viernes, 19 de septiembre de 2014

Capitulo XIII

Paula se tendió sobre la cama y miró al techo. Su decisión era final.
Ella estaba sacando el infierno de Dodge.
Desde que puso un pie en la casa de Alfonso, perdió su balance. Había conseguido ser succionada por los dramas familiares y en una extraña manera, empezó a importarle. Lo cual era un no-no. Ella necesitaba ser capaz de distanciarse de Pedro y conseguir acostumbrarse al reconocimiento de que él no estaría alrededor por más tiempo. Él podría no estar colgado de Alexa. A ella no le importaba cómo había tratado de salir de este negocio. Ella se aseguró de que se atascara con su palabra. De todas formas, la última cosa que necesitaba era enseñar el trasero a algún tipo que quería cosas diferentes que ella.
¿No es así?
Sus pensamientos giraron y ella rodó sobre su costado y gimió. ¿Por qué había comenzado a dudar de sí misma? Su decisión inicial de dormir con él y sacarlo de su sistema fracasó. Una noche y a ella ya le importaba demasiado. ¿Qué si se había ligado? ¿Qué si tenía algunas ridículas ideas acerca de amor y permanencia? Seguro, él le dio orgasmos múltiples y la satisfacía físicamente. ¿Pero qué de su corazón? ¿Podía su corazón manejar semejante golpe?
Nop. Llámala cobarde, pero cuando Pedro regresara, ella estaría en el siguiente avión de vuelta a casa. Diría que su madre se enfermó. O que había ocurrido una muerte en la familia, algún tío lejano perdido. Lo que sea que la llevara lejos, muy lejos.
Un golpe sonó en la puerta. Ella saltó inmediatamente aterrada.
―¿Quién es?
―Carina. ¿Puedo entrar?
―Seguro.
La joven chica rebotó dentro y se sentó junto a ella en la cama. Paula sonrío a la mirada feliz en su cara. Por un momento, se había resistido a su mal humor y parecía alegre. Su maquillaje estaba aplicado con un mano más sutil, sus ropas mostraban un poco de su figura, diferentes a los jeans holgados y camisetas que la chica por lo general lucía. Al menos Paula había ayudado a Carina en alguna forma. Una cosa que manejó sin cagarla.
―¿Cómo estuvo tu noche de fiesta? ―preguntó Paula―. Y antes de que respondas, es mejor que sea bueno. Tuve que lidiar con tus primos anoche y todavía me estoy recuperando.
Carina se río y cruzó sus piernas. Sus ojos encendidos con emoción.
―Paula, fue tan increíble. Amééééé a Sierra; ella fue súper buena onda. Y maravillosa. Y los chicos eran realmente agradables y educados. Era un grupo grande así que nunca me sentí incomoda, ¿y adivina qué? ¡Ellos dijeron que sería una gran modelo!
Pedro sonrío.
―Lo harías, pero no sé si eso es algo que quieras perseguir, Carina. Personalmente, creo que lo harías mejor con una educación universitaria y tu arte. Eres talentosa.
Un rubor tiñó sus mejillas.
―Gracias. Sí, Pedro y mama probablemente enloquecerían. Pero fue agradable que ellos en realidad pensaran que sería lo suficientemente buena para modelar. Me invitaron a su siguiente sesión y ahora tengo sus números de teléfono y nos enviamos mensajes de texto de ida y vuelta.
―Me alegra que hicieras algunos nuevos amigos.
―A mí, también. ¿Puedo pedirte un favor?
―Mientras que no implique ser niñera.
―¿Puedo tomar prestada una de tus bufandas? ¿Tienes alguna azul hielo? Quiero tratar con un nuevo atuendo y necesito un accesorio lindo. ―Arrugó la nariz―. A Venezia le da un ataque cuando tomo prestado algo de ella y Julietta sólo tiene
ropa de negocios.
―Seguro. Traigo alguna extra en mi bolsa de viaje. Está en el armario… sírvete tú misma.
Carina parloteaba acerca de los detalles de su noche y Paula se inclinó hacia atrás sobre la cabecera, relajándose bajo el ritual de ropas siendo prestadas y chicas hablando. Carina decía oohs y aahs sobre un puño de sus bufandas, tomó dos, entonces de detuvo.
―¿Qué es esto?
Paula miró hacia arriba. Su corazón se detuvo.
Carina sostenía un pequeño libro cubierto de tela con una brillante cubierta púrpura. La chica lo miró con curiosidad, entonces lo volteó abierto.
―¡No! ―Paula se apresuró al lado en un esfuerzo por agarrarlo.
―¿Cuál es el problema? ¿Es un hechizo de amor? Oh, mi Dios, es eso. Genial.
Oh. Mi. Dios.
El recuerdo de su noche ebria golpeó en su cerebro y le dio un instantáneo dolor de cabeza. Sí, ella apoyó a Alexa cuando su amiga lanzó el hechizo para un hombre. Sí, Alexa terminó casándose con el hermano de Paula y ellos eran felices. Pero no había manera de que eso fuera hecho con el hechizo. De hecho, Nick era el opuesto completo de todo lo que Alexa había pedido originalmente, pero cuando ella señaló eso, Alexa sólo se río y dijo que la Madre Tierra había tenido razón todo el tiempo.
Alexa la obligó a tomar el libro de hechizos y usarlo. Paula se había rehusado al principio, pero eventualmente lo lanzó en su bolsa y se olvidó de ello.
Hasta esa noche. Cuando se dio cuenta de que nunca podría encontrar el hombre correcto para casarse, nunca tendría niños y estaría sola por el resto de su vida. Entonces bebió demasiadas margaritas, vio una película cursi y sacó el libro violeta. Luego procedió a hacer un fuego en su sala de estar y crear la temida lista.
Las cualidades que ella demandó hicieron que apretara sus ojos cerrados y evitara el recuerdo. Estúpida y juvenil. Por supuesto, los hechizos de amor no funcionan, pero deslizar el papel bajo la cama parecía como lo mínimo que podía hacer
después de hacer un maldito fuego y quemar la lista. Ella nunca le dijo a Alexa, una de las primeras cosas que había escondido de su mejor amiga. Mejor mantener el secreto en caso de expansión de noticias.
Como sea, no había un hombre en el mundo que contuviera las cualidades que ella buscaba. Ella bien pudo buscar héroe en el diccionario y desear que Superman apareciera fuera de la su ventana de su apartamento.
Olvidó por completo que había lanzado el libro en su bolsa de viaje, en un esfuerzo por olvidar lo que había hecho. Ahora, la verdad de su locura se burló de ella en violeta neón.
―Carina, no es nada, en realidad, olvidé que estaba allí. ―Se río, pero incluso a sus propios oídos sonó falso―. Mi amiga me lo dio como una broma.
Carina pasó rozando las páginas.
―¿Lo hiciste? ¿El hechizo de amor? ¿Es así como Pedro y tú se conocieron?
Humillación la arrastró hacia abajo como una succionante marea en contracorriente.
―No, por supuesto, que no. Es sólo una broma y me olvidé de deshacerme de él.
Los ojos de Carina se ampliaron.
―¿Puedo tenerlo?
Paula apuñó sus manos y miró con horror al libro.
―¿Qué? No, no, es una cosa tonta. Esa cosa no funciona y tu hermano me mataría si te ve con un libro de brujería.
―No es brujería. Esto dice que tienes que enlistar todas las cualidades que quieres y necesitas en una pareja. Seguir el hechizo y él viene a ti. ―Ella se movió a través de las páginas mientras Paula luchaba con el pánico absoluto―. Wow, esto dice que tienes que hacer un fuego en honor a la Madre Tierra. Oh, Paula, ¿por favor? Juro que no le diré a un alma, es sólo súper interesante.
La boca de Paula colgó abierta como un pez. ¿Por qué no lo lanzó fuera cuando tuvo la oportunidad? Era como una moneda falsa que seguía apareciendo. Iba a matar a Alexa por obligarla a tomarlo. Absolutamente la mataría.

―¿Paula? ¿Por favor?
Con creciente anticipación, ella miró al libro, como si esperara ver si podía desaparecer en una nube de humo. No tuvo suerte. Que malísimo día, comenzando con un gato loco. Ella cerró los ojos y esperó que eso no fuera a convertirse en el error más grande de su vida.
―Está bien, bien. Pero no le digas a nadie. ¿Sabes que es sólo una broma, cierto? Dime que no estás pensando en tomar esto seriamente, Carina, o lo lanzaré lejos ahora.
Carina sacudió su cabeza y levantó su mano.
―Lo prometo. Sólo pienso que es divertido. Cuando terminé de mirarlo, me desharé de él. ¡Gracias, Paula! ―Ella saltó de la habitación y cerró la puerta detrás de ella.
Paula rodó y aplastó su cara en la almohada.
Suficiente. Ella despreciaba las fiestas de lástima, especialmente las suyas. Tenía que empezar a empacar sus maletas, comprar un boleto de avión y conseguir salir de aquí.
Un golpe sonó en la puerta.
Ella gimió en su almohada.
―¡Váyase!
―Paula, voy a entrar.
Pedro.
Ella saltó. Tal vez eso era lo mejor. Realizar la confrontación de una vez. Él le gritaría por echar a perder su vida familiar, ella le diría que se iría de aquí y llegarían a algún tipo de acuerdo así ambos podrían tener lo que querían. Suavizó su cabello hacia abajo y tomó una respiración profunda.
―Entra.
Él entró y cerró la puerta detrás de él. Su boca se secó y su estómago revoloteó. Su presencia llenó la habitación y llenaba cada pulgada libre con una masculinidad
que era parte natural de quien él era. Paula tenía una loca visión de despojarlo de sus ropas y rendirse a él justo aquí. Justo ahora.
Antes de irse.
Luchó con el impulso y se mantuvo calmada. Sus oscuros ojos la abrasaron como si esperara que ella hablara.
―Supongo que estás aquí para gritar.
Su labio se torció.
―No esta vez.
El silencio pulsó con un trasfondo de peligro. La candente tensión sexual se encendió entre ellos, causándole retroceder unos centímetros lejos de él. Sólo unos centímetros.
―Oh. Bien, bueno, porque no estoy de humor. He tenido un día de mierda.
―Yo, también. Estoy a punto de cambiar eso.
Ella escuchó un golpe y se dio cuenta que él se sacó los zapatos. La elegante tela de su camisa apenas contenía su ancho pecho y musculosos brazos. Paula enroscó sus dedos para frenar la urgencia de explorar cada duro ángulo de su cuerpo. Ella salió disparada.
―Pedro, tenemos que hablar. Quiero ir a casa.
Una ceja se levantó pero se mantuvo en silencio. Él lentamente desenredó su corbata azul marino del nudo, la deslizó alrededor de su cuello y la dejó caer.
―¿Por qué?
Su boca cayó abierta.
―Um, déjame pensar en esto. Porque este viaje entero ha sido un desastre. Porque soy miserable y tú eres miserable y estamos echando a perder a tu familia. Porque odio mentir y no puedo pasar un día más fingiendo ser tu amorosa y obediente esposa. Voy a salir con una excusa. Diré que alguien murió. Un primo lejano perdido o un tío, así no me sentiré culpable. Creo que hemos hecho nuestras intenciones conocidas de estar casados por un sacerdote y estoy segura de que podemos mantener el engaño hasta la boda de Venezia.

Pedro ladeó la cabeza como si estuviera escuchando, entonces lentamente deslizó la banda de su cabello. Las hebras brillaban alrededor de su cara y cayeron a sus hombros. El gesto hizo que sus muslos se apretaran en agonía mientras un calor húmedo corría a su centro y palpitaba. Se moría de ganas de fotografiarlo, un poderoso, peligroso macho contenido en un traje civilizado. Dios, él era hermoso.
Ella parloteaba con un loco esfuerzo para reinar el deseo al rojo vivo que la atravesó.
―De hecho, si tú en realidad lo quieres, vendré a la boda de Venezia. Te di mi palabra, e intento mantener mi lado del trato.
Se quedó mirándolo impotente, con seguridad algún tipo de juego se estaba jugando pero ella no era parte de las reglas.
Una lenta sonrisa curvó sus labios.
―¿Huyendo asustada, la mia tigrotta? ―Arrastró las palabras―. Estoy decepcionado. ¿Una noche juntos y ya no puedes manejarlo?
Ella exclamó.
―Tú eres el único que no puede manejar la verdad, Alfonso. Estoy cansada de andar con mucho sigilo alrededor de ti como el resto de tu familia. Es tiempo de que despiertes y enfrentes la manera en que ves a tus hermanas y admitas que amas el control tanto que harías cualquier cosa para mantenerlo.
―Estás en lo correcto. ―Sus dedos tiraron abiertos los primeros pocos botones de su camisa.
Ella parpadeó. Un remolino de cabello oscuro. Piel profunda oliva. Los pezones planos sobre una masa de musculo.
―¿Huh? ¿Qué dijiste?
―Dije que estás en lo correcto. Hablé con mis hermanas y rogué por sus disculpas. Estoy de acuerdo con todo lo que dijiste hoy en la sala de conferencias.
Aturdida, ella sólo miró mientras los botones seguían abriéndose. Un estomago de lavadero. Una línea oscura intrigante que desaparecía debajo de la hebilla de sus pantalones. Su boca se hizo agua y su cerebro se empañó. Él desfajó la camisa de sus pantalones así que cayó completamente abierta.

―¿Qué… qué infiernos estás haciendo? ―chilló.
―Tomándote en la cama. ―La camisa golpeó el piso. Sus manos trabajaron en la hebilla del cinturón, entonces lo deslizó a través de los bucles. Luego se desabrochó su cremallera.
Su mirada recorrió con avidez sobre la perfección masculina ante ella. Él puso sus manos en sus caderas.
―Ven aquí, Paula.
Su corazón latía tan duro que estrangulaba su sangre, entonces bombeaba locamente en un esfuerzo por mantenerse al día con sus hormonas.
―¿Huh?
―Hmm, debería haber hecho esto hace un rato. ¿Quién hubiera pensado alguna vez que estarías muda? ―Enganchó su mano y tiró de ella fuera de la cama.
Estupefacta por la electricidad sexual del toque de su piel sobre la suya, se dejó guiar por lo que estaba de pie ante él.
―Déjame ser claro, la mia tigrotta. Estoy tomándote en la cama. Voy a quitar tus ropas, enterrarme profundo dentro de ti y hacer que te vengas tantas veces que la única palabra de tus labios será mi nombre, rogándome que lo haga todo otra vez. ―Hundió sus dedos en su cabello y tiró. Entonces se cernió sobre ella, sus ojos acalorados prometiéndole cada decadente, lujurioso placer que ella podía tomar―. ¿Capisce?
―Yo, yo no creo, yo…
Su boca se estampó sobre la suya.
Su mente pudo haber necesitado un momento para recuperarse, pero su cuerpo floreció y se abrió bajo su orden. Ella tomó cada golpe suave de su lengua y demandó más mientras cavaba sus uñas en sus hombros y colgaba. En minutos, sus ropas fueron sacadas.
El sabor sensual y olor de él inundaron su nariz. Ya, su cuerpo se puso húmedo y ardientemente caliente, doliendo por él para llenarla. Él gruñó bajo en su garganta y se encajó a sí mismo rápidamente en un condón. Esta vez él la instó sobre sus manos y rodillas, arrastró sus muslos aparte y se sumergió.

Ella gritó ante la deliciosa sensación de tirantez y empujó hacia arriba por más.
La profunda penetración no le dejó ningún lugar para esconderse. Paula jadeó mientras trataba de mantener algo de nuevo para ella, pero como si él sintiera su retirada, alcanzó y rodó las puntas de sus pezones entre sus dedos, ralentizando su ritmo. Cada deliberado, con fácil impulso la empujó más cerca del borde pero sin darle lo suficiente para sobrevolar. Ella gimió y trató de acelerarlo.
Su cálido aliento corrió sobre su oído.
―¿Quieres algo?
Ella se estremeció.
―Te odio.
Se río bajo.
―Me encantas en esta posición. Tienes el más hermoso trasero.
Él movió en círculos sus caderas e hizo algo que debía ser ilegal.
―Pedro, por favor.
―Quédate.
Ella trató de procesar sus palabras pero su cuerpo dolía y cada centímetro palpitaba.
―¿Qué?
Él mordisqueó su oído y acarició sus pechos.
―Quédate conmigo hasta el final de la semana, mia amore. Prométemelo.
Más cerca y más cerca. El orgasmo estaba justo fuera de alcance y ella lo ansiaba como antes, quería que aporreara dentro de ella y la reclamara.
―Sí. Me quedaré.
Él murmuró en satisfacción, agarró sus caderas y le dio todo. El clímax vino duro y rápido y ella se sacudió en la secuela. Él gritó su nombre y la siguió y se hundieron en la almohada, Pedro sosteniéndola cerca como si nunca la dejaría ir.

Pedro le frotó suavemente la espalda desnuda mientras ella se estiraba en la caricia. Una profunda satisfacción recorrió cada célula de su cuerpo y se recordó una vez más que, finalmente, Paula Chaves le pertenecía.
Su abierta y carnal reacción impactó cualquier otro encuentro que él hubiese tenido. La advertencia brillaba en la profundidad de la caja cerrada, pero se negó a estropear el momento preocupándose. De alguna manera, solucionarían las cosas. Tras la seducción de una hermosa mujer terminada en la cama, Pedro siempre experimentaba satisfacción. Lo que fluía en ese momento por su mente era el intento sentido de realización que corría por sus venas. Como si por fin hubiese encontrado a su otra mitad.
Dios, debía estar loco.
Dejándose escoger una mujer que convertiría su vida en un desastre. Su voz interior le susurró la verdad burlonamente. Ella también atraía una sensación de alegría, entusiasmo y desafío que él anhelaba, no importa lo duro que había luchado para establecerse con una mujer fácil. Era como si su pasión en el circuito de carreras se trasladase a la mujer que deseaba. Desenfrenada, salvaje, contradictoria y terca. Recordó la adrenalina al manejar ese poder, llevándolo alrededor de las curvas y manteniendo el vehículo apenas bajo control. Pedro le recordaba a la misma emoción. Ella reunía toda la gama de emociones que normalmente estaban cerradas bajo llave y se transformaban en una conducta civilizada. Su pasado lo había alcanzado finalmente.
Y era feliz.
De repente, Paula se disparó fuera de la cama. Su pelo cayendo desordenadamente sobre un ojo, con el pecho desnudo, contempló horrorizada la puerta cerrada.
―¡Oh, Dios mío, tu madre! ¡Carina! He gritado, se me olvidó que estaban en casa.
Él se rió y tiró de ella en sus brazos.
―Antes de llegar a tu habitación, mama dijo que tenía que ir a la ciudad para algún tipo de sorpresa. Tomó a Carina con ella, así que yo sabía que tendríamos unas horas a solas.

Dejó escapar un suspiro de alivio.
―Así que tenías esto planeado desde el principio. ―Ella le dirigió una mirada burlona―. Pensaba que habías venido a gritarme por involucrarme en tu negocio.
―Había planeado gritar después.
Su mano se deslizó y le dio a su pene un apretón. Él se echó a reír y la inmovilizó contra el colchón con el muslo. En ese momento, él se endureció y empujó insistentemente contra su centro húmedo. Con un brillo travieso, su mano lo exploró, acariciando la punta y deslizándose arriba y abajo sobre su eje. La mujer tenía manos peligrosas y eventualmente lo mataría. Sin embargo, moriría como un hombre feliz.
―¿Qué estabas diciendo? ―ronroneó ella, alternando entre burlones y duros movimientos de bombeo.
Pedro apretó los dientes.
―No juegues juegos que no puedes ganar, la mia tigrotta ―gruñó.
Entonces tomó sus labios en un beso duro y profundo. Su esencia de almizcle rozó su nariz mientras que el dulce sabor inundaba sus sentidos.
―Voy a ganar esta ronda, Alfonso ―susurró ella.
Su lengua pasó por encima de su labio inferior y le mordió fuerte. El pequeño dolor se disparó directamente a su pene y su piel se extendió para acomodarse.
―Te enseñaría quien es el jefe ahora mismo, pero no tengo otro condón a mano.
Ella lo guió una tentadora pulgada más.
Él se detuvo en la entrada. La cabeza le daba vueltas como a un hombre con su primera mujer.
―Estoy tomando la píldora y estoy sana. ―Sus ojos brillaron con una loca necesidad que lo llamaba.
Con un sólo empuje, se hundió dentro de ella.
Estaban uno al lado del otro, cara a cara y él se deleitó en lo íntimo de ver su expresión mientras él se movía dentro de ella. Sus pechos llenaron su mano y las bayas rojas de sus pezones le tentaron para llevarlos a su boca y chuparlos
duramente. El aroma a sándalo lo alcanzó y ella recibió cada embestida con un abierto desenfreno que disparó su sangre. Mantuvo el ritmo lento y fácil, no queriendo precipitar el placer extremo de su cuerpo floreciendo a su lado. Su canal se apretó y se quedó sin aliento mientras se acercaba a la cima. Él se agarró a su control y volcó sus caderas para golpear su punto dulce, viéndola desmoronarse.
Se tragó su nombre en sus labios y se dejó a sí mismo reunirse con ella. Entonces se dio cuenta de que la había llamado de una manera cariñosa que nunca había pronunciado antes. Un término que había guardado a la mujer que se convertiría en su esposa. Uno que nunca había utilizado antes, incluso en el apogeo del orgasmo.
Mia amore.
Mi amor.
Pedro se tragó la repentina estrechez en su garganta y la abrazó.
―Hay que vestirse.
―Hm. ―Pedro pasó una mano por sus hermosas curvas, disfrutando de la sensación de los lisos músculos y la piel sedosa―. En un minuto.
―Tu mamá debe estar en casa con Carina. Venezia quiere ir por más accesorios de dama de honor esta noche. Y tengo que ayudar a hacer la cena otra vez, maldita sea.
Su cuerpo se estremeció de risa contenida y ella le dio un débil puñetazo.
―Lo siento, cara, esta semana no fue lo que cualquiera de nosotros había esperado.
Su voz era suave susurro.
―No. No lo ha sido. ―Una pausa―. Pedro, ¿qué ha pasado con tus hermanas?
Se dio la vuelta para mirarla, luego suavizó las líneas de canela de su cara.

―Tenías razón. Sobre todo. ―El remordimiento surgió, pero él se abrió paso, sabiendo que sólo podía hacer las cosas bien en el futuro―. Me perdí en mi papel y he cometido muchos errores. Después de que irte, hablé con mis hermanas y me disculpé. También les mostré tu foto de mama y les encantó. Vamos a lanzar una nueva campaña basada en tu fotografía.
Sus cejas se dispararon.
―¿Estás bromeando? Eso es maravilloso.
Pedro sonrió, trazando el contorno de su boca exuberante. Maldijo a sus padres, que no habían visto el tesoro que ella era y la habían hecho dudar de su capacidad de amar. Se dio cuenta de que había llegado a un punto de inflexión y era necesario obligar a ambos a enfrentarse a la verdad. Su falso matrimonio se había desviado hacia algo más y creía que era demasiado valioso como para tirarlo.
Pedro le cogió la barbilla y la obligó suavemente a mirarlo.
―Escúchame, Paula. Esto es importante. En pocos días, me has hecho ver cosas de las que nunca me había dado cuenta. Cómo he estado tratando a mis hermanas y lo que realmente necesitan de mí. Has hecho sentir a cuatro niños pequeños amados y cuidados, aunque acababan de conocerte. Respetas a mi madre y has hecho comida en su cocina, que es lo más importante que puedes darle. Le has dado a mi hermana pequeña una razón para creer en sí misma otra vez y creer que es hermosa. Eres una mujer increíble, Paula Chaves. ―Él la miró profundamente a los ojos y le dijo la verdad―. Quédate conmigo.
Su corazón latía con fuerza mientras esperaba. Ella cerró los ojos, como si estuviera buscando sus propias respuestas y luego abrió la boca para responder.
―¡Pedro! ¿Estás ahí? ¡Ven rápido, mama está enferma!
Las palabras que ella estaba a punto de pronunciar murieron rápidamente, y Pedro se preguntó si siempre lamentaría el momento de la interrupción. Saltaron de la cama, se vistieron y se abrieron camino abajo. Carina estaba parada frente a la puerta de su madre.
―¿Dónde está? ―preguntó con calma, tratando de disimular su preocupación.
Ella se llevó una mano a los labios y ahogó las palabras.

―El Dr. Restevo está con ella. Fuimos a la ciudad y estaba todo bien y luego me dijo que se sentía débil y mareada. Le dije que descansara porque el sol había estado fuerte hoy pero ha insistido en llamar al doctor. ―Las lágrimas surgieron de sus ojos―. ¿Tal vez debí haberla llevado al hospital? No sabía qué hacer, Pedro.
―Calla, lo has hecho todo bien. ―Él la tomó en sus brazos para un rápido abrazo―. Vamos a esperar unos minutos y ver qué nos dice el médico. Tal vez no es nada. ¿Va bene?
Carina asintió. Cuando la soltó, se dio cuenta de que Pedro la cogió de la mano, como si fuera el gesto más natural del mundo. Murmullos bajos pasaron a través de la puerta cerrada y el aplastó su necesidad de entrar. Finalmente, el Dr. Restevo salió.
―Buon giorno, doctor. ¿Cómo está mama? ―preguntó Pedro.
Una extraña expresión cruzó el rostro del anciano. Vestido informalmente con pantalones de color caqui, una camiseta blanca y zapatillas de deporte, Pedro supuso que la llamada de Carina lo había pillado con la guardia baja. Su maletín negro se ajustaba al cliché, ya que su familia seguía creyendo en la atención a domicilio y las visitas puerta a puerta. Él miró por encima de sus gafas, sus ojos marrones preocupados.
―Um, un hospital no es necesario por el momento.
Pedro esperó más, pero el doctor permaneció en silencio, moviéndose de un pie a otro. Él desvió la mirada. Pedro contuvo su impaciencia, pero Carina estalló frente a ellos.
―¿Qué le pasa? ¿Ha tenido un ataque al corazón? ¿Por qué no nos dice algo, es muy malo?
El médico pasó una mano por sus entradas y tosió.
―No es un ataque al corazón. Ella necesita descansar, eso es todo.
―¿Ha sido el calor? ¿Su medicación? ¿Algo que necesitemos hacer? ―preguntó Pedro.
El Dr. Restevo negó con la cabeza y pasó junto a él.
―Manténganla en la cama por hoy. Denle un montón de líquidos. Esto sucede a veces, no hay necesidad de preocuparse. ―El viejo hombre se detuvo de repente y
apretó el hombro de Pedro en un abrazo mortal―. Recuerde una cosa, Pedro. Sin estrés. Lo que tu madre le pida, sólo déselo. ¿Capisce?
―Pero…
El doctor dejó caer la mano, le dio Carina un rápido beso en la mejilla y estudió a Paula. Con los ojos entrecerrados, se fijó en su figura, como si la estudiase para un examen, luego le acarició la mejilla.
―Felicidades por su matrimonio, signora bella. Bienvenida a la familia. ―Luego, con una sonrisa, corrió hacia la puerta y se marchó.
―Oh, gracias a Dios. Probablemente solo fue la caminata y el calor ―dijo Carina―. Voy a buscar un poco de agua y de zumo. ―Su hermana se fue y sus rodillas se debilitaron con una oleada de alivio. Sin decir una palabra, Paula entró en sus brazos y lo abrazó.
Un profundo sentido de resuelta paz llenó su alma. Aspiró el dulce olor de su champú de fresa.


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