viernes, 31 de octubre de 2014

Capitulo 2

Paula estaba sentada con las piernas cruzadas en la cama y rió cuando su cuñada caminó como pato acomodándose cuidadosamente en la silla.
Sus pies descalzos hinchados se asomaban por debajo de su falda a la altura del suelo, y su enorme panza se alzaba y dominaba su cuerpo.
Cabello color canela se deslizó sobre sus ojos, y Maggie sacó su labio inferior y sopló. Inmediatamente las hebras se apartaron para revelar un par de deslumbrantes ojos verdes, ahora llenos con irritación e incomodidad general.
—Tu hermano apesta —anuncio ella.
—¿Qué hizo ahora? —preguntó Paula, tratando de verse seria a la condición actual de su cuñada normalmente a la moda, ahora descompuesta.
—Elige de la lista. Él duerme y tiene la molestia de roncar mientras yo estoy acostada como una ballena varada en la cama. Actúa ridículamente al preguntarme continuamente si necesito algo. Hoy me informó que no tenía permitido ir a mi próxima sesión de foros, algo acerca de que se vuelve demasiado peligroso para que viaje.
Paula contuvo un resoplido. Maggie esperaba en ocho semanas y aún se rehusaba a creer que no podía seguir su horario normal.
—Bueno, tú sabes cuán sobre protector es Michael —ofreció ella—. Y umm, no sé si serías capaz de arrodillarte y conseguir las fotos, Mags.
Maggie puso mala cara.
—Lo sé. ¿Por qué no me dijiste que había gemelos en tu familia?
— ¿Habría hecho eso una diferencia?
—Quizás. Oh, Dios, no lo sé. Probablemente no. Los hombres apestan.
Carina fue salvada de responder ese comentario al abrirse una puerta. Una cara se asomó rodeada por un montón de risos negros.
—Oh, sí, esperaba que estuvieras aquí. ¡Carina!
Paula chilló de alegría y ellas se abrazaron y besaron.
La mejor amiga de Maggie, Alexa, estaba casada con el hermano de Maggie, y le recordaba a Paula a una hermana mayor. Llena en general con entusiasmo y alegría, ella era parte del núcleo de la familia que la hacía sentir como si perteneciera. Mientras Carina la liberaba, algo saltó debajo de sus manos, y ella se alejó.
—Oh, mi Dios. ¡El bebe se movió!
Alexa puso las manos sobre su hinchada panza y sonrió.
—Voy a inscribir a este en karate. —Con un andar como pato igual a ella, lanzó besos al aire a Maggie y tomó asiento en la segunda silla—. Gracias a Dios que estás aquí arriba. Necesito algo de plática de chicas. Mi esposo está enojando.
Maggie rio por lo bajo.
—Parece ser la opinión general. ¿Qué está haciendo mi querido hermano ahora?
—Me dijo que no tengo permitido ir a la librería. Como si fuera dejar de ir mi negocio porque estoy embarazada. Continúa recordando que no necesitamos el dinero —resopló Alexa—. ¿Sabes cuántos animales podemos salvar con esa cantidad de dinero? Y él está todo despreocupado por eso, diciendo que debería quedarme en casa y descansar. ¿Relajarme con un niño de tres años? Sí, seguro, déjame poner mis pies arriba y
comer bombones todo el día. No va a suceder. Al menos Book Crazy es callado y puedo hablar con adultos.
Maggie se estremeció.
—La ultimas vez que vine, Lily me encerró en el cuarto de bebe y me hizo jugar a la fiesta de té por horas. Estaba bien la primera hora, pero vamos. ¿Cuánto tiempo puedes beber té falso y comer galletas falsas?
Paula se rio.
—Ustedes están matándome. ¿Qué le paso al felices por siempre? ¿El romance después del matrimonio? ¿La relación perfecta?
Las dos amigas compartieron una mirada.
—Supéralo —aconsejó Maggie—. La vida real es desastrosa.
Alexa asintió.
—Quieres a un hombre que se quede a través de las cosas buenas y de las malas. Porque hay muchas malas.
Paula las estudió, toda panza e incomodidad y molestas hormonas femeninas.
—Um, ¿vale la pena?
Maggie susurró.
—Si —admitió ella a regañadientes—. Vale la pena.
Alexa sonrió.
—Definitivamente vale la pena. Ahora hablemos de ti. ¿Alguna cosa buena para compartir? ¿Decidiste tomar mi oferta y mudarte a mi viejo apartamento?
Emoción brilló arriba y abajo la espalda de Paula.
—Sí. Suena perfecto. Me mudaré en unas dos semanas. Evitará que Maggie mate a mi hermano por un tiempo.
—Gracias hermana.
Paula sonrió.
—De nada. Me detuve en la oficina de La Dolce Maggie y me dieron un recorrido. Pedro va a enseñarme cómo funciona todo.
—Pedro es el hombre más dulce. Tan encantador y amable —dijo Alexa.
Maggie le dio una mirada preocupada.
—¿Es esa una buena idea, Pala? ¿Crees que puedas trabajar tan cerca con Pedro? —dio en el blanco.
Paula recordó tres años atrás cuando Maggie la confrontó acerca de su gran enamoramiento por Pedro. Ocho años mayor, y fuera de su alcance, Pedro le había causado noches sin sueño y llorar por la forma apropiada de finalmente hacer que él la notara. Maggie la había sermoneado sobre vivir su propia vida en sus propios términos primero. Pero el amor era terco. No, le había tomado esa inolvidable noche para darse cuenta que Max nunca la vería como nada más que la hermana menor de su amigo.
La memoria de su humillación centellaba ante ella, pero Paula necesitaba el impacto de ir y encontrar su propia vida.
Tomó un respiro profundo y miró a su cuñada.
—Sí —dijo firmemente—. Estoy bien trabajando con Pedro.
Maggie estudió su cara, luego asintió.
—Entiendo. Entonces, es lo que probablemente la mayoría de la gente está esperando. —Ella se acomodó contra los brazos de la silla y se meció hacia adelante.
—Únete a nosotros cuando hayas terminado de arreglarte.
—Está bien, bajaré en un rato.
Paula se acostó en las almohadas y miró al techo. Toda su vida giraba alrededor de pelear por su lugar dentro de la familia entre sus hermosas hermanas y talentoso hermano. Parecía que todos tenían un nicho
especial, excepto ella. Pura anticipación fluyó a través de su sangre ante el pensamiento de un nuevo comienzo. Otro país. Un nuevo trabajo. Un lugar para vivir por su cuenta. Las posibilidades eran interminables, frente a ella como un regalo, y estaba cansada de gastar esos minutos en un hombre que nunca la amaría.
El matrimonio y asentarse con un hombre ya no era su meta.
Un amorío de sangre-caliente, sin ataduras definitivamente lo era.
Su piel hormigueó. Finalmente, ella era libre de restricciones y pretendía explorar su sexualidad. Encontraría un hombre que la mereciera y se sumergiría en una relación física sin esperanza alguna de un compromiso a largo plazo.
Chica mala.
Sí. Ya era hora.
El pensamiento la animó. Salió de la cama, tomó el vestido rojo del gancho y fue a cambiarse.
Pedro estaba disfrutando. Frecuentemente cenaba con Michael y Maggie, y muchas veces eran acompañados por Alexa y Nick. Cómodas horas llenadas con risa y vino y relajándose le recordaba de las noches sin fin que había pasado con la familia Chaves en Bergamo. Mama Chaves y su madre habían crecido juntas y eran amigas siendo jóvenes, así que cuando su padre se fue, Mama Chaves les había adoptado a él y a su madre en su familia.
Él siempre se sintió como un primo en lugar de un buen amigo. Un picor subió por su espalda. Extrañamente, él tenía más dinero que Michael pero nunca quiso un centavo de eso, no a menos que fuera ganado por su propia sangre y sudor.
Como una transacción de negocios, su rico padre suizo había abalanzado y seducido a la chica italiana local. Se casaron rápidamente, y cuando el bebe llegó, depositó un lindo y gran cheque en su cuenta bancaria. Luego se había ido para siempre. Pedro nunca había conocido a su padre, pero su dinero había ganado intereses con los años. Sin familiares, su madre necesitaba los fondos para sobrevivir, pero Pedro lo había evitado y no podía esperar a ganar su propio camino.
Él no quería tener nada que ver con el hombre que había visto a su hijo recién nacido y se había marchado sin mirar atrás. Un hombre que había humillado a su madre en un pueblo católico chapado a la antigua y los había forzado a llevar la marca del abandono y divorcio.
No, a Pedro no le importaba. Solo había jurado nunca traer vergüenza a su madre o huir de responsabilidad. Los pecados del padre no los llevaría el hijo.
Se aseguraría de eso.
Pedro llenó su copa de Chianti, tomó una pieza de bruschetta, y se giró. Demonios.
Ella bajó las elaboradas escaleras con una gracia despreocupada, una sonrisa fácil, y un cuerpo matador envuelto en intenso rojo. Él nunca la había visto en rojo antes, mucho menos en un vestido.
Sólo la había visto en ropas holgadas y camisetas, sus curvas naturales siempre escondidas de la vista.
Ya no más. El escote redondo enfatizaba la exuberancia de sus pechos y la curva de sus caderas. Su oscuro cabello rizado caía alrededor de sus hombros y abajo por su espalda, implorando para que los dedos de un hombre empujaran y desaparecieran. Sus labios estaban pintados de rojo escarlata, enmarcando la oscura profundidad de sus ojos.
Ella se detuvo frente a él, y las palabras de saludo murieron en su garganta. Estaba tan acostumbrado a su mirada abierta de anhelo. Se dio cuenta que ella tenía un pequeño enamoramiento por él años atrás. Siempre pensó que era lindo, y algo halagador.
Ahora, tenía un abrumador sentimiento que había llegado a sus propios poderes mágicos.Pedro había tomado sus halagadoras palabras, proyectividad, y mirada de admiración por sentado. Ahora, ella lo trataba de la misma manera que a los otros. Una abrumadora decepción sujetó su pecho, pero firmemente la alejó.
—Hey —dijo él. Algo avergonzado por la tonta palabra, se recordó a sí mismo que ella era como una hermana y que su última novia había sido de la realeza—. ¿Puedo conseguirte algo de vino?
—Absolutamente. ¿Chianti? —apuntó a su copa, y un rizo se escapó sobre su frente y en sus ojos. La limpia esencia de pepino se elevó a su nariz, de alguna forma más intoxicante que perfumes falsos.
—Uh, sí.
—Perfecto.
Se ocupó consiguiéndole una copa y se la ofreció.
—Gracias.
Sus dedos rozaron los suyos cuando tomó la copa, y juro que él casi se hizo hacia atrás. El pequeño zumbido era sutil pero aún presente. Exactamente lo que no necesitaba. Sacudió la cabeza fuerte reenfocándose.
—Hazme saber si tienes alguna pregunta sobre el área. Estaría feliz de mostrarte alrededor.
Ella bebió su vino y medio cerro sus ojos de placer.
—Hmm, hay una cosa que necesito sobre todo lo demás.
—¿Qué?
—Un gimnasio. ¿Puedes recomendarme uno?
—Michael instaló un centro completo en la compañía. Te lo mostraré mañana. Normalmente me ejercito temprano en la mañana si alguna vez quieres unirte a mí. —Su mirada se movió sobre su cuerpo como si
evaluara su estructura muscular. Él sonrió—. ¿Quieres que te haga compañía?
La vieja Paula se habría sonrojado. Esta frunció los labios deliberando.
—Tal vez.
—Mocosa. —Él alzo una ceja—. Tú siempre odiaste hacer ejercicio.
—Aún lo hago. Pero amo comer, y tengo un problema de peso. Ejercitarse, balancea ambos.
Pedro frunció el ceño.
—No tienes un problema de peso.
Ella suspiró.
—Créeme, cuando la mayoría de la ropa está hecha para mujeres altas, con piernas largas sin caderas, tienes un problema de peso.
La irritación erizó sus terminaciones nerviosas.
—Eso es estúpido. Tú tienes un trasero y pechos reales. Ese es la clase de peso que busca un hombre.
Él casi jadeó cuando las palabras salieron de su boca. Las conversaciones con Paula nunca incluyeron partes del cuerpo, y en realidad el calor había teñido sus mejillas. ¿Qué demonios estaba haciendo?
Pero ella no se veía avergonzada. De hecho, se rió en voz alta y golpeó su copa con la suya.
—Bien dicho, Pedro, Pero aún creo que tendré que tomar tu oferta. ¿Cómo está Rocky?
Una débil sonrisa curvó sus labios.
—Genial. Él está completamente curado y convertido en un perro faldero. Algo embarazoso. Nunca he conocido a un pit bull que tenga desinterés en cualquier desconocido a menos que le frote la panza.
Sus ojos color almendra se suavizaron. Su familia consideraba a Paula “la encantadora de animales” por su habilidad de comunicarse con cualquier animal. Después de que él rescatara a Rocky del lugar de peleas, la primera llamada que hizo fue a Paula. Ella le dijo exactamente cómo manejar y tratar al pit bull abusado, y ellos habían trabajado como un equipo a larga distancia para curar su maltratada alma.
—No puedo esperar para por fin conocerlo en persona —dijo ella—. Las fotos no son lo mismo.
La imagen de Paula en su casa y con su perro se apoderó de él. Era extraño cuánto esperaba verla en su propio terreno. Él normalmente odiaba llevar mujeres a su casa y evitaba la trampa al ir a la de ellas. Paula tomó un trago de su vino y lo asombró con una atrevida pregunta.
—¿Cómo está tu vida amorosa? ¿Quién es el sabor del mes?
Él movió los pies.
—Nadie especial.
—¿No cumpliste treinta hace un tiempo?
—¿Qué tiene eso que ver con algo? —pregunto él. Odiaba lo defensivo de su tono—. Sólo tengo treinta y cuatro.
Ella se encogió de hombros.
—Sólo me preguntaba si tenías interés en sentar cabeza, tener una familia. Como ellos.
Las dos parejas estaban de pie juntas, enfrascadas conversando. La mano de Nick descansaba en el lado de la panza de Alexa, y Michael inclinó su cabeza para susurrar algo en el oído de su esposa. El clima de cercana intimidad y alegría brilló alrededor de su cercano círculo y dejó a Pedro con un hueco en sus entrañas.
Seguro, él quería eso. ¿Quién no lo querría? Pero ninguna mujer lo hizo querer dejar su libertad y comprometerse por siempre a ella.
Juro que sería soltero de por vida a menos que estuviera absolutamente cien por ciento seguro. Nunca dejaría a su esposa y familia como su padre. Nunca abandonaría a alguien que lo necesitara. Por eso, no tenía el lujo de cometer errores en sus relaciones.
Al momento que una mujer quisiera quedarse en su cama demasiado tiempo, o invitarlo a eventos familiares, daría una dura y larga mirada a la relación. Si no hubiera suficiente sentimiento, seguiría adelante.
Desafortunadamente, había seguido adelante por años ahora sin una relación permanente en el pasado.
—Un día —dijo él—. Cuando conozca a la indicada.
—Tu mama se está poniendo nerviosa —bromeó ella—. Creo que ella está comenzando a decir rosarios extra con el padre Richard, rezando porque no seas gay.
Él se ahogó con su trago de vino. ¿Quién era esta mujer? Su traviesa expresión lo hizo querer retarla.
—Oh, ¿entonces es eso? ¿Y tú crees que soy gay?
Sus músculos se tensaron bajo su caliente mirada mientras ella observaba cada centímetro de su cuerpo.
—Hmm, siempre me pregunté. Te vistes bastante bien. Conoces marcas de diseñadores. Y eres un poco demasiado bonito para mi gusto.
Su aliento silbó fuera de sus pulmones.
—¿Qué?
—No te ofendas. Pero prefiero el tipo de chico malo. Casual, cabello más largo, tal vez una motocicleta.
—Tu hermano te mataría, y apuesto a que nunca has viajado en una maldita moto. —Su temperamento estalló, incluso más ridículo porque él sabía que ella lo estaba molestando—. Y tú sabes que no soy gay.
—Está bien. —ella levantó los hombros como si él ahora la aburriera.
—Piensa lo que quieras.
Su respuesta evasiva lo molesto. ¿Había estado ella en una moto con algún chico buscando aprovecharse? ¿Y por qué le importaba? Ella era una mujer adulta, por amor a Dios, y no era de su incumbencia. Ella podía salir con quien quisiera. La imagen de ella sujetando algún tipo alrededor de su cintura lo golpeó con fuerza. Sus muslos apretados alrededor, el zumbido del motor. Cabello oscuro volando en el viento. La caída y la velocidad mientras colgaban con la promesa de un muy diferente viaje después.
Tal vez era tiempo de que Paula Chaves se diera cuenta que él no era un hombre que tomara bien las bromas.
Bajo la cabeza. Los ojos de ella se ampliaron en sorpresa cuando él bajó su boca cerca de la de ella; lo suficientemente cerca para ver el hermoso brillo melocotón de su piel, el rojo rubí de sus labios, y el pequeño jadeo que emitió una ráfaga caliente.
—¿Quieres que pruebe que no soy gay?
Ella se detuvo por un momento, luego se recobró.
—Nunca supe que mi opinión realmente importara.
Las palabras lo golpearon con deliberada precisión. Su afilado intelecto escondido bajo una capa de dulzura siempre lo fascinó. Raramente tenía ella el coraje para discutir, y se encontró disfrutando esta nueva mujer ante él.
—Tal vez las cosas han cambiado.
—Tal vez no me importa.
Una sonrisa tocó sus labios.
—Tal vez es tiempo de que te dé un mensaje para mi madre. Un tipo de prueba.
El pulso golpeó locamente en la base del cuello de ella. Aún, su tono era calmado y bajo control cuando habló.
—Tal vez no me gusta ser usada —ella dio un paso atrás y lo descartó—. Tal vez he seguido adelante, Pedro Alfonso. Y no soy más tu pequeño cachorro dulce rogando por un hueso. Supéralo.
Ella se alejó con la cabeza alta y se unió a su hermano. Pedro observó y se preguntó qué demonios había comenzado. ¿Estaba loco? Cualquier tipo de reto sensual estaba fuera de lugar, pero ella lo empujó. El trasfondo de su conversación corto profundo. ¿Le había tratado él así? Culpa lo alivió ante el pensamiento de ser condescendiente con alguien a quien amaba. Y él sí la amaba. Como una hermana.
Pedro sacudió la cabeza y fue por algo de aire. Necesitaba recomponerse. No más peleas. No más bromas.
Ellos necesitaban cultivar una relación de negocios mientras le enseñaba las reglas del juego y esperar que ella no lo sobrepasara en las habilidades necesarias para tomar su trabajo. La situación era lo suficientemente difícil sin otra complicación, especialmente atracción sexual.
Respiro el limpio, fresco y se acomodó.
Esto era un contratiempo temporal traído por la curiosidad.
No se repetiría.

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