Ella necesitaba un hombre.
Preferiblemente uno con $150,000 de sobra.
Paula Chaves se quedó en la pequeña fogata hecha
en casa, en medio del piso de su sala y se preguntó si había
perdido oficialmente su mente. El pedazo de papel en su mano contenía
todas las cualidades que ella deseaba que su alma gemela poseyera.
Lealtad. Inteligencia. Humor. Un fuerte sentido de la familia y amor por los animales. Un buen ingreso.
Más de sus ingredientes estaban cocinándose todavía. Un pelo de un miembro varón de la familia, su hermano todavía estaba enojado. Una mezcla de hierbas perfumadas, probablemente para darle un lado tierno. Y un pequeño palo para… bueno, esperaba que eso no quisiera decir lo que
temía. Con una profunda respiración, tiró la lista dentro del cubo plateado y lo observó quemarse. Se sentía como una idiota, creando un hechizo de amor, pero no le habían dejado opciones y tenía poco que perder. Cómo la
propietaria de una ecléctica librería en una moderna ciudad universitaria al norte de Nueva York, pensó que se le permitía algunos caprichos. Al igual que el envío de una oración a la Madre Tierra para el hombre
perfecto.
Paula se acercó y cogió el extintor de incendios, cuando las llamas se elevaron. El humo se levantó y le recordó a la masa de pizza quemada en parte inferior de su horno tostador. Arrugó la nariz, tiró el aerosol en el
centro de la alfombra, se fue a buscar vino tinto para celebrar.
Su mamá tendría que vender Tara.
Su casa familiar.
Paula agarró una botella de Cabernet Sauvignon y pensó sobre su dilema. Su librería estaba hipotecada al puño. La expansión del café tomaría cuidado planearla, y estos no eran diez centavos para cambio. Inspeccionó el desván del apartamento Victoriano y fácilmente calculó que estos no
estaban en venta. Ni siquiera en eBay.
Tenía veintisiete y probablemente podría vivir con estilo en un condominio, vestir ropas de diseñador y tener una cita cada fin de semana. En vez de eso, recogía perros abandonados y llevaba a un refugio local y compró
elegantes bufandas para actualizar sus conjuntos. Ella creía en vivir en la luz de sol, estar abierta a las posibilidades, y seguir su corazón.
Desafortunadamente, ninguna de esas características podría salvar la casa de su madre.
Tomó un sorbo del vino rojo rubí y reconoció que no quedaba nada que hacer. Nadie tenía dinero suficiente, y en esta ocasión, cuando el recaudador de impuestos viniera, no habría un final feliz. Ella no era Scarlett O’Hara. Y Paula no creía que hacer un hechizo de amor, como su
último recurso, para atraer al hombre perfecto pudiera ayudar.
El timbre de la puerta sonó.
Su boca se abrió de golpe. Dios mío, ¿era él? Miró a sus sucios pantalones deportivos y su camisa recortada y se preguntó si tenía tiempo de
cambiarse. Se levantó para hurgar en el armario, pero el timbre sonó otra vez, entonces se acercó, tomó una respiración profunda, y agarró el pomo.
—Ya era tiempo de que abrieras la puerta.
Sus esperanzas se desplomaron. Paula vio a su mejor amiga, Carolina Alfonso,
y frunció el ceño.
—Se suponía que fueras un hombre.
Carolina bufó y entró. Sacudió una mano en el aire, destellando uñas color rojo cereza, y se dejo caer en el sofá.
—Sí, sigue soñando. Asustaste a tu última cita, entonces no te arreglaré otra vez. ¿Qué pasó aquí?
—¿Qué quieres decir con que lo asusté? Creí que él iba a atacarme.
Caro levantó una ceja.
—Él se inclinó para darte un beso de despedida. Te tropezaste y caíste sobre tu trasero, y él se sintió como un idiota. Las personas se besan después de una cita, Pau. Es algo ritual.
Paula tiró la basura restante en una bolsa y recogió la cubeta.
—Él había comido toneladas de ajo en la cena y no lo quería cerca de mí.
Caro agarró la copa de vino y tomó un buen trago. Extendió sus largas piernas en el sillón de cuero negro y enganchó sus botas de tacón en el borde de la maltratada mesa.
—Recuérdame otra vez ¿Por qué no has tenido sexo en la última década?
—Bruja.
—Célibe.
Paula se rindió y se rió.
—Está bien, tú ganas. ¿Por qué me estás honrando con tu presencia un sábado en la noche? Te ves bien.
—Gracias. Voy a ir con alguien por unos tragos a las once. ¿Quieres venir?
—¿A tu cita?
Carolina hizo una cara y acabó con el resto de la copa.
—Tú serás mejor compañía. Él es aburrido.
—¿Por qué vas a salir con él?
—Él luce bien.
Paula se dejó caer junto a ella en el sofá y sonrió.
—Desearía poder ser como tú, Caro. ¿Por qué tengo tantas inhibiciones?
—¿Por qué no tengo ninguna? —Los labios de Caro se torcieron con humor de la desaprobación propia, luego apuntó a la cubeta—. Entonces,
¿Cuál es el propósito del fuego?
Paula suspiró.
—Estaba creando un hechizo de amor. Para, uh… conseguir un hombre.
Su amiga echó la cabeza para atrás y rió.
—Está bien. ¿Qué tiene eso que ver con la cubeta?
Las mejillas de Paula flamearon. Ella jamás había llegado tan bajo.
—Hice una fogata en honor a la Madre Tierra —susurró.
—Oh por Dios.
—Escúchame. Estoy desesperada. Aun no he encontrado al Sr. Indicado y otro pequeño problema apareció que tengo que resolver, así que combiné mis dos necesidades en una lista.
—¿Qué tipo de lista?
—Una de mis clientas me dijo que ella compró este libro de hechizos de amor, y cuando hizo la lista de cualidades que estaba buscando en un
hombre, él se apareció.
Ahora Carolina lucía interesada.
—¿Un hombre apareció en su vida con todas las cosas que ella quería?
—Sip. La lista tiene que ser especifica. No puede ser muy general, o supuestamente el universo confunde tus deseos y no manda nada. Ella dijo que si sigues el hechizo, el hombre indicado aparecerá.
Los ojos verdes de Carolina destellaron.
—Déjame ver el libro.
Nada como otra mujer soltera para hacerte sentir mejor por la búsqueda de un hombre.
Paula lanzó su pequeño libro de cubierta sintética. Sintiéndose menos
como una idiota.
—Hmmm. Enséñame tu lista.
Ella señaló hacia la cubeta.
—La quemé.
—Sabes que tienes otra copia debajo de tu cama. Olvídalo, la encontraré yo misma.
Su amiga se dirigió al edredón amarillo canario y metió su mano bajo los cojines. En unos segundos ella sostenía la lista triunfalmente entre sus brillantes uñas rojas y se lamió los labios como si fuera sumergirse en una
lujuriosa novela de romance. Paula se quedó en la alfombra y se desplomó sobre ella. Que la humillación empiece.
—Número uno —recitó Caro—. Un fan de los Mets.
Paula se abrazó a si misma por la explosión.
—¿Beisbol? —chilló Carolina. Onduló el papel adelante y atrás en el aire para un efecto dramático—. Maldición, ¿Cómo puedes hacer tu prioridad número uno el beisbol? ¡Ellos no han llegado a la Serie Mundial en años!
Es un hecho que en Nueva York hay mas fans de los Yankees que de los Mets, y eso excluye a la mayoría de la población masculina.
Paula apretó sus dientes. ¿Por qué era constantemente bombardeada por su elección de los equipos de Nueva York?
—Los Mets tienen corazón y carácter, y necesito un hombre que pueda arraigarse a los desvalidos. Me niego a dormir con un fanático de los
Yankees.
—No tienes esperanzas. Date por vencida —dijo Carolina—. Número dos:
que ame los libros, el arte y la poesía. —Ella hizo una pausa para pensarlo, y se encogió de hombros—. Lo acepto. Número tres: que crea en la monogamia. Muy importante en la lista. Número cuatro: que quiera niños. —Ella miró hacia arriba—. ¿Cuántos?
Paula sonrió a la idea.
—Me gustaría tres. Pero me conformo con dos. ¿Debí especificar cuantos en la lista?
—No, la Madre Tierra lo entenderá —continuó Caro—. Número cinco:
que sepa comunicarse con una mujer. Esa es buena. Estoy fastidiada de leer libros de Venus y Marte. He pasado por muchas historias y sigo sin tener idea. Número seis: que ame a los animales. —Ella gruñó—. Esa es tan mala como los Mets.
Paula se deslizó en la alfombra para encararla.
—Si odia a los perros, ¿cómo podre continuar con el programa voluntario en el refugio? ¿Y si es un cazador? Despierto a la mitad de la noche y
encuentro un ciervo muerto viéndome sobre la repisa de la chimenea.
—Eres muy dramática. —Regresó Caro a la lista—. Número siete: que
tenga un código moral de ética y crea en la honestidad. Debió haber sido el número uno en la lista, pero qué demonios. No soy una fan de los Mets.
Número ocho: un buen amante. —Caro subió sus cejas—. Esa sería la número dos en mi lista. Pero estoy orgullosa de que el asunto siquiera apareciera. Tal vez no estés tan mal como pensaba.
Paula tragó, el temor se encrespaba en sus entrañas.
—Continúa.
—Número nueve: tiene que tener un sentido fuerte de la familia.
—Tiene sentido… ustedes me recuerdan a los locos Waltons1. Ok, número diez…
El reloj sonó. Paula miró a Caro leyendo el punto de nuevo.
—Creo que estoy leyendo el número diez mal.
Paula suspiró.
—Probablemente no.
Caro recitó el último mandato.
—Necesita 150.000 dólares disponibles. —La miró—. Necesito más detalles.
Paula levantó su barbilla.
—Necesito a un hombre que pueda amar, el cual además tenga un extra de 150.000. Y lo necesito rápido.
Carolina asintió como si saliera a la superficie de debajo del agua.
—¿Para qué?
—Para salvar Tara
Paula pestañeó.
—¿Tara?
—Sí, la casa de mi madre. Tú sabes, como en la película Lo que el viento se llevó. ¿Recuerdas cómo mi mamá solía bromear sobre necesitar más algodón para pagar las facturas? No te he dicho que mal va todo, Caro.
Mamá quiere venderla y no puedo dejarla. No tienen dinero ni ningún lado a donde ir. Haré cualquier cosa, incluso casarme; igual que Scarlett2.
Carolina gimió y cogió su cartera. Sacó su teléfono y marcó algunos números.
—¿Qué estás haciendo? —Caro entró en pánico pensando que su amiga no entendería. Después de todo, nunca le había preguntado por un hombre que le resolviera sus problemas antes. Oh, cómo de mal había caído.
—Cancelando mis citas. Creo que este nuevo detalle debe ser discutido.
Voy a llamar a mi terapeuta, ella es muy buena, discreta y coge citas a medianoche.
Paula se rió.
—Eres una gran amiga, Caro.
—Sí, ni que lo diga.
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