viernes, 19 de diciembre de 2014

Capitulo 6

Pedro escuchó el constante ritmo de la lluvia golpeando contra la ventana mientras sorbía su coñac. El líquido danzaba en su lengua y abrasaba con una dulzura feroz. En vez de calmar sus nervios, sus dedos apretaban el vaso con agitación.
Ella tenía razón.
De nuevo.
Como si notara su molestia, Rocky emitió un suave murmullo, exhaló y descansó su cuerpo contra el pie de Pedro. El calor reconfortante lo calmó un poco y dejó caer su mano para acariciar su cabeza, un esqueleto de huesos afilados y feas líneas que lo hacían pensar en uno de los perros sin hogar que había visto en su vida.
El lazo había sido instantáneo, cuando vio al alma maltratada en el carnaval. Un pequeño stand había sido dedicado a regalar cachorros y lo había pasado con su cita. Ella había arrullado y consentido las hermosas bolas de pelo, mientras Pedro era paciente y revisaba varios videojuegos. Supuso que si ganaba uno de los peluches, estaría en la posición perfecta para su gratitud después.
No es que hubiera una duda, dado los obvios comentarios que había hecho mientras avanzaba la noche. Había planeado su camino al éxito cuando su mirada atrapó al pitbull embarrado y corpulento en la esquina del stand. Una cuerda harapienta estaba alrededor de su enorme cuello, muy apretada y literalmente ahogándolo. Al perro no parecía importarle,
sólo medía su aliento para no jadear demasiado, sus ojos agudos al saber que éste era su lugar y no había mucho que pudiera hacer al respecto.
Su boca estaba abierta con languidez y baba salía de un lado de su labio. Moretones decoraban los costados de su cuerpo. Una oreja, literalmente, estaba cortada a la mitad. Pero cuando los ojos del perro finalmente se encontraron con Pedro, un conocimiento de que tenía que ser dueño de ese perro, dejó todos los otros pensamientos a un lado. Era un peleador, adentro y fuera del ring. Y se merecía más que esta mierda.
Los niños corriendo hacia el stand de cachorros ofreciendo cien dólares para llevárselo. Probablemente sería usado como un perro que molestaban ya que sus días como perro de peleas se habían acabado. Pedro soltó la cuerda y le dijo al perro que se iban a casa. Con una dignidad, característica de la raza y desconocida por las masas, Rocky se levantó del suelo sucio y lo siguió hacia el carnaval. Pedro perdió su cita pero ganó a su mejor amigo.
Y Laura lo odiaba.
En el momento que entró a su apartamento y vio a Rocky, dejó escapar un grito femenino que lo irritó. Pasó unos cuantos minutos explicando que el perro era inofensivo pero cuando se estremeció e insistió en que lo encerrara, Pedro se decidió. Por segunda vez, escogió a Rocky y Laura se fue sin mirar hacia atrás.
La parte triste era que no le importaba.
Dio, ¿en verdad era como su padre después de todo? ¿Incapaz de cavar lo suficientemente profundo para quedarse y amar a alguien de la manera que necesitaba?
Recordó el día que descubrió la verdad. Los otros niños tenían papás y Pedro siempre se preguntó por qué él no tenía, hasta que un día le preguntó a su madre. Le contó la historia con un poco de dignidad y amor que le hizo creer que todo iba a estar bien. Nunca mintió, pero después, había estado enojado con su madre por meses. Porque no le dijo la verdad.
Deseó que hubiera mentido, que le dijera que su padre había sido asesinado en la guerra o se había ido por el sacrificio de su familia o que había tenido un terrible accidente, para que pudiera presumirse con sus compañeros.
En cambio, su madre le informó que su padre se había ido después de que él nació. En una pequeña ciudad tradicional, había sido el mayor chisme con más susurros que habían experimentado en mucho tiempo. Ir a la iglesia y sentarse en el banco cada domingo era una tortura. El divorcio estaba prohibido y su madre era la única que había roto la regla del cardenal. La mayoría de sus amigos y familia los protegían de lo peor de la crueldad y eventualmente, aprendió a poner barreras para que nada le doliera.
Su madre trató de darle todo, pero un deseo por saber por qué su padre no lo quería lo cazó por años y dejó un hueco en sus entrañas. ¿La mayoría de los padres no se enamoraban de sus bebés recién nacidos? ¿Qué faltó en él en lo que la mayoría de los hombres deseaban? ¿Cómo un padre podía alejarse de su familia y nunca jamás volver a llamar?
Cuando cumplió veintiún años, decidió descubrirlo.
Usó el internet y su fideicomiso para encontrar a Horacio Alfonso viviendo en Londres. Recordó el sucio pueblo en las afueras de la ciudad. Asqueroso. Atestado. De clase baja.
Su padre impecablemente vestido y adinerado, eventualmente había perdido su fortuna y dignidad. Pedro lo siguió al pub local y observó mientras veía televisión y bebía pintas. Finalmente, se le acercó. Pedro  recordó cada detalle como si el encuentro estuviera en cámara lenta.
—¿Sabes quién soy?
Estaba delante de su padre, su corazón latiendo fuertemente y sudor bajando por sus axilas. El hombre parecía tan diferente al sonriente y joven que aparecía en las fotos de su madre. Éste era calvo y tenía un rostro hinchado. Sus ojos azules tenían una neblina en ellos como si jugara mucho y el alcohol hubiera cobrado. Alzó la mirada de su
Guinness y entrecerró los ojos en la suave luz del bar. Lo estudió por un largo rato. Pedro olió maní, cigarrillos, cerveza y fracaso.
—Mierda, sí. Sé quién eres. —Su leve acento inglés cortaba las palabras—. No te pareces mucho a mí, sin embargo. —Pedro esperó pero su padre simplemente lo miró. Sin disculparse. Sin vergüenza. Nada—. ¿Por qué estás aquí?
Pedro movió los pies.
—Quiero saber el por qué. ¿Por qué te fuiste?
El hombre negó con su cabeza y tomó un largo sorbo de su cerveza. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿No te llegó el dinero?
—Sí, me llegó el jodido dinero.
Su padre se estremeció.
—Entonces, ¿qué quieres de mí? Te abandoné pero me aseguré de que tuvieras lo suficiente para construir tu vida.
Náuseas se removieron en su estómago pero se contuvo, sabiendo que tenía que terminar el encuentro.
—¿Nunca quisiste quedarte? ¿Por mi madre? ¿Por mí?
Sus ojos azules se pusieron serios.
—Amaba a tu madre pero nunca le prometí que me quedaría. No quería una familia. Hice lo mejor por ti. Te di suficiente para construir tu vida y te dejé en paz.
La verdad cortó el aire fuertemente y era verdad. Su padre nunca lo había querido. No se arrepentía de haberse ido. Ni siquiera pensaba en ellos. El vacío, heridas abiertas quemando pero Pedro se quedó derecho y supo que sanarían. Nunca nada dolería tanto como esto.
—Gracias por aclarar eso, papá.
Salió del bar, a la noche y nunca miró hacia atrás.
Pedro contempló el líquido ámbar. ¿Por qué estaba teniendo esa clase de pensamientos? Rara vez pensaba en su padre y nunca antes cuestionó sus decisiones sobre las mujeres.
Paula no sabía nada sobre su vida amorosa, sin embargo, parecía tener un sexto sentido que lo ponía molesto, como ninguna otra mujer aparte de su madre lograba ponerlo. Pedro supuso que era su inocencia y juventud que lo atraía. Siempre había querido una hermana menor para proteger y adorar.
Entonces, ¿por qué ya no estaba pensando en ella como una hermana?
La imagen de ella besando a Edward atormentó su estado mental. Claro, le había advertido al hombre con suficiente fuerza para asegurarse de que nada serio pasara. ¿Verdad? ¿Debería llamar a Michael? ¿Al celular de Edward? No, ellos pensaban que estaba en pazzo. ¿Debería conducir hasta el apartamento de ella y confirmar que estuviera bien?
Golpeó su dedo contra su barbilla y batalló con la posibilidad. Luego, escuchó el timbre.
Pedro quitó el pie de la cabeza de Rocky y caminó por el pasillo. ¿Quién rayos estaba aquí tan tarde en una noche de sábado? ¿Laura había regresado a esta tormenta? Miró por la ventana lateral y estudió la solitaria figura en su puerta. ¿Qué demo…?
Giró la manija y abrió.
—¿Paula?
Su boca se abrió. Estaba temblando en la escala superior, su vestido vaporoso estaba empapado y pegado a su cuerpo. Su cabello estaba en rizos alrededor de su rostro y pegados a sus mejillas. Sin zapatos, sus uñas rojas en un enorme charco debajo del bordillo de su vestido. Se estiró para hacerla entrar pero una mirada a su rostro lo paralizó e impactó hasta las entrañas.
Rabia.
Sus ojos escupían odio como una antigua diosa inclinada por la venganza.
Barbilla inclinada, boca tensionada, dedos formando un puño, jadeaba como si hubiera estado en un ring de boxeo con el mismísimo Rocky Balboa.
—Hijo de puta.
Ah, mierda.
Se detuvo y debatió con la cordura de dejarla entrar. Con una maldición murmurada, agarró sus muñecas y la arrastró por la puerta. Ella alejó sus manos y lo miró mientras chorreaba en su vestíbulo.
—¿Cómo te atreves a interferir con mi vida amorosa? —siseó—. ¡Tú, tú de todas las personas! ¡Tú, el que conocería una relación incluso si lo golpeara en el trasero!
—Ése es mi punto, Paula.
Pedro usó su conducta profesional y calmada como una bata. Si permanecía lógico y alejaba sus miedos, se sentaría y tendría una linda charla junto a la chimenea. Primero, necesitaba convencerla exactamente del por qué se había entrometido.
—Edward no tiene relaciones y no quiero que tengas arrepentimientos. Especialmente cuando lo veas en la luz fría de la mañana. Mereces más que eso.
Si fuera posible, su argumento pareció enojarla más.
Se estremeció con nuevas oleadas de energía, su piel enrojecida de manera hermosa. La tela mojada moldeaba cada curva y sus duros pezones se presionaban contra la barrera en un esfuerzo de liberación. Profirió una maldición mientras su cuerpo respondía con locura primitiva. Se endureció y levemente notó la evidencia contra la delgada tela de sus pantalones de correr.
—No tienes decisiones en mi vida. ¡Sin importar hace cuánto nos conocemos! —Cerró la distancia entre ellos. Agarró la camiseta de él, se puso de puntillas y gruñó—. Me merezco una noche de buen sexo, Pedro.
¿Me negarías eso? ¿Te negarías eso a ti mismo? No soy una porcelana puesta en un estante para que jueguen en momento cuidadosos. Soy carne y sangre y quiero pasión, sudor y orgasmos.
Oh, sí, lo entendía. Su polla palpitó a. unísono con sus palabras. El olor de lluvia fresca, coco y mujer suavizó sus sentidos. Pedro luchó contra la locura del momento pero ella lo batalló sin piedad.
—Lo asustaste y tenía miedo de tocarme.
—Entonces, tenía razón. Ningún hombre vale tu tiempo si ni siquiera puede superar que alguien le bloquee lo que quiere.
—No lo juzgues, trasero arrogante. Eres su jefe y le hiciste creer que era una virgen asustadiza de contacto físico.
Empujó su pecho. El temperamento se envolvió alrededor de su erección y lo movió.
—¿No es eso lo que eres? No hay nada malo con tu virginidad. ¿Quieres dársela al primer hombre que te tiente?
Un suave gruñido escapó de su garganta.
—¡Sí! He hecho muchas cosas, Pedro Alfonso, cosas que no creerías. Y me han gustado y quiero más y si quiero follar con cada hombre hermoso en toda la jodida compañía no vas a detenerme. No tienes derecho.
Las palabras resonaron en el aire fuertemente y claramente. Un desafío. El macho alfa dentro de él salió a la superficie, donde el civismo y la educación se desvanecieron. Ella vibró con una tensión sexual que bordeaba lo explosivo y jodida hasta el infierno, él iba a ser el hombre que la encendiera. Le dio una última oportunidad mientras se aferraba al borde del peñasco.
—Está bien, así que eres una niña grande que puede tomar sus propias decisiones. Está bien. Me quedaré fuera de tu vida incluso si cometes un gran error. Ve a casa y madura.
Contuvo su aliento. Esos ojos oscuros se encontraron con los de él y un poco de su locura debió mostrarse en su rostro. Ella retrocedió un precioso centímetro y lo estudió.
Luego sonrió.
—Vete al infierno, Pedro. Terminé contigo.
Satisfacción rugió dentro de él. Se cayó del borde y cayó a la fosa sin remordimiento.
La agarró por la cintura y la levantó contra su pecho. Tres pasos y su espalda golpeó contra la puerta. Su erección encajaba en el punto mojado de sus muslos y emitió un jadeo de impacto de esos labios hinchados. Sus pupilas se dilataron.
—Tú lo pediste, pequeña. Así que lo tendrás.
Inclinó su cabeza y tomó con su boca la de ella.
En una esquina de su mente, siempre había imaginado que si alguna vez besaba a Carina sería una experiencia más espiritual; una iniciación en la ternura y el delicado desliz de labios contra labios. En cambio, la realidad lo rompió contra el salvajismo que nunca había creído posible. Iba a ir al infierno y valdría la pena cada jodido momento.
Sus labios encajaban perfectamente con los suyos, flexibles y suaves bajo el violento calor de su boca. Se preparó para una protesta y decidió que esta pared era para enseñarle una lección. Pero ella profirió un leve gemido hambriento, hundió sus dedos en su cabello y se abrió para él.
Él surgió. El sabor de un pinot afrutado estaba en su lengua junto con una dulzura melosa que era parte de ella. Pedro no habría podido ser gentil si hubiera intentado. Su cabeza giró mientras se embriagada en ella, entrando y saliendo de ese calor suave por más. Ésta no era la timidez de una virgen que había tenido.
Ella floreció de entre el hambre y demandó que la poseyera mientras se aferraba y abría más su boca, su lengua encontrándose con cada una de las entradas de él y retándolo a ir más profundo. La presionó
fuertemente contra la pared y jadeó, envolviendo sus muslos alrededor de sus caderas y apretando. Él gruñó en agonía, desesperada por más y bajó las tiras que sostenían su vestido empapado. Un seno salió de la tela mojada, brillando al estar mojado, su pezón rígido y del color de los rubíes.
Su palma acunó el peso y su pulgar acarició la punta.
Ella explotó.
Sus uñas se clavaron en su cuero cabelludo y sus dientes mordieron en labio inferior. La transparente crudeza de su excitación espesó su sangre y con una maldición, movió su cabeza y tomó su pezón en su boca. Chupó, su lengua girando y dando placer mientras ella emitía pequeños gimoteos, arqueándose por más. Una salvaje criatura ardiendo en sus brazos, la sostuvo fuertemente mientras la lamía y provocaba hasta que un fuerte tirón en su cabeza lo hizo subir.
Estudió su rostro en la luz. Labios hinchados dejaron escapar suspiros, sus ojos oscuros llenos de una pasión abrasadora que reflejaba la suya.
—Más. —Su voz sonó ronca y rota—. Quiero más.
La tensión se había estado construyendo entre ellos por días.
A Pedro le importaba una mierda el honor, la educación o las lecciones. Movió su cabeza y comenzó de nuevo, sus lenguas batallan por el control. Empujó su erección entre sus muslos, la delgada tela de sus ropas sólo volviendo el fuego entre ellos más caliente. La otra tira bajó y ambos pechos estaban libres para sus dedos.
Rodó sus pezones y los pellizcó suavemente. El olor de su excitación almizclada lo golpeó como un lobo en celo.
Una mano dejó su pecho y agarró el material de su falda, agrupándola en su mano y moviéndola más alto en su muslo. Sus dedos tocaron su piel temblorosa y mojada. Deslizando un pequeño trozo de tanga de encaje que apenas la cubría. Metió sus dedos debajo de la banda elástica. Y entró. Gritó su nombre y una oleada de líquido encontró sus dedos.
Apretado y caliente, su canal lo apretó y su cabeza explotó como juegos artificiales, apenas capaz de contenerse.
Ella era fuego y luz; pasión pura latía de su centro y empapaba sus manos. Tragó sus deliciosos jadeos y supo que en ese momento tenía que tenerla. Poseerla.
Posesión. Demanda.
Por él.
El teléfono sonó.
El insistente beep cortó una neblina y penetró su cabeza. Él alejó sus labios de ella, respirando fuertemente en el repentino silencio.
Tres timbres. Cuatro. Cinco.
La contestadora respondió. La voz de Michael salió por los parlantes.
—Soy yo. Simplemente revisó cómo resultó la fiesta, sé que es tarde. Hazme saber cómo le fue a Paula en su cita. Estoy seguro de que la tuya no ha terminado, mi amigo. Ciao.
Lentamente, Pedro retiró sus dedos de debajo de sus bragas. Bajó su vestido. Sin palabras, le permitió que su cuerpo se deslizara hasta que sus pies cayeran al piso. Ella se estremeció pero en vez de tomarla en sus brazos como deseaba, dio un paso hacia atrás.
La emoción obstaculizó su garganta y se llevó todas las palabras de disculpa o confort.
Dio, ¿qué había hecho?
Paula miró al hombre que había amado toda su vida y trató de pelear contra el profundo estremecimiento en sus huesos. Su vestido mojado
pesaba en su cuerpo y generó otro temblor. Por supuesto, no había sentido frío. Primero rabia, luego el beso más apasionado que había tenido quemó su cuerpo como una bruja en una estaca. La habitación se inclinó. Se forzó a respirar por su nariz y exhalar por la boca, desesperada por componerse delante de él.
Por la mirada de horror en su rostro, parecía que Pedro Alfonso la había subestimado. Un rayo de satisfacción bajó por su espalda. Él también lo había sentido. Probablemente lo ignoraría.
Por el resto de su vida natural finalmente sabría la verdad.
Besar a Pedro era mejor que cualquier fantasía que había inventado.
Presionó los dedos contra sus labios adoloridos. Había más pasión en ese beso que cualquier cosa que hubiera experimentado.
Podría haberla comido viva y un segundo más de sus dedos curvándose en su calor mojado abrían generado un orgasmo que rompería la tierra. Si el teléfono no hubiera sonado, probablemente estaría convulsionando en él en este preciso momento.
Calor atacó sus mejillas pero Paula sabía que éste era un punto decisivo. Una prueba. Si se asustaba y corría no habría otro beso. De alguna manera, una puerta se había abierto en su relación y él no sabía cómo manejarla. De ninguna manera podía fingir ese tipo de atracción. Su mirada se deslizó hacia su erección. De ninguna manera podía ocultarla, tampoco.
Ella apostó y lanzó todo lo que tenía en la mesa.
—Wow. Bueno, supongo que eso fue vencido. Al menos lo sacamos del camino.
Sus penetrantes ojos azules brillaron son sorpresa. Parecía luchar por palabras.
—¿Qué?
Paula se rio y movió su cabeza con una vergüenza jocosa.
—Dios, Pedro, quiero decir, ¿qué esperabas? Estaba enojada, te enojé y siempre habíamos tenido una conexión. Simplemente fue natural probarla una vez. Ahora podemos seguir adelante. ¿Verdad?
Su corazón latía con lástima pero su cabeza sabía que necesitaba seguir con la estrategia hasta el agrio final. Si él pensaba que ella creía que el beso significaba algo, saldría de su vida más rápido que un mago sacando un conejo del sombre. No se podía arriesgar a eso.
No ahora.
No cuando sabía que quería más.
Su mirada pasó por su cuidadosa fachada pero se mantuvo firme.
—Esto fue mi culpa. Nunca debería haber presionado. Lo siento. No… no sé qué pasó.
Movió una mano en el aire aunque sus palabras dolieron como cuchillas.
—No es necesario disculparse. Ambos quemamos un poco de tensión sexual. Olvidémoslo.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó él suavemente.
Su sonrisa brilló con resplandor.
—Por supuesto. Dejemos que esto sea una lección para que te alejes de mi vida personal de ahora en adelante. No más amenazas o matoneo con mis citas. ¿Entendido? —Él se estremeció pero asintió—. Genial, es mejor que me vaya.
—No. —La palabra la detuvo inmediatamente—. No voy a dejar que conduzcas en esta tormenta. Te quedarás aquí esta noche.
—Estaré bien. La lluvia ha disminuido y conduciré cuidadosamente.
—No. —Repitió la orden y negó con su cabeza como si estuviera retirando el resto de neblina—. Tengo una tonelada de habitaciones de huéspedes. Te conseguiré ropa. Ve y siéntate junto al fuego y ya regreso.
—Pero…
Desapareció por el pasillo. Paula se estremeció y enterró su cabeza en sus manos. De ninguna manera se podía quedar aquí.
¿Toda la noche? Se escaparía, entraría a su habitación en putillas y lo seduciría. Especialmente ahora que había experimentado una muestra. Su esencia terrosa y almizclada, la barba áspera raspando contra el suave pico de su pecho, el movimiento sedoso de su lengua mientras reclamaba su boca, el sabroso ardor del coñac.
Encerró el recuerdo. No debería cometer un error.
No hasta que estuviera sola y fuera capaz de evaluar la situación.
Hacer un nuevo plan. En este momento, necesitaba que él se sintiera tan cómo y seguro como fuera posible.
Paula se movió a la sala y se sentó en la gruesa alfombra color crema frente a la chimenea. Su piel se calentó por el calor de las llamas y deliberadamente relajó sus músculos en un esfuerzo por controlar sus latidos. Rocky entró a la sala y se tiró junto a ella. Murmurando palabras reconfortantes de cuán hermoso era él, acarició su oreja dañada y lo envió al cielo canino cuando sus dedos encontraron el dulce lugar canino.
Paula admitió que estaba un poco celosa.
—Ponte esto.
Pedro le entregó una camiseta larga, medias y una bata de franela. Rocky estiró sus piernas y gruñó en protesta. Se rió, rascó su panza una vez más y fue a cambiarse.
Su mirada miró las elegantes líneas de la mansión. Como Michael, había ganado una fortuna construyendo La Dolce Maggie y su estilo probaba ser ambos, costoso y con gusto. Las habitaciones gritaban hombre soltero, desde la decoración espartana hasta el bar completamente lleno y la sala de juegos.
Las televisiones eran del tamaño de las de un teatro y los confortables sofás de cuero y las sillas reclinables, completadas con lugares para poner cerveza, enmarcaban la acción. Un vistazo en su cocina mostraba
prístinos azulejos de cerámica, alacenas de cerezo y electrodomésticos de acero inoxidable. Ni un solo plato en el lavadero. Tenía un cocinero, una sirvienta o comía afuera todas las noches.
Se cambió rápidamente y se volvió a encontrar con él en la sala, sentándose en el lugar de antes. La madera crujió y subió sus piernas, metió la bata por encima de sus rodillas y miró las llamas.
Su mirada penetraba su espalda pero permaneció callada, dejando que él hablara primero. Rocky se movió y con un bostezo perruno, descansó su enorme cabeza en su regazo.
—Tenías razón.
Sus palabras salieron con un respeto poco entusiasta. Inclinó la cabeza a manera de pregunta y lo enfrentó.
—¿Sobre qué?
Pedro estaba sentando en la silla de cuero con una copa de coñac en su codo. Él estudió su rostro como si estuviera sondeando la respuesta.
—Sobre Laura. Odió a Rocky.
Ella escondió una sonrisa de satisfacción.
—Te lo dije.
—¿Cómo lo sabías?
—La vi en el estacionamiento asustada de un perro callejero. Su verdadera personalidad emergió. No está acostumbrada a los niños, los perros o un desastre. Sólo ve la superficie así que un perro como Rocky la asustaría.
Él dejó salir una risa forzada y tomó un sorbo de su coñac.
—Sí, siempre tuviste un instinto sagaz con las personas. ¿Recuerdas la amiga de Julietta en la secundaria? La descubriste de inmediato.
El recuerdo la golpeó y sonrió.
—Se me había olvidado eso. Supe que sólo estaba pretendiendo ser amiga de Julietta para acercarse a Michael.
—Michael estaba feliz. Era linda.
Puso sus ojos en blanco.
—Oh, por favor. Pensaba que cualquier mujer que caminara en dos piernas era linda. La discreción no era una de sus habilidades.
—Estoy en desacuerdo. Demonios, Julietta estaba enojada, sin embargo. Se rehusó a dejar que Michael saliera con ella sólo como un castigo para que ambos sufrieran.
Paula suspiró y dejó caer su mentón en sus rodillas.
—Julietta no estaba acostumbrada a que las personas la usaran. Me volví tan talentosa, aprendí a detectar un engaño a un kilómetro de distancia.
—¿Quién te mentiría a ti?
—Chicos estúpidos. Cada vez que un chico en la escuela gustaba de mí y me invitaba a salir, descubría que sólo me quería para conseguir a Venezia o Julietta.
Forzó una risa pero el recuerdo dolía, saber que siempre estaba en puesto número tres. Darse cuenta que su personalidad era muy aburrida en comparación con la rareza, lo sexy y la inteligencia aguada. Ser recordada que vez tras vez no podía confiar en la simple pregunta de un hombre invitándola a salir porque siempre sospechaba que estaba siendo utilizada. Pero ya no más. Había trabajado tan duro para construir su confianza y convertirse en la mujer que siempre había querido ser. Paula lo dejó pasar.
—Viene con el territorio. Una parte de tener dos hermosas hermanas mayores. Supongo.
—Pareces que estás muy lejos de la niña que no creía en ella misma.
Su comentario la asombró. Se acurrucó más en la bata.
—Lo sé. Es por eso que venir a América ha sido tan importante. No es simplemente el trabajar para La Dolce Maggie, es sobre tener la libertad para descubrir quién soy.
El fuego llameó y la calentó tanto como la luz en los ojos de Pedro. Como si él entendiera. Como si hubiera pasado por eso.
—Si trataba de ir en una nueva dirección, mi familia siempre estaba allí para tratar de alejarme del desastre. No pude cometer mis propios errores. Mis citas eran escrutadas, mis estudios eran mandatorios y creo que perdí mi dirección. Ésta es mi oportunidad para crecer y experimentar el mundo en mis términos. Me despierto en mi apartamento con nadie más a quien complacer que yo misma. Me gano mi propio dinero, pago mi renta y no me disculpo o tengo que hacer excusas.
Pedro se estremeció.
—Lo siento, Paula. Bergamo en nuestro hogar pero sé que se siente estar en una jaula. Es difícil probar algo nuevo sin que toda la ciudad te juzgue.
—Exacto. —Una sonrisa curvó sus labios—. Recuerdo cuando mis amigas y yo nos escabullimos a uno de esos clubes clandestinos. Queríamos emborracharnos y flirtear con lindos hombres, divertirnos un poco. En el momento que ordenamos nuestras bebidas, el padre Richard me vio y le dijo al bartender que era menor de edad.
—¿Estás bromeando?
—No, no estaba en uniforme y supongo que era un muy buen bailarín. Nunca lo miré de la misma manera de nuevo y mamá me castigó cuando se enteró.
—Pobre bebé. No había forma de ser mala.
—Y nadie con quien ser mala.
La tensión se retorció entre ellos. Rocky gimió como si entendiera el trasfondo y levantó la cabeza. El beso estaba en el aire como una puta en
la mesa de Queen. Totalmente en su rostro y en ninguna parte donde esconderse sutilmente. De repente las emociones de la noche se estrellaron en ella. Un cansancio que drenaba se apoderó de su cuerpo y lágrimas quemaron en sus ojos. Tan estúpida. Necesitaba salir de aquí antes de que todo su plan se deshiciera y Pedro se diera cuenta de que era un gran bebé.
Se puso de pie y apretó su bata alrededor de ella. Su voz salió rasposa pero evadió su mirada.
—Voy a la cama. Estoy exhausta. ¿Cuál habitación debería usar?
—En el piso de arriba. La primera a la izquierda.
—Gracias.
Pasó junto a él, contuvo el aliento pero él no hizo ningún movimiento para detenerla. Cuando su pie tocó el primer escalón las palabras de él volaron a sus oídos.
—Eso hombres eran idiotas, Paula. Siempre fuiste hermosa.
Mordió su labio. Apretó la baranda. Y se rehusó a responder.
Paula estudió las pinturas delante de ella y peleó contra la necesidad de lanzar algo contra la pared más cercana.
Estaba oficialmente frustrada de manera física y creativamente.
Sus labios mordieron su labio inferior. Le había tomado años finalmente controlar sus famosas emociones. Desde pataletas a ataques de llano, siempre había sentido las cosas a un nivel más profundo que su familia. Ahora, estaba orgullosa de su control y capacidad para entablar algo sin la fuerza del drama alrededor de ella.
Desafortunadamente, un poco de la pérdida de emoción escapaba de su pintura y necesitaba encontrar una forma de volver a estar en contacto con su diva artística. Maldiciendo entre dientes, abrió la ventana para dejar entrar un poco de aire fresco y le subió el volumen a la música de Usher. El ritmo sexy y movido le urgió a hacer algo más profundo que arte pero no estaba segura de qué. Al menos, no todavía. Sus usuales retratos parecían blasé y le interesaban los paisajes.
Dejó que sus pensamientos flotaran mientras atacaba el espacio blanco con un poco de color cegador. Era gracias como, incluso tan frustrada como estaba ahora, había una sensación de satisfacción nunca presente cuando estaba en la oficina.
Por tanto tiempo había trabajado por una meta: deslumbrar a su familia con sus habilidades de negocios, hacer que la notaran, asegurando un lugar en la compañía. Su facilidad con la contabilidad sólo hacía más fácil su camino y aunque disfrutaba de las personas en La Dolce Maggie y los muchos aspectos del mundo de los negocios, mucho permanecía sin acción.
Su sueño de una carrera en el mundo artístico hizo que su familia y amigos le dieron palmaditas en la cabeza y animaran su hobby. El instinto le decía que podía ser más que eso con un poco de trabajo pero nunca había tenido la confianza para desafiar el sistema. Parecía mucho más fácil terminar su master y establecerse.
La melancolía se posó en ella como la nube de lluvia de Pooh. Si no se endurecía, Michael se rendiría con ella y decepcionaría a su familia. Trataba tan duro por ser firme pero cuando escuchara las historias tiernas de las personas, su corazón débil la traicionaba.
Sabía muy bien sus recursos: figuras y su motivación para trabajar duro. Sin embargo, parecía que muchas de las cualidades que veneraba en una buena persona, rara vez eran apreciadas en el mundo de los negocios.
Pedro dirigía La Dolce Maggie tan bien como su hermano. Su determinación sin sentido no toleraba discusiones de sus competidores, sin embargo, eran generosos y amigables con los empleados. Ni siquiera
podía culpar su éxito en ser hombres, dado que Julietta era la versión femenina de ellos y dirigía La Dolce Famiglia con puños de acero y tacones.
El pensar en pasar años enjaulada en una chaqueta formal detrás de un escritorio, tensaba sus nervios con terror. La mitad de la diversión provenía de sus interacciones pero la mayoría terminaban en ella cubriendo o salvando el trasero de alguien. No le importaba pero Pedro estaba sospechando. Pronto podría salir a la luz que sus habilidades en el manejo apestaban un poco.
Pedro.
El recuerdo de su beso la hizo saltar como una atracción de un parque de diversiones. Dios, había sido tan caliente. Esa lengua fuerte, la manera en cómo controló el beso, la manera en que subió su beso y la retó con su mirada a detenerlo. Era todo lo que había soñado en un encuentro sexual, y por supuesto, tenía que haber sido con el hombre con el que había terminado.
El destino tenía un terrible sentido del humor.
Añadió fucsia y mantuvo las líneas atrevidas mientras pintaba con un estilo libre para relajarse. No es que él hubiera mencionado el beso o incluso la tarde. Una semana había pasado y había evitado estar solo con ella a toda costa. Sus labios se curvaron con ese pensamiento. El gran malote Pedro Alfonso, asustado de pasar mucho tiempo con la inocente yo.
Demonios si no le había dado algo en qué pensar. No había manera de que se hubiera imaginado ese tipo de química explosiva. Su erección probaba su interés pero él probablemente estaba asustado de que Michael lo matara por llevar a su hermana a una prueba piloto. Cobarde.
La idea explotó en su cabeza. El pincel se detuvo en mitad del aire.
Un romance de una noche.
La imagen de un Pedro desnudo penetrándola hasta el orgasmo la hizo apretar los muslos. Estaría libre de esa tonta adoración que tenía como una chica y sería capaz de experimentar su fantasía.
Michael nunca tendría que saberlo y convencería a Pedro de que era sólo por una noche. Sin reproches o futuro o preguntas.
Era mucho más realista. No, se había quitado las vendas y planearía como la mujer que era ahora. Sólo una noche perfecta y llena de orgasmos con Pedro y ella sería capaz de alejarse.
Tiró su cabeza hacia atrás y se rio con la posibilidad.
Oh, sí. Esto podría ser divertido.
Paula regresó a su trabajo con un nuevo enfoque y comenzó a planear.

3/3

Hola acà estoy para terminar esta novela, tratare de subir más seguido =) 


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