jueves, 29 de mayo de 2014

Capitulo 9

Pedro se volteó para ver a su novia durmiendo. Su cabeza descansaba contra la puerta de la limosina. Su tocado se había caído, y el encaje blanco desarreglado yacía en el suelo a sus pies. Los rizos de Paula estaban revueltos en todas las direcciones y escondían sus hombros desnudos de la vista. La copa de champaña en el portavasos permaneció intacta, las burbujas se habían desvanecido. Un brillante diamante de dos quilates estaba en su dedo y disparaba los brillos de luz de los últimos rayos del sol que moría. Labios voluptuosos y de color rubí
estaban entreabiertos para dejar que saliera y entrara el aire. Un delicado ronquido estable se alzaba en el aire durante cada exhalación.
Paula Chaves ahora era su esposa.
Pedro se movió para tomar su propio vaso de champaña y silenciosamente le brindó al éxito. Ahora poseía por completo Dreamscape Enterprise.
Estaba a punto de ir tras una oportunidad única en la vida y no necesitaba el permiso de nadie. El día había pasado sin una complicación.
Tomó un largo trago del Dom Perignon y se preguntó por qué se sentía como una mierda. Su mente regresó al momento en que el sacerdote los convirtió en marido y mujer. Los ojos zafiros llenos con puro miedo y pánico mientras se inclinaba para darle el beso necesario. Pálida y abatida, sus labios temblaron bajos los suyos. Supo que no se debía a la
pasión. Al menos no esta vez.
Se recordó que ella sólo lo quería por el dinero. Su habilidad para pretender que era inocente era peligrosa.
Se burló de sus propios pensamientos al alzar su copa nuevamente y beberse el último trago de champaña.
El conductor de la limosina bajó el vidrio tintado un centímetro.
—Señor, hemos llegado a nuestro destino.
—Gracias. Puede detenerse al frente.
Mientras la limosina subía el largo y estrecho camino, Pedro gentilmente sacudió a su novia para despertarla. Ella se movió, roncó y colapsó de nuevo en el sueño. Pedro reprimió una sonrisa y comenzó a susurrar. Luego se detuvo. Se deslizó de nuevo en su viejo papel de atormentador con una
confortable facilidad, se inclinó y gritó su nombre.
Ella se enderezó de golpe. Sus ojos abiertos con miedo, alejó su pesada melena de sus orejas y miró a todo el encaje blanco como si ella fuera Alicia en el País de las Maravillas bajando por el hoyo del conejo.
—Oh, Dios mío, lo hicimos.
Él le entregó sus zapatos y tocado.
—Todavía no, pero es nuestra luna de miel. Estaría feliz de obligarte si estás de ánimo.
Ella lo miró fijamente.
—No hiciste nada más en esta boda que hacerte notar. Trata de organizar cada último detalle en sólo siete días y me sentaré y te veré colapsar.
—Te dije que te consiguieras un Juez de Paz.
Paula bufó.
—Típicamente masculino. No levantaste un dedo para ayudar y chillas inocente cuando eres desafiado.
—Roncas.
Su boca se abrió.
—¡No ronco!
—Lo haces.
—No lo hago. Alguien me lo hubiera dicho.
—Estoy seguro de que tus amantes no querían ser echados de la cama.
Eres malhumorada.
—No lo soy.
—Lo eres.
La puerta se abrió y el chofer ofreció su brazo para ayudarla. Ella sacó su lengua y dejó la limosina con la arrogancia de la Reina Elizabeth. Él ahogó otra risa y la siguió. Paula se detuvo en el bordillo de la acerca. La observó
asimilar las líneas arquitectónicas de la mansión, la cual se asemejaba a una villa Toscana. La arenisca terracota creaba una imagen de elegancia casual, y sus altos muros y largos ventanales reflejaban un aura de historia. Un enorme césped verde abrazaba la entrada y llevaba a la casa,
luego se extendía por acres en un alegre abandono. Coloridos geranios se derramaban de cada ventana para imitar la vieja Italia. La parte superior de la casa se abría a un balcón de hierro forjado el cual contenía sillas,
mesas y un jacuzzi entre los árboles frondosos.
Ella abrió su boca como si fuera a comentar, luego la cerró de golpe.
—¿Qué piensas? —preguntó.
Ella inclinó su cabeza.
—Es despampanante —dijo—. La casa más hermosa que he visto.
El placer se disparó por él ante el evidente placer de ella.
—Gracias. La diseñé yo mismo.
—Parece vieja.
—Esa fue mi intención. Prometo que tengo toda la plomería necesaria dentro.
Ella negó con su cabeza y lo siguió dentro. Pisos de mármol brillaban debido al pulimiento y los techos de catedral creaban una ilusión de espacio y elegancia. Grandes y aireadas habitaciones salían desde la escalera en espiral del centro. Pedro le dio una propina al conductor y cerró
la puerta detrás de él.
—Vamos, te mostraré los alrededores. A menos que quieras desvestirte primero.
Ella agarró un puñado del material de gasa y levantó su cola. Sus pies con medias se asomaban desde debajo.
—Guía.
Él la llevó a un tour completo. La cocina completamente equipada presumía un brillante centro de acero inoxidable y cromo, pero Pedro se había asegurado de que la habitación mantuviera el calor del que una abuela italiana estaría orgullosa. Una isla de pesada madera cortada
sostenía canastas llenas de frutas frescas y dientes de ajo, hierbas hundidas en botellas llenas de aceite de oliva, pastas secas y tomates rojos y maduros. La mesa era de cedro grueso con sillas cómodas y macizas.
Una selección de vinos se asomaba en un estante de acero. Las puertas de vidrio llevaban de la cocina a la terraza interior, completa con muebles de mimbre, estantes y vasijas de margaritas derramándose por la habitación.
En vez de coloridas pinturas, fotografías en blanco y negro ocupaban el espacio de la pared, y mostraban un despliegue de arquitectura de todo el mundo. Pedro disfrutó la expresión de ella mientras admiraba cada
centímetro de su espacio. Él la llevó por las escaleras hacia las habitaciones.
—Mi habitación está en el fondo del pasillo. Tengo una oficina privada pero hay un computador libre en la biblioteca que puedes usar. Puedo ordenar cualquier otra cosa que necesites. —Abrió una de las puertas—. Te he
dado una habitación con baño privado. No estaba seguro de tu gusto así que siéntete libre de redecorar.
La miró admirar los tonos pálidos y neutrales de la cama de postes tamaño King y los muebles a juego.
—Esto estará bien. Muchas gracias —dijo.
La miró fijamente por un momento mientras la formalidad latía entre ellos.
—Sabes que estarás atrapada aquí por al menos dos días, ¿cierto? Usamos el trabajo como una excusa para no ir a una luna de miel, pero no puedo aparecer en la oficina hasta el lunes. Las personas van a chismosear.
Ella asintió.
—Puedo utilizar la computadora para mantenerme al día. Y Caro dijo que ayudaría.
Él se dio la vuelta.
—Ponte cómoda y encuéntrame abajo en la cocina. Cocinaré algo para la cena.
—¿Cocinas?
—No me gusta que personas extrañas estén en mi cocina, tuve suficiente de eso al crecer. Así que, aprendí.
—¿Eres bueno?
Él bufó.
—Soy el mejor.
Luego él cerró la puerta tras él.
Hombre arrogante.
Paula se dio la vuelta y estudió su nueva habitación. Sabía que Pedro estaba viviendo cómodamente con una gran fortuna, pero el tour la había hecho sentir como el personaje de Audrey Hepburn en Mi bella dama:
completamente común junto a la sofisticación de su tutor.
Al diablo con eso. Necesitaba mantener su vida tan normal como fuera posible, matrimonio o no. Pedro no era su esposo real, y ella no pensaba quedarse atrapada en cualquier artimaña doméstica y encontrarse perdida
a fin de año. Probablemente ni siquiera lo vería a menudo. Asumió que él también trabajaba hasta tarde y además de las fiestas ocasionales a las que tendrían que asistir, llevarían vidas separadas. Su discurso motivacional mental ayudó, así que se quitó el vestido y pasó la siguiente hora en un baño de burbujas en la lujosa tina de spa adjunta
a su habitación. Miró una sola vez al fino camisón negro que sus hermanas habían lanzado en su bolsa de noche, luego la lanzó a la parte trasera del armario. Se puso unas calzas y una sudadera de felpa, se recogió el cabello y bajó a la cocina.
Paula siguió los sonidos de chisporroteo y se deslizó en una de las pesadas sillas talladas de la cocina. Llevó sus pies descalzos al borde de su asiento, envolvió sus brazos alrededor de las rodillas y observó a su nuevo marido.
No se había quitado su esmoquin. Se había quitado la chaqueta, y enrollado las mangas arrugadas de su camisa blanca más allá de los codos. Los botones de perla de ónix habían sido desabrochados hasta la mitad del pecho y revelaban una mata de pelo rubio esparcido sobre unos
músculos esculpidos. Sus hombros eran anchos, y exigían que la tela se expandiera para que encajara. Sus pantalones negros lo cubrían como un amante y enfatizaban las largas piernas delgadas y sus caderas.Paula
pasó un infierno ignorando la dura curva de su trasero. El hombre tenía un trasero sensacional. Demasiado mal que nunca lo vería desnudo. No creía que verlo bajarse su bañador cuando era adolescente contara.
Además, ella había estado demasiado ocupada mirando su frente.
—¿Quieres ayudar?
Se clavó sus uñas en la palma para darse una dosis de realidad.
—Claro. ¿Qué tenemos?
—Fetuccini Alfredo con camarones, pan de ajo y ensalada.
Un gemido afligido escapó de sus labios.
—Oh Dios, eres malvado.
—¿No te gusta el menú?
—Me gusta demasiado. Sólo comeré la ensalada.
Él le lanzó una mirada de disgusto por encima del hombro.
—Estoy cansado de mujeres que ordenan ensalada, luego parecen como si se merecieran unas medallas. Una buena comida es un regalo.
Ella apretó sus dedos más fuertemente.
—Bueno, muchas gracias por ese punto de vista petulante de la población femenina. Para tu información, aprecio la buena comida más que tú.¿Viste los aperitivos que ordené para nuestra boda? ¿No viste cuánto comí? Demonios, es igual que cuando un hombre le pone en frente a una
mujer una comida que engorda y es deliciosa y se ofende cuando ella no come. ¡Luego pareces impactado en la habitación cuando estás mirando sus caderas y preguntándote cómo engordó cinco kilos!
—No tiene nada de malo que una mujer tenga curvas.
Ella saltó de su asiento y agarró los ingredientes para la ensalada.
—He escuchado esa antes. Hagamos esta prueba, ¿sí? ¿Cuánto pesa Gabriella?
Él no respondió.
Ella lanzó un pimiento rojo en la tabla junto a la lechuga romana y resopló.
—Oh, ¿ahora tenemos la lengua atada? ¿Ella pesa 45 kg o eso es considerado gordura por estos días?
Cuando él habló, su tono fue menos arrogante.
—Es una modelo. Tiene que mantener un peso más bajo.
—¿Y ella ordena ensaladas cuando sale a cenar?
Más silencio.
Un pepino rodó por el mesón y se detuvo en el borde.
—Ah, supongo que eso significa que sí. Pero estoy segura que apruebas su disciplina cuando le quitas la ropa.
Se removió incómodo y mantuvo su atención en la olla caliente con camarones.
—Gabriella es un mal ejemplo. —Definitivamente sonó incómodo.
—Tengo otro rompecabezas. Carolina dijo que sólo tendías a salir con modelos. Parece que te gustan las mujeres delgadas y aceptas que coman
ensalada. —Lavó los vegetales, agarró un cuchillo, y comenzó a picar—. Pero si es alguien con quien no estás pensando dormir, supongo que no te
importa cuán gorda se vuelva siempre y cuando te haga compañía en las comidas.
—Sucede que detesto salir a cenar con la mayoría de mis citas. Entiendo que están en el negocio, pero disfruto de una mujer que le gusta la buena comida y no está asustada de comer. No eres gorda. Nunca fuiste gorda así
que no sé de dónde viene esta obsesión.
—Una vez me llamaste gorda.
—No lo hice.
—Sí, lo hiciste. Cuando tenía catorce, dijiste que me estaba rellenando en los lugares equivocados.
—Infierno, mujer, quería decir tus pechos. Era un adolescente mocoso que sólo quería torturarte. Siempre fuiste hermosa.
El silencio descendió.
Alzó la mirada de su tarea y su boca cayó abierta. En todos los años que había conocido a Pedro Alfonso, él la había torturado, provocado e insultado.
Nunca la había llamado hermosa.
Pedro estaba ocupado batiendo crema y mantuvo su tono casual.
—Sabes lo que quiero decir. Hermosa en el sentido de hermandad. Las observé a ti y a Caro pasar por la pubertad, y volverse mujeres. Ninguna de las dos es fea. O gorda. Creo que estás siendo dura contigo.
Paula entendió lo que quería decir. Él no pensaba en ella como una mujer hermosa, más como una molesta hermana menor que creció siendo atractiva.
La diferencia era monumental, y ella ignoró el agudo escozor del dolor.
—Bueno, voy a comer esta ensalada y no quiero escuchar más comentarios sobre las mujeres.
—Bien. ¿Abrirías una botella de vino? Hay una enfriándose en el refrigerador.
Ella descorchó un caro chardonnay y lo observó sorberlo. Las esencias cítricas de madera y frutas se alzaron hasta sus fosas nasales. Luchó un minuto, luego se rindió. Una copa. Después de todo, se lo merecía.
Se sirvió un vaso y tomó un sorbo. El líquido bajó por la parte posterior de su garganta, el sabor seco y hormigante. Pronunció un bajo gemido de placer. Su lengua lamió las esquinas de sus labios y sus ojos se cerraron
mientras el sabor pulsaba a través de su cuerpo.
Pedro comenzó a decir algo pero se detuvo. La visión de verla bebiendo y disfrutando su vino puso tenso cada músculo de su cuerpo. La sangre
latió en sus venas y su ingle se volvió completamente alerta. Su lengua lamió sus labios con unos movimientos tan delicados, que él deseó que probara algo más que vino.
Se preguntó si ella hacía esos sonidos guturales cuando un hombre estaba enterrado profundamente en su calor húmedo y pegajoso. Se preguntó si sería tan apretada y caliente como su boca, cerrándose alrededor de él
como un puño sedoso, ordeñando cada hasta la última gota de su reserva e incluso demandando más. Esos pantalones revelaban cada curva de su cuerpo, desde su dulce trasero hasta la seductora longitud de sus piernas.
Su sudadera se había subido y mostraba un trozo de piel desnuda. Y obviamente se había quitado su sostén, sin pensar en él como un hombre que la deseara, si no más como un molesto hermano sin urgencias masculinas.
Maldita ella por empezar a complicar las cosas. Él dejo caer el tazón de pasta en la mesa y rápidamente arregló los lugares para sentarse.
—Deja de beber el vino de esa manera. No estás en una película porno.
Ella jadeó.
—Hey, no te molestes conmigo sólo porque eres gruñón. No puedo evitarlo si los negocios son más importantes que un matrimonio real para ti.
—Sí, pero tan pronto como te di un precio saltaste. Te compré igual a como me compraste tú.
Ella agarró el tazón de pasta y llenó su plato.
—¿Quién eres tú para juzgarme? Lo has tenido todo en tu vida. Te dieron un Mitsubishi Eclipse en tu cumpleaños número dieciséis. Yo obtuve un Chevette.
Él se puso tenso con el recuerdo.
—Tú obtuviste una familia. Yo no obtuve nada.
Ella hizo una pausa, luego agarró un trozo de pan de ajo caliente goteando con mozzarella.
—Tú obtuviste a Carolina.
—Lo sé.
—¿Qué les pasó? Solían ser tan unidos.
Se encogió de hombros.
—Ella cambió en la secundaria. De repente, ya no me hablaba. Dejó de invitarme a entrar en su habitación para nuestras charlas, luego me alejó
completamente. Así que, la dejé ir y me concentré en tener una vida propia. Por un tiempo perdiste tu contacto con ella más o menos en ese entonces, ¿verdad?
—Sí. Siempre pensé que algo había sucedido, pero ella nunca habla sobre
eso. De todas formas, mi propia familia estuvo jodida por un rato, así que no estabas solo.
—Pero ahora es como los Waltons.
Ella se rió y zambulló un montón de pasta en su boca.
—Mi padre tuvo mucho qué hacer por ella, pero creo que nos la hemos arreglado para sanar el ciclo.
—¿Ciclo?
—El ciclo kármico, cuando alguien arruina las cosas bastante y te hiere. Nuestro primer instinto es herir de vuelta, o rehusarse a perdonar.
—Suena razonable.
—Ah, pero ahora el ciclo de abuso y dolor continúa. Cuando él regresó, decidí que sólo tenía un padre, y acepté lo que pudiera dar. Con el tiempo, él renunció al alcohol y trató de remediar el pasado.
Pedro hizo un sonido rudo.
—Él se fue cuando eras joven y dejó a su familia detrás por la botella. Abandonó tus hermanas gemelas. ¿Luego aparece y pide perdón? ¿Por qué siquiera lo querrías en tu vida?
Ella cogió con un tenedor otro camarón y lo dejó cernirse encima de su boca.
—Tomé una decisión —dijo—. Nunca olvidaré, pero si mi propia madre pudo aprender a perdonarlo, ¿cómo podía rehusarme? Las familias se quedan juntas sin importar que pase.
La simplicidad de su habilidad para perdonar lo impactó hasta la médula.
Sirvió más vino.
—Mejor irse con tu cabeza en alta y tu orgullo intacto. Dejarlos que sufran por todo el dolor que causaron.
Ella pareció pensar sus palabras.
—Casi lo hice. Pero me di cuenta que además de ser mi padre, es sólo un ser humano que lo arruinó. Tendría mi orgullo pero no a mi padre. Cuando tomé mi decisión de romper el ciclo. Terminó poniéndose sobrio y reconstruyó nuestra relación. ¿Alguna vez has pensando en contactar a tu padre?
Sus emociones golpearon en hiper-velocidad. Pedro peleó contra la vieja amargura y se las arregló para encogerse de hombros.
—Horacio no existe en mis ojos. Esa fue mi decisión.
Se preparó para lástima pero su rostro sólo reflejó una profunda empatía que lo calmó. ¿Cuántas veces había añorado una verdadera golpiza o un castigo de su padre en vez de negligencia? De algún modo, la poca
atención quemó más profundo y se enconó.
—¿Y tu mamá?
Se concentró en su plato.
—Está viviendo con otro actor. Le gustan cuando están en el negocio del espectáculo. La hace sentir importante.
—¿La ves a menudo?
—La idea de un hijo adulto le recuerda su edad. Le gusta fingir que no existo.
—Lo lamento.
Las palabras fueron simples pero desde el corazón. Pedro alzó la mirada de su plato. Por un segundo, la conciencia, la energía y el entendimiento pulsaron en el aire entre medio de ellos, luego se deslizó lejos como si nunca hubiera ocurrido. Su sonrisa torcida burló su propia confesión.
—Pobre niño rico. Pero tenías razón en una cosa, fue una Mitsubishi de infierno.
Ella se rió y cambió de tema.
—Cuéntame sobre el trato en el que estás trabajando. Debe ser algo grande para permanecer célibe por un año.
Él dejó pasar de largo el comentario, pero le lanzó unamirada de advertencia.
—Quiero involucrar a Dreamscape en una oferta para construir cerca a una zona ribereña.
Una ceja se arqueó.
—Escuché que querían construir un spa junto con algunos restaurantes. Todos están hablando de eso. Las personas solían estar asustadas de estar cerca del río.
Él se inclinó hacia adelante con entusiasmo.
—El área está cambiando. Han fortalecido la seguridad, y a los bares y tiendas que ya están allí les está yendo bien. Esto abrirá el área a residentes y el turismo. ¿Puedes imaginar caminos iluminados por todo el largo del río, con bares afuera? ¿Y un spa que da hacia las montañas
mientras te hacen un masaje? Ese es el futuro.
—También escuché que sólo querían a las compañías más grandes en Manhattan para ofrecer el proyecto.
El cuerpo de él se tensó con una necesidad casi física. Su sueño estaba justo delante de él y no dejaría que nada se interpusiera en su camino.
Sus palabras salieron como un mantra.
—Voy a obtener ese contrato.
Ella pestañeó, luego lentamente asintió como si la creencia de él en si mismo se lo asegurara.
—¿Dreamscape puede manejar ese trabajo?
Él tomó un sorbo de su vino.
—La junta piensa que es demasiado ambicioso, pero voy a probarles que se equivocan. Si tengo éxito, Dreamscape subirá a la cima.
—¿Es por el dinero?
Negó con su cabeza.
—No me importa el dinero. Quiero dejar mi marca, y sé cómo acercarme a ello. Nada demasiado citadino. Nada para competir con las montañas, si no una estructura que alabe a la naturaleza y se mezcle, en vez de que pelee contra ella.
—Suena como si hubieras pensado en esto mucho tiempo.
Empapó el último trozo de pan en la salsa que sobraba, luego lo lanzó a su boca.
—Sabía que la ciudad tomaría esta decisión pronto, y quería estar preparado. He pensando en diseños junto al río por años. Ahora estoy listo.
—¿Cómo vas a conseguirlo?
Pedro se concentró en su plato. Gracioso, ella parecía capaz de notar cuando él mentía. Desde la infancia.
—Ya tengo a uno de los socios a bordo. Richard Drysell está construyendo el spa, y compartimos la misma visión. Tendrá una cena el próximo sábado. Los dos últimos hombres que necesito convencer estarán allí, así que espero hacer una impresión.
No compartió cómo Paula entraría en la mezcla. Miró a su nueva esposa como una forma de cerrar el trato, pero sería mejor explicarlo la noche de la fiesta.
Pedro levantó su cabeza y la vio limpiando su plato.
Todo el tazón de ensalada permaneció en la mesa entre ellos, sin ser tocado. La pasta, el pan y el vino estaban agotados. Ella parecía como si estuviera a punto de explotar.
—Bueno, la ensalada luce terriblemente buena. ¿No vas a comerla?
Ella forzó una brillante sonrisa y cogió con el tenedor una pieza frondosa.
—Por supuesto. Adoro las ensaladas.
Él sonrió.
—¿Postre?
Ella dejó escapar un gruñido.
—Gracioso.
Limpiaron rápidamente, metieron todo en el lavaplatos y luego ella se estiró en el sofá de color beige en la sala.Pedro supuso que ella estaba esperando una manera más rápida de digerir.
—¿Vas a trabajar esta noche? —preguntó ella.
—No, es tarde. ¿Y tú?
—No, estoy muy cansada. —La sala se llenó de un breve silencio—. Así
que, ¿qué quieres hacer?
Su camisa serpenteó una preciosa pulgada. La tersa y bronceada piel de su estómago causó estragos en su concentración. Tenía algunas imágenes
muy claras de lo que podían hacer. Ellas involucraban levantar lentamente su camisa. Luego lamer los pezones hasta que se apretaran bajo su lengua. El resto se centró en sacar esos pantalones de chándal y probar lo
rápido que podía hacerla arder en sus brazos. Dado que ninguna de esas opciones era posible, se encogió de hombros.
—No sé. ¿Televisión? ¿Película?
Ella negó con la cabeza.
—Póker.
—¿Cómo dices?
Sus ojos se iluminaron.
—Póker. Tengo un mazo de cartas en mi maleta.
—¿Llevas tus propias cartas?
—Nunca sabes cuando las vas a necesitar.
—¿Qué apostamos?
Ella se levantó del sofá y se dirigió hacia las escaleras.
—Dinero, por supuesto. A menos que seas demasiado cobarde.
—Está bien. Pero usaremos mis cartas.
Ella se detuvo a mitad de camino y lo miró.
—Está bien. Trato hecho.
Él golpeó el mando a distancia y las notas de Madame Butterfly se hicieron eco desde los altavoces. Se ajustó las gafas y se acomodó en la mesa de café. Ella se sentó a su lado, con las piernas cruzadas. Sus dedos
volaban a través de las cartas con la facilidad de un experto, barajándolas con la velocidad del rayo. Pedro tuvo un destello de ella en un vestido escotado, repartiendo las cartas en un salón mientras se sentaba en el
regazo de un vaquero. Se sacudió la imagen y se concentró en su mano.
—La Elección del Repartidor. Stud de Cinco Cartas. Subir la apuesta.
Él frunció el ceño.
—¿Con qué? —preguntó él.
—Te dije que estábamos jugando por dinero.
—¿Debería hacer que mi mayordomo abra la caja fuerte? ¿O tal vez sólo jugaríamos por las joyas de la familia?
—Muy gracioso. ¿No tienes algún billete por ahí?
Su labio se torció.
—Lo siento. Sólo cientos.
—Oh.
Parecía tan decepcionada que perdió la batalla y se echó a reír.
—¿Qué tal si jugamos por algo más interesante?
—Yo no juego póker nudista.
— Quiero decir por favores.
Su declaración le llamó la atención. Sus dientes atraparon su labio inferior. Él observó la acción con puro placer.
—¿Qué clase de favores? —preguntó ella.
—El primero en ganar tres manos completas obtiene un favor del otro. Se puede utilizar en cualquier momento, como un vale.
Su rostro se iluminó con interés.
—¿Puedes utilizar el favor en cualquier cosa? ¿No hay reglas?
—No hay reglas.

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