domingo, 20 de julio de 2014

Capitulo IX

Dios, iba a matarla.
Pedro observó a su novia falsa recoger calmadamente sus pertenencias para la sesión que se acercaba y moverse por la habitación como si estuviera sola. Desafortunadamente, no lo estaba. Él se estaba poniendo cada vez más irritado por su falsa ignorancia de la química que ardía atravesando la habitación.
Esto se estaba complicando. Se suponía que ella se quedaría fuera de sus asuntos, se mantendría al margen y saldría sin siquiera un murmullo. En cambio, provocó un tsunami el primer día aquí. A todos parecía gustarle su actitud respondona. Ahora su hermana pequeña iba a una sesión para ver hombres semi-desnudos, y Puala pensó que era una buena cosa.
―Ni siquiera pediste permiso antes de invitarla ―dijo con frialdad―. No me faltes al respeto con asuntos de mi propia familia, Paula.
No se molestó en mirarlo mientras empacaba su bolso para el día. Vestía un pijama de satén negro que ondulaba sobre ella como agua, enfatizando cada dulce curva de su cuerpo. Su cabello sedoso se movía de atrás hacia adelante sobre los hombros poniéndolo en un trance meditativo.
―Hm, no creo que la palabra “obedecer” estuviera en nuestros votos, Pedro. De todas formas, te dije que estaba bromeando sobre la cosa de la cita a ciegas. Al menos no tienes que preocuparte por eso.
―Esto no es gracioso.
Ella soltó un bufido.

―Mira, no tenía otra opción. Ella estaba histérica y necesitaba calmarla. Si no la hubieras tratado como una niña de cinco años, tal vez no habría tenido que hacerlo.
―Carina es una inocente y tengo la intención de mantenerla de esa manera.
Bufó de nuevo y su temperamento se alzó.
―Despierta y huele el café, Alfonso. Está al borde de explorar su sexualidad. Lo va a hacer de todas formas, y tal vez podríamos ser sus guías.
―No bajo mi techo. Tengo el deber de protegerla y lo haré. Necesita terminar la universidad y comenzar su carrera. Los chicos no están en la imagen.
―Está caliente por Max.
―¿Qué? ―Su rugido retumbó en las paredes―. ¿Hizo algo para llevarla adelante? Lo voy a matar.
—Caray, cálmate. No hizo nada. También la ve como una niña. Sólo estoy intentando decirte que la sueltes un poco. No es fácil enamorarte del mejor amigo de tu hermano.
Él saltó de su posición relajada en la cama y paseó por la habitación. En minutos, le había provocado excitación, ira y frustración. A este ritmo, estaría muerto al finalizar la semana.
―Max es familia y Carina nunca lo vería de ese modo. ―Un horrible pensamiento se le ocurrió―. ¿Por qué? ¿Te sientes atraída por él? ¿Pusiste esas ideas en su mente?
Eso la hizo voltearse. Él casi retrocedió por la explosión de hielo que vibraba de su cuerpo. Los ojos verdes se estrecharon peligrosamente.
―Contrario a la opinión que tienes de mí, Alfonso, no salto sobre cada hombre que veo. Y Carina es capaz de tener sus propias ideas. Sólo tienes que sacar la cabeza de tu culo y escucharla realmente.
Volvió su atención a su equipaje.
Él cerró la distancia, la agarró del brazo y la hizo girar hacia él.

―Estás en terreno peligroso, la mia tigrotta ―gruñó―. No vas a interferir esta semana con mi familia. No vas a llevar a Carina a esta sesión, y yo mismo me voy a encargar de ese problema directamente con ella. ¿Capisce?
Otra mujer se encogería. Ésta se puso de puntillas y llegó directo a su cara. El sensual aroma de ámbar y sándalo lo invadieron y destruyeron su concentración.
―No tengo ningún interés en meterme con tu familia. Sigue adelante y juega al dictador si te hace feliz. Estoy intentando decirte que tu hermana necesita un oído que la escuche, no un discurso.
―¿Y eres tú el oído de escucha conveniente?
Le dio una sonrisa descarada.
―Supongo. Qué suerte que esté aquí, ¿no?
Su rechazo a la autoridad ardía y su temperamento se inclinó a algo más. Algo más peligroso.
La resbaladiza tela de su pijama se deslizó entre sus dedos y se imaginó una interminable extensión de suave piel dorada debajo. Anhelaba sujetar su cabeza y saquear sus labios y ver cuán dulcemente podía convertir la ira en rendición. Se endureció ante la idea, el desafío a todos los niveles de reclamar, poseer y conquistar. ¿Cuándo una mujer había causado tales estragos? Vagamente, se preguntó: Si se permitía a sí mismo llevarla a la cama, ¿la necesidad desaparecería a la mañana? Siempre lo hacía. Tal vez necesitaba satisfacer su ansia con el fin de librarse de las ganas de empujar entre esos muslos y hacerle olvidar de todo menos a él.
―Colocaste malas ideas en la cabeza de una jovencita. Me ocuparé por mi cuenta ―advirtió―. Un horrible día y ya hiciste un desastre. No sabes lo que mi hermana necesita. No sabes lo que nadie necesita. Demonios, ni siquiera sabes lo que tú necesitas.
Lamentó las palabras en el momento en que salieron de sus labios. Se puso rígida en sus brazos, y un dolor crudo destelló en esos ojos. El recuerdo de algo en su pasado levantó su fea cabeza, y vio cómo luchaba contra el monstruo que se estrelló de nuevo en el armario.

Una dolorosa necesidad de abrazarla y hacerlo todo mejor se exprimió a través de él. ¿Qué era está loca combinación de lujuria y ternura? ¿Qué le estaba pasando?
La sonrisa de ella era distante y forzada.
―Tienes razón, por supuesto ―se burló―. De ahora en adelante voy a permanecer fuera de sus asuntos. Pero no le voy a decir que no puede ir.
Intentó alejarse, pero él deslizó los brazos por su espalda y la atrajo contra su pecho.
―Lo siento, cara ―dijo suavemente―. No quise decir una cosa tan desagradable. En algunos momentos sacas a la bestia en mí.
Sorpresa parpadeó en su rostro, pero se mantuvo inflexible contra él.
―Lo acepto. Ahora suéltame.
El instinto lo hizo acercarla más. Ella se arqueó hacia arriba como si fuera a salir, y luego se presionó contra su dura erección. Jadeó, entonces se calmó de inmediato.
―Parece que el lado de bestia está muy feliz de verme. ¿Insultarme te excita?
Se echó a reír. Su ingenio afilado nunca le aburría, pero últimamente había aprendido a empujar más allá de su rutina de comedia y vislumbrar una vulnerabilidad oculta que le intrigaba. Después de todo este tiempo, ¿finalmente había vislumbrado a la verdadera Paula? Recordó la expresión americana de “perro que ladra no muerde” y se preguntó si habría que poner a prueba su nueva teoría.
―No, cara, tú pareces excitarme. Como bien sabes. Lo que necesito ahora es sólo abrazarte.
Su cuerpo se quedó inmóvil y su voz arremetió contra él con necesidad de extraer sangre.
―Confía en mí, Alfonso, he oído cosas mucho peores y nunca me molestó. No necesito que me sostengas.
―No, yo necesito que me sostengas ―susurró―. Merecías algo mejor que un golpe bajo y necesito sentirme mejor.
Luchó como si la aterrorizara un poco de consuelo.

―Shhh, sólo por un momento, prometo que no va a doler mucho.
Pedro la levantó, la apretó rodeándola con los brazos, y colocó su cabeza en su pecho. Su respiración salía entrecortada e irregular, como si estuviera al borde del pánico, pero él mantuvo su paciencia y lentamente, ella se relajó en su contra. Su cuerpo se moldeó perfectamente al suyo. El empuje tenso de sus pezones le indicó su excitación, y apostaba que si deslizaba los dedos por su pulso en la base del cuello, sus latidos tronarían como el de un pura sangre. Sin embargo, no hizo ningún movimiento para profundizar el abrazo. Inhaló el exótico aroma a coco de su cabello y saboreó el momento. Por el momento, ansiaba abrazarla y remover el dolor que causó por su comentario inconsciente.
No supo cuándo se deslizó del calor al fuego. Juró que la alejaría antes de que ocurriera algo sexual. Su intestino le dijo que Paula rara vez había experimentado la ternura de un abrazo sin ataduras o culminando en sexo. La tristeza se filtró a través de él ante el pensamiento y maldijo a sus padres por criarla en una hielera con el objetivo de evitar emociones. Quería probarle que era digno de confianza. Pero una vez más, ella rompió su auto-control y en una loca carrera de calor, prácticamente brillaba con electricidad sexual.
Contuvo el aliento. Lentamente, la deslizó rozando su cuerpo para que sus pies tocaran el suelo. Las duras protuberancias de sus pezones se arrastraron por su pecho y su palma se situó perfectamente en la curva completa de su trasero.
Ah, merda.
Su pene ignoró sus plegarias y se puso rígido en una longitud casi dolorosa. Pedro apretó los dientes y resistió.
Entonces ella levantó la mirada.
Tormentosos ojos esmeralda estaban llenos de fuego. Pasión. Y demanda rígida. Se estremeció en sus brazos mientras luchaba contra su reacción, pero Pedro estaba más allá de los modales y condenado al infierno. Al menos el camino estaba pavimentado en oro.
Bajó la cabeza y capturó su boca.
Su pegadizo y pequeño gemido lo incitó. Tragó el sonido y hundió su lengua a través de la comisura de sus labios. Los abrió inmediatamente, encontrándose con el empuje a empuje a la vez que se aferraba a sus hombros y le clavaba fuertemente
las uñas. La pequeña punzada de dolor le hizo mordisquear el labio inferior de ella, la rellena carne perfecta le recordaba un melocotón dulce y jugoso, y entonces estuvo perdido.
De alguna manera, la apoyó contra la pared y la levantó. Envolvió las piernas alrededor de su cintura. Colocó su erección palpitante entre sus muslos. Luego se lanzó hacia adentro.
Deslizó una mano bajo la blusa de su pijama. Sus dedos se cerraron alrededor de su seno, la piel sedosa era un contraste delicioso contra su pezón tieso. Ella gimió de nuevo y se arqueó hacia arriba para más. Enloquecido por el sabor de ella, rasgó sus botones y bajó la cabeza.
Chupó y mordió hasta que una de sus puntas estuvo rojo rubí y brillante. Ella jadeaba, pero se las arregló para mover las manos para agarrar la longitud de cabello de él, tirando de su cabeza hacia arriba. A través del brumoso brillo de necesidad, la miró fijamente esperando que le dijera que se detuviese.
―Más ―demandó―. Dame más.
Inclinó de nuevo la cabeza y le dio el mismo trato a su otro seno, burlándose de ella en la delgada línea entre placer y dolor. Se retorcía y gemía en sus brazos, su respuesta abierta como una droga inyectada en sus venas. Su olor a almizclé rozó su nariz y se burlaba de él, y con un rápido movimiento, su mano se zambulló debajo de la cintura de sus pantalones. Los húmedos rizos cosquilleaban la punta de sus dedos. Ella contuvo el aliento y él movió la mano hacia abajo, dispuesto a sumergirse en las profundidades y…
―¡Pedro ―Los golpes en la puerta se estrellaron a través de su cerebro. Su mano se detuvo en el viaje, tratando de luchar contra la niebla. Una risita―. ¿Están haciendo algo malo ahí adentro? ―gritó Venezia―. Si es así, guárdenlo para más tarde. Necesito que bajes un minuto. ―Otra pausa―. ¿Pedro, Paula? ¿Están ahí?
Luchó por respirar. Luchó por la normalidad. Y se preguntó si alguna vez volvería a ser normal de nuevo.
―Estoy aquí. Estaré abajo en un minuto.
―Grazie.

Pasos resonaron. El calor se volvió tibio entre ellos y seguía bajando. Para el momento en que había retirado su mano y Paula había abotonado la blusa de su pijama, sintió como si estuviera en la Antártida en lugar de Italia.
Pedro se dio cuenta de que había perdido parte de la frágil confianza que había entre ellos. Si se hubiera alejado sin intimar, ella tal vez lo habría respetado.
―La próxima vez que quieras quitarte las ganas, sólo se honesto. No soy de esas mujeres que necesita envolver el sexo en un cálido capullo suave y esponjoso de emociones.
―Paula…
―¡No! ―Agachó la cabeza, pero no antes de que viera la enorme vulnerabilidad en su cara. La mano le temblaba ligeramente mientras se cubría―. Por favor. No esta noche. Ve a hablar con tu hermana.
Se puso de pie junto a la cama, dividido entre la necesidad de decirle la verdad y la necesidad de salvar a su familia. Por Dios, ¿qué había pasado? Tenía que convencerla de que no estaba enamorado de Alexa; esto se estaba volviendo bochornoso. ¿Pero qué si era muy tarde y no le creía? Y si lo hacía, ¿se alejaría, enojada porque la había engañado?
No, su sangre debe de haber subido a la otra cabeza. Tenía que mantener la calma, soportar seis días más, y volver a Nueva York. Mantendría su parte del trato, se mantendría alejado de la vida de Alexa y no volvería a ver a Paula. Todo volvería a la normalidad. En seis días.
Permaneció en silencio y salió por la puerta, dejándola en la cama, sola, en la oscuridad.
―Entonces, de nuevo ¿con quién nos vamos a reunir?
Pedro la condujo hacía Piazza Vecchia mientras el sol se hundía y bañaba la plaza en luz dorada. A ella se le atrapó el tacón de aguja en el pavimento roto y él la agarró por la cintura. Ignorando firmemente la explosión de electricidad entre ellos, persistió en la calidez de su piel bajo la seda rosa antes de soltarla. Pensó que
pondría alguna queja sobre la caminata y cena de negocios, pero su entusiasmo en acompañarlo lo tomó fuera de guardia.
Por supuesto, acababa de volver de compras del vestido de dama de honor con sus hermanas, así que tal vez estaba desesperada.
―Signore Ballini. Es dueño de muchos restaurantes y puede que abra para colaborar con La Dolce Famiglia. ―Hizo una pausa y trató de rodar la lengua por la palabra sin un tropiezo―. Ha oído de mi matrimonio e insiste en conocer a mi esposa.
Ella se rió y se detuvo en un puesto para preguntar sobre el taleggio, que era un suave queso fragante y una gran variedad de embutidos salados. Su rápida conversación con el vendedor en un rápido italiano lo sorprendió, pero entonces de nuevo, Puala Chaves últimamente estaba llena de sorpresas. Cada vez que parecía entenderla, le tiraba un deslizador. O como sea que fuese la expresión americana.
―¿Me necesitas cerca para cerrar el trato, Alfonso? ―Agitó las pestañas con fingida admiración―. ¿Quieres que cante tus alabanzas e interprete a la esposa cariñosa?
Mantuvo la paciencia. Había sentido la tentación de inventar una excusa al viejo hombre, pero la oportunidad era demasiado genial. Aun así, rezó para que Paula interpretara su parte.
―Voy a pasar. Signore Ballini es un poco conservador, y quiero causar una impresión. ¿Tal vez puedas interpretar el papel de esposa cariñosa, en silencio?
―Atrévete a soñar.
El dobladillo de su vestido coqueteaba con sus rodillas mientras caminaba tranquilamente por la plaza, aparentemente disfrutando del carácter de la antigua ciudad que él llamaba hogar. La elaborada fuente de agua aumentaba desde el centro y compensaba las majestuosas columnas y espacios abiertos, acentuando la arquitectura clásica.
Como si sintiera sus pensamientos, Paula habló:
―Nick se volvería loco aquí. El equilibrio de la naturaleza con objetos hechos por el hombre siempre le interesa. Bergamo tiene un carácter tan profundo. Puedo ver lo feliz que fuiste creciendo aquí.

Él sonrió.
―Sí. Adoro vivir en América pero debo admitir que nunca renunciaría a mi infancia. Alexa también lo amaría. Somos anfitriones de un famoso poeta cada año, lo llamamos Bergamo Poesía. ¿Tal vez podamos organizar un viaje para ellos algún día?
Paula se puso rígida y él maldijo su mención de Alexa. ¿En serio creía que él deseaba a una amiga casada?
―Hm, conveniente. Llevarla a tu propia casa con el señuelo de poesía. Sólo recuerda nuestro trato, Alfonso.
No tenía tiempo para responder. Llegaron a la Taverna del Colleoni & Dell’Angelo y luego de una breve plática con el mesero fueron llevados dentro. La decoración de aspecto medieval con los altos techos abovedados provocó un murmullo de aprobación de Paula y luego se sentaron en un rincón acogedor, mientras Pedro hacía las presentaciones.
Signore Ballini emitía el comportamiento pasado de moda de un caballero italiano. Disfrutaba de la cultura, viajes, buena comida y vino, y mujeres hermosas. Había envejecido bien, con un elegante corte de sal y pimienta, y no pudo evitar coquetear un poco con Paula, quien parecía no sólo aceptar sus cumplidos sino realmente disfrutar de ellos.
Pedro calmó un poco su respiración a la vez que enderezaba el nudo de su corbata azul rey. Tal vez la noche se desarrollaría sin problemas después de todo. Conversaron acerca de cosas sin sentido mientras el mesero servía discretamente los platos de comida con una serie explosiva de texturas y sabores. Radicchio asado a la parrilla con gorgonzola terrenal, fideos con sabor a arándanos y porcini y camarones sentados en una cama de polenta con azafrán. El Calcalepio Rosso era un vino local rico y contundente en la lengua, dos botellas fueron rápidamente consumidas en la conversación.
―Signora, dado que eres de América, estoy seguro de que tienes una carrera. Díme lo que haces, además de hacer a Pedro un hombre feliz.
El vestido rosa con corpiño de corte cuadrado se deslizó unos centímetros y mostró una pisca de firmes y altos senos. Su cabello brillaba rojo bajo el juego de luz mientras las hebras de seda rozaban los hombros.

―Soy fotógrafa ―contestó―. He amado estar tras la cámara desde que era joven.
El viejo hombre asintió con aprobación.
―¿Fotografías paisajes? ¿Bebés? ¿Bodas?
―Ropa interior de Calvin Klein, Cavalli y otros estilistas de renombre. Vuelo seguido a Milán por negocios, entonces es una maravillosa oportunidad combinar tanto trabajo como placer en este viaje.
Pedro contuvo la respiración, pero Signore Ballini rió con deleite.
―Cuán refrescante. Es bueno hacer que tu esposo se ponga un poco celoso, ¿no?
Ella se rió con él y redirigieron la conversación de nuevo a los negocios mientras él gemía sobre la comida. Cuidadosamente llevó a la carta de postres, ella mencionó a La Dolce Famiglia y su furioso éxito y como si lo planeara de esa forma, Pedro fue capaz de ir sin problemas en su terreno de juego.
Un poco después, luego de un café expreso humeando de lo caliente y rico en pequeñas tazas había fijado otra reunión, en Milán. Estaba a punto de terminar la noche con una fuerte nota cuando los bloques cuidadosamente construidos se sacudieron en su fundación.
―Estoy tratando de organizar un viaje de esquí a Aspen y he tenido un tiempo espantoso con una villa ―comentó el Signore Ballini―. Esa horrible actriz estadounidense que se adueñó de una casa no devuelve mis llamadas. Leí que va a alquilar su casa sólo a lo mejor. Supongo que un italiano no es suficientemente bueno para ella.
Paula volvió raspando a la conversación.
―¿Habla de Shelly Rikers? ―preguntó.
La sorpresa se dibujó en las facciones del viejo hombre.
―Sí. Me niego a ver una más de sus películas. Es bastante desagradable.
―De hecho, conozco a Shelly y es muy agradable.
Pedro apretó la taza mientras un incómodo silencio descendía. Signore Ballini se tensó y un nuevo escalofrío se estableció en su voz.

―No sabría esto, signora, dado que obviamente sólo se digna a hablar con estadounidenses.
Pedro abrió la boca para cortar con la cena, sacar a Paula por la puerta, y esperar que el hombre no cancelara su reunión.
―Tal vez deberíamos…
―No sea tonto, signore. Permítame arreglar esto para usted. ―Sacó su llamativo celular de leopardo, marcó un número y habló brevemente con alguien en la otra línea. Con una eficiencia impresionante, Pedro observó mientras hablaba con otras tres personas, disparando órdenes y hablando sin parar. Se detuvo y alejó el teléfono de su oído―. Signore, ¿le parece bien la primera semana de septiembre?
El viejo hombre sonrió.
―Perfecto.
―Sí, eso está bien. Dale a Shelly mi amor y dile que la llamaré cuando llegue a casa. Gracias. ―Deslizó el teléfono de regreso a su bolso y sonrió―. Todo está listo. Me aseguraré de darle la información a Pedro para que pueda establecer todo. Creo que todo fue un malentendido. Ella estaba buscándolo para verlo.
―Grazie. No sólo es hermosa, sino eficiente.
Medio conmocionado, Pedro los siguió fuera del restaurante y dijo sus despedidas. Con una gracia casual, su esposa falsa enganchó su brazo con el de él en un intento de no tropezar con los adoquines y tomó una profunda bocanada del suave aire de la noche. Caminaron en silencio por un momento mientras intentaba envolver su cerebro alrededor de la realidad en la situación.
―Pensé que ibas a joder eso por mí ―admitió.
Su risa tintineante acarició sus oídos y otros lugares. Lugares que se endurecieron al instante y dolían para ser enterrados en su interior.
―Lo sé. Primero pensé en hacerte sudar. Fue divertido ver tu cara mientras tratabas de mantener neutral la conversación. ¿Realmente pensaste que no podía manejarme en situaciones de negocios, Alfonso?
La cruda verdad lo golpeó con toda su fuerza. Sí. Debido a que la realidad alternativa asustaba la mierda de él. Si ella no era lo que aparentaba, era mucho
peor. Una mujer con alma y arena y pasión. Una mujer con tal encanto e intelecto que nunca aburría a un hombre. Una mujer que valía más de una noche.
Una mujer que lo valía todo.
Su corazón latía y su olor pululaba a su alrededor. Ella lo condujo hacia un puesto de helados y ordenó dos de chocolate, pagó rápidamente y le entregó la copa antes de que pudiera protestar. El centro de la plaza se agitaba por la actividad y parejas iban tomadas la mano y dejó que sus pensamientos preocupados se deslizaran mientras se hundía en el momento.
―¿Ves esa fuente de ahí? ―preguntó.
―Sí.
―Mi amigo Max y yo llegamos a la plaza una noche y nos retamos el uno al otro a sumergirnos desnudos.
Ella arqueó una ceja.
―De ninguna manera. ¿Lo hiciste?
―Max sí. Lo soborné para que fuera el primero. Con el culo desnudo entró en la fuente y uno de nuestros vecinos había salido con su perro y nos descubrieron. Él nos echó de la plaza, pero Max tuvo que dejar su ropa detrás.
―¿Cuál fue el punto de esta aventura de hombres?
―Ver quién tenía bolas más grandes, por supuesto.
Ella se echó a reír a carcajadas, el sonido se derramó en la noche, y él la miró. Una mancha de chocolate descansaba en la esquina de su boca. Su cara estaba abierta y suave de una manera que nunca había presenciado antes. Y sin pensarlo, bajó la cabeza y la besó.
Pedro no persistió. Sólo capturó sus labios con los suyos por un instante. Sabía a rico chocolate, vino tinto, y hembra caliente. Ella le devolvió el beso y se relajó, entregándose a él en tiempo prestado. Cuando se separaron, algo había cambiado entre ellos, pero ninguno estaba listo para explorar. Arrojó la taza de helado en la basura y se dirigieron a casa en silencio por el resto del camino.

Pero Pedro se preguntó si ya era demasiado tarde para negar lo que había entre ellos. Demasiado tarde para creer que esto todavía era un matrimonio falso sin ataduras ni emociones.

GRACIAS! ♥

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