Disfrutaste de tu cena con Pedro? Paula se sentó en un palco privado sobre el club nocturno Tao. Sawyer la recibió en la puerta, donde la famosa estatua de Buda de seis metros saludaba a los invitados. Impresionada por el contrastante duelo entre la cruda sexualidad y calmante espiritualidad que el club ofrecía, Paula supo que había tomado la decisión correcta. Mujeres vestidas con poca ropa bañándose en enormes tinas de mármol con pétalos de rosa, mientras las paredes rojas y velas calentaban los sentidos. Era un lugar para sí misma y para perder sus inhibiciones. La música hip-hop azotaba a la multitud en un frenesí, pero Sawyer inmediatamente la tomó por el codo y la guió escaleras arriba a una suite escondida detrás de unas exuberantes cortinas de terciopelo. Champagne helado en delicadas copas y ramos de flores llenaban la sala con aromas exóticos. Obviamente a prueba de sonido, no había música fuerte haciéndose eco en su santuario. Un escalofrío le recorrió la espalda por la pregunta. —Sí, estuvo bien. —Tomó un sorbo de champán, mientras su compañero la devoraba con la mirada. La intensidad de sus ojos la sacudió, pero se negó a acobardarse. Sawyer Wells estaba de suerte esta noche, y ella también. Fin de la historia. —¡D
La mirada en la cara de Pedro finalmente cerró la puerta a su pasado. —¿En qué estás pensando? Su orden la sacó del trance. —Nada. —¿Estás segura? La verdad brincó entre ellos. De repente, su sencillo coqueteo giró al carril rápido. Como si él supiera que la pregunta era mucho más profunda, esperando su respuesta. La noche se extendía ante ella con un sinfín de posibilidades y estaba harta de ser el segundo lugar de un hombre. En ese momento, disfrutaba de su libertad y de las opciones ante ella. Esta vez no elegiría mal. —Estoy segura. Sus labios se torcieron en una sonrisa y de pronto él se cernió sobre ella. Todo ese calor sensual pululó a su alrededor. —Me alegro. Esta noche quiero darte placer. No había estado tan intrigado por una mujer en todo el tiempo que puedo recordar. Piel de gallina subió en sus brazos. Varias copas de champán más fluyeron, hasta que un agradable zumbido de cosquillas se sintió en sus orejas y el mundo se volvió bonito y borroso. Ella sintió de cerca que la noche acabaría en la cama y cayó en la charla. —¿Traes a todas las mujeres a tu club para seducirlas? —No. La mayoría de ellas tratan de seducirme. —¿Cómo lo hacen? Sawyer se rió entre dientes. —Te sorprenderías. Pero no quiero hablar de otras mujeres. ¿Te gusta la música? ¿Bailar? —Sí.
—¿Vamos a ver el club, entonces? Ella vibró de placer. —Me encantaría. Él la llevó a afuera de las cortinas, por las escaleras y a la sala principal. La música sonó a través de los altavoces con un sucio ritmo hip-hop. Su sangre se calentó por el alcohol, enlazó su brazo con el de él y fueron a través de la multitud con facilidad. Mujeres con faldas cortas y brillantes tacones altos sacudían las caderas. Hombres les agarraban las caderas y las nalgas y se empujaban atrás y adelante en una exhibición pública de sus mercancías. Las luces cegaban y brillaban. La sensualidad terrenal de cuerpos semidesnudos, perfume y sudor llenó el aire y algo dentro de ella luchó por ser libre y sentirse liberado. La libertad latía en sus venas y el calor ardía dentro de ella mientras bailaba. Sawyer la agarró y la atrajo hacia sí y ella deslizó sus brazos alrededor de su cuello. Con cada latido de la música, sus cuerpos se tocaban, se deslizaban y se volvían a juntar. El glorioso olor de él la tentó a dar el paso final. Sus ojos se cerraron. Sus dedos se enredaron en su cabello y él le habló al oído. —Ven a mi habitación. La palabra sí flotó en sus labios. Sus párpados se abrieron. Necesitaba más tiempo para decidir. Ignoró su pregunta y siguió bailando, dejando que el pulso de la música pasara a través de ella. Su mirada se conectó con un par de penetrantes ojos azules detrás de Sawyer. Pedro.
Él estaba de pie en el bar, saliendo de la multitud quedándose solo y la observó. Un lamentoso grito pidiendo liberación, sólo para él, pero ya era demasiado tarde y ella tenía que dejarlo ir. —Sí —de repente le contestó a Sawyer. Ella esperó a que Sawyer la besara. En cambio, él se retiró y estudió su expresión. Luego, lentamente, se dio la vuelta. —Vamos. —Paula agarró su mano y tiró de él fuera de la pista de baile, pero ya era demasiado tarde. Pedro se alzó ante ella, todos sus músculos vibraban con furia pura. Su sangre se calentó en respuesta y sus bragas se pusieron mojadas. Su cuerpo sintió volver a la vida bajo su orden. —¿Qué demonios está pasando? —Sus palabras fueron dirigidas a Sawyer, pero ella se interpuso entre ellos. —No es asunto tuyo —dijo entre dientes—. Prometiste que me dejarías en paz. Sawyer miró a su amigo con ojos duros. —Cálmate, amigo mío. Ustedes no están saliendo y ella dejó claro que estaba disponible. —Ella es la hermana de Michael, por el amor de Cristo. —¿Y? También es una mujer hermosa que elige a sus propios amantes. Creo que ha hecho su elección para esta noche. Su mano salió disparada y agarró el cuello de Sawyer. —Voy a matarte. Sawyer no tuvo tiempo de reaccionar. Su demonio interior brotó y se lanzó hacia Pedro, empujándolo con fuerza. —No tienes derecho —gritó ella—. Déjanos en paz. —Paula, no tienes ni idea de lo que estás haciendo. —Sawyer se sacudió en un arranque de mal genio masculino que nunca había vislumbrado en él antes.
—Basta. —De repente, Sawyer fue libre y salió de la línea de fuego de Pedro—. Paula, cariño, por favor siéntate aquí un momento. Ya vuelvo. Tengo que hablar con Pedro. —Pero… —Por favor. Temblando de emoción contenida, ella hizo un gesto brusco y se sentó en el taburete más cercano. Observó a Sawyer llevárselo. ¿Por qué hacía esto? Él no la deseaba lo suficiente como para él mismo, pero se negaba a darle la oportunidad de pertenecer a alguien más. El juego enfermo que habían jugado en los últimos meses la había retorcido en nudos. Una canción pasó. Otra. Observó a la multitud perderse en la música y se levantó de su asiento. Al diablo con Pedro. Al diablo con Sawyer. Al diablo con todos. Ella iba a bailar. Paula se empujó hacia el suelo y se entregó a la música.
Pedro estaba acostumbrado a lidiar con un amplio rango de emociones. Cuando finalmente había hecho lo suficiente como para saber la verdad acerca de su padre, experimentó intensa ira. Furia negra hirviente que lo retorcía por dentro y lo chocaba contra su fuerza. Entonces, usó su juventud para hacerse a sí mismo alguien que valiera la pena. Lo suficiente para que su padre eventualmente lo buscara y reclamara como su hijo. Cuando falló de nuevo, experimentó el amargo sabor de la decepción, duelo y deseo de venganza. Nada comparado con el momento en que vio a Paula en sus manos. Siguió a Sawyer hasta la mesa privada, donde la esencia de Paula seguía flotando en el aire. Sus dedos se flexionaron y se plantó como si
fuera un boxeador a punto de empezar una pelea de doce rondas, negado a sucumbir por Knockout. —¿Qué vas a hacer con Paula? Sawyer sacudió los brillos de su camisa y le dio una mirada de advertencia. —La única razón por la que has podido tocarme es porque te dejé. Una vez, mi amigo. No me tientes de nuevo. —No tienes derecho a tocarla, y puedo patear tu culo tanto como lo hice hace diez años Una pequeña sonrisa curvó los labios de Sawyer. —Ah, recuerdo eso. Pero estaba ebrio en aquella ocasión. Esa vez ganaste a la mujer. Y como de costumbre, no la mantuviste por mucho rato. Esta vez creo que llegaste demasiado tarde. Pedro miró el ligar en un esfuerzo por no lanzarse encima de él y golpear a su viejo amigo hasta la mierda. —Escucha, ella es una inocente y la hermana menor de Michael. Si la tocas, el volará hasta aquí en un latido y hará de tu vida un infierno viviente. Sawyer sacudió su mano desmereciendo. —No me asusto con tanta facilidad si veo a una mujer a la que deseo. Una mujer por la que valga la pena la pelea. ¿No la decepcionaste? Estoy seguro de haber preguntado por su relación y ella me dijo muchas veces que no estaban juntos. —¡Por supuesto que no estamos juntos! Nunca traicionaría a Michael o echaría a perder su vida. Tú tienes un estilo de vida diferente, Sawyer, cosas que están muy por encima de ella. Ella merece alguien mucho mejor que tú o que yo. Necesita una relación comprometida. Sawyer lo estudió por un momento, sus ojos oscuros atravesaban toda la mierda e impactaban en el centro.
—Paula nunca ha dejado claro que quiere algo a largo plazo. De hecho, parece lo contrario. Tú siempre has disfrutado ser el miembro dominante en tu vida sexual. ¿Por qué mis opciones son tan diferentes? —¡No se trata acerca de poder y sexo. ¡Merda! Ella es virgen. —¿Por qué te asusta tanto su virginidad? Creo que tú estás más apegado a eso que ella. —Lo señaló con el dedo—. ¿Realmente la has mirado? Tan pronto como tomé el control, prácticamente se derritió en mis manos. Tiene tendencia sumisa y lo hará aún mejor con un amante dominante, alguien que presione sus bondades. Normalmente me gustan las mujeres un poco más trabajadas y con experiencia, pero Paula está llena a reventar de experiencias sexuales. Solo necesita al hombre correcto. —Ese hombre no eres tú. Nunca antes cruzaste la línea de los negocios. Tenemos un acuerdo sobre la mesa. Sawyer caminó hacia el bar y pidió dos copas de cognac. —Paula ya no está trabajando en este acuerdo. Renunció. —Si, pero aún trabaja para la compañía. Le extendió una de las copas y Pedro se tragó todo el líquido de un trago. —Me confesó algo hoy. Está en el abismo entre permanecer en la compañía o escoger un futuro diferente, pero no creo que se dé cuenta de eso todavía. —Sawyer sonrió—. Ella es un espíritu de fuego atrapado en una cubierta inocente. Una vez encuentre su pasión, será indetenible. La idea de que ella se hubiese comprometido en una conversación tan íntima con Sawyer le crispó los nervios. Colocó fuertemente el vaso sobre la mesa y se pasó los dedos por el cabello. ¿Qué demonios le estaba pasando? Se agarró del último soplo de control que le quedaba. —Llamaré a Michael esta noche si la tocas. Él te arruinará la vida y yo te enviaré al hospital. Si amigo rugió con una carcajada que solo lo hizo enojar aún más.
—¿Siquiera te has escuchado a ti mismo? Paula no es un juguete ni una propiedad, es una mujer adulta. Pero parece que tú lo sabes. Simplemente no quieres pensar en ella de esa manera porque no tendrás más excusas. —Sawyer sacudió la cabeza—. La tienes mal, Pedro. Normalmente voy tras lo que quiero y no me importan las consecuencias, especialmente por una mujer tan magnifica como Paula. Ella es una inocente y una Eva al mismo tiempo. Su espíritu es dadivoso y puro. Ella vale la pena. —Su asombro murió y el reto se sintió en el aire—. La única razón por la que daré un paso al lado es por la mirada en su rostro cuando te mira. Se siente atraída por mí, pero solo en la superficie. Tú eres a quien quiere. —Sawyer se movió y murmuró una maldición—. No me gusta jugar a reemplazar al amante que ella quiere. Resuelve esto con ella, o tomaré mi oportunidad tarde o temprano. Una quemante angustia pasó por Pedro. No podía resistirse a ella de nuevo. Si ella se ofrecía una vez más, iría al infierno y se haría cargo de las consecuencias. Deslizarse en su apretado calor y tomarla sin fin hasta sacarla de su sistema era su único recurso. Su código moral y su deseo profundo hasta los huesos por ella tenían una sucia batalla. Mientras sentía su conflicto, Sawyer cerró la distancia entre ellos y lo tomó por un hombro. —¿La quieres? De hombre a hombre, miró a su amigo y le dijo la verdad. —Sí. Pero renunciaría a todo en lo que creo. Nunca funcionaría nada entre los dos. Ella es demasiado buena para mí. Sawyer asintió. —No podemos saber el futuro. Supongo que depende de cuánto dinero quieras arriesgar en la apuesta. Sus pensamientos giraron en un remolino. Los demonios ganaron, incitando a la lujuria y excitación que nunca había experimentado. Los meses de tensión sin fin despertaron en un crecendo, hasta que pudo enfocarse realmente en reclamarla. A introducirse en su esencia y calor.
A sentir su boca abrirse bajo la suya, deslizando sus dedos en su cabello. A escuchar su risa y sus gemidos y ser el hombre que finalmente la enseñara acerca del placer. A reclamarla por una sola noche y tocar el cielo.
No tomó mucho tiempo. Ya estaba no en el taburete, la vio en la pista de baile en medio de una maraña de hombres y mujeres en un mundo de borrachos donde gobernaba la música y la oscuridad enmascaraba las realidades del día. En las Vegas, la noche siempre ganaba.
Su piel brillaba por debajo de las luces giratorias. El sudor se deslizaba por su cuello y corría por el valle de sus senos. Ella echó la cabeza hacia atrás y dio vueltas, él contuvo el aliento cuando se dio cuenta de que Sawyer tenía razón. Paula exudaba el poder de los dioses, evidente en la curva de sus labios sonrientes, sus ojos cerrados y el balanceo de las caderas. El vestido se enrolló y reveló la piel desnuda de sus muslos.
De repente, supo que moriría si no la tenía.
Todos los caminos llevaban a este momento y a la mujer delante de él.
Se acercó cuidadosamente hacia ella, agarró sus caderas y la atrajo con fuerza contra él.
Sus ojos se abrieron de golpe y dejó escapar su aliento en un silbido agudo. Su erección sobresalía de sus pantalones y la atrajo hacia sí para que percibiera toda la potencia de su excitación. Su seducción no le dio la bienvenida en sus brazos y sonrió con invitación.
En cambio, se mofó y sacudió su barbilla.
—No lo creo. Ve a buscarte una agradable camarera. ¿Dónde está Sawyer?
Se dio cuenta entonces de que esto no iba a ser fácil, pero sería divertido.
—No está aquí. Supéralo.
Ella resopló y no cedió ni un centímetro.
—No tengo que superarlo, Pedro. Desde que no eres el hombre para el trabajo, ¿por qué no te haces a un lado?
Él sonrió. Bajó la cabeza. Y mordió la delicada curva de su cuello.
Un escalofrío la sacudió. Su mano se acercó y rozó sobre la dura punta de sus pezones asomados a través de la tela. Querido Dios, gracias. Ella no estaba usando un sujetador.
—Cometí un error. Sawyer me hizo ver lo idiota que he sido. Negando cuánto te deseo. Negando lo que hay entre nosotros. —Su pulgar frotó nuevamente la punta de su pecho—. He terminado de huir.
Ella se negó a rendirse.
—Mentiroso. Vas a acompañarme a mi habitación y meterme en la cama. A decirme que me sentiré mejor en la mañana y te palmearas en la espalda por conseguir alejar a la inocente Paula del lobo feroz. Vete a la mierda, Pedro Alfonso. He encontrado a Sawyer.
Se giró en sus brazos pero él le dio la vuelta y la levantó por sus nalgas atrayéndola fuertemente contra él. Esta vez, capturó su pequeño jadeo de asombro cuando aplastó su boca sobre la suya.
La música golpeaba y su lengua se zambulló profundamente, empujando en cada esquina y asegurándose de que ella supiera quién dominaba a quien. En segundos, su cuerpo se fundió en señal de rendición y empujó sus dedos en su cabello. Él se tomó su tiempo hasta que su intención fue bien conocida, entonces lentamente rompió el beso.
Su labio inferior temblaba.
—¿Pedro?
—Yo soy el lobo feroz, cariño. Ahora lleva tu culo hasta tu habitación.
Ella no se movió.
—¿Por qué ahora?
Él apretó los ojos cerrados para negar la verdad, pero ella se merecía más. Cuando finalmente abrió los ojos, le dejó ver todo. —Porque te
deseo. Siempre te he deseado, Paula. No te merezco, o esta noche, pero la idea de otro hombre tocándote me da ganas de darle una golpiza a él.
La sonrisa que iluminó su rostro golpeó directamente a través de su pecho.
—Bueno, está bien entonces. Vamos.
Él la arrastró fuera de la pista de baile, sus dedos aferrados firmemente en ella, atravesando el casino donde los sonidos de las máquinas tragamonedas se elevaban en el aire. Atravesando una multitud reunida alrededor de la mesa con la ruleta, animando a un hombre vestido con atajos sucios y una camiseta con una imponente torre de fichas al lado de él.
Alrededor de la barra de madera de cerezo con parejas vestidas con brillantes vestidos de coctel y trajes, con bebidas de neón a sus lados. En los ascensores donde deslizó la tarjeta en la ranura, tiro para el penthouse y la llevó a la habitación. Guardaron silencio, más allá del tiempo de las palabras. Sólo la acción. Buscó a tientas una vez la cerradura, finalmente entraron en la habitación y pateó la puerta para cerrarla.
Pedro había soñado muchas veces con seducir a Paula Chaves. Desde que irrumpió de nuevo en su vida, había pasado más noches culpables con su pene en la mano y una imagen de ella detrás de sus párpados cerrados. La mayoría de sus fantasías giraban en torno a una introducción lenta al sexo; un montón de juegos sexuales, besos suaves y un empujón cuidadoso en su carne suave. Velas parpadeando, música romántica y una cama grande y suave.
Esta noche, había sólo un paseo penetrante de posesión, reclamo, placer. Él la empujó contra la pared, subiéndole el vestido y tomando su boca. Sus dedos chocaron contra la suave piel formando ampollas con el calor, y se tragó sus gemidos mientras su lengua empujaba contra la de ella.
Probó el champán, delicioso chocolate y una embriagadora combinación de pecado. Pedro mordisqueó su labio inferior y ahuecó sus nalgas para levantarla más sólidamente contra él. Su cabeza giró y él luchó por el
férreo control que generalmente se lucía en sus actividades de dormitorio. Nunca había experimentado tanta necesidad en carne viva de tomar, reclamar y poseer.
—Vas a pagar por burlarte de mí, cariño. No te equivoques.
Ella se arqueó y él percibió el aroma de su excitación. La satisfacción aumentó en reacción a sus palabras. Le gustaban los juegos previos verbales, una de sus actividades favoritas. Él arrastró pequeños besos y pequeños mordiscos bajando por la delicada curva de su cuello mientras que su muslo empujó sus piernas separándolas para tener acceso completo.
Su virgen inocente mordió fuerte en el lóbulo de su oreja.
—Hasta ahora has sido mucha charla y ninguna acción.
Pedro sonrió. Y le bajó sus bragas.
—El orgasmo número uno. Te daré lo que realmente quieres sólo cuando te disculpes por tu quejadera.
—Adelante.
Lo hizo. Un dedo se hundió profundamente mientras su pulgar golpeó su clítoris. Ella goteó alrededor de su dedo y añadió otro mientras masajeaba su canal ajustado, todo mientras giraba con círculos provocativos alrededor del nudo apretado. Ella gritó y se retorció, luchando contra él por más en una demanda que ninguna mujer experimentada tenía.
Sus uñas se clavaron en sus hombros mientras lo alcanzaba, y un grito fue arrancado de su garganta mientras el orgasmo se estrellaba sobre ella. Pedro observó su rostro mientras se derrumbaba, y su pene palpitó con una dolorosa necesidad de finalizar y tomarla. En cambio, extendió su placer continuando su ritmo y suavizándole el viaje. Ella se desplomó sobre él y Pedro rebusco profundamente por control.
—Oh, Dios —gimió. Su cuerpo temblaba por los resultados. La besó en esa boca hinchada y sumergiéndose en otro sabor—. Eso fue tan bueno.
—No he acabado contigo. ¿Oigo una disculpa ya?
Una sonrisa satisfecha curvó sus labios.
—Yo no he esperado todos estos años para eso, ¿verdad?
Dio, ¿de dónde había venido ella?
—Siempre fuiste una pequeña mocosa. Vamos a jugar, ¿si? —Sumergió su cabeza y encontró su pezón a través de la tela de seda. Usó su lengua para humedecer la tela, luego la movió a un lado y lo chupó. Suaves soplos tocaron en su coño sólo para añadirse a la tortura, y pronto jadeaba y se arqueaba contra su mano, pidiendo más. —¿Dispuesta a pedir perdón?
—Sí.
—Demasiado tarde. Te diré cuándo esté dispuesto a aceptar tus disculpas. —Presionó el capullo apretado y giró su lengua, luego se trasladó al otro pecho. Jugó y la empujó de vuelta directo al borde, hasta que ella perdió todo su orgullo y suplicó. La letanía de su nombre en sus labios lo sacudió y la cruda posesión latió por su sangre.
Un golpe más fuerte en su clítoris; un mordisco en su pezón, y ella se zambulló otra vez.
Se estremeció y le dio todo. Demasiado lejos para jugar seguir jugando, desabrochó su vestido y lo empujó al suelo. Su glorioso cuerpo lo sacudió. Los pesados pechos coronados con pezones rubíes. Una suave ondulación en sus caderas y estómago. Piel aceituna interminable y un desnudo coñito depilado con qué torturarlo. Sus labios brillaban húmedos y rosas bajo su mirada y él murmuró una maldición arrastrándola en sus brazos. La empujó sobre la cama y se desnudó, colocándose sobre ella.
Ella se recostó y lo miró con ojos hambrientos que sólo lo endurecían aún más.
—Eres tan maravilloso —dijo conmovida.
Él sacudió la cabeza y se unió a ella en la cama.
—No, tú eres condenadamente hermosa. Más allá de lo que siempre soñé. Pero todavía me debes por ese tormento brasileño.
Sus manos acariciaron su espalda, sus nalgas, sus muslos. Sus suaves manos y el escozor de las uñas torturaron su resistencia. Querido Dios, él no podía ser capaz de durar mucho más, pero la quería tan excitada y mojada, para que no sintiera ningún dolor cuando la tomara por primera vez.
—¿Te gusta?
Besó su profundidad y el rico aroma de coco de su crema para el cuerpo se levantó a su nariz.
—Tengo que investigar más a fondo.
Sus ojos se ampliaron.
—Orgasmo número tres.
—Pedro, no creo… —¡oh, Dios!
Él empujó sus muslos separándolos y enterró su boca contra el pliegue de su pelvis. Sin pelo que estropeara la perfección de su feminidad al desnudo para su exploración. Presionó besos con la boca abierta sobre su montículo, sobre su vientre y bajando por sus muslos. Utilizó sus dedos para separar sus labios. Y la saboreó.
Sus gritos crecieron frenéticos y cantaban en sus oídos. Su sabor de almizcle y tierra y la excitación lo abrumaron y tomó hasta la última gota, cada empuje en su canal, cada lamida a través de su clítoris como una concesión de su humildad por su regalo.
Pronto, ella se corrió otra vez y Pedro supo que estuvo hecho. Con temblorosos dedos, agarró el condón y rasgó el paquete. Enfundándose a sí mismo. Y se deslizó subiendo por su cuerpo.
Sus ojos oscuros estaban borrosos y nebulosos, y su cuerpo se estremecía por sus orgasmos.
—Bebé, mírame.
Ella luchó por enfocarse.
—Tú ganas, lo siento.
Su magnificencia le derribó. ¿Habría otra mujer comparable alguna vez? ¿Estaba arruinado por el resto de su vida, cuando persiguiera a alguien que pudiera dar tanto como Paula?
—¿Lista para más?
—Sí. Muéstrame de lo que me he estado perdiendo.
Él empujó unos centímetros. Otros. Ella se aferró de sus hombros y pidió más. El sudor pinchó su frente y sus músculos se apretaron con la atroz agonía. Dios, estaba tan caliente y húmeda, pero no quería lastimarla. Unos centímetros más y estuvo hundido casi a la mitad. Si él no se moría primero.
—Maldito seas —gruño ella—. Más. No me des esta basura cuidadosa, Pedro Alfonso. ¡Tómame ahora!
Él apretó los dientes y se abalanzó. Luego se hundió.
Mía.
Húmedo satén y tan apretada que se había zambullido en el cielo y el infierno. Ella envolvió sus piernas alrededor de sus caderas y clavó sus talones profundamente. Echó la cabeza hacia atrás en la almohada, pidió más.
Y él se lo dio.
Cada profunda estocada le exprimió con un ardor cegador y necesidad. Estableció un ritmo constante que pronto estalló en un viaje loco de lujuria y deseo. Desesperado, Pedro tomó un poco el control, pero ella no se lo permitió. Ella lloró y suplicó y exigió hasta que soltó su control y les dio lo que tanto querían.
Ella se tensó debajo de él y estalló.
Él la siguió. El orgasmo lo dividió en trozos irregulares y gritó su nombre.
Él rodó y la metió en la curva de sus brazos, tirando de la sabana sobre ellos. Presionó un beso en su pelo enredado.
Esta virgen había destrozado su mente.
Paula surgió del mejor sueño de su vida. La habitación permanecía oscura y el tiempo impreciso. Sus músculos le dolían como un placentero día después de entrenar. Se estiró y golpeó un pecho duro como piedra.
Pedro.
En su cama.
Sí.
Júbilo floreció. Se preguntó toda su vida lo que se sentiría tener toda la atención de Pedro en el dormitorio. Y maldita fuera si su fantasía palideció ante la realidad. Él era un amante feroz y salvaje que exigía todo y se lo devolvía. No era de extrañar que no hubiera sentido el impulso de regalar su virginidad hasta ahora. Esas seducciones amables y corteses no la hacían arder. El fuego y dominio de Pedro satisfacían algo que ella nunca supo que tenía. Su cuerpo escurrido y utilizado, así como su corazón.
Esta noche fue un raro regalo de proporciones épicas. Le dolía el corazón al pensar en el mañana, pero al menos tendría este precioso recuerdo y un conocimiento profundo de su alma.
—No me digas que estás lista para la ronda veinticuatro —gimió él y la arrastró sobre él. Su cabello negro azabache estaba deliciosamente alborotado. El rastrojo áspero alrededor de su barbilla hacía hincapié en la curva sensual de su labio inferior. Y chico él podía hacer cosas malas con esos labios. Paula hundió su cara en el pecho de él. Una pared sólida de músculo acolchaba su mejilla y el pelo crespo le hacía cosquillas en la
mandíbula. Ella pasó sus dedos a lo largo de la longitud de sus serpenteantes bíceps y aspiró el delicioso olor a sexo, jabón y hombre.
—Esos ocho años realmente apestan para la resistencia, ¿eh?
Él gruñó y le golpeó las nalgas. Ella gritó, pero el agradable ardor sólo la puso más excitada, y se movió bruscamente sobre su pene de repente endureciéndose.
—Brat. ¿Alguna vez serás domesticada?
—Si esos son los tipos de castigos que recibo, entonces espero que no.
Pedro parpadeó con el aire perezoso de un depredador después de una siesta.
—Es posible que necesite más tiempo para recuperarme entre sesiones, pero puedo pasar por rondas más largas sin pedir detenerme.
Su vientre se hundió y un delicioso escalofrío recorrió su espina dorsal. Ella nunca tendría suficiente de él, en la cama o fuera de ella.
—Tú has tenido más práctica. Dame tiempo.
Él sonrió, retorció los dedos en el cabello de ella y llevó su boca a la suya. —Capataz de esclavos. —La besó minuciosamente, pero con una profundidad que le dijo que no tenía prisa, aunque su cuerpo indicara lo contrario—. Necesitas un baño para relajar esos músculos. No te quiero muy adolorida.
—¿Qué hora es?
—No es de mañana. Ellos no tienen relojes en la habitación y no me importa. Eres mía hasta el amanecer.
Su comando informal hizo que sus pezones se elevaran con interés. Con una última palmadita en su trasero, él salió de la cama y se dirigió hacia el baño contiguo. Momentos más tarde, el torrente de agua llegó a sus oídos.
—Siempre quise utilizar esa bañera spa, pero se veía demasiado sola para uno. —Desnudo, se acercó a la cama y le tendió la mano. Los
rastrojos alrededor de su mandíbula le daban un aspecto libertino y le recordaba a los piratas deliciosos de las novelas románticas históricas que amaba—. Ven conmigo.
Ella avanzó fuera de la cama y tiró de la sábana con ella.
Él sonrió.
—No lo creo. —Arrancó la sábana de su agarre y asimiló su cuerpo desnudo—. Eres demasiado malditamente magnífica para desperdiciarte con la ropa de cama del hotel. —Paula apisonó el repentino incremento de la modestia y lo siguió hasta el baño principal. Él caminaba con una gracia masculina que ponía en el camino su trasero duro como una piedra. Su boca se hizo agua e imaginó cómo sus dientes se hundirían en esos músculos duros.
Sus pies descalzos se deslizaron sobre el mármol brillante, y él había puesto una sexy música R&B. Los altísimos techos le daban la impresión de ser bañada en baños antiguos mientras la luz caía de ellos y en un espejo enorme de pared colgado en el lado opuesto de la pared.
La condujo hasta los escalones y la ayudó a entrar. El agua hirviendo se filtró en su piel y fundió la rigidez. Gordas burbujas la envolvieron en un magnífico aroma de lavanda. Él cerró el agua y se paró ante ella en toda su gloria.
Querido Dios, le recordaba a la orgullosa estatua de David. Músculos tendinosos tallados en sus hombros y brazos mientras descansaban en sus caderas. Rica piel morena brillaba con una fina capa de sudor. Su pecho contenía un remolino de pelo oscuro que se reducía a una fina línea bajando por su estómago y más allá. Con los pies separados, sus poderosos muslos preparados, mantenía un aura de poder y gracia, desnudo y vestido, un hombre cómodo con la piel desnuda. Cuando su mirada se posó en su pesada erección, experimentó su primer sonrojo.
—Ah, aún te queda un poco de timidez. Vamos a asegurarnos de exprimirla fuera de ti antes de tu siguiente orgasmo.
Sus palabras sucias la aceleraron y sus ya acelerados pezones se asomaron a través de la espuma. Él soltó una risa baja y se unió a ella en el baño. Agarrando sus caderas, la deslizó fácilmente sobre y encima de él, por lo que ella estuvo extendida en su regazo. La espalda de ella apretada contra su pecho y sus dedos rodearon sus pechos, de vez en cuando agitando su pezón con el pulgar.
Paula gimió y se movió en su regazo. La humedad se deslizaba de sus cuerpos juntos y sobre sus partes íntimas la volvía loca.
—¿Pedro?
Movió hacia un lado su cabello y mordisqueó su cuello.
—Tienes tantas partes sensibles que no quiero perderme ninguna. Debería ser ilegal que usaras ropa. Yo te mantendría desnuda.
Ella se rió, pero él estaba haciendo algo muy travieso entre sus piernas y el sonido se volvió un jadeo.
—Como demasiado. Julietta y Venezia siempre hacen dieta para permanecer delgadas.
Él apretó sus pechos.
—Y ellas no tienen partes divertidas con las que jugar. Confía en mí, Paula, nunca he deseado a una mujer tan fuerte como a ti. Tus curvas inspiran arte erótico y mil orgasmos. —Sus palabras sonaban verdaderas, claras y algo se relajó en su interior. Sus piernas flotaron apartándose y le dio un mejor acceso.
—Creo que obtienes una recompensa por esa declaración.
—Creo que la tomaré ahora. —De pronto él se irguió y la guió para que se pusiera de rodillas. La emoción por la posición vulnerable sólo la ponía más húmeda y ella vislumbró su reflejo en el espejo de cuerpo entero.
Él murmuró algo entre dientes y atrapó su mirada en el espejo.
Ella no reconoció a la mujer que tenía delante. Desnuda.
De rodillas. Su cabello revuelto sobre sus hombros, sus labios amoratados y una mirada soñadora en sus ojos. Pedro parecía un guerrero a punto de reclamar a su mujer y ella observó con fascinación mientras él tomaba un condón y se cubría.
—¿Te gusta mirar? —Su ronca pregunta arrancó un gemido de sus labios. Ella asintió, preguntándose por qué quería hacer todo con él esta noche, hasta que se derrumbara completamente saciada y agotada—. Esa es mi chica. Sostente del borde de la bañera.
Ella agarró el elegante mármol blanco y se aferró. Las manos de él frotaron su trasero como si la calentara para algo y entonces estuvo dentro de ella con un empuje fuerte.
El placer era demasiado intenso. Se agarró más fuerte mientras lo tomaba profundamente. La bofetada del agua en la bañera, la imagen visual de él reclamándola desde atrás, la fuerza implacable del orgasmo, todo se levantó y se mezcló en un infierno. Sus ojos oscuros se volvieron salvajes mientras se encontraba con los de ella en el espejo.
—Eres mía, Paula. Recuerda eso.
Metió la mano entre sus piernas. Empujo de nuevo.
Ella se vino.
Paula se sacudió debajo de él y se dejó volar. El apretar y soltar de los músculos, el exquisito dolor/placer de los pezones apretados y el clítoris latiendo con fuerza, todas las sensaciones la arrastraron hacia un nuevo mundo que nunca había experimentado. Los dedos de ella se agarraron de la superficie resbaladiza de la bañera mientras su cuerpo trataba de encontrar equilibrio y se preguntó si él la había arruinado de por vida.
¿Cuántos años había pasado soñando con algo que nunca podría haber imaginado? Esos besos amables con los chicos antes que él nunca llegaron a su núcleo. Ella había experimentado revoloteos de excitación con caricias, incluso experimentado orgasmos por el empuje de dedos masculinos talentosos y los suyos propios. Pero Pedro llegaba mucho más allá de cualquier superficie y arrastraba cada fantasía oscura que ella
enterraba para traerla a la vida. Él exigió más que respuestas corteses. El sexo era sucio y sudoroso y lleno de tantas contradicciones deliciosas que ella nunca se dio cuenta que existían.
Ella nunca se conformaría con nada menos que esto. Oh, la mujer que podría ser con el amante adecuado. Un profundo cansancio se apoderó de ella y se relajó contra Pedro, a la deriva por el placer durante un rato.
Un baño y una botella de agua compartida más tarde, ella se sentó desnuda en su regazo en la elegante silla de salón. Un fuego crepitaba y una manta los envolvía en un capullo de calor. Paula apoyó la cabeza en el hombro de él y suspiró. El profundo silencio tejía una sensación de cercanía y conexión entre ellos. Paula habló en voz baja:
—Creo que quiero renunciar a La Dolce Maggie.
Él pasó las manos por la espalda de ella con dulzura.
—Habla conmigo. ¿Esto es por tus errores anteriores?
—No, es más que eso. Creo que ya no soy feliz.
Él se puso rígido.
—¿Debido a mí?
—No, idiota. Por mi culpa. No sé si pertenezco al mundo de los negocios. Quería desearlo. Sólo por el hecho de que soy buena calculando números no significa que quiero hacer eso día tras día. Odio los cubículos y las ventas y las hojas de cálculo. No tengo el instinto asesino como tú y Julieta.
Él dejó escapar un suspiro. Pasó un rato antes de hablar.
—No sé si Michael va a aceptar tu decisión.
—Sí, lo sé. No he tomado una decisión final todavía. Voy a darle algo más de tiempo y seré honesta conmigo misma.
—¿Qué es lo que quieres hacer en su lugar?
Ella suspiró y se acurrucó más cerca.
—No estoy segura. Volver a mi pintura y tomarla en serio. Encontrar una manera de combinar en lo que soy buena con algo más creativo. Ya no tengo miedo de averiguarlo.
—Te apoyaré de cualquier manera, Paula. Creo que haces un gran trabajo en La Dolce Maggie. Pero tienes que ser feliz, te lo mereces.
—Gracias. —Una punzada de pérdida se apoderó de ella. Por fin se sentía como si realmente pertenecía a alguien que la entendía, pero su preciosa noche casi se había terminado. El tiempo marcaba un ritmo constante. Pronto, el amanecer rompería por el horizonte y la arrastraría a la realidad. Ella ya sabía que no tenían futuro.
Incluso si fueran capaces de ganarle a Michael, Pedro dejó bien claro que no estaba interesado en comprometerse en una relación, sobre todo con ella. Se quedó con seguridad detrás de las barreras construidas desde la infancia y citó la edad, la familia y un montón de otros obstáculos con el fin de racionalizar su decisión. Lo odiaba, pero se negó a luchar. Ella se merecía a alguien que la quisiera lo suficiente como para superar los obstáculos.
Paula ignoró la sensación de vacío en el interior y juró superarlo.
—¿Por qué nunca hablas de tu papá?
Su mano se detuvo sobre su espalda. Ella esperó a que lo asimilara. Después de un par de compases, reanudo la caricia.
—Debido a que todavía me duele.
La cruda honestidad estremeció todo su cuerpo. Ella levantó la cabeza y acunó su mejilla.
—Sé que se fue después de que tú nacieras. Sé que era suizo, muy rico y que hizo que tu madre se enamorara locamente con un romance a la antigua. Pero tú nunca te refieres a tu relación... si alguna vez lo encontraste o tuvieron contacto.
Paula sabía que bailaba en la línea. Esperaba que se retirara a su refugio y le diera una respuesta poco respetuosa. Él siempre evitaba hablar sobre su pasado y su madre y Michael nunca lo mencionaban, aunque Pedro había sido parte de su familia.
Él le dio el segundo regalo de la noche.
—Tenía veintiún años cuando finalmente decidí ubicarlo. Todo ese tiempo sólo esperaba que algo sucediera. Una tarjeta. Un regalo. Una nota. Finalmente me di cuenta de que nunca iba a ponerse en contacto conmigo, así que decidí hacerlo yo mismo. Un rico hombre de negocios suizo que desapareció por completo parecía extraño. Siempre me pregunté si había estado involucrado en algún escándalo y quería protegerme. Incluso pensé que estaba muerto.
El corazón de ella se destrozó por su tono plano. Envolvió los brazos alrededor de él para mantener el calor corporal y escuchó.
—Lo encontré en Londres. Terminó siendo sólo un viejo borracho al que no le importaba una mierda. Sin pasado exótico o excusas legítimas.
—¿Alguna vez hablaste con él?
—Sí. Él sabía quién era yo cuando lo vi en el bar. Y no le importó. Nunca me quiso cuando era un bebé, y no le importaba una mierda que crecí. Me dio dinero. Pensó que eso debería ser suficiente. —Paula se preguntó qué se sentía al tener a tu propia sangre negándote cualquier parte de su patrimonio o recuerdos. No le extrañaba que él se aislara tanto. No le extrañaba que nunca quisiera darse la oportunidad en algo permanente—. Pero finalmente fui capaz de dejarlo ir. Estaba cansado de vivir mi vida por un fantasma que nunca lo fue realmente. Dejé Londres al día siguiente y nunca miré hacia atrás.
Los dos sabían que eso era mentira. Todos miraban hacia atrás. Pero por ahora, ella le permitió el espacio.
—Creo que tu madre lo perdonó. Creo que tu madre todavía incluso lo ama de alguna manera.
Él estiró el cuello y la miró.
—No. Mamá nunca lo menciona. ¿Por qué pensarías eso?
Ella levantó la mano y enredó sus dedos en el cabello de él.
—Debido a que por él te tiene a ti. Y tú lo valiste todo, Pedro Alfonso.
Algo brilló en sus ojos, una emoción que nunca vio antes. Una ternura que se extendió sobre ella como miel y derritió cada parte de su cuerpo.
Ella presionó su boca en la de él. Con un gemido bajo, él deslizó su lengua dentro y la hundió fuerte. Ella enlazó su tobillo sobre la pantorrilla de él y cambió su peso. Se movió volviendo a la vida.
—Maldita sea, un día vas a ser un gran esposo. —Las palabras salieron de su boca y ella maldijo—. Ah, mierda, sabes lo que quiero decir. No permitas que tu ego se enmarañe. Esto es sólo sexo.
—Gracias por recordarme mi uso y propósito. —Los dedos de ella se movieron, envolviéndose alrededor de su pene y jugando. Él gimió y le permitió el libre acceso, hasta que su erección palpitaba en su mano y el poder bombeaba a través de sus venas.
—Nena, me estás matando.
Ella se deslizó por su cuerpo, a horcajadas sobre él y bajó su boca. Luego sonrió.
—Todavía no, pero lo haré.
Ella lo tomó completamente y cerró los labios alrededor de su eje.
El aroma y el sabor de él la instó y ella pasó largos minutos disfrutando de darle placer. Duros improperios se dispararon de su boca y la puso aún más caliente. Él se irguió y la cogió antes de que pudiera protestar.
—Condón —susurró él—. Ahora.
Paula titubeó pero lo entendió en segundos. Con un rápido movimiento, la levantó y la puso sobre él.
La llenó y apartó cualquier otro pensamiento en su mente con un empujón, excepto cómo podía tomar más de él. Inclinando sus caderas, ella se puso en marcha, hasta que él no pudo esperar más y tomó el control. Ella lo montó en un frenesí furioso hasta que ambos se deshicieron juntos. Se dejó caer sobre él en un gran charco derretido de satisfacción y se preguntó si alguna vez volvería a caminar.
O hacer algo de nuevo sin pensar en Pedro Alfonso.
—¿Dónde diablos aprendiste a hacer eso?
Ella aplastó una risita al oír el tono de mal humor, aunque su cuerpo parecía felizmente satisfecho.
—No puedo decirlo. Es demasiado embarazoso.
—Estamos en el orgasmo número diez. Hemos pasado lo vergonzoso.
—Un plátano.
En lugar de reírse, él movió una ceja.
—Maldita sea, eso es sexy.
Paula se rió con deleite y se dio cuenta de que podría simplemente seguir estando casi enamorada de Pedro.
Casi.
Ella refrenó la súbita oleada de emoción. No, ella nunca admitiría o expresaría esas palabras otra vez, no desde aquella noche que había quemado el hechizo de amor y soñó con casarse con el hombre al que amaba con todo su corazón, mente y alma.
En cambio, no dijo nada. Sólo lo besó en la cara y lo abrazó. Y esperó el amanecer.
Wowwwwwwwwwww, qué cap más intenso!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarMama mía !!! Que capitulon ... Súper intensos.. A esperar a ver q trae el nuevo día ;)
ResponderEliminarcomo van a sufrir estos dos si no se dejan llevar y asumen que lo que sienten no se va a diluir con el tiempo... hermoso cap!! mimiroxb
ResponderEliminarwow que intenso!!! me encanta!!!
ResponderEliminarme encantooo,muy bueno rociibell23
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