lunes, 22 de diciembre de 2014

Capitulo 9

Sawyer pertenecía a Las Vegas. Paula presionada y nerviosa mientras él merodeaba a través de su oficina como un gran felino. Le estrechó la mano y la invitó a sentarse, como decidiendo jugar con su comida antes de tomar un bocado. Y, Dios mío, parecía que podía morder. Sexo vibraba a su alrededor en oleadas, pero había algo más profundo que la asustaba hasta la mierda.
Él le recordaba el vampiro rubio de True Blood, con la mirada de un niño mimado y agitados ojos ámbar capaces de hipnotizar a cualquier mujer indefensa. Sus labios exuberantes sostenían una curva cruel, y su rostro era una masa de líneas duras con pómulos afilados y una malvada cicatriz que le iba desde la frente hasta la mejilla.
La cicatriz sólo le agregaba valor a la apariencia de peligroso. Llevaba el cabello largo, casi como el de su hermano, pero no lo suficiente como para ser contenido en una cola.
Ella había hecho su tarea y sabía todo lo básico. El hombre contaba con una larga lista de exitosos hoteles los cuales levantó y propulsó con beneficios. Entonces algo pasó y él siguió hacia el siguiente desafío. El Venetian era su juguete actual y lo tomaba muy en serio, pero los rumores insinuaban que planeaba dar a conocer una cadena de hoteles de lujo en todo el país. Viajaba a Italia con frecuencia, y Pedro parecía conocerlo más allá de como un socio de negocios casuales.

Tomó asiento frente al enorme escritorio de teca y echó un vistazo a su alrededor. Su oficina se encontraba en el último piso del Venetian. Los ventanales de piso a techo mostraban la ciudad en toda su gloria, y le recordaban más a una suite que a un lugar de trabajo, con muebles de teca a juego, estanterías y un bar. Magníficas obras de arte llenaban las paredes, una mezcla fascinante de paisajes crudos y eróticos. Estudió las líneas de una pareja desnuda, pero en la sombra, envueltos alrededor uno del otro.
La simple sensualidad despertó algo dentro de ella hasta que anheló estudiar la imagen. Él captó su mirada fija y un rubor tiñó sus mejillas.
—¿Le gusta el arte, Paula?
—Mucho. Yo pinto.
Se instaló en el sillón de cuero detrás de su escritorio y la miró con aire pensativo.
—Interesante —murmuró—. ¿Profesionalmente?
—No, lo puse a un lado para poder terminar mis estudios de especialización en el área de negocios.. Sin embargo, lo extraño.
—Nunca debe negar una parte de su alma. Eventualmente se marchita y muere, o se pudre por dentro hasta que lo corte. —Su rostro se cerró como si luchara con una imagen del pasado—. La vida es demasiado corta para lamentarse.
—Sí. —La extraña conversación le sacudió. Mierda, ¿había una cama king-size en la sala adjunta? ¿Y por qué de repente pensaba que él no sólo dormía allí, sino que también hacía otras cosas?
—Tengo muchos contactos en el mundo del arte. Si alguna vez piensa en llevar en serio la carrera, hágamelo saber. Mi negociador puede detectar el talento de inmediato.
Ella le dio una mirada burlona.
—Nunca ha visto mi trabajo.
—Tengo buenos instintos.
—Lo tendré en mente. —Paula cruzó las piernas. Su mirada se enganchó en la extensión de carne desnuda de su falda y poco a poco abrió camino hasta su cuerpo. La apreciación en sus ojos parecía honrar a la mujer en vez de objetivizar su cuerpo.
Su voz grave le recordaba a la mañana-después y mucha desnudez.
—Es un placer tener este tiempo con usted. Mi asistente dijo que quería hablar sobre el acuerdo. ¿Pedro se nos une?
Ella golpeó las palmas hacia abajo en su falda, cavando profundamente y dio el salto.
—No, Pedro no sabe que estoy aquí. Me gustaría que esto quedara entre nosotros.
Él ladeó la cabeza. Ella contuvo la respiración y se preguntó si él tenía la capacidad de ver dentro de su alma.
—Qué interesante. Por lo general lo rechazaría, dado que usted no está liderando las negociaciones, pero me tiene intrigado. No puedo prometer mantenerlo en secreto de Pedro si discrepo de sus intenciones.
Ella asintió.
—Por supuesto. Quería decirle que me voy de Las Vegas y estaré fuera del trato.
Una sombra cruzó su rostro.
—¿La han despedido?
—No, señor Wells.
—Sawyer.
—Sawyer.
Él permaneció callado, pero ella no le dio ninguna información adicional. Después de unos momentos, una sonrisa renuente tiró de sus labios. Se felicitó por ganar la pequeña escaramuza.
—¿Eso es todo lo que quiere decirme?
—La cifra que he proporcionado es incorrecta. Pedro me dijo que se retiraría del trato si usted insiste en retenerme. No hay suficiente margen de beneficio para dar el salto a Las Vegas, sobre todo cuando vamos a estar compitiendo con su casa de catering.
Él la estudió. Una extraña conciencia la recorrió. Casi como si él estuviese catalogando sus secretos para decidir si realmente la desafiaría. Juntó los dedos.
—¿Michael lo sabe?
—Todavía no.
—Ya veo. Así que usted se retira de la situación con el fin de salvar el acuerdo.
—Correcto. Usted no puede utilizar mi error en contra de Pedro o mi hermano.
—¿Creía que pondría en peligro a su hermano? ¿Qué lo usaría como palanca para obtener más beneficios? ¿Qué le pediría que se atuviera a la cifra o lo despediría?
Ella levantó la barbilla y se negó a acobardarse.
—Por supuesto. Usted es un hombre de negocios. Si yo fuera usted, habría llamado a Michael para decirle que si no le daba esa cifra no habría trato. Le diría que su hermana metió la pata y ahora tenía que arreglarlo. —Hizo una pausa—. Sin embargo, si lo presiona sobre esa cuestión, me marcharé.
Un destello de sorpresa cruzó su rostro.
—¿Va a llegar tan lejos para salvar este acuerdo?
—Sí. Y Sr. Wells…
—Sawyer.
—No fanfarroneo.
Sus labios se torcieron.
—Qué intrigante. Usted definitivamente ha complicado las cosas.
Alivio la recorrió. Finalmente había hecho algo beneficioso para la empresa. Al menos Pedro comenzaría con borrón y cuenta nueva y su hermano no se pondría en una situación incómoda.
—Estoy segura de que encontrará un plan alterno. Usted parece ser muy adaptable.
—Voy a decirte esto, Paula. Su error no puede evitar que las negociaciones avancen.
—Gracias.
—Aun así, pienso que me debe algo por todo este asunto.
—¿Disculpe?
Una sonrisa se dibujó en sus labios. Se quedó sin aliento por la sensualidad latente en su mirada encapuchada.
—Sea mi cita de esta noche.
—¿Qué?
—Mi cita. ¿A menos que usted y Pedro sean pareja?
Ella negó un poco demasiado duro.
—No, Pedro y yo no estamos juntos. ¿Por qué quiere verme?
Su tono contenía pura diversión.
—Es una mujer hermosa con agallas. La voy a llevar a cenar y luego vamos a visitar el club.
Paula trató de averiguar cuál era su juego. Era sumamente atractivo, pero fuera de su liga. ¿No era así? Ella soltó un bufido.
—No creo que pueda hacerme derramar más secretos.
—Usted se subestima. ¿A las siete?
—Tengo una cena temprana y veré un espectáculo con Pedro.
—Después de eso, entonces. Diez.
Una vez más, él la esperó. La corriente de sexualidad brotaba de él en oleadas. ¿No era esto exactamente lo que necesitaba? ¿Un hombre que la quisiera y no tuviera miedo de invitarla? En lugar de sentarse junto a Pedro a escuchar cantar a Celine sobre el amor no correspondido, podría llegar a conocer el Sr. Rubio, Alto y Atractivo... y tal vez, ¿hacer su futura estancia de una sola noche un poco celosa?
Él se rió y negó.
—Usted es una delicia. No he tenido que trabajar tan duro para conseguir que una mujer acordara ir a un cóctel en mucho tiempo.
—Bebidas antes de la cena. En la barra. Seis.
—Hecho.
Se dirigió a su habitación para ducharse y cambiarse para la noche, sin saber cómo su enorme error en el negocio le había anotado una cita caliente. Tenía una última noche en Las Vegas, antes de regresar a casa y tenía la intención de sacar el máximo provecho de ella.
Que se joda Celine Dion.
Paula caminó a través de las puertas del famoso bar V y buscó a su cita. Las líneas elegantes y sensuales de la sala encajaban con su humor. Las tumbonas de cuero fluían a través de la barra y la multitud ya se había
congregado a saborear sus populares martinis. Heladas paredes de cristal encajonaban el espacio con más privacidad. Perfecto para un cóctel rápido antes de la cena con Pedro.
Inmediatamente, ella fue conducida a la mesa del rincón donde Sawyer se levantó para saludarla. Estaba de negro y era el color perfecto para él. Flaco y elegante, el cabello hasta los hombros le enmarcaba las duras facciones de su rostro. Había un aura peligrosa en él que la intrigaba.
Ella pidió un martini seco y se dedicaron a charlar.
—¿Qué le parece Las Vegas hasta ahora?
Paula señalizó a su alrededor.
—¿Qué más se puede pedir? He estado atrapada en Bérgamo toda mi vida, así que esto es como una comida gourmet después de vivir solo con galletas.
Él sonrió.
—He viajado a Milán muchas veces y conozco a su madre. Siempre me ha gustado la tranquilidad de su hogar.
—Bérgamo es parte de mi alma. Pero he vivido con tres hermanos mayores que eran sobreprotectores y era difícil de experimentar algo nuevo y emocionante. Estoy disfrutando con gusto mi libertad.
—La libertad es una bebida embriagadora. —Esos ojos brillaban con picardía—. Como el primer trago de un buen vino. El sabor es más explosivo debido a estar contenido por muchos años.
Ella sacó una aceituna de su copa y la deslizó por el palito. Su mirada fija siguió a su boca con evidente interés.
—Usted es un poeta, Sawyer Wells. ¿Quién lo hubiera pensado? ¿Cómo conoce a mi madre?
—Nos conocimos hace años. Ella me sacó de una situación delicada y yo le prometí mi lealtad.
Ella levantó una ceja.
—¿Va a contármelo?
—No.
Paula sonrió abiertamente.
—Usted debe haber leído el manual de las mujeres. Nos encanta un buen misterio.
—Pensé que también les gustaba arreglarnos. Salvarnos de nosotros mismos.
—Lo hacemos, pero rara vez nos dejan.
Un escalofrío le recorrió la espalda en la llamarada repentina de calor en su mirada fija. Oh, sí, estaba fuera de su liga. Este hombre era un maestro de la seducción y ella pertenecía al campo de entrenamiento. Aun así, las bromas embriagadoras y su agudo ingenio la atraía, al mismo tiempo que la asustaba como el infierno.
—¿Va a decirle a Pedro acerca de nuestra cita?
La mención de su nombre la tiró de espaldas a la realidad.
Sus dedos apretados.
—Si él me lo pregunta.
Sawyer cogió el movimiento y se inclinó. El aroma de maderas y almizcle la envolvió en la sensualidad.
—Hábleme de su relación con Pedro.
—Es el mejor amigo de mi hermano. Hemos crecido juntos y él siguió a Michael a Nueva York para abrir La Dolce Maggie.
—¿Amigos de infancia?
—Sí. ¿Por qué tantas preguntas sobre Pedro?
Sawyer la estudió.
—¿Él la ha reclamado?
Ella chisporroteó sobre su trago.
—¿Perdón?
—¿Están durmiendo juntos?
—No. Pero no estoy segura de por qué eso sea asunto suyo.
—No hay duda de que debería tener miedo de preguntar, Paula. Usted no es sólo bella, sino inteligente. Una combinación peligrosa. Quiero asegurarme de que está libre.
Su tono rico la embriagó con la posibilidad. Este hombre la deseaba. ¿Por qué no se desmayaba y lo invitaba a su habitación? Maldito Pedro. De alguna manera, ella estaba atrapada todavía en su amor de infancia, y eso sólo la molestó.
—Estoy libre. Y estoy cansada de hablar de Pedro.
Él extendió la mano y cogió la suya. Una sacudida agradable vibró a través de ella, pero nada tan intenso en su bajo vientre como cuando Pedro la tocaba. No es que pensara en Pedro.
—Así soy yo. Aunque tenga que liberarla para que pueda cumplir con su cita para cenar.
Ella inclinó la cabeza y su cabello se deslizó sobre un hombro.
—Pero todavía no.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—No, todavía no. ¿Qué pinta?
—Retratos. Miembros de familia, bebés, animales. Me encanta mirar más allá de la superficie de la gente y tratar de capturar algo que ellos nunca ven. Me recuerda a cómo mi cuñada describe su fotografía.
—No puedo pintar una figura de palo, pero puedo apreciar. Recuerdo mi primer viaje a Italia y emborracharme en el arte. Casi fui detenido en la Galería Uffizi porque no me marchaba.
—Sí, he perseguido las galerías mi vida entera. La primera vez que puse los ojos en la Capilla Sixtina lloré como un bebé.
—¿Nunca quiso pintar profesionalmente?
El deseo se apoderó de ella, feroz y crudo. Cuanto más se daba cuenta de su futuro con La Dolce Maggie, más su alma clamaba por algo diferente. Paula vaciló, sin saber cuánto compartir con él.
—Sí, pero nunca creí en mí misma lo suficiente.
Sawyer asintió.
—Sé lo que se siente.
El silencio entre ellos latía con el señuelo de la amistad y la posibilidad de más.
Paula sonrió.
—Ahora, cuénteme sobre el glamoroso mundo de los hoteles.
Hablaron durante una hora hasta que llegó el momento de encontrar a Pedro para la cena. Sawyer estrechó su mano dentro de la suya.
—Paula, me gustaría que se uniera a mí después. Le voy a mostrar el club y podemos ir a bailar si lo desea.
Paula vaciló. Su necesidad de Pedro luchó con la tentación delante de ella.
—No lo sé —susurró.
—Voy a estar en el Tao esperando. Usted decide.
Le dio un beso en la mejilla y la dejó.
Sus fantasías pasadas pelearon con su presente.
Era hora de elegir.
Paula se dirigió nuevamente a la sala donde Pedro la esperaba. La expresión de su rostro cuando la vio marcó el tono de la noche.
Su boca abierta. Su mirada explorándola toda y su fisionomía apretada.
—No puedes usar eso —susurró con furia—. Por el amor de Dios, Paula, ese vestido es, ese vestido es…
—¡Hmm! Un simple “te ves bien” habría sido más apropiado.
En el momento que vio el vestido de Versace que ella llevaba puesto se volvió loco. Las elegantes tiras cruzadas envolvían sus pechos en un perverso juego de las escondidas, hasta que el espectador no tenía idea de qué era tela y qué era piel. La falda se entallaba en la cintura y luego caía al suelo en una serie de cortes irregulares, y el estupendo color durazno complementaba con su piel oliva.
Un rápido viaje al spa para una depilación brasileña y aunque había gritado, el dolor había valido la pena. Traía su melena suelta y sólo llevaba un brazalete de oro macizo alrededor de sus muñecas, pareciéndole una sexy esclava.
Su total mutismo hizo que el precio bien valiera la pena. Mejor aún, cuando por fin ella se volvió.
Él siseó en un suspiro. La tela en la parte posterior marcaba la curva de sus nalgas. Ella había empezado la noche con un coqueto juego que tenía la intención de ganar. Echó el siguiente comentario sobre su hombro.
—Si no te gusta, siempre lo puedes quitar.
Él no dijo una palabra.
El restaurante Canaletto estaba lleno, pero fueron llevados inmediatamente a una acogedora mesa afuera cerca de la Plaza de San Marcos. Los magníficos colores cremas y las luces brillantes daban un aire de intima elegancia mirando hacía al Gran Canal, donde las
góndolas pasaban trayendo murmullos de conversación que flotaban en el aire. Sintiendo como si hubiera sido transportada a Venecia, Paula se relajó y pidió una copa de Montepulciano y disfrutó de la riqueza terrenal en su lengua. Cualquier cosa era mejor que permitir a su boca reírse como una idiota.
¿Por qué siempre tuvo que verse así... perfecto? Cuando Sawyer era todo sexo crudo y oscuridad, Pedro le recordaba a un playboy pulido, con un encanto natural y elegancia nata en sus huesos. Su traje había sido sustituido por una camisa de seda azul marino, pantalones casuales, y botas de cuero de tacón bajo. Su reloj Vacheron Constantin brillaba como plata bruñida alrededor de su muñeca mientras agarraba su copa de vino y tomaba un largo trago.
El plan era simple. Usar su tiempo durante la cena para seducirlo. Desafortunadamente, se dio cuenta de que él había decidido jugar su propio juego: el baúl de los recuerdos.
—¿Recuerdas la vez que trajiste a casa aquel chico de la escuela y Michael y yo te seguimos hasta la cafetería de Sam? —Sacudió la cabeza como si estuviera fingiendo recordar—. Nos ocultamos en los arbustos y cuando el tipo se inclinó para besarte, Michael saltó. Lo asustamos tanto que te dejó allí, así que tuvimos que llevarte a casa.
La imagen todavía pinchaba. La humillación de tener a Michael acosándola con su compañero minó seriamente a su vida amorosa.
—¿Y tu punto es? —le preguntó secamente.
—Lo siento, sólo recordando cómo era de sobreprotector tu hermano. Eso es todo.
Buen punto. Al lanzar a su hermano mayor en la conversación, asesinó definitivamente a la seducción. También era un recordatorio directo de los intereses en juego. Ella necesitaba estar arriba de su jugada. Paula tomó otro sorbo de vino, se lamió los labios y sonrió.
—Tuve una cita con Sawyer esta tarde.
Él la miró fijamente. La expresión de asombro en su rostro calmó su confianza.
—¿De qué estás hablando? ¿Sawyer te invitó a una cita?
—Sí.
Apretó los dientes en un arrebato varonil.
—¿Cuándo?
—Fui a verlo a su oficina. Le dije que estaba saliendo de la negociación debido a mi error y que la cifra que le dimos era imposible.
Una maldición escapó de sus labios.
—Se suponía que me ibas dejar manejar la situación.
Paula alzó la barbilla.
—Si cometo un error lo arreglo, Pedro. Ya deberías saber eso sobre mí.
Se frotó la frente.
—Lo hago. Sólo deseo que no te sientas como si siempre tuvieras que tomar el mundo por ti misma para demostrar que eres digna.
La declaración la golpeó en lleno. Realmente la conocía, más íntimamente que cualquier otro hombre.
—Bueno, ya está hecho. Sawyer estuvo de acuerdo en no permitir que mi equivocación afectara las negociaciones.
—¿Sentiste que tenías que salir con él? ¿Te presionó?
—No. Yo quise.
Él se echó hacia atrás.
—Sawyer está fuera de tu liga, Paula. Mantente alejada de él.
Él podía haber repetido sus propios pensamientos, pero todavía le molestaba.
—No sabes en qué liga puedo jugar en cualquier momento. ¿Por cuánto tiempo hemos sido amigos?
—Lo suficiente para saber que él no es el adecuado para ti.
—Entonces, ¿quién lo es?
Prácticamente se tamizó del desafío directo, centrando su atención en el vino. Ella esperaba un poco de celos para tirárselo encima, pero una vez más, él se echó atrás ante un desafío ocultándose detrás de un retorcido sentido del honor.
—Vamos a cambiar de tema, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. Me hice una depilación brasileña hoy.
Se ahogó con el pedazo de pan en la boca. Con ojos llorosos, bajó la voz.
—¿Me estás tomando el pelo? No hables de esas cosas.
El sudor de su frente le dijo que se sentía incómodo en otros aspectos.
—¿Por qué no? Si insistes en los temas de conversación que me retratan como una niña pequeña, supongo que tengo que recordarte que estoy crecida. —Ella le guiñó un ojo—. ¿Quieres verla?
Un rubor se deslizó hasta su mejilla.
—No. Y tampoco dejes que nadie más la vea. —Se movió en su silla—. Estás jugando un jodido juego conmigo y no estás pensando en las consecuencias.
—Vamos a repasar las opciones entonces, ¿de acuerdo? —Puso su mano y enumeró los elementos con cada dedo—. Los dos somos adultos con consentimiento. Atraídos el uno al otro. Será sólo por una noche. Y seguiremos adelante. ¿Cuál es el problema que omito?
El camarero depositó los platos de lubina chilena horneada bajo una costra dura de sal. Las papas Yukón estaban cortadas y servidas junto a la mesa, chorreando aceite, ajo y hierbas. Ella pinchó un trozo del escamoso pescado y gimió por la magnífica textura y crujiente piel.
—Maldita sea, esto está bueno —dijo.
—Lo sé. La polenta está perfectamente preparada. Intenta emparejarla con el tomate.
—Bien.
Comieron en un silencio reverente por un rato, cada uno cayendo en un coma inducido por la comida debido al placer. Finalmente él se animó e inició la conversación.
—Déjame decirte las razones por las cuales no podemos tener un romance.
—Un romance de una noche.
—Lo que sea. En primer lugar, tu hermano confía en mí para cuidarte y eso me haría perder su lealtad. En segundo lugar, nuestras madres se conocen y enloquecerían si se enteran. En tercer lugar, técnicamente trabajas para mí y eso podría trasgredir las líneas entre nosotros en los negocios.
—Michael y nuestras madres nunca lo sabrían. Nuestra relación de trabajo no se afectaría dado que estaré en otra división. ¿Por qué no deberíamos satisfacernos? ¿No sería mejor que fueras mi primera experiencia sexual en vez de alguien que no conozco?
El odio salió en olas de él.
—No desperdicies tu virginidad por una mierda de la sociedad que le dice a las mujeres que vivan el día. Debería ser especial, con alguien que amas. No en un amor físico sin futuro. La respuesta es no. Puedes discutirme, persuadirme y tentarme todo lo que quieras. No voy a dormir contigo o engancharme en un corto romance que podría arruinar toda la base. No lo arriesgaré.
Necesidad cruda brotó de sus entrañas y la estranguló. No iba a funcionar. Su fantasía de una noche era, simplemente, una fantasía. En lo profundo, ella simplemente no valía el riesgo para él. Otra experiencia que le decía que ella no era el tipo de mujer que enloquecía tanto a un
hombre con deseo que rompería las reglas. Incluso medio desnuda y dejando a un lado su orgullo. Querido Dios, hasta sus intentos de seducción estaban basados en una conversación lógica sobre lo favorable y la obligación de un romance.
La humillación ardió. Deseaba meterse en su cama, subir las sábanas por encima de su cabeza y llorar. Justo como había hecho tantas veces antes cuando se dio cuenta de que Pedro Alfonso nunca la podría desear de la manera que ella lo deseaba.
El sueño se alejó con una nube de humo, casi como un espejismo. Pedro la miró con preocupación. Esa jodida mirada que le dirigía, la cual podría satisfacer o molestar la superficie de sus fantasías más oscuras.
Tal vez, alguien más podría.
Una imagen de Sawyer apareció en su mente. Un hombre interesado en ella como mujer, no como una amiga de infancia. Con él, podría ser capaz de experimentar todo lo que deseaba. Tal vez era tiempo de saltar a lo desconocido. Estaba tan cansada de ir a la cama sola, noche tras noche. Solitaria e insatisfecha a los veintiséis años. ¿Cuán triste era eso? Lentamente, limpió sus labios con la servilleta y forzó una sonrisa.
—Supongo que tomaste tu decisión.
—Créeme, esto es lo mejor para los involucrados.
Ella asintió.
—Entendido. Sin embargo, hay una cosa que debes prometerme.
—¿Qué?
Paula levantó su barbilla y encontró su mirada.
—Déjame ir.
Él pestañeó.
—Lamento haberte molestado, cara. Por favor no me digas que perdí tu amistad. Significa todo para mí.
Ella reprimió las lágrimas que quemaron en sus ojos.
—Nunca me perderás por completo. De una forma, creo que siempre seré parte de tu vida. Pero ya no puedo jugar este juego por más tiempo. Necesito seguir adelante y tomar mis propias decisiones, bajo mis términos. Esta noche, tomaste la decisión de cortar los lazos. Perdiste tu derecho a decirme con quién debo dormir.
Él apretó los dientes y se inclinó hacia adelante.
—Por favor no me digas que vas a irrespetarte para ganarme.
Una risa sin humor escapó de sus labios.
—Dio, cuán arrogante. Y tienes toda la razón de pensar eso porque te he dado mucho poder. Pero ya no más. Y no dormiré sola esta noche. Y no es porque me esté irrespetando, bastardo. Es porque finalmente estoy reclamando lo que he querido por mucho tiempo. Un hombre que me haga explotar con placer y me pueda llevar a lugares que anhelo ir. Un hombre que me sostenga, me dé orgasmos y comparta la noche conmigo. Renunciaste a ese derecho esta noche.
—Paula, no.
Ella empujó su silla y se puso de pie.
—Si tienes un poco de respeto por mí en absoluto, me dejarás en paz. Me merezco eso, Pedro —Ella depositó su servilleta—. Gracias por la cena.
—Espera.
Ella se detuvo. Los segundos pasaron. Los sonidos de un restaurante lleno flotaron alrededor de ellos, el click de los cubiertos y los vasos, los sonidos de la risa, los botes deslizándose por el agua. Esperó mientras él parecía luchar con sus demonios. Un músculo de su mejilla saltó. Un punto decisivo estaba entre ellos. Su corazón latió y ella esperó su decisión final. Sus facciones talladas se retorcieron en una expresión de tortura y abrió su boca.
Sus palabras se quedaron en el aire como una viñeta de caricatura, en blanco hasta que el artista las dibujaba al final.
Su boca se cerró. Asintió y miró al extraño sin emociones que tomó su decisión.
—No te molestaré de nuevo.
Su garganta se apretó pero se mantuvo neutral. Cuando se alejó, se rehusó a mirar hacia atrás.
¿Qué había hecho?
Pedro miró la ruma de platos en la mesa y se aferró a los bordes de su sanidad. Agarró el vaso de vino, drenó el líquido restante e hizo señas para que lo volvieran a llenar. La noche se había vuelto un desastre y ni siquiera sabía por qué un pánico loco bombeaba por sus venas.
Había tomado la decisión correcta. Mierda, la única decisión.
No había forma de que pudiera llevar a Paula a la cama por una noche, reclamar su virginidad y regresar a los negocios. ¿Por qué ella no podía entender eso?
Esta noche no voy a dormir sola.
Sawyer.
Sus palabras finales lo persiguieron. ¿Ella buscaría a su amigo para probar un punto? ¿Estaba atraída hacia él? ¿Qué quería decir con “deseos oscuros” o “fantasías”? Sus manos se volvieron puños en su regazo mientras una avalancha de imágenes lo atormentaba.
Paula desnuda con otro hombre. Paula gimiendo, con su cabeza hacia atrás, mordiéndose su hinchado labio inferior mientras un extraño entraba en ella. Paula murmurando el nombre de otro.
Peleó contra la rabia y la locura y se recordó que debía calmarse. En primer lugar, ella había dicho una buena amenaza, pero él dudaba que la
cumpliera. Probablemente flirtearía un poco, bailaría, incluso tal vez besaría a alguien para satisfacer su curiosidad.
Todo lo que necesitaba hacer era mantener su distancia y vigilarla. No interferiría y ella nunca lo vería.
Cuando el experimento terminara, regresarían a Nueva York y tal vez las cosas se calmarían. Ella saldría con un buen hombre que fuera digno de ella y no tendría problemas. Alguien agradable, más joven y respetable. No un hombre más grande y jodido que tenía problemas con el compromiso como él. Con ella, cualquier capacidad era un desastre garantizado. Le haría daño y nunca sería capaz de recuperarse de eso. Perdería la amistad de Michael, el respecto y su carrera.
Un romance de una noche no valía la pena. Ni siquiera con una mujer que calmaba su alma y lo hacía anhelar ser un mejor hombre.

2 cap... GRACIAS POR LEER! ♥

3 comentarios:

  1. buenísimos los capítulos,seguí subiendo!!!

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  2. Wowwwwwwwww, que poder de autoconvencimiento tiene Pedro pero no deja de ser un pelotudo jajajajaja.

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  3. Cada vez se pone más interesante!! Me encanta!! mimiroxb

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