sábado, 13 de septiembre de 2014

Capitulo XI

Obtuvieron el permiso para casarse en una ceremonia civil. Hoy. En este momento.
Paula se sumergió en un baño de lujosas burbujas y soltó un suspiro. Una nube de espuma se elevó y llenó el aire con pequeñas burbujas que captaban los últimos rayos de luz y brillaban. Movió las piernas, las pasó sobre el borde de la bañera y se sumergió en el agua.
Su visita en la corte de Milan la había aterrorizado. Hablar sobre un matrimonio falso era una cosa, llenar los papeles era otra. Después de haber obtenido el Atto Notorio con dos testigos, obtuvieron la declaración final del Nulla Osta en su intento por casarse inmediatamente después de que el papeleo fuera aprobado, notariado y archivado.
Paula gruñó. Gracias al estatus y a los contactos de Pedro, su madre había facilitado el papeleo para que pudieran hacerse cargo de todo en una sola tarde.
Paula levantó una mano y miró de nuevo la chispa alegre del diamante que adornaba su dedo. El plan de Pedro parecía infalible. Mantendría ocupada a su madre por los próximos meses hasta que Venezia estuviera felizmente casada, entonces les advertiría de un terrible malentendido y de su rompimiento.
Desastroso pero necesario. Paula suspiró profundamente mientras la deliciosa esencia de sándalo calmaba sus emociones. Era asombroso por cuántos problemas tenía que pasar Pedro para ayudar a su hermana y sus acciones hablaban por si mismas del respeto que le tenía a su madre. En vez de ignorar sus tontas demandas sobre casarse y dejar que su hermana cargara con las consecuencias, él había ideado un plan para complacer a todos.

Excepto a sí mismo.

Su piel cosquilleaba y colocó una mano sobre el hinchado pecho, acariciándose lentamente.
¿Qué clase de mujer haría feliz a Pedro? ¿Alguien dulce y no demandante? ¿O se aburriría completamente al mes? ¿Y por qué se preocupaba tanto por eso?
Porque lo deseaba.
La verdad la golpeó como un camión. Sí, siempre había sabido que entre ellos había atracción sexual. Pero dormir en la misma cama viéndolo en su elemento, le estaba haciendo sentir cosas terribles. Anhelaba saciar su deseo de una vez por todas y terminar con eso. Después de todo, si tomaba en cuenta sus experiencias anteriores, se levantaría en la mañana completamente satisfecha y podría seguir felizmente su camino.
Nada era peor que la sensación de vacío royendo su estómago cuando giraba en la cama y se daba cuenta que el hombre a su lado no era El Hombre. Nunca sería El Hombre. Seguramente, un poco de sexo saludable y satisfactorio calmaría finalmente sus hormonas.
Pero, ¿y Alexa?
Se mordió el labio con ese pensamiento. Él tal vez lo negara, pero amaba a su mejor amiga. Claro, después de este viaje finalmente se alejaría de Alexa y de su familia, no tendría que preocuparse de que arruinara la cosas.
Solo era sexo. De todos modos habían jugado a ser esposos, tal vez le podían dar a su ardid un pequeño empujoncito. Nadie tenía por qué saberlo. Eran adultos y podrían manejar una relación estrictamente física.
Quería tener sexo con Pedro Alfonso. La excitación corrió por su columna. Los pezones se endurecieron bajo el agua. No se conformaría con un segundo puesto, de nuevo. El trato era bajo sus condiciones. Eran sus reglas.
Síp.
Sus fantasías explotaron frente a ella cuando la puerta se abrió.
Un grito agudo escapó de sus labios. Se deslizó hacia abajo, por debajo de las burbujas y rápidamente quitó la pierna del borde de la bañera. Pedro avanzó con
un vaso de vino blanco en una mano, un plato con delicioso hojaldre de crema en la otra y una sonrisa maliciosa curvando sus labios.
―Buon giorno cara ¿Estás disfrutando de tu baño?
Ella farfulló y trató de no sonrojarse como una colegiala.
―¿Estás bromeando? ¿Qué estás haciendo aquí? Como dirían muchas mujeres casadas, tengo dolor de cabeza.
Él tuvo la audacia de reír.
―Ah, he escuchado esa frase antes. Acabamos de descorchar una de nuestras mejores botellas de pinot grigio y pensé que podrías disfrutar un sorbo mientras tomas tu baño.
―Bueno, está bien. Gracias ―frunciendo el ceño Paula sujetó el vaso medio lleno y respiró la esencia de limón, cítricos y roble―, puedes poner el plato por ahí.
Él lo colocó sobre una repisa pequeña en el extremo de la bañera y la miró. Negándose a retroceder bajo su abierta, ardiente mirada, ella también lo miró, soplando algunos mechones mojados lejos de la cara
―Puedes irte ahora.
Él se sentó en el borde, a unos centímetros de distancia. Se había quitado el traje y lucia fresco y casual con los jeans viejos y su camiseta blanca desabotonada. Estaba descalzo y el cabello le caía suelto sobre los hombros, eso lo hacía lucir más sexy. Su presencia consumió todo el aire de la habitación y no dejó nada para ella. Esa energía familiar trataba de apuñalarla como si él fuera una especie de Superhéroe del Sexo.
¿Qué pasaba con esto?
Ella esperó a que saliera, estaba desnuda y no tenía aspecto de querer entablar una conversación,
―¿Por qué estás aquí todavía?
―Pensé que podríamos hablar.
―Bien. Deshazte de la ropa y hablaremos.
Él no se movió pero sus facciones repentinamente cambiaron y ahora parecía un ardiente depredador.
―¿Estás segura de esta proposición?
Diablos, los usuales comentarios sarcásticos que siempre le funcionaban, estaban causando el efecto equivocado. ¿Por qué no se iba? Un haz de luz desafiante brilló en los ojos de Pedro y, para colmo, su cuerpo cobró vida. El agua se agitaba entre sus muslos abiertos. Sus pezones se endurecieron debajo de las burbujas. Ella contuvo el aliento mientras su mirada bajaba lentamente y acariciaba su forma oculta. Desnuda.
¿Qué demonios estaba pasando?
―¿De qué quieres hablar? ―dijo cambiando de táctica
―De nuestro trato.
―Pensé que estábamos en eso ―respondió encogiéndose de hombros―, los papeles están listos, tu mamá sabe que son legítimos. ¿Te diste cuenta de cómo hizo un trillón de preguntas para asegurarse de que todo estaba en orden? Es lista.
―Siempre lo ha sido.
―Mi trabajo terminó. La compra del vestido es lo que sigue.
―Bien.
―Hay otra cena familiar el viernes en la noche. Ah y Julietta quiere que visite la pastelería contigo mañana.
―Bueno.
Ella frunció el ceño.
―¿Por qué sigues aquí?
―Porque quiero algo.
―¿Qué?
―A ti cara.

Su estómago se desplomó. Abrió la boca y la volvió a cerrar y vuelta a lo mismo, pero nada salió más que sonidos extraños, le faltaba aire en los pulmones. Pedro no se movió, se mantuvo en la orilla de la bañera. Su postura relajada contradecía el calor y la demanda en su mirada. La veía como un gato hambriento listo para saltar sobre su comida del día. ¡Oh! y el solo hecho de pensar en que la mordiera en algún lugar provocó que sus piernas se debilitaran.
¿Qué acababa de decir?
―¿Qué dijiste?
―Me escuchaste. Aquí, prueba un poco de esto.
―No quiero un estup…
Él empujó el hojaldre de crema entre sus labios. Ella los abrió lentamente y mordió un poco. El suave y cremoso sabor del pastelillo explotó en su boca. La crema acarició su lengua con su sabor placentero. Él la miró masticar y su pulgar recorrió los labios quitando los restos de crema. En una acción deliberada llevó el dedo a su boca y lo succionó.
Sus muslos se tensaron. Algo húmedo se deslizó entre sus piernas y sabía que no tenía nada que ver con el agua. Pestañó cuando le tocó el turno al vaso y se lo puso también entre los labios. Una gota se metió hasta la lengua y el helado y picante líquido se deslizó por su garganta y le provocó un gemido. Él devolvió el vaso a la repisa y se recargó en la misma.
―¿Te gustó?
Paula parpadeó.
Su mirada la dejó embelesada. Su mandíbula estaba cubierta por un rastro de barba y combinaba perfectamente con la imagen de un hombre civilizado convertido en malvado. La intoxicante esencia del musgo y el jabón llenó sus fosas nasales.
―Mmm… Sí.
Las manos de Pedro recorrieron sus hombros, trazando una línea a través de las burbujas y dejando un rastro de escalofríos.
―¿Qué aroma es este?
¿Eh? Ay por Dios, estaba muda. Luchó por salir del trance provocado por la tortura física de su caricia justo sobre el pecho.
―Sándalo.
―Me está volviendo loco. Cuando finalmente te pruebe, ¿me acordaré de ti por ese dulce musgo terroso contra mi lengua?
Entonces ella se dio cuenta de que él era el maestro. Había permitido que Paula estuviera a cargo todo el tiempo, pero no estaba impresionado. Sus piernas caían sin fuerza, su centro dolía y su piel quemaba incluso bajo el agua. El hombre había estado rondando, esperando el momento más vulnerable. ¿Por qué repentinamente quería cambiar las reglas del juego? Paula forzó a trabajar al cerebro a pesar de la energía sensual que la rodeaba.
―¿Por qué estás haciendo esto ahora? ―ella se aferró desesperada al enojo, sabiendo que si perdía, se lanzaría sobre él y le rogaría que la tomará―. ¿Estás intentando alguna clase de juego sucio conmigo?
Su cara expresaba determinación.
―Tú eres la única que está jugando aquí, la mia tigrotta ―dijo― te he deseado desde el primer día y nunca lo he negado. Estoy cansado de pelear contigo cuando podríamos estar haciendo otras cosas. Cosas más placenteras... para ambos.
El hecho de que él hubiera llegado a la misma conclusión que ella le molestaba. Se suponía que ella debería proponérselo a él. Pedro estaba loco si creía que se quedaría sentada a esperar que la sedujera. Fue su idea tener sexo y dejar que saliera de su sistema. No lo dejaría ganar este round.
―Necesito tiempo para pensarlo.
Él se levantó de la encimera y asintió cortésmente.
―Pásame la toalla por favor.
Él la miró. Su rostro mostraba una lucha, tratando de decidir si presionar o no.
Paula se dio cuenta de que una capa de confianza había empezado construirse, enojado o no, se mantendría en control. Él tomó la suave bata rosa de baño y se la tendió, después se dio la vuelta discretamente.

Paula sonrió victoriosa. Lentamente salió de la bañera frotándose las puntas del cabello y quitándose casi todas las burbujas. Después dejó caer la toalla al suelo.
―Bien, ahora estoy lista.
Pedro se volvió.
Ella estaba desnuda. Gloriosa y vibrantemente desnuda.
El vagamente recordó la primera vez que había visto un par de senos desnudos. Como un jovencito en la cumbre su sexualidad, pensó que nada podría mejorar ese momento para él.
Este lo hizo.
Ella estaba de pie con la cabeza en alto y la toalla enrollada a sus pies. Una suave piel dorada se extendía frente a él, húmeda por el baño, brillando por los restos de burbujas. Sus pechos eran grandes y coronados con pezones rosados. Se le hizo agua la boca por probar y succionar el delicioso fruto. Sus piernas eran largas y torneadas, un perfecto triángulo de bello color canela escondía su más íntimo secreto. Apenas. El aroma de su excitación y su cuerpo lo llamaron.
Todavía se mantuvo en pie en el centro del piso, totalmente incapaz de moverse. Lo había torturado toda la tarde. La forma como caía el cabello sobre sus hombros, su sarcasmo, su energía vibrante aún cuando estaba quieta; el récord: aquellos preciosos centímetros la otra noche. Si su mano hubiera podido bajar un poco más podría haber probado líquido ardiente.
La mujer estaba bajo su piel. Solo había un modo de removerla: durmiendo con ella. Expulsándola de su sistema. Por la mañana todo volvería a la normalidad. Diablos, no eran el uno para el otro. Querían cosas diferentes, eran diferentes estilos de vida. Él quería una gran familia y una casa estable con muy poco drama. Quería a alguien dulce, pero con un poco de agallas para mantenerlo entretenido.
El sexo lo arreglaría todo, estaba seguro de eso.

El rechazo de Paula le había afectado, pero se había negado a forzarla. La decepción por su incapacidad para ser honesta le había probado que no eran buenos como pareja. Él creía en la honestidad como uno de los más importantes factores en la relación y cualesquiera que fueran los secretos que ocultaba, nunca serían revelados. Ni a él. Ni a nadie.
Pero lo había sorprendido de nuevo. En sus jodidos términos.
Ella tuvo el valor de mirarlo como si estuviera vestida con un traje de noche.
―Acepto tu proposición de dormir juntos. Pero ya que no puedes hablar, iré a vestirme y discutiremos el tema después ―miró hacia abajo y sonrió ante su evidente erección―, cuando estés más… funcional.
Caminó hacia la puerta. Dio dos pasos y él cerró la distancia. Puso el cerrojo y lentamente le dio la vuelta. Sus ojos se ampliaron.
Con movimientos deliberados la puso de espaldas a la puerta y tomó su barbilla. Empujó la rodilla en medio de sus muslos para mantenerla abierta. Paula contuvo el aliento mientras él bajaba su boca hacia la de ella.
―Estoy listo cara, ¿y tú?
Amaba seducir a las mujeres. Amaba deslizar la lengua suave, lentamente y oírlas contener el aliento. Él se consideraba un maestro en el arte de la seducción, pero al tocar sus labios desapareció el maldito autocontrol.
El cuerpo de Paula se deslizó contra el suyo, húmedo, como el calor que emanaba a través de sus muslos. Este no era un beso gentil, para nada, era una lucha donde no había sobrevivientes. Y Pedro amaba cada centímetro de su rendición.
Se hundió más en su sabor. Ella gimió y empujó sus caderas hacia arriba, los dedos enredados en su cabello, atrayéndolo, pidiendo más. Las manos de Pedro se deslizaron para descubrir cada glorioso centímetro, tocando el pecho y pellizcando la punta con el pulgar, tragando sus gemidos.
Empujó las piernas para separarlas más, ella jadeaba y enganchó una de las piernas alrededor de su cintura para asegurarse. Se separó de sus labios y la miró a los ojos-verdes musgo, aturdido por la lujuria. La mano acarició moviéndose desde sus pechos para viajar más abajo, deteniéndose en la parte superior de su vientre.

―He estado muriendo por hundir mis dedos en ti ―murmuró―, ¿estás lista para mí?
―Hablas demasiado ―susurró Paula en respuesta.
Sonrió y deslizó sus dedos en los pliegues hinchados. Ella gritó y levantó la cabeza hacia atrás, contra la puerta. Su canal sedoso, pulsante, se cerró alrededor de él y apretó.
Él murmuró una maldición ante su respuesta, su necesidad de él era evidente por la cantidad de líquido que empapaba sus dedos. Dios, era la mujer más hermosa que jamás había visto, tan abierta a cada sensación. La acarició a profundidad, doblando y masajeando por dentro con los dedos y cuando ella movió sus caderas supo que se estaba acercando al límite.
Su erección creció dolorosamente, pero su rostro era una creación de belleza erótica y no podía perdérselo. Los dientes de Paula mordieron en la carne hinchada de su labio inferior y con los ojos entrecerrados luchaba contra la creciente necesidad de liberarse. Bajo su caricia, su cuerpo floreció, pero Paula apretó los puños los subió hasta su pecho y lo empujó.
Su eterna necesidad de controlar el resultado de cada encuentro lo tentaba a hacerla rendirse completamente. Ante él. Ante esto.
Le pasó la yema pulsando una vez. Dos veces. Luego bajó la boca y le chupó un pezón.
―Paula.
―Tú también hablas mucho cara. ―Sus dientes rasparon sobre la punta hinchada, mientras sus dedos se burlaban sin piedad. Los músculos de las piernas de Paula temblaban y el latido de su corazón llegaba fuerte a su oído. El glorioso olor almizclado se le subió a la nariz y sabía que estaba a punto de explotar. Por primera vez ella permanecía en el presente, rindiéndose a su cuerpo y estaba abierta a todo lo que él le daba. Su erección palpitaba, y la sangre rugía en sus venas.
―¡Pedro! No, voy a…
―Quiero que te corras. Ahora. Córrete Paula.

Le mordió el pezón mientras sus dedos se hundían por última vez.
Ella gritó y apretó sin piedad. Su grito estalló en el aire mientras ella se estremecía y se arqueaba contra él. La sostuvo mientras se prolongaba el orgasmo, manteniendo su cuerpo pegado al de Paula.
Ella cayó sin fuerza. Pedro murmuró palabras tranquilizadoras y le dio un beso en la sien, removiendo lentamente los dedos. Había estado en lo cierto acerca de la química entre ellos, pero nada lo había preparado para la oleada de emoción y conexión que de repente había surgido. Quería acostarla en la cama y reclamarla por completo. Pasar horas en una maraña de sábanas hasta que ella no pudiera pensar en otra observación inteligente, hasta que solo pudiera murmurar su nombre. ¿De dónde venía tanta ternura?
Se quedó quieta en sus brazos, su respiración volvía a la normalidad. Él le acarició la mejilla y decidió llevarla a la habitación para que pudieran hablar y hacer el amor y…
―Bueno, gracias a los dioses. Lo necesitaba ―su tono fresco y sin sentido contradecía su ligero temblor, pero antes de que pudiera calmarla, ella le dio un empujón y recogió la toalla del suelo, envolviéndola a su alrededor. Sacudió la cabeza y dejó escapar un largo suspiro de alivio―. Gracias. ¿Quieres que me ocupe de ti?
Su ligereza cortó profundo. Dio un paso atrás, preguntándose si había sido un idiota. ¿Por qué estaba tan decidida a actuar despreocupada cuando hace un minuto estaba gritando su nombre y aferrándose a él con una ferocidad que nunca había experimentado en una mujer? Su mirada se encogió, pero permaneció perfectamente cómodo. Y distante.
―¿Quieres ocuparte de mí? ―preguntó fríamente.
Ella se encogió de hombros.
―Si quieres. No hay tiempo para un largo maratón Le prometí a tu mamá que la ayudaría con la cena, así que tengo que vestirme… ¿Y bien? ―Levantó una ceja y esperó.
Una sensación de hundimiento le dijo que estaba en problemas. Por unos momentos, ella le perteneció por completo. Sin embargo, era incapaz de mantener
ningún tipo de cercanía. ¿Por qué estaba tan preocupado por su incapacidad para conectarse? ¿Por qué le importaba?
―¿Por qué estás haciendo esto cara? ―preguntó gentilmente.
Paula se echó hacia atrás como si la abofeteara. Prácticamente le gruñó.
―Lo siento, no me gusta hablar de cosas quisquillosas después de un orgasmo. Pensé que habías superado eso.
El silencio ardía con los sentimientos y palabras no dichas. Finalmente asintió y apagó el brote de ternura como si rasgara una flor desde el tallo.
―Tienes razón Paula. Pensé que habíamos superado esto también ―agarró el picaporte y abrió la puerta―. Después de la cena haremos de niñeras. Como tú fuiste la que convenció a Carina de romper su promesa a Brian, nos haremos cargo de la responsabilidad.
Se le cayó la quijada.
―¡Brian tiene cuatro niños! Estoy agotada. De ninguna manera haré de niñera esta noche.
Se inclinó hacia adelante con aire amenazador.
―Cuidaremos a los niños esta noche ―habló con voz autoritaria―. Iremos después de cenar. Vístete y ven a verme en la planta baja.
Cerró la puerta de golpe en protesta y se alejó con una erección de caballo y el temperamento en ebullición.
La había cagado.
Paula miró detenidamente a su falso marido por debajo de las pestañas mientras luchaba con su sobrino gritón que se negaba a entrar en la cuna. Pedro había enrollado las mangas de su crujiente camisa blanca y flexionaba sus fuertes antebrazos sosteniendo al bebé que pateaba y escupía con furia creciente. Si no se sintiera tan miserable, se reiría ante la escena. Su aspecto normalmente pulcro
ahora mostraba a un hombre desaliñado y cansado que se veía como si ansiara un sofá y el control remoto.
Y eran solo las 8:30 p.m.
La habitación parecía como si alguien hubiera vomitado por todo el lugar. La alegre pintura amarilla y azul, con animales marinos dibujados en las paredes, ahora parecía un rescate de buceo que hubiera salido terriblemente mal. Crayones marcados por las paredes, los libros arrojados y abiertos por todas partes y el relleno de un oso azul de peluche destrozado como un experimento extraño.
―¿Tendrá hambre todavía? ―preguntó dando un paso hacia adelante y pisando algún tipo de cereal crujiente.
―No. Lizzie dijo que una botella es todo lo que necesita para dormir. ―El bebé se retorcía en su cuna, la húmeda baba caía de su boca arruinando el tercer babero de la noche. Los patos juguetones en su mameluco se reían de él y su incapacidad para calmarlo. El bebe renovó su grito―. ¿Crees que necesita que lo hagan eructar más? ―preguntó con el ceño fruncido.
―No lo sé ―parpadeó Paula―. Cuando Lily llora por mucho tiempo, se la regreso a Alexa.
Pedro dio un suspiro.
―¿Dónde están Luke y Robert?
Paula se removió incómoda. Tenía un mal presentimiento sobre su próxima reacción.
―Jugando.
―Pensé que los habías acostado.
―Lo hice. Pero no se querían ir a dormir, así que les dije que podían jugar.
Él murmuró algo entre dientes y limpió más baba de la boca de Thomas.
―Por supuesto que no quieren acostarse Paula. Pero nosotros somos los adultos. Sólo diles que no.
―Lo hice. Tres veces. Pero Robert se puso a llorar porque quería a su madre y entonces Luke se le unió, así que les dije que cinco minutos más. ―De ninguna
manera iba a admitir que aquellas lágrimas de cocodrilo le rompieron el corazón y les dio todo lo que pidieron.
Resopló.
―Te la jugaron en grande. Diles que acomoden los libros. Nada complicado.
Paula se preguntó por qué de repente sentía miedo de contarle lo del Play-Doh. ¿No eran felices los niños con esas cosas? Es lo que los comerciales siempre anunciaban. Robert le dijo que su madre siempre los dejaba jugar con esas cosas cuando no podían dormir.
De repente, se dio cuenta de que Pedro estaba en lo cierto. La habían engañado. En grande. ¡Ahora entendía porque habían estado tan emocionados cuando sacó el juguete del estante superior del armario! Se mordió el labio inferior y decidió huir en retirada para quitárselos antes de que Pedro se enterara. Sus preguntas comenzaron a aguijonearla más rápido que abejas enojadas.
―¿Qué hay de Ryan? ¿Está dormido?
―Seguía levantándose porque tenía sed ―volvió a parpadear―, le di un poco de agua en esa cosa que parece un vaso.
Él colocó un chupón en la boca del bebé y alzó los ojos hacia Dios.
―No me digas eso Paula. Moja la cama, así que no debe tomar líquidos después de las siete…
Ella lo interrumpió con la mirada.
―No me dijiste nada de eso. Se agarró el estómago y dijo que le dolía porque estaba sediento. Has estado aquí más de una hora mientras me dejaste con los hijos de Satanás. Vamos a cambiar. Voy a poner al bebé en la cuna y tú maneja a la banda de Forajidos.
―¿Qué Forajidos?
―Ya no importa. Ven aquí. ―Sacó a Thomas de la cuna, lo inclinó en la postura de un jugador de fútbol americano, lo colgó de su brazo y le metió el dedo en la boca. Los gritos se detuvieran y le chupó los nudillos como si fuera lluvia y Thomas césped. Tenía los ojos medio cerrados en éxtasis―. Mira, le están saliendo los dientes.

Pedro miró con incredulidad al bebé feliz. Un bendito silencio calmaba sus oídos, hasta que oyeron un grito medio raro llegando desde el pasillo.
―Quédate aquí. Tengo que ir por Ryan y hacerlo ir al baño otra vez.
Pedro observó al bebé que chupaba con fruición. Siempre imaginó que sería una madre terrible, pero ahora el hecho quedaba demostrado. ¿Cómo Lizzie manejaba tantas peticiones al mismo tiempo? Esta noche se estaba convirtiendo en un desastre, peor desde que había tenido el orgasmo.
La poderosa Paula había caído.
Caminó y meditó ¿Qué le pasaba? Tal vez necesitaba terapia. Un hombre le da un intenso placer, ternura y calidez emocional, ¿y qué hace ella? Lo lanza más rápido que la pistola de Buzz Lightyear ¿fingiendo que no le importa?
Pero no fue solo por un orgasmo.
Fue la forma cómo se sintió envuelta en sus brazos.
Por primera vez en su vida, se sentía fuera de control. Caminó más allá de su zona de confort. Y honestamente no sabía cómo manejar la situación. Toda su vida giraba en torno al control de sus relaciones mientras esperaba encontrar al hombre que podría alimentar su corazón y su alma. Pensó que sería capaz de derribar el muro una vez encontrara a su compañero, pero en vez de eso, Paula se dio cuenta de que estaba mucho más allá del punto de retorno.
No sabía lo que era tener una relación normal, verdadera. Renunciar a una parte de sí misma y ofrecerla a otro. Tal vez era demasiado tarde para ella. Una muestra de lo que Pedro Alfonso podría ofrecerle sacudió su mundo hasta los cimientos, así que ella actuó como una real perra y deliberadamente le hizo daño. Su intestino se retorcía con el recuerdo de la expresión de su rostro. La decepción total cuando la miró fijamente intentando leer en su alma, descifrando de raíz quién era ella.
Tenía que salir de aquí. Poner punto final al corto viaje. Hacer todo lo posible para detener la destrucción del tren que se acercaba a toda velocidad. Pero ¿qué pasaría si despertaba para descubrir que él era el indicado? ¿El único hombre al que podría amar? El hombre que amó a su mejor amiga y solo podía ofrecerle su mejor segundo puesto.
―¡Paula!
Su nombre atravesó la habitación y ella se estremeció. ¿El Play-Doh? ¿Algo peor? Le dolía la cabeza por todas las instrucciones y el miedo de haber hecho algo mal.
―¿Qué?
―¿Le diste a Luke una de esas cosas de jugo en caja?
Maldita sea ¿cuál era Luke?... otra vez Todos tenían un precioso cabello castaño rizado, ojos oscuros y sonrisas maliciosas. Al igual que con los Tres Chiflados, todo salía terriblemente mal.
―¡Sí! ―gritó ella―. Vio a Ryan tomando una de esas bebidas y pidió también, así que se la di.
―¿Puedes venir aquí?
Ellos gritando de un lado a otro, era ridículo. Se enganchó Thomas más alto en la cadera mientras este chupaba el dedo como loco y caminó por el pasillo esquivando los juguetes.
―Dirígete a mí como ser humano por favor ―murmuró desconfiando de repente porque él sonaba como un papá. Se detuvo de golpe y miró fijamente a la cocina, que estaba limpia más temprano. Cinco cajas de jugo estaban en el suelo. El contenido salpicado por el mostrador, el refrigerador y las paredes, en un patrón de loco homicidio. Luke la miró culpable
―Oh, Dios mío, ¿qué ha pasado?
Pedro cruzó los brazos y miró a su sobrino.
―Luke. ¿Por qué no le dices a la tía Paula lo que ocurrió aquí?
Luke inclinó la cabeza de un modo que pensó que era lindo. Paula se negó a admitir que él tenía razón.
―Jugando al cohete Blaster ―declaró―. ¿Lo ven?
―¡No! ―gritaran ambos al unísono.
Demasiado tarde. Luke caminó y pisó fuerte la última caja de jugo. El líquido explotó y salió como manguera empapando todo a la vista. Incluyéndolos.

Pedro lo cargó en sus brazos.
―Eres un gran problema ―le advirtió Michael―. Espera hasta que tu madre llegue a casa y le diga lo que hiciste.
Paula sofocó una tonta risita por la ridiculez de toda la situación. Su falso marido la miró con asombro.
―¿Crees que esto es divertido?
Se mordió el labio.
―Bueno, algo así. Quiero decir, es tan malo que me siento como si estuviera en Punk'd
―¿Puedes limpiar esto mientras le doy un baño de Luke?
Ella echó un vistazo al desastre.
―Pero tengo al bebé. Está tranquilo y no le voy a quitar el dedo hasta que se duerma.
Él parecía atrapado entre los dos escenarios, sin saber que era peor.
―¡Dios! Está bien. Ven a ayudarme con el baño entonces.
Ella caminó tras él y Pedro le echó una ojeada a los otros dos.
―Lo siguiente: hora de dormir para todos ¿Capisce?
―Sí tío Pedro ―declaró Robert solemnemente.
Paula lo miró con sospecha. De alguna manera esos ojos color chocolate parecían divertidos, como si tuviera un plan maestro en mente. Ella no le hizo caso a su loco instinto y se sentó en el asiento del inodoro mientras Pedro dejaba caer Lucas en el baño.
―Así que, ¿dices que tus sobrinos hacen esto cada noche por diversión?
Echó las burbujas en la tina y negó con la cabeza.
―Algo me dice que están más organizados que nosotros. Pero sí, estoy seguro de que esto es lo que hacen la mayoría de las noches.
Ella meció a Thomas y trató de no parecer curiosa.
―¿Qué hay de ti? ¿Es esto lo que quieres también?
Pareció pensar la pregunta. Luego asintió con la cabeza.
―Sí.
―¿En serio? ¿Todo este glamour? ―ella levantó una ceja―. ¿Te das cuenta que no habrá ninguna cena sofisticada o trabajar hasta tarde para cerrar un trato o volar a alguna isla tropical en un momento dado? ¿Voluntariamente renunciarías a tu libertad?
Por un breve instante, un atisbo de ternura pasó por su rostro mientras miraba al chico desnudo en la bañera. Alborotó el cabello de su sobrino y la miró directo a los ojos.
―Sí.
Su respuesta la sacudió y la hizo querer esto. Imaginar a un hombre que quisiera volver a casa ¿con este caos? ¿Que voluntariamente eligiera ser parte de ese lío y disfrutara con cada pedazo loco?
―¡Hola tío Pedro!
Los dos se volvieron hacia el sonido. Un niño fantasma de cuatro años de edad estaba en la puerta con una sonrisa. Paula parpadeó y miró fijamente con más atención. Las únicas características aún visibles eran sus ojos, un toque de dorado cabello castaño y un destello de labios rojos. El niño parecía un demente bromista. ¿Y por qué estaba desnudo?
Se preparó para la explosión, pero Pedro se mantuvo en calma.
―¿Qué hiciste, Robert?
―¡Encontré la botella en el bolso de tía Paula! ―declaró con orgullo―. ¡Loción!
Paula cerró los ojos.

Pedro la cubrió con una mirada asesina.
―Hm. Pensé que te había dicho que pusieras tu bolso en la parte superior de la nevera para que no fuera una tentación.
―¡La escondí detrás del sofá porque no tenía tiempo! ―resopló Paula―. Tan pronto crucé la puerta, Lizzie y Brian salieron disparados como si tuvieran los anos en llamas. Ahora sé por qué. ¿Por qué quisieron otro después de Robert?
―!Culo! ¡La tía Paula dijo “culo”! ―el bromista loco rió tontamente cacareando―. Ano significa culo. Culo, culo, ano, ano. ―la canción continuó y Paula se estremeció.
―Usa la palabra otra vez y te lavaré la boca con jabón ―dijo Pedro―. Ahora, entra al baño.
―Eemm. ¿Pedro?
―¿Qué?
―Vas a tener algunos problemas. La loción es resistente al agua. No se sale durante horas.
Pedro cargó a su segundo sobrino y lo colocó en la bañera. Apoyó las manos en las caderas como si anticipara un negocio enorme. Maldita sea, ¿por qué se veía tan adorable despeinado, húmedo y con olor a jugo de manzana?
―Bien. Aquí vamos. ―Se frotó las manos, se arrodilló junto a la bañera y cogió la toalla―. ¿Puedes echarle un ojo a Ryan?
Paula pasó el bebé a la otra cadera. Su dedo liberado estaba empapado. Thomas le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos y una sonrisa llena de saliva y su corazón se transformó. La confiada inocencia en su mirada la hizo querer ser digna. ¿Qué le estaba pasando?
―Ryan, ¿dónde estás? ―dijo entrando en el dormitorio del niño.
―¡Aquí! ―Él se arrastró fuera del armario con la camiseta de Thomas de the Tank Engine a media barriga y agitó las manos en el aire con un orgullo enorme―. ¡Yo estoy haciendo masa!
Síp. Hizo bien la masa. Paula comenzó a quitar la arcilla roja y verde que le enyesaba el cuerpo de pies a cabeza. Thomas gritaba de placer y metió ambas
manos en el pelo de Paula. La risa burbujeaba en el interior de Paula y amenazaba con salir, pero no estaba segura si era la risa tonta del Guasón o una manera de hacer frente a la locura.
―La hiciste en grande amigo. Sígueme. Hora de baño.
―¡Baño!
Salió corriendo de la habitación y entró en el cuarto de baño, así que lo siguió. Con un clic decisivo cerró la puerta detrás de ella y atrapó a todo el mundo en la minúscula habitación. Se elevaba el vapor y empañaba a los espejos.
―Se les dio bien el Play-Doh, ¿eh?
―Síp ―asintió―. En mi defensa, pensé que esa cosa era amiga de los niños. Vive y aprende. Si estamos todos juntos aquí no puede suceder nada más. ―Le lanzó una mirada de preocupación―. ¿Cierto?
―Cierto. ¡Comienza la acción! ―Con movimientos eficientes, desnudó a Ryan y lo colocó en la bañera con sus hermanos―. Creo que necesito un poco de ayuda aquí. Ya lo limpié con el paño dos veces y solo conseguí eliminar la mitad de la loción. ¿Puedes tú restregar a Ryan?
―¿Y el bebé? ―Thomas se acercó y metió un mechón de su pelo en la boca y emitió extasiados sonidos de succión―. Ay, eso duele ―gimió ella tratando de soltarse―. ¿Puedo ponerlo en el suelo?
―Sí. Asegúrate de que no hay nada que pueda alcanzar en primer lugar.
Ella hizo una buena exploración y se aseguró de que no había más que un piso sucio salpicado de burbujas. Jaló dos toallas del toallero y las extendió en el piso y colocó a Thomas en el centro. Sus puños apretaron el pelo otra vez y aulló, negándose a dejarla ir.
―Auch auch ¡Pedro ayúdame! ―Manos firmes desenmarañaron con cuidado los puños del bebé desde su dolorido cuero cabelludo y el labio inferior de Thomas tembló. Un aullido resonó en el pequeño espacio y sus nervios gritaron en agonía. No le extrañaba que dijeran que el llanto de un bebé podía hacer que una persona enloqueciera. Haría cualquier cosa para callarlo―. Oh Dios, está llorando otra vez. Dame el patito de goma, allí.

Rápidamente Pedro le entregó el blando juguete y ella se lo pegó en las manos al bebé, este se lo metió en la boca, chupando como loco.
―Impresionante movimiento ―comentó Pedro.
Ella sonrió con orgullo, se arrastró hasta la bañera y cogió una toalla. Trabajaron en un silencio eficiente hasta que Paula vio la hermosa piel oliva asomar por debajo de la arcilla y el agua se volvió blanca. Los chicos charlaban sin parar, alternando entre el italiano y el inglés en una melodía musical relajante para los oídos.
―Tío Pedro, ¿cuál es el mejor superhéroe? Yo creo que es Superman.
Pedro arrugó el ceño mientras fingía pensar mucho.
―Superman es bastante impresionante, ya que puede volar y doblar el acero. Pero prefiero Batman.
Luke se quedó sin aliento.
―¡A mí también! Batman golpea a los malos.
―Pero no puede volar ―señaló Robert.
―Sí puede ―dijo Pedro―. Usa su equipo para volar como murciélago. Y tiene aparatos y el mejor coche del mundo.
Robert lo consideró, mientras que su hermano prácticamente rezumaba adoración.
―Supongo que sí. Tía Paula, ¿cuál prefieres?
Ella se inclinó hacia Pedro con una mirada traviesa.
―Thor.
―¿Por qué?
―Me gusta su pelo largo y rubio. Y amo el martillo.
Pedro se echó a reír y sacudió la cabeza.
―No tienes remedio. Eres chica.
―Sí. Es como las chicas ―imitó Robert.

―No parezco una niña en este momento ―murmuró. Su hermosa blusa campesina estaba pegada a la piel por el sudor y el vapor y usaba el codo para apartarse algunos hilos de pelo pegados. Por supuesto sabía que el maquillaje se le había escurrido por toda la cara desde hacía un buen rato. No era extraño que las madres nunca quisieran sexo. ¿Quién iba a desear un orgasmo cuando el sueño de una buena noche era aún mejor?
―Estoy hecha un desastre.
Estaba a punto de reírse de su propio comentario pero su mirada se quedó enganchada en la de él.
Ojos negros como el carbón profundizaban en ella. La desnudaron rompiendo todas las barreras. Zumbaba la energía entre ellos, bastante ridículo en este ámbito doméstico, pero real y brillante. Quemando. Sus terminaciones nerviosas se estremecieron con esta conciencia cuando le devolvió la mirada, incapaz de romper la conexión.
―Creo que te ves hermosa ―dijo suavemente.
Todo dentro de ella se sacudió con fuerza, se derritió. Y se rindió. Levantó la mano para coger la suya, para pedirle perdón por su comportamiento horrible, para decirle todos sus secretos pasados y la emoción que encerraba dentro de ella.
De repente, Robert bajó la mano hasta su entrepierna y agarró su pene. Luke también se lo cogió y se rió señalándolo, su hermano comenzó a mecerse hacia atrás y adelante, como si fuera un juego de ping-pong.
―¡Pis-pis! ¡Los niños tienen pis-pis, y las niñas tienen Vaselines!
Robert se detuvo y dio un largo suspiro, buscando paciencia.
―Vaginas, Luke. Vaginas.
La magia del momento se nubló y desapareció. Ambos miraron a los dos niños y Paula intentó controlar el rubor. Tal vez era el Destino interviniendo o la Madre Tierra. Quienquiera que fuese, se agarró a la distracción.
―Sí, bueno, no vamos a tocar nuestras partes íntimas. Aquí están las toallas para secarse.

Se negó a avergonzarse por un par de niños pequeños. Por el amor de Dios, ella había manejado al crecido equipo masculino en el set todo el tiempo, sin un tropiezo.
Ellos no le hicieran caso.
―¿Por qué las niñas no tienen pis-pis tía Paula? ―le preguntó Luke.
Miró a Pedro en busca de ayuda, pero una sonrisa de mal culo curvó sus labios. Ella se negó a dar marcha atrás ante el obvio desafío. Podía hablar honestamente con los niños. No había problema.
―Dios los hizo diferentes. Y tienes razón, Robert, las chicas tienen lo que llamamos vaginas. ―Ella disparó a Pedro una sonrisa satisfecha. Toma esto.
―¡Pero sin un pipí, las niñas no tienen nada que tocar! ¿Qué haces tú?
El silencio descendió. Pedro aplastó el puño contra la boca, en un intento de sofocar la risa.
Ah, demonios. Ella se dio por vencida y agitó la maldita bandera blanca.
―Pregúntale a tu tío.
Con su último gramo de dignidad tomó al bebé y salió. Asno.
Horas más tarde, se sentó en el suelo junto a la cama de los chicos y apoyó la cabeza contra la pared. Los suaves ronquidos de los pequeños flotaban en el aire tranquilo. Se negaron a irse a la cama a menos que alguien estuviera junto a ellos, así que Pedro huyó apresuradamente y ella estaba más que feliz de retrasar cualquier tiempo a solas entre los dos. Sus dedos aún sostenían la pequeña mano de Robert, relajada y cálida dentro de la de ella. Paula se sentó en la alfombra y retrocedió lejos, recordando.
Había tenido pesadillas cuando era pequeña. El monstruo con sangre en los dientes y ojos salvajes que surgía de su armario para comerla. Una vez, ella había salido corriendo de la habitación para buscar a sus padres pero ellos no estaban en
la cama. Nick no era lo suficientemente grande para protegerla y acabar con el monstruo así que fue hacia abajo pero se detuvo en medio de la escalera.
Su padre estaba con otra mujer en el sofá. La mujer se reía tontamente y gemía por lo bajo, Maggie vio la ropa en el suelo. Trató de no hacer ruido pero estaba tan asustada que llamó a su padre.
Recordó la mirada que él le dirigió. Distante. Molesto. Completamente indiferente.
―De vuelta a la cama, Paula.
Ella tragó saliva con terror.
―Pero papá, hay un monstruo en mi armario y me va agarrar.
La mujer que no conocía se echó a reír y su padre se vio aún más molesto.
―Estoy ocupado y estás actuando como una bebé. Vete arriba, ahora, o te azotaré.
―Pero…
―¡Ahora!
Se apresuró a subir a su enorme habitación llena de juguetes y animales de peluche, pero vacía. Se metió debajo de la cama con su perrito de peluche y esperó a que el monstruo fuera a buscarla. Durante toda la noche, mientras sollozaba en silencio sobre la alfombra, se preguntaba por qué nadie la quería. Se preguntaba si alguien podría amarla.
Paula apretó la mano pequeña. Un agotamiento doloroso se apoderó de ella. Apoyó la cabeza contra el colchón y aspiró el dulce olor de Robert, cerrando los ojos por un momento. Solo un momento.
¿Dónde estaba Paula?
Pedro esperó, pero el silencio llenaba la casa. Se imaginó que volvería en unos minutos, pero el tiempo pasó y no escucho voces. Ahogó un gemido y se levantó
del sofá. Porca Vacca. ¿Y si los muchachos le habían hecho algo horrible, como una trampa disimulada y estaba metida ahí, incapaz de gritar? Se acordó de la historia de Peter Pan y los Niños Perdidos, contuvo una sonrisa por la ridiculez de la noche.
Paula confirmó su creencia de que no sería una típica madre. Supuso que estaba aliviado. Después de todo, manejó la mayor parte de las escenas con inquietud y un leve terror, aunque sus sobrinos eran conocidos por la mayoría de las niñeras en un radio de hasta una hora de distancia de la ciudad.
Su temperamento reaccionaba antes las bromas rápidas y constantes de Paula, pero se las arregló para encantar a cuatro muchachos que por lo general preferían que los extranjeros permanecieran fuera de su círculo. Raro, habían acudido a ella casi como si reconocieran la dulzura de su alma, completamente oculta por su comportamiento. Incluso el bebé le chupaba como un loco los nudillos y gritó cuando Pedro trató de apartarlo.
Pero Paula Chaves era totalmente inadecuada para su estilo de vida y su corazón. Rechazaba cualquier tipo de intimidad entre ellos. Tenía que atravesar esta maraña de emociones y dejarla ir.
Se detuvo en la puerta y se quedó mirando.
Estaba dormida. Su cabeza descansaba cerca de Robert, su respiración profunda y regular, con las manos entrelazadas en la parte superior de la manta. El silencio caía sobre el pacífico ambiente y, por primera vez, Pedro devoró ávido las características de su esposa falsa, vulnerable bajo la penumbra que la lámpara de noche arrojaba sobre ella.
¿Qué estaba haciéndole a su familia?
¿Qué le estaba haciendo a él?
Extrañas sensaciones burbujearon y lo sorprendieron sin piedad. No necesitaba esto. Llevaba cuarenta y ocho horas en su compañía y todo parecía diferente. Nunca antes deseó saber más de una mujer, por lo general estaban más que dispuestas a caer de rodillas, emocionadas por su dinero y su aspecto y naturaleza fácil. No es que fuera arrogante, pero las cosas siempre fueron un poco demasiado fáciles. Especialmente en el departamento femenino.

Hasta Paula.
Una sonrisa apareció en sus labios mientras ella roncaba suavemente. La pobre mujer estaba agotada. Había dormido poco y corrido demasiado. Echó un vistazo a su reloj y tomó nota de que sus primos llegarían a casa en una hora. No quedaba mucho tiempo, pero no quería dejarla en el suelo con las piernas dobladas como un pretzel.
Le soltó la mano de la de su sobrino y la levantó con facilidad. Ella murmuró en señal de protesta y luego se acurrucó en sus brazos. Pedro reprimió una maldición y juró que mantendría las manos quietas. Se sentó en el sofá con ella en brazos y estiró las piernas sobre la mesa, apoyándolas sobre un cojín.
Paula soltó un gruñido y sumergió la cara en el hueco de su cuello.
Se puso rígido.
Ella tomó una respiración profunda y relajada, como si le gustara su olor y luego abrió la boca y le pasó la lengua por un lado de la mandíbula como si muriera por probarlo.
Maldijo y luchó contra la necesidad de reclamar sus labios y profundizar. Las manos de ella le recorrieron los hombros, se hundieron en su cabello y le instaron a avanzar hacia sus labios.
Diablos, no.
―Paula.
Abrió los ojos somnolientos. Su mirada aún le recordaba a un gato. Penetrante. Misteriosa. Llena de fuerza.
―Despierta, cara. Te quedaste dormida.
―Estoy muy cansada.
―Lo sé cariño. ¿Por qué no cierras los ojos y duermes un poco antes de que mis primos lleguen a casa?
Esperó a que volviera a caer en el sueño, pero nunca cerró los ojos, sólo lo miró con una tristeza desgarradora que destrozaba su corazón. Por desgracia, otra revelación lo golpeó con el martillo de Thor.

Ella tenía mucho para dar, pero nadie a quién dárselo. Enterraba todas esas emociones caóticas en lo profundo, en un lugar secreto, oculto. Y fingía que estaba bien.
Como si presintiera su deseo por más, las palabras salieron vacilantes de su lengua.
―Estoy tan cansada de estar sola. Cansada de que nadie me quiera.
Sus palabras lo golpearon como una explosión. ¿Estaba medio dormida y no tenía idea de lo que había dicho? Y si era así, ¿se despreciaría a la fría luz del día por revelar sus secretos?
Diablos, ya no le importaba. Necesitaba más y las oportunidades eran pocas. Le acarició el pelo suavemente y ella se suavizó bajo la caricia.
―¿Por qué dices eso, cara?
Se hizo el silencio. Su rostro cambió y él sabía que ella estaba completamente despierta. Se preparó para su retiro glacial con las excusas de siempre.
―Porque es la verdad. Mis padres no me quieren. Traté con todas mis fuerzas, pero no me quieren. Un día pensé que estaba enamorada. Él me dijo que yo era especial. ―Un dolor crudo hizo estragos en su cara para luego suavizarse―, pero me mintió. Así que me prometí que nunca me lastimarían de nuevo. Me prometí que nunca sería rechazada de nuevo.
Se detuvo con un silencio estremecedor y luego bajó la voz a un susurro.
―Y nadie más lo ha hecho. Estoy sola.
Pedro apretó su abrazo. Su cuerpo tendido sobre su pecho. El labio inferior de Paula había temblado y se suavizó con la verdad que salió de sus labios. En ese momento, una pared se derrumbó entre ellos, una visión interna de lo que la hizo elegir ese camino cristalizó en su mente.
La necesidad de alejarla del dolor era una prioridad, mientras, le tomó la cara entre las manos y bajó su boca a la de ella.
―Ahora no estás sola ―murmuró―, estás conmigo.
La besó. Fue diferente de la pasión cruda, carnal, de su encuentro anterior, el beso le cortó el alma hasta la médula. Su sabor era pura dulzura, los labios de Paula se
abrieron bajo los suyos y su lengua le pedía humildemente, produciéndole sacudidas como si estuviera en medio de una tormenta. Gimió y profundizó el beso, ahogándose en la suavidad de los pétalos ocultos bajo las espinas. Ella se arqueó hacia arriba y lo dejo entrar. La devoraba, reclamando cada espacio, cada lugar escondido en su boca, luego bajó hacia el cuello para chupar y morder, haciéndola estremecerse, retorcerse, aferrada a él.
Pedro cambió su posición y la empujó hacia abajo, paralela a él. Cadera con cadera, pierna con pierna, su erección la presionaba entre los muslos. Ella jaló su camiseta fuera de los jeans y metió las manos por debajo de la tela haciendo que Pedro murmurara algunas palabras a medio camino entre la maldición y una oración. Sintió sus manos cálidas acariciando los músculos de su pecho, la pequeña mordedura de las uñas en la espalda, la forma en que ella acomodó las piernas para acunarlo más íntimamente. Loco por la necesidad de quitarle la ropa y tomarla en el sofá de su primo, respiró profundo, en un esfuerzo para calmar sus nervios.
―Tenemos que controlarnos cara o te voy a tomar aquí mismo.
Se preparó para el frío una vez que ella volviera en sí, pero lo único que hizo fue colgarse de la parte posterior de su cabeza y obligarlo a bajar sus labios para besarlo. Entre besos profundos y hambrientos, el murmullo pasó a través de sus oídos.
―Te deseo Pedro.
El sonido de su nombre lo apretó como tenaza caliente y su erección creció todavía más. Deslizó las manos por debajo de la curva de sus nalgas y la subió, directamente sobre su erección. Se quedó sin aliento mientras la mecía contra él con movimientos burlones, pero mientras estaba concentrado, el fuerte chasquido de sus vaqueros resonó en el aire.
―Cariño, creo que necesitamos… ¡Dios!
Dedos calientes se zambulleron debajo de su cintura y agarraron su erección. Fuegos artificiales explotaron en su visión, y nunca se sintió tan feliz de no usar ropa interior. Ella le apretó suavemente y luego empezó a tirar hacia abajo los jeans para conseguir más espacio y…
La puerta se abrió.

El sonido de una risa cortó la escena como en las malas comedias. Ambos saltaron como adolescentes traviesos, alejando manos, dedos y ajustando la ropa mientras sus primos se hallaban en la puerta. Una mirada a las mejillas rosadas de Lizzie hizo que Pedro apostara a que habían tenido una buena en el coche. Después de todo, si cuatro niños eran un indicio de su forma de vida, ellos seguramente se habían saltado la película para irse directo a tontear por ahí.
Pedro se sentó y tiró de Paula hacia él. La sonrisa de Brian se ensanchó.
―Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? ―se cruzó de brazos y chasqueó la lengua―. Mis cuatro hijos inocentes están durmiendo en el pasillo y ustedes se están comportando como en película porno.
Pedro lo llamó una mala palabra, que solo hizo que Brian riera más. Una mirada al rostro de Paula hizo que su primo frunciera el ceño.
―Estoy bromeando Paula.
Con el labio atrapado entre los dientes, su tigrotta había perdido su gruñido. Se puso de pie y se balanceaba de un pie al otro pareciendo avergonzada, incómoda y vulnerable. Pedro la tomó de la mano y la atrajo hacia él, pasándole el brazo por los hombros.
―Lo siento Bri, los dos estamos agotados. Los chicos están bien. Destrozaron la casa y no la limpié.
―Gilipollas.
―Igualmente.
Dijeron adiós, Lizzie y Brian le dieron besos y abrazos a Paula y Pedro la metió rápidamente en el coche.
Ella apoyó la cabeza contra el asiento y miró hacia la noche sin hablar. Por primera vez en su vida se sentía completamente incómodo con una mujer, sin saber lo que pensaba y queriendo confortarla. No, era un mentiroso. Quería hacer el amor con ella. Luego la consolaría.
―Lo siento.
Pedro sacudió la cabeza y se preguntó si habría oído mal la suave voz.
―¿De qué hablas?

Ella dio un suspiro.
―De lo que sucedió antes. En el cuarto de baño de la casa de tu mamá. Fui una perra.
Genial. Una mujer que admitía su error. ¿Qué iba a hacer con ella? ¿Por qué no podía simplemente quedarse en su personaje y dejar de sorprenderlo?
―Aceptado ―hizo una pausa―. ¿Podrías explicarme por qué?
Ella se puso rígida, pero no evitó la pregunta.
―Estoy jodida.
Él se echó a reír.
―¿Quién no lo está? Me moví muy rápido. Estos últimos días han sido abrumadores. Te sorprendí.
―Oh, por favor ―soltó un bufido―. Había planeado seducirte, por lo que no me sorprendiste. No creas que soy una persona tímida, inocente y vacilante que puedes manipular con tu encanto.
Él sonrió. Esta era la Paula de siempre con la estaba acostumbrado a pelear y lo disfrutaba.
―Si es así, espero que te recuperes rápido. No creo que pueda soportar otra noche con esta erección.
Ese comentario le valió una mueca de desprecio.
―Tal vez si dejaras de conducir como un anciano, podríamos llegar a casa antes de que la pierdas.
Él no respondió. Solo pisó el acelerador.
Se colaron en el interior de la casa y cerraron la puerta. Paula se quitó los zapatos e hizo un gesto hacia el baño.

―Tú primero. Tengo que tomar algo de mi maleta.
Pedro se apresuró con lo mínimo necesario, decidió quitarse la camisa pero se dejó los jeans. Descalzo, salió del cuarto de baño, el corazón le latía como si su primera vez lo estuviera esperando y no supiera si iba a ser capaz de durar.
Cuando por fin la vio, se dio cuenta de que estaba condenado. Era el cielo y el infierno juntos y saludó al diablo con una sonrisa en su rostro.
Se había parado bajo una de las lámparas antiguas que iluminaban con suavidad. La tenue luz resaltaba la turgencia de sus pechos encerrados en fino encaje negro. El pelo sedoso brillaba y le rozaba los hombros. Se vislumbraba la curva completa de la cadera y la extensión de las piernas desnudas donde la tela terminaba encima de la rodilla.
A medida que avanzaba, se dio cuenta de que era algo más que su cuerpo lo que lo hipnotizaba. Por segunda vez esta noche, un destello de vulnerabilidad brillaba en sus ojos verdes de gato. Sus pies se movieron apenas un centímetro, como si todavía no estuviera segura, pero decidió que ya había esperado demasiado tiempo para reclamarla.
La agarró por los hombros mientras cerraba el espacio entre ellos. Las puntas de sus pezones rozaban su pecho desnudo y ella dejó escapar un suspiro diminuto. Satisfecho, la miró en silencio, observando cada centímetro de ese cuerpo que estaba a punto de pertenecerle. Su cachorra estaba indecisa.
―Um, Pedro tal vez deberíamos…
―No cara ―sonrió y alzó su barbilla―. Ya es hora.
Paula se preguntó si todas esas novelas románticas BDSM habían debilitado su mente. En lugar de hacerse cargo con su experiencia sexual normal, solo era capaz de mirar, con las rodillas temblorosas, cómo el hombre que tenía delante le decía exactamente lo que iba a suceder.
Dios, amó cada momento.

El calor de su cuerpo crecía y la atormentaba mientras bajaba la cabeza. Un grito ahogado escapó de su garganta y lo dejo escapar sin preocuparse. Necesita su boca, sus manos y su cuerpo para ahuyentar los demonios de duda y la vulnerabilidad que la desgarraban. Los mismos fantasmas que esperaban en su armario a altas horas de la noche para burlarse de ella sin disolverse en humo. Pedro Alfonso finalmente la besó.
Sin tabúes.
La hora de los besos y la lenta seducción había terminado.Paula estaba totalmente sobrepasada por el asalto que empujó y estimuló cada resquicio de su boca, hasta que se abrió totalmente y se dejó ir. El sabor a café con menta y el hambre cruda inundó sus sentidos y deslizó los brazos alrededor de sus hombros para colgarse de ellos. Él se inclinó hacia ella y la devoró, prometiéndole el cielo y el infierno, mientras las emociones golpeaba su cuerpo en oleadas. Sin control, el beso era pura supervivencia y se deleitaba con cada golpe de su lengua, cada mordisco de sus dientes, hasta que la excitación empujó su erección entre sus muslos.
Arrancó los labios de los de ella y respiró con fuerza. Una lujuria salvaje brillaba en el negro carbón de sus ojos cuando la mirada recorrió su cuerpo medio desnudo. Un estremecimiento lo atravesó por la necesidad, le temblaban las manos mientras trazaba una línea en el valle de sus pechos y alrededor de las copas. Sus pezones se levantaron demandando. El pulgar pellizcó uno, luego el otro, las rodillas de Paula se debilitaron mientras una descarga de caliente necesidad la golpeó directamente en el clítoris.
Dio medio paso atrás, estudiando cada centímetro de ella. Y con una sonrisa lobuna, la empujó sobre la cama.
Paula no tuvo tiempo para ordenar sus pensamientos mientras se despojó de sus pantalones vaqueros en un tiempo récord. El poder absoluto y la tremenda longitud de su erección le robó el aliento. Alargó la mano para tocarlo, pero se movía demasiado rápido. Los dedos de Pedro ya estaban sobre las frágiles tiras de su camisón tirando de la tela hacia abajo sobre sus pechos, sus muslos, sus pantorrillas, sus pies.
Lanzó lejos el camisón y poco a poco le separo las piernas.

Paula gimió mientras cedía a sus demandas. La impotencia bajo esa mirada hambrienta le causó una oleada de pánico, despertó un aleteo en su estómago. Levantó las manos para apartarlo, pero como si él intuyera su malestar repentino, alzó la cabeza para mirarla.
―Eres tan jodidamente hermosa ―murmuró. Sus dedos suavemente separaron sus pliegues hinchados y se sumergieron en su canal húmedo, empujando lentamente―. Dios, si no te pruebo me voy a morir.
―Pedro…
―Sí Paula, muéstrame tu placer. Muéstrame como disfrutas lo que te hago.
Su boca se sumergió. Su lengua caliente rodeó su clítoris hinchado, mientras un dedo se unió a los otros y se hundió profundamente. Ella se arqueó hacia arriba y gritó. La sensación abrumadora de su embestida combinada con su lengua juguetona alrededor de su brote, la llevaron lentamente hacia el límite. Sus dedos se agarraron a la manta en un esfuerzo por mantenerse en tierra pero Pedro nunca aflojó, girando y chupando con una presión suave y constante que le calentaba la sangre y la llevó más y más rápido hacia el orgasmo.
―Me voy a... oh Dios, no puedo…
―Vamos Paula, córrete para mí. ―Con un empuje final mordisqueó suavemente el clítoris y ella voló más allá del límite. Gritó y se convulsionó, sus caderas arqueándose más. Empujando una y otra vez llegó a lo más profundo y alargó su clímax hasta que cada músculo se estremeció de dolor y éxtasis.
Pedro presionó besos en sus muslos, luego se deslizó hacia abajo y volvió con un condón. Tiró el paquete al lado y cubrió el cuerpo de ella con el suyo. Paula gimió ante la sensación de su piel caliente sobre la de ella, cada músculo apretado contra sus curvas, su dura longitud palpitante.
Probó la esencia de su propio almizcle mientras la besaba larga y profundamente. Impotente por la intensidad de su orgasmo, lo dejó tomar todo, conduciéndola de nuevo en una lenta espiral de lujuria. Jugaba con sus pezones, los tenía entre los dedos, el placer la llevó a la locura y quiso entregarse por completo dándole lo que él pedía.
―Tómame Pedro ―rogó. Sus caderas se alzaban en demanda, enganchó un tobillo alrededor de su pierna tratando de pegarlo a ella―. Por favor.

Se rió, suave y perverso. Sus dientes rozando el pezón provocaban escalofríos.
―Lo pides tan tierno, cara. No puedo esperar para sumergirme dentro de ti.
Cogió el condón y se lo puso, luego hizo una pausa en su entrada. La humedad goteaba por los muslos y le daba la bienvenida. Se burló de ella un poco, penetrando unos centímetros y luego unos pocos más, hasta que Paula volvió la cabeza de un lado al otro y sus uñas se clavaron en la espalda de Pedro, castigándolo.
―Más ―exigió―. Maldición, mételo entero.
Le sostuvo la cabeza inmóvil, con los ojos oscuros perforando los suyos y la promesa de tomar y saquear todo lo que tuviera para dar. Luego se sumergió profundamente.
Paula se quedó sin aliento cuando la llenó hasta la empuñadura, poseyendo con su enorme tamaño, no solo su cuerpo, sino su mente y su alma también. El pánico la golpeó, la fuerza de la invasión completa de un hombre que sería capaz de tirar todas las barreras de su fachada y desenterrar la verdad.
―¡No! ―jadeó, los latidos salvajes de su corazón estrangulando su aliento―, no puedo, no puedo.
―Silencio mia amore. Relájate. Déjame entrar.
Su cuerpo se relajó y la sensación de plenitud causó una fuerte oleada de calor. Pedro gimió, obviamente luchando por el control y Paula jadeó, su cuerpo contra el colchón, sin salida. El sentirse indefensa la sobrepasaba. Las lágrimas le quemaban los ojos.
―No puedo.
Pedro le dio un beso en la frente, con todos los músculos en tensión.
―Así nena, yo sé lo que necesitas ―con un movimiento rápido, rodó hasta que la tuvo a horcajadas sobre él. La libertad y el control repentino golpearon a través de ella. Se relajó y se arqueó, arrancando un gemido de sus labios.
―¿Mejor?
―Sí ―una alegre sonrisa curvó sus labios.

Maldijo, con las manos ahuecando el pecho de Paula.
―No voy a durar. Cabálgame, cara. Cabálgame duro.
Echó la cabeza hacia atrás moviéndose arriba y abajo sobre el pene, deleitándose en su respuesta cruda, desnuda y en su propia capacidad para hacer que este hombre la anhelara con tal fuerza. Lamió y succionó profundamente y el marcarle la piel rápidamente la llevó de vuelta a la locura. El pelo le caía por la espalda y los dedos de Pedro trabajaban sus pezones llevándola hasta el límite, sintiéndose libre y hermosa encima de él.
―Ahora mia amore. Ahora.
Con una zambullida final, Paula se hizo añicos. Gritó su nombre y oyó su grito ronco seguir al de ella. El mundo a su alrededor se rompió en trozos irregulares y disfruto del placer hasta el final. Cuando se derrumbó encima de él y sus brazos la rodearon, una palabra resonó una y otra vez en su mente, su corazón, su alma.
Casa.
Luego cerró los ojos y se durmió.



3 comentarios:

  1. Guauuu ¡ Jesy q intenso fue eso jajajajjaja por fin concretaron. La parte de los chicos muy tiernos ! Seguí subiendo no la a bandones :)

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  2. Muy buen cap!! Muy intensa su primera vez..y me reí mucho con las travesuras de los chicos! mimirixb

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  3. wow que intenso,me encanto!!!

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