domingo, 25 de mayo de 2014

Capitulo 4

Su fuerte atracción le irritaba. Paula no era
su tipo. Ella tenía demasiadas curvas, era demasiado directa, era demasiado... real. Le gustaba saber que estaba a salvo de cualquier arrebato emocional, si algo no iba a su manera. Incluso cuando Gabby se molestó, siempre se manejaba con moderación. Paula le daba un miedo
terrorífico. Algo en sus entrañas le susurró que no sería fácil de manejar.
Ella habló y expuso sus emociones sin pensar. Tales reacciones causaban peligro, caos y desorden. Las últimas cosas que necesitaba en un
matrimonio.
Aunque…
Él confiaba en ella. Esos ojos zafiro transmitían determinación y justicia.
Su promesa significaba algo. Después de un año, sabía que ella se alejaría sin mirar atrás o con deseo de más dinero. La balanza se inclinaba a su favor.
Una uña rojo cereza golpeteaba el borde de la página en un ritmo tranquilo. Ella levantó la mirada. Pedro se preguntó por qué su piel tomó un tono tan pálido cuando se veía tan ruborizada y saludable hace un momento.
—¿Tienes una lista de requisitos? —lo dijo como si lo estuviera acusando de un crimen capital en lugar de hacer una lista de bienes y compromisos.
Se aclaró la garganta.
—Sólo un par de cualidades que me gustaría que mi esposa tuviera. —Ella abrió su boca para hablar pero las palabras no salieron. Parecía luchar para dejarlas salir.
—¿Quieres una ama de casa, una huérfana y un robot todo en uno? ¿Eso es justo?
Tomó una respiración profunda.
—Estás exagerando. Sólo porque me gustaría casarme con alguien con gracia y sentido del negocio, no quiere decir que sea un monstruo.
Ella soltó un bufido muy poco femenino.
—Quieres una esposa sumisa sin sexo. ¿No has aprendido nada sobre las mujeres desde que tenías catorce?
—Aprendí bastante. Por eso es que el tío Earl tuvo que forzarme en una institución que favorece a las mujeres en primer lugar.
Ella contuvo el aliento.
—¡Los hombres consiguen mucho con el matrimonio!
—¿Cómo qué?
—Sexo estable y compañerismo.
—Después de seis meses los dolores de cabeza empiezan y se enfadan unos a otros hasta las lágrimas.
—Alguien con quien envejecer.
—Los hombres nunca quieren envejecer. Por eso es que se mantienen persiguiendo a mujeres más jóvenes.
Su boca cayó abierta. La cerró con un rápido chasquido.
—Niños… una familia… alguien que te amará en la salud y en enfermedad.
—Alguien que gasta todo tu dinero y te regaña cada noche y es una perra sobre limpiar tu desorden.
—Estás enfermo.
—Estás engañada.
Sacudió su cabeza, haciendo que sus sedosos rizos negros cayeran
alrededor de su cara, luego se asentaron lentamente. El sonrojo estaba de vuelta en su piel.
—Dios, tus padres realmente te arruinaron —murmuró.
—Gracias, Freud3.
—¿Y qué si no encajo en todos estas categorías?
—Trabajaremos en eso.
Sus ojos se estrecharon y se mordió el labio inferior. Pedro recordó la primera vez que la había besado, cuando tenía dieciséis años. Como su boca se había presionado contra la de ella, sentirla estremecerse. Sus dedos acariciando suavemente la piel desnuda de sus hombros. El aroma
fresco y limpio de las flores y el jabón. Después, sus facciones brillaban con inocencia, belleza y pureza. Esperando la parte del felices por siempre.
Entonces ella le sonrió y le dijo que lo amaba. Que quería casarse con él.
Debió haberle dado algunas palmaditas en la cabeza, decir algo lindo y seguir con su camino. En cambio, su comentario sobre el matrimonio había sido dulce y tentador de una manera que había asustado a la mierda de él. Incluso a los dieciséis, Pedro sabía que las relaciones que podían ser
siempre hermosas, todas tarde o temprano se volvían horribles. Se había reído, la había llamado un bebé, y la había dejado sola en el bosque. La vulnerabilidad y el dolor en su rostro habían roto su corazón, pero él tuvo
que retener la emoción.
Mientras más pronto aprendiera, mejor.
Pedro se había asegurado que ese día ambos aprendieran duras lecciones.
Alejó ese recuerdo y se concentró en el presente.
—¿Por qué no me dices que buscas en este matrimonio?
—Ciento cincuenta mil dólares. Efectivo. Al frente y no al final del año.
Se inclinó más cerca de ella, intrigado.
—Demonios, es mucho dinero. ¿Deudas de juego?
Una pared invisible se estrelló entre ellos.
—No.
—¿Compras?
La ira se encendió en sus ojos.
—No es de tu incumbencia. Parte del trato es que no me hagas preguntas de dinero o cómo pretendo usarlo.
—Hmmm, ¿algo más?
—¿Dónde viviremos?
—En mi casa.
—No voy a renunciar a mi departamento. Pagaré la renta  normalmente.
La sorpresa se disparó a través de él.
—Como mi esposa, necesitaras un guardarropa apropiado. Recibirás un subsidio y tendrás acceso a mi comprador personal.
—Usaré lo que quiera, cuando quiera y lo pagaré a mi maldita manera.
Luchó contra una sonrisa. Casi disfrutaba la pelea de mentes, al igual que como lo hacía en los viejos tiempos.
—Vas a ser la anfitriona de mis socios de negocios. Tengo un gran asunto en línea, así que tendrás que llevarte bien con las otras esposas.
—Puedo manejar mantener mis codos fuera de la mesa y reírme de sus estúpidas bromas. Pero necesito ser libre para llevar mi propio negocio y disfrutar de mi propia vida social.
—Por supuesto. Espero que puedas llevar tu estilo de vida individual.
—¿Mientras no te avergüence?
—Exactamente.
Golpeteó su pie al ritmo de sus uñas.
—Tengo algunos problemas con esta lista.
—Soy una persona flexible.
—Soy muy cercana a mi familia y ellos necesitan una buena razón para creer que me estoy casando de repente.
—Sólo diles que nos encontramos después de todos estos años y decidimos casarnos.
Paula puso los ojos en blanco.
—No tienen permitido saber sobre este acuerdo, así que tienen que creer que estamos locamente enamorados. Tienes que venir a la cena para que así podamos hacer el anuncio. Y necesita ser convincente.
Él recordó que su padre los había dejado por la botella y los había abandonado a ella y a su familia.
—¿Todavía hablas con tu padre?
—Sí.
—Solías odiarlo.
—Solía odiarlo. Hizo las paces. Decidí perdonarlo. Como sea, mi hermano, mi cuñada, mi sobrina y los gemelos todos viven con mis padres. Harán un millón de preguntas y tendrás que ser convincente.
Frunció el ceño.
—No me gustan las complicaciones.
—Mala suerte. Es parte del trato.
Pedro pensó que le daría esa pequeña victoria.
—Bien. ¿Algo más?
—Sí. Tendré una boda real.
Sus ojos se estrecharon.
—Estaba pensando en un juez de paz.
—Yo estaba pensando en un vestido blanco en el exterior acompañada de mi familia y con Caro como mi dama de honor.
—No me gustan las bodas.
—Ya los has dicho. Mi familia jamás creerá que me fugué. Tenemos que hacer esto por ellos.
—Me estoy casando contigo por razones de negocios, Paula. No por tu familia.
Su mentón se elevó. Hizo una nota mental del gesto. Parecía una advertencia antes de que ella cargara en batalla.
—Créeme, tampoco estoy feliz sobre esto, pero tenemos que interpretar el papel si la gente va a pensar que esto es real.
Sus facciones se tensaron, pero se las arregló para asentir.
—Bien. —Su voz goteaba sarcasmo—. ¿Algo más?
Se veía un poco nerviosa y le dio un vistazo, entonces se levantó de la silla y empezó a caminar por la habitación. Su enfoque cambio a su parte posterior, balanceándose adelante y atrás, y su cremallera se tensó con incomodidad.
Su último fugaz pensamiento racional deshizo su visión. Corta tus pérdidas aquí y ahora y camina hacia la puerta. Esta mujer va a voltear tu vida patas arriba, en diagonal y hacia los lados, y siempre has odiado la casa de la risa.
Pedro luchó contra el aumento repentino de miedo y esperó su respuesta.


viernes, 23 de mayo de 2014

Capitulo 3

Pedro miró a su alrededor, satisfecho con el resultado. Su sala de conferencias privada proporcionaba un buen ambiente de negocios, y el ramo de flores frescas que su secretaria había colocado en el centro de la mesa ofrecía un toque personal contra la alfombra de felpa de
color vino, el brillo de la rica madera de cerezo, y las sillas de cuero de
color mantequilla. Los contratos se colocaron ordenadamente, junto a una
bandeja de plata elegante llena de té, café, y una variedad de pasteles.
Formal pero amistoso, que reflejaba el tono de su matrimonio.
Pasó por alto el pinchazo profundo de su estómago cuando pensaba en encontrarse con Paula Chaves otra vez. Se preguntó cómo se había criado. Las historias que su hermana compartió con él pintaron un cuadro
de una imprudente e impulsiva mujer. Al principio se resistió a la sugerencia de Carolina; Paula no encajaba en la imagen que necesitaba.
Recuerdos de una niña con coletas, obstinada y de espíritu libre atormentaban sus pensamientos, a pesar de que sabía que era dueña de una respetable librería. Todavía pensaba en ella como compañera de juegos de Carolina, aunque él no la había visto en años. Pero el tiempo se estaba acabando.
Ellos compartieron un pasado lejano, y sintió que se podía confiar en Paula. Ella no se ajustaba a su idea de la esposa perfecta, pero necesitaba el dinero. Rápido. Carolina permaneció en silencio respecto a la razón, pero
pintaba a Paula como desesperada. Se sentía cómodo con la necesidad de dinero en efectivo: era blanco y negro. No gris. Sin ideas de intimidad entre ellos. Una transacción comercial formal entre viejos amigos.Pedro podría
vivir con eso.
Alargó la mano hacia el intercomunicador para llamar a su secretaria, pero al mismo tiempo que lo hizo la pesada puerta se abrió sin problemas se cerró con un sólido clic. Se dio la vuelta.
Unos profundos ojos azules lo miraban directamente con un poco de vacilación y con una claridad que le dijo que esta mujer perdería cualquier juego de póquer, ella era brutalmente honesta y sin voluntad de farol.
Reconoció su mirada lo suficientemente bien, pero la edad había cambiado los colores a una inquietante mezcla de color aguamarina y zafiro. Le vino a la mente imágenes de las profundidades del Mar Caribe en busca de sus
misterios. Un cuadro del paraguas de Sinatra en el cielo se extendía muy
lejos y un estirado hombre no podía encontrar el principio o al final.
Sus ojos se dirigieron a su cabello de color negro como la tinta, que consistía en tirabuzones que caían de sus hombros y enmarcaba su rostro con una naturaleza salvaje que parecía incapaz de domar. Los pómulos altos desataban en una boca enorme. Solía preguntarle si le había picado
una abeja, para a continuación reírse a carcajada limpia. La broma era para él. Calientes fantasías masculinas fueron construidas alrededor de una boca como la de ella, y no tenía nada que ver con las abejas. Sólo la miel. Preferiblemente miel caliente y pegajosa que se vertía sobre los labios gruesos y poco a poco pasaban por fuera de la lengua.
¡Ah, mierda!
Se resignó y terminó su inspección. Recordó torturarla cuando se enteró de que tenía que usar un sostén. Le había estado torturando por su descubrimiento desde el principio, y había usado la información de forma
inteligente en su contra. Ahora ya no era gracioso. Sus pechos eran tan exuberantes como su boca, y coincidían con la curva de sus caderas. Era alta, casi tan alto como él, y este paquete de tentación femenina vino, todo ello envuelto en un vestido rojo fuego que hacía hincapié en el escote,
pegado por encima de sus caderas, hasta llegar al suelo. Las uñas de sus pies de color escarlata se asomaban a través de unas brillantes sandalias rojas. Ella permaneció inmóvil en la puerta de entrada, como si le permitiera deleitarse hasta hartarse antes de que ella se decidiera a hablar.
Sintiéndose algo escalonado, Pedro peleó más allá de su desconcierto y se
basó en la profesionalidad de ocultar su reacción. Paula Chaves había crecido muy bien. Un poco demasiado bien para su gusto.
Pero no hubo necesidad de hacérselo saber.
Le ofreció la misma sonrisa neutra que ofrecía a cualquier socio de
negocios.
—Hola,Paula. Ha pasado mucho tiempo.
Ella le devolvió la sonrisa, pero no llegaba a sus ojos. Movió sus pies y cerró sus manos.
—Hola, Pedro. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Por favor, siéntate. ¿Puedo servirte algo de café? ¿Té?
—Café, por favor.
—¿Con leche? ¿Azúcar?
—Leche. Gracias. —Ella se deslizó con gracia en la silla acolchada, se giró
hacia el escritorio y cruzó las piernas. Su vestido rojo se subió un poco y le
dio a él un vistazo de la piel oliva, suave y en forma.
Se concentró en el café.
—¿Napoleón? ¿Buñuelos de manzana? Son de la panadería en la calle.
—No, gracias.
—¿Seguro?
—Sí. Nunca sería capaz de comer sólo uno. He aprendido a no tentarme.
La palabra tentación salía de sus labios, en una baja y ronca voz que acarició sus oídos. Sus pantalones se apretaron en una muesca y se dio cuenta de su voz acarició otros lugares. Completamente desconcertado por su reacción hacia una mujer con la que no quería ningún contacto físico
se centró en la preparación de su café y se sentó frente a ella.
Ellos se estudiaron el uno al otro por unos momentos y se alargó el silencio. Ella se tocó la delicada pulsera de oro que rodeaba su muñeca.
—Siento lo de tu tío Earl.
—Gracias. ¿Te informó Carolina sobre los detalles?
—Todo esto parece una locura.
—Lo es. El tío Earl cree en la familia, y antes de su muerte estaba convencido de que nunca iba a sentar la cabeza. Por lo tanto, decidió que un fuerte impulso sería por mi propio bien.
—¿No crees en el matrimonio?
Se encogió de hombros.
—El matrimonio no es necesario. El sueño de “para siempre”, es un cuento de hadas. Los caballeros de brillante armadura y la monogamia no existen.
Ella se echó hacia atrás por la sorpresa.
—¿No crees en hacer un compromiso con otra persona?
—Los compromisos son de corta duración. Claro, la gente lo dice en serio cuando se confiesan el amor y la devoción, pero el tiempo erosiona todo lo bueno y deja lo malo. ¿Conoces a alguien que esté felizmente casado?
Ella abrió los labios, y luego quedó en silencio.
—¿Además de mis padres? Supongo que no. Pero eso no significa que no hay parejas felices.
—Tal vez—. Su tono contradijo su acuerdo parcial.
—Supongo que hay un montón de cosas en las que no estamos de acuerdo—dijo, y se movió en su asiento y volvió a cruzar las piernas—. Vamos a
necesitar algo de tiempo junto para ver si esto va a funcionar.
—No tenemos tiempo. La boda tiene que tener lugar a finales de la próxima
semana. No importa si nos llevamos bien. Esto es estrictamente un acuerdo de negocios.
Ella entrecerró los ojos.
—Veo que eres el mismo matón prepotente que me molestaba por el tamaño de mis pechos. Algunas cosas no cambian.
Centró su atención en la caída de su vestido.
—Supongo que tienes razón. Algunas cosas siguen siendo las mismas.Otras mantienen en expansión.
Se quedó sin aliento pero ella lo sorprendió cuando sonrió.
—Y otras cosas siguen siendo pequeñas. —Su mirada resuelta señaló
directamente en el bulto en el centro de sus pantalones.
Pedro casi escupió el café pero se las arregló para bajar la taza con
tranquila dignidad. Una oleada de calor golpeó el estómago al recordar el día en la piscina cuando eran niños.
Él había estado tomándole el pelo sin piedad a Paula sobre los cambios en su cuerpo cuando Carolina se coló detrás de él y le bajó el bañador.
Expuesto en todos los sentidos de la palabra, se alejó y fingió que todo el episodio no le molestaba. Pero la memoria seguía estando catalogada como
el momento más embarazoso.
Hizo una seña a los papeles que tenía delante.
—Carolina me dijo que necesitabas una cantidad específica de dinero. Esto sigue siendo un negocio.
Una extraña expresión cruzó su rostro. Apretó sus rasgos, y luego dijo:
—¿Es este el contrato?
Asintió con la cabeza.
—Sé que necesitas a tu abogado para que lo examine.
—No hay necesidad. Un amigo mío es abogado. Aprendí lo suficiente, ya que le ayudé a estudiar para el examen. ¿Puedo verlo?
Deslizó los papeles sobre la madera pulida. Ella buscó en su bolso un par de pequeñas y negras gafas de lectura y las empujó hasta el puente de su
nariz. Pasaron los minutos mientras estudiaba en el contrato. Aprovechó la oportunidad para estudiarla. 


Capitulo 2

Pedro Alfonso tenía una fortuna en sus manos.
Pero para conseguir lo que él quería, necesitaba una esposa.
Pedro cree en muchas cosas. Trabajar duro para lograr un objetivo.
Controlar la ira y recurrir a la razón cuando un momento se convierte en una confrontación. Y crear edificios. Edificios que sean sólidos y bellos
estéticamente. Ángulos suaves y líneas afiladas mezclándose juntas. Los ladrillos y el hormigón y el vidrio que acredite la solidez que la gente anhela en su vida ordinaria. Ese breve momento maravilloso cuando una
persona mira a la creación final por primera vez. Todas estas cosas tenía sentido para él.
Pedro no cree en el amor eterno, el matrimonio y la familia. Estas cosas no tenían sentido, y él había decidido no incorporar este tipo de temas
sociales en su vida. Por desgracia, el tío Earl había cambiado las reglas.
Pedro tenía el intestino al revés, y su enfermo sentido del humor casi le causó que se le escapara de sus labios una risa. Se levantó de su silla de cuero y se quitó la chaqueta azul marino, corbata de seda a rayas y su
camisa blanca como la nieve. Giró su muñeca para desabrochar su cinturón, y rápidamente se cambió en un par de pantalones deportivos
grises y camiseta a juego. Metió los pies en sus deportivas Nike Air y entró al gimnasio particular en el interior de su oficina, que había llenado con
prototipos, bocetos, fotos inspiradoras, una cinta andadora, algunas
pesas, y un bar bien surtido. Pulsó el botón del mando a distancia para el
reproductor de MP3. El son de La Traviata llenó la sala y le aclaró la cabeza.
Se dio la vuelta en la cinta andadora y trató de no pensar en fumar.
Incluso después de cinco años, cuando la tensión aumentaba, anhelaba un cigarrillo. Molesto por su debilidad cuando el impulso le llegaba, lo eliminaba. Correr le calmaba, sobre todo en su entorno perfectamente
controlado. No había voces que interrumpieran su concentración, ni una
luz solar abrasadora, sin piedras o gravas que obstaculizaran su camino.
Se puso el panel y comenzó la paz constante que lo llevaría hacia una solución.
A pesar de que entendía las intenciones de su tío, el sentimiento de traición lentamente carcomía su paz. Al final, uno de los miembros de la familia que amaba sólo lo había usado como un peón.
Pedro sacudió su cabeza. Debería haber visto esto venir. El tío Earl había pasado sus últimos meses escupiendo la importancia de la familia, y había pensado que la respuesta de Pedro era desalentadora. Pedro se preguntaba por qué su tío estaba sorprendido. Después de todo, su familia debería
haber sido un anuncio por el control de natalidad.
Mientras Pedro paseaba dentro y fuera de relaciones, una cosa se hizo clara: todas las mujeres querían un matrimonio, y matrimonio significaba
enredo. Peleas sobre emociones. Niños separándolos a las peleas, queriendo más atención, necesitando más espacio, hasta que al final terminaban como cualquier otra pareja. Divorcio. Con niños como casualidades.
No, gracias.
Él aumentó la inclinación y ajustó la velocidad mientras sus pensamientos giraban. El tío Earl permaneció tercamente optimista hasta el amargo final
en que una mujer salvara la vida de su sobrino. El ataque cardíaco golpeó
fuerte y rápido. Cuando los abogados finalmente descendieron como un
paquete de buitres ante el aroma del dinero sangriento, Pedro pensó que el aspecto legal sería simple. Su hermana, Carolina, había dejado muy claro
que no quería tener nada que ver con el negocio. El tío Earl no tenía más parientes. Así que, por primera vez, Pedro creía en la buena fortuna.
Finalmente, tendría algo propio.
Hasta que los abogados leyeron el testamento.
Luego se dio cuenta de que la broma era sobre él.
Heredaría la mayor parte de Dreamscape tan pronto como se casara. El matrimonio debía durar un año, con cualquier mujer que eligiera, y un
acuerdo prenupcial era aceptable. Si Pedro decidía no cumplir los deseos de su tío, perdería el 51%; el balance sería repartido entre los miembros y
Pedro no sería más que un figurín. En lugar de crear edificios, estaría atrapado en reuniones y políticas corporativas, exactamente lo que no
quería hacer con su vida.
Y el tío Earl lo había sabido.
Así que ahora Pedro debía encontrar una esposa.
Tocó el interruptor y se inclinó más abajo. Bajó el ritmo y calmó su respiración. Con precisión metódica, su mente cortó a través del vacío
emocional y escaneó las posibilidades. Salió del camino, tomó una botella fría de Evian del mini bar y caminó a su silla. Tomó un trago del frío, limpio líquido y puso la botella sudorosa en su escritorio. Esperó unos
momentos a reunir sus pensamientos. Luego agarró la pluma dorada y la hizo girar entre sus dedos.
Escribió las palabras, cada letra hundida en su propio ataúd personal.
Encontrar una esposa.

No gastaría más tiempo quejándose de la injusticia. Pedro decidió hacer una lista clara de los atributos que necesitaría su mujer, y luego ver si podía pensar en alguna candidata apropiada.
Inmediatamente, una imagen de Gabriella apareció, pero aplastó el pensamiento. La impresionante supermodelo con la que había salido recientemente era perfecta para funciones sociales y sexo genial, pero no
para matrimonio. Gabriella era una aguda conversadora, y disfrutaba su compañía, pero temía que ya se estuviera enamorando de él. Ella le había insinuado su deseo de tener hijos, lo que era un rompe tratos. No importa
cómo edificara las reglas del matrimonio, la emoción lo arruinaría. Ella se había vuelto celosa y demandante, como cualquier esposa normal. Ningún prenupcial le haría frente a su avaricia cuando se sintiera traicionada.
Tomó otro sorbo de agua y pasó su pulgar en círculos por la superficie rugosa de la tapa de la botella. Había leído una vez que si una persona hacía una lista de las cualidades que admiraba en una mujer, ella aparecía. Pedro  frunció el ceño ante pensamiento. Estaba casi seguro de
que la teoría tenía algo que ver con el universo. Recibir lo que das al cosmos. Alguna mierda metafísica en la que no creía.
Pero hoy estaba desesperado.
Puso la lapicera en el borde izquierdo de la página y escribió su lista.
Una mujer que no me ame.
Una mujer con la que no desee acostarme.
Una mujer que no tenga una familia grande.
Una mujer que no tenga animales.
Una mujer que no quiera tener hijos.
Una mujer que tenga una carrera independiente.
Una mujer que viera la relación como un asunto de negocios.
Una mujer que no sea demasiado emocional o impulsiva.
Una mujer en la que pueda confiar.
Pedro releyó el resumen. Sabía que alguna de las cualidades era demasiado optimistas, pero si la teoría del universo funcionaba, bien podría escribir
todo lo que deseaba. Necesitaba una mujer que viera la relación como una
oportunidad de negocios. Quizás alguien que deseara el gran pago.
Pretendía ofrecer grandes beneficios, pero quería el matrimonio sólo en nombre. Que no haya sexo implica que no haya celos. Que no haya
mujeres emocionales implica que no haya amor.
Que no haya líos implica un matrimonio perfecto.
Pensó en cada mujer con la que había salido en el pasado, cada amiga con la que había intercambiado palabras, cada asociada de negocios con la que
hubiera almorzado.
No se le ocurrió nadie.
La frustración se balanceaba al borde de sus nervios. Era un hombre de
treinta años, razonable, atractivo, inteligente, y financieramente seguro. Y
no podía pensar ni en una mujer decente con la que casarse.
Tenía una semana para encontrar a su esposa.
Su teléfono sonó. Pedro contestó.
—Alfonso.
—Pedro, soy yo, Carolina. —Se pausó—. ¿Ya encontraste una esposa?
Una risa estranguló sus labios. Su hermana era la única mujer en el
mundo que lograba hacerlo reír de vez en cuando. Incluso si era a
expensas suyas.
—Estoy trabajando en eso.
—Creo que la encontré.
Su corazón se aceleró.
—¿Quién es?
Otra pausa.
—Tendría que ver sus términos, pero no creo que sean un problema. Ten la mente abierta. Sé que no es tu fuerte. Pero puedes confiar en ella.
Chequeó el último ítem en su lista. Un sonido extraño llenó sus oídos como advertencia a oír las siguientes palabras de su hermana.
—¿Quién es, Caro?
El silencio cayó en la línea por un momento.
—Paula.
La habitación se llenó de una niebla mareante ante el nombre familiar de su pasado. Su único pensamiento flasheó como un mantra en neón vívido, una y otra vez.
De ningún maldito modo.



Capitulo 1

Ella necesitaba un hombre.
Preferiblemente uno con $150,000 de sobra.
Paula Chaves se quedó en la pequeña fogata hecha
en casa, en medio del piso de su sala y se preguntó si había
perdido oficialmente su mente. El pedazo de papel en su mano contenía
todas las cualidades que ella deseaba que su alma gemela poseyera.
Lealtad. Inteligencia. Humor. Un fuerte sentido de la familia y amor por los animales. Un buen ingreso.
Más de sus ingredientes estaban cocinándose todavía. Un pelo de un miembro varón de la familia, su hermano todavía estaba enojado. Una mezcla de hierbas perfumadas, probablemente para darle un lado tierno. Y un pequeño palo para… bueno, esperaba que eso no quisiera decir lo que
temía. Con una profunda respiración, tiró la lista dentro del cubo plateado y lo observó quemarse. Se sentía como una idiota, creando un hechizo de amor, pero no le habían dejado opciones y tenía poco que perder. Cómo la
propietaria de una ecléctica librería en una moderna ciudad universitaria al norte de Nueva York, pensó que se le permitía algunos caprichos. Al igual que el envío de una oración a la Madre Tierra para el hombre
perfecto.
Paula se acercó y cogió el extintor de incendios, cuando las llamas se elevaron. El humo se levantó y le recordó a la masa de pizza quemada en parte inferior de su horno tostador. Arrugó la nariz, tiró el aerosol en el
centro de la alfombra, se fue a buscar vino tinto para celebrar.
Su mamá tendría que vender Tara.
Su casa familiar.
Paula agarró una botella de Cabernet Sauvignon y pensó sobre su dilema. Su librería estaba hipotecada al puño. La expansión del café tomaría cuidado planearla, y estos no eran diez centavos para cambio. Inspeccionó el desván del apartamento Victoriano y fácilmente calculó que estos no
estaban en venta. Ni siquiera en eBay.
Tenía veintisiete y probablemente podría vivir con estilo en un condominio, vestir ropas de diseñador y tener una cita cada fin de semana. En vez de eso, recogía perros abandonados y llevaba a un refugio local y compró
elegantes bufandas para actualizar sus conjuntos. Ella creía en vivir en la luz de sol, estar abierta a las posibilidades, y seguir su corazón.
Desafortunadamente, ninguna de esas características podría salvar la casa de su madre.
Tomó un sorbo del vino rojo rubí y reconoció que no quedaba nada que hacer. Nadie tenía dinero suficiente, y en esta ocasión, cuando el recaudador de impuestos viniera, no habría un final feliz. Ella no era Scarlett O’Hara. Y Paula no creía que hacer un hechizo de amor, como su
último recurso, para atraer al hombre perfecto pudiera ayudar.
El timbre de la puerta sonó.
Su boca se abrió de golpe. Dios mío, ¿era él? Miró a sus sucios pantalones deportivos y su camisa recortada y se preguntó si tenía tiempo de
cambiarse. Se levantó para hurgar en el armario, pero el timbre sonó otra vez, entonces se acercó, tomó una respiración profunda, y agarró el pomo.
—Ya era tiempo de que abrieras la puerta.
Sus esperanzas se desplomaron. Paula vio a su mejor amiga, Carolina Alfonso,
y frunció el ceño.
—Se suponía que fueras un hombre.
Carolina bufó y entró. Sacudió una mano en el aire, destellando uñas color rojo cereza, y se dejo caer en el sofá.
—Sí, sigue soñando. Asustaste a tu última cita, entonces no te arreglaré otra vez. ¿Qué pasó aquí?
—¿Qué quieres decir con que lo asusté? Creí que él iba a atacarme.
Caro levantó una ceja.
—Él se inclinó para darte un beso de despedida. Te tropezaste y caíste sobre tu trasero, y él se sintió como un idiota. Las personas se besan después de una cita, Pau. Es algo ritual.
Paula tiró la basura restante en una bolsa y recogió la cubeta.
—Él había comido toneladas de ajo en la cena y no lo quería cerca de mí.



Caro agarró la copa de vino y tomó un buen trago. Extendió sus largas piernas en el sillón de cuero negro y enganchó sus botas de tacón en el borde de la maltratada mesa.
—Recuérdame otra vez ¿Por qué no has tenido sexo en la última década?
—Bruja.
—Célibe.
Paula se rindió y se rió.
—Está bien, tú ganas. ¿Por qué me estás honrando con tu presencia un sábado en la noche? Te ves bien.
—Gracias. Voy a ir con alguien por unos tragos a las once. ¿Quieres venir?
—¿A tu cita?
Carolina hizo una cara y acabó con el resto de la copa.
—Tú serás mejor compañía. Él es aburrido.
—¿Por qué vas a salir con él?
—Él luce bien.
Paula se dejó caer junto a ella en el sofá y sonrió.
—Desearía poder ser como tú, Caro. ¿Por qué tengo tantas inhibiciones?
—¿Por qué no tengo ninguna? —Los labios de Caro se torcieron con humor de la desaprobación propia, luego apuntó a la cubeta—. Entonces,
¿Cuál es el propósito del fuego?
Paula suspiró.
—Estaba creando un hechizo de amor. Para, uh… conseguir un hombre.
Su amiga echó la cabeza para atrás y rió.
—Está bien. ¿Qué tiene eso que ver con la cubeta?
Las mejillas de Paula flamearon. Ella jamás había llegado tan bajo.
—Hice una fogata en honor a la Madre Tierra —susurró.
—Oh por Dios.
—Escúchame. Estoy desesperada. Aun no he encontrado al Sr. Indicado y otro pequeño problema apareció que tengo que resolver, así que combiné mis dos necesidades en una lista.
—¿Qué tipo de lista?
—Una de mis clientas me dijo que ella compró este libro de hechizos de amor, y cuando hizo la lista de cualidades que estaba buscando en un
hombre, él se apareció.
Ahora Carolina lucía interesada.
—¿Un hombre apareció en su vida con todas las cosas que ella quería?
—Sip. La lista tiene que ser especifica. No puede ser muy general, o supuestamente el universo confunde tus deseos y no manda nada. Ella dijo que si sigues el hechizo, el hombre indicado aparecerá.
Los ojos verdes de Carolina destellaron.
—Déjame ver el libro.
Nada como otra mujer soltera para hacerte sentir mejor por la búsqueda de un hombre.
Paula lanzó su pequeño libro de cubierta sintética. Sintiéndose menos
como una idiota.
—Hmmm. Enséñame tu lista.
Ella señaló hacia la cubeta.
—La quemé.
—Sabes que tienes otra copia debajo de tu cama. Olvídalo, la encontraré yo misma.
Su amiga se dirigió al edredón amarillo canario y metió su mano bajo los cojines. En unos segundos ella sostenía la lista triunfalmente entre sus brillantes uñas rojas y se lamió los labios como si fuera sumergirse en una
lujuriosa novela de romance. Paula se quedó en la alfombra y se desplomó sobre ella. Que la humillación empiece.
—Número uno —recitó Caro—. Un fan de los Mets.
Paula se abrazó a si misma por la explosión.
—¿Beisbol? —chilló Carolina. Onduló el papel adelante y atrás en el aire para un efecto dramático—. Maldición, ¿Cómo puedes hacer tu prioridad número uno el beisbol? ¡Ellos no han llegado a la Serie Mundial en años!
Es un hecho que en Nueva York hay mas fans de los Yankees que de los Mets, y eso excluye a la mayoría de la población masculina.
Paula apretó sus dientes. ¿Por qué era constantemente bombardeada por su elección de los equipos de Nueva York?



—Los Mets tienen corazón y carácter, y necesito un hombre que pueda arraigarse a los desvalidos. Me niego a dormir con un fanático de los
Yankees.
—No tienes esperanzas. Date por vencida —dijo Carolina—. Número dos:
que ame los libros, el arte y la poesía. —Ella hizo una pausa para pensarlo, y se encogió de hombros—. Lo acepto. Número tres: que crea en la monogamia. Muy importante en la lista. Número cuatro: que quiera niños. —Ella miró hacia arriba—. ¿Cuántos?
Paula sonrió a la idea.
—Me gustaría tres. Pero me conformo con dos. ¿Debí especificar cuantos en la lista?
—No, la Madre Tierra lo entenderá —continuó Caro—. Número cinco:
que sepa comunicarse con una mujer. Esa es buena. Estoy fastidiada de leer libros de Venus y Marte. He pasado por muchas historias y sigo sin tener idea. Número seis: que ame a los animales. —Ella gruñó—. Esa es tan mala como los Mets.
Paula se deslizó en la alfombra para encararla.
—Si odia a los perros, ¿cómo podre continuar con el programa voluntario en el refugio? ¿Y si es un cazador? Despierto a la mitad de la noche y
encuentro un ciervo muerto viéndome sobre la repisa de la chimenea.
—Eres muy dramática. —Regresó Caro a la lista—. Número siete: que
tenga un código moral de ética y crea en la honestidad. Debió haber sido el número uno en la lista, pero qué demonios. No soy una fan de los Mets.
Número ocho: un buen amante. —Caro subió sus cejas—. Esa sería la número dos en mi lista. Pero estoy orgullosa de que el asunto siquiera apareciera. Tal vez no estés tan mal como pensaba.
Paula tragó, el temor se encrespaba en sus entrañas.
—Continúa.
—Número nueve: tiene que tener un sentido fuerte de la familia.
—Tiene sentido… ustedes me recuerdan a los locos Waltons1. Ok, número diez…
El reloj sonó. Paula miró a Caro leyendo el punto de nuevo.
—Creo que estoy leyendo el número diez mal.
Paula suspiró.
—Probablemente no.
Caro recitó el último mandato.
—Necesita 150.000 dólares disponibles. —La miró—. Necesito más detalles.
Paula levantó su barbilla.
—Necesito a un hombre que pueda amar, el cual además tenga un extra de 150.000. Y lo necesito rápido.
Carolina asintió como si saliera a la superficie de debajo del agua.
—¿Para qué?
—Para salvar Tara
Paula pestañeó.
—¿Tara?
—Sí, la casa de mi madre. Tú sabes, como en la película Lo que el viento se llevó. ¿Recuerdas cómo mi mamá solía bromear sobre necesitar más algodón para pagar las facturas? No te he dicho que mal va todo, Caro.
Mamá quiere venderla y no puedo dejarla. No tienen dinero ni ningún lado a donde ir. Haré cualquier cosa, incluso casarme; igual que Scarlett2.
Carolina gimió y cogió su cartera. Sacó su teléfono y marcó algunos números.
—¿Qué estás haciendo? —Caro entró en pánico pensando que su amiga no entendería. Después de todo, nunca le había preguntado por un hombre que le resolviera sus problemas antes. Oh, cómo de mal había caído.
—Cancelando mis citas. Creo que este nuevo detalle debe ser discutido.
Voy a llamar a mi terapeuta, ella es muy buena, discreta y coge citas a medianoche.
Paula se rió.
—Eres una gran amiga, Caro.
—Sí, ni que lo diga.



viernes, 18 de abril de 2014

Sinopsis





Un matrimonio sólo de nombre...

Para salvar su casa, la impulsiva propietaria de una librería,
Paula Chaves, lanza un hechizo de amor. Pero nunca
pensaba conjurar al hermano mayor de su mejor amiga,
hombre poderoso que una vez le rompió el corazón.
El multimillonario Pedro Alfonso no cree en el matrimonio, pero con el fin
de heredar la empresa de su tío, necesita una esposa y una rápido.
Cuando descubre que la amiga de la infancia de su hermana se encuentra en
una situación financiera desesperada, le ofrece a Paula una propuesta
audaz.
Un matrimonio de conveniencia pero con ciertas reglas:
*Evitar que se enreden.
*Mantener las cosas como negocios.
*No enamorarse.

El acuerdo es sólo por un año, por lo que las reglas no debería ser tan

difícil de seguir, ¿verdad?

Excepto que el destino tiene una manera de alterar los planes mejor

trazados…