miércoles, 31 de diciembre de 2014

Capitulo 16

Pedro miró al letrero sobre la moderna galería en el SoHo.
El nombre de Paula había sido garabateado en caligrafía de lujo y las alegres luces blancas colgadas por la fachada del sitio llamaban la atención de los espectadores. Inspiró una bocanada de aire y mantuvo la esperanza de tener la fuerza suficiente para atravesar la noche.
La invitación a su primer espectáculo era tanto sorprendente como irónica. El orgullo lo ahogaba. Su preciosa y talentosa esposa finalmente demostraba su valía y él no estaba allí para celebrarlo con ella. Pero no podía negarse la necesidad de verla una vez más en toda su gloria. La necesidad de mirar su trabajo, mientras recordaba haber hecho el amor con ella en su estudio y cubrirla con pintura de chocolate.
Sus entrañas se encogieron en una sólida bola de arrepentimiento.
Pedro abrió la puerta y caminó adentro.
El espacio era amplio y abierto, con anchas columnas separando naturalmente la sala en cuadrantes. Había un bar y camareros de cóctel paseaban ofreciendo champagne, vino y una variedad de aperitivos. Las multitudes se arremolinaban en varios grupos, charlando y riendo mientras se abrían camino por la sala. Su mirada se dirigió directamente a la esquina derecha, casi como si pudiese percibir su presencia perfumada.

Ella echó la cabeza atrás y se rio de algo que un hombre dijo. Su largo y negro vestido brillaba bajo la luz. Sus rizos oscuros estaban fijos y domesticados en lo alto de su cabeza, pero Pedro sabía que deslizar la horquilla haría que cayesen en un lío sedoso y desenfrenado sobre sus hombros. Sus ojos brillaban con una alegría interior y confianza que nunca había visto en ella antes.
Sí. Era feliz sin él.
Conteniendo su emoción, se dio la vuelta y se dirigió a la primera pantalla.
La sorpresa lo mantuvo inmóvil.
Esperaba retratos con alma y corazón, con un calor fácil que siempre traducía en las pocas piezas de su trabajo que había tenido la suerte de ver. Estos parecían ser de una artista diferente.
Crudos y arenosos, sombreados en negro, gris y un asome ocasional de rojo, mostraban parejas sobre el lienzo en diferentes poses eróticas. Una mujer se arqueaba contra la pared mientras su amante apretaba los labios contra sus pechos desnudos. Los cuerpos pulsaban con una sensualidad terrenal, pero se tambaleaban en la frontera, mientras la ventana esbozada sobre la derecha parecía ser un espejo entre la privacidad y el mundo exterior. El espectador parecía casi un voyeur de la escena, extendiéndose por la mente lo suficiente como para necesitar seguir mirando la pintura.
Mientras Pedro pasaba de una a otra, la pareja parecía estar atrapada en una telaraña de relación. Un lienzo esbozaba la vulnerabilidad y el deseo en el rostro de la mujer mientras miraba a su amante. Su perfil severo mostraba nada más que líneas duras y una firme determinación. En otro, las frentes de la pareja tocándose, con sus labios a un susurro de distancia, los ojos entrecerrados hacia el espectador por lo que éste se veía obligado a imaginar lo que estaban pensando.
Pedro miró cada pintura con un hambre que rara vez había sentido. El trabajo era extraordinario y se daba cuenta de que el talento de su esposa crepitaba con una pasión y profundidad que podrían hacer oscilar todo el
mundo del arte. Parecía el comienzo de una larga y exitosa carrera. No era de extrañar que Sawyer estuviese tan emocionado. Había descubierto a la nueva artista popular en el bloque.
Las personas pululaban a su alrededor y trataban de entablar conversación con él. Los camareros se detenían y le preguntaban si necesitaba algo. Él nunca respondió. Sólo absorbió el trabajo sintiendo como si conociera esa última parte de ella que había mantenido escondida. Ahora, había revelado toda su gloria completamente al desnudo.
Dio, la amaba.
Había llegado temprano para asegurarse de evitar a Alexa, Nick, Michael y Maggie. Su plan era ridículo y tan masculino. Entrar furtivamente, ver su trabajo, torturarse y colarse fuera. Ir a casa y emborracharse con su bullicioso perro a sus pies.
—¿Pedro?
Su voz resonó en sus oídos. Ronca como Eva. Dulce como un ángel. Apretó los dientes y se volvió.
Ella le sonrió con tanta calidez que pensó que conseguiría quemarse. Necesidad primitiva lo atormentó, convulsionando a través de él, pero luchó por apagarla y devolverle la sonrisa.
—Hola, Paula.
—Viniste.
Él se encogió de hombros.
—Tenía que verlo.
¿Por qué ella lo miraba con tanta avidez? ¿Para torturarlo?
—Me alegro. ¿Qué te parecen?
Su voz desgarró su garganta.
—Son... todo.
Ella parpadeó como para alejar las lágrimas y otro pedazo de su corazón se arrancó. No le quedaría nada para cuando la conversación acabase.
—No has visto el último. Está aquí atrás, bajo una pantalla independiente.
—No puedo, Paula. Tengo que irme.
—¡No! Por favor, Pedro. Tengo que enseñártelo.
¿Era así como se sentía el amor? ¿Un dolor desgarrador que le empujaba bajo las aguas revueltas y se negaba a dejarle subir a la superficie? Se tragó su segunda protesta y asintió.
—Está bien.
Él la siguió hacia el fondo de la sala, a unos pocos pasos. La galería se abría a una vitrina bajo un foco. La pintura colgaba del techo en un solitario esplendor. Pedro dio un paso hacia delante y miró hacia arriba.
Era él.
El título se reducía audazmente en la parte superior: Pedro. Con el torso desnudo. Descalzo. Jeans colgando bajos en las caderas. Con características medio borrosas y en la sombra, se quedaba mirando fijamente a los ojos del espectador y le sostenía la mirada. Un remolino de emociones devastaba su rostro, sus ojos como una tormenta con tanto poder que sacudían a Pedro hasta la médula. Lo veía todo en esa mirada. Vulnerabilidad. Determinación. Un toque de arrogancia. Necesidad. Y capacidad de amar.
Su corazón se apretó. Se dio la vuelta.
Paula estaba delante de él, sus ojos negros como la tinta llenos de adoración y amor, y una fuerza que jamás había visto.
—Te amo, Pedro. Siempre te he amado, pero tenía que amarme a mí misma antes de poder darte lo que necesitabas. No sé si es demasiado tarde, pero te prometo que si me das otra oportunidad, voy a estar a tu lado y seré la mujer que mereces. Porque soy esa mujer. La otra mitad de
tu alma. La pregunta nunca será si yo iré a ti. La pregunta es, ¿quieres tú volver a mí?
El júbilo explotó y bombeó a través de sus venas. Él le dio una media sonrisa y la tomó en sus brazos.
—Nunca te he dejado, cara.
Él reclamó su boca y la besó profundamente, tiernamente, como si estuviesen sellando los votos de hace meses en Las Vegas.
De repente, su familia de corazón lo rodeó. Pedro quedó recogido en un apretado círculo, mientras que Michael y Nick golpeaban su espalda y Alexa y Maggie se enjugaban las lágrimas.
Finalmente estaba, de verdad, en su hogar.
—Ya era hora de que volvieran a estar juntos. —Sollozó Alexa—. No podía soportar el drama por más tiempo. Los viernes por la noche comenzaban a apestar.
Pedro sostuvo a Paula apretadamente a su lado y se echó a reír.
—Solucionemos eso esta semana. Fiesta en nuestra casa.
El consultor se apresuró y atravesó la línea. Su expresión normalmente sobria resbaló.
—Umm, Paula, ¿puedo hablar contigo un momento?
—Por supuesto. —Besó a Pedro con fuerza en los labios y se alejó. Después de una conversación en voz baja, volvió con una mirada aturdida.
—Lo he vendido todo.
Pedro sonrió.
—No estoy sorprendido. Tu obra me ha impactado. Pero mejor empezamos ya, vas a tener mucho que pintar y yo tengo que darte inspiración.
Ella se rio y enterró los dedos en su cabello.
—Tienes razón —susurró.
Pedro miró a la mujer que amaba. Su esposa. Su alma gemela. Su para siempre.
—Vámonos a casa.
Estaba entre una maraña de sabanas, exhausta, saciada y más feliz de lo que jamás había estado.
—¿Estás finalmente lista para llamar al tío?
Paula levantó la cabeza unos centímetros de la almohada y se dejó caer hacia atrás.
—Nunca. Sólo necesito un minuto.
Se rio por lo bajo y se deslizó de la cama. Oyó pasos yendo hacia el vestidor y luego volviendo. Su olor almizclado le subió a la nariz y la hizo agitarse de nuevo. Maldita fuera si su marido no la había hecho una ninfómana y a ella le encantaba cada momento.
—Tengo un regalo para ti.
Eso la hizo sentarse. La parte femenina en ella se fundió con la idea de que su marido le hubiese comprado un regalo.
—¿En serio?
—Sí. Estaba guardándolo. Con la esperanza de que volvieras y yo fuera capaz de dártelo.
La caja rectangular estaba envuelta en papel rojo profundo. Se mordió el labio por el placer y se quedó mirando la caja.
—¿Qué es?
—Ábrelo, nena.
Arrancó el papel como un niño en Navidad y levantó la tapa.
Contuvo el aliento.
Un par de zapatos estaban en el papel de seda blanco. No sólo unos zapatos. Eran unos tacones de aguja de diez centímetros forrados en diamantes. Hechos de cristal puro.
Levantó uno arriba en el aire y observó el brillo de las gemas. La forma cucú para los dedos de los pies le daba a los zapatos una sensualidad coqueta, y el cristal delicado se sentía suave al tacto.
—Dios mío, Pedro, te has superado a ti mismo. Son preciosos.
—Una vez me dijiste que nunca habías tenido el felices-para-siempre que siempre quisiste. Pensé que podría tratar de compensarte dándote los verdaderos zapatos de la cenicienta.
Las lágrimas le picaban en los párpados y ella sorbió.
—Maldito seas, Pedro Alfonso. ¿Quién hubiera pensado que todo este romántico sentimental estaba oculto bajo ese exterior?
—Te amo, Paula.
—También te amo.
Presionó su frente contra la de su esposa y se comprometió a no hacerla dudar de sus sentimientos nunca jamás.

3/3

 FIN!! ♥♥

se Termina el año y se termino esta novela!
gracias por leer y bancarme cuando no subo! 

Les deseo que terminen muy bien el año y que tengan un genial 2015 ♥

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