Paula sorbió el vapor y el sabor del té, se acercó y miró a la magnífica vista frente a ella. La luz del sol caía sobre las verdes colinas, resaltando la vasta y extensa nieve sobre las puntas de las poderosas montañas. La inclinación de los techos terracota punteaba el horizonte. La esencia de olivo y limón flotaba en la cálida brisa y ella respiró profundo, tratando desesperadamente de calmar a su apurado corazón.
Anoche, Pedro le había hecho el amor.
Trozos de recuerdos pasaron frente a ella. El delicioso calor y la explosión de su orgasmo. La curva gentil de sus labios mientras él sonreía. Las caricias de sus manos contra su piel como si ella fuera frágil y preciosa, no sólo una cita de una noche.
Pero lo era. O al menos, una cita de dos noches. Porque al final de la semana, toda esta farsa terminaría y él se iría. Como todos lo hacían.
¿Cómo había pasado? Ella había confesado libremente sus secretos en la casa del tío de él y no tenía a nadie a quien culpar más que a sí misma. Su gentileza le había dado el valor de abrirse más fácilmente que con cualquier otra demanda caliente que hubiera tenido antes. En un momento juró que estaría en el próximo avión que partiera. Al siguiente, lo retaba a combatir haciendo el amor con la estúpida idea de que sería capaz de sacarlo de su sistema.
Mordisqueó su labio y tomó un sorbo de té caliente. Cuando despertó, él le había dejado una nota de que iría a la ciudad por unas cuantas horas y estaría de regreso para llevarla a la sede de La Dolce Famiglia. La decepción de una cama vacía golpeó sus cimientos. Ella siempre luchó contra la necesidad de escapar lo más rápido posible una vez que llegaba el amanecer. Por primera vez, ansió una lucha en la mañana con el hombre con el que hacía el amor. Él constantemente la sorprendía,
la retaba y le hacía más difícil moverse. Él era peligroso. No sólo para su cuerpo. También para su corazón.
Tenía que salir de ahí.
Su corazón golpeaba y la sangre corría por sus venas. Un inesperado ataque de pánico hizo que reuniera velocidad y Paula agarró su cámara, desesperada por controlar sus ridículos defectos físicos. Respiró profundo y aclaró su mente. Empezó a tomar foros del paisaje, perfeccionando su enfoque al marco que tenía enfrente de ella, mirando para encontrar algo único e increíble. Su mente se colgó al ruido del obturador y al flash de luz del lente mientras ella se movía a través de la terraza trasera. Todo menos la sensación mareadora de alarma que se burlaba de ella para que perdiera todo el control.
¡Miau!
El maullido del gato causó que brincara y casi cayera sobre su trasero. Vio una bola de pelaje negro mientras la cosa brincaba en el aire y ella se alejó, desesperada, para evitar arañazos.
―¡Mierda ―gritó ella, encaminándose hacia la seguridad del concreto y alejándose de los arbustos―. ¡Aléjate de mí!
El gato, o lo que sea que la cosa fuera, la siguió. Brillantes ojos verdes dominaban el rostro negro mientras enormes garras cerraban la distancia entre ellos.Paula brincó a una silla de hierro y lo miró. No le gustaban los gatos. Nunca lo habían hecho. Los perros eran tolerables porque generalmente eran afectuosos y solo vivían para que tú los cuidaras. Los gatos eran diferentes, ellos eran divas que asumían que tu único trabajo en la vida era servirles. Ellos sacaban lo peor de ella ―incluso más que los niños― y no había manera de que se quedara alrededor un momento más. Pero esta criatura era tres veces más grande que lo normal, casi como un perro pequeño. Él tenía el orgullo de una perversa bruja porque la miró como si estuviera a punto de decir un hechizo y la enloquecía.
―Ah, veo que has conocido a Dante.
Paula giró. Pedro le sonrió, rasurado, con su largo cabello amarrado atrás. Él se veía descansado y fresco, mientras que ella se sentía fuera de lugar y luchaba por obtener compostura.
―¿Con qué lo alimentan? ¿Con niños pequeños?
Él se rio y se arrodilló, tratando de llamar al gato. Dante movió su cola y silbó. Paula se alejó otro paso.
―No le tienes miedo a los gatos, ¿verdad, cara?
Ella se encogió de hombros.
―Sólo no me gustan. Son demandantes y maliciosos.
Su labio de torció.
―Parece que ustedes irían perfectos juntos.
―Gracioso. ¿Es tuyo?
Pedro sacudió la cabeza.
―Nop, es callejero. Visita una ruta regular por comida, pero no deja que nadie se le acerque. Ni siquiera Carina, quien es una susurradora de animales, se le ha acercado. Dante tiene sus asuntos.
Ella miró al gato. Perfectamente limpio, definitivamente no estaba hambriento, pero parecía que le desagradaba la gente. Un repentino humor la golpeó.
―Así que Dante consigue ser alimentado por la misma gente que desprecia abiertamente. Interesante.
―Sí, supongo que lo es ―murmuró él. De repente, ella estaba en sus brazos. Su aliento de menta acarició sus labios e hizo que su estómago cayera―. ¿Dormiste anoche?
―Sí.
―Mentirosa. ―Sus ojos oscuros brillaron con la promesa y con una indirecta de peligro. Un temblor cruzó su columna―. Pero si tres veces todavía te da suficiente sueño, tendré que hacerlo mejor esta noche.
Oh. Dios.
Ella se aclaró la garganta y se recordó que otra noche con él sería peligrosa. Parpadeó y se alejó, necesitando la distancia. Sus brazos se cerraron a su alrededor.
―Pedro...
―Amo escuchar mi nombre en tus labios. ―Su boca bajó y tomó la suya, besándola profunda, larga y lentamente. Ella abrió la suya y confió en cada caricia sedosa de su lengua, acercándose. Él la hizo gemir y luego se deslizó para mordisquearle el labio inferior. Él agudo dolor-placer pasó una ráfaga de calor entre sus muslos adoloridos. Él sabía tan bien, que quería devorar cada pulgada y descubrir esos músculos fuertes que estaban debajo de su ropa. Ahogándose en sensaciones, ella se permitió entrar en la mina de calor, fuego y...
―¡Auuuch! ―Él la alejó y brincó en una pierna.
Ella miró abajo con horror para ver los dientes de Dante enterrados en los pantalones de Pedro. Las diminutas perforaciones dentro de la delgada tela causaron que ella se congelara, asustada de que ser la siguiente merienda. La cara del gato se giró en una mueca desdeñosa y se soltó de Pedro. Él silbó bajo y luego se dirigió hacia ella con decisión.
―¡Dante! ―Pedro dejó salir una ráfaga de italiano y lo instaba a alejarse con un gesto amenazador. El gato lo ignoró y la alcanzó. Ella cerró sus ojos, incapaz de moverse y...
Dante acarició su cuerpo contra su pantorrilla. El bajo zumbido de un motor alcanzó sus oídos. Ella abrió sus ojos y se dio cuenta de que ese ruido era un ronroneo. Él presionó sus rostro fuertemente contra su pierna y sus largos bigotes se movían con placer mientas circulaba, una vez, dos veces y otra vez a su alrededor.
Pedro solo miró al gato y luego a ella.
―No puedo creer esto. Él nunca antes ha hecho eso ―murmuró―. Y nunca había mordido.
―¿Qué? No es mi culpa... te dije que no me gustaban los gatos. ¡Y no le dije que te mordiera!
―No. Es más que eso. Quizás él ve algo que los demás no.
Paula lo miró con los ojos abiertos.
―¿Y tú alimentas a esta cosa para que regrese? ―preguntó divertida―. ¿Qué está mal contigo? Él vino hacia ti como si oliera una cena de atún.
La electricidad entre ellos brincaba y quemaba como si un fusible viviente se hubiera convertido en salvaje. Su pulso se aceleró. Sus ojos se oscurecieron con propósito y él la alcanzó.
―¿Paula? ¿Pedro? ―Ellos brincaron. Su madre se paró en el marco de la puerta, un delantal cubría su vestido, su cabello estaba girado en un moño. Las líneas aristocráticas de su cara brillaban con un poder clásico que había lanzado un negocio exitoso y criado a cuatro niños―. ¿Qué está pasando aquí?
―Le estaba presentando Paula a Dante.
Mamá Alfonso jadeó.
―¿Por qué está Dante cerca de Paula?
―Sí, parece ser la pregunta del día. ―Paula se movió inquieta y dio un paso atrás del gato devorador-de-hombres. Dante miró con disgusto su retirada cobarde―. mama, iremos a la oficina con Julietta en un rato. ¿Necesitas algo?
―Te daré una lista de ingredientes que se me están acabando. Paula, necesito ayuda en la cocina. ¿Te me unirías?
Ella dudó. Tanto como le gustaba la madre de Pedro, un temor profundo se asentó en su intestino. La mujer era muy aguda y preguntaba demasiado. ¿Qué si ella resbalaba y contaba toda la historia? Pedro le hizo un gesto para que fuera, pero ella sacudió su cabeza.
―Um, realmente no me gusta cocinar. Quizá Pedro pueda ayudarla.
Su madre estiró un dedo.
―Pedro ya sabe cocinar... tu no. Ven conmigo. ―Desapareció de nuevo dentro de la casa.
Paula maldijo en voz baja, indignada mientras los hombros de Pedro se movían con su risa.
―Odio cocinar ―siseó―. Tu madre me asusta. ¿Y si sospecha?
―No lo hará. Sólo sé linda, cara. Y no quemes la cocina.
Ella agarró su cámara, le dio una mirada de disgusto y se fue. Un suave maullido sonó detrás de ella y se negó a reconocer el sonido. La ironía de la situación actual
voló su cabeza. Ella parecía confrontarse en cada vuelta con todos los temas que se negaba a enfrentar en su casa. Además, se sentía responsable por Carina y sus actividades actuales y tenía que asegurarse que de no matara cuatro niños pequeños, tenía que lidiar con gatos psicópatas y ahora necesitaba agradarle a su madre para que no envenenara la comida.
Murmurando, puso la cámara en la mesa.
La mamá de Pedro ya tenía una variedad de cuencos y tazas medidoras puestas en un mostrador largo y ancho. Brillantes manzanas rojas que harían orgullosa a la reina malvada de Blanca Nieves resplandecían en una fila. Una batidora con círculos tomaba el centro. Varios contenedores de polvos ―los cuales suponía que eran azúcar, harina y bicarbonato― estaban asimismo alineados.
Paula trató de entusiasmarse con la tarea que la esperaba. Dios, quería algo de vino. Pero sólo eran las 9:00 a.m. Quizá podría sustituirlo con café, a los italianos les gustaba su licor.
Ella sonrió con falsa emoción.
―Así que, ¿qué prepararemos hoy?
Mamá Alfonso deslizó un pedazo de papel hacia ella y apuntó.
―Esta es nuestra receta.
―Oh, pensé que sabía lo suficiente para no necesitar una receta.
Su mamá bufó.
―Lo hago, Paula. Pero tú aprenderás a seguir las instrucciones. Este es uno de nuestros postres de firma en nuestra panadería. Empezaremos con lo fácil. Es llamado torta di mele, un pastel de manzana para desayunar. Irá hermosamente con nuestro café, esta tarde.
Paula revisó la larga lista y se perdió en el paso tres. Una vez había hecho un pastel de chocolate de una caja lista para preparar sólo porque quería intentarlo. Apestó porque no se había dado cuenta de que tenías que revolver por mucho tiempo la mezcla, así que le quedaron grumos de mezcla seca en medio. Su novio de entonces se rió con todas sus fuerzas y ella rompió con él esa noche.
―Yo supervisaré. Aquí están las tazas medidoras. Empieza.
¿Cuándo fue la última vez que una mujer mayor le ordenó algo? Nunca. A menos que contara a la madre de Alexa y eso sólo era porque pasaba tiempo en su casa cuando era joven. Lentamente, midió cada ingrediente seco y lo metió en un cuenco enorme. Ah, bueno, si iba a ser torturada, debería ser escandalosa.
―Así que Pedro dice que lo enseñó a cocinar a una edad temprana. ¿Siempre quiso manejar La Dolce Famiglia?
―pedro no quiso tener nada que ver con el negocio por mucho tiempo ―respondió la mujer mayor―. Tenía su corazón asentado en ser un corredor de autos de carreras.
La boca de Paula cayó abierta.
―¿Qué?
―Sí. Era muy bueno, aunque mi corazón se detenía cada vez que salía de la pista. Sin importar cuántas veces su papá y yo tratáramos de disuadirlo, él encontraba una manera de regresar a la pista. Para entonces, la panadería estaba saliendo adelante y habíamos abierto una más en Milán. Su papá tenía muchas frases para él sobre su responsabilidad con la familia y el negocio.
―Él nunca me dijo que hacía carreras de autos ―murmuró Paula. Las palabras escaparon antes de que las atrapara. Santa mierda. ¿Por qué no sabría el pasado de su esposo?―. Um, me refiero que nunca dice mucho sobre sus corridas anteriores.
―No estoy sorprendida. Él raramente habla sobra esa parte de su vida con alguien. No, Paula, tú rompes un huevo así. ―Un rompimiento limpio partió el huevo y con una mano, expertamente lo dejó caer en el cuenco.
Paula trató de copiarla y la cáscara explotó. Ella hizo una mueca, pero la mamá de Pedro tomó un montón de huevos y le dijo que empezara a romperlos. Paula trató de concentrarse en los huevos, pero la imagen de un joven Pedro Alfonso desafiando a sus padres y corriendo autos estaba trabada en su cabeza.
―¿Qué pasó?
Su madre suspiró.
―Las cosas eran difíciles. Un amigo de él salió lastimado, lo que nos hizo molestarnos más. En este punto, sabíamos que Venezia no quería tener nada que ver con la panadería y nuestro sueño de un negocio familiar empezó a morir. Por
supuesto, teníamos otras opciones que podíamos hacer. Mi esposo quería expandirse; yo amaba cocinar y quería permanecer con dos panaderías. ¿Quién sabía lo que debíamos hacer? Dios entró y Pedro tomó su decisión.
Paula golpeó el lado del cuenco con un huevo. El huevo cayó dentro sin cáscara, y una extraña satisfacción corrió por ella. Siete debe ser su número de la suerte.
―¿Pedro decidió dejar de correr?
Mamá Alfonso sacudió su cabeza y una expresión de arrepentimiento cruzó su rostro.
―No. Pedro salió y decidió correr autos para vivir.
Paula retuvo la respiración.
―No entiendo.
―Se fue e hizo el circuito por un año. Él era joven y talentoso y su sueño era correr en el Grand Prix. Luego mi esposo tuvo un ataque cardiaco.
La imagen la golpeó con fuerza. Ella miró a la madre, como si estuviera al borde de una terrible verdad. Cada músculo se tensó con la urgencia de correr y cubrir sus ojos. Su voz se rompió en una palabra que rompió sus labios.
―Cuéntame.
Mamá Alfonso asintió, luego limpió sus manos en el delantal.
―Si, deberías saberlo. Cuando el papá de Pedro tuvo el ataque cardiaco, Pedro vino derechito a casa. Permaneció en el hospital día y noche y se negó a alejarse de su lado. Pienso que todos creíamos que él estaría bien, pero tuvo un segundo ataque fuerte y lo perdimos. Cuando Pedro salió de la habitación, nos informó que tenía que renunciar a correr y que se haría cargo del negocio.
Paula permaneció en silencio mientras la mujer mayor reflexionaba sobre el evento con el brillo de demonios en sus ojos.
―Perdí algo en mi hijo ese día, el mismo día en que perdí a mi esposo. Una pieza de descontrol, de libertad ante las restricciones que siempre había brillado tanto. Él se convirtió en el hijo perfecto, el hermano perfecto, el perfecto hombre de negocios. Todo lo que necesitábamos de él. Pero dejó algo de sí mismo detrás.
Su garganta se cerró por la emoción. Paula agarró la cuchara tan fuerte que estuvo sorprendida de que no temblara. No le asombraba que él luciera tan impecable. Había dado sus propios sueños y se había convertido en todo lo que su familia necesitaba. Sin pensar en sí mismo o quejarse. Ninguna vez había dado una pista de que esto no era lo que quería hacer.
Su madre sacudió la cabeza y se reenfocó.
―Así que esta es la historia. Tú debes hacer lo que desees con ella, pero como su esposa, quería que supieras.
Paula trató de hablar pero sólo se las arregló para asentir. Mientras pelaba manzanas, la imagen del hombre que imaginaba que conocía explotó en pequeños pedazos. Su existencia fácil, despreocupada escondía a un hombre fuerte que tomaba decisiones por otros. Por la gente que amaba.
―Dime sobre tus padres, Paula. ―La repentina orden cortó su momento ajá―. ¿Por qué tu madre no te enseñó a cocinar?
Ella se concentró en pelar.
―Mi madre no es del tipo doméstico. Trabajaba en películas y creía que sus hijos estarían mejor si eran criados por nanas y cocineros. Ese ser dijo, que nunca quería nada y que disfrutaba una gran variedad de comida en el almuerzo.
Sorprendida con su fría y calmada reacción, la madre de Pedro la miró.
Ella bajó cuidadosamente la manzana y la miró fijamente como si estudiara cada tono oculto de su expresión.
―¿Eres cercana con tus padres?
Paula levantó la barbilla y la dejó mirar.
―No. Mi padre se volvió a casar y mi madre prefiere que almorcemos juntas ocasionalmente.
―¿Abuelos? ¿Tíos o tías? ¿Primos?
―Nadie. Sólo mi hermano y yo. En realidad no es gran cosa; teníamos todo lo que necesitábamos y la vida fue bastante fácil para nosotros.
―Tonterías.
La boca de Paula cayó abierta.
―¿Qué?
―Me escuchaste, Paula. No lo tuviste fácil. No tuviste nadie que te guiara, te enseñara, se hiciera cargo de ti. Un hogar no es solo sobre cosas y necesidades que se encuentran. Pero esto no es tu culpa. Tus padres son tontos, por perderse a una mujer tan hermosa y especial. ―Ella se burló disgustada―. No importa. Aprendiste la fortaleza y a pararte sola con tus dos pies. Este es el por qué eres buena para mi hijo.
Paula se rió. ―Difícilmente. Somos completamente diferentes. ―Ella se atragantó con la franca admisión. Maldición, la había regado de nuevo―. Um, me refiero, bueno, que pensamos que no funcionaría, pero entonces nos enamoramos.
―Um, ya veo. ―Paula soltó la masa y voló hacia el techo―. ¿Cuándo te casaste, Paula?
Ella excavó profundo y recordó todas las veces que necesitaba mentir y era buena en ello. Por favor, Diablo, no me falles ahora.
―Dos semanas atrás.
―¿Fecha?
Ella tembló pero lo falsificó.
―Um, Martes. Veinte de mayo.
La mujer mayor permaneció en silencio y tranquila.
―Un buen día para una boda, ¿verdad?
―Sí.
―¿Amas a mi hijo?
Ella tiró la cuchara y la miró.
―¿Qué?
―¿Amas a mi hijo?
―Bueno, por supuesto, por supuesto, lo amo. No me casaría con alguien a quien no amara. ―Ella forzó una risa y rezó para que no sonara falsa. Maldito Pedro Alfonso. Maldito, maldito, maldito…
De repente, unas manos fuertes cerraron las de ella y las apretaron. Paula miró a los ojos de la madre de Pedro pasando la superficie y buscando la verdad. Sostuvo su respiración. No quería soltarlo todo cuando sólo quedaban unos cuantos días más. Una docena de respuestas pasaron por su mente para tratar de convencer a la madre de que estaban verdaderamente casados, pero como si una tormenta eléctrica repentina hubiera pasado, el rostro de la madre se aclaró y se suavizó con un conocimiento que Paula no entendía.
―Si, son perfectos juntos. Tú le regresarás de nuevo su libertad. Antes de que esta visita termine, tú también lo creerás.
Antes de que Paula pudiera responder, la enorme mezcladora había sido acercada. Mamá Alfonso apuntó.
―Ahora, te enseñaré como se usa esto. Presta atención o podrás perder un dedo.
Paula tragó. El insistente demonio que vivía dentro de ella y siempre le decía que nunca sería suficiente tomó el mando.
―¿Por qué haces esto? Todavía no me gusta cocinar. Y no le cocinaré a Pedro deliciosos postres ni le prepararé nada a sus caprichos cuando regresemos a Estados Unidos. ―Ella casi deseó que su madre dijera algo cortante y frío―. Trabajo hasta tarde y ordeno para llevar y le diré a él que se consiga su propia cerveza. Nunca seré la esposa perfecta.
El fantasma de una sonrisa se asentó en los labios de mamá Alfonso.
―Él ha tratado muchas veces de amar a una mujer que pudiera ser la esposa apropiada. O, al menos, lo que él piensa que es ser una esposa apropiada.
A un profundo deseo le salió raíz y creció. Paula tragó pasando la urgencia y trató desesperadamente de ignorar la emoción.
Después de todo, lo peleó antes, muchísimas veces. Como Rocky, ella seguía round tras round, sabiendo que caería si era herida sin medida.
Como si su madre supiera sus pensamientos, le tocó la mejilla con una caricia gentil que le recordó a Pedro.
―Y respecto a cocinar, estoy haciendo esto por una razón. Cada mujer debería saber cómo hacer un postre de firma. No de nadie más, sino propio. Ahora, mezcla.
Cuando docenas de manzanas se pelaron y el pastel estuvo a salvo en el horno, Paula agarró su cámara, aliviada de que aún tenía sus diez dedos y se volvió para agradecerle a mamá Alfonso por la clase. Sus dedos se flexionaron en la cámara ante la imagen antes de que la absorbiera por completo. Temblando, Paula llevó la lente hacia arriba y apretó el disparador. Otra vez. Y otra vez.
mamá Alfonso miró por la ventana de la cocina, viendo algo que realmente no estaba allí. Sus manos sostenían el bol contra su pecho, envuelto casi en un abrazo. Su cabeza se inclinó ligeramente, con una pequeña sonrisa en sus labios, su mirada soñadora, absorta en la expresión que uno tiene cuando se queda en el pasado. Mechones de cabello yacían contra su mejilla cremosa, las líneas de su rostro enfatizando su fuerza y su belleza mientras que la luz del sol se filtraba a través de la ventana y la entibiaba. Era una foto de una cierta profundidad emocional, que hizo que el corazón de Paula creciera en su pecho. Era un momento atrapado en el tiempo que desafiaba el pasado, el presente y el futuro. Era puramente humano.
Y por un corto tiempo, en la cocina de mamá Alfonso, Paula sintió que finalmente pertenecía. Un atisbo de lo que se podría sentir en un verdadero hogar la provocó, pero lo empujó firmemente de vuelta a la caja y cerró la tapa.
Paula se quedó en silencio y salió de la cocina. Dejó a la mujer con sus recuerdos. Y se preguntó por qué de repente quería llorar.
―¡Absolutamente no!
Pedro ahogó un gemido y se enfrentó a sus dos hermanas furiosas desde el otro lado de la sala de conferencias. La irritación hormigueaba en sus terminaciones nerviosas pero alcanzó el control habitual y la autoridad que usaba al tratarse del drama familiar. Los dos publicistas miraron de un lado a otro entre ellos, como si trataran de decidir de qué lado estar.
Con una sonrisa tranquila, centró su atención en el grupo de publicidad.
―¿Qué tan rápido pueden conseguirnos una nueva campaña?
Los hombres compartieron una mirada. Sus ojos brillaban con ansias de dinero.
―Denos una semana. Lo dejará con la boca abierta y hará controversia.
―Muy bien. Discutiré esto con mis hermanas y los volveré a llamar.
―Sí. Grazie, Signore Alfonso.
La puerta se cerró y Pedro se enfrentó al pelotón de fusilamiento de las gemelas.
―Siempre recuerdas mantener el conflicto en la familia, Julietta.
Amargura tintineó de la voz de Julietta.
―Ni siquiera me escuchas. Otra vez. Pedro, pasé meses ayudando con esta campaña y creo que estás yendo en la dirección incorrecta.
Agitó su mano a las fotos en la mesa de conferencias de madera de cerezo.
―He visto los informes y los consumidores quieren ventajas. Un anuncio de panadería hogareña sencillo no va a ser suficiente para Nueva York y tenemos que refrescar las cosas en casa. Quiero lanzar un aspecto totalmente nuevo. Contratar a una modelo sexy, tal vez comiendo un pastel y proponer una frase pegadiza resaltando toda la comparación del sexo con la comida.
Julietta jadeó.
―¿Disculpa? ¿Estás loco? ¡Este es el negocio de mama y me niego a ver cómo te aprovechas del dinero! ―Lanzó el gran portafolios en la mesa con un estruendo―. Estoy a cargo aquí y me gustan nuestros nuevos anuncios. La ganancia es constante y no hay razón para tirar algo que está funcionando.
―Estoy en desacuerdo. ―Pedro miró fijamente a su hermana, su voz fría como la piedra―. Puedes ser la CEO, Julietta, pero aún poseo la mayor parte de esta empresa. Creo que tenemos que tomar un riesgo con la apertura en Nueva York. Necesitaré nuevos anuncios impresos, un anuncio televisivo y carteleras e iremos en esta nueva dirección.
El sentía el peso de la responsabilidad en sus hombros, pero se enderezó y lo llevó como siempre lo hacía. Dios, deseaba no tener que tomar siempre decisiones difíciles.
―Sé que estás enojada con mi elección, pero siento que esto es mejor para la familia. Para La Dolce Famiglia.
Había un total de veinte panaderías distribuidas a lo largo de Milán y Bérgamo, todas con una firme operación de jactancia de crear pasteles dulces y creativos, tanto para el peatón habitual como para el catering de una fiesta de primera calidad. La central se ubicaba orgullosamente en el centro de Milán y ocupaba todo el piso superior y finalmente habían agregado su propia fábrica para poder enviar constantemente ingredientes y tener todo el control de la calidad. Dirigir un imperio masivo requería tomar decisiones difíciles, incluso si tenía que sobrepasar los límites de Julietta. Aunque su hermana lo impresionaba con sus decisiones, si la nueva campaña fracasaba sería su culpa. Abrió su boca para explicar, pero su hermana lo interrumpió.
―No puedo creer que me faltaras el respeto así. ―Julietta apretó los puños, sus rasgos normalmente reservados se marcaron con furia. Su voz tembló. Vestía un traje azul marino impecable con zapatillas a juego, su cabello trenzado en un moño prolijo, acercándola a la mujer de negocios perfecta. Por desgracia, las lágrimas brillaban en sus ojos―. No voy a hacer más esto. Contrata a alguien de tu confianza, porque está claro que no confías en mí.
Pedro se echó hacia atrás, sorprendido por su repentina emoción. Suavizó su voz y dio un paso más cerca.
―Ah, cara, no quise decir…
―¡No! ―Saltó de la mesa―. Estoy harta de la forma en que me tratas. Soy lo suficientemente buena para dirigir La Dolce Famiglia cuando no estás aquí, pero tan pronto como das un paso en mi territorio, le faltas el respeto a todo lo que he trabajado tan duro por construir: respeto, admiración mutua, ética de trabajo.
―Estás siendo ridícula. Yo sólo estoy haciendo lo mejor para la empresa.
Julietta asintió. ―Ya veo. Bien, entonces no creo que me necesites más. Estoy renunciando como CEO. De inmediato. Ve a buscar a alguien para mangonear.
Ah, merda.
Venezia saltó delante de Pedro y movió su dedo locamente por el aire.
―¿Por qué siempre tienes que ordenarles a todos?―Exigió―. Tú eres nuestro hermano, no papa.
Su mandíbula se contraía y se relajaba.
―No, quizá si fuera papa, no te hubiera dejado caminar ostentosamente vistiendo a un montón de Barbies y llamarlo carrera. Tal vez si fuera papá, te hubiera hecho tomar tu lugar correspondiente en esta empresa y no darle todo el peso a Julietta.
Venezia prácticamente gruñó como Dante y se balanceó sobre sus tacones rojos de siete centímetros.
―¡Lo sabía! Siempre supe que nunca respetaste mi carrera. La moda es una industria enorme, Pedro y me he distinguido por mí misma en un negocio competitivo. Pero no, sólo porque elegí hacer lo que quería, no es lo suficientemente bueno para ti. No respetas a ninguno de nosotros.
―¡Zitto! Suficiente de sus rabietas infantiles, de ambas. Hago lo que es mejor para esta familia, siempre.
Venezia hizo una mueca y agarró la mano de su hermana.
―¿Quién te crees que eres? Nos ordenas como niñas, te niegas a respetar las decisiones y elecciones que hacemos y pretendes que realmente te importa. Estamos haciendo una vida por nosotras mismas aquí y hemos estado haciéndolo bien sin ti.
Dolor atravesó su pecho y se esforzó por respirar.
―¿Cómo puedes decirme esto? ¿Después de todo lo que he hecho?
Venezia movió su cabello y llevó a Julietta hacia la puerta.
―No te necesitamos más,Pedro. Tal vez sea hora de que regreses a Estados Unidos, donde ahora perteneces.
Cerraron la puerta detrás de ellas.
Pedro se quedó en un silencio estremecedor mientras los pedazos de su vida explotaban a su alrededor.
Su cabeza palpitaba mientras paseaba por la sala de conferencias vacía, buscando respuestas. El control cuidadoso que había construido para proteger a su familia se deslizó bajo el peso de las fuertes emociones. Julietta siempre había sido la racional, sin embargo, el dolor en sus ojos cuando la había desautorizado lo había
dañado severamente. ¿Había estado equivocado? ¿Debería haber salido del camino, incluso cuando sabía que la campaña no era la mejor y dejarla fracasar?
La puerta se abrió.
Paula asomó su cabeza.
―Bien, estoy aburrida y quiero ir a casa. Visité dos veces la cafetería, pasé el rato con la secretaria de Julietta y quedé suficientemente impresionada con tu organización. He cumplido con mi deber de esposa, así que voy a salir.
Forzó un asentimiento, pero ella parpadeó y abrió la puerta de un codazo.
―¿Qué pasa?
―Nada ―dijo adiós con su mano―. Te veré en casa.
La jodida mujer lo ignoró y entró a la sala.
―¿Tuviste una pelea con tu hermana?
Debería echarla y mantener los negocios en la familia. Sin embargo, las palabras salieron de su boca.
―Más bien, hermanas. No estuve de acuerdo con la campaña de publicidad de Julietta y ellas… ¿Cómo lo llaman los estadounidenses?... estallaron.
―Ah, ya veo. ―Parecía inquieta cuando le echó un vistazo a la salida. Esperó a que se fuera, pero ella cambió de un pie a otro, sus manos sosteniendo su cámara, que Pedro ahora consideraba como otra extremidad―. ¿Es esa la campaña publicitaria? ―preguntó. Caminó hacia la mesa y sus piernas se exhibían en su minifalda y tacones altos. Recuerdos de aquellos miembros envueltos cómodamente alrededor de sus caderas y abiertos a cada empuje lo hizo estremecer.
―Sí. Es anticuado. Les dije que necesitamos un anuncio sexy equiparando comida y sexo. A los estadounidenses les gusta el escándalo. Vende.
―Hm. ―Dio vuelta a la foto del anuncio, luego cerró la carpeta―. Bien, te veré en casa.
Maldita sea. Casi se conmovió con sus palabras cuando se dio cuenta de lo mucho que respetaba su opinión.
―¿Qué piensas?
― ¿De la campaña?
―Sí. ¿Tengo razón?
Giró sobre sus tacones y lo miró. Su flequillo le tapaba un ojo. Su mirada sexy sólo le hacía luchar duro para concentrarse en el negocio y no en los gemidos bajos que hizo anoche.
―Estoy de acuerdo.
El aliento salió de sus labios. Se enderezó, contento de haber tomado la decisión correcta.
―Me lo imaginé.
―Pero también odio tu idea.
Frunció el ceño.
―¿Scusi?
Lanzó una mano al aire como si lo despidiera y arrugó su nariz.
―Algunos escándalos venden pero no para una panadería familiar. Tu mamá lo odiaría.
La frialdad lo recorrió.
―Ya veo. Bueno, gracias por tu opinión, pero realmente no tienes que ver con esto. Te veré en casa.
Molestia revoleteó en su rostro. Lanzó su bolso sobre la mesa y sacó su cámara. Como de costumbre, su tigrotta avanzó hacia él, se puso de puntitas y llegó a su rostro.
―¿Es eso lo que haces con tus hermanas cuando no estás de acuerdo con sus opiniones? No me extraña que se fueran. Oh, créeme, nunca podré olvidar mi lugar. No quiero estar involucrada en esta mierda, pero tú sigues metiendo la pata. Por el amor de dios, Alfonso, despierta. Tratas a tus hermanas con un aire de superioridad que no pueden aguantar. Julietta es perfectamente capaz de dirigir el negocio sin ti, sin embargo, en lugar de respetar su lugar, desafías todas sus decisiones.
―Suficiente. ―Sus cejas bajaron en un ceño―. No tienes ni idea de cómo se sienten mis hermanas.
Ella rió sin humor.
―¿Estás bromeando? Está más claro que el agua. Ellas te adoran y prácticamente creen que caminas sobre el agua. Sólo quieren algunas felicitaciones de su hermano mayor. Un poco de respeto por lo que han logrado. ¿Sabes que Venezia cree que piensas que ella es una hazmerreír? Puede vestir celebridades y ganarse el respeto en su área, pero no significa nada si tú no reconoces su éxito. ¿Y Carina? Ama pintar, pero tú lo llamas un pequeño hobby lindo, le das una palmadita en su cabeza y la obligas a asistir a la escuela de negocios. Tiene mucho talento y lo persigue, pero quiere tu aprobación. No la estás viendo, ni a la mujer en que se está convirtiendo. Y Julietta sigue luchando con la idea que es una impostora y el negocio nunca será verdaderamente de ella. La has hecho dudar de sus instintos.
Un músculo palpitó en su rostro.
―Las respeto y las amo más de lo que crees. Dios, ¡ellas son mi vida! Sacrifiqué todo para que puedan ser felices.
De repente, su rostro se suavizó.
―Lo sé― susurró―. Has hecho todo lo que un padre tendría que hacer. Las ayudaste con dinero, disciplina y buenos consejos. Las mantuviste a salvo. Te aseguraste de que hicieran lo correcto y que no quisieran nada. Pero te olvidaste la parte más importante. Ellas no quieren un padre sustituto. Quieren un hermano mayor que pueda bromear con ellas, apoyarlas y dejarlas brillar. Por su propia cuenta. No es necesario que cuides de ellas nunca más, Pedro. ―Le tocó la mejilla y la ternura se deslizó a través de las grietas y derecho en su corazón―. Ellas sólo quieren que les digas que las amas. Exactamente de la manera que son.
Sus palabras lo sacudieron y rasgaron sus cómodas anteojeras.
Ella sostuvo su cámara.
―Esto es lo que veo para la imagen de La Dolce Famiglia ―dijo. La pantalla mostró la foto de su madre, con el bol sujeto en sus brazos y una expresión soñadora en su cocina hogareña―. No se trata de comida y sexo. Se trata de esto. Sus sueños para su familia, su determinación de ser la mejor y la calidad que se esfuerza por lograr cada día. Ese debería ser tu lema y campaña publicitaria.
Se quedó mirando en silencio la pantalla. Cuando levantó la vista, una serie de emociones cruzaron sus facciones.
―Tienes mucha suerte en tenerlas. Cometes un error y ellas te perdonan. Eso es de lo que se trata la familia. ―Se detuvo como para pensar en otro evento―. Yo no pertenezco aquí, Pedro. Contigo. Con ellas. No puedo seguir con esto.
Se dio la vuelta y huyó, dejándolo solo con sus pensamientos. Todo en lo que él creyó y trabajó duro para mantener se puso de pie y lo ridiculizó. Su pasado nadaba ante sus ojos y aprisionaba el dolor insoportable del fracaso. El rostro de su madre lo miró fijamente desde la cámara. Se merecía más que esto. Se merecía más de él.
Sacó la silla de cuero y se sentó. Lentamente, pasó todas las fotos que Paula había tomado desde que llegó. Eran mucho más que hermosos paisajes. En cada toma, ella había alcanzado algo difícil de conseguir, ya sea un color o una forma que infundía al espectador. Vio cómo sus cuatro sobrinos aparecieron en el foco, una sincera mirada sonriente, traviesos niños sucios, mientras la plastilina estaba aplastada entre sus dedos. Lentamente, dejó la cámara y se enfrentó a la verdad.
Se estaba enamorando de ella.
Al mismo tiempo, ella lo asustaba hasta la mierda. Paula no era la mujer con la que alguna vez había imaginado pasar la vida. Retorció todo dentro de él hasta que vibró con una gran precisión e hizo que la larga fila de otras mujeres que se había llevado a la cama se desvaneciera en la nada. Era irritable, honesta hasta la exageración y escondía un centro blando que derretía su corazón.
Lo peor de todo el encuentro fue la comprensión de que ella tenía razón.
Él no había hecho su trabajo. Las imágenes de su padre muriendo ante sus ojos lo torturaron. La culpa de dejarlo perseguía sus sueños egoístas, mientras que su padre trabajó muchas horas y trató de construir una empresa en la que ni siquiera sus hijos creían.
El vacío desgarró sus entrañas. Pero Paula dijo la verdad. A lo largo de su ascenso para empujar la empresa a la cima, se había negado a ver a sus hermanas como iguales. En su mente, ellas reflejaban la imagen de apesadumbradas jóvenes que necesitan desesperadamente protección y estabilidad. Incluso con la fuerza de su madre, Pedro sabía que dependía de él para proporcionar y asumir un papel de liderazgo. Y así lo hizo. Disciplinó, aconsejó y dirigió.
Pero nunca les dijo “buen trabajo”. Nunca les dijo que las amaba. Nunca escuchó.
Había cometido una terrible injusticia con a cada una de ellas. Se negó permitirle a Julietta cualquier recompensa verdadera interviniendo como CEO. Ella completó todas las tareas domésticas del día a día, sin embargo, nunca obtuvo ningún prestigio. Mantuvo todo lo bueno para sí mismo como un niño egoísta y nunca dio todo su apoyo.
Con Carina, estaba tan acostumbrado a ella siendo el bebé de la familia, que nunca pensó en preguntarle lo que quería. Ordenó, demandó y esperó. Claro, que sabía que le gustaba el arte, pero hasta que Paula señaló su talento no se dio cuenta de que ella podría tener un sueño propio o incluso un estímulo para perseguir algo que no estaba orientado a los negocios.
Pero lo peor, con mucho, fue Venezia. La vergüenza lo llenó mientras el reconocimiento apareció dentro y se ahogó con aire de sus pulmones. Venezia siguió su sueño de ser una estilista, pero él siempre la reprendió por no asumir la responsabilidad de la empresa familiar y menospreció su elección. Ahora, él se dio cuenta de por qué. Estaba celoso, celoso de que ella fuera capaz de ir tras su sueño, aunque él había perdido el suyo. De alguna manera, tenía que dejar ir al enojo. Siempre se había enorgullecido de tomar sus propias decisiones y dejar la carrera fue su elección. Venezia no debía tener que pagar el precio de seguir su sueño o por la pérdida de los suyos.
¿Y Paula? Estaba a punto de huir. No tenía idea de cómo iba a convencerla, o derribar su cuidadoso control lo suficiente como para meterse bajo de su piel, pero maldición si no le iba a dar su mejor golpe. No la dejaría subir a ese avión hasta que la convenciera de entregar su alma. Entonces y sólo entonces, podría saber si iba a funcionar para ellos.
Los pedazos destruidos de su vida estaban a su alrededor. Era hora de tomar una decisión. Primero, hacer las cosas bien con sus hermanas. Segundo, dar un salto de fe. Paula tenía el corazón y el alma de un guerrero herido y era el momento de luchar por ella.
Tenía que encontrar a su esposa falsa y de alguna manera convencerla de que se quedara.
wow me encanto,buenísimo!!!
ResponderEliminarMe encanta esta nove jesy!! Q lindo que hayas subido otra vez hoy! mimiroxb
ResponderEliminarAyyy Jesy q linda novela me encanta ! Hasta q están aflojando jajajajajja
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