miércoles, 16 de julio de 2014

Capitulo VIII

Estaban en problemas.
Pedro flanqueo la puerta y saludo a una larga fila de familiares que no había visto en meses.
Sospechaba que la íntima cena que no era gran cosa, terminaría siendo un desastre. Bueno, no tanto para él como para la pobre Paula. Su famiglia se reunió alrededor de ella con un ruidoso afecto que solo reservaban para su sangre. Primos trajeron esposas, novias, novios y todos los bambinos. Vecinos cercanos y algunas mujeres quienes lo habían perseguido por años se presentaron para revisar a la rival ganadora. Para él, era la típica noche en casa de su mamá.
Para Paula, debía ser el infierno.
Sacudió la cabeza y trato de no reírse. Estaba parada atrapada en una esquina con algunas de sus primas, su cabello de color canela un brillante faro en una habitación llena en su mayoría con piel olivácea y morenas. Su vestido era corto y coqueto, la falda moviéndose de manera ostentosa por encima de la rodilla y mostrando un par de piernas sin fin que rogaban ser envueltas alrededor de la cintura de un hombre. Brillante color rojo y amarillo salpicado sobre el delicado material y la hacía fácil de localizar en la multitud. Su estatura siempre había sido impresionante, pero casi emparejaba a la mayoría de sus primos en sus tacones de siete centímetros. Algo acerca de sus zapatos lo excitaba como no lo hacían los zapatos de otra mujer. Casi como si su deseo por sus sexy tacones ven-por-mí confirmaban su arpía interior.
Rellenó su copa de vino y platicó con sus viejos amigos mientras mantenía un ojo sobre ella. Esperaba una fría amabilidad que desalentaría a su cariñosa familia, pero cada vez que su mirada la captaba, ella estaba riendo o escuchando
atentamente las numerosas historias entreteniendo sus oídos. Fascinado, Pedro avanzó hacia ella.
Claro, sabía que ella era socialmente profesional y relajada en el entorno laboral. Sólo que no esperaba que fuera tan abierta en su treta. Su niñez creaba un sentido familiar frío e irradiaba a clara distancia que era parte de sus entrañas. Demonios, ella lo usaba como una capa, que vio al momento en que entró en el restaurante a encontrarlo para su cita a ciegas. Pero algo se sentía diferente esta noche.
La estudió mientras su tío Tony hablaba de la tienda con él, problemas con los proveedores y el aumento de la renta y la posibilidad de poseer propiedades. Él asintió, escuchaba a medias y espiaba a su esposa falsa.
―¿Cómo lo hiciste? ―susurró su prima Brianna a Paula. Le recordaba a cuando la gente dejaba caer su voz de forma automática al decir palabras como “cáncer”. La pregunta todavía sonaba tan dura como un disparo―. Pedro ha evitado el matrimonio siempre. Él tiene una reputación, sabes.
Paula frunció el labio.
―¿En serio? ¿Qué tipo de reputación?
Brianna miró a su alrededor y se inclinó. Pedro se escondió detrás de la amplia espalda del tío Tony.
―Ama la persecución. Parece que le gusta seducir a una mujer, mayor el desafío más experto se convierte en ganar su afecto. Entonces, tan pronto como ella cede, wham.
Paula retrocedió.
―¿Wham? ¿Qué wham?
Ese susurro de nuevo.
―Él la deja completamente. Con el corazón roto, seducida y abandonada.
La ira cortó a través de él ante la impresión de su prima. Dios, ¿alguna vez tenía un descanso? Nunca había dado falsas esperanzas a una mujer, sin embargo su reputación le precedía todo el camino a América. Nick le había informado muchas veces de los murmullos de sus proezas entre las mujeres y cómo una vez había estado preocupado de que Alexa cayera vulnerable ante sus encantos. Pedro dio un paso casualmente y escuchó su respuesta.
Paula chasqueó la lengua.
―¡Qué horror! Tal vez por eso se casó conmigo, entonces. Qué extraño.
Los ojos de Brianna se abrieron como platos.
―¿Qué es extraño? Díme. Ahora somos familia, tus secretos están a salvo conmigo.
Paula tomó un respiro profundo y miró a su alrededor como si estuviera preocupada de quién escuchara. Su susurro fue tan suave como el de su prima.
―Me negaba a acostarme con él hasta que se casara conmigo, por supuesto.
Pedro se atragantó con un trozo de bruschetta. Cuando se recuperó, levantó la vista para encontrar la sonrisa maliciosa de Paula, seguida de un guiño. Ella tocó el brazo de Brianna y se dio la vuelta en esos sexy tacones y su falda giró, mostrando un trasero perfectamente curvo. Apretó la mandíbula mientras la repentina añoranza se aferró a él. Se imaginó hundiendo sus dientes en su carne firme y tomando un suculento bocado. El eco de su grito mientras la sujetaba y la complacía empañó su visión. Cuando reapareció, el tío Tony todavía hablaba monótonamente y Paula se había movido al otro lado de la habitación.
¿Qué demonios iba a hacer con ella?
Más importante aún, ¿qué iba a hacer con su repentina necesidad de reclamar a la mujer que se hacía pasar por su esposa?
Algo estaba mal con ella.
Paula mordisqueó un prosciutto salado de antipasto, bebió su vino y se mezclaron. En sólo veinticuatro horas, había experimentado cada evento que siempre había evitado y despreciado.
Largas, afectuosas conversaciones centradas en bodas y platica de chicas. Listo.
Cocinar y cortar y arruinar su manicura perfecta. Listo.


Lidiar con su suegra y cuñadas y primos, todos entrometiéndose en su vida personal y haciendo juicios. Listo.

Así que, ¿por qué no estaba corriendo de la habitación aterrada, como uno de esos idiotas de Scream que veían una obscena máscara blanca?
¿Tal vez porque sabía que todo era falso?
Tenía que ser. No había otra explicación racional. Excepto con su hermano y Alexa, no hacía funciones familiares. Cocinaba en sus términos, cuando pensaba que sería una distracción divertida. Y nunca tuvo que lidiar con una multitud de mujeres que reían y hacían billones de preguntas. Estaba acostumbrada al silencio, había vivido con él la mayor parte de su vida y tenía poca experiencia con afecto tan abierto.
Sin embargo, todos le dieron la bienvenida de todo corazón. Todas las hermanas de él eran tan diferentes, pero a Paula realmente les gustaba. Ellas eran reales. Su madre nunca se reía o criticaba mientras le enseñaba a hacer su primera olla casera de salsa. Una pequeña parte de ella se encendía a la vida, una parte que le daba vergüenza admitir que tenía. ¿Qué se sentiría tener tantas personas que te amaban sin importa cuántos errores hubieras tenido?
Su mirada atrapó a Venezia envuelta en los brazos de su prometido, riéndose de algo que él dijo. Su conexión ardía a través de la habitación y la expresión de adoración en el rostro de Dominick se estrelló directamente en sus entrañas con pura emoción.
Anhelo.
Paula tragó pasando el nudo en su garganta. Tan horrible como era su treta, de alguna manera se sentía tan bien una vez que vio a la pareja juntos. Nada debería interponerse en su camino, especialmente una antigua costumbre. ¿Qué se sentiría eso? ¿Tener a un hombre mirándola con tal posesión y amor? ¿Pertenecer a una persona a quien realmente le importara?
Empujó la pregunta de su mente y se dirigió de nuevo a Pedro. Tiempo para regresar su cabeza al juego. Estaba de pie al lado de un hombre muy atractivo, con ardientes ojos azules y pelo facial desaliñado. Gruesas, ondas de cabello negro azabache se derramaban sobre su frente. Mierda, el hombre era sexo en un palo, y brevemente se preguntó si era un modelo. Carina estaba con ellos, con la cabeza
inclinada hacia arriba mientras miraba al extraño como si fuera el sol y el único elemento que se interponía entre ella y una muerte fría, congelada.
Curiosa, Puala caminó hacia el círculo íntimo para pararse junto a pedro.
―Paula, ahí estas ―dijo Pedro―. Conoce a mi amigo Max Gray. Ha sido como una parte de nuestra familia desde hace años, así que lo considero mi hermano. Trabaja para La Dolce Famiglia como mi mano derecha.
Max, el Dios del sexo volvió sus ojos penetrantes sobre ella y sonrió. Líneas de risa marcaban los bordes de su boca. Parpadeó ante el aura sensual viniendo a ella como de propulsores. Curiosamente, no sintió la ardiente conexión que experimentó con Pedro, sino más como un placer estético de una criatura tan visualmente impresionante. Le tendió la mano y él se la estrechó con un agarre firme.
Nop. Sin chispas en absoluto. Gracias a Dios. Paula se compadecía de la mujer que se enamorara de este hombre, condenada a andar en su sombra para siempre.
Entonces se dio cuenta que la hermana menor de Pedro tenía el bicho.
Mal.
Carina aún no había alcanzado la edad en la que escondía sus emociones. Todavía atrapada a medio camino de una mujer adulta, su cara reflejaba un anhelo que rompió el corazón de Paula y la llenó de miedo. Su pasado se disparó hacia ella con los vagos recuerdos de la chica que una vez había sido. Antes de que su inocencia y creencia en felices para siempre fuera arrancada.
Pobre Carina. Si tenía una cosa hacia Max, estaba condenada a experimentar un corazón roto.
―¿Dónde la has estado escondiendo, Pedro? ―Él miró entre ellos con un toque de curiosidad y algo más. ¿Sospecha?―. Aquí estoy pensando en ti como mi mejor amigo, pero no tenía ni idea de que ustedes dos estaban involucrados. Si Page Six no rompe las noticias cuando un soltero multimillonario caliente en Nueva York es enganchado, algo pasa.
Oh sí. Max definitivamente creía que ella era una caza fortunas.
Pedro soltó un bufido.

―Parece que las revistas están más interesadas en ti que en mí, mi amigo. Y pensé que la última vez que comparamos notas, me ganaste por casi un millón.

―Dos.
―Ah, pero no eres un número.
―Esa sangre suiza me saco de la carrera, supongo. Pero todavía poseo más tierra.
Paula rodo sus ojos.
―¿Por qué no lo sacan rápidamente y les diré quién es más grande?
Pedro le dirigió una mirada. Carina apretó la mano sobre su boca.
―Si mis fuentes son correctas, estás guardando tus propios secretos ―dijo Pedro―. ¿Qué es esto en las columnas de chismes acerca de que estás saliendo con la realeza? ¿La ascendencia italiana no es suficiente? ¿Necesitas sangre azul para satisfacerte?
Max negó con la cabeza.
―Serena acompañó a su padre en un viaje de negocios y me mantiene como compañía. Ella es heredera de una fortuna y no realmente de la realeza. Su papá me destrozaría, no soy digno de casarme en esa familia.
Carina ardía con furia.
―¡Eso es ridículo! ¡Cualquier persona que se case por dinero en vez de amor merece infelicidad! Tú vales más que eso.
Max se llevó las manos al pecho.
―Ah, cara, ¿quieres casarte conmigo? Tú eres la mujer que necesita mi corazón.
Carina se puso roja como remolacha. Sus labios temblaban mientras buscaba las palabras. Qué desastre. Enamorada del mejor amigo de su hermano que era años mayor, y atrapada en el cuerpo de una niña-mujer mientras deseaba a alguien que no podía tener. Al menos, no todavía.
Paula abrió la boca para desviar la atención, pero pedro se sumergió de un planchazo. Tiró a su hermana debajo de su barbilla, su sonrisa indulgente como la de un adulto a un niño pequeño.

―A Carina le faltan muchos años antes de que pueda tomar en serio a un hombre. Va a entrar en la posición que le corresponde en la panadería y terminará su licenciatura en negocios. Además, es una buena chica y tú, mi amigo, solo sales con malas.

Los hombres se rieron, sin darse cuenta del costo de su broma.
El color se drenó del rostro de Carina y bajó la cabeza. Cuando sacó su barbilla hacia arriba, parpadeó para contener las lágrimas de rabia.
―No soy una niña, pedro ―siseó―. ¿Por qué no pueden ver eso?
Ella se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.
―¿Qué dije? ―preguntó Pedro―. Sólo estaba molestándola.
Max lucía igual de perdido.
Paula dejó escapar un suspiro irritado y bebió el resto de su vino.
―Ustedes dos, tontos realmente lo hicieron esta vez.
―¿El qué? Su comportamiento es irracional y grosero a nuestros huéspedes. Yo no pretendía hacer daño.
Max se movió inquieto.
―¿Debería ir a hablar con ella?
―No, es mi responsabilidad. Voy a hablar con ella.
Paula empujó su vaso vacío en las manos de Pedro.
―Ah, infiernos, manténgase alejados de ella. Han hecho suficiente. Voy a hablar con ella.
La cara de Pedro reflejaba escepticismo.
―Cariño, no tienes mucha experiencia con mujeres jóvenes. A veces necesita una mano firme para entrar en razón. Tal vez sea mejor si voy por Julietta.
Paula de alguna manera dudaba que la mentalidad empresarial de su hermana entendiera tampoco a Carina por el momento. Una vez más, su tono de voz le molesto, básicamente le decía que era incapaz de manejar otra situación. En las
últimas veinticuatro horas, el hombre había insultado su carrera, su cocina, y ahora sus métodos sociales. Forzó una sonrisa dulce que casi le dio una caríes.
―No te preocupes, querido. ―Ella se burló del término cariñoso de manera privada que él entendió inmediatamente―. Voy a darle una buena noticia para hacerla sentir mejor.
―¿Qué noticia?
Ella levantó la mirada hacia los hermosos hombres ante ella y les dio una sonrisa malvada.
―Le voy a arreglar una cita a ciegas. Con alguien caliente.
La cara de Pedro se ensombreció.
―De ninguna manera. Mi hermanita no tiene experiencia en citas.
―Eso es exactamente por qué esto será perfecto para ella. Nos vemos. ―Añadió al insulto el elevarse de puntas y darle un beso en los labios. La pequeña chispa entre ellos la distrajo por un instante, pero la ignoró―. No discutamos en nuestra luna de miel, amor, cuando podemos concentrarnos en otras actividades divertidas. ―Le dio a Max un guiño, luego se alejó, asegurándose de menear sus caderas mientras sentía su mirada en su trasero.
Paula contuvo una carcajada. Maldición, parte de esto era muy divertido. Desafiar su ingenio y formas obstinadas le daba algún beneficio. Se dirigió escaleras arriba y buscó la habitación de Carina. Pedro podía preocuparse con esa idea perturbadora un poco. Confesaría después que ni siquiera conocía a un chico adecuado con quien emparejar a Carina. Desafortunadamente, su boca la metió en problemas otra vez y todavía tenía que tratar de hablar con Carina. Ciertamente no tenía experiencia en consejos femeninos. ¿Qué podía decir para hacerla sentir mejor?
Paula suspiró mientras se detenía detrás de una puerta cerrada y oyó los sollozos ahogados. Sus palmas estaban sudorosas por lo que las frotó sobre su falda. Ridículo. Si Carina no quería hablar con ella, se quedaría aquí arriba un rato, así Pedro iba a creer que habían compartido una conversación. Levantó su mano y llamó a la puerta.
―¿Carina? Es Paula. ¿Quieres hablar un poco, o quieres que me vaya? ―Síp, ella era una cobarde. Un buen consejero le exigiría abrir la puerta para una charla. Un
par de latidos de silencio. Alivio corrió a través de su cuerpo cuando se giró para irse―. Está bien, lo entiendo, solo…
La puerta se abrió.
Ah, mierda.
―¿Por qué nadie entiende que soy una adulta? ―dijo la chica.
Paula se detuvo en el umbral, tentada a correr, pero Carina dio un paso atrás e hizo espacio para que ella entrara.
―Porque tu hermano mayor nunca lo aceptara ―dijo Paula con facilidad. Se fijó en las paredes rosadas, suaves muñecos de peluche, y un montón de encajes. Yuck. Algo le dijo que Carina mantenía la habitación así para complacer a los demás y no a sí misma. La cama con dosel parecía suave y agradable, pero tenía una colcha de mariposas diferentes que la hacían parecer infantil.
Sin duda una joven de veintitrés. Paula dudaba que alguna vez hubiera salido, especialmente con Pedro al mando. Se detuvo en el fondo de la habitación donde unas escaleras conducían a un espacio separado que parecía que podría haber sido una sala de juegos una vez. Esta área tenía una sensación diferente, con lienzos en blanco, pintura y una gran variedad de herramientas de artistas. Varias acuarelas de vivos colores llamaron su atención, y modelos de arcilla de amantes abrazados se alineaban en las estanterías. Hm, interesante. Esto parecía más ajustado a Carina que el área principal.
―Odio mi vida. ―La miseria estaba grababa en cada rasgo de su cara. Se dejó caer en su cama mientras más lágrimas salían de sus ojos―. Nadie entiende o me permite tomar mis propias decisiones. No soy un bebé, pero mi vida ya está trazada para mí.
Paula mentalmente se reprendió por meterse en este lío con una chica que apenas conocía y una situación que no podía arreglar.
―Um, ¿cómo?
Carina tragó saliva.
―Sólo tengo permitido salir con chicos que mi familia aprueba. No es que ningún chico alguna vez me haya invitado a salir. Soy fea y gorda.
Paula dejó escapar un suspiro exasperado.
―Eso es estúpido. Tu cuerpo es naturalmente curvilíneo. Tienes pechos. ¿Has visto a tus hermanas? Pueden ser muy delgadas, pero sus pechos son planos como panqueques.
Los ojos de la chica se abrieron de golpe y luego una risa real escapó de sus labios.
―Tal vez. Pero a los chicos les gustan delgadas. Y mi cabello se ve como que si hubiera metido un dedo en un enchufe. Mis labios se ven hinchados e inflamados y estúpidos. ―Más lágrimas y otro trago―. Y Pedro dice que tengo que ayudar a Julietta en La Dolce Famiglia, ¡pero nunca me preguntó lo que quiero! Yo quería ir a la escuela pero me hizo estudiar la universidad. Ahora tengo que obtener mi MBA y luego hacer una pasantía larga. ¿Por qué no puedo ir a Estados Unidos y trabajar para él? ¡Nada es justo!
Paula negó con la cabeza. Caray, el dramatismo de esta familia estaba por las nubes. Se sentó con cuidado en la cama y dejó que Carina llorara. Buscó desesperadamente por todas las cosas correctas que una madre o Alexa o Pedro dirían. Ah, al diablo con eso. En este punto,Paula pensó que no podía hacerlo mucho peor.
―Está bien, cariño, siéntate.
La muchacha se limpió las mejillas y obedeció. Esos labios que odiaba se fruncieron y Paula aposto que un día Max iba a ver una persona totalmente nueva en la hermanita de Pedro. Pero no ahora. Todavía no. Carina necesitaba un tiempo para encontrarse a sí misma y sentirse cómoda en su propia piel.
―Estoy segura de que has oído esto antes, pero la vida apesta.
Otra leve sonrisa. Al menos hizo reír a la chica.
―Mira, sé que no nos conocemos bien, pero déjame decirte lo que veo. Max está guapísimo y estás loca por él.
La boca de Carina se abrió. Su piel se puso rojo brillante.
―N-n-no, yo no…
Paula agitó la mano en el aire.
―No te culpo. El problema es que recientemente pasaste la edad legal para beber. Eres prácticamente una Lolita para un hombre de treinta años de edad.

―¿Qué es eso?
―Hm, no importa. Quiero decir, eres demasiado joven para que te vea como una mujer todavía. Eso puede cambiar, pero en vez de pasar los próximos años no viviendo y esperando a que él te note, necesitas salir y vivir un poco. Para saber quién eres. Entonces todo el mundo te vera como tu propia persona.
Ella se veía tan triste y sin esperanza, el corazón de Paula se rompió. Dios, recordaba cómo se sentía, cuán confusa era la vida. Pero Carina tenía gente que la guiara, personas que la amaban, y Paula esperaba que hiciera la diferencia.
―¿Cómo hago eso? Mírame. Soy un desastre.
―¿Te gusta estudiar negocios en la universidad?
―No me importa. Soy muy buena con los números, una de las pocas cosas que puedo hacer bien. ―Su mentón inclinado hacia arriba tercamente―. Pero sería bueno si alguien me pidiera mi opinión.
Paula rió. La chica tenía espíritu. Ella lo necesitaba.
―Los negocios y la contabilidad no son malos para conseguir tu diploma. Puedes hacer muchas cosas con eso y conocer gente nueva e interesante. ―Señaló la sala de arte en la parte posterior―. ¿Esa es tu pintura?
Carina asintió.
―Sí, me gusta pintar, pero no creo que sea buena.
Paula absorbió las imágenes crudas de las caras en estados emocionales diferentes. Con un ojo crítico, se dio cuenta de las líneas de barrido del cepillo, las expresiones vívidas que atraían al espectador y el comienzo de un verdadero talento.
―No, eres buena ―dijo lentamente―. Nunca dejes el arte. Toma algunas clases aparte para nutrir tu talento y no dejes que nadie te diga que no puedes. ¿Entiendes?
Carina asintió, aparentemente fascinada por su nueva cuñada.
―Pedro tiene las mejores intenciones en el corazón, pero como hermano mayor, siempre va a apestar en esto. Vas a necesitar más que agallas para hacerle saber lo que es y no es aceptable.

Sus ojos se abrieron.
―Pero lo que Pedro dice es ley ―susurró―. Él es la cabeza de la familia.
―No estoy diciendo que le faltes al respeto. Solo sé clara en la comunicación. Intenta.
―Está bien.
―En cuanto a Max, tal vez un día las cosas cambiarán. Hasta entonces, es necesario concentrarse en los otros chicos.
―Te lo dije, no le gusto a los chicos.
Paula negó con la cabeza.
―No te estás presentando en tu máximo potencial. ―La invitación se cernía en el borde de sus labios, pero antes de que pudiera tragar las palabras Paula selló su destino―. ¿Por qué no vienes conmigo a mi toma de fotografías esta semana?
La chica la miró con sospecha.
―¿Por qué?
Paula rió.
―Te voy a dar un cambio de imagen. Mostrarte el mundo de la fotografía y te presentare a algunos de los modelos. No va a solucionar tus problemas, pero tal vez puedes ver cómo te ven otras personas. Eres hermosa, Carina. Por dentro y por fuera. Sólo tienes que creerlo.
Al decir las palabras, de repente Paula contuvo las lágrimas. Lo que hubiera dado por que alguien le dijera esas palabras a ella. ¿Habría hecho alguna diferencia? Al menos tuvo la oportunidad de decirle a otra joven chica, hubiera o no dejado huella. Disgustada con sus emociones crecientes en las últimas veinticuatro horas, apisonó su estupidez y tensó su columna.
―¿Harías eso?
―Por supuesto. Sera divertido.
Carina echó los brazos alrededor de ella en un abrazo que la consumió.
Un latido pasó antes de que Paula la abrazara, y luego se alejó con torpeza.

―Gracias, Paula. ¡Eres la mejor cuñada en el mundo!
―Soy tu única cuñada, nena. ―La culpa pinchó su conciencia. Una cosa era pretender ser la esposa de Pedro, pero otra realmente formar un apego a su familia. Lamentó la invitación de inmediato, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Paula se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
―¡Grazie!
―Prego.
Cerró la puerta detrás de ella. Oh, chico. Pedro iba a estar enojado.
GRACIAS!

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