domingo, 6 de julio de 2014

Capitulo V

Paula miró a su marido falso e intentó con mucha fuerza no entrar en
pánico.
La familiar falta de aire y corazón martillando la alertó por problemas.
Tragó, escondió su rostro detrás de la Vogue Italiana y rezó por
contenerse. Odiaba la idea de alguien conociendo tal debilidad,
especialmente Pedro. El completo plan loco la golpeó con fuerza tan pronto su
avión privado voló en el aire. Su dedo picaba con la ajustada banda de oro
platinado y el diamante redondo de dos quilates brillaba como carámbanos
atrapando el destello del sol. La artimaña parecía factible en la casa de Alexa. Un
día después, sin embargo, con un anillo, marido falso, y una familia por estafar, se
dio cuenta de que era una completa idiota.
¿A qué demonios había accedido?
¿Y qué pasaba con la familia Chaves al exigir falsos matrimonios? Se había reído
completamente cuando Nick le dijo que necesitaba casarse para poder heredar la
compañía de su tío, Dreamscape Enterprises. Gracias a Dios, establecerse con Alexa
probó ser la mejor decisión, especialmente cuando se enamoraron y lo hicieron
real.
Por supuesto, la única razón por la que Alexa accedió a un matrimonio por
conveniencia con su hermano fue para salvar su familia. Paula no tenía ninguna
razón noble para salvar un negocio o una casa de la niñez. Pero tienes la oportunidad
de proteger a la familia, susurró su voz interior. Alexa y Nick tenían algo real.
Pedro permanecía siendo una amenaza constante: su sonrisa sensual, voz
cantarina, y ojitos de habitación envolvían a su mejor amiga en un falso estado de
protección. Finalmente, sus sospechas habían confirmado la verdad.
Él admitió que amaba a su mejor amiga.


Cuando las palabras cayeron de sus labios, un extraño destello de dolor perforó su
corazón. Ridículo, por supuesto y ella rápidamente enterró la emoción
embarazosa. Por supuesto, él lo envolvió en el término amistoso, pero era sólo su
manera de tranquilizarla. Un hombre poderoso como Alfonso no estaría satisfecho
con esperar a un lado por mucho tiempo, no si él creía que tendría una
oportunidad con la mujer que amaba. Paula no podía vivir con ella misma si no
usaba el arma disponible para mantener a Pedro lejos de su familia.
Pero ¿a qué precio? Conocer a sus hermanas y madre. Dormir en su dormitorio.
¿Pretendiendo ser alguien que no era?
Sus dedos se tensaron alrededor de las páginas brillantes e inhaló por la nariz, y
exhaló por la boca. El psiquiatra que se había forzado a visitar había prescrito yoga
y ejercicios para reducir el estrés. Ella absolutamente se negaba a ser medicada y
controlada por la ansiedad. Comenzando desde cien y yendo hacia atrás, se forzó a
alejarse de la necesidad de jadear por aire y se dominó. Visualizando su corazón
latiendo lentamente, respiró.
Noventa y ocho.
Noventa y siete.
Noventa y seis.
Noventa y cinco.
―¿Estudiando para tu sesión?
Esperó unos pocos latidos hasta que estuviera bajo control, luego levantó la
mirada. Él se inclinó hacia atrás en el asiento, un tobillo cruzado sobre su rodilla,
una sonrisa relajada en su rostro. Gracioso, ella siempre había tenido algo por el
cabello largo en un hombre, disfrutando la imagen del pirata moderno. Su
poderosa figura estaba envuelta en una chaqueta de deporte negra, jeans, y botas
bajas negras. Sus ojos llenos de humor mientras apuntaba hacia su revista de
moda.
Un rápido destello de irritación causó que ella inclinara la cabeza y adoptara un
acento sureño.
―Lo siento, cariño, las imágenes son todo lo que puedo soportar. Demasiadas
palabras en una página me ponen toda inquieta.

Siempre había odiado la fácil suposición de que no podía soportar la literatura más
desafiante que una revista de modas. Por supuesto, no hacía nada para convencer
a nadie de otra cosa. No alardeaba la educación universitaria y se había metido por
sus propios medios al mundo de la fotografía. Le gustaba el control que le daba en
una relación mantener cosas escondidas. Especialmente su adicción a crucigramas
y literatura de la Guerra Civil. Si sólo sus citas supieran que sintonizaba más el
History Channel que Proyect Runway.
Él se estiró hacia el minibar y se sirvió un whisky con hielo.
―No hay nada malo con Vogue. Era la biblia de mi hermana.
―Yo leo también. Los artículos en Playgirl son entretenidos.
Él rió, el sonido cubriendo su piel como el lento deslizar de cremoso caramelo.
―¿Por qué no me cuentas un poco sobre tu trabajo? ¿Cómo terminaste siendo una
fotógrafa?
La verdadera respuesta se escabulló por su mente pero se negó a decirla en voz
alta. ¿Porque el mundo se veía mejor a través de un lente? ¿Por qué la fotografía le
daba el control de observar a otros, casi como voyerismo legal? Sorbió su vaso de
Chianti.
―Una navidad recibí una Nikon con todos sus aditamentos y me dijeron que me
apareciera en el campamento de fotografía por una semana. La niñera tenía unas
vacaciones próximas y no tenían a nadie para vigilarme, así que me fui. El
instructor era excelente y me enseñó un montón. Terminé enganchada.
Su mirada inquisitiva quemó a través de las barreras y demandó la verdad.
Desafortunadamente, el desastre de emociones se había quedado profundamente
congelado por tantos años que no había nada para mostrar.
―Suena como si recibías dinero pero nada de apoyo emocional. La industria de la
moda es algo competitiva, especialmente en Milan. Debes ser extremadamente
talentosa y dedicada para tener tal demanda.
Ella se encogió de hombros.
―Siempre he tenido ojo para la moda ―le dio una falsa mirada lasciva―.
Especialmente las que incluyen hombres musculosos y semi desnudos.
Paula esperaba una risa, pero él se mantuvo callado y la estudió.

―¿Alguna vez has intentado expandir tu enfoque?
Ella estiró las piernas y se recostó en el cómodo asiento.
―Claro. He hecho sesiones para Gap y Victoria Secret durante una época seca.
―No te gusta mucho hablar sobre ti misma, ¿no, cara?
El sonido ronco onduló por sus terminaciones nerviosas y la hizo querer cosas.
Cosas malas. Como su lengua profundamente en su boca y esas manos por todas
partes en su cuerpo desnudo. Oh, este hombre era bueno. Todo encanto y humor y
sensualidad envuelta en un poderoso paquete mortal para las mujeres. Sus ojos
pecaminosos prácticamente forzaban confesiones de los labios de una mujer.
―Al contrario. Pregúntame todo lo que quieras. ¿Boxers o calzoncillos? ¿Mets o
Yankees? ¿Disco o hip-hop? Dame tu mejor golpe.
―Dime sobre tus padres. —Se negó a vacilar.
―Mi padre está con su cuarta esposa. Él ama el dinero, odia el trabajo, y sólo me ve
para ganar puntos con su nueva mujer. Parece que a ella le gusta la cercanía de la
familia y está intentando hacerla feliz. Por ahora. Él es buen mozo, encantador, y
completamente hueco. Mi madre se visualiza como una celebridad y a pesar del
hecho de que está envejeciendo y tiene dos hijos crecidos. Actualmente está
conviviendo con un actor y rogando papeles secundarios como extra en varios sets.
―¿Y tus relaciones? ―Su aura quemó con una curiosidad que la puso intranquila―.
¿Qué sobre ellos, la mia tigrotta? ¿Te has alejado del compromiso por tus padres?
Se quedó sin aliento por su franqueza, pero continuó.
―Tengo varias relaciones saludables bajo mis propios términos ―pronunció la
mentira sin un pedazo de culpa―. ¿Creo que encontrar el amor real en esta vida es
casi imposible? Diablos, sí. Está comprobado una y otra vez. ¿Por qué molestarse?
¿Por qué sumergirse en un dolor obvio y sufrir del corazón a menos que
encuentres a alguien por quién morirías? Y personalmente, no creo que él esté allá
afuera. Pero lo paso malditamente bien buscando al Sr. Correcto.
El bajo zumbido del motor del avión era el único sonido entre ellos.
―Lo siento.
Sus palabras suavemente pronunciadas hicieron que los labios de ella se tensaran.

―¿Por qué? ―lo desafió―. No fui golpeada, matada de hambre, o abusada. Crecí en
una mansión con niñeras, cocinas, y cualquier juguete que pidiera. Hago lo que
quiero, cuando lo quiero, y no respondo a nadie. ¿Por qué en la tierra tendrías
pena por mí? Tengo más que la mayoría ―Él asintió, pero ella sintió que no le
había creído―. Lo siento más por ti.
Pedro saltó hacia atrás.
―¿Por mí?
―Claro. Después de todo, yo ya se tus secretos.
La burla le dio al blanco. Él se tensó y deliberadamente tomó un sorbo de su
whisky.
―Ah, pero yo me siento de la misma manera. Soy lo que ustedes Americanos
llaman un libro abierto. ―La banda a juego de matrimonio destelló mientras él
movía su mano en el aire.
Ella prácticamente ronroneó con el deleite de quitar el enfoque de ella.
―Tenías una familia cercana con bastante apoyo. Dinero y éxito bajo tus propios
términos. Y no pudiste encontrar a una mujer que pretendiera amarte por una
simple semana. No me pregunto por qué tu madre es tan persistente al mantener la
tradición. ¿Ha habido siquiera una relación seria en tu pasado?
La rabia brilló en sus ojos negros como carbón.
―Yo salgo en citas ―respondió fríamente―. Sólo porque no encontrado a La
Indicada todavía no significa que sea cerrado.
―Linda recuperación. Así que ¿qué está buscando, Alfonso? ¿Qué tipo de mujer te
pone todo caliente y alterado como para establecerte?
Él murmuró algo en voz baja y ella se recostó para disfrutar de la función.
―Me gustaría establecerme y darle a mi madre lo que quiere ―dijo finalmente―.
Pero no a mis expensas. Ya ves, cara, creo en el amor que tú dices que es imposible.
Yo sólo creo que es difícil de encontrar y me niego a comprometerme.
―Así que, ¿todas estas mujeres que llevas a tu cama, las seduces por el desafío, el
placer, o porque esperas que sea La Indicada?

Sus ojos brillaron mientras ella soltaba el reto. De nuevo, él la impresionaba con su
doble habilidad de pasar de un suave encanto a un hombre que se negaba a jugar
juegos.
―Tengo esperanza. Las llevo a la cama, me concentro en su placer, y espero en la
mañana querer más.
Su respiración quedó atrapada en su garganta. Sus alrededores se inclinaron
mientras las palabras de él hacían eco en su propia búsqueda vacía por alguien
para matar a los demonios en la tarde y ser lo suficiente bajo la dura luz de la
mañana. El corazón galopó pero esta vez no era pánico lo que causaba la
aceleración del pulso.
Era Pedro Alfonso.
Sus dedos se apretaron alrededor del delicado tallo de su copa. La atada
sensualidad irradiando alrededor de su figura la atrajo y la mantuvo cautiva en su
red mientras él la miraba fijamente con repentino entendimiento.
―Lo experimentas también, ¿no?
Su dura pregunta la hizo encogerse.
―¿Los llevas a la cama para escapar de la soledad, esperando que termine siendo
más? ¿Despiertas por la mañana con un enfermizo sentimiento en tu estómago,
sabiendo que te mentiste de nuevo? ¿Te preguntas si estás destinada a estar sola?
¿Te preguntas si en el fondo algo te está conteniendo?
Dios, sí.
Repentinas lágrimas amenazaron. El horror de tal desastrosa emoción la hizo
luchar por su control. Nunca le habría admitido tal debilidad y deseo a este
hombre. Él lo usaría contra ella, para meterse bajo su piel e investigar secretos. Ella
conocía lo que la manejaba, sabía que el agujero vacío dentro de ella comenzó a los
dieciséis cuando un chico en el que confiaba tomó todo lo esperanzado, bueno y
brillante y lo aplastó bajo sus talones. Pero ella se había vuelto más fuerte y elegido
vengarse en su propia manera. Nunca dejaría que nadie le quitara la elección de su
sexualidad o su control.
Si Pedro la dejaba descubierta, ya no tendría nada. Así que ella sonrió y levantó
su copa en un brindis.

―Lo siento, Alfonso. Los llevo a la cama porque lucen bien. Pero gracias por
compartir.
El insulto hizo lo que ella esperaba. La apertura se cerró como si una nube de
tormenta hubiera pasado sobre el sol y ahogado la luz. Su estómago giró mientras
el brillo de decepción destelló en sus ojos junto con un matiz de remordimiento.
Por un momento, se sintió más conectada a un hombre que alguna vez antes. Aún
en la cama.
―Ya veo. Juguemos siguiendo las reglas entonces, ¿sí?
Ella no respondió. Con deliberados movimientos recogió su revista y lo ignoró.
Pedro siguió la pista y pasaron las siguientes horas en silencio. Finalmente, el
intercomunicador se encendió y la voz del piloto salió de los parlantes.
―Señor, tocaremos tierra en Orio al Serio en quince minutos. Por favor ajústense
los cinturones de seguridad.
Michael presionó el botón.
―Gracias, Richard.
Abrocharon sus cinturones. Paula drenó su vino e ignoró el vacío dolor en sus
entrañas.


Pedro miró a la mujer equilibrada a su lado mientras serpenteaba el camino a
través de las curvilíneas colinas hacia su casa. La parte de arriba estaba abajo, y su
cabello rojo dorado volaba en el viento en una masa enredada, probablemente
entrando en personaje para conocer a su familia. Durante las últimas veinticuatro
horas, había aprendido un montón sobre Paula Chaves.
Desafortunadamente, los pequeños vistazos sólo lo hacían querer más.
El vívido verde de árboles y café tierra destelló en el camino y lo recibió de una
manera que tranquilizaba su alma. Su familia era dueña de tierras desde
generaciones atrás, todo lo cual había pasado a él. Pero siempre había sabido desde
su primera visita a la ciudad de Nueva York, que anhelaba dejar su marca allí. Papa
lo llevó a visitar a su tío, y el ajetreo de Manhattan fascinó su sentido de desafío.
Desafortunadamente, las multitudes y el caos no respondían a su necesidad de
privacidad y tierra. Cuando decidió expandir la Dolce Famiglia en los Estados
Unidos, buscó la emoción de Manhattan en una locación que ofrecía una atmósfera
más retirada. Mientras viajaba hacia arriba, una escondida joya se reveló en las
majestuosas montañas del Valle de Hudson, y él supo que había encontrado el
lugar que finalmente podría llamar hogar.
Sin embargo estaba feliz en Nueva York, su lugar de nacimiento siempre le daba
cierta fortaleza. Un recordatorio del hombre que era y de dónde venía. En su
propia tierra, no había tonterías o pretensiones. En el rotatorio mundo de
tecnología, dinero y negocio competitivo, necesitaba recordarse a sí mismo de las
cosas que eran importantes.
La amurallada ciudad de Bergamo le recordaba a un tesoro rodeado por una
fortaleza. Cómodamente situado a los pies de los Alpes y separados en altas y
bajas villas, la combinación del Viejo y Nuevo Mundo mezclado en una pura
perfección. Disfrutó la brillante sensación del auto deportivo mientras avanzaba
desde la Città Bassa a la Città Alta y la desbordante ciudad cayó a una silenciosa
quietud de campo. Un sentimiento de paz y satisfacción lo atravesó mientras se
acercaba a casa.
Atrapó el almizclado olor a sándalo en el aire y se removió en su asiento. Todo
sobre Paula era un contraste sexual. El cazador en él anhelaba hundirse bajo su
superficie y encontrar lo que la alteraba.
Su mirada sorprendida cuando él le confesó su secreto perforó su pecho. Nunca
había hablado acerca de su vacía búsqueda por una mujer que lo completara.
Después de todo, la mayoría de los hombres se reirían, y las mujeres aceptarían el
desafío para alejar las barreras de su corazón. Ella lo había molestado tanto, que las
palabras salieron de su boca. Pero su obvio reconocimiento reveló su propio deseo
más profundo.
Alcanzó la parte superior de la colina, subió a la enorme villa terracota, y apagó el
motor.
―Tenemos unos minutos antes de que vengan corriendo.
―Es hermoso, pero no la mansión billonaria que esperaba.
Él asimiló las simples líneas de la casa de su familia a través de sus ojos y suspiró.

―Mama se niega a irse. Planeé construirle un castillo digno de lo que había logrado,
pero ella se rió de mí. Dijo que se negaba a dejar la tierra de su familia y la casa
donde papa vivió.
―Ya me gusta ella.
―Hasta rechazó la ayuda. Ninguna sirvienta o cocinera para mama. Tengo una
mujer que se cuela para hacer limpieza profunda cuando está en la iglesia ―Él
sacudió la cabeza―. Ah, bueno. ¿Estás lista?
Su rostro estaba impasible y frío. Sin embargo esos ojos verde jade reflejaban un
pequeño brillo de incertidumbre. Él atrapó su mano dentro de la suya y entrelazó
sus dedos. El pequeño jadeo de ella cantó en sus oídos y estiró sus pantalones más
que sólo un poco. Dios, ella respondía tanto a su toque. El bajo zumbido entre ellos
llamaba, prometiendo una profunda satisfacción física que él deseaba
experimentar pero nunca lo haría. Sus uñas rojas se enterraron en su palma, y el
pulgar de él presionó el punto sensible en su muñeca para confirmar su respuesta.
Sí. Él la encendía. Ella se negó a romperse, sin embargo, y giró su cabeza con una
actitud temeraria.
―Vamos a rocanrolear ―dijo ella.
Se bajó del auto al mismo tiempo que la puerta se abrió y sus hermanas vinieron
corriendo por el camino de piedra.
Al perfecto unísono, saltaron a sus brazos. Alegría lo atravesó mientras les
respondía el abrazo, su charla emocionada era un sonido familiar para sus oídos.
Presionó besos en la parte superior de sus cabezas y estudió sus apariencias.
―Ustedes son más hermosas de lo que recuerdo.
Una visión doble de grueso cabello negro, fuertes facciones, y ojos oscuros estaban
de pie en frente de él. Las generosas curvas de Venezia le habían provocado
interrogar muchas de sus citas con respecto a sus intenciones y la cualidad
independiente de Julietta le daba noches sin sueño. Estas dos hermanas eran
obstinadas y llenas de descaro, pero siempre obedecían su orden final como
dictaban las reglas de la familia. Carina a los veintitrés era una florescencia tardía.
Reconoció instantáneamente la extraña postura detenida mientras intentaba
esconder su altura y curvas bajo ropas abultadas. Remordimiento lo atravesó al no
ser capaz de mantener un ojo en ella en su tierna edad.

Ella rió por la declaración, pero las dos mayores sólo pusieron sus ojos en blanco.
―¿Es así como enamoraste a tu novia? ―demandó Venezia―. ¿Cumplidos cursis y
sonrisas dulces en un esfuerzo para calmarnos? Aunque no nos hayas visitado por
meses y haces aparecer una nueva esposa para mama sin ningún preámbulo.
Carina miró entre sus hermanas y Paula, se mordió el labio con repentina
incomodidad.
―Vigila tu temperamento, Venezia ―demandó―. Tal vez mi novia entienda mejor
que tú que lo que hago es lo mejor para la familia.
Paula caminó lejos del auto, sus caderas moviéndose en el antiguo ritmo de Eva.
Su liso cabello se balanceaba pasado sus hombros, y se detuvo a su lado como
completo apoyo.
―Soy Paula, por cierto, la nueva esposa de su hermano. Y no, no me enamoró
con cumplidos. Lo hizo a la antigua. ―Se detuvo para un efecto dramático y giró
esos labios llenos en una sonrisa burlona―. Con sexo increíble.
El cantar de los pájaros fue el único sonido que rompió el silencio ensordecedor.
Pedro medio cerró sus ojos con puro horror. Iba a matarla. Sus hermanas mayores
lo miraron con bocas abiertas. Carina jadeó.
¿Por qué creyó que iba a ser capaz de controlarla?
Venezia se atoró con una risa. Julietta la miró con un toque de admiración y ahora
Carina parecía que hubiera conocido su nueva heroína.
Bien versado en control de daños, su mente giró con una respuesta apropiada para
alejarlo todo.
―No hay nada malo con el sexo para esclavizar a un hombre ―dijo una voz
familiar en la entrada y una delgada figura hizo su camino por el sendero―. Es lo
que haces después lo que cuenta. Al menos cuando te casaste con él y lo hiciste
honesto.
―¿Mama?
Todos se giraron para ver la progresión de la pequeña mujer con el bastón de
madera tallada. Con cada paso, el bastón balanceaba con un aire autoritario que
enviaba temblores por su médula. Su largo cabello gris estaba tomado en su usual
moño y su piel oliva estaba profundamente arrugada por el sol y viejas líneas de risa. Dio a luz a cuatro niños que la superaban en altura y alardeaban los genes de
su padre, pero el latigazo de su voz aterraba a cualquiera que se ponía en su
camino o la decepcionaba. Usaba pantalones cómodos, sandalias y una simple
blusa blanca con un cárdigan envuelto alrededor de sus hombros.
Se detuvo en frente de ellos. Sus labios se curvaron, pero su rostro no mostraba
humor mientras estudiaba a Paula con ojos agudos. Largos minutos pasaron
mientras esperaban su respuesta.
Finalmente Paula rompió el silencio.
―Signora Alfonso, estoy honrada de finalmente conocerla. ―Su tono contenía el
respeto más grande mientras encontraba la mirada de su madre―. Su hijo es un
idiota por no decirle acerca de nuestro compromiso antes. Pido disculpas por él.
Su madre asintió.
―Acepto tus disculpas. Bienvenida a mi familia. ―Su madre besó a Paula en cada
mejilla, luego frunció el ceño―. Estás demasiado delgada. Siempre están
demasiado delgadas estas jovencitas. Debemos arreglar eso inmediatamente ―Su
cabeza se giró bruscamente―. ¿Chicas? ¿No saludaron a su nueva hermana?
La tensión se disolvió mientras sus hermanas abrazaban y besaban a Paula. El
aliento que había sostenido salió de su boca mientras abrazaba a su madre. La
delicadeza de su figura contradecía su dura mirada.
―Hola, mama.
―Pedro. Estoy enojada contigo pero pagarás luego.
Él se rió entre dientes y corrió un dedo por su arrugada mejilla.
―Mi dispiace. Prometo compensártelo.
―Sí. Ven adentro y acomódate.
Sus sentidos nadaron con las vistas y olores familiares de su casa. Asimiló el techo
inclinado terracota, balcones de hierro forjado y los pilares elaborados de piedra a
los costados de la puerta principal. Superficies amarillas y rojas brillantes
complementadas con masas de flores silvestres en vívidos colores. Puesta sobre la
punta de una colina, la casa de tres niveles se esparcía como una reina sobre sus
súbditos, más arrogante que cinco acres de campos pastados. El camino de piedra
esculpida llevaba a una terraza privada y área de piscina rodeada de exuberantes
jardines y senderos. Los Alpes brillaban a la distancia, sus masivas puntas blancas
visibles desde el balcón.
Mientras sus hermanas armaban alboroto por el anillo de Paula, él avanzó por las
puertas y fue asaltado por el olor a ajo, limón y albahaca. Las baldosas de cerámica
brillaban de limpias y relucientes, resaltaban los armarios de pino y pesada mesa.
Mostradores enormes rodeaban el espacio que estaba cubierto con hierbas frescas,
tomates y una variedad de ollas y sartenes. Este era el dominio de su madre y el
cielo en la tierra cuando eran presentados al dulce encanto de masas y sabrosos
rellenos. Pasó su talento a cada uno de sus hijos, pero ninguno tenía su habilidad
experta y ellos dependían principalmente en los chefs famosos elegidos para llevar
su imperio de pastelería. Gracioso, todos parecían tener los genes de su padre para
el negocio, pero mama nunca los había forzado a ser alguien que no eran.
El recuerdo de sus propios sueños molestaba los bordes de su memoria, pero se
negaba a persistir en remordimientos. No entonces. No ahora.
Nunca.
Miró a Paula. Hablaba con sus hermanas y parecía suficientemente cómoda
luego de su sorprendente entrada. Obviamente, asumía que él dócilmente
aceptaría sus excesivas acciones como gratitud por su acuerdo a toda la farsa.
―Paula, necesito hablar contigo por un momento.
Como si hubiera sentido su irritación, le envió una mirada y levantó su ceja. Él
ahogó una risa.
―Lleven su equipaje a su habitación ―ordenó su madre―. Ya la tengo lista para
ustedes. Después de que se acomoden, nos encontraremos en el jardín para algo de
café y bocadillos.
―Sí.
Retiró el equipaje del auto, caminó de vuelta en la casa, y le hizo gestos a Paula
para que lo siguiera. Ella se alejó de sus hermanas y ellos subieron las escaleras a
su habitación. Él dejó caer el equipaje, pateó la puerta cerrada con su talón, y la
enfrentó.
―Una muy entretenida apertura para nuestro fin de semana, la mia tigrotta. Pero
creo que es momento de que te des cuenta quién hace las reglas aquí. ―Se acercó
un paso y la miró desde arriba―. Ahora.

GRACIAS POR LEER! ♥

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