viernes, 26 de septiembre de 2014

Capitulo XIV

Paula miró al sacerdote como si él hubiera llegado para realizar un exorcismo. La habitación quedó en silencio, y Carina parecía ansiosa por su completa falta de interés. De hecho, en otro momento y lugar en su vida, esto le hubiera parecido divertido. Como una de esas comedias que a ella le encantaba, donde estúpidas situaciones ocurrían en la comodidad de su propia sala.
De ninguna manera. Ella no iba a casarse con Pedro Alfonso.
Una risa nerviosa burbujeó de sus labios. Ya era suficiente. Esperó a que Pedro explicara la verdad. Él nunca llevaría a cabo esto. Diablos, ella era la peor pesadilla de su vida, a pesar de que tenían sexo grandioso y él le dijera algunas cosas dulces. En la fría luz de la mañana, él perdería el interés y seguiría buscando a la esposa apropiada. Alguien que se adaptara mejor a él y a su familia. Alguien como Alexa.
Carina finalmente habló:
―Umm, ¿Chicos? ¿No están emocionados? Tendremos una boda.
Dado a que su falso marido parecía estupefacto, ¿o mejor dicho mudo? Ella decidió ser racional.
Paula respiró hondo.
―Escuchen todos. Tenemos algo importante que decirles. Verán, Pedro y yo…
―¡Espera! ―El rugido de Pedro ahogó sus palabras. Sus ojos prácticamente salían de su cráneo mientras calmadamente caminaba hacia ella, tomó su mano, y encaró a su familia―. Lo que Paula quiere decir es que nunca esperamos tener una ceremonia aquí o tan pronto. Paula quiere invitar a nuestros primos y tíos a la celebración. ―Su risa sonó vacía y falsa―. ¿Cómo podríamos hacer algo así de
rápido? Quiero decir, Padre Richard, imagino que usted quiere que Paula y yo escuchemos algunas pláticas antes de bendecir nuestra unión.
El Padre Richard, en su presencia divina, no se percató de la mentira y sonrió cálidamente.
―Bueno, por supuesto, sé que eso es lo normal, Pedro. Sabes que la Iglesia se toma su tiempo para aprobar un matrimonio, pero has estado bajo mi cuidado desde que eran joven. Así que tan pronto como tu madre supo que volarías de regreso, se puso en contacto conmigo y apresuramos la documentación. Tú eres un Alfonso y la realeza tiene algunas prioridades.
Mama Alfonso luchó por levantarse. Tomó un sorbo de agua y le devolvió el vaso al Padre Richard.
Cuando habló, su voz estaba enhebrada con debilidad. Extraño, porque incluso cuando ella se sentía cansada, su madre hablaba con una fuerza totalmente contradictoria con la visión frágil ante él. Dios, tal vez ella estaba muy, muy enferma.
―Te entiendo, hijo. Y no quisiera arruinar tus deseos, pero me temo no poder estar presente en una gran celebración. Me siento muy cansada. El doctor volverá mañana y dijo que si yo sigo así tendrá que hospitalizarme para exámenes. ―Sus ojos marrones brillaron con un destello de determinación―. Les pido que hagan esto por mí. Reciten sus votos en la terraza de atrás, así yo podré estar segura de que su unión está completa.
Carina parecía aliviada de sus preocupaciones y volvió a parlotear sin parar.
―Mira, no hay nada de qué preocuparse. Sé que preferirían una gran fiesta, pero podemos organizarla para la siguiente semana, mama ha decidió que es más importante hacer la ceremonia religiosa de inmediato. ―Aplaudió―. ¡Paula, conseguí el vestido perfecto para ti! Espero que te guste; lo guardé en el armario y es de tu talla y lo tengo en mi habitación. ¡Vamos a arreglarte! Las chicas deberán llegar en cualquier momento. Pedro, tú puedes usar ese precioso esmoquin que dejaste aquí la última vez. La Dolce Famiglia trajo un pastel de chocolate, y tengo un par de botellas de champan enfriándose. ¡Esto será muy divertido!
La escena fue un borrón para paula. Su corazón latía acelerado, y el sudor picaba en su piel. La respiración se atorró en su garganta y se negaba a salir. Intentó calmarse con sus tácticas de costumbre, pero una parte de ella comprendía que era
demasiado tarde. Perdía el control rápidamente y este podría ser uno de los momentos más vergonzosos de toda su vida.
De repente, la mirada de Pedro se agudizó en su rostro. Como si intuyera su colapso inminente, dio una rápida excusa, luego la arrastró fuera de la habitación. Paula se estremeció cuando las olas de adrenalina se apoderaron de ella y le robaban la cordura. Llegaron hasta el dormitorio y Pedro la guió hasta la cama, empujándole la cabeza entre las piernas. El instinto de pelear contra el miedo a perder el control hizo su reacción peor. Cerró sus manos en puños y jadeó por aire. Estaba a punto de gritar de impotencia cuando las fuertes manos de Pedro y su voz se filtraron a través de la neblina y demandaron su atención.
―Escúchame, Paula. Respira. Lento y constante. Estarás bien; te tengo y no dejaré que nada que pase. Suelta el control y déjate llevar. ―Sus manos frotaron su espalda con movimientos suaves, y sus dedos se entrelazaron con los de ella en una demostración de apoyo. Ella se concentró en su voz y se aferró al sólido peso de sus palabras. Cedió a los sentimientos retorcidos en su interior y, por último, sus pulmones se llenaron de aire. El reloj sonó, y su corazón se tranquilizó, permitiéndole inhalar y exhalar. Al mismo tiempo, Pedro siguió hablando con ella, dijo algo irrelevante que la tranquilizó y la relajo. Finalmente, levantó la cabeza.
Él presionó su frente contra la de ella y acunó sus mejillas.
―¿Mejor, cara? ―Sus insondables ojos ónix la atravesaban con preocupación y una emoción más profunda que ella no conocía.
Paula asintió. La emoción aumentó, una extraña mezcla de ternura y necesidad que nunca antes había experimentado. Tenía demasiado miedo a hablar, se deleitaba con el toque de su mano en la mejilla y la ráfaga de aire caliente de sus labios.
―Déjame buscarte algo de agua. Quédate aquí y relájate. Vamos a solucionar esto.
Dejó la habitación y regresó y ella bebió pequeños sorbos de agua fría y fresca que bajó por su garganta adolorida. Una calma se apoderó de ella. Estaba a salvo. De alguna forma, de alguna manera, ella confiaba en él. Primero con su cuerpo.
Ahora con su corazón.
―Supongo que la idea de casarte conmigo no fue de tu agrado ―dijo secamente.

Ella farfulló una carcajada.
―No quise golpear tu ego, Alfonso. No me gusta la idea repentina de casarme legalmente con un marido falso en frente a su familia.
Él suspiró y pasó las manos por su rostro.
―Esto es muy malo.
―¿Tú crees? Siento que tu madre es la gánster de la película “Ella siempre dice sí”. ¿Recuerdas cuando gánster los obliga a casarse porque los pilló teniendo sexo? ―gimió―. Nunca debimos habernos ido a la cama. De alguna manera, estamos siendo castigados. Tenemos que contarle a tu madre la verdad.
Esperó a que estuviera de acuerdo, pero en cambió le lanzó una mirada extraña.
―No conozco esa película y mi familia no es una mafia.
Ella rodó los ojos.
―Bueno, ¿por qué siento como si no estuvieras en la misma página que yo?
―¿Qué página?
Buen Señor, a veces olvidaba que él no entendía muchas expresiones americanas.
―No importa. ¿Por qué no estás horrorizado?
―¡Lo estoy! Sólo estoy pensando desde todos los ángulos. Mira, cara, mi madre está enferma. El doctor dijo que debía evitar todo el estrés y darle todo lo que ella pide. Si le digo la verdad ahora, puedo provocarle un ataque al corazón.
El corazón de Paula dio un vuelco ante la idea de ser responsable de mamá Alfonso. Se mordió el labio inferior.
―Pedro, ¿qué me estás pidiendo?
Su mirada la atravesó. Cada palabra se enterró en ella como clavos en un ataúd proverbial.
―Quiero que te cases conmigo ―dijo―. En serio.
Se levantó de la cama.

―¿Qué? No podemos hacer eso. ¿Estás loco? Estaremos legalmente casados. Cuando regresemos a Estados Unidos tendremos que pasar a través de una anulación o divorcio o algo así. Oh, Dios mío, es una locura. ¿Cómo llegamos a esto? ¡Estoy atrapada en una tonta novela de romance!
―Tranquilízate. ―Cruzó la habitación y tomó sus manos―. Escúchame, Paula. Yo me encargaré de todo. Nadie más tiene que saberlo. Diremos nuestros votos, haremos una fiesta, y nos marcharemos a casa. Yo me encargaré de todo el papeleo y los gastos. Será discreto. Te estoy pidiendo que hagas esto por mi madre, por mi familia. Sé que pido demasiado, pero te lo pido de todos modos.
Él mundo se tambaleó. Pedro esperó por su respuesta, su rostro sereno, como si le hubiera pedido una cita para cenar en lugar de unos votos matrimoniales. Empujando lejos todos sus pensamientos borrosos que gritaban en su mente, ella buscó una respuesta.
Su madre estaba enferma. Sí, sería un matrimonio falso, pero decir la verdad en este punto podría ser un completo desastre. Sus hermanas se sentirían traicionadas y desconsoladas. Venezia no sería capaz de casarse, ¿y qué más dramas podrían suceder? ¿Qué tan malo sería decir unos votos y hacerlo legal? Era sólo un trozo de papel. Nada iba a cambiar y no era como si alguien tuviera que saberlo. Ella no tenía un hogar al cual regresar, ningún amor o familia que le importara además de Nick y Alexa. Quizá podría funcionar. Si ella se casaba con él ahora, podría subirse a un avión mañana, regresar a Nueva York y fingir que nada sucedió.
Sí. Ella estaba en la tierra de la negación.
Él estaba metido en un gran apuro y ella se aseguraría de que él permaneciera muy lejos de Alexa de ahora en adelante. Un pequeño sacrificio para cambiar al mundo. Esas eran palabras tontas de un libro. Un libro sagrado, claro, pero hecho por el hombre. ¿Cierto? No significa nada.
Mia amore.
El término la sacudió hasta la médula y se estremeció. ¿A quién quería engañar? Él le pedía que se quedara. Actuó como si se preocupara por ella más allá del sexo físico. Si ella aceptaba, de alguna manera, la locura que en la que vivían la dejaría destrozada. Él ya estaba cerca de descubrir la verdad de su pasado y ella juró que nadie sentiría lastima por ella. Prometió hace muchos años que nunca nadie lo sabría.

Había una manera, sin embargo, de asegurarse de nunca salir herida.
―Lo haré.
Él se acercó a ella, pero negó con la cabeza.
―Con una condición, Alfonso. Deja de presionarme. Terminamos esta farsa para la siguiente semana y tomamos caminos separados. Nada de dormir juntos ya. No más fingir que esto es más de lo que es.
Sus ojos se encontraron con los de ella y en ellos había una gran variedad de emociones.
―¿Eso es lo que pides de mí?
Lágrimas tontas amenazaron con derramarse, pero ella sin piedad las contuvo y alzó la barbilla. Entonces, mintió.
―Sí. Eso es lo quiero.
―Lamento que te sientas de esa manera, cara ―susurró. Pesar y algo más, algo peligroso brilló en su rostro―. Va bene.
Paula apartó las manos de las suyas, cruzó la habitación y abrió la puerta.
―Carina, ven aquí y ayúdame a vestirme. Y descorcha el champán.
Un fuerte grito y aplausos subieron las escaleras. Pedro asintió, entonces pasó a su lado sin decir una palabra.
Tenía nudo en la garganta mientras se preparaba para el más grande espectáculo de su vida e intento fingir que no se sentía tan vacía.
Los rayos del sol resplandecían anaranjadamente en el horizonte. Paula estaba de pie frente al sacerdote en la terraza trasera. En pocas horas las hermanas de Pedro habían transformado el patio a una simple elegancia que le robó la respiración. Rosas coloridas en pequeñas cestas colgando de lámparas de papel daban una iluminación íntima en al pasillo. Su madre estaba apoyada sobre los
cojines de una silla, un elegante edredón arropando su regazo. Sus hermanas resaltaban con sus coloridos vestidos con pequeños ramos de lirios blancos, mientras caminaban detrás de ella, pero no fue hasta que miró a su pronto-a-ser-verdadero-esposo que Paula comprendió que su vida estaba a punto de cambiar.
Estaba vestido con un traje oscuro que hacía hincapié a la amplitud de sus hombros y pecho, su cabello recogido hacia atrás y los rasgos esculpidos de su rostro se suavizaron mientras la miraba con admiración. El vestido blanco se ajustaba a su figura, con un escote en el frente y abrazando por completo sus brazos. Una pequeña cola caía por detrás. Pedro tomó su mano y besó la palma. Un hormigueo subió por su brazo y una pequeña sonrisa curvó sus labios mientras él sentía la conexión. Mantuvo su brazo entrelazado con el suyo como si tuviera miedo de que ella fuera a huir. El sacerdote los encaró y comenzó la ceremonia. Las palabras fueron confusas y borrosas al principio, hasta que ella comenzó a recitar sus votos.
En lo bueno o en lo malo…
En la salud y en la enfermedad…
Para honrar y respetar…
Hasta que la muerte nos separe…
Los pájaros cantaban en los árboles. Dante le lanzó una mirada de disgusto mientras se posaba a su lado, lamiendo su pata y esperando que la embarazosa escena llegara a su fin. Soplaba un viento suave y cálido, burlándose de sus palabras y llevándoselas lejos hacia las colinas. Un profundo silencio cayó sobre el patio mientras la familia Alfonso esperaba.
―Acepto.
El beso fue ligero como una pluma, pero cuando él levantó su cabeza, contuvo la respiración al ver la satisfacción brillando en esas profundidades de color ónix. No tuvo tiempo de pensar en eso porque fue apartada de sus brazos y brindaron con champaña mientras que la verdad vibraba en cada terminación nerviosa de su cuerpo.
Ella lo amaba.
Estaba enamorada de Pedro Alfonso. De verdad.

Venezia chilló de emoción y tomó la mano de Dominick.
―¡Estoy tan feliz! Ahora, tenemos una sorpresa para ti. Los enviaremos a nuestra segunda casa en Lago Como para su noche de luna de miel. Necesitan algo de privacidad sin tener que preocuparse por la familia durmiendo escaleras abajo. ―Sus ojos brillaron y le extendió las llaves a Pedro―. Váyanse ahora y no regresen hasta mañana en la noche.
Pedro frunció el ceño y miró a su madre.
―Pensé que la rentarían por la temporada. Y no me siento cómodo marchándome sin saber si ella está bien.
De alguna manera, el sentido auditivo de la mujer lo escuchó. Le lanzó una mirada a su hijo que detuvo cualquier plan que estuviera organizando.
―Oh, se irán, Pedro y Paula. La casa está vacía hasta el siguiente mes, así que pueden aprovecharlo. Las chicas se harán cargo de mí y te llamaran de inmediato si algo ocurre. No me robes la satisfacción de darles una noche de luna de miel.
Increíblemente, el calor subió hasta las mejillas de Paula. Ella había nadado desnuda, manejaba hombres desnudos en su trabajo y observó a Alexa dar a luz a su sobrina sin ningún problema de timidez. Ahora, la idea de acostarse con su marido con la aprobación incondicional de su madre la hizo ruborizarse. ¿Qué demonios?
Venezia le susurró algo a Dominick y luego tiró de Paula a un lado. Sus ojos, tan parecidos a los de su hermano, resplandecían con tanto brillo que Paula tuvo que apartar la mirada. La mujer entrelazó sus dedos y suavemente besó su mano.
―Gracias, Paula.
―¿Por qué?
Su rostro se puso serio.
―Por lo que hiciste. Sé que probablemente soñaste con tu propia boda con Pedro, y también sospecho que Pedro apresuró el compromiso por mí. Lo has cambiado. Cuando vino a pedirme disculpas, admitió que nunca había notado como actuaba hasta que tú se lo dijiste. Espero que sepas cuánto significa esto para
mi familia. Tú me has dado un regalo: La oportunidad de casarme con Dominick este verano y nunca lo olvidaré. Me alegra mucho que te unieras a nosotros.
Mientras Venezia la abrazaba, una parte del alma de Paula se rompió. El dolor del engaño y nostalgia la cubrió por completo, pero se las arregló para fingir con lo que aprendió a los largo de tantos años de soledad.
En menos de una hora, ella se encontraba cuidadosamente sentada en el Alfa Romeo de Pedro, conduciendo por el estrecho y sinuoso camino que los llevaría hacia el lago. Él se cambió de ropa, usando unos vaqueros desteñidos y una camisa negra casual. Su cabello golpeaba su rostro, ocasionalmente enmascarando su expresión y agregaba una sensualidad de pirata que apelaba a su lado más viril. Su estómago dio un vuelco y sus bragas se humedecieron. Se removió en su asiento y apartó su mente de esos pensamientos.
―¿Qué vamos a hacer? ―preguntó sin rodeos―. ¿Has pensando siquiera en lo que estamos metidos? ¿Qué vamos decirle a Alexa y a mi hermano? ¿Qué pasará si tu familia visita los Estados Unidos? ¿Qué pasará con la boda de Venezia?
Él suspiró, como si ella se preocupaba por cosas sin sentido en lugar de un matrimonio.
―No nos preocuparemos por eso ahora, cara. Creo que necesitamos una noche a solas para trabajar en algunas cosas entre nosotros. ―Su miraba tenía una llamarada de lujuria. Ella se encontró temblando. Maldito sea por controlarla con sexo. Ella siempre había sido la encargada, y de esa manera le gustaba. Quizás había llegado el momento de cambiar los papeles.
―Lo siento, qué tonta soy. ¿Por qué preocuparme por cosas como votos matrimoniales y divorcios? Divirtámonos. Oh, sé de un buen tema que podríamos hablar. Tu madre me dijo que solías correr autos.
Sus manos apretaron el volante. Acertó. La culpa pinchó su conciencia mientras él parecía luchar con sus palabras.

―Ella te lo dijo, ¿eh? Nunca hablamos de eso ―murmuró―. Corrí cuando era joven. Mi padre enfermó y llegó la hora de dirigir los negocios familiares, así que lo dejé. Fin de la historia.
Él parecía calmado, pero la distancia repentina en su comportamiento le decía que sus emociones se movían bajo la superficie. Ella suavizó la voz.
―Eras bueno. Podrías haber sido profesional.
―Probablemente. Nunca lo sabremos.
El viento azotaba su cabello y el paisaje era un borrón.
―¿Te molestó tener que renunciar a eso? ―preguntó curiosamente―. ¿Nunca quisiste dejar La Dolce Famiglia, Pedro?
Su perfil le recordó al granito tallado. Un músculo temblando en su mandíbula.
―¿Importa? ―preguntó―. Hice lo que tenía que hacer. Por mi familia. No me arrepiento.
Su corazón se apretó y rompió. Sin pensarlo, ella deslizó su mano sobre el asiento y tomó la suya. Él le lanzó una mirada de asombro.
―Sí, importa. ¿Alguna vez has reconocido o lamentado perder algo que tú querías? No a tu padre. Tus sueños. Has estado a punto de conseguir algo que siempre has querido y repentinamente te fue arrebatando. Yo estaría seriamente enojada.
Ella le sonrió, pero él mantuvo la mirada fija en la carretera.
―Mi padre y yo tuvimos una relación difícil ―admitió―. Él miraba mis carreras como un pasatiempo peligroso y egoísta. Con el tiempo, me presionó a elegir, o mis carreras, o el negocio familia. Elegí el circuito, así que me dijo que me fuera. Recogí mis cosas, seguí en las carreras e intente hacerme un nombre. Pero cuando recibí la llamada de su ataque al corazón y lo vi tan frágil y enfermo en el hospital, descubrí que mis deseos no eran tan importantes como originalmente lo pensaba. ―Se encogió de hombros―. Me di cuenta que a veces otros tienen que ser lo primero. Como papá me dijo una vez: Un hombre de verdad toma las decisiones para todos, no sólo de sí mismo. Le debía a todos lograr que el negocio funcionara, y lo hice. En cierto modo, no me arrepiento.
Ella lo miró fijamente un largo tiempo.

―¿Lo extrañas?
Él ladeó la cabeza como si estuviera considerando su pregunta. Luego le lanzó una sonrisa.
―Diablos, sí. Extraño correr todos los días.
Dios mío, este hombre iba a acabar con ella. No sólo era honesto, nunca vio su auto-sacrificio como algo malo. ¿Cuántos hombres con lo que ella salió se quejaron de las cosas que no le gustaban o de los sacrificios que hacían? Pero no él, Pedro le hacía experimentar sentimiento que no sintió con otros amantes.
―Tu familia es afortunada por tenerte ―susurró.
No respondió. Sólo apretó su mano como si él no quisiera nunca dejarla ir.
Llegaron a la casa de vacaciones un par de horas más tarde. Paula rió por dentro de la versión de Alfonso de un alquiler. La elaborada mansión tenía su propio helipuerto, laguna, jardines, y jacuzzis. La hiedra subía por las macizas paredes de ladrillo y por la torre del reloj a juego rodeado de verdes selvas y jardines elaborados. El camino empedrado conducía a una robusta escalera, donde una terraza abierta tenía cómodas mecedoras y estaba conectada a un bar completo. Mármol pulido, azulejos de mosaico de colores brillantes y ricos colores de chocolate y oro formaban la combinación de colores. Una cálida brisa voló a través de las habitaciones desde las ventanas abiertas, y los aromas de lila y cítrico inundaron sus sentidos.
Sus tacones hacían clic en el brillante azulejo cuando Pedro cogió una botella de vino y dos copas del bar, luego la llevó escaleras arriba. Una puerta se abría hacia un gran dormitorio con una cama de matrimonio extra grande. Las puertas del balcón se abrieron como si los esperaran y la habitación ya estaba preparada. Un ramo de rosas color rojo sangre estaba en la mesa de honor, funcionando como la pieza central de la habitación. Caminó por la sofisticada alfombra oriental, admirando las antigüedades cuidadosamente colocadas y las finas cortinas de encaje blanco. Entonces se dio cuenta de que su marido se había quedado a un
lado, con la cadera apoyada contra la mesa, estudiándola desde el otro lado de la habitación.
Paula tragó saliva. De repente, una oleada de puro terror se apoderó de ella. Todo esto era demasiado: la cama, la boda y la comprensión de sus verdaderos sentimientos por su cuenta. El suelo se rompió debajo de ella y gateo para ponerse de pie. Sus uñas se cerraron en sus puños en la necesidad de agarrar para hacer palanca. Maldita sea si había dejado que su voz sonara como una novia virginal. Se regañó por ese tipo de comportamiento y enderezó su columna.
―¿Quieres ir a cenar? ―preguntó.
―No.
La sangré se espesó en sus venas. Los labios de él se curvaron hacia arriba en una media sonrisa, como si intuyera su incomodidad repentina.
Ella sacó la barbilla y se negó a apartar la mirada.
―¿Quieres ir a dar un paseo por los jardines?
―No.
―¿Tomar un baño?
―Nop.
Cruzó sus manos en frente de su pecho para esconder el obvio empuje de sus pezones.
―Bueno, ¿qué quieres hacer? ¿Solo estar ahí haciéndome ojitos?
―No. Quiero hacerle el amor a mi esposa.
El dolor la destrozó. Su esposa. Dios, cómo quería que fuera real.
―No digas eso ―siseó. Paula se aferró agradecidamente a la ira que ardía en su sangre―. No soy en realidad tu esposa y ambos lo sabemos. Prometiste dejarme en paz. Nada de sexo.
Él cerró la distancia y la cogió entre sus brazos. La preocupación y ternura en su rostro le partió en dos.

―La mia tigrotta, ¿qué pasa? Nunca haría nada que tú no quieras. ―Le apartó el pelo de la cara y le alzó la barbilla.
―Esto es una mentira. ―Parpadeó para contener las lágrimas cegadoras, enfurecida por su debilidad ante él―. Nosotros somos una mentira.
Su aliento se precipitó sobre sus labios y la besó suavemente, deslizando su lengua dentro para aparearse con ternura. Deseaba luchar contra él, pero su cuerpo se debilitaba en cada caricia caliente y su olor almizclado. Se abrió para él y le devolvió, clavando los dedos en sus hombros mientras cada músculo tallado presionaba contra sus curvas.
Lentamente, él levantó la cabeza. Ojos negros oscuros ardían con un calor abrasador que quemaba a través de ella y rompió hasta la última gota de resistencia.
―No, Paula. ―dijo ferozmente―. Esto ya no es una mentira. No somos una mentira. Quiero hacerte el amor, esposa mía. Ahora mismo. ¿Me vas a dejar?
Su honor era lo primero, y Paula sabía que solo una sacudida de su cabeza le obligaría a ir a su propia esquina separada. Querido Dios, ¿qué estaba mal con ella? ¿Por qué quería tanto a este hombre después de solo unas pocas horas de estar en sus brazos? Él la destruiría.
Esperó por su decisión.
Su cuerpo y mente luchaban, pero en el fondo, triunfó la pequeña voz. Coge lo que consigas ahora y tendrás los recuerdos. Había sobrevivido a cosas peores. Pero no creía que pudiera sobrevivir alejándolo esta noche.
Arrastró su boca a la suya. Él la besó completamente, su lengua enredándose con la suya mientras la llevaba a la cama. Cada movimiento se fundía en el siguiente mientras le quitaba la ropa y exploraba cada parte de su cuerpo con las manos y boca y lengua. Gimió cuando él la llevó al borde, se detuvo y luego se quitó su ropa y comenzó de nuevo. Se retorció y suplicó hasta que él le separó los muslos y se detuvo en la entrada.
Como si percibiera su miedo innato, inmediatamente le rodó hacia un lado sin dudar, la agarró por las caderas y tiró de ella hacia abajo sobre su eje.

Llenó cada grieta adolorida y ella gritó y comenzó a moverse, desesperada por la liberación. Sus manos frotaron sus pechos, moviendo los pezones y con un roce final contra su clítoris estalló en mil pedazos.
Él gritó su nombre mientras aguantaban el orgasmo, hasta que ella se derrumbó encima de su pecho. Sus brazos se envolvieron alrededor de ella y susurró en su oído:
―Esto es real.
Paula no respondió. Su corazón lloró, y sus labios temblaron para sacar las palabras de dentro de ella, gritando para ser libres. Te quiero. Pero el susurro burlón le recordó a la única verdad que había conocido. No para siempre. Nadie podría amarte para siempre.
Así que no dijo nada. Solo cerró los ojos y durmió.
Pedro estaba sentado junto a la cama con dos copas llenas de champán, observándola dormir. Es curioso que ayer mismo, le reclamara por primera vez. Normalmente, una vez que se acostaba con una mujer se preocupaba el borde de la necesidad desgastado un poco más en cada encuentro, cada día, hasta que no quedaba nada sino una amistad indiferente con la que ambos no podían hacer nada. Pero ahora, mirando hacia su nueva esposa, una sensación de entusiasmo y rectitud corría por su sangre. Exactamente el mismo sentimiento que le había acogido en el camino, la llamada de lo desconocido con un conocimiento profundo de que estaba destinado a conducir un coche de carreras.
Paula estaba destinada a ser suya.
Sabía esto ahora. Lo aceptaba. Se daba cuenta de que tenía que hacer unos movimientos cuidadosos si alguna vez iba a convencerla de que podían tener un matrimonio real. Es gracioso, cómo el amor parecía esa cosa lejana y mágica en el futuro hasta que lo quieres tanto, que en realidad finges que los sentimientos estaban ahí cuando nunca estuvieron.
Ahora lo sabía. Todo este tiempo, había estado esperando a Paula Chaves.

Había sentido su conexión esa noche en su cita a ciegas. Su genio y su sexualidad patea-culos le golpearon como un puñetazo. Ella le fascinó en todos los niveles, pero la tentación de algo más profundo y permanente cantó en su sangre, así que se congeló por el miedo. Sabía que una vez que le hiciera el amor nunca querría dejarla ir. Y ella era todo lo que él creía que no quería en una esposa. Sintió que ella pisotearía su corazón en pedazos pequeños, y nunca se recuperaría.
Había pensado en ella muchas veces durante el año, pero siempre empujaba sus imágenes al fondo de su mente, convenciéndose de que serían una pareja imposible. Ahora parecía que cada paso conducía directamente a Roma.
Ella era su alma gemela.
Él solo necesitaba convencerla a ella.
Pero para hacer eso, tenía que romper algunos muros. Pedro respiró profundamente por la tarea por delante. Había estado pensando en el curso correcto de acción que tenía que tomar, pero era un movimiento arriesgado. Quería llegar a un nivel más profundo, y su constante por él tomando el control en la cama le decía que ella poseía secretos que tenían que ser dichos. ¿Podría ella confiar lo suficiente en él como para compartir? ¿Podría alguna vez rendirse completamente?
Estaba a punto de averiguarlo.
Ella abrió los ojos.
Sonrió ante la mirada soñolienta y satisfecha mientras se estiraba en las almohadas. La sábana cayó y le ofreció la tentadora vista de sus perfectos pechos. Ella sonrió.
―¿Ves algo que te guste?
Ella le había llevado a una muerte prematura, pero iría al cielo con una sonrisa de su rostro. Negó con la cabeza y le entregó la copa de champán.
―La letra C representa todos los elementos necesarios en la vida ―dijo―. Café, chocolate y champán. ―Suspiró con satisfacción y tomó otro trago.
Pedro se reclinó en la antigua silla floral y sonrió.
―¿No te estás olvidando de la mejor letra de todas?
―¿Cuál es?

―S. De sexo.
Su sonrisa se hizo más amplia y más satisfecha. Su erección se elevó completamente y se movió en la silla.
―Oh, Alfonso, ¿cuándo vas a aprender todas las palabras americanas? ―arrastró las palabras―. C también es para clímax.
Él se echó a reír y sacudió la cabeza.
―Cara, eres increíble. Tanto dentro como fuera de la cama.
―Lo intento. ―Tomó un sorbo de champán, pero Pedro sintió su guardia solidificándose. Tenía que moverse a un ritmo constante y mantenerla sin equilibrio.
―Paula, ¿te gusta tener el control?
―¿Eso es algo malo?
Él mantuvo la mirada fija pero ella se negó a levantar la cabeza.
―No, en absoluto. Eres una mujer fuerte y no habrías llegado tan lejos en la vida sin esta cualidad. Simplemente me preguntaba cómo te sentías sobre ser dominada en la cama.
Ella jadeó y su cabeza se disparó hacia arriba.
―¿Por qué? ¿Te gusta la dominación? ―Se estremeció―. No me gustan esas cosas de sumisión, Alfonso. He leído esas novelas BDSM, pero azotar, simplemente no va conmigo.
Dios, estaba loco por ella.
―No, cara. Tampoco me gusta el dolor. Parece que prefieres controlar el hacer el amor, lo cual está bien, pero me pregunto si alguna vez te has rendido verdaderamente.
Ella entrecerró los ojos.
―Me rindo cada vez que llego al clímax. ¿Qué quieres decir?
Fue al baño, jaló dos cinturones de los albornoces blancos de lujo, volvió a la cama.
―¿Qué estás haciendo? ―preguntó ella―. ¿Volviéndote pervertido?

Se sentó junto a ella.
―¿Confías en mí, Paula?
La cautela rayó sus rasgos.
―¿Por qué?
―¿Lo haces?
Ella dudó.
―Sí. Confío en ti.
El alivio le recorrió ante la cruda honestidad de su voz.
―Gracias. Te estoy pidiendo que me dejes hacerte algo.
―¿Qué?
―Atarte.
Una risa ahogada escapó de sus labios, pero le faltaba humor.
―Dime que estás bromeando. ¿No podemos simplemente tener sexo regular?
―Sí. Pero quiero más contigo. Quiero darte tanto placer que explotes. Quiero que seas capaz de soltarte, en tus términos. Estoy pidiéndote que confíes en mí lo suficiente para rendir tu control esta noche. Si estás incómoda, dime que me detenga y lo haré. ¿Harás esto por mí?
Ella se sentó y miró a las ataduras, mordiéndose el labio con fuerza.
―No sé si puedo ceder el control ―admitió.
―Yo creo que puedes. ―Una sonrisa tocó sus labios mientras colgaba las ataduras en un gesto de burla con la intención de calmar sus nervios―. Podemos tener un poco de diversión. Siempre soñé con atar a mi esposa. Tú puedes hacer realidad mi fantasía.
Esperó pacientemente mientras ella se imaginaba el escenario. Las emociones peleaban y luchaban por el dominio. Finalmente, ella asintió.
―Lo intentaré ―dejó escapar un suspiro de fastidio―. Pero solo porque tienes algún fetiche de bondage que creo que necesitas sacar fuera.

Él rió. Con movimientos deliberados, ató sus muñecas juntas sobre su cabeza con un cinturón, y con el otro, lo envolvió alrededor del poste de la cabecera. Ella tiró, y él se aseguró de que hubiera mucha holgura para que no se sintiera atrapada. Solo lo suficiente para permitirle la libertad de dejarle ir. Su excitación ardió por su cuerpo desnudo.
―¿Ahora qué? ―Sopló el pelo de su cara y frunció el ceño.
Pedro sonrió ante su expresión de mal humor, se puso a horcajadas sobre ella, y miró hacia abajo.
Todo humor le abandonó con prisas. Ella era hermosa: toda curvas elegantes y músculos. Lentamente, se inclinó y la besó profundamente, sumergiéndose en su boca, metiendo su lengua dentro y fuera como una versión previa de lo que pensaba hacer con ella. Cuando liberó sus labios, ella respiró fuerte, y sus ojos se empañaron con la excitación.
Él se tomó su tiempo. Mordisqueó y chupó sus pezones y dejó que su mano vagara sobre su vientre, sus caderas, luego la deslizó detrás de ella para ahuecar su trasero y abrió más sus piernas. Sus dedos se detuvieron en su protuberancia rogando por su toque, luego se sumergió en su canal.
Ella gritó y tiró de sus ataduras. Él empujó hacia arriba, usando dos dedos para hundirse en su calor húmedo mientras su pulgar golpeaba su clítoris. Todos los músculos debajo de él se estremecieron con anticipación, y se retorció en la cama.
―¡Maldito seas, desátame! Quiero tocarte.
―Todavía no, cara. Me estoy divirtiendo mucho con mi fantasía.
Ella le maldijo y él rió, inclinó la cabeza, y la probó.
Se vino fuerte. Su grito salió arrancado de su garganta, y le permitió sobrellevar la ola. Cuando ella surgió, su enrojecida piel temblaba impotente bajo él. Separó más sus muslos y condujo su pene con un empuje sólido.
Apretó los dientes y rezó por el control. Su canal le apretó como una prensa ceñida, y espasmos sacudían su cuerpo como mini tormentas. La llenó completamente y puro placer explotó dentro de él. Lentamente, la presionó contra el colchón.
-Pedro. ―Sus ojos vidriosos de repente resplandecieron con pánico, y se resistió bajo él, tirando de las ataduras con movimientos frenéticos―. No lo hagas.

La crudeza de su miedo le hizo dudar.
―Mírame, mia amore. Mírame a los ojos y ve lo que soy.
Su enfoque se agudizó cuando miró profundamente en sus ojos. Sus pupilas se dilataron en reconocimiento y centímetro a centímetro sus músculos se relajaron, permitiéndole más acceso. Las lágrimas nadaron en sus ojos. La besó tiernamente, su pulgar secando la lágrima que corría por su rostro.
―Te quiero, Paula. Nunca ha sido Alexa y nunca lo será. Estoy enamorado de ti.
Se movió. Cada movimiento la reclamaba para él mismo, le decía sus sentimientos y de la necesidad de que ella le perteneciera. La última lucha se fue de su cuerpo y le acompañó empuje por empuje, sus talones clavándose en su espalda mientras subían más y más alto. Explotó bajo él y él se dejó ir. El insoportable placer le destrozó, le superó y le lanzó al borde. Cuando la tormenta finalmente pasó, Pedro se dio cuenta de que su vida nunca sería la misma.
Y él no quería que lo fuera.
Él la quería.
Las palabras hicieron eco una y otra vez en su cabeza. A veces tan bonitas como la ópera. A veces con una carcajada de alegría y burla. De cualquier manera, tenía que tratar con ello, pero el Señor sabía que estaba demasiado asustada en ese momento.
Flexionó sus manos ahora libres. Él la sostuvo con más ternura de lo que un hombre jamás le había mostrado. Hacer el amor para él parecía menos sobre perversión y más sobre darle todo a ella y pedir lo mismo.
Tragó las palabras que burbujeaban en sus labios y guardó silencio. Solo tres simples palabras, pero eran las palabras más difíciles que podía pensar en decir. Su piel húmeda por el sudor presionó contra la suya, sólido y real. Él le había dado un regalo que no tenía precio. Confianza. De alguna manera, al ser atada y obligada a rendirse, aprendió a confiar en otro ser humano.

Él le dio un suave beso en el cabello enredado.
―Gracias por darme tu confianza. Quiero saber todo de ti, cara, pero puedo esperar.
Su paciencia sacudió sus cimientos. ¿Por qué buscaba más que su cuerpo? Su confesión de que nunca había querido a Alexa sonó limpia y verdadera. Tal vez ella siempre había percibido la verdad pero no quería perder su último obstáculo. Ahora no había ningún lugar al que correr, pero aun así no podía decir esas tres palabras que él necesitaba.
Paula cerró los ojos y le dio el único otro regalo que le quedaba. Su verdad.
―Tenía dieciséis. Tenía un enamoramiento con el cliché de los clichés, el quarterback del equipo de fútbol. Por supuesto, él apenas me notaba, pero yo hice todas las típicas cosas de chicas para llamar su atención. Un día, vino y me habló. Días después, me pidió salir. Estaba atolondrada y creí que finalmente seríamos novio y novia.
Su mano dejó de acariciar su pelo. Lentamente, se volvió para enfrentarla en la cama. Ella sintió que su mirada le acariciaba, pero se quedó mirando al techo como si los eventos se desarrollaran ante su vista.

»Me puse mucho maquillaje. Falda corta, mucho escote mostrando lo poco que tenía. No tenía a nadie que me hiciera de carabina en el momento, así que iba y venía a mi antojo sin reglas.
»Me llevó a ver una película, luego de vuelta a la escuela al campo de fútbol. Nos sentamos en la hierba y miramos a la luna. Estaba tan contenta. Hasta que me empujó hacia abajo al suelo y metió la mano en mi camiseta. Verás, yo era todo hablar sin acción. Nunca había salido con un chico antes, ni siquiera había tenido una loca sesión de liarnos. Le dejé hacer cosas porque pensé que era lo correcto. Hasta que me bajó la falda.

Tragó una bocanada y su mano apretó la de ella. Él esperó en silencio mientras ella luchaba, pero su calor se filtró lentamente por su piel.

»Me violó. Después, se apartó, se levantó y dijo que estaba decepcionado. Me dijo que yo me lo busqué con mi ropa y mi actitud. Que si se lo contaba a alguien, sería el hazmerreír de la escuela. Me puse la ropa y me llevó a casa. Cuando llegué a mi casa, me dio las gracias por el buen rato. Vamos a hacerlo otra vez.

»Salí del coche y mi madre estaba viendo la televisión en la sala de estar. Fui directa a ella y le conté toda la historia.
Los acontecimientos de aquella horrible noche se volcaron sobre ella, pero esta vez, había alguien a su lado. Esta vez, alguien se preocupaba lo suficiente como para escuchar.

»Mi madre se rió y me dijo que obtuve lo que había pedido. Me dijo que empezara con el control de natalidad, me volviera más inteligente, y tratara con ello. Luego se alejó de mí. ―Paula arrancó su mirada del techo y se volvió hacia él―. No sabía qué hacer. Me sentía como si fuera a volverme loca. Me tomé los siguientes días libres y luego volví a la escuela. Y cuando me crucé con él por el pasillo, solo asentí con la cabeza en un saludo. La prueba de embarazo dio negativa. Empecé con el control de natalidad. Y de repente, me di cuenta de que tenía dos caminos delante de mí y tenía que elegir.
»Podía ocultar mi sexualidad bajo ropas holgadas y nunca sentirme cómoda de forma física con un chico otra vez. O podía hacer mi camino adelante y poseer mis propias cosas. De alguna manera, me di cuenta de que podía obtener placer del sexo, pero sería cosa mía fijar los términos. Me aseguraría de que nunca volviera a suceder algo así.
Su corazón latía con fuerza al borde de un ataque.
»Decidí que no dejaría que ese cabrón se llevara quién era yo. Me vestía de la forma que quería, y controlaba con quién tenía sexo a partir de entonces. Cuándo quería, dónde quería, y cómo quería. Pero a veces, cuando un hombre está encima de mí, algo retrocede a entonces y entro en pánico. Lo odio, pero parece que no puedo controlar esa parte de mi memoria. Hasta ahora.
Pedro se acercó y le puso la cabeza contra su pecho. Fuerza, calor y seguridad se abrieron paso hacia ella con una gracia continua que le dejó sin aliento.
―Lo siento mucho, cara. No lo sabía. Si lo hubiera sabido, no habría presionado de tal manera.
Ella negó fuerte con la cabeza.
―No, me alegro de que lo hicieras. Ahora, no tengo miedo.
Él contuvo el aliento y ella se dio cuenta de que temblaba bajo sus pies. Lentamente, levantó la cabeza para mirarlo a la cara.

Orgullo feroz y furia cruda brillaban en sus ojos. Sus manos eran tan suaves como una mariposa mientras le apartaba el pelo de la cara.
―Que alguien te hiera así hace que me cuestione lo que es justo y correcto en este mundo. Pero tú, mia amore, aceptaste tal suceso y ganaste fuerza. Has hecho tu vida según tus propios términos, sin nadie para que te ayude. Me bajas los humos.
Ella se mordió el labio y bajó la cabeza sobre su pecho. Sus palabras resonaron en el silencio de la habitación y explotó el último ladrillo del muro que guardaba su corazón. Él no hizo ningún comentario sobre la lágrima que cayó sobre su pecho.
Eso hizo que Paula le quisiera aún más.

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