domingo, 25 de mayo de 2014

Capitulo 5

Ah, demonios.
¿Por qué tenía que ser tan endemoniadamente maravilloso?
Le dio un vistazo a huertillas mientras él se paseaba. Una vulgar maldición
salió de sus labios pero se obligó a echarse atrás. Al crecer, ella solía
llamarlo Niño bonito por su cabello dorado. Esos jóvenes rizos han sido
domesticados en un corto, conservador corte, pero algunas revoltosas
hebras caían de un lado a otro de su frente en una tenaz rebelión. Los
colores se habían profundizado con el tiempo, pero recordó su cereal
mezclado de Chex, anillos de miel dorada con trigo. Sus rasgos se
endurecieron, su mandibular ahora un poco cincelada. Sus dientes
perfectos y blancos brillaron durante su breve sonrisa. Sus ojos eran de
algún profundo castaño, y sus secretos se mantenían firmemente velados
detrás de una pared. Pero su cuerpo…
Él siempre estaba activo, pero cuando cruzó la sala, sus elegantes
pantalones de tela color avena se movieron y se doblegaran a su voluntad,
delineando largas piernas musculosas y tirantes nalgas. El suéter de
cuello V canela era a la vez casual y apropiado para un sábado de oficina.
Algunas partes eran totalmente inapropiadas. La longitud de cable de sus
brazos. Los anchos hombros y el pecho que se extendía y moldeaba en el tejido. El profundo broce de su piel como si estuviera tendido en el sol por horas. La ligereza de un animal en sus movimientos. Había crecido, y no
era un niño bonito. Pedro Alfonso era todo un hombre apasionado, y todavía
la miraba como la pequeña compañera de juegos de Carolina. Cuando sus
miradas se cruzaron, no hubo ningún reconocimiento, ninguna
apreciación. Sólo una amistad distante que proporcionó alguien de su
pasado.
Bueno, ella estaba condenada si dejaba que su lengua se arrellanara fuera
de su boca, sólo porque era atractivo. Su personalidad todavía apestaba.
La gran A para Aburrido. La gran S para Sordo. La gran…
Empujó el pensamiento fuera de su mente.
Paula odiaba el hecho de que su presencia la hiciera sentir nerviosa y un poco mareada. Hace una semana que había lanzado un hechizo de amor, y
la Madre Tierra la había escuchado. Ella tenía su dinero y podría salvar la casa de su familia. ¿Pero qué demonios había pasado con su lista?
El hombre ante ella golpeó todo en lo que creía. Esto no era un matrimonio por amor. No, esto era un negocio, puro y simple, y muy frío.
Mientras el recuerdo de su primer beso se arrastraba desde el escondrijo de su mente, apostaba que él se había olvidado por completo del momento.
La humillación se meneaba a través de sí. No más. ¿En realidad, la Madre Tierra no podría permitir el requisito número uno en su lista? Tomó una
profunda respiración y habló:
—Una cosa más.
—¿Sí? —peguntó.
—¿Ves beisbol?
—Por supuesto.
Su estómago inclinado en tensión.
—¿Tienes un equipo favorito?
Sonrió. Literalmente sonrió.
—Sólo hay un equipo de Nueva York.
Paula luchó más allá de las náuseas y preguntó:
—¿Cuál?
—Los Yankees, por supuesto. Es el único equipo que gana. Ese es el único equipo que importa.
Ella respiró hondo e infló el vientre. Había aprendido en clase de yoga. ¿Se podría casar con un fan de los Yankees? ¿Podía renunciar a todas sus costumbres y ética? ¿Podría soportar estar casada con un hombre que
pensaba que Dios y la monogamia era algo femenino?
—¿Paula? ¿Estás bien?
Lo silenció con una mano y pasó, buscando desesperadamente por respuestas. Si ella se fuera ahora, no habría otra opción que vender la casa. ¿Podría vivir con ella misma, sabiendo que era tan egoísta cómo para
hacer un sacrificio por su familia? ¿Tenía una opción?
—¿Paula?
Giró sobre su talón. La impaciencia tallada en las líneas de su rostro. Este hombre no tiene tolerancia con los arrebatos emocionales. Tan caliente
como se veía, sería un gran dolor en el culo, tal como había ido creciendo.
Probablemente el programaba sus días por minuto. Probablemente no
sabía lo que significaba la palabra impulsivo. ¿Podrían vivir en la misma casa un año? ¿Se rasgarían en partes el uno al otro antes de que los 365 días pasaran? ¿Y si los Yankees llegaban a la Serie Mundial este año?
Tendría que lidiar con su pésima arrogancia y sonrisas condescendientes.
Oh, Dios…
Cruzó los brazos en frente de su pecho.
—No me digas, eres fan de los Mets.
Se estremeció al oír su tono.
—Me niego a hablar de beisbol contigo. No podrás usar nada de los Yankees cuando estés conmigo. ¿Entiendes?
—No te preocupes, que me la pondré cuando no andes cerca.
El silencio se estableció en el cuarto. Se arriesgó a mirar en su dirección.
La miró, como si de su cabello hubieran brotado las serpientes de
Medusa.
—¿Estás bromeando?
Tocó su cabeza con tentativa.
—No.
—¿Ni siquiera estoy autorizado a usar mi gorra de los Yankees?
—Así es.
—Estás demente —dijo.
—Palos y piedras . Dime ahora, antes de perder más tiempo.
Entonces hizo algo que ella no había visto desde que el matón del barrio se cayó de su bicicleta y estalló en tontas lágrimas femeninas.Pedro Alfonso rió. No era un atisbo de diversión, o una sonrisa alrededor de sus labios. Esta fue una no-tiene carcajada, profunda y masculino. El
sonido llenó la habitación y bombeó con vitalidad. Paula luchó con su propia sonrisa, sobre todo porque su humor iba dirigido a ella.
Demonios, se veía bien cuando bajaba su altanería.
Finalmente se sosegó, parecía sobre pensar la opción, y establecer una
solución.
—No usaré nada de los Yankees, pero lo mismo se aplica a ti. Nada de la basura de los Mets. Ni siquiera los quiero ver en una taza de café o en un llavero en mi casa. ¿Los tienes?
Estaba a punto de explotar con enojo. De alguna manera, el trato había sido en torno a ella.
—Discrepo. No ganamos un Serie desde 1986, así que puedes llegar usar el mío. Consigues suficiente gloria, no necesitas más.
La esquina de su labio con un tic.
—Lindo trato, pero no soy uno de los Twinkies con los que estas acostumbrada a salir. No Yankees, no Mets. Tómalo o déjalo.
—No salgo con Twinkies.
Encogió los hombros.
—No te preocupes.
Ella saltaba de un pie a otro y apenas consiguió mantener sus manos rizándolas en sus puños. Estaban tan condenadamente separados. ¿Cómo pudo parecer tan sabroso? Sin embargo, recuerden que la manzana
envenenada de Blancanieves fue ofrecida.
—Bueno, ¿quieres dormir en esto o lo que sea que hacen las mujeres cuando no pueden tomar una decisión?
Ella mordió su labio, fuerte, y forzó a las palabras a salir.
—Bien, tienes un trato.
—¿Algo más?
—Supongo que lo cubre.
—No exactamente. —Hizo una pausa, como si estuviera a punto de abordar un tema muy delicado. Paula juró que mantendría la calma, no importa lo que diga. Dos podían jugar este juego. Sería una reina del hielo,
incluso si verbalmente la torturaba. Tomó una respiración y se deslizó en
su silla, luego cogió su copa de café para tomar el preparado.
Él juntó sus dedos y tomó una respiración.
—Quiero hablar contigo acerca de sexo.
—¿Sexo? —la palabra cayó de sus labios y se disparó en el aire como un balazo. Parpadeó, pero se negó a mostrar un cambio en su expresión.
Saltó de su asiento y cambió de lugar, mientras se paseaba por la alfombra color vino de lujo.
—Ya veo, necesitamos ser extremadamente discretos con, uh, nuestras actividades extra curriculares.
—¿Discretos?
—Sí. Trato con algunos clientes de alta gama, y tengo una reputación que proteger. Por no hablar que los términos del trato se romperían si nuestro matrimonio se viese cuestionado. Creo que es mejor si accedes a
permanecer célibe por un año. Es posible, ¿qué piensas?
—O un montón de no-hacer.
Él dio una, obvia, risa fingida y se preguntó si ella cogió un brillo sudoroso en su frente o era sólo un efecto de la luz. Dejó de caminar y la observó casi con cautela. De repente, el verdadero significado de sus palabras cayó
como fuego en su cerebro y el pararrayos del conocimiento chisporroteó.
Pedro quiere que sea su esposa perfecta, que incluya una casta cama de matrimonio bajo su astucia.
Pero él no mencionó su propio celibato. Carolina tenía derramados todos los detalles sobre Gabriella, así que ella sabía que él estuvo involucrado en
una relación. Paula todavía no entendía porque no quería casarse con su novia, pero su elección no era para que ella la juzgara. Lo único que importaba era el chauvinista, el cerdo macho ante ella y su deseo de poner todo el asunto fuera.
Casi Se sacudió enojada, pero mantuvo su rostro sereno. Pedro Alfonso quería llegar a acuerdos. Bien. Porque cuando ella cruzó esa puerta, Pedro habría
firmado el acuerdo de su vida.
Ella sonrió.
—Entiendo.
Su cara prácticamente se iluminó.
—¿Lo haces?
—Por supuesto. Si el matrimonio se supone que sea real, ¿cómo luciría encontrarle a tu esposa el rumor de una aventura tan pronto después de la boda?
—Exactamente.
—Y no deberías de tener que lidiar con las preguntas humillantes cuestionando tu hombría. Si tu esposa está durmiendo con otros, es obvio cual es el problema. Ella no estaba obteniendo nada bueno en casa.
Él cambió su peso. Asintió a medias.
—Eso creo.
—Entonces, ¿qué hay de Gabriella?
Él se echó hacia atrás con sorpresa.
—¿Cómo supiste sobre ella?
—Carolina.
—No te preocupes por Gabriella. Me haré cargo de ella.
—¿Estás durmiendo con ella?
Él se estremeció, luego trató de pretender que no le importaba.
—¿Eso importa?
Ella levantó las manos a la defensiva.
—Quiero aclarar el asunto del sexo. Al menos he llenado el punto número uno y el dos. Estoy segura como el infierno que no te amo, y no nos sentimos atraídos hacia el otro. Tú estás diciendo que si quiero tener una noche jovial, no puedo hacerlo. Entonces, ¿Cuáles son las reglas para ti?
Paula frunció sus labios y se preguntó cómo el hombre intentaría salirse de su tumba recién cavada.


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