiera el dinero? Era el motivo perfecto
para conseguir que ambos pasaran el próximo año sin inconvenientes.Debía mantener la distancia. Sus padres causaron que un peligroso anhelo despertara en su interior. Aplastó rápidamente la emoción, pero la idea de aún mantener algún enfermo rayo de esperanza por una familia
normal lo fastidiaba.
Quizá era la forma en que ella había lucido esta noche. Había recogido su cabello, y unos pocos y testarudos rizos negros escapaban de las horquillas para caer a través de sus mejillas y cuello. La piel parecía tibia
al toque, ligeramente sonrosada por el placer de estar rodeada de su familia. Ella sonreía tan fácilmente, sus labios se veían llenos y relajados.
Él había querido sujetarla y probar el sabor detrás de esos carnosos labios rubíes. Quería introducir su lengua profundamente y tentarla a jugar. El
suave material de sus jeans presumía las curvas de su trasero y el vaivén de sus caderas. La camisa a botones rosa vibrante lucía lo suficientemente conservadora, hasta que ella se inclinó hacia delante y Pedro vislumbró el
pálido encaje rosa abrazando sus senos.
Esa imagen se grabó a fuego en su mente y causó estragos en su concentración. Había pasado la mayor parte de la noche intentando lograr que se agachara para darle otra mirada furtiva. Como si fuera un
adolescente lujurioso.
La luz del apartamento se encendió, y él aceleró hacia el camino. Su temperamento lo mordía como un pit bull hambriento. Ella lo molestaba
profundamente. Al igual que su familia. Recordaba lo adorable que era su madre. Recordaba la culpa de haber deseado que su propia madre desapareciera y lo dejara con María McKenzie. Recordaba el viejo dolor de
estar fuera de control en un mundo que no fue hecho para que un niño esté solo. Le hacía recordar cosas que había prometido nunca desenterrar.
Matrimonio. Niños. Conexiones que causaban un dolor que nadie merecía.
Había erigido fuertes muros para que Alexa no hallara ningún momento de
debilidad. Si sospechaba que la deseaba de cualquier manera, las reglas cambiarían. Él no pretendía que esta sirena de mujer tuviera ningún poder sobre él.
Hasta ese beso.
Pedro murmuró una larga maldición. Recordaba cómo su aliento se aceleró y sus ojos se abrieron ampliamente. Esa maldita camisa finalmente se abrió lo suficiente para que pudiera divisar la tersa piel encerrada en encaje rosa. Había estado listo para apartarla, hasta que ella lo sostuvo al oír la llamada de su madre. No era su culpa el haber cedido ante el instinto para salvar su engaño.
Hasta que su caliente y húmeda boca se abrió contra la suya. Hasta que su dulce sabor inundó sus sentidos, y los desesperantes aromas a vainilla y especias lo hicieron querer aullarle a la luna. Finalmente había
averiguado que ella encaraba el sexo de la misma manera en que encaraba la ira: sin reservas, sin restricciones. Demandante.
Apasionadamente.
Él estaba bien jodido. Y no de una buena manera.
Pero ella nunca lo sabría. Se había asegurado de ocultar su rostro tras una máscara de indiferencia, aunque su maldita erección lo delatara como un mentiroso. No importaba.
Pedro se negaba a romper las reglas. Paula era una mujer que vivía en la luz y que jamás sería feliz con el trato que él mismo se había hecho cuando era un niño.
Un año era suficiente.
Sólo esperaba resurgir de él en una sola pieza

GRACIAS! ♥

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