Pedro apretó el botón del intercomunicador.
—¿Puedes pedirle a Paula que venga, por favor? —Se encogió de hombros quitándose la chaqueta y colgándola en el respaldo de la silla. Le picaba la piel. Debía ser su mal genio aumentando.
Lo había hecho otra vez.
Una desordenada cadena de eventos acaecidos durante la semana pasada golpeaba dolorosamente sus sienes. Desde aquella noche en la que había perdido el control y la había besado, su karma se había vuelto malo. Muy malo.
Quizá se lo merecía.
Tomó un sorbo de café tibio y trató de pensar en sus opciones.
Su formación había empezado tan bien. Había trabajado incansablemente, era genial con la contabilidad, pero el resultado final lo preocupaba. Apestaba administrando. En conjunto, era del tipo que apestaba en el mundo de los negocios por una pésima razón.
Su corazón.
La mujer no tenía un hueso de dureza en el cuerpo. No importaba lo mucho que intentara apretarse el cinturón y hacer frente a las ventajas e inconvenientes de dirigir el funcionamiento de una cadena de panaderías, no era capaz de conectar con la frialdad como su hermana
Julietta. Cuando los empleados se reportaban enfermos, les enviaba tarjetas de recupérate y los comprobaba continuamente. El equipo de ventas había tardado menos de una semana en descubrir que era un blanco fácil.
Pedro podía apostar a que en vez de sopa de pollo, lo que necesitaban era una aspirina para la resaca.
Los gerentes superiores debían ser respetados y temidos. Pero sus fans adoraban su personalidad optimista, su generosidad y su capacidad para trabajar en equipo. Por desgracia, cubría demasiados culos y acababa convirtiéndose en todo el equipo.
La puerta se abrió.
Ella se apresuró a entrar con una de esas cortas faldas que eran su marca y la recatada blusa sexy que le daba pesadillas. Desde que había cometido la locura de perder el control, había tenido un cuidado extra en mantener su tiempo a solas al mínimo. No es que ella pareciera darle al episodio un segundo pensamiento. Parecía que su primer beso no había sido tan estremecedor después de todo. Su herido ego se burlaba de él todos los días. ¿Besaba a todos los hombres de la misma manera? ¿Era ahora uno de muchos y no valía la pena incluso un sonrojo avergonzado?
—¿Me necesitabas?
Resoplaba un poco y apoyó la cadera contra el borde de la mesa. Sus tacones de aguja de ocho centímetros le hacían señas para una segunda ronda, consiguiendo que se corriera esta vez. Pedro se giró rápidamente mientras sus propias mejillas se sonrojaban y se aferró a lo que quedaba de su mal humor.
—Creía que habíamos acordado mantener en secreto el postre de la firma hasta la apertura. —Mantuvo su voz dura y fría, recordando que esto era un negocio—, que teníamos que levantar entusiasmo y curiosidad en los locales para un inicio exitoso. ¿Correcto?
La miró. Sus cejas dibujaron un confundido ceño, mientras la punta de su pie golpeaba el suelo a un ritmo desconocido.
—Claro que lo recuerdo.
—Entonces, ¿por qué he recibido una llamada diciendo que Pete’s Bread Shop está vendiendo uno de nuestros pasteles?
Se quedó sin aliento.
—¿Cuál?
—Polenta e Osci.
La húmeda pasta amarilla recreaba la textura de la polenta, pero manteniendo un relleno de crema de avellana, equilibrado con masa de albaricoque y con aves de chocolate minuciosamente encaramadas en la cima. Un elemento clásico en Bérgamo. Muchas panaderías estadounidenses se mantenían alejadas de los verdaderos clásicos italianos y se apegaban a lo básico, lo que hacía de esta adición algo único.
—De ninguna manera —bufó Paula—, yo misma hablé con Pete hace unos días cuando fuimos al sitio. Él no tiene el talento para hacer ese postre, ni el chef adecuado.
Bingo.
Pedro la perforó con la mirada.
—¿Has hablado con nuestro competidor? —Movió los pies.
—Bueno, sí, se acercó a presentarse. Fue muy educado y agradable, y quiso darnos la bienvenida al vecindario.
—Apuesto a que sí. Recuerda de nuevo la conversación, ¿le dijiste que estábamos trabajando con este postre?
—Por supuesto que no, habló de un tío que visitó Italia y amó una masa determinada y quiso saber… —se le fue apagando la voz. Una chispa de compasión lo atravesó cuando la repentina comprensión y el horror aparecieron en su rostro—. Oh, no.
—Él quería saber el nombre y si íbamos a servirlo ¿verdad?
Se mordió el labio.
—No puedo creer que caí en su trampa. Parecía tan real. Me contó que su tío estaba enfermo y que le encantaría probar el postre de nuevo y le dije que lo serviríamos en la apertura. —Esperaba que agachara la cabeza avergonzada, pero se encontró con su mirada directa—. Lo siento. Realmente la he cagado.
Si fuera otro empleado, lo desgarraría y lo convertiría en estofado, a fuego lento y varios días. Abrió la boca, pero al ver el estrés de Paula le fue imposible. Su cruda honestidad cuando cometía un error solo le hacía desear cruzar la habitación y abrazarla como en los viejos tiempos.
Mantuvo la distancia y sacudió la cabeza.
—Lo sé —hizo una pausa y estudió su rostro—. Paula ¿te gusta trabajar aquí?
Ella apretó los labios.
—Sí. Lo siento, me he equivocado, pero Michael cuenta conmigo. Lo haré mejor.
Los hermosos ojos color chocolate estaban llenos de resolución. La necesidad de consolarla lo estranguló, pero se mantuvo en pie, clavado en el suelo.
—Sé que Michael quiere que, eventualmente, seas tú la que dirija La Dolce Maggie. Eres dedicada e inteligente, nunca se me ha ocurrido cuestionar eso de ti, cara. Pero, ¿es esto lo que quieres?
El parpadeo de duda fue rápidamente enterrado.
—Por supuesto. Es para lo que me entrenaron. No tengo la intención de abandonar a mi familia.
El orgullo lo traspasó. La mujer frente a él tenía más lealtad y ética de trabajo que nadie que hubiese conocido antes. Sin embargo, él recordaba su creatividad y su deseo de pintar.
Recordaba a su madre colgando su trabajo en la cocina, sorprendida por su talento.
—No has respondido a mi pregunta, ¿es esto lo que quieres?
Hundió los dientes blancos en la tierna carne de su labio. Recordaba meter su lengua entre esos labios rubí y devorarla. Contuvo un gemido de pura miseria.
—Esto es todo lo que tengo —dijo ella en voz baja.
Él inclinó la barbilla y estudió su rostro. ¿Por qué diría algo tan extraño? Un sinfín de opciones se extendían ante ella. Michael podía tener la esperanza de que ella sentara cabeza, pero su amigo la apoyaría si ella insistiera en seguir un camino diferente. Venezia había perseguido su carrera en la moda y Michael siempre se había jactado de su talento e individualidad.
Tenía la sensación de que su corazón nunca había pertenecido a la industria de los negocios como lo hacía el de Julietta. En sus entrañas, sabía que ella pertenecía a otro lugar. No estaba seguro a cuál.
Un toque rápido en la puerta llamó su atención. Jim asomó la cabeza, con el auricular colocado firmemente en su sitio.
—Jefe, tenemos un problema. Michael te necesita para resolver la situación en la sucursal del muelle. Hay algún tipo de confusión con el proveedor y el chef se está volviendo loco.
—¿No podemos manejarlo con una conferencia telefónica?
—Naa, esto necesita un enfoque más práctico.
—Está bien. Dile a Michael que voy en camino y que le informaré más tarde.
—Hecho. —Jim desapareció.Pedro se encogió de hombros dentro de su chaqueta y agarró su maletín—. Déjame arreglar esto y hablaremos después. Cúbreme mientras estoy fuera.
—Por supuesto.
Salió volando por la puerta e hizo nota mental de profundizar en todo esto más tarde.
Dos horas más tarde, Paula seguía sumergida en la pila de papeles que había en el escritorio de Pedro. El acontecimiento de la mañana todavía la molestaba, pero decidió que lo resolvería. Una metedura de pata no debería golpearla tanto. Todo el mundo cometía errores al principio, ¿no es eso lo que Pedro y Michael siempre le decían?
Rodó el cuello hacia atrás y hacia adelante y trató de concentrarse en la interminable serie de números que llenaban la pantalla del ordenador. El teléfono sonó.
—¿Sí?
La voz de la secretaria salió del teléfono.
—Robin está aquí y quiere ver a Pedro.
—¿De Robin’s Organics? —preguntó ella.
—Sí, dice que es urgente.
—Hazlo pasar, por favor.
El hombre que entró tenía el pelo castaño enmarañado, ojos marrón fangoso y mejillas sonrosadas. Vestía una camisa roja que decía ROBIN RULES garabateado en la parte delantera y pantalones vaqueros agujerados. No parecía el estilo ejecutivo de negocios típico de uno de sus más importantes proveedores. Sin duda era un hombre que metía las manos en la mierda. Ella se levantó y le estrechó la mano.
—Soy Paula Chaves. Pedro no está aquí en este momento. ¿Puedo ayudarte en algo?
Un músculo tembló en sus ojos.
—Tengo que discutir un problema con usted, Srta. Chaves —un músculo tembló en sus ojos—, espero que me pueda ayudar.
—Paula. Y desde luego lo intentaré. Sacaré tu expediente. —Tocó algunas teclas y leyó la historia y las notas actuales—. Has trabajado con nosotros desde hace un tiempo, desde que La Dolce Maggie abrió. ¿Estoy en lo correcto?
—Sí. Siempre hemos tenido una sólida reputación por la mejor fruta orgánica del Valle de Hudson. Pero hemos tenido problemas con el establecimiento de Newburgh. Los higos y las frambuesas se entregaron tarde. El chef me dijo esta mañana que dio de baja nuestra cuenta.
—El cocinero no tiene la última palabra en esto. —Paula frunció el ceño—. ¿Es la primera vez que ocurre?
Él hizo una mueca.
—No. Ha sucedido un par de veces en el último mes.
Ella se echó hacia atrás en la silla y lo estudió, golpeando el lápiz contra el borde de la mesa.
—Cuando los proveedores llegan tarde, no podemos hacer nuestros pasteles. Ese es un problema serio.
—Lo sé y lo siento. Quería venir en persona y decirte lo que estaba pasando —se aclaró la garganta—. Mi hijo ha estado conduciendo la camioneta, se inició en el negocio. Le fue bien durante un tiempo, se acaba de graduar de la universidad, pero últimamente se involucró con la gente equivocada y… —Robin se detuvo pero luego siguió—, ha estado en las drogas. En robo de dinero. No hizo las entregas. Yo suponía que todo estaba bien y nunca lo chequé.
Sus ojos se suavizaron con simpatía. Deseaba extender la mano y tomar la mano del pobre hombre, quien obviamente estaba sufriendo por su hijo.
—Lo siento mucho. ¿Qué harás?
—Entró a rehabilitación. No trabajará conmigo otra vez, te lo prometo. Estoy pidiendo que me des una mano con esto y me dejes continuar con Newburgh. Mi empresa tiene una sólida reputación y no quiero perder el contrato de La Dolce Maggie.
Paula revisó los informes y estudió la historia de los productos orgánicos de Robin. No habían surgido problemas hasta hacía unas semanas.
Mientras el hombre esperaba su decisión, ella pensó vagamente en lo que Pedro y Julietta harían en esta situación. Serían empáticos pero profesionales. Probablemente pedirían un descuento por los errores. Definitivamente le harían saber su disgusto.
Pero ella no era una de ellos y su instinto le decía que Robin ya la había pasado bastante mal sin ella reventándole las pelotas.
—Tendré que garantizarle a mi cocinero que no se encontrará con este problema de nuevo. ¿Me lo prometes?
—Sí. Ya he contratado a alguien nuevo que es totalmente de confianza. No habrá más errores.
—Entendido. Yo me encargaré de esto y comenzaremos con una bitácora limpia.
El alivio parpadeó en su cara. La mirada le encogió el corazón cuando se levantó para estrecharle la mano.
—Gracias, Paula. Realmente aprecio esto.
—De nada. Buena suerte con tu hijo. Sé que tu corazón está roto, pero estoy segura de que harás todo lo posible para asegurarte de que salga bien. Tener familiares con los cuales contar es la mitad de la batalla.
Él asintió bruscamente y salió de la oficina.
Suspiró con el corazón dolorido por el hombre.
Traer hijos al mundo era un riesgo del amor. Le daba crédito por su valentía y honestidad.
Pasó otra hora mientras actualizaba las hojas de cálculo y esperaba a Pedro.
Él entró en la oficina, obviamente de mal humor. No era que su apariencia se viera traicionada por el pelo fuera de lugar o una arruga en su apretado traje gris acero. Su corbata púrpura estaba perfectamente anudada y sin dobleces. Sin embargo, sus rasgos estaban apretados con desagrado y los ojos eran un fuego azul mientras dejaba su maletín sobre el escritorio.
—Tenemos grandes problemas. Necesito una reunión con Robin’s Organics.
Ooo-oh.
Paula se levantó de la silla, caminó delante de la mesa y se apoyó en ella. Mantuvo la voz suave y controlada.
—Robin ya vino a verme. —Pedro levantó la cabeza.
—¿De qué estás hablando? ¿Cuándo?
—Vino mientras estabas en el muelle. Las entregas llegaron tarde las últimas semanas y tenía miedo de perder nuestra cuenta. Tuve una larga conversación con él y lo arreglé. No debe haber más problemas.
Un músculo se movió en su mandíbula. El olor almizclado de su loción para después de afeitar la golpeó.
—Acabo de escuchar una perorata interminable de nuestro chef que insiste en que demos de baja esa cuenta. ¿Cuál fue su excusa?
—Su hijo ha estado dándole problemas y están cortos de personal.
Pedro levantó una ceja con desdén.
—¿Y ese es mi problema? ¿Lo amenazaste? ¿Nos conseguiste un precio con descuento por su metedura de pata?
—No sentí que fuera necesario Pedro. —El mal genio mordió sus nervios—. Ha estado trabajando con nosotros desde hace años y nunca hemos tenido un problema. Todos pasamos por problemas personales y las
relaciones en los negocios son la base. Darle una conferencia o insistir en llegar a un acuerdo no era el movimiento correcto esta vez.
Su mecha se estaba acortando. Maldijo y pasó los dedos por el pelo. Paula odiaba la forma en que las ondas se retiraban en forma perfecta. ¿Era siquiera humano? ¿Cómo podía un Dios vivo del sexo respirar y ser creado de esa forma?
El recuerdo de sus manos levantándola y golpeando contra la pared causó que su vientre revoloteara y una humedad palpitante exigiera satisfacción. En vez de eso, se concentró en su comportamiento duro.
—Las relaciones son importantes, pero la fuerza de los proveedores es respetable. Si dejas que se salga con esto una vez, sabrá que podrá repetirlo. Una vez más, estás siendo demasiado blanda. Necesitas amarrarte los pantalones y quitarle emoción al asunto.
Sus puños se apretaron con el tono condescendiente.
—¿Amarrarme los pantalones? —preguntó ella en voz baja—. Esto no tiene nada que ver con ser suave, tiene que ver con lazos de confianza. Él confía que nosotros vamos a darle la oportunidad y eso inspira lealtad y el deseo de nunca decepcionarnos de nuevo. Negocios 101 Pedro. Necesitas tomar un curso de actualización.
Él dio unos cuantos pasos hasta quedar cara a cara. La respiración de Paula se aceleró volviéndose superficial. Trató de calmar el remolino de emociones a punto de estallar. Diablos, no perdería los estribos delante de él en la oficina. Fue cuando se dio cuenta de que él estaba intentando precisamente lo mismo.
—Tal vez necesites decirle al chef que se olvide de los pasteles de higo para tu fiesta de esta noche ¿qué te parece?
Ella se paró de puntillas y levantó la cabeza.
—Tal vez puedas amarrarte los pantalones y decirle que nosotros tomamos las decisiones importantes en La Dolce Maggie. Es un cretino temperamental y siempre lo ha sido.
—Hace una comida excepcional —dijo Pedro haciendo una mueca.
—Compensa sus problemas de altura siendo cruel y haciendo demandas ridículas. Sólo lo estás mimando.
Él extendió las manos y aferró sus brazos. Su rostro estaba tan cerca de ella que vio la perversa curva en su labio inferior, la barbilla sexy bajo su mandíbula y el ardor en sus ojos azules.
—Yo soy el jefe y tomo las decisiones finales.
—Es una lástima que no estemos tomando las correctas.
El cálido aliento de Pedro se precipitó sobre su boca. Sus labios se separaron. Esos dedos mordían profundamente sus brazos mientras luchaba con su temperamento.
—Te estás volviendo un poco bocazas para alguien que se supone que está en entrenamiento.
El deseo se estrelló contra ella, duro y rápido. Sus pezones se empujaron contra la seda pura de su blusa, pidiendo una mordida juguetona de sus dientes. Su voz se convirtió en un susurro.
—Entonces cállame.
Él vaciló por un momento. Escupió una maldición.
Y cerró el espacio sobre sus labios.
El beso fue caliente, rápido y exigente. Su lengua salió de entre los labios y empujó profundamente mientras la levantaba para sentarla encima de la mesa. Ella se abrió más para él y se aferró a sus hombros. Su falda se montó a lo alto de sus muslos y ella la deslizó hacia el borde para separar más las piernas. Él captó sus movimientos frenéticos, empujando la tela hasta su cintura, la agarró por los tobillos y las envolvió alrededor de él.
Paula se hundió en el beso mientras un conjunto de sensaciones mojaba sus bragas y la hacía volverse loca por más. Él devoró su boca como un depredador hambriento intenta de destruir a su presa. Su mano apretó la sensible piel detrás de su rodilla y luego se deslizó hacia sus bragas de
encaje blanco. Él captó su gemido y mordió su labio inferior, bañando la carne hinchada con su lengua.
—Necesito tocarte —gruñó él—. Necesito…
—Hazlo. Ahora.
Sus dedos se deslizaron bajo el elástico y, llegó a casa. Ella gimió y se arqueó bajo el enviste feroz, clavando sus tacones de aguja profundamente en su espalda. Su pulgar se movió sobre el clítoris hinchado y frotó suave, embromando el borde sedoso. Ella le jaló el pelo, abriendo más las piernas y se deslizó al punto del orgasmo. El intercomunicador zumbó.
—Pedro, tu cita de las dos está aquí.
Su boca se arrancó de la de ella. Ella luchó para evitar arrastrarlo de nuevo a terminar el trabajo, pero la expresión de su cara hizo que lo soltara. Los dedos de él la dejaron dolorida y vacía, el olor de la excitación se aferró al aire. Su respiración era irregular cuando ella se bajó de la mesa, se alisó la falda y se acomodó la blusa. Luego se enfrentó a él.
—Cristo —murmuró Pedro—. ¿Qué demonios estoy haciendo? No quise decir eso.
La parte delantera de sus pantalones contradecía tal afirmación.
Harta de que negara la atracción cruda que sentían, ladeó la cabeza y deliberadamente dejó caer su mirada.
—Parece que para mí significa algo.
—Paula…
—Olvídalo, Pedro. Ve a tu junta. Nos vemos más tarde.
Ya no era capaz de soportar más de sus excusas y culpas así que salió de la oficina. Ah, sí, definitivamente excitada. Él la había besado dos veces y, obviamente, quería más. Sólo tenía que convencerlo de ir tras ello. De
alguna manera, necesitaba estar a solas con él en territorio neutral para terminar lo que habían empezado.
Algunas noches después, Paula puso la atrevida porcelana china azul sobre la mesa. Gracias a Dios era fin de semana. Desde su segundo encuentro con Pedro, parecía intentar probar que había cometido un error que nunca podría ser reparado. Un verdadero estímulo a su ego femenino, se burló interiormente.
Se giró y captó una gran sombra negra encaramada en la silla principal. Cruzó los brazos frente al pecho y le hizo un sonido de reproche.
—Dante, conoces las reglas. Fuera de la silla.
El monstruoso gato le dedicó una mirada aburrida y se lamió una pata. Usó el tono al que los animales siempre respondían.
—Te lo advierto. Fuera. Ahora.
La cola de Dante latigueó, levantó la cabeza y siseó una advertencia.
La voz de Maggie se escuchó a través de la habitación.
—Dante, modera esa actitud.
El gato levantó la cabeza y bajó de un salto. Con una mirada de disgusto, se encaminó hacia Maggie para ronronear y frotarse contra una pierna.
Paula soltó el aliento.
—¿Cómo lo haces? Ese gato es un dolor en el culo, desagradable y obstinado. Es el único animal que nunca me escucha.
Maggie sonrió.
—Sí, lo sé. ¿No es genial?
Las cenas de los viernes en la noche eran la nueva rutina en la vida de Paula y esperaba por ellas. Se organizaba una semana en casa de Alexa y Nick y la siguiente en la de Michael y Maggie. Se había acostumbrado a relajarse en ese ambiente hogareño lejos de la oficina.
Paula se paró en la barra del desayuno y trabajó en la ensalada. Su cuñada trataba de no chocar el vientre en el mostrador y Paula le dio crédito. La moderna falda roja y la camiseta de cuello redondo bajo le daba un aspecto chic y maternal elegante. Maggie verificó el pan de ajo y tomó un sorbo de su vaso de soda espumosa.
—Dime, ¿Qué pasa en tu vida con las citas? ¿Cuándo fue tu última cita? Edward, ¿cierto?
Paula ocultó un parpadeo y agregó un puñado de aceitunas.
—Umm, eso no fue muy bien. Nada malo, solo no había química entre nosotros.
Maggie arrugó la nariz.
—La no-química apesta. No puedo decirte cuántas citas tuve en las que no sentí nada. Demasiadas. ¿Otros prospectos?
—Aparte de la piscina laboral, no estoy segura de dónde más encontrar hombres. ¿Qué hacías cuando estabas soltera?
Maggie rió.
—Muchas cosas malas, lo cual es exactamente lo que necesitas hacer. Te daré una lista de algunos clubes por los que te puedes pasar los fines de semana. Iría contigo como apoyo moral, pero nunca conseguirás nada con una chaperona a tu lado.
Se burló.
—Probablemente encontrarías a alguien antes que yo, mujer. Aún luces muy sexy.
Su cuñada se sonrojó de gratitud.
—Eres una buena hermana.
—Lo digo en serio, Maggie, tienes ese atractivo sexual que siempre quise. ¿Cómo lo haces?
—¿Hacer qué cariño?
—Conseguir a tu hombre.
Maggie estalló en risas y dejó el molde de pan en el mostrador.
—Paula, ya tienes todo lo que necesitas con ese cuerpo asesino tuyo. Solo recuerda esto, a los hombres le gustan las mujeres que van detrás de lo que quieren. Si un hombre te atrae, conecta con tu zorra interna y déjala salir. No tendrá ninguna oportunidad de escapar.
—¿Tú crees?
—Umm… no. Lo sé.
El pensamiento de ser la seductora, para variar, la animaba. ¿Por qué no dar el paso inicial e ir tras lo que quería?
—De verdad, necesitas salir a bailar y tener algo de diversión. Tendrás muchos hombres allí para practicar. Todas esas ridículas sugerencias de conocer hombres en librerías o en iglesias me molestan.
El comentario de Pedro sobre iglesias hizo eco en su mente y se mordió el labio para evitar reírse como tonta.
—O en la tienda. Honestamente, ¿cuándo algún hombre ha llegado ti y te ha pedido que sientas su pan para ver si está fresco?
—¡O en el gimnasio! Si, nada más sexy que una mujer olorosa con el maquillaje corriéndose y los músculos temblorosos ¿te puedes imaginar respondiendo al comentario…? ¿Cuánto levantaste hoy nena?
—Sí, pero aún no estoy lista para el internet. No a menos que esté muy desesperada.
—Guarda eso para las mayores. Alexa se divertirá mucho posteando tu perfil.
—Lo he oído.
La voz de Alexa cantó desde el pasillo. El timbre sonó y un murmullo de voces bajas hizo eco a través del corredor.
—Ah, finalmente llegó Pedro ¿puedes recibirlo Michael? —gritó.
Aún riendo por su conversación con Maggie, pasó un tiempo hasta que notó un acento femenino. Curiosa, levantó la cabeza para espiar alrededor de la pared.
Mierda. Había traído una cita.
Miró a su futura cita de una noche entrar a la mansión con una mujer de su brazo. No solo una mujer.
Pedro sólo se citaba con la crema de la crema y ésta apestaba a realeza y privilegio. Cabello rojo ondulado como una obra de arte alrededor de sus hombros, su escuálida figura gritaba talla cuatro. Sesgados ojos verdes sostenían una mirada adormilada que rezumaba sexo. Uñas con manicura francesa y tacones estilete advertían a las mujeres que se mantuvieran alejadas de su hombre. Y su hombre de hoy era Pedro.
Paula trató de no fruncir el ceño mientras se ocultaba en la entrada de la cocina y espiaba.
—¿Pasa algo, cariño? —preguntó Maggie—. Pareces enojada.
Limpió de su expresión la mirada de irritación y forzó una sonrisa.
—No, solo verificaba el gusto de la semana de Pedro. Esta parece seria.
—Umm, no creí que trajera una cita esta noche.
Maggie sacó la cabeza fuera de la cocina y miró mientras los hombres hablaban y Pedro hacía las presentaciones.
—Oh, esa es Victoria Windson. Su papi es Duque de algo, así que es algo así como de la realeza. Pedro ha salido varias veces con ella antes. Debe de haber regresado a la ciudad.
Paula parpadeó. Su odio creciendo a monstruosas proporciones.
—Ah.
Su cuñada aguzó la mirada y sus garras.
—¿Quieres que la saque? Solo di la palabra, culparé a las hormonas prenatales de mi súbita locura.
Una risa escapó de sus labios.
—No, por supuesto que no. Te dije que había terminado completamente con Pedro.
Una burla colgó en el aire.
—Sí, luego te venderé el Puente de Brooklyn.
—¿Para qué compraría un puente?
Maggie ondeó una mano.
—Ni idea. Sigo olvidando cómo suenan nuestras ridículas expresiones americanas.
Levantó la ensalada del mostrador y la llevó al comedor. El amplio espacio abierto tenía una enorme mesa de cerezo. Con elegantes sillas de cuero y un gabinete para lozas a juego.
El cristal brillaba colgando de un candelabro y Maggie cogió unas botellas de vino del bar repleto en la esquina. La formalidad se suavizaba con los adornos de velas, luz tenue y espléndidos paisajes toscanos en acuarelas que adornaban las paredes. Flores frescas formaban un centro de mesa. Toques femeninos dispersos aquí y allá en la que una vez fue la mansión de soltero de su hermano, Paula amaba ese contraste de lo suave con lo duro, la simplicidad con el lujo que ahora brillaban a través de la casa.
Alexa entró contorneándose y gimió.
—Quiero tanto un poco de vino, que mal que no pueda probarlo. Ustedes chicas, mejor me traen una botella cuando vayan de visita al hospital. ¿Quién es la que está con Pedro?
—Parece ser la pregunta de la noche —Maggie arrastró las palabras—. Su nombre es Victoria, La cita actual de Pedro.
Alexa se estremeció.
—Es demasiado flaca. No me gusta.
La satisfacción pulsó a través de su sistema con esa declaración. Cualquier en la familia que no comiera era sospechoso. Maggie se encogió de hombros.
—La conocí una vez antes y realmente es buena. Quizás es una señal.
Paula rechinó los dientes. Demonios, si hubiera sabido antes que competiría con una maldita princesa se hubiera puesto al menos un vestido. Llevaba un par de jeans casuales, top negro y tenis Keds. Sabiendo que lucía como de doce, maldijo su estupidez. Las mujeres que querían seducir hombres como Pedro, necesitaban unirse al juego. Round uno para la perra.
El cliqueo de tacones hizo eco y Pedro apareció en el comedor. Hizo otra vez las presentaciones y asintió hacia ella como si nunca hubieran tenido la lengua en la boca del otro.
—Paula, esta es Victoria. Paula es una amiga cercana a la familia.
Levantó la cabeza.
—Sí. Realmente cercana. Gusto en conocerte Vicky.
La mujer parpadeó ante el nombre, pero Paula le dio crédito cuando asintió.
—Que encantador conocer a la familia de Pedro. La última vez que estuve en la ciudad fue demasiado breve y solo fuimos a fiestas formales ¿cierto querido? —Uñas rojo sangre apretaron su brazo—. Esperemos que este viaje sea más largo.
Pedro sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
Casi parecía… resentido. Como si tratara de probar su punto de que nunca habría nada entre ellos. Interesante.
Se negó a mirarla directamente a los ojos. Le recordó a los perros extraviados que acostumbraba a recoger, agachaban la cabeza para
evitar el contacto directo. Para evitar la verdad de sus circunstancias. La negación era una cosa impresionante, fuera la especie que fuera.
Nick entró con un plato de macarrones al vodka.
—Espero que todos estén hambrientos.
Paula se mordió el labio mientras las mujeres miraban la figura de ramita de Victoria, deliberadamente, pero ella asumió la carga y se frotó las manos.
—Traigan esos carbohidratos chicos. —Maggie y Alexa sonrieron y se sentaron a la mesa. Las tripas de Paula le decían que había una maldita buena razón para que Pedro la hubiera traído a cenar, e iba a descubrirla.
—Entonces, Victoria ¿Qué haces?
—Trabajos de caridad, en su mayoría. Me gradué en Oxford con una licenciatura en derecho, pero encontré que la práctica no era tan satisfactoria como ayudar. Co-fundé un orfanato para niños en Londres.
Pedro se enderezó en su silla como si estuviera a punto de hacer una presentación.
—Victoria es las dos cosas, educada y conoce la calle. Su fundación ayuda a cientos de jóvenes que no tienen a dónde ir. Una vez que llegan a un nivel en el sistema, los hogares de guardia ya no pueden ayudar.
Alexa asintió.
—Si, como en la película de Batman. El caballero de la noche se levanta ¿Recuerdas, Nick? La Fundación Bruce Wayne explicaba ese problema. Muy impresionante.
Nick rió ante la habilidad de su esposa para relatar todos los libros, películas y poesías.
Victoria inclinó su cabeza para hablarle a Pedro.
—Querido, me halagas. Tengo un cojín de seguridad detrás de mí. Tú trabajaste tu camino hacia la cima, así que mereces todo el prestigio.
Paula se preguntaba si le saldrían caries con toda esa dulzura entre ellos. Aun así, nunca la tocaba. Pedro era siempre afectuoso, especialmente con alguien por quien tenía sentimientos. ¿Cuántas veces lo había visto cuidar y acariciar a sus acompañantes? Pero seguía manteniendo la distancia, como si cenar con la realeza más que con la familia, mereciera las manos sobre la mesa.
Respeto y admiración en su mirada, pero ningún signo de lujuria que la hiciera estremecer. Hmm, interesante.
Victoria platicó un poco sobre la caridad y no hizo ningún movimiento para tocarlo. Se miraban más como compañeros que como amantes. No había ni una chispa de atracción sexual moviéndose entre ambos. Cualquier mujer que no quería meterse en la cama con Pedro tenía más. ¿Era frígida? Paula se puso su gorra de Nancy Drew y juró averiguarlo.
Maggie giró la conversación hacia Alexa.
—Así que, ¿ya saben el nombre del bebé?
Nick asintió.
—Si es una niña la vamos a llamar Maria por la mamá de Alexa.
—Es tan encantador —suspiró Camila—. ¿Y si es un niño?
Nick miró a su esposa con una advertencia.
—Todavía estamos trabajando en eso.
—Si es un niño, lo llamaremos Johan —dijo Alexa se enderezándose.
Nick se frotó la frente. Hubo un pequeño silencio. Finalmente Maggie rompió la pausa.
—Por amor de Dios, dime por qué. ¿De dónde diablos sacaste un nombre así?
—Adivina —dijo Nick—. Tú la conoces mejor que nadie.
Paula vio a su cuñada examinando las posibilidades hasta que jadeó.
—¿Estás loca? ¡Oh, mi Dios, estás tratando de llamarlo como Johan Santana!
Alexa apretó los labios.
—Es un nombre adorable —contestó con un mohín—, y no tiene nada que ver con los Mets.
Maggie dejó salir una risa histérica y la miró a los ojos.
—Eso es mierda y lo sabes. Santana fue el pícher en el primer juego sin hits en la historia de los Mets y estás intentado recrear esa gloria. Recuerdo esa noche frikkin. Lloraste tan fuerte que pensé que estabas de parto.
Paula recordó haber escuchado de la obsesión de Alexa por el equipo de béisbol de los Mets de Nueva York y también del resentimiento de Nick por el equipo de los Yankees de Nueva York.
Gracias a Dios no era fan de los deportes. Parecía más estresante de lo que necesitaba, especialmente cuando vio el brillo de los ojos de Alexa mirando a su mejor amiga.
—Déjame en paz Maggie. Fue un momento glorioso. Para atesorar. Nuestro hijo debería estar feliz de tener ese nombre.
Nick bufó y rellenó su copa de vino.
—Sobre mi cadáver —murmuró—. Santana ha decaído desde entonces y no ha picheado un juego decente en las últimas cinco temporadas. ¿Y si lo llamamos Derek?
—¡Absolutamente no! —dijo Alexa soltando el tenedor—. Ningún hijo mío se llamará como Derek Jetter… tú… tú… ¡amante de los Yankees!
Nick suspiró.
—Hablemos más tarde de eso ¿sí cariño? ¿Ya probaste el calamari? Esta vez me lucí.
Alexa gruñó pero regresó a su comida y Paula trató de no reírse de las conversaciones absurdas que tenía la pareja.
—¿Tienes un proyecto en Nueva York o viniste a visitar a Pedro? —le preguntó Michael a Victoria.
—Papi está aquí por negocios y pensé que debía acompañarlo. Amo la ópera y ver si puedo tener algo de tiempo con Pepi.
El apodo hizo que sonaran algunos carraspeos en la mesa.
—Lo malo es que por la inauguración, ha estado trabajando mucho. Quizá pueda salir con él un día de esta semana, si obtengo el permiso de su jefe.
—Seguro, mientras todo vaya como hasta ahora, puede hacerlo. Paula puede cubrirlo.
—Qué lindo. ¿No es maravilloso trabajar con un amigo cercano a la familia? —Su sonrisa era genuina, mostrando los dientes blancos y la culpa corroía a Paula. ¿Cómo se atrevía a juzgar a la gente superficialmente? Victoria parecía buena. Una mujer práctica que, por casualidad, tenía la apariencia de una súper modelo. ¿Era su culpa? No. Ella era la que decidió alejarse. Si él quería a Victoria, quizás era lo mejor.
Le fascinaba la constante necedad de Pedro salir con la mujer equivocada y su intensión ahora, de demostrar que eso había cambiado.
Victoria parloteó sobre un amigo del que estaba preocupada.
—Richard ha sido mi roca por años. Nuestros padres son los mejores amigos y crecimos juntos. El pobre hombre ahora está pasando por un trágico divorcio. Se casó con la mujer equivocada. Estoy haciendo todo lo posible para que lo supere.
Maggie y Alexa hicieron ruiditos de simpatía.
Paula vio el crudo deseo en el rostro de la mujer, cuando dijo el nombre de Richard.
—Qué pena —dijo ella enrollando la pasta en el tenedor—. Es muy afortunado de tenerte.
Una punzada de remordimiento pasó por los ojos de Victoria.
—Sí. Se lo he dicho.
Bingo.
Victoria estaba enamorada de Richard y ese hombre idiota probablemente no lo sabía todavía. Sin duda trataba de que se diera cuenta al trabajar a Pedro. Pero Pedro nunca esperaba mucho de sus citas, ¿quizás la estaban presionando para sentar cabeza? ¿O sólo quería poner celoso a Richard? La empatía pulsó en sus tripas.
Victoria pasaba por la misma maldita situación que ella. Estar enamorada de un hombre que te miraba como a una hermana menor. Patético. Bueno, al menos Victoria podía liberarse de Pedro y salvarse de cometer un trágico error.
—¿Dónde está Lily? —preguntó Pedro mientras robaba algo de ensalada del plato de su cita, pero le dijeron que se detuviera.
Una aceituna negra rodó por su lado de la mesa pero Victoria no hizo ningún movimiento por agarrarla con el tenedor. La falta de aprecio de la mujer por la comida entristeció a Paula.
—Durmiendo en casa de Nonni. La malcrían tremendamente y Nick pensó que debíamos tener una noche de adultos.
Nick desenroscó el sacacorchos y le guiñó a su esposa.
—Sí, quizá pasemos de las diez de la noche. Atrévete a soñar.
—La paternidad te ha cambiado —le dijo Paula riendo.
—Diablos, es cierto —dijo Michael—. Ese es el por qué debes disfrutar cuando estás soltero. Pedro y Paula están en el crepúsculo de sus vidas. —Hizo una mueca cuando Maggie le descargó su poderosa derecha sobre el brazo—. Estoy bromeando, cara. Me torturaste lo suficiente antes de casarnos. No cambiaría una cosa, pero debes admitir que la vida nos parecía perfecta.
Ella asintió y él le tomó la mano para presionar un beso en la palma.
Una cruda necesidad atravesó y atragantó a Paula. Se llenó la boca de pasta esperando al menos calmar su hambre física. Victoria metió el tenedor entre sus labios de botox.
—Ya quiero tener hijos —anunció ella—. Estoy cansada de las citas interminables y de salir de fiesta. ¿No estás de acuerdo Pedro?
El rubor cubrió las mejillas del susodicho mientras todos esperaban la respuesta. Paula aguantó la respiración.
—Seguro. —Victoria lo miró como si estuviera esperando que se expandiera—. Estoy pensando asentarme en el futuro.
—¿Futuro? —le contestó bajando la mano—. ¿Eso qué significa? ¿Qué tan lejos en el futuro? Sabes que papi quiere que me case pronto ¿verdad?
Alexa y Maggie bajaron sus cubiertos. Incluso Nick y Michael esperaron una respuesta. Pedro se aclaró la garganta y agarró su vino. Tomó un sorbo. El silencio pulsaba en la mesa. Como un lobo atrapado, su mirada rodó con pánico por toda la mesa y luego se enganchó en la de ella.
Los ojos azules irradiaban calor, quemaban. La verdad la golpeó con fuerza. Él quería que Victoria fuera “La Elegida”. Pero no lo era. Tampoco tenía idea de que estaba enamorada de otro hombre. Quizá la sentía fría y había decidido que sería una apuesta segura.
Lentamente Paula se fue relajando y empezó a disfrutar el espectáculo.
—Pedro adora a los niños —dijo—. Su madre ha esperado que siente cabeza hace tiempo. ¿Pero dónde vivirían?
Un extraño sonido salió de la garganta de Pedro y luego murió.
Victoria brincó.
—Oh, lo podríamos solucionar. Necesito estar en Inglaterra unos meses al año, pero el resto del tiempo podríamos quedarnos en Nueva York. Por supuesto, podemos visitar Italia para ver a la madre de Pedro. ¿No suena eso maravilloso cariño?
—Sí, por supuesto. Algún día.
—¿Cuándo?
Paula reprimió una risa. Finalmente había visto un ataque de pánico masculino.
—Pronto —Pedro agarró una servilleta, limpió su boca y se levantó de la mesa—. Umm, discúlpenme por un minuto. Ya regreso.
Él se fue por el pasillo y desapareció.
Victoria se enderezó en el asiento por la sorpresa. Paula se levantó.
—Si me disculpan un segundo, ahora regreso.
Y lo siguió.
Pedro cerró la puerta de la biblioteca. ¿Qué estaba mal con él? Cerró los puños y las presionó contra sus ojos.
Victoria era la mujer perfecta. Era hermosa, inteligente y quería sentar cabeza e iniciar una familia. Siempre había disfrutado de su compañía cuando venía a la ciudad. Probarle a Paula que estaba equivocada era importante. Sus palabras se burlaban y le bailaban en la cabeza como un bromista diabólico y loco.
—Tú siempre eliges a la mujer equivocada.
Imposible. Seguro que tenía muchos ejemplos, pero Victoria finalmente probaría que estaba equivocada. Entonces, ¿por qué no había una conexión real o algún deseo de llevar la relación al siguiente nivel?
La imagen de sus dedos metiéndose en ese fuego mojado brilló delante de él. El dolor agudo de sus tacones en su espalda. El dulce y burbujeante sabor de su boca y el olor de su excitación. Subir esa falda por sus muslos era la fantasía más hermosa vuelta realidad. Si no los hubieran
interrumpido, hubiera deslizado su espalda sobre el escritorio y se la hubiera metido.
Jesús, una vez podría ser perdonada. Apenas. ¿Pero dos?
Estaba labrando su propio espacio en el infierno.
Un ligero golpe en la puerta fue su única advertencia.
Su nariz tembló cuando la limpia esencia de pepino y melón flotaron en el aire. Una advertencia recorrió su columna.
El relajado y erudito aire de la biblioteca de repente se llenó de electricidad. Las suaves pisadas de los Keds marcaban su avance, hasta que su cálido cuerpo quemó justo detrás de él. Maldita fuera por joder su cerebro.
Maldita por hacerlo desearla.
Él se giró para encararla.
—Ya voy —dijo él—, solo necesito un minuto.
Ella se acercó. Él dio un paso atrás. Una sonrisa tocó sus labios.
—¿El matrimonio y los hijos te están volviendo loco?
Se sobresaltó pero tomó el tiro como un hombre.
—No lo sé.
Pedro esperaba un comentario sarcástico pero ella asintió como si lo comprendiera.
—Entiendo.
—Continúa —dijo mientras cruzaba los brazos al frente—. ¿No vas a despreciarla?
Ella tuvo el descaro de verse sorprendida.
—¿Por qué? Si te gusta soy feliz por ti. Ella realmente parece linda, una vez que hago a un lado sus limitaciones con la comida.
Su facilidad para aceptar que saliera con otra mujer después del beso, era una burla. ¿Por qué necesitaba ponerla en su contra y probarle que significaba algo para ella?
—No serás capaz de encontrar algo malo en ella. Ya la estudié… y ama a los animales.
—Genial.
—Cree en la caridad. Puede manejar un negocio. Tiene de base una familia sólida. Te lo estoy diciendo, ella es perfecta.
Los labios de Paula se torcieron.
—Está en suspenso. Ahora espera que te comprometas y sientes cabeza. Mejor tú que yo. Yo busco algo de diversión. Sexo caliente. Después los bebés.
Le puso absoluta atención. Sus labios lograban que las palabras sonaran a miel.
A sexo. Caliente.
El enojo le llegó al intestino y lo retorció.
—Deja de decir tanta mierda.
—¿Por qué? No te puedo poner tan incómodo como cuando pasó lo que pasó hace unos días.
Él se encogió. Quería hacerlo de nuevo y estaba mal que le dijera otra cosa.
—Eso fue un error —la voz le salió estrangulada—. Ambas veces.
—Tú lo dijiste.
Las palabras serias retorcieron más sus intestinos. ¿Cómo una mujer en tenis podía controlar de repente la situación? La mente y cuerpo de Paula lo golpearon con fuerza. Se aferró a su última excusa.
—Cualquier cosa física entre nosotros sería una traición a la confianza. ¿O no?
La vieja Paula se hubiera sonrojado y tartamudeado. Lo miraría como si fuera Dios y se hubiera alejado. La nueva Paula cerró la distancia y levantó la barbilla. El metro y medio brillaban con poder femenino.
—¿Lo sería? —murmuró ella.
Su polla apretaba la tela de los pantalones en desacuerdo.
Toda la sangre había abandonado su cabeza así que le tomó un segundo o dos responder.
—Sí, lo sería.
—Lamentable.
—No juegues esos juegos Paula. No podemos dormir juntos. La noche que te besé fue un terrible error. También lo fue el episodio en la oficina. Todavía me siento culpable por eso.
Los ojos oscuros brillaron con misterio y secretos que mataría por saber. La lengua de ella salió y lamió su labio inferior. La diversión pasó por su rostro.
—Lamento matar tus ilusiones, Pepi. Pero solo estoy buscando un hombre malo con quien divertirme.
Su inocente blusa blanca y sus ridículos tenis Keds hacían que quisiera romper la tela para revelar sus curvas de sirena. Su sabor lo torturaba. Y como si lo supiera, se inclinó y su respiración susurró contra los labios de Pedro en una burlona caricia.
—¿Quieres jugar?
Pasó un latido. La sangre se apresuró a su polla y le llenó la cabeza de gemidos. Era un hombre experimentado, bien versado en el arte de la seducción. Pero este dinamo lo noqueó y lo dejó a la deriva. Su cabeza gritaba “Infierno, sí”.
—No puedo —las palabras se le atragantaron—. Estoy saliendo con Victoria.
Lentamente ella se apartó. Los hombros enderezándose.
—Entiendo. Respeto tu nueva relación y no te molestaré de nuevo.
Caminó hacia la puerta moviendo las caderas con gracia. La curva lujuriosa de su trasero le decía adiós
—Solo una cosa más. Algo que probablemente deberías saber.
—¿Qué?
—Asegúrate de mantenerte cerca a Richard.
Él frunció el ceño.
—Richard es uno de sus amigos. No hay nada entre ellos. Está pasando por un divorcio.
—Ella está enamorada de él. Siempre lo ha estado. Siempre lo estará. Pregúntale —le hizo un guiño—. Te veo afuera.
Pedro se quedó paralizado, pegado al suelo y preguntándose si su vida se había ido completamente al Hades.
buenísimo,seguí subiendo!!!
ResponderEliminarWowwwwwwwww, espectacular cap Jesy.
ResponderEliminarLo esta volviendo loco! Me encanta! Jaja mimiroxb
ResponderEliminarjajaja me encanto,me encanta xomo lo tiene rociibell23
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