lunes, 22 de diciembre de 2014

Capitulo 8

Te necesito en Las Vegas. Mañana.
Pedro gruñó, tiró su taza de café frío a la basura y sacó del cajón inferior un par de cosas buenas. Sacó dos vasos tequileros, vertió aguardiente, le dio uno a Michael y brindó con él.
Se llevó el vaso a la boca y rápidamente lo vació. El líquido bajó suave y caliente.
—Me estás matando, Michael. Tengo la apertura del New Paltz la próxima semana y, ¿quieres que me vaya ahora?
Michael pasó los dedos por el rostro en un típico gesto de frustración.
—Lo siento, amigo, odio hacerte esto. El Hotel Venetian en Las Vegas está interesado en nuestra tienda y necesito a alguien que comprometa al comprador. Sawyer Well es quien está a cargo por el momento. ¿No es amigo tuyo?
—Si, lo conozco desde hace años.
—Bien. Planeé viajar yo mismo, pero mi madre decidió visitarme. No puedo irme esta semana.
Frunció el ceño.
—¿Todo está bien?
—Sí, pero Maggie no puede viajar a estas alturas y yo tampoco quiero dejarla. Mi madre llega mañana. Quiere ver a Maggie con sus propios ojos antes del parto.
—¿Cómo esta de salud? ¿Aún tiene problemas cardiacos?
Michael sacudió la cabeza.
—Debe estar siempre bajo observación, pero Julietta dice que está muy bien. El doctor la examinó y dijo que no tenía ningún problema para hacer vuelos largos. Necesito que te quedes en Las Vegas por un par de días, Pedro Cierra el trato.
—Hecho.
El rostro de Michael se relajó y dejó escapar un largo suspiro.
—Gracias. Manejaré cualquier asunto desde aquí. De paso te aviso que Paula irá contigo.
Pedro se levantó de su silla como si tuviera el culo en llamas.
—¿Qué? Absolutamente no.
—¿Por qué? —preguntó Michael confuso.
Decidió caminar un poco para liberar la repentina tensión en sus músculos.
—Ella no está lista para algo como esto. Necesito concentrarme y no puedo preocuparme por cuidarla.
Michael se recostó en la silla, agitando una mano al aire.
—Entiendo. No tienes que cuidarla —le dijo sonriendo—. Lamento que el asunto con Victoria no funcionara, pero apuesto que dentro de algunos días tendrás a una hermosa chica de Las Vegas colgando del brazo. Paula no arruinará tu estilo.
Esta es una oportunidad para que ella aprenda desde un principio cómo firmamos un acuerdo inicial. Necesita ver todos los pasos, de manera que estará ahí para ayudarte con cualquier papeleo, tramites etc. Puedo
enviar a Edward contigo. Él es un excelente vendedor. Puede ayudarte a mostrar nuestro compromiso.
El aguardiente repentinamente decidió subir desde su estómago, estrangulándolo. Tosió ahogado mientras la cabeza le daba vueltas. Michael se levantó para golpearlo en la espalda.
—Edward no —dijo, arreglándoselas para hablar—, he tenido algunos, eer, problemas con él.
—¿Es necesario que intervenga?
—¡No! No, lo tengo bajo control. No necesito a nadie más para el viaje. Puedo hacerlo. Nos irá bien. Puedo manejar esto yo mismo. No hay necesidad de un vendedor.
—Sí, sé que puedes hacerlo. —Michael puso una mano sobre su hombro—. Este negocio nunca hubiera prosperado sin ti, mi amigo. Gracias por estar siempre aquí.
Una imagen de Paula de espaldas contra la puerta con el vestido abajo aleteó en su memoria. El sudor bajó por su frente.
—No hay problema.
—Le diré a Paula que se aliste para el vuelo de la mañana. —Se inclinó sobre su maletín y le entregó un grueso expediente—. Aquí están los papeles. Tendré el avión listo para la nueve.
Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, Pedro gruñó. Oh, sí.
Definitivamente estaba obteniendo un mal karma por aquel momento de placer desgarrador con la única mujer que no podía tener. Ahora debía pasar cinco días en Las Vegas con ella.
Solos.
Luchó contra el pánico. Tal vez estaba sobreestimando a su compañera. Paula no había mencionado esa noche desde su anuncio. Su ego aún quemaba y no le había dicho nada del hecho de que Victoria efectivamente estaba enamorada de otro hombre. Uno que conocía desde
antes que a él. Aún peor era el hecho de saber que no había química sexual.
Estaba lo suficientemente desesperado para inventar algo, pero la necesidad de casarse por la presión de su padre lo hizo entrar en pánico. Su larga conversación fue fructífera y finalmente había admitido sus verdaderos sentimientos por Richard. Él la beso en la frente y le deseó suerte, esperando haberla convencido de dar el salto e ir tras el hombre que amaba.
En cuanto a Paula, ella fingía que nada había sucedido entre ellos. Actuaba relajada. Amigable. Casual. Como si nunca hubieran tenido en la boca la lengua del otro y nunca hubiera tenido sus dedos alrededor de un pezón.
¡Alto!
Las Vegas era sólo negocios. Ella quería aprender. No había razón para entrar en pánico por pasar algunos días juntos.
El encanto de un nuevo acuerdo hizo que su sangre cantara. Al diablo con todo.
Amaba Las Vegas. El calor. La adrenalina. El pecado. Podría visitar a su viejo amigo, jugar algo de póker y hacer lo que mejor sabía hacer: cerrar un trato y encontrar a una mujer para un buen rato.
Alguien que lograra sacar a paula de su mente y poder regresar la cabeza al juego.
Tomó el archivo y regresó al trabajo.
Paula intentaba no rebotar sobre su asiento como cualquier niña, pero estar relajada se hacía cada vez más y más difícil. La limosina recorría las calles de Las Vegas mientras sus sentidos estaban a punto de hacer
corto circuito. Una ciudad que vivía por una razón y se jactaba de sus logros a los cuatro vientos: placer. Un lugar para perderse ella misma, sus inhibiciones y llevar finalmente a Pedro a su cama.
Bienvenida a Las Vegas.
Pedro la observaba impávido, pero a ella no le importaba.
—¿Podemos ir a ver a Celine Dion?
—Diablos, no. —Arrugó la nariz.
—¿Al Cirque du Soleil?
Sus labios se curvaron.
—Tal vez. Si estoy suficientemente ebrio.
Ella le sacó la lengua y él se echó a reír.
—Me niego a dejar que tu visión aburrida arruine mi diversión. Soñaba con venir a Las Vegas y ahora no puedo creer que esté aquí. ¿Es cierto que las bailarinas caminan por ahí prácticamente desnudas?
—Sí.
—¿Cuántas veces has estado aquí?
Él se relajó en su asiento y Paula tuvo que esconder una mirada hambrienta. Vestido con un traje de negocios oscuro, gemelos de oro y con el cabello cuidadosamente arreglado, haría volver la mirada a cualquier mujer, incluyendo bailarinas de Las Vegas. Un animal con gracia atrapado en la ciudad. Su corbata rojo brillante hacía alusión al fuego escondido bajo la superficie. Estaba tentada de subir la pantalla ahumada del auto y representar una de sus fantasías más traviesas. En su lugar, se mantuvo quieta y escuchó su respuesta.
—Un par de veces por negocios. Algunas por placer.
—Estoy segura. Ninguna boda al estilo Elvis anulada ¿verdad?
—Impertinente.
Ella sonrió y sacó la cabeza por la ventana, abandonando cualquier actitud sofisticada. El aire golpeaba su rostro y despeinaba sus rizos, pero no le importó. Se detuvieron en el Hotel Venetian y Paula sonrió ante la imagen falsa de Italia a su alrededor. Elegantes esculturas de mármol, numerosas fuentes de agua y una exuberante vegetación antes de cruzar por las majestuosas puertas. Esperaba que los hoteles de Las Vegas fueran un poco exagerados y deslumbrantes, pero había un matiz de elegancia bañando los muebles.
Michael se detuvo en el mostrador de recepción. Paula volvía la cabeza de un lado a otro mientras intentaba asimilar de golpe toda la energía del lobby del casino. Una esfera de oro gigante dominaba el centro del piso pulido, flanqueada por columnas, arcos demasiado altos y un techo pintado de manera tan elaborada que podía ser un rival perfecto para la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. La matriz giratoria de texturas y colores exuberantes empañaba sus sentidos con placer.
Recibieron su llave y fueron escoltados hasta la torre.
Arriba, arriba, arriba, subieron tanto que podrían haber tenido de vecino al gigante de Jack y Las Habichuelas Mágicas. Las puertas del ascensor se abrieron, teclearon su código y entraron en la Suite Superior.
Paula se quedó sin aliento.
Ya sabía que Michael y Pedro eran muy, muy ricos. Desde sus humildes inicios, vio cómo el imperio de la familia creció hasta el punto de no tener que preocuparse por pagar las cuentas, o pagar una educación universitaria.
La casa fue renovada, pero ella seguía refugiada aún en Bérgamo. Sus alrededores nunca cambiaron y su yo interior permaneció inalterado por el éxito o el dinero.
Observar la habitación la dejó completamente deslumbrada.
La sala abierta contaba con un sofá azul reclinable y unos muebles de hermosa madera. Pinturas ricas de escenas italianas decoraban las paredes y la ventana de piso a techo, mostraba la ciudad en toda su
gloria. Permaneció en silencio mientras caminaba y se acercaba al bar, que estaba bien surtido, luego a la tina del Jacuzzi y a la cama tamaño king con muchas almohadas, sobre las cuales se antojaba estirarse y tomar una siesta.
—Creo que necesito pedirle a Michael un aumento —murmuró.
Pedro se echó a reír.
—Este es nuestro negocio, cara. Eres de la familia, de manera que eres parte de todo lo que se ha construido, incluyendo el dinero.
—No me siento cómoda aprovechándome de algo por lo que nunca he trabajado —dijo con honestidad—. Quiero ganarme mi propio derecho al dinero.
Su rostro se suavizó y, durante un instante, sus ojos se llenaron de un orgullo feroz.
—Lo sé. Tienes carácter, algo que la mayoría de las mujeres no tiene en estos tiempos.
—Muchas mujeres lo tienen Pedro —resopló Paula—, solamente que tú siempre encuentras a las equivocadas.
—¿Podemos dejar de lado mi oscuro historial por este día?
—Seguro. —Una pizca de culpa brilló en sus ojos—. Lamento lo de Victoria.
—Tenías razón. Como siempre —se encogió de hombros—. Al menos irá detrás de alguien a quien realmente ama. —Deliberadamente cambió de tema y señaló hacia la puerta contigua—. Te mostraré tu habitación.
Se acercó y la abrió.
Entró en una habitación con una cama individual y un baño. Ella dejó escapar un chillido de emoción, se quitó los zapatos e hizo algo que había estado anhelando desde que entraron por la puerta.
Corrió a toda velocidad y se lanzó sobre el colchón.
Hundiéndose suavemente, gimió y se estiró, disfrutando de la sensación acogedora de las almohadas y mantas.
—Estoy en el cielo —declaró. Pedro se detuvo en el borde de la cama, sonriendo.
—Nunca puedes resistirte a un buen salto. ¿Recuerdas cuando estábamos con tu primo Brian y yo improvisé un artefacto horrible para que pudieras fingir que eras gimnasta olímpica?
Ella se echó a reír.
—¡Oh, Dios mío, es verdad! Traté de saltar pero era demasiado alto y me rompí la muñeca.
—Pensé que estaría castigado por meses, pero regresaste del médico y nadie lo volvió a mencionar.
Ella apoyó el codo sobre el colchón descansando la mejilla sobre su palma.
—Porque nunca lo mencioné.
—¿Qué?
—Sabía que te metería en problemas —sonrió ante el recuerdo—, diablos, tú y Michael siempre me estaban protegiendo. Le dije a mama que yo misma lo construí.
Él la miró fijamente durante un largo tiempo sin pestañear.
—¿Mentiste por mí?
La suave pregunta repentinamente hizo cosas malas en su estómago.
Parecía mirarla desde una nueva perspectiva, pero no sabía si era buena o mala. Tal vez el recuerdo de la niñez no era una gran idea para su plan maestro de seducción. Sería mejor cambiar de táctica rápidamente.
—Estoy pensando reemplazar ese horrible futón del apartamento de Alexa. Dime lo que piensas de este colchón.
Pedro se estremeció y dio un paso atrás.
—No, no sé lo que estás intentando.
—Oh, vamos, hay un montón de espacio. No tengo piojos. Sólo recuéstate y dime si es mejor que la cama de tu casa.
—¿Cómo sabes qué tipo de cama tengo? —preguntó frunciendo el ceño.
—No lo sé, pero pareces un poco pomposo cuando se trata del lujo así que imagino que debe ser grande. No tendrás una de esas horribles habitaciones de soltero con dibujos de cebras y bocinas escondidas para oír música de Marvin Gaye a todas horas ¿o sí?
Él se echó hacia atrás con cara de horror.
—¿Qué sabes tú de esas cosas? Hay tantas cosas mal en ese escenario, ni siquiera puedo empezar a enumerarlas.
—Bien. El chico con el que salía tenía una de esas. Él cerraba la puerta, presionaba un botón y una horrible canción empezaba a perseguirme.
Él dio un paso más cerca.
—Espero que no le hayas dado lo que quería. No con ese tipo de truco barato.
—Nop, no me impresionó. —Sonriendo, se recostó una vez más moviendo otra de las almohadas y le hizo señas para que se le uniera—. Sólo un minuto. Dime lo que piensas.
—Paula…
—Olvídalo. Seguro no quieres arrugar tu traje.
Su comentario dio en el blanco. Sus rasgos se endurecieron como si le hubiese mandado un desafío. Nunca daba marcha atrás ante un reto. Se quitó lo zapatos. Ella ocultó una sonrisita, abriendo espacio cuidadosamente entre ellos.
—Entonces, ¿qué piensas?
Él suspiró.
—No puedo creer que estemos analizando la cama. Siento como si estuviera en un comercial de camas.
—Es firme —dijo rebotando arriba y abajo—. Tiene mucho que dar. Las sabanas definitivamente tienen hilo de alta costura. Y las almohadas son perfectas.
—Las almohadas apestan. Los hombres odiamos las almohadas mullidas, se sienten sofocantes.
—¿En serio?
—Sí. Pero el colchón tiene un buen espesor. Firme, pero con suficiente suavidad para…
—El sexo.
Cada músculo de su cuerpo se tensó. Paula contuvo el aliento mientras volvía la cabeza.
Sus miradas se encontraron y ella prácticamente se estremeció con la necesidad de abalanzarse, presionar la boca sobre la suya y obligarlo a rendirse. Sus pupilas se dilataron y apretó la mandíbula.
Esperó. Se movió un centímetro más cerca, asegurándose que su blusa se moviera un poco para mostrar su escote. Con indiferencia deliberada, ladeo la pierna a un lado, deslizando su falda indecentemente hacia lo alto de su muslo.
El delicioso aroma de loción de afeitar, limón y su jabón, perforaban sus sentidos, más fuerte que cualquier perfume de diseñador en el mercado.
La tensión zumbaba en el aire.
Esperó.
—Yo hablaba del sueño. —Rodó hacia un lado, se levantó y la miró con desaprobación.
Ella frunció los labios en una mueca malhumorada.
—Mentiroso —susurró.
Él se movió.
A la velocidad del rayo se encontró de espaldas.
Una rodilla dura presionaba entre sus muslos, abriéndola. Le sujetó las muñecas por encima de la cabeza en un apretón casual, cerniéndose sobre ella. Labios tallados se mantuvieron a un centímetro de los de ella y aquellos ojos azules que disparaban chispas de furia y fuego le provocaron lujuria. Su cuerpo se suavizó bajo su mando con la necesidad de ser dominada. Todas esas fantasías ocultas y traviesas volvieron a la vida, saliendo de su oscuro armario.
—Estás jugando un juego peligroso cara. —Su voz salió en un ronroneo suave mezclado con acero puro—. Desafía a un hombre de las grandes ligas y es posible que lo lamentes.
Una pizca de satisfacción fluyó a través de su sangre hasta la cabeza. Estaba tan caliente que su piel prácticamente se derretía hasta los huesos. Esto era lo que ansiaba, al Pedro dominante, sexual que podría llevarla al orgasmo con un toque de sus talentosos dedos. Levantó la barbilla y lo miró de frente.
—Tal vez me di una vuelta por las Grandes Ligas y me gustó.
—¿Ahora quién es el mentiroso? —Bajó la cabeza y mordisqueó su mandíbula. Su cuerpo se estremeció y un gemido se construyó en la parte posterior de la garganta. Su lengua lamió en un gesto rápido y ella se arqueó—. ¿Crees que puedes controlar los resultados? Molestar a un hombre al que consideras caliente no es sabio. Pensé que eras más inteligente pequeña.
—¿Alguna vez pensaste que quiero más de lo que cualquier hombre puede manejar? —Las valientes palabras perdieron un poco su fuerza cuando él tiró del lóbulo y dejó escapar un jadeo entrecortado—. Todo este tiempo he estado equivocada, Pedro. No soy yo la que no puede manejarlos.
Le sonrió en un puro desafío antes de terminar la frase.
—Son ellos los que no pueden manejarme.
Él levantó la cabeza. El aire crujía entre ellos.
—Vamos a averiguarlo, ¿eso quieres? —Su boca se cerró sobre la de ella. Fue un beso de castigo, una lección de aprendizaje, una parte que él dominaba muy bien.
Paula juró demostrarle que estaba equivocado.
Los dedos de Pedro se cerraron alrededor de sus muñecas mientras la conquistaba. Ella pedía su rendición. Paula suplicaba, pero sólo por más y más, mientras el cuerpo de Pedro se resistía a acercarse y su lengua se unía y se emparejaba con cada empuje dominante.
Entregó cada centímetro y le encantó. Sus pezones se convirtieron en duras protuberancias presionando contra su blusa. Su humedad creció, intentando abrir las piernas que él tenía inmovilizadas, hasta que éste masculló alguna vil maldición y las abrió más amplias.
Nunca liberó la presión sobre su boca mientras su otra mano se deslizaba por su pierna y presionaba su mano contra sus bragas húmedas. Paula gimió y mordió su labio inferior, animándolo con su cuerpo y…
De repente solo había vacío.
Ella luchó por respirar y retomar la cordura mientras él permanecía de pie junto a la cama.
Los ojos de Pedro estaban abiertos por la impresión y algo más, algo peligroso y hambriento que de pronto cobraba vida. Se sentó, echó hacia atrás el cabello enredado y no hizo ningún movimiento para organizar su ropa.
—¿Qué fue eso? —gruñó él con furia—. Se suponía que debías empujarme, no tomarme.
Paula le gruñó de regreso como un pit bull enfadado.
—¿Quién diablos te crees para tomar el reto y no cumplirlo? No le tengo miedo a tu pequeña demostración, Pedro, te lo dije, estoy lista para más.
—Estás loca y buscando problemas. He tenido suficiente. Te enviaré en el próximo vuelo de regreso.
Con el cuerpo aun tarareando por la excitación, entornó la mirada y prácticamente escupió las palabras.
—¿Y qué quieres que le diga a Michael cuando llegue de vuelta a casa?
Pedro se giró y se pasó los dedos por el pelo.
—Me merezco que Michael lo sepa. Lo he traicionado.
—Ah por amor de Dios, supéralo. Con quien duermo no es asunto de mi hermano. Actúas como si estuviéramos en la Edad Media y tuvieras que pelear por mi honor. Esas pobres mujeres seguramente nunca tuvieron un orgasmo con todos esos malditos hombres que intentaban protegerlas.
Él gimió como si se debatiera entre la risa y el horror.
Paula disfrutaba de su repentina pérdida de control mientras él intentaba aprender a lidiar con ella. Por fin. Pedro se había aferrado a la pequeña niña que conoció en el pasado, pero ya era hora de ver la realidad y decidir si quería ésto. A ella.
—Te vas a casa. Yo me encargo de Michael.
—No. —Se levantó de la cama, se alisó la falda, la blusa y se enderezó—. No me voy a casa. He venido a aprender cómo cerrar un trato de negocios importante y lo haré. Pero quiero que pienses en algo Pedro. Podemos tener una noche juntos. Solo una. Nos olvidamos de todo, tenemos buen sexo y volvemos a ser amigos.
Sacudió la cabeza y dio un paso atrás como si ella en cualquier momento pudiera abalanzarse sobre él.
—No puedes hacer tal cosa. No soy el hombre adecuado para ti.
—Lo sé. —Ella luchó contra el dolor mientras mantenía la esperanza de tenerlo aunque fuera una noche. Saciar la lujuria con la cual había vivido durante años y luego seguir su camino—. Ya no estoy enamorada de ti, pero tengo necesidades sexuales que quiero satisfacer. He sido protegida
y resguardada toda mi vida, pero ahora soy una mujer adulta. Es tiempo de que lo aceptes.
Su obvia erección y su expresión conflictiva le dieron la confianza que necesitaba. Él la quería. Solo tenía miedo de dar el paso. Paula continuó, diciéndole la verdad.
—Quiero seguir mi camino, Pedro. Estoy buscando una relación madura y sexual que logre satisfacerme. Nada a largo plazo. Acabo de abrir mis alas y ningún hombre logrará cortarlas antes de tiempo. Nos sentimos atraídos el uno al otro, nos respetamos mutuamente y tenemos un lazo en común, ¿por qué no tener una aventura de una noche? En Las Vegas, donde nadie nunca lo sabrá.
Su mandíbula se apretó. El calor ardía en sus ojos. Bien. Había sido tentado. Eso era todo lo que necesitaba por ahora. Redujo la distancia entre ellos y él contuvo el aliento.
Poder femenino brillaba en su interior. Ella le sonrió lentamente.
—Ahora, ¿te importa si me retiro? Voy a la piscina. Nos vemos después.
No esperó a que él respondiera.
Lo sacó y cerró la puerta a sus espaldas.
Pedro estudiaba al hombre que estaba del otro lado de la mesa. Ojos de tiburón. Boca asentada en una línea firme. Ni una pizca de tensión en sus muñecas o dedos mientras levantaba el naipe. Se recostó en la silla acolchonada, tomó un cigarrillo y le sonrió a Pedro.
—Cuando quieras.
Pedro ignoró la indirecta y tiró al centro su contribución.
—Habla —volteó su par de ases y esperó—. Estoy listo.
Sawyer Wells se rió entre dientes y copió la acción. Tres pares de doces lo miraban.
—Mierda.
—Ha pasado tanto tiempo, Pedro. Extraño tu sentido del humor. Y por supuesto, tu pésimo juego de póker.
Pedro se inclinó y encendió su cigarrillo. La elaborada mesa de póker completamente equipada y con papas fritas era solo una parte de los rasgos únicos de la casa de su viejo amigo. El bar era igual de impresionante con lugares especiales para el vodka de sabores, rones y todos los licores que sus huéspedes pudieran necesitar.
El costoso trabajo de arte que cubría las paredes podría competir con el de cualquier coleccionista famoso. Decorada con rojos vivos y tonos terrosos, Sawyer Wells siempre le recordaba a un hombre que veneraba la vida de lujos y se concentraba en cualquier elemento de placer sin tener que disculparse.
—Sólo quieres ponerme ebrio para poder tentarme a aceptar cualquier contrato con ventaja para tu hotel.
El hombre rubio sacudió la cabeza y tiró la ceniza de su cigarro. Su piel blanca y sus ojos dorados lo catalogaban como un surfista independiente o un príncipe aburrido. Hasta que se puso de lado y reveló su cicatriz. Una horrible cortada sobre su mejilla, algunas veces escondida bajo su cabello largo. Pedro sabía que ambas suposiciones eran erróneas. El hombre había hecho su propia fortuna, con un agudo sentido del humor y un cerebro que desafiaba a los ejecutivos más experimentados.
—No es mi hotel. Atiendo el Venetian solo durante algunos meses. Estoy construyendo una nueva cadena que compita con ese imbécil de Trump.
Pedro se echó a reír.
—Y en cuanto a tu habilidad para tomar, digamos que es mejor que tu juego de póker.
—Apuesto a que la mesa esta trucada. Debería haber jugado en el casino principal.
—De alguna manera no creo que quedes pobre por unos cuantos miles. —Su rostro reflejaba un recuerdo que Pedro nunca había averiguado. Se habían conocido en un yate en Grecia, donde Pedro tenía los ojos puestos en una hermosa princesa intentando rescatarla de su padre sobreprotector. El asunto empeoró cuando Sawyer apareció en el mapa con las mismas intenciones. Pedro le ganó la competencia y la princesa. La dejo al día siguiente y ambos hombres terminaron con moretones, resaca y una amistad para toda la vida.
Cuando descubrió que Sawyer conocía a mama Chaves, el gusto genuino se convirtió en un profundo afecto y se mantuvieron juntos a través de los años. Pero aparte del éxito de Sawyer y su falta de padres, Pedro no sabía nada con respecto a su procedencia. Afortunadamente, no le importaba para nada. Como lo había aprendido de la experiencia, el pasado de un hombre no define su futuro.
—¿Algún otro plan mientras estás aquí? —preguntó Sawyer.
—¿Otro diferente a sacarte dinero?
—Ya quisieras.
—Cena, algunos juegos de azar, un poco de vapor con algo de compañía.
Sawyer arqueo una ceja.
—¿Alguna mujer en particular?
Una imagen de Paula parpadeó frente a él. Deliberadamente tomó una calada de su cigarrillo.
—No. Es mejor así.
Sawyer asintió.
—Generalmente lo es. Nadie sale herido y el viaje es solo de placer. Aún así, algo me dice que estás perturbado por alguna razón.
Pedro soltó un bufido.
—No uses tus sentidos de brujo conmigo.
—Debes temerles por alguna razón. ¿Quieres que te organice a alguien?
—Puedo conseguirme a una mujer Sawyer —una sonrisa tiró de sus labios—. No necesito tus sobras, pero gracias por la oferta.
—Solo puedes soñar con algo que rechazo. ¿Recuerdas esa vez en Paris? Te dejé con una modelo y no pudiste llegar a un acuerdo.
—Me gustaba más tu chica.
—¿Sí? Pues la llevé a su casa esa noche.
—Sí. Pero yo dormí con ella el siguiente fin de semana.
—Bastardo.
Pedro se echó a reír ante el insulto sin sentirse provocado. Sawyer había sido su compañero en muchas juergas de mujeres, todo por el atractivo del acuerdo y la perspectiva de placer. Un extraño vacío pulsó en su estómago. Desde que Paula había vuelto a su vida, sentía que la mayor parte de sus relaciones y acciones estaban… vacías. Ella hacía que todo fuera más vibrante y con sentido. ¿Qué le estaba sucediendo?
—¿Sawyer?
—¿Si?
—¿Alguna vez has querido… más?
—¿Más qué? —dijo su amigo apilando las cartas y repartiendo las fichas.
—Ya sabes —se sintió ridículo y se encogió de hombros—, más de las mujeres. Más de la vida.
Se detuvo un momento y consideró la pregunta.
—Aún no. Aunque espero hacerlo algún día. ¿Por qué Pedro? ¿Tú sí?
—No —contestó Pedro dejando de lado sus emociones para sonreír deliberadamente—. Sólo preguntaba. Mejor me voy.
—Está bien, haré arreglos para encontrarnos en unas horas y llevarme la otra mitad de tu dinero.
Pedro apagó su cigarro.
—¿Cómo dicen los americanos? Ah sí “Atrévete a soñar”.
La risa de Sawyer hizo eco por toda la habitación.
*
Tres horas más tarde, Pedro discretamente se ajustó la corbata y le pidió al asociado comprobar el aire acondicionado.
El sudor le molestaba en la piel bajo el traje de diseñador con un incómodo picor. Intentó calmarse y mantener la cabeza en el juego. La apertura de una panadería en Las Vegas era un elemento de cambio y tenía la intención de tener éxito. Después de todo, los negocios eran su alma y corazón.
Lo único en la vida que le provocaba profunda satisfacción y orgullo. Había anhelado ese sentimiento toda su vida cuando se apresuraba a demostrar que era digno. El hecho de que su padre no había pensado en él como suficiente no quería decir que tuviera que creerlo. Su madre le mostraba amor y apoyo todos los días.
Maldito fuera si la decepcionaba, convirtiéndose en un fracasado con terapia psicológica por abandono de padres. Como si fuera una excusa para acabar con todo.
El problema era su concentración. Cada vez que se concentraba en el negocio o se distraía a sí mismo con algún juego del casino, la ridícula oferta resonaba en sus oídos y burlaba su cordura. Una noche. Y nadie tenía que saberlo.
Pero él sí lo sabría. ¿Podría vivir con la culpa? ¿Esa noche sentaría una serie de horribles eventos que lo castigarían por pensar con el pene y no con el cerebro?
La reunión comenzó y siguió adelante. Pedro sabía que Sawyer y su equipo estaban interesados, incluso el famoso chef en el Venetian, que hizo todo el servicio de boda. El que consideraran una panadería en este hotel decía mucho, pero Pedro se dio cuenta que el Venetian se enfocaba al comprador casual en lugar de al servicio de comidas.
Hizo una nota para Michael, pero pensó que la apertura de una tienda en un lugar peatonal podía lograr algo de variedad. Sería un gran campo de pruebas. Primero habría que calcular las estadísticas de las multitudes y los hábitos de compra y luego hacer números.
Paula mantuvo la boca cerrada, tomó notas y escuchó con atención. Pedro comenzaba a exponer cuando Sawyer volvió su atención al otro lado de la mesa.
—Srta. Chaves, es un placer conocer a la hermana de Michael. Espero con interés trabajar con usted y Pedro en el futuro.
Ella sonrió. Su rostro se iluminó con la profundidad natural de las emociones, algo que lo tenía fascinado, como si extendiera una invitación a todas las personas a entrar en su alma para una visita, sin importarle si era digno o no. Pedro siempre se sentía especial cuando le concedía su atención, mientras los celos lo revolvían cuando otros intentaban robarle esa atención.
—Gracias, Sr. Wells. Creo que La Dolce Maggie sería perfecta para el Venetian y esperamos poder pasar al siguiente nivel.
Pedro dejó escapar un suspiro y se levantó.
—Señores, ha sido un placer. Necesitamos revisar algunos números e inmediatamente nos pondremos en contacto con ustedes respecto a su oferta.
—Es justa Pedros. —El tono de Sawyer se volvió suave mientras se daban la mano—. No podemos renunciar a nuestro servicio especializado, pero creo que tendrás buenos beneficios con una tienda en el lobby.
Pedro asintió pero mantuvo su expresión preocupada.
—Te lo agradezco, pero no estoy seguro de que sea dinero suficiente para entrarle al juego. —Aceptar la primera oferta sobre la mesa era ridículo y ambos lo sabían. Los dos conocían muy bien ese juego.
Pedro agarró los papeles, se hizo con su maletín y…
—En realidad, Pedro, creo que la oferta era muy generosa.
Paula se acercó a ellos con una mirada pensativa. Pedro se quedó inmóvil, ansiando llegar mentalmente hasta ella, rezando porque no lo echara a perder. Conociendo su increíble talento para los números, ya habría hecho las cuentas. Pedro forzó una carcajada y le apretó el brazo.
—Pero por supuesto que lo es. Sawyer es siempre generoso. Mejor nos vamos con el fin de hacer nuestra conferencia telefónica programada.
Sawyer pasó por delante de pedro y le sonrió cálidamente a Paula. Un tiburón disfrazado de Nemo, listo para matar.
—¡Qué talento tiene para los números, Srita! Me alegra que esté de acuerdo en que es bastante justo. Por ejemplo, no recibió esta oferta para su apertura en Tribeca, ¿verdad? Me dijeron que tuvo un precio de salida inferior con el fin de ganar credibilidad para su cadena. ¡Y esto es lo que Las Vegas hará por ustedes!
Pedro abrió la boca, pero ya era demasiado tarde.
—Oh, no sabía que estaba enterado —dijo, con una sonrisa agradable—. El margen de beneficio que se recauda como mínimo se junta con un extra. Creo que Michael estará muy satisfecho con su oferta, así como Pedro.
Sawyer sonrió y se encontró con la mirada de Pedro.
Merda.
Su socia de entrenamiento se había expuesto y había permitido que un tiburón le diera una dentellada mortal. No habría más negociaciones en esta mesa y el regocijo evidente de Sawyer lo confirmaba. Paula sonrió con éxito como si hubiera cerrado personalmente el trato en lugar de echarlo a perder.
Pedro calmó su temperamento.
—Ya lo veremos, ¿o no Sawyer?
—Definitivamente.
Sus dedos apretaron el brazo en señal de advertencia.
—Nos vamos.
Hizo un gesto final y la guió por la sala de conferencias, por el pasillo y al ascensor. Ella abrió la boca para decir algo, pero su aspecto debió ser elocuente. La confusión cruzó por su cara, pero se mantuvo en silencio hasta que llegaron a su habitación, introdujeron el código, y cruzaron el umbral.
Dejó caer su maletín, se quitó la chaqueta, la corbata, y explotó.
—¿Qué has hecho? Tienes una MBA, por el amor de Cristo, ¿y rompes la primera regla de las negociaciones? Nunca, nunca les dices que es una buena oferta en una propuesta inicial. Acabas de darle tu aprobación a Sawyer y eso significa que nunca elevará su oferta. Ahora no tenemos margen de maniobra y debemos aceptar o rechazar. —Maldijo cruelmente y se paseó—. Michael me va a matar. No creo que haya una manera de salir de este lío.
La sangre desapareció de su rostro. El ronco susurro llegó a sus oídos.
—Mi dispiace. Lo siento mucho. No lo pensé, creí que el acuerdo era sólido y me emocioné y hablé demasiado pronto. Es mi culpa, Pedro. Asumiré las consecuencias.
Él gimió.
—No hay consecuencias para ti Paula, sólo para mí. Nunca debí haberte traído. Debería haberte advertido que no hablaras en absoluto, solo observaras. Olvidé que el entrenamiento de la escuela es completamente diferente a la vida real.
Ella se movió, bloqueando su camino.
—No tienes que protegerme de esto. Lo que hice es imperdonable. Me dejé llevar. Llamaré a Michael y le contaré lo sucedido.
Pedro respiró profundamente intentando calmarse.
Gritarle no era una opción. Él podría decirle a Michael lo que había pasado, pero era él el responsable de este no-acuerdo con Paula.
—Pensaré en algo —dijo suavizando la voz—. No hay necesidad de involucrar a tu hermano en este punto. ¿Por qué no vas a la piscina y te relajas mientras yo soluciono esto? Disfruta del hotel.
Esperaba una sonrisa amable. Pero en vez de eso sintió un empujón desde atrás que lo hizo tambalear antes de poder equilibrarse. Esos ojos gitanos estaban llenos de furia y su cuerpo se erizaba de energía, recordándole la noche en que la besó.
—¡¿Cómo te atreves a ser condescendiente conmigo, Pedro Alfonso! —gruñó y cerró los puños—. ¡Deja de protegerme y tratarme como a una niña que está a punto de llorar cada que se mete en problemas! Lo arruiné y no hay excusa. No es tu culpa y estoy harta de que siempre quieras asumir la culpa.
—¿Estás bromeando? —Pedro sacudió la cabeza totalmente exasperado—. Te digo que vayas a la maldita piscina y, ¿empiezas a gritarme? No necesito esto, justo ahora. No estoy para jugar a que adivino lo que quieres. ¿Quieres ser tratada como un empelado normal? De acuerdo. Considérate oficialmente fuera de este trato. Regresarás a casa mañana y supervisarás la oficina mientras yo encuentro la manera de salir de este lio. ¿Mejor?
—Mucho mejor. —Toda expresión desapareció de su rostro y retrocedió, envolviendo la cintura con los brazos. De repente parecía muy sola.
La emoción le obstruía la garganta y cada célula de su cuerpo le gritaba que la tomara en brazos.
—Lo lamento Pedro —dejó escapar una pequeña risa—. Desde el momento en que empecé a trabajar has tenido que estar pendiente de solucionar mis asuntos. Necesito algo de tiempo para pensar si este es el mejor lugar para mí.
—Paula…
Ella sacudió la cabeza y se dirigió hasta la puerta.
—No… Necesito estar sola durante un tiempo. Te veré después.
Antes de que él pudiera decir una palabra más, huyó.
Pedro dejó caer el rostro entre las manos y rezó por fuerza. Fuerza para no estrangularla. Fuerza para no tocarla. Fuerza para enviarla lejos de manera que no tuviera que luchar con esa increíble masa de emociones que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Una noche.
Imaginó la tentadora imagen en su cabeza. Esperó un instante.
Y fue tras ella.
Paula se sentó en la barra del casino y jugueteó con la servilleta que pusieron bajo el Martini de manzana. El hermoso color verde la calmaba, al igual que el sorbo de licor. Qué deprimente era beber por la tarde en Las Vegas, donde la noche se unía con el día y a nadie parecía importarle. Tal vez diera un paseo en góndola para luego enviarles una foto a su madre y hermanas. Les encantaría burlarse de su hermana menor en un entorno tan glamoroso.
Contuvo un sollozo y apretó los dientes. Dios, odiaba llorar. Le traía malos recuerdos de la ira, de las incontrolables emociones de hacía algunos años. Siempre demasiado entregada… demasiado confiada… demasiado estúpida. Siempre flotando en la orilla de la vida y observando a otros tomar las oportunidades. Pensó que el mundo de los negocios la pondría en forma y le mostraría el camino que tanto ansiaba. Un lugar al que finalmente podría pertenecer y sentirse más cómoda en su propia piel.
Pero en vez de eso, la había acercado mucho más al dolor.
Llorar, llorar y llorar.
Sonrió para sí misma como si su diosa interior tomara control y la abofeteara. Lo había arruinado. En grande. Ahora tenía que arreglarlo en lugar de dejar que Pedro actuara como siempre, protegiéndola.
La derrota poseía un sabor amargo, pero tenía la intención de hacerlo bajar con un trago de Martini. Después de eso, colocarse sus bragas de niña y reunirse con Sawyer Wells. A solas.
—¿Vienes muy a menudo?
Ella contuvo un suspiro. Él se acomodó en la silla a su lado, ordenó una cerveza y esperó a que hablara.
—Pedro, ¿cuándo dejarás de protegerme? ¿Puedo al menos sentarme aquí y tomarme algo? Estoy sola. Ningún hombre grande por aquí. Aún es la tarde. Ve y haz algo importante.
—Lo hago. Intentar alejarte de las profundidades sombrías de la depresión es importante. —Su sonrisa inocente provocó una media sonrisa en ella. Estar cerca de Paula le tostaba el cerebro y su propósito. Levantó su vaso y tomo otro sorbo—. Al principio todos cometemos errores. No debería haberte gritado.
—Eso fue lo único bueno que hiciste.
—Llamémoslo curva de aprendizaje y sigamos adelante, ¿de acuerdo?
—¿Qué sucede con el trato?
—Puede que lo tome o lo modifique. Dejaré que Sawyer lo considere durante un tiempo. No estoy preocupado.
Su mirada de preocupación le destrozó el corazón. Sentía como si lo hubiera decepcionado. Con una MBA cometió el error más básico que puede cometer un principiante. Mostrar las cartas demasiado pronto.
Sí, bienvenida a Las Vegas.
La mano de Pedro se deslizó por la barra y tomó sus dedos. Su mano fuerte y cálida le estremecía los nervios y sus defensas usuales se derrumbaron.
—No estoy segura de que sea lo indicado para mí, Pedro.
—Aún eres nueva, cara.
—Es más que eso. Me tomó mucho tiempo aprender a equilibrar mis emociones con la necesidad de estar en control en el negocio. De hecho disfruto el desafío, pero temo que nunca seré lo suficientemente dura para alcanzar el éxito. En lugar de patear el trasero de alguien cuando están enfermos, quiero llevarles sopa de pollo.
Él estiró un brazo para acomodar uno de sus rizos detrás de su oreja.
El gesto amable le dio la fuerza suficiente para mirarlo a los ojos. Sus labios firmes se curvaron en una media sonrisa.
—Nadie quiere que cambies lo que eres. En estos pocos meses, has atrapado el corazón y la lealtad de todos. Y no porque seas una presa fácil. Es porque eres especial y todos lo saben.
—Sólo lo dices para hacerme sentir mejor.
—No. Esperaba cuidar a una chica y mantenerla alejada de los problemas. En lugar de eso, tengo a una mujer que sabe exactamente qué hacer y simplemente intenta encontrar su camino. Tienes mucha fuerza cuando se trata de relaciones. Sabes lo que se necesita y no temes entregarlo. —Él estudió sus manos entrelazadas—. Y tenías razón sobre Robin.
El cumplido le calentó la sangre.
—Me sorprende que estés de acuerdo.
—A veces me tomo los negocios demasiado en serio y olvido que estoy tratando con personas. Personas que cometen errores.
—Sí, ese no parece ser mi problema.
—Eso es fácil de arreglar. Lo mejor que puedes hacer es tomar un respiro y alejarte de la situación. Siempre tienes una tendencia a dar, de manera que estás recibiendo una solicitud que desarma tus emociones. Diles que los llamarás en otra ocasión. Evade la decisión. De esa manera puedes estudiar la situación de una manera más clara y no quedarás atrapada en un punto muerto. ¿Tiene sentido?
Paula asintió lentamente.
—Si, por supuesto.
—Lo eché todo a perder cuando empecé a trabajar con Michael. Llené el informe equivocado para un ejecutivo con el que estábamos a punto de cerrar un trato. Le ahorré al tipo medio millón de dólares. Lo firmó antes de que pudiera corregir el error.
—¿Qué hizo Michael?
—Me mando al infierno —le brillaron los ojos—. Me hizo sentir como una mierda. Entonces seguimos adelante y nunca más lo volvió a mencionar. Nunca más volví a dejar pasar ni un dólar.
Su espíritu se iluminó. El casino pululaba a su alrededor con energía, pero en este momento, ella se sentía completamente sola con un hombre que parecía saber exactamente qué decir para calmar su corazón.
—Sé de una cosa que me hará sentir mejor. Menos que un fracaso.
—¿Puedo preguntar?
—Celine Dion dará un espectáculo esta noche.
Él se estremeció.
—¿Algo más? ¿Mi auto, mi dinero, mi perro? No me hagas escuchar My Heart Will Go On.
—Mmm. ¿Cómo conoces el título de la canción, pedro?
Él no le hizo caso y tomó un largo trago de su cerveza. Su mano se apartó de la de ella y trató de no llorar la pérdida.
—Vi Titanic únicamente por la acción.
Paula se rió.
—¡Te atrapé! —dijo Paula riendo—. Vamos. Es el show de las siete en punto.
—¿Cómo sabes que puedo conseguir entradas? Probablemente se agotaron.
—Ve y haz lo que haces mejor —le contestó bufando—. Encanta a alguna mujer indefensa. Ofrécele tu cuerpo. Y listo.
—Está bien. Mientras estemos de acuerdo en cerrar este tema de conversación. Metiste la pata. Lo arreglaremos y seguiremos adelante. ¿Es un trato?
—Es un trato —le concedió sonriendo.
—Bien. Tengo algunas reuniones, así que tomate el resto del día libre. Te llevaré a cenar antes del show y probaremos las habilidades de restaurante de los venecianos.
—Perfecto.
Lanzó unos cuantos billetes sobre la barra y se puso de pie.
—Trata de no meterte en problemas.
—Las chicas buenas no se meten en problemas, ¿o sí?
Él le lanzó una mirada de advertencia y se fue. Ella terminó el resto de su Martini y estudió sus opciones. Una cosa estaba clara. Tenía que
arreglar las cosas por su cuenta, sin importar el costo. Por desgracia, sólo había una forma.
Retirarse del trato.
Trazó el borde del vaso y contuvo un suspiro.
A pesar de sus habilidades, sus errores superaban con creces a los beneficios. Tal vez era hora de cavar profundo y descubrir lo que realmente quería en lugar de tratar de ser una copia al carbón de todos los demás. Su alma picaba por libertad y creatividad. ¿Y si La Dolce Maggie no podía ofrecerle lo que realmente necesitaba?
Los pensamientos bailaron en la cabeza, pero se centró en lo único que podía controlar.
Arreglar el lío. Apuró su copa, cogió su bolso y se dirigió de nuevo a la habitación para ponerse en contacto Sawyer Wells.

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