miércoles, 9 de julio de 2014

Capitulo VII

―Paula, acércate. 
Ella casi se estremeció con el sonido de su nombre completo, pero la madre de 
Pedro lo hizo sonar tan mágico que lo dejó pasar. Regla número uno; nunca 
critiques a la matriarca de la familia con la cual te acabas de casar. 
―Grazie. 
Pedro le tendió un vaso de vino tinto, después entrelazo sus dedos con los de 
ella y sonrió. Su corazón dio un vuelco, pero sonrió con calidez. Las hermanas de 
Pedro se veían ansiosas de escuchar todos los sangrientos detalles. Paula tomó 
una decisión ejecutiva. Entre más rápido escupiera la historia, más rápido pasarían 
a la boda de Venezia. 
Ella sorbió su vino. 
―¿Les gustaría saber cómo nos conocimos? 
Las cejas de Pedro se elevaron con sorpresa. Un clamor de voces femeninas 
estuvo de acuerdo. Paula suprimió una sonrisa. Esta sería fácil. ―Mi amiga cercana Alexa nos organizó una cita a ciegas. Verán, mi mejor amiga 
está felizmente casada con mi hermano. Cuando ella conoció a Pedro en una 
cena de negocios, pensó que seriamos una pareja perfecta. ―Le dedicó una sonrisa 
empalagosa y captó una advertencia en sus ojos―. En el momento en que nos 
conocimos, él me dijo que yo era la correcta. Usualmente, nunca le creo a los 
hombres en la primera cita, pero me cortejó y ganó mi corazón. 
Carina suspiró y apoyó su barbilla regordeta en sus manos. 
―Eso es tan romántico. Casi como el destino. 
―Sí, como el destino ―apretó los dedos de Paula―. Íbamos a poner una fecha 
para la boda, pero cuando escuchamos que Venezia también estaba comprometida, 
decidimos fugarnos. Espero que no se hayan decepcionado porque nos saltamos 
una boda hecha y derecha, pero me niego a ser el centro de atención, entonces 
pensamos que esto podría ser mejor. 
Pedro llevó su mano hasta sus labios y la besó en el centro. Su piel cosquilleo. 
―Si, Paula es una persona muy discreta. 
La mirada afilada de la madre de Pedro contradecía su frágil cuerpo. La 
incomodidad cosquilleó en su vientre. 
Quien quiera que mantuviera a cuatro niños y condujera un negocio familiar tenía 
instintos brillantes y Paula tomó nota de ser cuidadosa cuando estuvieran a solas 
juntas. Sabiendo que no había muchas cosas que contar de su vida, se aseguró de 
que sus palabras fueran férreas y no se quebraran. 
Por lo tanto, había mucho en juego para ella, también. 
―¿Y qué haces tú, Paula? ―preguntó Julietta. Sus largos dedos sosteniendo su 
copa de vino con una delicadeza que también desmentía su mirada seria. Paula
recordó que era la cabeza del negocio y de La Dolce Famiglia. Educada y refinada, 
Julietta era definitivamente la hermana racional con los pies en la tierra. 
―Soy fotógrafa. Tengo una sesión mañana en Milán, así que estaré fuera la mayor 
parte del día. 
―Que maravilloso. ¿Qué fotografías? ―preguntó Julietta.―Hombres. En ropa interior. ―Un silencio cayó sobre la mesa y Paula se encogió 
de hombros―. Es ropa interior de diseñador, por supuesto. Tengo una sesión con 
Roberto Cavalli mañana. 
Venezia estalló en risas. 
―Lo amo. ¿Puedes darme un descuento? Dominick amaría un nuevo par de 
Cavallis. 
Carina rió. Mama Alfonso les dio un suspiro de sufrimiento. 
―Venezia, no necesitamos saber qué lleva Dominick bajo sus ropas. ―La fulminó 
con la mirada―. Y tú tampoco debes saber hasta que estén casados. ¿Capisce? 
―Paula es una fotógrafa muy dotada ―dijo Pedro―. Estoy seguro de que puede 
ampliar su experiencia, especialmente con tanto que ver en Italia. 
Paula frunció el ceño. Su declaración casi apenada a su familia la picó, pero se 
tragó su estallido con un trago de Chianti. Solo porque no fotografiaba lindos 
cachorritos y bebés no hacía que sus elecciones fueran menos valiosas. Era como si 
supiera eso en sus entrañas, le dolía más. Contrariada con sus pensamientos, se 
enfocó una vez más en la conversación. 
Venezia parloteaba mientras sus manos confirmaban cada afirmación con gestos 
dramáticos. 
Paula la encajó como la reina del drama emocional de la familia. Aun así, sus ojos 
chocolates quemaban brillando con fuego y entusiasmo, y su cuerpo esbelto 
vestido con jeans caros, top floral sin mangas, y Jimmy Choos le dijo que adoraba 
la moda. Pedro parecía desaprobar la elección de Venezia de no trabajar en la 
pastelería familiar, pero su carrera como asistente de un muy reconocido estilista 
parecía satisfacer su toque creativo. Paula no podría imaginarla con pastelitos 
glaseados, comprando publicidad o haciendo la contabilidad. 
―Nos gustaría celebrar la boda aquí en los terrenos ―continuó Venezia. Su rostro 
suavizado―. Por supuesto, y serviremos pastel de nuestra propia pastelería. 
Septiembre es un mes tan hermoso. 
Julietta jadeó. 
―Será en tres meses. 
Su hermana le lanzó una mirada. ―No quiero esperar otro minuto para empezar mi vida con Dominick. Ahora que 
Pedro está casado, podemos seguir adelante con nuestros planes. Ya nos hemos 
decidido por el quince. Está bien con tu programa, ¿cierto, Paula? Y por supuesto 
serás una de mis damas de honor. 
Ella tragó mientras la culpa de su mentira repentinamente la golpeaba. Tragó 
pasándola con otro trago de vino. 
―Por supuesto, limpiaré mi programa. 
Venezia chilló con deleite y palmeó sus manos juntas. 
―Maravilloso. Oh y ¿por qué no compramos todas nuestros vestidos esta semana? 
Julietta rodó sus ojos. 
―Detesto las compras de vestidos. 
―Bien, disfruta. Eres mi madrina y si arruinas esto por quejarte, nunca te hablaré 
otra vez. 
―Puedo soñar. 
Paula giró su anillo de diamantes en su dedo como si repentinamente quemara. 
Peleó contra el ligero pánico de la realidad de su situación. 
―Uhm, estaré ocupada con el trabajo y sé que Pedro quiere llevarme a conocer 
las vistas mientras estoy aquí ―sonrió, pero sintió que le salió más como una 
mueca―. Quizá tú y tus hermanas puedan ir esta semana. Si encuentran algo, les 
daré mi talla y pueden ordenarlo. Estoy segura de que veré los vestidos cuando 
Pedro y yo regresemos de visita. 
―Absolutamente no. ―Los ojos de Venezia brillaron con firme resolución―. 
Además ahora eres mi hermana y debes venir. Me niego a meterte en algo que no 
te vaya bien. Eso arruinaría mi reputación como estilista. 
Julietta rió por lo bajo. 
―Paula y yo estamos en nuestra luna de miel y necesitamos algo de tiempo a 
solas. Pensar acerca de compras de vestidos no es mi idea de romance ―él le sonrió 
gentilmente y Paula peleó con la sensación derretida en su estómago. 
Carina le disparó una mirada suplicante a Paula. ―Oh, por favor, acompáñanos ―dijo―. Ahora somos una familia y nos perdimos 
de toda la excitación de su boda. Es solo una tarde. 
Las paredes pulsantes se cerraron. ¿Cómo podría meterse en un vestido de dama 
de honor y pretender que había estado en uno de novia? Pedro abrió su boca y 
Paula capturó un vistazo del rostro de su madre. 
Sospecha. 
Un diminuto fruncido empañaba su ceja. Su disconformidad era obvia, y la mujer 
mayor sentía que algo estaba pasando. Lo cual era cierto. Pero paula hizo una 
promesa, así que necesitaba fingir. 
Colocó sus dedos sobre los labios de Pedro para callarlo. Las suaves curvas 
hicieron que le doliera por sentir su boca una vez más sobre la suya, 
sumergiéndose profundamente y demandando todo. 
―No, Pedro, tus hermanas tienen razón. ―Trató de lucir feliz―. Me gustaría 
pasar una tarde de compra de vestidos. Será divertido. 
Su madre se recostó hacia atrás, asintiendo y cruzando los brazos enfrente de su 
pecho con satisfacción. La mayoría de la charla zumbó en los oídos de Paula. 
Hizo un cálculo mental de las horas que quedaban antes de que pudiera colapsar 
en su sueño. Una cena tranquila en la tarde alegando agotamiento y un día podía 
caer. Mañana trabajaría todo el día de golpe, iría a archivar sus documentos en el 
consulado y… ¿Qué había dicho Julietta? 
―¿Fiesta? ―preguntó Paula. La palabra destelló en neón como una señal de 
advertencia en su cerebro. 
Pedro también lucía sorprendido. 
Mama Alfonso se levantó y apoyó su bastón sobre las piedras toscas. 
―Sí. La fiesta en la noche, Pedro. ¿No creerás que me perdería el celebrar una 
fiesta en honor de mi hijo y su nueva esposa? Tenemos que empezar a trabajar en 
la cena. 
―¿Vendrá Max? ―preguntó Carina en un tono sin aliento. 
―Sí, por supuesto que vendrá. Y tus primos.Pedrol hizo una mueca, entonces le disparó un asentimiento tranquilizador. Santa 
mierda, se estaba ahogando y su falso esposo le lanzaba un salvavidas con un 
agujero en él. Vestidos de damas de honor y ahora una fiesta de matrimonio. 
―Mama, realmente no estamos de humor para una fiesta de noche. Tuvimos un 
vuelo largo, y Paula tiene que trabajar por la mañana. 
Ella cortó sus protestas con un ondeo de mano. 
―Tonterías. Es solo un puñado de personas que vienen a extender sus 
felicitaciones. No es nada. ¿Por qué no sacas algo de vino de nuestra bodega y vas 
a la pastelería de la casa? Trae tiramisú y canolas, negras y blancas. Julietta irá 
contigo en el camino. 
Paula tragó. 
―Um, quizá debería… 
Mama Alfonso envolvió su mano alrededor del brazo de Paula. Su fragilidad 
pareciendo inexistente. Pura fortaleza pulsaba de sus delicados músculos y 
apretaba como una trampa mortal. 
―Niente. Tú te quedas conmigo, paula y me ayudarás con la cena. 
Pedro sacudió la cabeza. 
―Mama, paula no cocina. En los Estados Unidos, la mayoría de mujeres trabaja y 
muchas no saben cómo preparar comida. 
Eso captó la atención de Paula. Su cabeza giró y lo miró fijamente. 
Que te jodan, Alfonso. puedo cocinar. Dio una sonrisita tonta, falsa 
―Solo pretendí no saber cómo así me llevarías a cenar más seguido. 
Mama alfonso dio una risotada orgullosa y la llevó adentro, dejando a un alfonso  
atónito a su paso. 
Con cada paso hacia la gigantesca y brillante cocina, una nueva gota de sudor 
aparecía. Paula hervía mientras un pensamiento bailaba en su cerebro. 
Si salía viva de esto, lo mataría. 
Paula quería ceder ante la tentación de huir a casa gritando. Odiaba las cocinas. 
Cuando era más joven, la mayoría de los cocineros se volteaban a la vez lo que 
significaba que estaba entrando en su espacio sagrado, hasta sola la vista de ese 
brillante equipo le arrancaba un estremecimiento. Aún así, mantuvo la cabeza en 
alto y la actitud positiva. Era una mujer capaz y podía seguir la receta. Quizá la 
cena sería algo fácil y podía mostrarle a Pedro sus increíbles talentos culinarios y 
finalmente callarlo. 
La mamá de Pedro ya tenía una variedad de recipientes y tazas de medida 
apiladas cobre el largo y amplio mostrador. Varios contenedores de cosas en polvo 
se alineaban perfectamente. Definitivamente no como ese loco programa Iron Chef 
con todo el caos y corriendo por allí a preparar una comida. 
Paula siempre creyó que la cocina se había hecho para sobrevivir; no para placer. 
Desde que ganaba montones de dinero, gastaba la mayoría afuera. Frunció el ceño 
y trató de fingir entusiasmo en la tarea que le esperaba. Dios, quería más vino. Si 
estuviera lo suficientemente borracha, estaría más relajara para la tortura venidera. 
―¿Qué haremos? ―preguntó con falsos ánimos. 
―Pasta. Tomaremos una cena rápida antes que el resto de la familia llegue, 
entonces sacaremos los pasteles y el café. ¿Sabes cómo cocinar pasta, paula? 
El alivio relajó sus músculos tensos. Gracias a Dios. Mamá Alfonso había escogido la 
única comida en la que sobresalía. A menudo cocinaba pasta por la noche y sabía 
cómo lograr la consistencia perfecta de al dente. Paula asintió. 
―Por supuesto. 
La satisfacción parpadeó sobre el rostro de la mujer mayor. 
―Bien. Necesitamos unas cuantas tandas. Ya traje los ingredientes. 
La enorme encimera tenía harina, huevos gigantes, aceite, rodillos, y una variedad 
de otros equipos. Miró alrededor buscando la caja de ziti2 y una olla para hervir el 
agua mientras mamá Alfonso le entregaba un delantal. Paula arrugó la nariz ante 
la extraña elección de ropa solo para tirar algo al agua, pero, qué demonios. 
Estando en Italia… 
―Estoy segura de que ustedes cocinan la pasta de forma diferente en América, así 
que debes mirarme primero, entonces preparas tu tanda. 
La confusión empañó su cerebro por un momento y Paula se negó a entrar en 
pánico. 
¿Dónde estaba la caja azul? ¿De qué estaba hablando? Con creciente horror, miró 
cómo las manos arrugadas se movían como relámpagos rompiendo huevos, 
colando las yemas y mezclando todo en un recipiente. La harina fue vertida en 
medio de una gran tabla y lentamente, mama Alfonso, vertió la húmeda sustancia en 
medio y empezó alguna clase de ritual que mezcló todo junto. 
Mágicamente, la masa apareció de repente y amasó, estiró y bailó sobre el borrón 
en unos minutos interminables. Completamente fascinada por el hipnótico ritual, 
Paula, no podía creer que esta cosa terminaría luciendo como cualquier cosa que 
hubiera comido nunca. Nunca rompiendo el ritmo, mama alfonso miró hacia ella. 
―Puedes empezar cuando estés lista. 
Oh. Mierda. 
La realidad la golpeó mientras miraba la masa de cosas apiladas frente a ella. 
¡Pasta hecha en casa! ¿Tenía que hacer la masa real? No había cajas celestiales que 
abrir o un pote de salsa que calentar. La apuesta era mucho mayor de lo que 
pensaba y paula sintió los principios de un ataque de mordidas a su cordura. 
Tomó aliento profundamente. Podía hacer esto. No había forma que se rompiera 
por una masa de harina y una madre italiana solo esperando para saltar. 
Les mostraría a todos. 
Paula jaló el recipiente más cerca. La parte de la harina era fácil, pero los huevos 
la asustaban como el infierno. Hm, un buen golpe en el medio, separar el cascarón, 
y el interior se deslizaría fácilmente. Con falsa confianza, chocó el huevo contra el 
borde del recipiente. 
La materia viscosa cayó en sus manos y el cascarón blanco se esparció. Una rápida 
mirada a mama alfonso confirmó que no estaba mirando por encima y creía que 
Paula había hecho su tanda. Tarareando alguna canción italiana bajo su aliento, 
siguió amasando.  

Paula quitó tanto de la cáscara como le fue posible y dejó el resto caer. Unos 
cuantos más y tendría alguna clase de ingrediente húmedo que luciría aceptable. 
De alguna forma. Maldición, necesitaba moverse rápido antes de que la madre 
mirara en su dirección. Espolvoreó una masa de harina en el centro, entonces tiró 
la cosa en el recipiente por el medio. 
El líquido corrió sobre los bordes de la tabla en un río goteante. Tratando de no 
jadear, se secó la frente con el codo y recogió el lío con el delantal. El maldito 
tenedor no ayudaba a revolver en absoluto, así que paula tomó un profundo 
respiro y metió ambas manos en la cosa asquerosa. 
Oh, asqueroso. 
La harina se metió bajo sus uñas. Apretó una y otra vez y rogó porque por alguna 
clase de milagro que pareciera una masa. El polvo voló a su alrededor en una 
nube. Cuanto más se asustaba, más se envolvía. ¿Quizá más harina u otro huevo? 
El resto fue un borrón hasta que un par de manos firmes detuvieron sus 
movimientos. Paula cerró los ojos en pura derrota. Entonces lentamente los abrió. 
Mama Alfonso miraba el lío que supuestamente era pasta. Cascarones blancos sin 
basura pegajosa que se deslizaban sobre el mostrador y goteaba sobre el piso. 
Diminutas nubes esponjosas se elevaban y esparcían alrededor de ellas. Su delantal 
estaba lleno de grumos pegajosos y la ―por llamarlo de alguna forma― masa, 
cubría sus brazos desnudos hacia arriba hasta los codos. 
Paula sabía que se había acabado. Pedro nunca se casaría con una mujer que no 
pudiera cocinar pasta hecha en casa. Mama Alfonso nunca aprobaría tal clase de 
emparejamiento, o siquiera creería en la posibilidad. Con lo último de orgullo que 
le quedaba, paula levanto la barbilla y encontró la mirada de la mujer de frente. 
―Mentí. ―Mama alfonso levantó una ceja en cuestionamiento y paula se apresuró 
a explicar―. No tengo idea de cómo cocinar. Uso la pasta seca y la tiro en el agua. 
Caliento salsa en un microondas. Como afuera casi todas las noches. 
Ahí. Estaba hecho. Se preparó a sí misma para ser ridiculizada y acusada. Sin 
embargo, la madre de Pedro sonrió. 
―Lo sé. 
Paula se echó para atrás. 
―¿Qué? 

―Quería ver cuán lejos llegarías. Estoy impresionada, Paula. Nunca 
mostraste tu miedo. Una vez que confíes, lo verás, incluso si piensas que vas a 
fracasar. Eso es exactamente lo que mi hijo necesita. 
Con acciones rápidas, mama Alfonso tiró el lío rezumando en la basura, re espolvoreo la harina y se volvió hacia ella.
―Empezaremos de nuevo. Mírame. 
Paula miró mientras le mostraba cada paso con cuidadosa precisión. Mientras el 
miedo a ser descubierta se alejaba, se relajó en la lección, sus manos inmersas en la 
masa mientras trabajaba el montículo con una fuerza que rápidamente la cansó. 
Las pesas de mano en el gimnasio no tenían nada que envidiarle a la cocina y los 
músculos en los brazos y muñecas de mama alfonso parecían nunca cansarse 
mientras buscaba la mezcla perfecta. Paula captó la cantarina melodía que la 
madre de pedro tarareaba, y un sentimiento de paz se instaló sobre ella. Nunca 
había cocinado con una mujer antes, nunca se le había permitido tal calidez y 
espacio doméstico. Mientras el rodillo trabajaba la masa y la estiraba 
delicadamente, mama Alfonso le dio una porción. 
―La terrosidad de la masa de pasta es el verdadero elemento en una buena y 
simple comida. Debemos estirarlo hasta una delicada delgadez sin romperla. 
Trabaja el borde. 
Paula mordió su labio. 
―Mama Alfonso, ¿quizá debas hacerlo primero? 
―No. Servirás a tu esposo la cena esta noche, paula, de tu propia mano. Y no 
porque estés por debajo de él, o crea que eres menos, es porque eres más. Mucho 
más. ¿Capisce? 
La belleza de su afirmación resplandeció a su alrededor con repentina verdad. Se 
levantó, secó su frente, y untó pasta sobre su frente. Y sonrió. 
―De acuerdo. 
Trabajaron sin hablar, tarareando canciones Italianas, escuchando los movimientos 
suaves del rodillo y el canto de los pájaros en la distancia. Paula quebró fideo tras  
fideo, pero siguió, hasta que una larga cadena perfecta cubrió su mano. Desigual, 
pero transparentemente delgada sin una quebrada. 
Mama alfonso se levantó y lo colgó en el estante de secado, inspeccionándolo 
cuidadosamente. 
Su carcajada hizo eco a través de la cocina. 
―Perfecto. 
Paula sonrió y se preguntó por qué se sentía como si acabara de emerger del 
Monte Everest escalando en medio del invierno. 
Horas más tarde, se sentó en una larga mesa con recipientes de pasta humeante y 
salsa de tomate fresco. Las esencias de albahaca y sabroso ajo, flotaban en el aire. 
Tres botellas de vino ocupaban las esquinas y platos atrapados entre platos de 
comida como personajes secundarios de un libro. 
Le lanzó una mirada nerviosa a Pedro. ¿Se reiría? ¿Bromearía sobre su 
incapacidad de cocinar y sus patéticos esfuerzos en una mesa experta? 
Risas, gritos y discusiones en voz alta pululaban a su alrededor en confusión. 
Estaba tan acostumbrada a las cenas en su mostrador de desayuno mientras 
miraba televisión o en los restaurantes con bajas y murmuradas conversaciones. Al 
crecer, comía sola o con su hermano, en silencio. Pero Pedro era diferente. 
Bromeaba con sus hermanas y relajado bajo el calor de su familia, y paula se dio 
cuenta de que su facilidad entraba en cada situación, porque sabía exactamente 
quién era. Ella respetaba eso en un hombre que encontraba raro. Disfrutaba la vida 
y le gustaba el sentido del humor y se preguntaba cómo sería comer con él cada 
noche. Tomar vino, hablar sobre su vida, cocinar juntos, y comer juntos. Una pareja 
en la vida real. 
Pedro levantó su tenedor, enrolló los fideos, y los metió en su boca. 
Contuvo el aliento. 




Hizo un sonido de gemido. 
―Ah, mama, esto está delicioso. 
Mama alfonso se deslizó del asiento. 
―Debes agradecer a tu esposa. Cada fideo en tu plato fue hecho por su 
mano. 
Se echó hacia atrás, sorprendido. Un diminuto ceño estropeaba su entrecejo 
mientras miraba hacia abajo a la comida, entonces volvió su mirada para encontrar 
la suya. Una extraña combinación de emociones se enredó en esos ojos. Una pizca 
de calor. Una llamarada de orgullo. Y una chispa de gratitud. 
Inclinó la cabeza y una sonrisa floreció en su rostro. La luminosidad la llenó y le 
devolvió la sonrisa, el ajetreo de la mesa desapareciendo bajo su atención. 
―Grazie, cara. Estoy honrado de comer algo que has hecho para mí. Está delicioso. 
Asintió, aceptando su agradecimiento. Venezia habló sobre vestidos de dama de 
honor y de bodas. Carina habló sobre arte. Julietta habló sobre una nueva campaña 
de publicidad que estaban lanzando para la pastelería. Pedro siguió comiendo, 
obviamente orgulloso de la comida de su falsa esposa. 
Y por un corto tiempo, fue más feliz de lo que nunca había sido. 

gracias! ♥ 

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