―Paula, acércate.
Ella casi se estremeció con el sonido de su nombre completo, pero la madre de
Pedro lo hizo sonar tan mágico que lo dejó pasar. Regla número uno; nunca
critiques a la matriarca de la familia con la cual te acabas de casar.
―Grazie.
Pedro le tendió un vaso de vino tinto, después entrelazo sus dedos con los de
ella y sonrió. Su corazón dio un vuelco, pero sonrió con calidez. Las hermanas de
Pedro se veían ansiosas de escuchar todos los sangrientos detalles. Paula tomó
una decisión ejecutiva. Entre más rápido escupiera la historia, más rápido pasarían
a la boda de Venezia.
Ella sorbió su vino.
―¿Les gustaría saber cómo nos conocimos?
Las cejas de Pedro se elevaron con sorpresa. Un clamor de voces femeninas
estuvo de acuerdo. Paula suprimió una sonrisa. Esta sería fácil. ―Mi amiga cercana Alexa nos organizó una cita a ciegas. Verán, mi mejor amiga
está felizmente casada con mi hermano. Cuando ella conoció a Pedro en una
cena de negocios, pensó que seriamos una pareja perfecta. ―Le dedicó una sonrisa
empalagosa y captó una advertencia en sus ojos―. En el momento en que nos
conocimos, él me dijo que yo era la correcta. Usualmente, nunca le creo a los
hombres en la primera cita, pero me cortejó y ganó mi corazón.
Carina suspiró y apoyó su barbilla regordeta en sus manos.
―Eso es tan romántico. Casi como el destino.
―Sí, como el destino ―apretó los dedos de Paula―. Íbamos a poner una fecha
para la boda, pero cuando escuchamos que Venezia también estaba comprometida,
decidimos fugarnos. Espero que no se hayan decepcionado porque nos saltamos
una boda hecha y derecha, pero me niego a ser el centro de atención, entonces
pensamos que esto podría ser mejor.
Pedro llevó su mano hasta sus labios y la besó en el centro. Su piel cosquilleo.
―Si, Paula es una persona muy discreta.
La mirada afilada de la madre de Pedro contradecía su frágil cuerpo. La
incomodidad cosquilleó en su vientre.
Quien quiera que mantuviera a cuatro niños y condujera un negocio familiar tenía
instintos brillantes y Paula tomó nota de ser cuidadosa cuando estuvieran a solas
juntas. Sabiendo que no había muchas cosas que contar de su vida, se aseguró de
que sus palabras fueran férreas y no se quebraran.
Por lo tanto, había mucho en juego para ella, también.
―¿Y qué haces tú, Paula? ―preguntó Julietta. Sus largos dedos sosteniendo su
copa de vino con una delicadeza que también desmentía su mirada seria. Paula
recordó que era la cabeza del negocio y de La Dolce Famiglia. Educada y refinada,
Julietta era definitivamente la hermana racional con los pies en la tierra.
―Soy fotógrafa. Tengo una sesión mañana en Milán, así que estaré fuera la mayor
parte del día.
―Que maravilloso. ¿Qué fotografías? ―preguntó Julietta.―Hombres. En ropa interior. ―Un silencio cayó sobre la mesa y Paula se encogió
de hombros―. Es ropa interior de diseñador, por supuesto. Tengo una sesión con
Roberto Cavalli mañana.
Venezia estalló en risas.
―Lo amo. ¿Puedes darme un descuento? Dominick amaría un nuevo par de
Cavallis.
Carina rió. Mama Alfonso les dio un suspiro de sufrimiento.
―Venezia, no necesitamos saber qué lleva Dominick bajo sus ropas. ―La fulminó
con la mirada―. Y tú tampoco debes saber hasta que estén casados. ¿Capisce?
―Paula es una fotógrafa muy dotada ―dijo Pedro―. Estoy seguro de que puede
ampliar su experiencia, especialmente con tanto que ver en Italia.
Paula frunció el ceño. Su declaración casi apenada a su familia la picó, pero se
tragó su estallido con un trago de Chianti. Solo porque no fotografiaba lindos
cachorritos y bebés no hacía que sus elecciones fueran menos valiosas. Era como si
supiera eso en sus entrañas, le dolía más. Contrariada con sus pensamientos, se
enfocó una vez más en la conversación.
Venezia parloteaba mientras sus manos confirmaban cada afirmación con gestos
dramáticos.
Paula la encajó como la reina del drama emocional de la familia. Aun así, sus ojos
chocolates quemaban brillando con fuego y entusiasmo, y su cuerpo esbelto
vestido con jeans caros, top floral sin mangas, y Jimmy Choos le dijo que adoraba
la moda. Pedro parecía desaprobar la elección de Venezia de no trabajar en la
pastelería familiar, pero su carrera como asistente de un muy reconocido estilista
parecía satisfacer su toque creativo. Paula no podría imaginarla con pastelitos
glaseados, comprando publicidad o haciendo la contabilidad.
―Nos gustaría celebrar la boda aquí en los terrenos ―continuó Venezia. Su rostro
suavizado―. Por supuesto, y serviremos pastel de nuestra propia pastelería.
Septiembre es un mes tan hermoso.
Julietta jadeó.
―Será en tres meses.
Su hermana le lanzó una mirada. ―No quiero esperar otro minuto para empezar mi vida con Dominick. Ahora que
Pedro está casado, podemos seguir adelante con nuestros planes. Ya nos hemos
decidido por el quince. Está bien con tu programa, ¿cierto, Paula? Y por supuesto
serás una de mis damas de honor.
Ella tragó mientras la culpa de su mentira repentinamente la golpeaba. Tragó
pasándola con otro trago de vino.
―Por supuesto, limpiaré mi programa.
Venezia chilló con deleite y palmeó sus manos juntas.
―Maravilloso. Oh y ¿por qué no compramos todas nuestros vestidos esta semana?
Julietta rodó sus ojos.
―Detesto las compras de vestidos.
―Bien, disfruta. Eres mi madrina y si arruinas esto por quejarte, nunca te hablaré
otra vez.
―Puedo soñar.
Paula giró su anillo de diamantes en su dedo como si repentinamente quemara.
Peleó contra el ligero pánico de la realidad de su situación.
―Uhm, estaré ocupada con el trabajo y sé que Pedro quiere llevarme a conocer
las vistas mientras estoy aquí ―sonrió, pero sintió que le salió más como una
mueca―. Quizá tú y tus hermanas puedan ir esta semana. Si encuentran algo, les
daré mi talla y pueden ordenarlo. Estoy segura de que veré los vestidos cuando
Pedro y yo regresemos de visita.
―Absolutamente no. ―Los ojos de Venezia brillaron con firme resolución―.
Además ahora eres mi hermana y debes venir. Me niego a meterte en algo que no
te vaya bien. Eso arruinaría mi reputación como estilista.
Julietta rió por lo bajo.
―Paula y yo estamos en nuestra luna de miel y necesitamos algo de tiempo a
solas. Pensar acerca de compras de vestidos no es mi idea de romance ―él le sonrió
gentilmente y Paula peleó con la sensación derretida en su estómago.
Carina le disparó una mirada suplicante a Paula. ―Oh, por favor, acompáñanos ―dijo―. Ahora somos una familia y nos perdimos
de toda la excitación de su boda. Es solo una tarde.
Las paredes pulsantes se cerraron. ¿Cómo podría meterse en un vestido de dama
de honor y pretender que había estado en uno de novia? Pedro abrió su boca y
Paula capturó un vistazo del rostro de su madre.
Sospecha.
Un diminuto fruncido empañaba su ceja. Su disconformidad era obvia, y la mujer
mayor sentía que algo estaba pasando. Lo cual era cierto. Pero paula hizo una
promesa, así que necesitaba fingir.
Colocó sus dedos sobre los labios de Pedro para callarlo. Las suaves curvas
hicieron que le doliera por sentir su boca una vez más sobre la suya,
sumergiéndose profundamente y demandando todo.
―No, Pedro, tus hermanas tienen razón. ―Trató de lucir feliz―. Me gustaría
pasar una tarde de compra de vestidos. Será divertido.
Su madre se recostó hacia atrás, asintiendo y cruzando los brazos enfrente de su
pecho con satisfacción. La mayoría de la charla zumbó en los oídos de Paula.
Hizo un cálculo mental de las horas que quedaban antes de que pudiera colapsar
en su sueño. Una cena tranquila en la tarde alegando agotamiento y un día podía
caer. Mañana trabajaría todo el día de golpe, iría a archivar sus documentos en el
consulado y… ¿Qué había dicho Julietta?
―¿Fiesta? ―preguntó Paula. La palabra destelló en neón como una señal de
advertencia en su cerebro.
Pedro también lucía sorprendido.
Mama Alfonso se levantó y apoyó su bastón sobre las piedras toscas.
―Sí. La fiesta en la noche, Pedro. ¿No creerás que me perdería el celebrar una
fiesta en honor de mi hijo y su nueva esposa? Tenemos que empezar a trabajar en
la cena.
―¿Vendrá Max? ―preguntó Carina en un tono sin aliento.
―Sí, por supuesto que vendrá. Y tus primos.Pedrol hizo una mueca, entonces le disparó un asentimiento tranquilizador. Santa
mierda, se estaba ahogando y su falso esposo le lanzaba un salvavidas con un
agujero en él. Vestidos de damas de honor y ahora una fiesta de matrimonio.
―Mama, realmente no estamos de humor para una fiesta de noche. Tuvimos un
vuelo largo, y Paula tiene que trabajar por la mañana.
Ella cortó sus protestas con un ondeo de mano.
―Tonterías. Es solo un puñado de personas que vienen a extender sus
felicitaciones. No es nada. ¿Por qué no sacas algo de vino de nuestra bodega y vas
a la pastelería de la casa? Trae tiramisú y canolas, negras y blancas. Julietta irá
contigo en el camino.
Paula tragó.
―Um, quizá debería…
Mama Alfonso envolvió su mano alrededor del brazo de Paula. Su fragilidad
pareciendo inexistente. Pura fortaleza pulsaba de sus delicados músculos y
apretaba como una trampa mortal.
―Niente. Tú te quedas conmigo, paula y me ayudarás con la cena.
Pedro sacudió la cabeza.
―Mama, paula no cocina. En los Estados Unidos, la mayoría de mujeres trabaja y
muchas no saben cómo preparar comida.
Eso captó la atención de Paula. Su cabeza giró y lo miró fijamente.
Que te jodan, Alfonso. puedo cocinar. Dio una sonrisita tonta, falsa
―Solo pretendí no saber cómo así me llevarías a cenar más seguido.
Mama alfonso dio una risotada orgullosa y la llevó adentro, dejando a un alfonso
atónito a su paso.
Con cada paso hacia la gigantesca y brillante cocina, una nueva gota de sudor
aparecía. Paula hervía mientras un pensamiento bailaba en su cerebro.
Si salía viva de esto, lo mataría.
Paula quería ceder ante la tentación de huir a casa gritando. Odiaba las cocinas.
Cuando era más joven, la mayoría de los cocineros se volteaban a la vez lo que
significaba que estaba entrando en su espacio sagrado, hasta sola la vista de ese
brillante equipo le arrancaba un estremecimiento. Aún así, mantuvo la cabeza en
alto y la actitud positiva. Era una mujer capaz y podía seguir la receta. Quizá la
cena sería algo fácil y podía mostrarle a Pedro sus increíbles talentos culinarios y
finalmente callarlo.
La mamá de Pedro ya tenía una variedad de recipientes y tazas de medida
apiladas cobre el largo y amplio mostrador. Varios contenedores de cosas en polvo
se alineaban perfectamente. Definitivamente no como ese loco programa Iron Chef
con todo el caos y corriendo por allí a preparar una comida.
Paula siempre creyó que la cocina se había hecho para sobrevivir; no para placer.
Desde que ganaba montones de dinero, gastaba la mayoría afuera. Frunció el ceño
y trató de fingir entusiasmo en la tarea que le esperaba. Dios, quería más vino. Si
estuviera lo suficientemente borracha, estaría más relajara para la tortura venidera.
―¿Qué haremos? ―preguntó con falsos ánimos.
―Pasta. Tomaremos una cena rápida antes que el resto de la familia llegue,
entonces sacaremos los pasteles y el café. ¿Sabes cómo cocinar pasta, paula?
El alivio relajó sus músculos tensos. Gracias a Dios. Mamá Alfonso había escogido la
única comida en la que sobresalía. A menudo cocinaba pasta por la noche y sabía
cómo lograr la consistencia perfecta de al dente. Paula asintió.
―Por supuesto.
La satisfacción parpadeó sobre el rostro de la mujer mayor.
―Bien. Necesitamos unas cuantas tandas. Ya traje los ingredientes.
La enorme encimera tenía harina, huevos gigantes, aceite, rodillos, y una variedad
de otros equipos. Miró alrededor buscando la caja de ziti2 y una olla para hervir el
agua mientras mamá Alfonso le entregaba un delantal. Paula arrugó la nariz ante
la extraña elección de ropa solo para tirar algo al agua, pero, qué demonios.
Estando en Italia…
―Estoy segura de que ustedes cocinan la pasta de forma diferente en América, así
que debes mirarme primero, entonces preparas tu tanda.
La confusión empañó su cerebro por un momento y Paula se negó a entrar en
pánico.
¿Dónde estaba la caja azul? ¿De qué estaba hablando? Con creciente horror, miró
cómo las manos arrugadas se movían como relámpagos rompiendo huevos,
colando las yemas y mezclando todo en un recipiente. La harina fue vertida en
medio de una gran tabla y lentamente, mama Alfonso, vertió la húmeda sustancia en
medio y empezó alguna clase de ritual que mezcló todo junto.
Mágicamente, la masa apareció de repente y amasó, estiró y bailó sobre el borrón
en unos minutos interminables. Completamente fascinada por el hipnótico ritual,
Paula, no podía creer que esta cosa terminaría luciendo como cualquier cosa que
hubiera comido nunca. Nunca rompiendo el ritmo, mama alfonso miró hacia ella.
―Puedes empezar cuando estés lista.
Oh. Mierda.
La realidad la golpeó mientras miraba la masa de cosas apiladas frente a ella.
¡Pasta hecha en casa! ¿Tenía que hacer la masa real? No había cajas celestiales que
abrir o un pote de salsa que calentar. La apuesta era mucho mayor de lo que
pensaba y paula sintió los principios de un ataque de mordidas a su cordura.
Tomó aliento profundamente. Podía hacer esto. No había forma que se rompiera
por una masa de harina y una madre italiana solo esperando para saltar.
Les mostraría a todos.
Paula jaló el recipiente más cerca. La parte de la harina era fácil, pero los huevos
la asustaban como el infierno. Hm, un buen golpe en el medio, separar el cascarón,
y el interior se deslizaría fácilmente. Con falsa confianza, chocó el huevo contra el
borde del recipiente.
La materia viscosa cayó en sus manos y el cascarón blanco se esparció. Una rápida
mirada a mama alfonso confirmó que no estaba mirando por encima y creía que
Paula había hecho su tanda. Tarareando alguna canción italiana bajo su aliento,
siguió amasando.
Paula quitó tanto de la cáscara como le fue posible y dejó el resto caer. Unos
cuantos más y tendría alguna clase de ingrediente húmedo que luciría aceptable.
De alguna forma. Maldición, necesitaba moverse rápido antes de que la madre
mirara en su dirección. Espolvoreó una masa de harina en el centro, entonces tiró
la cosa en el recipiente por el medio.
El líquido corrió sobre los bordes de la tabla en un río goteante. Tratando de no
jadear, se secó la frente con el codo y recogió el lío con el delantal. El maldito
tenedor no ayudaba a revolver en absoluto, así que paula tomó un profundo
respiro y metió ambas manos en la cosa asquerosa.
Oh, asqueroso.
La harina se metió bajo sus uñas. Apretó una y otra vez y rogó porque por alguna
clase de milagro que pareciera una masa. El polvo voló a su alrededor en una
nube. Cuanto más se asustaba, más se envolvía. ¿Quizá más harina u otro huevo?
El resto fue un borrón hasta que un par de manos firmes detuvieron sus
movimientos. Paula cerró los ojos en pura derrota. Entonces lentamente los abrió.
Mama Alfonso miraba el lío que supuestamente era pasta. Cascarones blancos sin
basura pegajosa que se deslizaban sobre el mostrador y goteaba sobre el piso.
Diminutas nubes esponjosas se elevaban y esparcían alrededor de ellas. Su delantal
estaba lleno de grumos pegajosos y la ―por llamarlo de alguna forma― masa,
cubría sus brazos desnudos hacia arriba hasta los codos.
Paula sabía que se había acabado. Pedro nunca se casaría con una mujer que no
pudiera cocinar pasta hecha en casa. Mama Alfonso nunca aprobaría tal clase de
emparejamiento, o siquiera creería en la posibilidad. Con lo último de orgullo que
le quedaba, paula levanto la barbilla y encontró la mirada de la mujer de frente.
―Mentí. ―Mama alfonso levantó una ceja en cuestionamiento y paula se apresuró
a explicar―. No tengo idea de cómo cocinar. Uso la pasta seca y la tiro en el agua.
Caliento salsa en un microondas. Como afuera casi todas las noches.
Ahí. Estaba hecho. Se preparó a sí misma para ser ridiculizada y acusada. Sin
embargo, la madre de Pedro sonrió.
―Lo sé.
Paula se echó para atrás.
―¿Qué?
―Quería ver cuán lejos llegarías. Estoy impresionada, Paula. Nunca
mostraste tu miedo. Una vez que confíes, lo verás, incluso si piensas que vas a
fracasar. Eso es exactamente lo que mi hijo necesita.
Con acciones rápidas, mama Alfonso tiró el lío rezumando en la basura, re espolvoreo la harina y se volvió hacia ella.
―Empezaremos de nuevo. Mírame.
Paula miró mientras le mostraba cada paso con cuidadosa precisión. Mientras el
miedo a ser descubierta se alejaba, se relajó en la lección, sus manos inmersas en la
masa mientras trabajaba el montículo con una fuerza que rápidamente la cansó.
Las pesas de mano en el gimnasio no tenían nada que envidiarle a la cocina y los
músculos en los brazos y muñecas de mama alfonso parecían nunca cansarse
mientras buscaba la mezcla perfecta. Paula captó la cantarina melodía que la
madre de pedro tarareaba, y un sentimiento de paz se instaló sobre ella. Nunca
había cocinado con una mujer antes, nunca se le había permitido tal calidez y
espacio doméstico. Mientras el rodillo trabajaba la masa y la estiraba
delicadamente, mama Alfonso le dio una porción.
―La terrosidad de la masa de pasta es el verdadero elemento en una buena y
simple comida. Debemos estirarlo hasta una delicada delgadez sin romperla.
Trabaja el borde.
Paula mordió su labio.
―Mama Alfonso, ¿quizá debas hacerlo primero?
―No. Servirás a tu esposo la cena esta noche, paula, de tu propia mano. Y no
porque estés por debajo de él, o crea que eres menos, es porque eres más. Mucho
más. ¿Capisce?
La belleza de su afirmación resplandeció a su alrededor con repentina verdad. Se
levantó, secó su frente, y untó pasta sobre su frente. Y sonrió.
―De acuerdo.
Trabajaron sin hablar, tarareando canciones Italianas, escuchando los movimientos
suaves del rodillo y el canto de los pájaros en la distancia. Paula quebró fideo tras
fideo, pero siguió, hasta que una larga cadena perfecta cubrió su mano. Desigual,
pero transparentemente delgada sin una quebrada.
Mama alfonso se levantó y lo colgó en el estante de secado, inspeccionándolo
cuidadosamente.
Su carcajada hizo eco a través de la cocina.
―Perfecto.
Paula sonrió y se preguntó por qué se sentía como si acabara de emerger del
Monte Everest escalando en medio del invierno.
Horas más tarde, se sentó en una larga mesa con recipientes de pasta humeante y
salsa de tomate fresco. Las esencias de albahaca y sabroso ajo, flotaban en el aire.
Tres botellas de vino ocupaban las esquinas y platos atrapados entre platos de
comida como personajes secundarios de un libro.
Le lanzó una mirada nerviosa a Pedro. ¿Se reiría? ¿Bromearía sobre su
incapacidad de cocinar y sus patéticos esfuerzos en una mesa experta?
Risas, gritos y discusiones en voz alta pululaban a su alrededor en confusión.
Estaba tan acostumbrada a las cenas en su mostrador de desayuno mientras
miraba televisión o en los restaurantes con bajas y murmuradas conversaciones. Al
crecer, comía sola o con su hermano, en silencio. Pero Pedro era diferente.
Bromeaba con sus hermanas y relajado bajo el calor de su familia, y paula se dio
cuenta de que su facilidad entraba en cada situación, porque sabía exactamente
quién era. Ella respetaba eso en un hombre que encontraba raro. Disfrutaba la vida
y le gustaba el sentido del humor y se preguntaba cómo sería comer con él cada
noche. Tomar vino, hablar sobre su vida, cocinar juntos, y comer juntos. Una pareja
en la vida real.
Pedro levantó su tenedor, enrolló los fideos, y los metió en su boca.
Contuvo el aliento.
Hizo un sonido de gemido.
―Ah, mama, esto está delicioso.
Mama alfonso se deslizó del asiento.
―Debes agradecer a tu esposa. Cada fideo en tu plato fue hecho por su
mano.
Se echó hacia atrás, sorprendido. Un diminuto ceño estropeaba su entrecejo
mientras miraba hacia abajo a la comida, entonces volvió su mirada para encontrar
la suya. Una extraña combinación de emociones se enredó en esos ojos. Una pizca
de calor. Una llamarada de orgullo. Y una chispa de gratitud.
Inclinó la cabeza y una sonrisa floreció en su rostro. La luminosidad la llenó y le
devolvió la sonrisa, el ajetreo de la mesa desapareciendo bajo su atención.
―Grazie, cara. Estoy honrado de comer algo que has hecho para mí. Está delicioso.
Asintió, aceptando su agradecimiento. Venezia habló sobre vestidos de dama de
honor y de bodas. Carina habló sobre arte. Julietta habló sobre una nueva campaña
de publicidad que estaban lanzando para la pastelería. Pedro siguió comiendo,
obviamente orgulloso de la comida de su falsa esposa.
Y por un corto tiempo, fue más feliz de lo que nunca había sido.
gracias! ♥
Wow me encanto!!!
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