miércoles, 31 de diciembre de 2014

Capitulo 15

Alexa apoyaba al bebé Ethan en un brazo mientras se acomodaba en el futón amarillo canario. Su mirada recorrió el alto apartamento de un solo ambiente recordando con cariño.
—No puedo creer lo rápido que pasa el tiempo —comentó. Su vientre enorme tiró de su camiseta de maternidad que declaraba MAMÁ DE BEBÉ BOOKCRAZY—. No tienes ni idea de cuánto vino se tomó en este apartamento.
Maggie mecía a Luke mientras lo amamantaba. Su cuñada dejó escapar un resoplido.
—O cuántas de las citas de Alexa terminaron mal. El vino era definitivamente necesario.
Las chicas se rieron y Paula ajustó el lienzo sobre el que trabajaba.
—Bien, tengo ventaja. Mis noches de viernes consisten en películas para chicas y una botella de vino rojo.
—No tienes que estar fuera de nuestras cenas de los viernes por la noche Paula —dijo Alexa—. Pedro es apenas educado de todos modosa. Después de que lo dejaste, Michael dice que se pasa dando zancadas por toda la oficina causando estragos y, se está volviendo como la Sta. Havisham en su grande y vieja mansión.
Paula negó.

—No, está bien. He conseguido terminar mucho trabajo —contempló la pintura que tenía delante—. La última de la serie.
—Lo echo de menos —agregó reprimiendo las lágrimas.
Maggie suspiró.
—Lo sé, cariño. Pero pienso que hiciste lo correcto. Tú has sido dependiente de Pedro toda tu vida y siempre veías lo que podías hacer por él. El matrimonio es una calle de doble sentido. Tienes que ser fuerte por tu cuenta antes de que puedas ser fuerte para alguien más.
Alexa miró a su amiga con asombro.
—Maldita sea, eso fue profundo.
—Gracias —dijo Maggie sonriendo—. He estado practicando la sensibilidad para la maternidad.
—Bueno, te dije que busco a un socio de tiempo completo para BookCrazy —dijo Alexa—. Tú serías perfecta y no tendría que preocuparme de Maggie atiborrando y ahuyentando a mis clientes. Ya he estado en contacto con un abogado. Podemos preparar los contratos en cuanto tú decidas. —El entusiasmo se enroscó en su vientre. Por primera vez había descubierto un talento que le producía dinero y la hacía feliz. Ahora, con la última pintura de la colección estaba lista para tomar otro gran salto. Había llamado a Sawyer y un consultor venía para mirar su trabajo.
Había sido advertida de que el consejero era riguroso y, si no hubiera posibilidad de venta, él se lo diría inmediatamente. Paula estaba emocionada. Quería honestidad y sabía que si su arte no estaba a la altura, ella trabajaría más duro la próxima vez. Finalmente, su vida comenzaba a cambiar y a centrarse.
Excepto que extrañaba a su marido.
Un pedazo dentro de ella parecía estar permanentemente roto sin él. Desde el día que se marchó, él no se había puesto en contacto con ella.
Diez larguísimos días, hasta que creyó que se volvería loca si no podía ver su rostro. Él la atormentaba en sus sueños y durante el día. Logró volcar
la mayor parte de su angustia en su trabajo y esperaba que la sensación resuelta de sus retratos se trasmitiera al espectador común. Era gracioso ver cómo la angustia se cotizaba como un gran arte.
Paula volvió al presente.
—Me gustaría ser copropietaria del BookCrazy —dijo ella—. Gracias por confiar en mí, Alexa.
—¿Estás bromeando? Tú trabajaste como un asno y te probaste a ti misma. No doy nada gratis.
Maggie asintió.
—Ella es fácil de convencer cuando se trata de niños y perros, pero es un tiburón cuando se trata de negocios.
Paula se rió.
—Es bueno saberlo.
—¿Entonces, cómo está Gabby? Parece completamente curada —dijo Maggie.
Paula observó a la paloma que arrullaba en su jaula.
A Gabby le gustaba escuchar a otros pájaros en los árboles de afuera y parecía contenta de estar cerca de ella. Pero Paula sabía que era casi el momento para dejarla ir. El ala se había curado totalmente y su propietario la quería de vuelta. Una llamarada diminuta de incertidumbre ondeó a través de ella. Tal vez Gabby necesitaba algo más de tiempo. Tal vez no estaba lista aún.
—Ella estará lista para volar pronto.
Alexa suspiró.
—Me gustaría tener una paloma como mascota, pero los perros probablemente se pondrían celosos.
Maggie emitió un ronquido.
—Sí, mi hermano con un pájaro. Casi mató a los peces. Esto es un desastre en ciernes.
Alexa le sacó la lengua.
—Bueno, tenemos que irnos. Solamente quería visitarte y asegurarme de que estás bien.
Paula las besó a ellas y a sus sobrinos despidiéndose. Maggie apretó su mano.
—Solo recuerda, estamos aquí si nos necesitas. En cualquier momento.
—Gracias chicas.
Paula les vio alejarse con el corazón encogido. Entonces regresó a trabajar.
Apagó su teléfono móvil con dedos temblorosos.
Había conseguido una exposición.
Soltó un chillido y dio vueltas alrededor de la habitación saltando, lanzando movimientos de hip-hop y sacudiendo el trasero con brío. El consultor había destrozado su trabajo y había señalado cada artículo que no cerraría una venta. Ella tomó la crítica con la barbilla en alto y un corazón de acero. Le dijo que lo haría mejor la próxima vez.
Él asintió, le dio su tarjeta y se marchó.
Una semana más tarde, Sawyer llamó con la noticia de que su amigo no podía concentrarse en su trabajo. Quería que ella modificara algunas cosas, creara una pieza más original y le daría una oportunidad. El vértigo estallaba como burbujas de soda hasta que se imaginó que podía volar. Paula miró su BlackBerry e hizo una pausa sobre el número.
Quería llamar a Pedro.
No a su madre o a Michael o a Maggie. Ella quería llamar a su marido que probablemente ya no sería su marido. El que le dijo que pintara para ser feliz y que era mucho más de lo que ella pensaba que era.
Un golpe sonó en la puerta.
Con el corazón desbocado, decidió que el destino le había enviado una respuesta. Si fuera Pedro, saltaría a sus brazos y le pediría perdón. Paula se acercó y abrió la puerta. Su madre estaba de pie en el umbral. Los hombros cayeron, pero logró esbozar una sonrisa alegre.
—Hola, mama. Me alegro de que estés aquí. Tengo maravillosas noticias.
Con un beso sobre la mejilla, el bastón de su madre golpeó el piso de madera lleno de rasguños.
—Dime. Pareces feliz. —Paula le contó las noticias. El orgullo en su rostro satisfizo profundamente algo en su interior—. Sabía que tendrías éxito con tu pintura. Has estado muy centrada en estas últimas semanas. ¿Puedo verlos?
El pánico mordisqueaba sus nervios.
—Umm, te los mostraré cuando haya terminado. Puedes verlos en la exhibición.
Mama Chaves sacudió la cabeza.
—Lo siento, Paula, es por eso que he venido para hablar contigo. Estoy lista para irme a casa. Me iré el fin de semana.
—Oh. —El pequeño sonido pareció patético incluso a sus oídos.
Se había acostumbrado a tener a su madre cerca. Los viernes por la noche las cenas eran bulliciosas y como pareja divorciada, ella y Pedro alternaban cada viernes por la noche para dar al otro una posibilidad de estar con la familia. Con un profundo suspiro, su madre apoyó el bastón contra el sofá y se sentó sobre los cojines estropeados.
—¿Te sientes bien, mama?
—Desde luego. Solamente cansada y lista para ver mi casa.
Paula sonrió y se sentó al lado de su madre. Ella tomó su envejecida mano y la sujetó entre las suyas. Las manos que cocinaron al horno, mecieron bebés y calmaron lágrimas. Manos que construyeron un negocio fuerte por amasar y hacer malabares con una docena de pelotas en el aire al mismo tiempo.
—Entiendo. Voy a echarte mucho de menos.
—¿Y vas a estar bien sin mí? ¿Quieres volver a casa?
Ella presionó un beso en la mano de su madre.
—No. Construyo mi hogar aquí en mis propios términos. Me siento más fuerte. Más como una mujer que sabe lo que quiere y menos como una niña.
Mama Chaves suspiró.
—Debido a que tu corazón está roto —mama Chaves suspiró—, envejecemos más rápido de esa manera. Ni bueno ni malo. Solamente es lo que es.
—Sí.
—Pero debo decirte algo sobre Pedro.
—Mama…
—Shsh, solamente escucha. Cuando eras pequeña, solías mirar a aquel muchacho con el corazón en los ojos. Yo sabía que contigo era un amor para siempre, no un flechazo. Pero eras demasiado joven y Pedro es un buen muchacho. Su trabajo era protegerte hasta que fueras una mujer. Y lo hizo.
Su madre sonrió ante el recuerdo.
—Yo siempre veía el modo en que te miraba. Cuando pensaba que nadie miraba y se sentía seguro. Con una mirada nostálgica y cariñosa, que llenaba mi corazón. Yo sabía que el tiempo tenía que pasar para hacer su trabajo con ustedes dos. Sé que hubo angustias, pero eran necesarias
para llegar aquí. La mañana en la que entré por ti, mencioné el matrimonio por una razón específica. Yo sabía que él necesitaba un empujón. Tenía demasiado miedo de Michael y de su relación pasada. Alguien tenía que romper esa barrera para darle a los dos una oportunidad. Puedo haberlo sugerido, pero ese hombre hace lo que quiere y ningún sentido del honor lo habría hecho pedir tu mano en matrimonio si no quería hacerlo. Pedro te ama. Pero ahora es tu turno de tomar una decisión. Tienes que ser bastante fuerte para estar de pie al lado de él y pedir su amor. Vas a tener que darte una oportunidad a ti misma. Todos creemos en ti. ¿No es hora de que creas en ti?
—No sé, mama. No lo sé.
Su madre suspiró profundamente y miró por la ventana.
—Esperaba que esto funcionara de manera diferente, pero no pensé que fueras tan obstinada. Desde luego, tenía el mismo problema con Michael y Maggie, pero gracias a Dios que funcionó.
Paula inclinó su cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Mama Chaves se rió.
—Oh, mí Dios, sabía que cuando se presentaron mintieron acerca de estar casados. También sabía que eran perfectos juntos, entonces arreglé que el sacerdote viniera a la casa.
La boca de Paula cayó abierta. Su madre había caído enferma y les solicitó a Maggie y a Michael que se casaran delante de ella. Asombroso. Todo el tiempo su madre lo había sabido y planificó su propio golpe.
—Eres despiadada. ¿Por qué yo no sabía esto?
—Soy una madre. Hacemos lo que sea necesario por nuestros hijos cuando necesitan un empujón. Ahora, ojalá pudiera conseguir que Julietta mirara a un hombre en lugar de su hoja de cálculo.
Paula se rió.
—Buena suerte.
Paula se acercó y tomó a su madre en brazos. El olor familiar de las horneadas y el polvo para hornear y el alivio se acumularon sobre ella y calmaron su alma.
—Te amo, mama.
—Y yo te amo, mi dulce muchacha.
Se quedaron abrazadas un momento hasta que Paula se sintió lo suficientemente fuerte para dejarla ir.
Había llegado el momento.
Paula se quedó afuera con Gabby en su brazo.
El sol se derramaba caliente sobre su piel y las plumas blancas de la paloma brillaban.
—Te quiero, mi dulce chica. —Ella acarició su pecho suave. El pájaro ladeó su cabeza y gorjeó como si sintiera su adiós. Paula vaciló. Sabía que nunca vería a Gabby otra vez, sabía que volaría a su casa y la olvidaría, completamente curada. El reconocimiento hizo clic y se astilló en mil pedazos. Pedro la amaba.
¿No había dudado de ella misma por mucho tiempo? ¿Cuándo era el momento de apropiarse de su felicidad, con una clara comprensión de que merecía a Pedro Alfonso y todo lo que él tenía que ofrecer? Estas últimas semanas sin él le demostraron que podía valerse por sí misma. Perseguir sus sueños. Fracasar y no derrumbarse. Pedir lo que quería sin miedo. Podía vivir sin él, pero no quería. Su marido la amaba, pero necesitaba una mujer que fuera digna. Ella nunca se creyó suficiente para darle todo, siempre con miedo de que se diera cuenta que no era lo
suficientemente buena. Las palabras de su madre se arremolinaron en su cabeza y la hicieron marear. ¿No es hora de que creas en ti?
Sí.
—Es hora de volar, Gabby.
Paula lanzó su brazo. Las alas de la paloma se agitaron y se dio a la fuga. Elevándose con gracia hacia el cielo, sus alas blancas contrastando sobre la madera de los árboles, la miró desaparecer. Gordas y esponjosas nubes flotaban, las vio pasar hasta que no quedó nada más.
Su vientre se estabilizó. Un profundo conocimiento pulsaba dentro de ella. Confió en su instinto y se dio cuenta de que era hora de avanzar. Tiempo para ser la mujer que siempre quiso ser.
Tiempo para reclamar a su marido.

2/3


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