de que él no la había tocado, su cuerpo se sentía restringido. Él había
perdido su aire relajado y un aura peligrosa se sentía en el aire. Ella
realmente lo había molestado. Desafortunadamente, en vez de miedo, la emoción
le recorría a lo largo de sus terminales nerviosas. Maldición, ¿Cómo sería el en la
cama? Desnudo, musculoso y... demandante.
Usualmente ella se mantendría alejada de hombres que tuvieran alguna ligera
tendencia a ser dominantes o controladores, pero Pedro no la asustaba. Al menos
no de mala manera. Los labios de ella se abrieron, invitándolo inconscientemente a
ir un paso más lejos. Sus ojos color ónix miraron los labios de ella y se
oscurecieron. Se moría por conocer su sabor. Rogaba por experimentar su lengua
recorriendo su boca, sus labios rozando los suyos, sin forzarla a elegir.
Un segundo pasó. Y otro.
Las palabras salieron de su boca sin que pudiera detenerlas.
―¿Qué pasa? ¿El gato te comió la lengua?
Él se dio la vuelta y una lluvia de maldiciones llenaron la atmósfera. El cuerpo de
ella se relajó, pero su amenaza provocó que un escalofrío recorriera su columna.
Ignoró la decepción que sintió por la oportunidad perdida.
―Ten cuidado, cara. Jugar conmigo puede ser divertido, pero eventualmente me
cansaré y te morderé la mano.
Paula soltó un bufido.
―Sonaste como esos romances eróticos que me gustan. Creo que no le agradaré a
tu familia desde el principio para que no tenga que jugar un papel con el cual no
estoy cómoda. Eventualmente se darán cuenta de que no soy buena complaciendo
a la gente o una tradicional esposa italiana ―ella sonrió―. Tu mamá es un dolor de
cabeza.
―Está enferma, así que ten cuidado.
―Oh, no, Pedro ¿Qué tiene?
El la miró profundamente y luego se frotó la cara con las manos.
―Además de una rodilla con artritis, su corazón es delicado. Necesita cuidarse del
estrés y las actividades físicas, por eso intentaré animarla con esta visita. ―Sus cejas
bajaron―. Y espero que tú también.
―Puedo ser agradable por una semana.
―Lo creeré cuando lo vea ―murmuró―. Asegúrate de tratar de no golpearme
cuando te bese. ―Él lució pensativo, y Paula casi traga con malestar―. De hecho,
creo que debería besarte aquí. Ahora. Para practicar por supuesto.
Ella siseó como una serpiente cabreada.
―No puedo evitar ponerme a la defensiva cuando un hombre me toca.
―No estoy convencido. ―Se acercó a ella e invadió su espacio personal. El calor de
su cuerpo la atrajo―. Un solo error y esta mentira se nos viene abajo. No puedo
permitirlo. Especialmente cuando un beso de antemano puede hacer la diferencia.
―Soy buena fingiendo. ―Le dedicó una sonrisa arrogante. El delicioso aroma de
almizcle y hombre la tentaron a probar. Su corazón se aceleró con el pensamiento
de él tocándola, lo que solo la hizo ponerse más odiosa―. Nadie sospechará que no
estoy interesada en besarte. No tenemos por qué practicar.
Él la estudió en silencio y ella empezó a relajarse.
―Pongamos a prueba la teoría ¿Qué te parece?
La tomó por los hombros y la atrajo hacia él. Ella colapsó contra una roca de
músculos y sus brazos se alzaron rápidamente empujando en protesta contra su
pecho. Cuando él puso resistencia ella lo tomo por el material suave de su camisa.
Los pies de él se enredaron con los de ella, sacándola de balance. Sus labios
deteniéndose a solo centímetros de los suyos.
―Quítame las manos de encima. ―El sudor empezaba a bañar su frente. Oh, Dios,
¿Qué pasaría si se dejaba llevar y lucía como una idiota? ¿Y si balbuceaba aún
cuando sus labios tocaran los de ella? No debía responder. Ella no debía responder.
Ella no...
―¿Porque estas tan nerviosa? ―La diversión bailaba en sus ojos―. Has hecho esto
millones de veces ¿Recuerdas?
―No me gusta ser maltratada ―le dijo.
Los labios de él se curvaron. Su voz bajó de tono hasta convertirse en un ronco
ronroneo que prometía placer corporal puro.
―Tal vez no has sido tratada por el hombre correcto.
―Un minuto, ¿Las mujeres de verdad caen con esa frase? Porque si lo hacen,
debieron de salir de la tierra de la estupidez. Quita tus manos.
Los labios de él cubrieron los suyos.
Su cálida y suave boca detuvo el flujo de palabras y la distrajo de cualquier otro
pensamiento que pudiera haber tenido a excepción de cómo ese hombre la besaba.
Sus sentidos hicieron corto circuito. A ella le gustaba besar y ya había
experimentado una parte justa, pero con Pedro todo parecía diferente. Su calor
corporal le recordaba a esos hombres lobo de las películas de Crepúsculo que amaba
secretamente. Su lengua probó la textura de los labios de ella, después se abrió
paso sin ningún reparo. Se hubiese alejado de él si no fuera tan ávido; en cambio, el
deslizamiento de su lengua la seducía y le pedía que se uniera a su juego.
Su barba frotó la parte delicada de su mandíbula. Sus caderas se inclinaron en
contra de las suyas mientras sus brazos bajaron y acunaron su trasero, alzándola
hasta alcanzar el bulto duro entre sus muslos.
Ella gimió. Él la escuchó y presionó más profundamente y Paula abrió la boca y
se rindió.
La controló con confianza, recordándole que el reclamaría su cuerpo si ella le daba
la oportunidad. Trató de frenarse y tomar el control del beso, pero su mente
sucumbió y su cuerpo cedió. Él murmuró su nombre y las piernas le temblaron
mientras se aferraba a él para salvar su vida y le devolvió el beso.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Minutos? ¿Una hora? El finalmente se separó,
lentamente, como si se arrepintiera de romper el contacto. Se odió a sí misma en
ese momento. En vez de darle una cachetada, o retarlo con un brillante y sarcástico
comentario, se quedó mirando sin hacer nada. Su lengua recorrió su labio inferior
inflamado.
El gimió. Respiraciones entrecortadas llenaban su pecho.
―Tienes razón ―dijo lentamente―. Sabes fingir muy bien.
Ella se apartó y rezó porque sus mejillas no estuvieran sonrojadas. Se forzó a dejar
salir las palabras.
―Te lo dije.
Él se dio la vuelta, apiló el equipaje en la esquina de la habitación y abrió las
puertas del armario.
―Hay suficiente espacio para ambos. Esta será nuestra habitación por una semana.
La realidad la golpeó en ese momento. Detalles costosos hacían la habitación tanto
cómoda como masculina, desde las gruesas mantas azul marino y muebles de
cerezo. Un edredón de color rojo oscuro le daba un aspecto pulido a la cama que
ocupaba el centro de la habitación. Paula miró fijamente la cama, un poco más
pequeña de lo que esperaba, y se dio cuenta de que no había algún sofá o alguna
alfombra cómoda. El conocimiento de que estarían acurrucados juntos alteraba sus
nervios. Por Dios, apenas había caído con apenas un fatal beso. ¿Qué pasaría si ella
se daba la vuelta mientras dormía? ¿O si accidentalmente sus dedos tocaban
alguno de sus lisos músculos pectorales y la hacía quedar como una tonta?
Esa ridícula situación la irritaba así que hizo lo que mejor sabía hacer. Atacar
primero.
―Linda cama.
Él se aclaró la garganta.
―¿Es aceptable? Si no, podría poner una sábana en el piso.
Ella rodó los ojos.
―Soy una mujer mayor, solo quédate de tu lado. Yo quiero el izquierdo.
―Como tú quieras.
―No roncas ¿O sí?
Un atisbo de asombro brilló en sus ojos.
―No he tenido quejas antes.
―Bueno, te diré si están mintiendo, para futuras referencias.
Él hizo un gesto hacia el baño y hacia las puertas de cristal que daban al balcón.
―¿Por qué no te tomas un tiempo para refrescarte? Baja cuando estés lista. Te
mostraré la propiedad y el resto de la casa. ¿Cuándo es tu sesión de fotos en Milán?
―Mañana. Estaré ahí casi todo el día.
―Muy bien. Me reuniré contigo en la tarde para que podamos presentar nuestro
Atto Notorio y Nulla Osta en el consulado. Ya he conseguido a los testigos. No se
te olvide traer todos tus papeles. Tuve que mover algunos hilos para que mama no
sospeche que queremos algún retraso.
Paula tragó.
―Pensé que habías dicho que era imposible conseguir un sacerdote para que nos
casara.
―Es un poco difícil conseguir a un sacerdote para que oficie una ceremonia de
último minuto y mama solo aceptará este tipo de ceremonia. No hay manera de que
pueda ser aprobada en una semana.
―De acuerdo.
Se miraron mutuamente en silencio unos minutos. Él cambió de peso, y la tela de
sus pantalones se tensó contra el bulto de la muerte en el centro. Su camiseta negra
no hacía nada para esconder el contorno de sus hombros y su pecho. O la longitud
de sus brazos cubiertos de vellos oscuros. Su cuerpo traidor respondió ante su
confianza mientras el calor ardía entre sus muslos y sus pezones se tensaban
dolorosamente.
¿Cuándo había sido la última vez que había estado tan excitada por un hombre?
Tal vez era por la persecución. Las mujeres se sienten atraídas por los hombres que están fuera de sus límites. Especialmente si ellos estaban perdidos por otra mujer.
¿Cierto?
―¿Paula? ¿Estás bien?
Ella se sacudió la reacción y se lo atribuyó al Jet lag
―Seguro. Tomaré un baño. Te veré abajo.
Él asintió con la cabeza y cerró la puerta detrás de sí.
Paula gruñó y se apresuró hacia su maleta en busca de una muda de ropa. Todo
lo que tenía que hacer era sobrevivir siete días sin hacerse quedar como una idiota
y sería finalmente libre de Pedro Alfonso para bien. No tendría que preocuparse
por tropezarse con él en casa de Alexa, y tendría a su familia solo para ella.
La amargura de la imagen se burló de su satisfacción y le gritaba que era una
mentirosa. Se había acostumbrado a él durante el año pasado. Demasiado. Y cada
vez que miraba hacia esos ojos oscuros, el recuerdo de su humillación regresaba a
su mente y la hacía retorcerse.
El baño era pequeño pero contaba con una bañera profunda de mármol y una
ducha. Decidió hacerlo rápido y tener un largo chapuzón después. Dio un paso
bajo las gotas de agua y dejó que el calor relajara sus músculos. Acostumbrada a
forzar a muchos de sus colegas a ir a citas a ciegas, Paula, no lo pensó dos veces
cuando Alexa juró que había encontrado al hombre perfecto para ella. Recordaba
haber entrado al lujoso, intimo restaurante italiano esperando alguna clase de
hombre. Un poco arrogante. Demasiado relajado. Demasiado atractivo.
Había estado equivocada.
Excepto por la parte de atractivo.
Paula se frotó la piel y trató de borrar ese recuerdo. Pero las imágenes
aparecieron delante de sus ojos. La conexión instantánea cuando sus manos se
tocaron, como un rayo que había estado encapsulado y había sido liberado. Ella
casi se había echado hacia atrás. Casi. El muro que había construido se mantuvo
firme. Pero su conversación la atrajo y la envolvió como un cálido abrazo. Sí, él era
relajado, encantador y gracioso, pero había una sensación de realidad en su esencia
que la llamaba.
Cuando el postre llegó, por primera vez en un largo tiempo, ella no quería que la
noche terminara. Y sentía que él tampoco.
Había aprendido una frase debido a sus pasadas experiencias. Controla la cita,
controla el resultado. Por una extraña razón, ella se abrió y le dejó ver un destello de
su alma. La atracción sensual se enredó en ambos y se propagó ligeramente por
todo su cuerpo. Tal vez, estaba lista finalmente para algo más. Tal vez, Alexa había
estado en lo correcto. Tal vez, ella encontraría un arcoíris o una cascada al final del
camino, o algo que finalmente la sorprendería y llenaría el doloroso vacío en su
interior.
―Disfruté esto ―dijo ella suavemente―. Tal vez podríamos hacerlo de nuevo.
Cuando la impulsiva invitación salió atreves de su delicioso tiramisú, casi se
muerde la lengua del horror, pero era demasiado tarde.
Él la estudió en silencio.
―No creo que esa sea una buena idea, Paula
Su nombre llegó a sus oídos como una caricia, pero sus palabras la golpearon como
cuando el perro de la familia se había perdido. Nunca había considerado el
rechazo.
―Lo siento, cara. Eres una mujer hermosa y yo estoy extremadamente atraído hacia
ti. Pero creo que esto podría terminar mal.
La ligereza se convirtió en algo oscuro. Sí, ella entendía que era una situación
bochornosa, pero por primera vez había deseado tener una oportunidad. Tal vez
había juzgado mal la situación. O su conexión. Ella casi se rio, pero un miedo
extraño destello en aquellos ojos y la hizo parar. Él sonrió, pero ella notó su
incomodidad por el modo en que se movía en su asiento y jugaba con su vaso de
vino. Casi como si algo lo detuviera de llevarla de vuelta a casa. Casi como si…
El entendimiento sacudió a través de ella. Las piezas del rompecabezas se
desplazaron y cayeron en su sitio. El dolor atravesó su alma y ella apenas pudo
decir las palabras.
―Es Alexa ¿No? ―susurró―. Tú sientes algo por ella.
―¡No! Alexa es mi amiga, nada más.
Su negación gritaba que era cierto. Su piel se sonrojó y la humillación la hizo
querer salir corriendo de la habitación. Sin duda alguna él no había querido salir
con ella. Su mente repasó la conversación y encontró todas las señales que él había
dejado sobre Alexa. Lo maravillosa que era. Lo dulce. Lo inteligente. Incluso
preguntó cómo es que ellas se habían conocido, intrigado por su primer encuentro
en el autobús escolar cuando se habían metido en una pelea, luego se convirtieron
en mejores amigas. Él nunca estuvo interesado en ella. Esta cita había sido solo un
truco para obtener información acerca de otra mujer.
Él estaba enamorado de Alexa.
Ella se tragó su vergüenza y juró que saldría con su orgullo intacto.
―Entiendo ―dijo. Sus palabras salieron con frialdad. Sus dedos no temblaron
cuando empujó su plato y se paró de la silla.
―Paula, hablemos sobre esto. Por favor no te vayas con la impresión equivocada.
Su risa sonó un poco frágil.
―No seas ridículo. Soy una mujer mayor, puedo manejar un poco de rechazo.
Siempre y cuando te des cuenta de que te estaré vigilando. Especialmente
alrededor de Alexa.
El jadeó, pero Paula pudo ver a través de él.
―Te lo dije…
―Tonterías ―Ella agarró su bolso Coach y se lo pasó sobre el hombro. Sus ojos se
estrecharon―. Nos vemos.
La llamó de nuevo pero ella lo ignoró y dejó el restaurante.
Paula le cerró al agua y se envolvió en una toalla. Aún ahora su rechazo le dolía,
tan ridículo como sonaba. La arrastró a su pesadilla recurrente de la juventud.
Nunca era lo suficientemente buena. Enojada por sus pensamientos y malos recuerdos, se puso un par de jeans, una
playera verde y unas sandalias de piel. No tenía caso pensar en el pasado. Ella
controlaba sus relaciones, su sexualidad y sus propias decisiones. Y segura como el
infierno que no sería las sobras de nadie.
Especialmente no de Pedro Alfonso.
Pasó un cepillo por el cabello húmedo y se aplicó un poco de brillo labial. Después
empujando esos molestos pensamientos al fondo de su mente, bajó las escaleras
para conocer a su nueva familia.
Paula se encontró a todos reunidos alrededor de la mesa de hierro forjado y sillas
a juego. La alcoba estaba rodeada por un jardín de flores vivas: amarillas, rojo
intenso y moradas todas gritando por atención. La dulce fragancia circuló con la
cálida brisa y cosquilleo en sus fosas nasales. De la elaborada fuente con un ángel
tallado brotaba agua hacia un estanque cubierto de musgo. El sol se apoderó de los
ásperos adoquines de terracota. Inmediatamente, Paula se relajó en aquel
pacifico lugar. Sus dedos ansiaban por su cámara en un intento de capturar la
calidad casi mística del silencio, incluso cuando era invadido por la ruidosa familia
italiana que charlaba en la mesa.
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