miércoles, 31 de diciembre de 2014

Capitulo 14

Quiero drogas!
Maggie nunca se lamentaba, gritaba o lloriqueaba. Ella exigió en su forma de humor cabreado, hasta que cada enfermera en el lugar tenía miedo de entrar en su habitación. Pedro sostenía su cubo de Rubik como su punto focal y Paula le dio crédito al hombre. Mientras cada contracción ondulaba en toda la pantalla, él la instó a respirar a través del dolor y concentrarse en su punto focal. Tomó sus maldiciones e insultos con calma y nunca flaqueó.
Cuando él salió a conseguirle un vaso de hielo, ella encontró el cubo de Rubik al lado de la cama y lo lanzó a través del cuarto.
La única persona que su cuñada parecía escuchar era a mama Chaves. Su madre nunca mimó a Maggie y no la dejó salirse con mal comportamiento. Pero nunca abandono su lado y habló con ella en voz baja-suave, diciéndole sobre el nacimiento de cada uno de sus hijos y su historia especial. En los espacios entre las contracciones, Maggie se calmaba y escuchaba. Hasta que golpeaba la próxima onda.
Paula había arrastrado a Pedro fuera de la habitación por un momento.
—¿Michael va a llegar? —preguntó—. Han pasado horas y la última vez que comprobaron casi había dilatado lo suficiente para pujar.
Pedro se pasó los dedos por su cabello y cambió el puesto de un pie al otro.
—Él me envió un texto según el cual debería estar aquí dentro de una hora. Esto es una pesadilla. Michael y Alexa se fueron ese mismo condenado día. Soy muy malo en esto, Paula. Ella quiere matarme de veras.
—No, ella tiene dolor y miedo y su marido no está aquí. Pero eres lo siguiente mejor, Pedro. Han sido amigos desde la infancia.
Él gimió.
—¿Qué pasó con los días cuando los hombres aguardaban en la sala de espera? Mierda, no tengo que mirar allí cuando ella empujé, ¿verdad?
—Escucha, amigo, tú no estás expulsando dos seres humanos de tu vagina. Aguántate. Ella te necesita.
Sus palabras penetraron en su cerebro. Él se enderezó y asintió.
—Lo siento. Yo me encargo.
Maggie gruñó entre las crecientes contracciones oscilando en el monitor.
—Pedí un puto epidural y lo quiero ahora.
—El lenguaje, Margherita —dijo mama—. Estás pasando ese punto y es casi la hora para pujar.
—No sin Michael. —Ella apretó los dientes y jadeó—. No voy a pujar hasta que Michael llegue.
Su mama limpió el sudor de su frente.
—Él va estar aquí.
—Nunca voy a tener sexo otra vez. ¡Odio el sexo!
Paula se mordió el labio y se alejó. Mama asintió.
—No te culpo.
La voz de Pedro cortó través de la sala en una fuerte demanda.
—Maggie, mírame. Concéntrate en mi cara cuando venga las contracciones. Voy a contarte una historia.
—Odio los cuentos de hadas.
—Esto es más como una aventura de acción. Voy a contarte de la primera vez que Michael y yo en nos juntamos. —Maggie pareció un poco interesada. Él se acomodó en la silla cerca de la cama y se inclinó. El monitor sonó y Pedro habló—: Nuestras madres siempre fueron amigas cercanas, por lo que básicamente crecimos juntos. Un día nos llevaron al patio de juegos y había esta enorme cosa para escalar. ¿Creo que teníamos seis en ese entonces? Como sea, ambos empezamos a presumir de quién podría llegar a la cima primero. Michael era un poco más pequeño que yo, pero era más rápido, por lo que estaba bastante parejo. Ambos nos apresuramos a la sima, tratando de sacarnos el uno al otro del alocado juego del Señor de las Moscas, y luego llegamos exactamente al mismo tiempo. —Pedro negó con la cabeza ante el recuerdo—. Recuerdo ese momento cuando nos miramos el uno al otro. Como si ambos nos diéramos cuenta de que seríamos los mejor a amigos y haríamos todo juntos. Entonces intentamos empujarnos el uno al otro.
Maggie luchó por respirar.
—¿Estás bromeando? ¿Ambos son unos sicóticos? ¿Qué pasó?
—Michael y yo tuvimos una caída y nos rompimos los brazos. El mismo condenado brazo.
Mama Chaves resopló disgustada.
—Estuve hablando con la madre de Pedro sólo por un minuto, luego escuchamos los gritos. Ambos muchachos en un enredo en la tierra, sangre por todas partes. Creo que casi me desmayé. Corrimos hacia ellos y estaban llorando pero riendo al mismo tiempo, como si hubieran ganado algo importante.
Pedro sonrió.
—Tuvimos los yesos emparejados y no llamamos a nosotros mismos “hermanos de hueso”.
Paula rodó los ojos.
—Oh, lo tengo. En lugar de hermanos de sangre, fueron hermanos de hueso. Personalmente, creo que ambos siempre fueron un par de cabezas huesudas.
Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Maggie. El corazón de Paula se rompió por su cuñada, y se moría por hacer las cosas bien.
—Él no va a llegar, ¿verdad?
Máximo se inclinó sobre la cama y miró a Maggie. Feroces ojos azules ordenándole hacer un esfuerzo extra.
—En estos momentos eso no importa, Maggie. Estoy aquí para ti. Apóyate en mí, y piensa que Michael es mi hermano gemelo. Úsame y permite que esos bebés nazcan. No dejaré tu lado.
La enfermera entró y la examinaron.
—Vamos a ver, cariño, ¿estamos listos para pujar?
Maggie gimoteó. Poco a poco, ella se estiró y tomó de la mano de Pedro.
—No te vayas, ¿de acuerdo?
—Nunca.
—Sí, creo que ahora estoy lista.Paula y su madre se pararon a un lado y Pedro en el otro. El tiempo se desvaneció de borrosos segundos en minutos y de vuelta otra vez. Ella pujó y gruñó y maldijo. En cada uno movía a los gemelos un poco más lejos, hasta que Maggie se recostó en las almohadas, agotada. Con la cara roja del esfuerzo, el sudor rodando por su frente, ella jadeó en busca de aire.
—Yo no puedo. No más.
—Sí, mi amore. Más.
Paula se puso los dedos contra sus labios cuando su hermano entró en la habitación. Imponente y confiado, tomó el lugar de Pedro y sostuvo las manos de su esposa. Presionando besos en sus mejillas y la frente, murmuró algo en su oído y ella asintió. Rechinando otra vez.
Y pujó.
—Viniendo de cabeza. Bebé número uno. Una vez más, Maggie, uno grande. ¡Presiona hacia abajo y puja! —Un aullido lleno el aire y Paula observó al arrugado recién nacido deslizarse al mundo. Resbaladizo y rojo, el bebé se retorció irritado y soltó otro rugido—. Es un niño. —Ella recostó al bebé en el estómago de Maggie y las voces se arremolinaron a su alrededor.
Maggie sollozó y tocó a su hijo.
—Él es tan hermoso. Oh, mi Dios.
—No has terminado, amor —dijo la enfermera chirrió—. Aquí viene el número dos. Un empujón más, Maggie.
Con un rugido, Maggie apretó los dientes. Bebé numero dos expulsado.
—¡Otro muchacho! ¡Felicidades, mama y papa! Tienen dos hermosos hijos.
Paula observó con asombro cómo su hermano tocaba a los bebés maravillado con los ojos húmedos de lágrimas. Su madre se rió con deleite. La sala explotó con actividad mientras los bebés eran pesados, medidos y envueltos en mantas con gorros de punto a juego. Mientras trabajaban en suturar a Maggie, Michael arrulló a sus hijos y los levantó.
—Conozcan a Luke y Ethan.
Su madre se acercó y sostuvo a Luke, meciéndolo y murmurando en italiano. Paula presionó un beso a la mejilla de su cuñada.
—Lo hiciste muy bien, Maggie —susurró ella—. Siento que Alexa no pudiera estar aquí contigo. Yo sé que la extrañabas.
Maggie le sonrió.
—No, Paula, me alegro que fueras tú. Estabas destinada a estar aquí conmigo esta noche. Te quise en el momento que nos conocimos y te observé florecer en una mujer hermosa. Verdaderamente eres mi hermana, y me gustaría que fueras la madrina de Lucas.
La alegría estalló dentro de ella hasta que no hubo nada sino pura emoción. Ella asintió, quedándose sin habla también. Su madre se acercó y deslizando el bulto cubierto por el manto de sus brazos extendidos.
—Conoce a tu ahijado Luke.
Ella se quedó mirando hacia abajo la piel arrugada. La boca fruncida en una perfecta O. cabello oscuro se asomaba por debajo del gorro elástico color rosa y azul. Sus dedos temblaron mientras susurraba y acariciaba su piel sedosa. Era un ser vivo, respiro milagroso, la prueba de lo que puede florecer de dos personas que se aman.
Ella parpadeó por las lágrimas y alzó la mirada.
Pedro le devolvió la mirada. Sus ojos azules se oscurecieron con una necesidad cruda que se estiró a través del espacio y arrancó su corazón. Ella contuvo el aliento.
Y esperó.
Él estaba enamorado de ella.
Pedro miró a su esposa. Ella arrullaba al bebé y se mecía una y otra vez en el antiguo ritmo que las mujeres parecían poseer. Una extraña emoción clavó sus garras en sus entrañas y se las arrancó, dejando un caos sangriento detrás. La cabeza le dolía y tenía la boca seca como después de una noche de copas. Y la verdad finalmente llegó en forma trascendental capaz de rivalizar con cualquier escenario de fin del mundo del Apocalipsis.
Él la amaba.
Siempre la había amado. Esa era la razón por la cual ninguna mujer parecía encajar en toda su vida. Oh, había sido tan fácil culpar a otros factores. Su carrera. Su impulso de libertad y aventura. Su edad. Excusas cargadas de implicaciones y también lo hizo el interminable desfile de mujeres, todo lo mismo. Excepto Paula, su único constante. Su amiga. Su amante. Su alma gemela.
Viendo a Maggie dar a luz, redujo todas las piezas irregulares de su centro. Desafiándolo en su basura y su falso sentido del honor, el orgullo y la supuesta respetabilidad.
De repente, no tuvo nada que ver con ser como su padre. Tenía que ver con tener las agallas para luchar por la mujer que amaba en sus términos. Por darle todo lo que ella finalmente podría elegir.
Nunca le había dado a Paula una oportunidad. Todos los años hizo las reglas para mantenerse distante y seguro. Incluso su matrimonio se basaba en una propuesta falsa que se burlaba de todos los verdaderos sentimientos que tenía por la única mujer que lo completaba.
Con la cabeza dándole vueltas, caminó lentamente y se detuvo a su lado. Con la mirada abajo, hacia el bebé, él alzó su barbilla para que se encontrara con su mirada de frente.
—Ven a casa conmigo ahora.
Ella parpadeó.
—¿Por qué?
—Estoy pidiéndote que hagas esto para mí. Por favor.
Paula soltó un tembloroso suspiro y asintió.
—De acuerdo.
Ella le entregó a Luke a mama Chaves. Michael se acercó y puso una mano sobre su hombro.
—Gracias, amigo mío. Tenías razón. No interferiré otra vez. Tu no sólo eres mi socio de negocios, sino mi hermano y siempre has estado allí para mí. Perdóname.
Abrazó a su amigo y lo palmeó en la espalda.
—El perdón no es necesario con la familia. ¡Felicidades, papá! Regresaremos luego.
—Sí.
Sacó a Paula del hospital y guardaron silencio en el trayecto a casa. Él se mantuvo echando un vistazo a su perfil, pero ella se mantuvo distante, mirando por la ventana, sumergida en el pensamiento.
Cuando la descubrió junto a la piscina antes de ese día, dormida con sus animales a su lado, él casi había caído de rodillas. Su rostro hermoso relajado en el sol, labios húmedos entreabiertos, su exuberante belleza lo golpeó como un puñetazo.
Ella respondió a su voz y tacto inmediatamente, su subconsciente ya sabiendo que pertenecía a él. Si Maggie no hubiera interrumpido, ya se habría hundido en su caliente y apretado canal, convenciéndola de que ahí es donde ella pertenecía. Debajo de él. Dentro de él. Con él. Todo el tiempo.
De alguna manera, debía convencerla de la verdad. Que necesitaba unir su cuerpo una vez más al suyo, luego, pedirle que no se fuera. Rogar que lo perdonara.
Era su última jugada para hacer realidad este matrimonio.
Ella quería poner fin a su matrimonio.
Paula miró por la ventana. La realidad de la situación se estrelló alrededor del momento que Luke y Ethan se deslizaron en el mundo. Ella estaba viviendo una mentira. Lo quería todo con Pedro, pero nunca lo tendría. Debido a que el resultado final era sencillo: Pedro nunca podría amarla como ella necesitaba, y ya era hora de dejarlo ir realmente.
Tenía la sensación de que él quería confesarle su propia decisión.
Tal vez por fin estarían de acuerdo, en ser parte amigos, y hacer frente a las consecuencias de la mejor manera posible.
Él subió el camino a su casa demasiado rápido y la acompañó por el sendero y al interior. Una orden fuerte y Rocky dejó de ladrar. Él gimió y se sentó en el suelo, dándole a ella esa mirada de cachorro triste que decía que sabía que estaba en problemas, pero que no sabía cómo ayudar.
Con el corazón desbocado, ella tomó una respiración profunda.
—Pedro, creo que…
—Arriba.
Su vientre se agarrotó y se hundió. Dios, él era sexy. Parecía casi primitivo con las aletas de su nariz encendidas y esos ojos azules calientes emitiendo calor. Sus pezones se apretaron contra su camisa y aumentó su sensación adolorida por la necesidad. Maldijo la ronquera en sus palabras y trató de aclararse la garganta.
—No. Tenemos que hablar, Pedro. Ya no puedo hacer esto más contigo o a mí misma. Esto no está funcionando.
—Lo sé. Estoy a punto de arreglarlo ahora. Arriba.
Piel de gallina se arrastró por sus brazos. Él la agarró del brazo y la condujo hacia la escalera. Sus pies obedecieron, hasta que terminaron en el dormitorio. La cama dominaba la habitación con un aire casi desagradable. Haciendo caso omiso de su corazón golpeando, ella se enfrentó a él con las manos cruzadas delante de su pecho.
—¿Feliz ahora? ¿Listo para decirme tu plan maestro? ¿Cómo vas a arreglar este lío de matrimonio y nuestra jodida relación en el dormitorio?
Se arrancó la camisa. Paula tragó ante todos esos músculos desnudos, prominentes. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Sí, un verdadero paquete de seis. Su estómago hacia al de Channing Tatum parecer regordete. ¿Qué estaba ella haciendo? ¿Qué estaba él haciendo?
Oh, no, ella no iba a tener sexo con este hombre de nuevo.
Él estaba malditamente loco al pensar que era así de estúpida.
—No voy a tener sexo contigo, Pedro. Estás delirando si piensas que vamos a regresar al inicio.
Se quitó los zapatos.
—Oh, vamos a tener sexo. Ahora mismo. Fui un idiota al esperar tanto tiempo y no mostrarte lo que siento. Podríamos tener una conversación agradable y ordenada en la cocina, pero no creerías una palabra de lo que digo. —Sus pantalones cayeron hasta los tobillos y los echó a un lado. Su erección sobresalía de sus calzoncillos—. Así que lo haremos de una mejor manera. —Su mirada la clavó a la pared—. Desnúdate.
Paula se quedó sin aliento. Su cuerpo se animó, listo para jugar con toda esa desnuda perfección masculina ante ella, pero trajo su mente de regreso a su lugar. Lo estudió con un aire clínico que gritó mentirosa.
—No, gracias. Cuando estés listo para hablar, déjamelo saber.
Él se rió, bajo y perverso.
—Mi dulce Paula. ¿Quién habría pensado que te gusta jugar duro? Pero lo haces. Otra razón por la que eres perfecta para mí, y mi otra mitad. Necesitaba una mujer que no se rompería, que me desafiaría a todos los niveles, especialmente en el dormitorio. —La apretó contra la pared y mordisqueó el lóbulo de su oreja. Su aliento caliente se precipitó en su oído—. Una mujer cuya alma es pura y que sabe cómo reír. Una mujer que me entiende. —Descansó las manos contra su corpiño y jugó con la parte de las tiras de su camisola. Un tirón aquí. Un tirón allá. Paula se tragó el gemido de deseo y endureció su resolución. Si ella ganaba esta ronda sin ceder, podría salir por la puerta con su orgullo.
—Yo voy a mostrarte, de la única manera que sé, que eres la única mujer que yo quiero. Has construido demasiadas barreras, bebé. Es como atravesar un campo de minas, y sé que todo es mi culpa. Pero tu cuerpo no puede mentirme. Y sabrás que el mío no puede, tampoco.
Le arrancó la camiseta y la rasgó por la mitad.
Sus pechos se derramaron libres y él los cogió con las manos, frotando las crestas estrechas mientras sus labios devoraban su boca. Un rápido movimiento y sus pantalones cortos y bragas estaban fuera, dejándola desnuda delante de él. El juego brusco levantó su excitación tanto que un hilo de humedad se deslizó por su muslo, pero se recuperó y mordió su labio inferior.
Él se apartó. Sus ojos azules se oscurecieron hasta un gris tormentoso y deliberadamente retorció sus pezones por lo que un diminuto rayo de dolor corrió a través de ella. Paula no pudo evitar el gemido que salió de sus labios.
—No vas a hacerlo fácil, ¿verdad? —murmuró él—. Está bien. Me gusta un reto.
Le dio la vuelta y la enjauló con sus muslos. Su pecho presionó contra su espalda, y empujó suavemente su erección contra su hendidura.
—Bastardo.
—Piernas más abiertas, por favor.
— Jódete.
Separó sus piernas con el pie hasta que ella estuvo bien abierta y vulnerable. Sus mejillas se sonrojaron mientras perfumaba su propia excitación. Sus dedos se deslizaron hacia abajo por la curva de su trasero, apretando la carne tierna. Ella se movió lejos, pero él se limitó a reír.
—¿Esto te calienta?
—Diablos, no.
—Mentirosa. —Sus dedos se sumergieron profundo y ella se arqueó. Ella empuñó sus manos y jadeó por el control. Su mejilla yacía plana contra la pared fría y la indefensión absoluta de su posición sólo aumentaba su necesidad de más. El hombre reclamó su corazón y su alma, pero ¿cómo había llegado tan profundo en sus fantasías? Jugó y atormentó hasta que ella se retorcía como un animal salvaje, dispuesta a hacer cualquier cosa
por su liberación. Sus labios pellizcaban y lamían la zona sensible de su nuca y abajo por su espalda, y él se balanceó contra ella en un ritmo que la volvía loca.
—Yo quiero, necesito…
—Lo sé, cariño. Tiempo para la verdad. Dime que me perteneces. Siempre me has pertenecido a mí.
—No.
Él hizo girar el capullo apretado entre sus piernas y sus rodillas cedieron. Pedro la sujetó con un brazo, pero nunca dejó los círculos despiadados que la mantenían justo en el borde.
—Dime.
Un sollozo quedó atrapado en su garganta. Tan cerca… el orgasmo brillaba ante ella en todo su esplendor hasta que sus nervios se destrozaron y su cerebro se frió. Sus caderas presionaron hacia atrás atormentadas.
—Te odio, Pedro Alfonso. Te odio.
Sus labios se deslizaron sobre su mejilla húmeda.
—Te amo, Paula. ¿Me oyes? Te quiero. —Hizo una pausa y la levantó sobre la punta de sus pies—. Ahora vente para mí.
Él hundió sus dedos profundamente en su canal y frotó duro.
Ella gritó cuando oleadas de placer se sacudieron a través de ella y la rasgaron en pedazos. Él la levantó, la colocó sobre la cama, y se envolvió a sí mismo con un condón. Luego se sumergió.
Mía.
Paula clavó los talones en su espalda y le dio todo. Se enterró a sí mismo tan profundamente que no había nada más que él. Ninguna dulzura estropeó la ferocidad de sus golpes. La llevó de vuelta justo al borde y la empujó de nuevo.
Su calidez y fuerza la rodeaban. Ella flotaba y débilmente notó su propia liberación. Paula nunca lo soltó mientras la oscuridad finalmente se estrellaba y ella ya no tenía que pensar más.
Pedro acariciaba la parte de atrás de su cabello humedecido de sudor y puso su mejilla contra la de ella. Su mano ahuecó su pecho, y un muslo se enredado entre sus piernas. El olor de ella se aferraba a su piel. Se preguntó por qué había tardado tanto tiempo en darse cuenta de que la amaba. Entendió por qué había evitado el amor en el pasado. Sí, había tenido miedo de hacer un compromiso debido a su padre, miedo de que tuviera algunos de sus genes, miedo de herir a otra mujer como su madre había sido herida todos esos años atrás. Pero la principal razón era simple.
Miedo.
Su corazón ya no le pertenecía. ¿Era así como Paula se había sentido todos estos años? ¿La tortura, el miedo y la alegría de querer estar en la presencia del otro? Él daría su vida por ella, pero ésta no era su decisión. Ella yacía a su lado, su cuerpo junto al suyo, pero su mente aún lejos, muy lejos.
—¿Qué estás pensando? —susurró él.
Ella levantó la mano y apretó sus labios contra su palma.
—Cuánto significas para mí. Todas esas veces que entrabas por la puerta con Michael, me preguntaba lo que sería ser amada por ti. Hacer el amor contigo. Vi mujer tras mujer desfilar delante de mí y oraba por mi turno. Ahora que está aquí, estoy demasiado temerosa de tomarlo.
Él le dio la vuelta para encararlo. Los ojos marrón chocolate llenos con una tristeza y vulnerabilidad que desgarraba su corazón.
—Te amo. No se trata de hacer lo correcto, o no llegar a ser como mi padre. Quiero una vida contigo y no me conformaré con cualquier otra mujer.
Ella no se movió. No reaccionó a sus palabras. Su pelo oscuro y rizado caía sobre sus hombros y ponía de manifiesto la pendiente de una barbilla obstinada, mejillas llenas y nariz larga. Era fuerte, hermosa y perfecta. Pánico rugió a través de su sangre y atenuó sus oídos.
—Paula, por favor, escúchame. Nunca pensé que podría ser lo suficientemente bueno para ti. Mi edad, nuestra familia, todo lo que yo creía ser. Ahora veo que podría pasar todos los días de mi vida haciéndote feliz, de que te casaras conmigo. Hacerme digno de ti.
—Quiero eso, también, Pedro. Pero yo…
—¿Qué? —Su silencio sacudió sus nervios y la esperanza de un felices para siempre. ¿Qué más podía darle? ¿Qué más podía querer? Él estudió su cara y la miró profundamente a los ojos.
Entonces lo supo.
—Tú no me crees.
Ella se estremeció.
—Quiero creerte. Creo hasta que tú quieres decirlo de verdad esta vez. Pero yo siempre voy a esperar el abandono. Me temo que voy a preguntarme todo el tiempo por qué me elegiste. Te miro y mi corazón se hincha y no sé qué hacer con todas mis emociones. Todavía se siente como si tuviera dieciséis años y la esperanza de complacerte, o conseguir una sonrisa.
La frialdad se filtraba a través de su piel. En cierto modo, esto ni siquiera era acerca de él. Esta era acerca de su propia obsesión personal y cómo ella nunca se sintió lo suficientemente buena. ¿Podría él vivir así? ¿Siempre tranquilizándola o preocupado de que ella hubiera desaparecido debido a sus inseguridades? Dio, que completo desastre.
¿Cómo no veía lo especial que era ella? ¿Cómo él no la merecía?
—Nosotros ya no somos más niños,Paula. ¿No es hora de que realmente te des cuenta de eso, y cómo te ven los demás? —La verdad lo golpeó, y él se sentó—. Tienes razón, sin embargo. Necesito que me encuentres a mitad de camino. Necesito a una mujer que crea en mi amor por ella, que estará a mi lado y no estará temerosa de que algo me aleje. Necesito a alguien fuerte y valiente. —Apretó su mandíbula y tomó una decisión—. Tú eres todo eso, mi amor. Y más. Pero hasta que no lo creas, no tenemos una oportunidad.
—Lo sé. —Su voz se quebró. Con un grácil movimiento, se levantó de la cama y se quedó parada desnuda ante él. La resolución brilló en los ojos oscuros, junto con una pizca de tristeza que le atravesó el corazón—. Es por eso que no puedo estar contigo en estos momentos. Necesito saber que soy suficiente por mí misma antes de que pueda tomar esta oportunidad de nuevo. Lo siento, Pedro. Pero voy a dejarte.
Lo dejó solo en su habitación, mirando a la puerta cerrada detrás de ella. Lo dejó preguntándose si alguna vez él estaría completo de nuevo. Lo dejó preguntándose qué pasaría después.

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